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13 de enero de 2020

  • 13.1.20
Los asesores son personas que pueden proporcionarte conocimientos y aconsejarte sobre temas determinados en diversos ámbitos, esto va a depender del área en la que el asesor esté especializado, esta labor la hará por supuesto a cambio de una remuneración. Por lo general el asesor procura desempeñar su trabajo en sectores en donde hay pocas personas o profesionales con conocimientos y experiencia suficientes.



En la actualidad la asesoría es bastante usual, aunque ahora se utiliza de manera formal ya que anteriormente se utilizaba informalmente. Un asesor te podrá dar todo el apoyo que necesites para que puedas desarrollar tu negocio efectivamente. Además, también podrás comprender de una mejor manera el tema en el que te están asesorando, por lo que simultáneamente estarás adquiriendo conocimiento.

Además un excelente complemento para los asesores es sin lugar a dudas un abogado, específicamente los abogados penalistas. En www.abogadoenalcala.com/penal/ se encuentran abogados penalistas profesionales y con amplia experiencia, y te pueden proporcionar apoyo en caso tal de que se te presente una situación relacionada con ley en tu negocio, inclusive el propio asesor puede sugerirte acudir a un abogado penalista.

¿Cuáles son los tipos de asesores que existen?

En el mundo de las asesorías existen diferentes tipos de asesores, cada uno dedicándose a un sector en específico. Pero entre los asesores más comunes de www.asesoriaenleganes.com se encuentran los asesores financieros y los asesores de inversiones, ambos igual de importantes para todo tipo de negocios ya que precisas tanto planificar tu dinero y saber en qué debes invertirlo para que tu negocio o empresa tenga éxito.

Entonces, ¿cuál es el rol de un asesor financiero? Este tipo de asesor se enfatiza en aconsejar en los casos en que hay poco conocimiento en el ámbito de las finanzas, pueden inclusive servir como mediadores entre compradores y vendedores, lo cual es definitivamente bastante útil.

Una de las labores más importantes de un asesor financiero es registrar cada una de las transacciones que se llevan a cabo o que se formalizan. Además, deberá regirse siempre por las leyes para evitar cualquier tipo de inconveniente. Igualmente, cuando se trata del establecimiento de las relaciones comerciales, también podrá brindarte apoyo el asesor financiero.

Ahora, respecto a los asesores en inversiones, estos son profesionales dedicados a ayudarte a determinar cuáles son las inversiones más convenientes para ti y tu negocio. Este tipo de asesores han sido muy exitosos hasta el punto de que las personas con fortunas más grandes del mundo tienen un su propio asesor en inversiones.

El asesor en inversiones establecerá los métodos o estrategias para invertir, basándose totalmente en ti, por lo que va a depender de ti la inversión que vayas a hacer en cuanto a lo tolerante que puedas ser al riesgo y tus preferencias de inversión.

¿Cuál es la labor de un abogado penalista?

Los abogados penalistas cumplen una labor muy importante y necesaria dado a que se dedican a defender o a acusar dependiendo si representa a un denunciante o a un investigado en un tribunal penal. Su objetivo es la preparación y la ejecución de una estrategia para defender o acusar para lograr de este modo el convencimiento de los jueces de que su cliente tiene la razón en el juicio.

Por supuesto, para hacer esto posible, el abogado penal deberá recolectar información y pruebas de su cliente para así poder argumentar su estrategia, cada palabra y prueba que sea presentada deberá ser convincente respecto a los hechos acontecidos, beneficiando así al cliente.

El abogado penal es quien tiene un gran poder sobre la libertad de las personas, por ende son profesionales de suma importancia y al momento de escoger uno debes hacerlo muy bien ya que lo que se tiene en juego es la libertad y es algo incomparable en cuanto a valor.

Visite este sitio si necesita más información sobre Asesorías o Abogados.

  • 13.1.20
El trabajo de un tapicero se basa en agregar acolchado y fundas suaves a los muebles para hacerlos más atractivos y cómodos. Suelen trabajar con materiales como el cuero, gamuza o algodón. Sin embargo, la tapicería como profesión no es para todos, y es mucho más que los divertidos aspectos artísticos que ves en los muebles.



Por lo tanto es de gran importancia al momento de contratar un tapicero, buscar a una persona que tenga amplia experiencia y conocimiento, tal como la puedes encontrar en www.emebetapiceros.com, de este modo garantizarás que el trabajo que te realicen será de calidad, tal cual como lo esperabas.

Entonces, los tapiceros calificados al desempeñar su trabajo pueden estar involucrados en:

- Trabajo de fábrica, tapizado de artículos completos o partes particulares, como por ejemplo los sillones o los reposabrazos de los sillones.
- Trabajo artesanal en piezas individuales de muebles nuevos o tapizados de muebles antiguos.

De igual modo, los tapiceros también podrían llevar a cabo las siguientes labores en su trabajo:

- Planificar el trabajo, asesorar sobre telas y calcular costos.
- Prepara patrones y plantillas.
- Realizar los cortes necesarios de la tela.
- Arreglar correas y resortes.
- Cubrir los marcos con acolchado y tela con costuras, grapas, tachuelas o pegamento.
- Hacer cojines.
- Agregar adornos como franjas y botones.
- Retirar la tapicería vieja y repara el marco antes de volver a tapizar.

Es importante que el tapicero siga las reglas de seguridad y salud en todo momento, independientemente del lugar en donde trabaje. Un tapicero puede trabajar en una fábrica o taller, en los cuales generalmente trabajaría en un sistema por turnos. Aunque también puede trabajar por cuenta propia, y las horas de trabajo dependerán de la cantidad de pedidos que tenga.

Factores que deben cumplirse en el trabajo de tapicero

Velocidad: Ten en cuenta que la labor de tapicería no es un pasatiempo debido a que los pasatiempos se pueden hacer en el tiempo que tú quieras, por lo que puedes disfrutar plenamente el proceso y alejarte si te sientes frustrado u ocupado. Pero un tapicero profesional se va a la quiebra bastante rápido si no puede obtener suficiente trabajo para pagar las facturas, esto significa que debe finalizar sus trabajos en un lapso de tiempo adecuado.

Calidad: La velocidad y la calidad son caras opuestas de la misma moneda, pero un tapicero calificado debe centrarse en ambas por más estresante que pueda llegar a ser. Lleva mucho tiempo lograr resultados profesionales consistentes e incluso más tiempo para lograrlos a una velocidad profesional. Como deben satisfacer a los clientes, cada detalle debe ser casi perfecto.

Esto significa que el tapicero debe ofrecer un trabajo de excelente calidad en un lapso de tiempo que no sea muy prolongado para cumplir así con las expectativas del cliente y que éste por supuesto se convierta en un cliente fijo.

Las labores usuales en un día normal de un tapicero

Diariamente los tapiceros ajustan, instalan y asegurar el material en los marcos de los muebles, utilizando herramientas eléctricas, pegamento, cemento o grapas. Elaboran muebles con relleno de fibra suelta, algodón, fieltro o relleno de espuma para formar superficies lisas y redondeadas.

Una de las principales responsabilidades como tapicero es examinar los marcos de los muebles, la tapicería, los resortes y las correas para localizar defectos. Algunos también pueden unir sujetadores, ojales, botones, hebillas, adornos ornamentales y otros accesorios a cubiertas o marcos, utilizando herramientas manuales.

En un día normal de trabajo, otra cosa que hacen los tapiceros es leer las órdenes de trabajo y aplicar el conocimiento y la experiencia con los materiales para determinar los tipos y cantidades de materiales necesarios para cubrir las piezas de trabajo.

Herramientas del Tapicero

Son muchas las herramientas que necesita el tapicero en este artículo puede ver herramientas de uso cotidiano, herramientas Mannesmann en este artículo.

11 de junio de 2019

  • 11.6.19
Los mercados de intercambio de divisas constituyen los mercados financieros más grandes del mundo. El monto agregado del valor monetario de los mercados FX (divisas) supera el valor total de acciones, bonos y otros mercados de activos en términos de volumen de trading y otros parámetros. Acceder a los mercados de divisas es fácil, y están abiertos las 24 horas del día, los cinco días de la semana, siendo el lugar ideal para que los nuevos operadores aprendan sobre mercados financieros.



Pares de divisas

Cuando opera en un mercado de divisas, básicamente apuesta a que una moneda subirá de valor y la otra bajará. Estas dos monedas se muestran como un par. El par más negociado en el 2019 es el EUR/ USD. Esta abreviatura representa el emparejamiento del euro, expresado en dólares estadounidenses. Si ve la cotización del EUR/USD es de "1,1168", esto significa que necesita un dólar y 11,68 céntimos para comprar un euro. Tenga en cuenta que la cotización no es "1,11". Eso no sería lo suficientemente preciso para el trading FX.

Si en el anterior ejemplo del EUR/USD observa el cambio de cotización de 1,1168 a 1,1170, eso indicaría un debilitamiento del dólar estadounidense, ya que ahora se necesitan más dólares para comprar un solo euro. Por supuesto, dos décimas pueden no parecer un gran movimiento, pero si se trata de miles de millones de dólares o euros, sería un cambio significativo.

Precio

Los pares de divisas se cotizan en centésimas de puntos porcentuales. Por ejemplo, el dólar estadounidense no se cotiza en dólares y céntimos, sino en dólares y centésimas de céntimos. Cada una de estas unidades se denomina pip o punto básico. Los pips son la base de los intercambios de divisas, y por una buena razón. Si los valores se cotizaran en unidades más grandes, habría demasiada volatilidad. Mantener las cantidades con las cantidades negociadas y cotizadas en pequeños "porcentajes de porcentajes" permite a los operadores ver cambios muy pequeños del valor y, por lo tanto, tomar decisiones más inteligentes de compra y venta.

Terminología

Al igual que ocurre con todos los mercados financieros, el mundo del FX tiene su propia jerga. Los operadores que participan regularmente en el intercambio de divisas están familiarizados con una terminología que suena extraña para el oído no entrenado. Estos son algunos de los términos FX más comunes que los nuevos operadores deben conocer:
  • Margen: la capacidad de operar con dinero prestado.
  • Apalancamiento: la capacidad de realizar grandes operaciones con solo una fracción del valor de trading. Si su bolsa le permite operar con 400 $ por cada dólar en su cuenta de trading, tiene un apalancamiento de 400 a uno.
  • Pips: un movimiento de una centésima del uno por ciento en un par FX. El ejemplo anterior del EUR/USD mostró un cambio de dos pips, de 1,1168 a 1,1170.]
  • Pipetas: fracciones de pips, utilizadas por algunas bolsas para mostrar pequeños cambios en el valor.
  • Hedging (cobertura): tomar una posición opuesta a la que ya se ha abierto.
  • Llamada de margen: una advertencia de su bolsa de que se está quedando sin fondos y corre el riesgo de no poder hacer más transacciones.
  • Spread (diferencial): la diferencia entre el precio ASK y BID en cualquier cotización de un seterminado par FX.
  • Brókeres STP: estas entidades permiten a los operadores tener acceso directo a otros compradores y vendedores mediante la combinación de un gran número de cotizaciones institucionales.
REDACCIÓN / ANDALUCÍA DIGITAL

2 de mayo de 2019

  • 2.5.19
Desde que se creara el juego, la ruleta no solo se ha convertido en un elemento básico que no puede faltar en los casinos del mundo entero, sino que ha sido uno de los más queridos. Se piensa que fue creada por el matemático y científico Blaise Pascal, mientras estaba experimentando con la creación de una máquina de movimiento perpetuo.



Pascal no pudo crear esta turbina incesante, pero así, sin pretenderlo, diseñó la plantilla para la ruleta moderna. Han surgido cambios y han aparecido nuevas variaciones, pero la emoción de este juego no ha hecho más que aumentar con el paso de los años. Si aún no la has probado, juega a la ruleta y sabrás de lo que hablamos.

¿Por qué no nos queda más remedio que amar a la ruleta?

La atracción que sentimos por la ruleta procede en buen grado de su sentido implícito de sofisticación, clase y elegancia. Obviamente, también se debe a que quien se pone al frente tiene la posibilidad de ganar una buena cantidad de dinero.

Por otro lado, antes teníamos que ir a una ciudad de apuestas como Las Vegas o Montecarlo para jugar a la ruleta de forma legal, si no, pocas opciones quedaban. Pero hoy en día, podemos jugar a la ruleta prácticamente en cualquier lugar en el que nos encontremos, gracias a los juegos online. Tan solo necesitamos un dispositivo con conexión a Internet para entrar en un casino virtual, y así poder pasar un rato de lo más divertido jugando a la ruleta en línea.

¡Las distintas versiones de la ruleta nos encantan!

Otra razón por la que la ruleta tiene tanto gancho es porque existen distintas versiones, si bien la europea y la estadounidense son las más comunes. En la ruleta europea, la rueda cuenta con 37 ranuras, lo que incluye las ranuras del 1 al 36 y una ranura para el 0. Por su parte, en la ruleta americana nos encontramos con una rueda con 38 ranuras: ranuras del 1 al 36, una ranura para el 0, y otra para el doble 0.

No obstante, estas no son las únicas versiones. En California tienen una versión de la ruleta en la que utilizan tarjetas en lugar de la propia rueda, y que es conocida como “la ruleta de California”. Por otro lado, está comenzando a abrirse camino en los casinos la conocida como ruleta strip-triple 0 de Las Vegas.

A pesar de su nombre, la ruleta europea se encuentra disponible en muchos casinos de Estados Unidos. Tiene la ventaja de que es muy fácil de jugar, y ofrece las mejores probabilidades a los jugadores.

Y además… ¡En los casinos nos dejan tomar notas!

La mayor parte de los casinos nos dejan tomar notas. Eso nos permite a los jugadores aprovechar para documentar los números agraciados. Algunos rastrean sus apuestas, así como sus victorias y derrotas. Eso sí, tan solo podemos tomar notas con papel y lápiz, quedando prohibido el uso de los teléfonos inteligentes y dispositivos similares con este fin.


7 de septiembre de 2018

  • 7.9.18
La posibilidad de pedir un préstamo nos abre muchas puertas en el mundo de hoy. En este artículo reflexionamos de forma teórica qué debemos tener en cuenta según el objetivo para el que pidamos el préstamo.



Según el portal financiero Matchbanker, una de las claves a la hora de decidir si pedir un préstamo, es la finalidad para la que se va a usar el dinero. En general se distingue entre tres tipos:

a. Necesidad
b. Oportunidad
c. Ocio

Los préstamos por necesidad son aquellos que se piden porque hay que pagar algún gasto y simplemente no se tiene efectivo para hacerlo. Los préstamos de oportunidad son aquellos que se piden porque con el dinero del préstamo se va a conseguir producir un beneficio. Los préstamos de ocio son aquellos que se piden para darnos un capricho.

La cautela con la que hay que tratar los préstamos es similar en los tres casos, pero se deben evaluar de diferente manera.

En los préstamos por necesidad y para ocio, lo importante es asegurarse de que se va a poder devolver el dinero y no se va a cometer un impago. Lo más recomendable es hacer cuentas de forma seria en un papel o en el ordenador. Con un listado de ingresos y gastos exhaustivo veremos que margen hay entre ambos y sabremos cuánto dinero podemos destinar a devolver un préstamo. Si no salen las cuentas, pedir un préstamo no solo no solucionará el problema, sino que lo empeorará en el largo plazo.

En los préstamos de oportunidad además de nuestros ingresos y gastos tenemos que tener en cuenta el beneficio y riesgo potenciales. En este caso la idea es estimar la probabilidad de que nuestro proyecto salga bien y cuáles serán los beneficios. Por ejemplo, si se trata de una inversión estimar la probabilidad de que la misma nos ofrezca ganancias. Con ello podemos calcular la esperanza de la operación. Un ejemplo básico sería una inversión de 100 unidades que ofrezca un 10 % de rentabilidad, pero con un 5 % de probabilidad de que perdamos un 20 %. La esperanza de esta inversión es (100 unidades invertidas x 0,10 rentabilidad x 0,95 probabilidad de que salga bien) + (100 unidades invertidas x [-0,20] pérdida x 0,05 probabilidad de que salga mal) = + 8,5 > 0. El resultado es positivo, por lo que la inversión merece la pena.

Ahora tenemos que tener en cuenta los intereses del préstamo. Si estos son, por ejemplo, un 6 %, tendríamos que pagar un 6 % de 100 = 6. Como la esperanza de nuestra operación es de 8,5 si restamos 6 del coste del préstamo, todavía ganaríamos 2,5. Sigue mereciendo la pena.

Pero ahora tenemos que tener en cuenta lo mismo que hicimos en los préstamos por necesidad. ¿Podemos afrontar el pago del préstamo? Está claro que si la inversión sale bien, sí que podremos, pero debemos calcularlo para el caso de que no sea así. Si la cosa no va bien, de nuestro préstamo de 100, nos quedarían 80, porque el 20 % lo perdimos en la inversión. Además, tendríamos que pagar los intereses (6), así que realmente es como si nos quedaran 74. Por tanto tenemos que ver si con la diferencia entre nuestros ingresos y gastos regulares, podríamos afrontar un gasto extra de 74 unidades.

El gran problema de toda esta teoría, es que es realmente difícil estimar con exactitud las probabilidades de que las inversiones salgan bien o mal y, en algunos casos, incluso de estimar los beneficios. Por ejemplo, un préstamo para estudios es una inversión, pero ¿cómo estimar los beneficios de la misma? Es realmente complicado. No obstante, conocer la teoría siempre ayuda a tener un mejor enfoque de las finanzas.

REDACCIÓN / ANDALUCÍA DIGITAL

24 de junio de 2018

  • 24.6.18
Viajar es la forma más expedita para relajarse y disfrutar unas merecidas vacaciones después de un largo y arduo año de trabajo. De allí la importancia de saber seleccionar los mejores destinos para unas buenas vacaciones, aquí algunas opciones:



1. Canadá

Este país se encuentra entre los de mayor demanda por sus paisajes los que se encuentran compuestos por lagos, exuberantes montañas, muelles y graneros. Los que han vivido la experiencia, recomiendan turismo de rural ya que el turismo urbano resulta ser una mezcla de ciudades americanas con estilo europeo. Son tres las bellezas naturales que no te puedes perder: La Isla de Wolfe, las Cataratas del Niagara y las Cascadas de Waber. Lo recomendamos para el verano, ya que en la época de frío puede ser un poco insoportable para algunos.

2. Colombia

Para los amantes de la paz, para los que buscan playas de aguas hermosas color turqués, paisajes llenos de colorido, y tradiciones de un pasado ancestral y muchas construcciones estilo colonial, etc., factores que hacen de Colombia un sitio casi obligado de visitar en tus vacaciones. Entre los sitios que más se recomiendan están la Isla de San Andrés, Caño Cristales, Islas Rosario, Ciudad Vieja, el Amazona y lo que se conoce como la mística Ciudad Perdida, entre otras bellezas que encontrarás en Colombia.

3. Fuerteventura

Una de las ciudades de las Islas Canarias más hermosa, en Fuerteventura podrás experimentar el verdadero verano, con playa, sol y arena blanca. Los hoteles en Fuerteventura tienen ofertas y mucho que brindar para todos los turistas que lleguen a esta isla, no lo desaproveches.

4. Verano en Andalucía

El verano en Andalucía es el mejor tiempo para el buen disfrute por sus temperaturas y en los cuales los días son más largos, lo que hace que el disfrute sea más prolongado. Playas, paseos a luz de la luna o cuando comienza el ocaso, las ferias de Málaga, las fiestas Colombinas, las carreras de caballos de Sanlúcar, las fiestas de Pedro Romero y Goyesca, etc., son algunas de las principales atracciones.

En los veranos de Andalucía, se realizan muchas festividades llenas de música y de ocio, en general puedes vivir con toda la intensidad que desees los veranos en Andalucía.

REDACCIÓN / ANDALUCÍA DIGITAL

5 de marzo de 2017

  • 5.3.17
El 20 de enero de 2017 Donald Trump se convirtió en el nuevo presidente de los Estados Unidos, un hito histórico que no solo afecta a los estadounidenses. En un mundo globalizado y conectado como el nuestro, donde además todo depende de los mercados, todo lo que ocurre se acaba reflejando para bien o para mal en la economía. Por eso, la era Trump supone también cambios económicos.



La amenaza de deportar a millones de inmigrantes y, por tanto, impedir miles de millones de remesas para los países de los que son originarios, su intención de acabar con el sistema de salud impulsado por Obama, la advertencia de que se revisarán tratados comerciales internacionales con Asia, su intención de aplicar un nuevo modelo económico basado en el proteccionismo y su promesa de crear un nuevo plan energético explotando las reservas de gas y petróleo del país ya han sacudido los mercados de dentro y fuera de EE.UU.

Y esto es sólo el principio. ¿Cómo afectará Trump a las finanzas y al trading? En primer lugar, ya hemos visto alguno de sus efectos con la caída de las monedas de los países latinoamericanos. Sin duda, México es uno de los peor parados; el peso se ha desplomado a niveles de 2008. Pero también las divisas de otros países como Brasil, Argentina, Colombia y Chile han caído tras la victoria del republicano.

Tampoco las economías asiáticas van a salir reforzadas. China es un claro ejemplo. El nuevo presidente de EE.UU ya ha declarado que el país chino es su “enemigo”. Las tasas de importación que pretende establecer afectaría y mucho a las finanzas de China.

En el lado opuesto de la balanza encontramos algunos sectores tradicionales. Los analistas coinciden en que la victoria de Trump impulsará a las compañías de sectores clásicos, como la banca o el petróleo. Al renegar de las energías renovables, las empresas eléctricas, mineras y gasistas van a salir reforzadas. En cambio, el sector de las nuevas tecnologías e Internet, como Google o Facebook, saldrán perdiendo. No en vano, estas empresas apoyaban a Clinton en la campaña.

Del mismo modo, los analistas consideran que los inversores, al menos a corto plazo, van a huir de la bolsa para refugiarse en valores tradicionales, como el oro, el yen japonés o el bund alemán. Por el contrario, el dólar saldrá perjudicado. Al igual que el Ibex 35, aunque los expertos no creen que la bajada sea tan extrema como la que se vivió en junio del año cuando se votó sí al Brexit.

No hay duda de que el mercado está nervioso y de que cuando eso ocurre hay grandes y pequeñas caídas, junto a algunos ganadores. A juzgar por los movimientos del nuevo presidente de los Estados Unidos, lo más recomendable es invertir en los sectores energéticos, financieros y de telecomunicaciones. También las petroleras nos pueden dar beneficios, ya que Trump apoya una regulación mínima en el fracking. Y por supuesto el oro. En tiempos de cambios e incertidumbre, el metal noble siempre es una apuesta segura.

REDACCIÓN / ANDALUCÍA DIGITAL

28 de julio de 2016

  • 28.7.16
“Apenas quedan mujeres como las de antes”, decía Pérez-Reverte en un artículo hace casi una década. Con el título de Lamentarse, le tocaba a Juan Navarro escribir para este diario digital la última pérez-revertada que he tenido que leer en la Red. No me molesta mucho que las palabras de Navarro puedan tener un toque en la línea del individuo intelectualoide mencionado anteriormente, que tan aceptado parece estar en la sociedad española. Lo que realmente me indigna –como joven, como estudiante pre-parada pero, sobre todo, como mujer– es el tono machista y misógino que se esconde detrás de esta crítica que el autor hace a una generación, en su opinión, generalmente pasiva.



El autor se arma de palabras para hablar de una generación a la que no pertenece y desde una posición privilegiada. Dispara contra mi generación, de hombres y mujeres jóvenes, con piropos como “que solo sirven para quejarse y lamerse las heridas”. Y yo no puedo no enfadarme con él, acusando de pasivos a mis coetáneos, con los que comparto problemas y luchas e, incluso, la conciencia de saber que muchos de ellos lidian con problemas psicológicos; porque desde muy pequeños nos enseñaron que si nos esforzábamos –estudiando o decidiendo no hacerlo– llegaríamos lejos. Y algunos lejos están: a muchos kilómetros de donde quisieran.

Déjenos a los jóvenes lamentarnos; déjenos llorar, caer, sentir que no podemos. No queremos ni pretendemos que ustedes nos entiendan, porque nos tenemos a nosotros mismos para levantarnos. Solo quien ha vivido nuestras desilusiones, nuestros desvelos, nuestras penas, nos da el espacio y el tiempo necesario para reconstruirnos como el Ave Fénix. Pero, por favor, no utilice los problemas de la juventud de hoy en día para servirnos un discurso machista y misógino.

Déjenos a las mujeres lamentarnos; déjenos quejarnos, enfadarnos, gritar, sentir que merecemos más. Porque merecemos más, y mejor. Leo una y otra vez el artículo y usted no se refiere a las personas jóvenes: se refiere a las mujeres histéricas.

Déjenos quejarnos; déjenos salir del estado de represión político, económico y social en el que llevamos desde que la vida es vida. Déjenos reivindicar nuestra individualidad, a nosotras mismas como propiedad privada de nosotras mismas.

No nos amordace si después de toda una vida encerradas en nuestra casa, encargándonos de las labores y de la crianza, ahora reivindicamos la corresponsabilidad. La corresponsabilidad es no tener que sentirse afortunada si nuestros compañeros nos ayudan en tareas que son mutuas. Es el equilibrio: entender que para que yo pueda tener una vida productiva laboral y profesionalmente nuestro compañero debe entender que la vida personal es equitativa.

Déjenos con nuestra histeria y nuestra rabia, y no venga como hombre a decirnos sobre qué sí y sobre qué no podemos quejarnos para ser unas mujeres luchadoras, "como las de antes", según usted. Queremos trabajar, queremos tener el mismo salario y no se vaya usted a pensar que no lo queremos al precio de invertir la misma fuerza y el mismo tiempo. No necesitamos igualarnos al hombre para entrar en el mercado laboral: necesitamos tener igualdad de oportunidades en el acceso y en el mantenimiento. Para ello se dejaron la piel y la garganta muchas de nuestras antecesoras.

No se invente a la verdadera mujer luchadora, a la mujer pasiva y callada atada de pies y manos al yugo del hogar y la crianza, sin derecho a decidir, como era antes. No voy a decir que ahora estamos iguales, porque puede ser peligroso para nuestra sensibilidad. Ahora hemos accedido al mundo laboral, pero seguimos atadas al hogar y a la crianza y, si nos quejamos, somos mujeres histéricas, como la mayoría de los jóvenes que no dejan de lamentarse, según usted.

Reivindico mi generación, reivindico a mi juventud pre-parada, a mis compañeros y compañeras que llevan años luchando por un puesto de trabajo digno, por salir de la precariedad. Reivindico nuestra libertad. Que nadie se piense que vivir en nuestra casa a partir de una edad es seguir en nuestra zona de confort. No queremos que nadie lidie con nuestros problemas psicológicos, pero déjenos lamentarnos con libertad.

Pero sobre todo, reivindico a mis compañeras, las mujeres, y reivindico nuestro derecho a lamentarnos, porque suficientes siglos estuvimos calladas. Disculpe mis palabras. No vine a pedir permiso: vine a lamentarme.

MARI PAZ CLAR

19 de septiembre de 2015

  • 19.9.15
Pudiera parecer una noche normal, pero la de aquel día no lo fue. La tormenta aullaba en media selva y hasta el más feroz de los felinos estaba cubierto de una mezcla de ansiedad y miedo escénico al panorama que en el epicentro del Amazonas peruano se presentaba. Los animales asistían atónitos a una noche de monzón jamás vista: caían, con una levedad, una lentitud que coqueteaba con los límites de la gravedad, nubes de algodón de azúcar de colores hasta ahora imposibles.



Las reacciones del mundo animal eran de lo más inesperadas; los chimpancés, primeros espectadores desde las copas de los árboles, no tenían extremidades suficientes para sujetar las nubes que caían. Primero, exploraban estos las cualidades físicas del nuevo elemento del ecosistema. Algunos, al ver la dócil moldeabilidad de los algodones, comenzaron a darles formas en su propio cuerpo. Inesperadas pasarelas de primates en las ramas con coronas, ponchos, chalecos, pantalones –algunos incluyendo bolsillos–, y un sinfín de avalorios fuera de lo común y de cualquier stand de Inditex.

Por otra parte, en el sector arácnido se desató la locura, la incompresión: ¿Qué clase de enemigo de la misma especie, era capaz de producir y arrojar desde el cielo semejantes cantidades de seda? ¿Qué pretensiones podría tener un compañero de especie con tales creaciones?

A Sabingo, un perezoso de dos dedos, le pilló todo este asunto por sorpresa. Después de un ajetreado día, cayó rendido en un afluente del tronco de aquella palma, que hacía las veces de puente entre las dos aceras del Río.

Cuando despertó, pensó instintivamente en frotarse los dedos, asunto que por su complexión física, borró de su perezosa mente. Rozando su espalda, a más de tres metros de altura, se mecía río abajo una alfombra de algodones de azúcar, de tonos púrpureos y ocres. Sabingo, ruborizado por la mezcla de placer e interés por lo desconocido que suponía aquel roce constante de algodones de azúcar bajo su espalda, se dejó caer de la rama suave, levemente, sin pensar en las consecuencias de lo que estaba por venir...

Tan pronto como el perezoso soltó el último dedo que le agarraba a la rama, un estruendo de sonido familiar asoló la selva: había llegado El Monzón. Las nubes de algodón se deshacían en cada instante temporal y dimensional en el que Sabingo se encontraba.

Casi amanecía cuando, sin previo aviso, la lluvia cambió de temperatura y la luz de la lámpara cegó a Sabingo: el viento de poniente había apagado el termo y él, destemplado, se despertó en la bañera después de trece minutos de reloj durmiendo mientras el agua caía. A duras penas y mojado parcialmente, salió de la bañera con el apoyo de la taza del váter, y se atavió para una nueva jornada de trabajo. Le esperaba hoy la última volteada de la pasera. La uva ya tenía ese morado-oscuro-casi-negro que delataba el punto álgido para comenzar a producir El Dulce Pedro Ximénez.

Preparó con un cuidado rutinario su comida y la echó al fardelillo, para salir de casa y marcharse con sus compañeros de cuadrilla. No obstante, antes de salir, Sabingo volvió al cuarto, y con la luz apagada, sacó del segundo cajón de la cómoda un sobre de azúcar –de los muchos que guardaba– para el bocadillo de las once.

Empezaba, ahora sí, un día más.

FRANCISCO SOLANO GARCÍA ARIZA

20 de agosto de 2014

  • 20.8.14
El amor es una tontería, se comenta en nuestra calle de los desahuciados. La palabra da grima, o miedo, o reparo, o risa, o cuesta dinero decirla impunemente. Aunque también se dice en la calle que demasiada gente está entonando el adiós mundo cruel con caras rotas por la desesperación y brazos caídos de derrota, solitarios sin querencias o a quienes los nuevos verdugos postmodernos les robaron, a golpe de cifra macroeconómica, la única querencia que tenían, aquella donde había un lecho que a batallas de amor, campos de plumas.

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¿Qué hago yo empezando un artículo con un tema tan inútil, tan fuera del tiempo, tan menos actual? ¿Hay algo más tonto que el amor? La verdad es que se me ocurre alguien más que algo y no tengo disculpas para hablar en un periódico del eterno dilema del adolescente cuando los cara de bobo (solo apariencia, no vayan a creerlos) no cesan de regalar a diestro y siniestro, más que abrazos y cariños, barajas de miserias.

El otro día, un amigo me daba la brasa con aquella horterada de The Beatles, que no paraba de pinchar en Youtube mientras comentábamos ante un par de coñacs que nos vamos a la huelga por amor. Yo no iré a la huelga por amor a la clase obrera, ni siquiera por amor propio. Iré por puro odio, estoy lleno de resentimiento, de rabia, de ganas de escupir a algún banquero en su tostada con foie de Las Landas o en su copa de Mouton Rotschild. Eso más o menos fue lo que le dije a mi amigo.

Pero mi amigo me miraba incrédulo. “¿Y tú me hablas así a mí, a mí que soy un paréntesis?”. Reconozco que me descalabró el sentido. Sin saber, había yo dado en la idiotez. Mi amigo, de tan entregado, me parecía que fantaseaba un delirio demasiado antiguo para ser tenido en cuenta. Pero no. Yo ya sabía que mi amigo era paréntesis, pero su mirada serena me dejó un interrogante.

Él, que había querido ser el hueco de un abrazo, que sabía que, como paréntesis que era, podían borrarlo con una goma de aroma a nata o tacharlo atropelladamente con un bolígrafo, con uno de esos bolígrafos chinos que trazan en espasmo y por eso hieren mucho más, había querido ser un abrazo, un beso furtivo en una esquina oscura, una caricia secreta en un baile de máscaras, una espera en la puerta de un café, una despedida en las escaleras del metro y una llamada a la hora de la merienda. Y mi amigo me miraba desafiante, mientras sonaba All you need is love, y el licor se hacía viejo en las manos cansadas.

Volví a casa paseando bajo la luz de las farolas y pensé, paso a paso, bajo esa luz pálida que queda cuando no hay sol, que acaso no es tonto hablar de amor (como mucho, arriesgado, concedo), que quizá ser un paréntesis no sea cómodo, pero que los valientes no esconden debilidades, no inventan retóricas para ocultar que no son inocentes, y sí, sí son tan deliciosamente tontos que da gloria verlos en un mundo de cínicos engreídos.

Nada me hará cambiar respecto a mi opinión sobre aquella vieja canción de The Beatles, en cambio, daría cualquier cosa por ver una manifestación a las puertas de la Moncloa en que la gente se comiera a besos. ¡Os vamos a matar de envidia! Y abrazar al desahuciado. Y abrazar al banquero (a este con brazos como espadas). Y morirnos de gusto de ser tontos.

La pregunta sigue en el aire, ¿si no hay pasión, qué queda? Mejor ser paréntesis que “hacer lo que hay que hacer”. Que no me mata que me bajen el sueldo, que me condena al infierno que no me dejen ser capaz de alguna sublime tontería. Porque han olvidado que el mundo está lleno de gente con brazos que no abrazan, iré a la huelga, los seguiré odiando por ello, pero buscaré una boca donde encontrar el cielo, mientras los desprecio por competir con su cabello de oro bruñido en vano.

J. CARLOS FERNÁNDEZ SERRATO

30 de julio de 2014

  • 30.7.14
Resulta útil, para conocer algo más el paisaje político del país, repasar los comentarios que escriben los lectores en las ediciones digitales de los periódicos. Especialmente, aquellos que siguen a las noticias que polarizan las opiniones. Se encuentran ahí apuntes insólitos, casi siempre amparados en el anonimato, circunstancia que probablemente determine el predominio del exabrupto y la expresión descuidada.

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Comentarios que, por su tono, ahuyentan otras opiniones más argumentadas, porque la respuesta con criterio se expone al escarnio del siguiente lector-escribidor que vuelca más bilis que cordura y, en tantos casos, más intolerancia que ortografía. Los hooligans de aquí y de allá terminan por hacer una criba natural que expulsa a los lectores con sentimientos de concordia, a las ópticas no aberradas que ven algo más que blanco o negro.

El cariz, la intensidad y el número de las respuestas aumentan cuando la noticia permite alargar la maldita sombra negra de las dos Españas. Lo que el texto no dice, y sólo con mucha imaginación podría intuirse, es tomado como excusa para un azote maniqueo que evoca violencia pasada.

Expresiones libres que alaban a unos y niegan el pan y la sal a otros, según el color político. En el reciente examen sobre Felipe González, a raíz de la entrevista de Millás, el insulto es tributario de los más cuidados mandobles propinados por los prebostes políticos, que son los que marcan objetivos.

Los lectores se enzarzan en una bronca encabronada que tacha de seres abyectos a todo sociata o pepero que, según la onda dominante, piense de modo distinto. Se perciben rasgos tribales que no ocultan la guadaña -tan querida de las dictaduras- que de buena gana segaría las voces contrarias.

Lo que subyace en muchos de estos comentarios es pura intransigencia. La bofetada gratuita que zanja el debate con el insulto y la descalificación, con las no-ideas. La expresión libre se encoge en una expresión pobre y torpe.

Humberto Maturana, que seguramente sería premio Nobel de no haber nacido en Chile -la Universidad de Málaga le ha otorgado un honoris causa-, dice que la democracia es el mejor estado posible para la naturaleza del ser humano: le permite ser libre. Pero cuando la libertad es utilizada para eliminar al contrario, el pacto de civilización es aplastado por el rodillo de la intolerancia.

El sentido último de la democracia, la convivencia, resulta aquí muy dañado. Pero aclaremos las cosas: los comentarios a pie de página no son los nutrientes de la intolerancia. Éstos suelen aparecer entrecomillados en los titulares de las noticias.

BERNARDO DÍAZ NOSTY

25 de septiembre de 2013

  • 25.9.13
El término "política" (del latín politicus y, antes, del griego πολιτικός (politikós) 'civil, relativo al ordenamiento de la ciudad o los asuntos del ciudadano') se define como una rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por hombres libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. Es un quehacer ordenado al bien común.

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Ciertamente, desde que tengo uso de razón, me he considerado un enamorado de la política y de todo lo relativo a la gestión pública. Como versa la definición anterior, el conjunto de ideas y valores que han conformado mi cuerpo ético se ha dirigido siempre a luchar por encontrar una sociedad libre e igualitaria, capaz de construir una convivencia recíprocamente constructiva, que alcance el bien común en todas sus acciones.

Este espíritu de suma, de crecimiento social y personal, que siempre me lleva a actuar de un modo concreto (a veces puede que equivocado), me obliga a responder siempre de un modo casi vehemente ante las afrentas que la política sufre, sobre todo en estos días. Jamás seré de esos que se definen a sí mismos como "apolíticos".

Sin embargo, dadas las circunstancias que actualmente nos asaltan día a día, cabe reconocer el hecho de que cada vez se hace más complicado defender la gestión pública. Más bien parece que la Política, antiguamente amada hasta el platonismo, hoy se ha convertido en una maltrecha alma, carente de fuerzas para sobreponerse a las interesadas caricias que sus usurpadores le confieren.

No creo, para nada, que la política deba ser eso que unos pocos devoran, bajo el precio de que los muchos agonizan de indignación, frustración o hambre. La Política debe ser, a mi entender, la herramienta que nos haga a todos libres, iguales y conscientes de nuestro propio poder, poder que ella misma nos inocula y nos conmina a ejercerlo en dirección al crecimiento social, recíproco y constructivo.

Hoy por hoy, decir "política" es cuando menos escupir al diccionario de la RAE. Nadie parece ser tan osado como para gritar a los cuatro vientos que es político y es irrespetuosamente descabellado pensar que alguien puede, más aún, definirse afiliado a un partido político. Pero ¿por qué? ¿Qué nos ha llevado a esta situación? La respuesta automática es “tenemos una casta política ruín y rastrera”. Respuesta automática y pocas veces razonada. Pero puede ser cierta, en algunos repugnantes casos.

Sin embargo, traeré a este punto las interesantes palabras del doctor Martin Luther King: “no me duelen los actos de la mala gente, me duele la indiferencia de la buena gente”. Es decir, el crecimiento de una sociedad justa e igualitaria es responsabilidad de todos y cada uno de los ciudadanos que en ella convivimos y, ante tropelías como las que estamos viendo, es el momento de que la buena gente dé un paso al frente y acabe con las malas acciones de quienes ven en la gestión pública la excusa para llenarse los bolsillos.

No importa quién esté empuñando la pistola, ni el color de ésta, el resultado va a ser el mismo: atropellos y robo de dignidad. Platón decía: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres”. Amigos y amigas, lo hemos visto: nos sale demasiado caro desentendernos de la política. Actuemos y cambiemos las cosas. Hagamos política real y de verdad.

JOSÉ MIGUEL DELGADO TRENAS
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20 de agosto de 2013

  • 20.8.13
Después de pasar un verano más convulso de lo esperable, tanto en lo personal como en lo social, he tenido la oportunidad de quedarme a solas con mis pensamientos, intentando buscar algo de luz o de lógica a tanto mascullar de dientes como el que nos rodea.

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No puedo dejar de pensar en el caso de esa persona que decidió encadenarse en las Oficina de Empleo de Montilla, víctima de la desesperación y de la impotencia que le generaba tener 60 años y no disponer de oportunidades para ayudar a su familia. Enseguida hubo quien decidió acudir a apoyarlo, a mostrar su complicidad, pero también hubo quien se dedicó a desprestigiarlo con comentarios que, sinceramente, prefiero obviar.

Así mismo, me vienen a la cabeza otras ocasiones en las que, como miembro de la Plataforma de Apoyo y Defensa a la Dependencia de Andalucía, la actualidad nos empujaba a mover ficha en respuesta a uno u otro evento pero que, las vacaciones, las malditas aunque necesarias vacaciones, nos ataban las manos hasta septiembre. Mi respuesta siempre era la misma: “¿en verano no hay problemas?”

Y problemas sí que hay: la gente sigue perdiendo sus trabajos; siguen luchando por poder pagar el alquiler; siguen evitando ir al médico porque no tienen para comprar los medicamentos; siguen sin ser atendidos a pesar de tener reconocida la situación de dependencia… Pero es verano y “necesito desconectar”.

No creo que ninguno de los parados que hay en este país haya tenido la oportunidad de desconectar del hecho de no tener qué poner en la mesa para sus hijos o de la preocupación del aviso de desahucio que les han dejado bajo la puerta.

No creo que la hija que no puede trabajar porque tiene que cuidar a su madre, se le olvide ni un segundo que perdió el trabajo porque la administración decidió no cumplir con un derecho subjetivo de ciudadanía que su madre tenía reconocido por una resolución oficial que le remitió esa misma administración.

No creo que ese empresario que decidió apostar por la dependencia y al que se las prometían de oro, que ahora se enfrenta al cierre y a la expulsión al paro de sus trabajadores, se le vayan de la cabeza sus rostros ni un segundo. Ni tampoco creo que tantos trabajadores y trabajadoras que ahora quedan sin empleo, puedan siquiera pensar en desconectar.

Sin embargo, hay que descansar. Nosotros, los que estamos siempre en la lucha, los que, como yo, aún tenemos la fortuna de tener un empleo, los que podemos dedicar nuestras fuerzas a pelear por los derechos y la dignidad de todos… tenemos que descansar. Y mientras, en nuestro descanso, la exclusión, la vileza de algunos, la inhumanidad de otros, la agosticidad de todos… acaban con la poca dignidad que nos han dejado. Pero hay que descansar.

Yo no quiero descansar, no quiero que ni uno de mis músculos se relaje ante el sufrimiento de cientos de miles de personas, jamás permitiré que mi grado de alerta se reduzca y, ¿sabéis por qué? Porque es necesario que sigamos peleando, luchando, exigiendo derechos, dignidad… Porque nos han robado el alma y el descanso nutre las fuerzas del que usa sus silenciosas zarpas para continuar su oscuro propósito.

Yo no quiero descansar hasta que no puedan descansar los que sufren, los que lloran, los que no tienen derecho de plantearse un alto en el camino.

JOSÉ MIGUEL DELGADO
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3 de agosto de 2013

  • 3.8.13
Ahora que ya han pasado unos días del descarrilamiento ferroviario ocurrido en Galicia y que causó la terrible cifra de 79 fallecimientos, les invito a reflexionar sobre el asunto que lleva corroyéndome el estómago desde el primer día de esa desgracia.

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Me refiero al maquinista que conducía el tren accidentado. Sí, ese hombre que vimos ensangrentado y aturdido minutos después del accidente. Ese mismo maquinista a quien dos días después lo vimos esposado, camino de los juzgados.

Como les he comentado, mi bilis y mis jugos gástricos me llevan destrozando el estómago desde ese desgraciado accidente. Primero, por todas esas víctimas que se han ido para siempre; y segundo, por el asqueroso escarnio, criminalización y linchamiento mediático que ha sufrido el maquinista del tren. Maquinista que apareció esposado en un coche policial como si fuera un asesino.

Un hombre que ha tenido un fallo: un error que ha causado la muerte de tanta gente. Un hombre que no ha dudado en declararse culpable. Un hombre que dijo desde el primer momento que iba a una velocidad muy superior a la permitida. Un maquinista que ha dado la cara porque se ha hecho responsable de su desgraciado error.

El primer día del accidente ya circulaba en las redes sociales y en los medios de comunicación una frase totalmente descontextualizada de este maquinista que, años atrás, comentó a modo de broma que iba a 200 por hora con el tren y que la Guardia Civil no lo iba a multar. Ese comentario, ahora utilizado de una manera oportunista, se manipula para confundir mucho más a la opinión pública.

Un comentario banal y socarrón hecho mucho tiempo atrás lo sacan de contexto ese día fatídico para hundir a un hombre que, evidentemente, ha cometido un grave error, y que, seguro, lo va a pagar muy caro. No por la pena que la Justicia pueda imponerle. No, eso es lo menos duro. La peor condena que va a tener ese hombre para el resto de su vida será su conciencia. Saber que él se equivocó, y que, por eso, murieron todas esas personas.

¿Y quieren saber lo de mi estómago? ¿Les apetece que les cuente por qué quiero vomitar desde ese aciago día? Pues porque me da asco todo lo que he visto y oído. Que directivos de Renfe y Adif, desde el primer momento, se quitaran de en medio eludiendo responsabilidades, sin haber cotejado siquiera la famosa caja negra. Echaron toda la mierda encima de un maquinista, que estará hundido en el fango el resto de sus días.

Lo que yo me pregunto, y las autoridades no me lo han explicado todavía, es cómo es posible que un solo hombre vaya en la locomotora de esos velocísimos trenes. Circulan a lomos de esos titanes de la velocidad solos, sin la compañía de otro conductor. Esa figura que antes se denominaba Ayudante de Maquinista, una figura ferroviaria que lleva años desaparecida. Ayudante que en momentos críticos pueda echar mano de los controles de la locomotora para evitar cualquier tipo de accidente, al igual, que lo podría hacer el copiloto de cualquier aeronave.

Esa es la cuestión, sí, por qué van solos los maquinistas, queridos lectores. En esos grandes trenes de Alta Velocidad, los conductores van solos, por un mísero sueldo que no cubre la gran responsabilidad que llevan sobre sus espaldas, una responsabilidad que nuestro maquinista llevará ahora de por vida sobre su conciencia.

Sí, miles de solitarios maquinistas llevan sanos y salvos, todos los días del año, a millones de viajeros que cogen cada día el Ave. ¿Por qué no preguntan a todos esos altos cargos ferroviarios que descargaron la responsabilidad sobre el maquinista cómo es posible que permitan márgenes de maniobra manual tan peligrosos? ¿En el siglo veintiuno, en la gran era del AVE, los maquinistas tienen que reducir la marcha de 200 kms/hora manualmente tres kilómetros antes de acercarse a una curva que solo permite la circulación a 80 kms/hora?

¿En la era de las automatizaciones de ordenadores inteligentes se ponen las vidas de unos centenares de viajeros en las manos de un maquinista? Y díganme, ¿quién es responsable de eso?

Yo no lo sé. Pero sí tengo algo claro: que el único que se puede salvar de esa responsabilidad es el maquinista que vi por la tele. Sí, ese hombre que caminaba aturdido y sangrando, y al que después lo llevaron esposado camino de los juzgados como si fuera un vulgar asesino.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA
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  • 3.8.13
Todos recordamos pasajes o imágenes de mandatarios de la historia, desde los grandes dictadores presos del fanatismo y de la guerra hasta las distintas religiones, en los que aparecen quemando libros para destruir el pensamiento e ideas contrarias. Y qué mejor distinción se le puede hacer al libro que hablar de una de las grandes obras que mejor lo han homenajeado: Fahrenheit 451.

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Fue en 1953 cuando el escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012) después de haber publicado ya sus famosas Crónicas marcianas creó lo que se convertiría en un libro de culto de la literatura como es Fahrenheit 451. El título hace referencia a la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde (233 grados centígrados).

La obra cuenta la historia de Montag, un bombero cuyo trabajo, paradójicamente, no es apagar fuego sino provocarlo. Sus compañeros y él se dedican a localizar libros para quemarlos junto a las casas que los contienen. El Estado, omnipresente, está seguro de que leyendo libros la gente piensa y se preocupa innecesariamente, por ello, y velando supuestamente por los intereses y la felicidad de los habitantes, decide eliminarlos.

Sólo está permitido el entretenimiento vacuo con programas en televisión o comics de humor. Los ciudadanos son esclavos de un sistema no cuestionado por la sociedad hasta que el protagonista conoce a una joven que le habla de la felicidad y del pensamiento libre en un mundo en que todo está estandarizado. Es entonces cuando Montag se replanteará su vida.

¿Nos hemos preguntado alguna vez si somos felices? ¿Nos gustaría que el Estado nos impusiera ser felices? ¿Elegiríamos una falsa felicidad o una felicidad vacía a cambio de nuestra sabiduría o sentido crítico? La consigna está bien clara: mientras más ignorantes seamos, menos sentido crítico poseeremos para cuestionarnos nuestra propia vida y menos problemas tendrá el Estado que pretende someternos.

Esta es la sugerente propuesta, que hace ya sesenta años, Bradbury mostró al público enseñando no sólo lo que sucede en las dictaduras, sino anticipándose, en gran parte, a la sociedad actual, donde prevalece el hedonismo, el individualismo, la ignorancia generalizada y donde a veces se quita o se pone, según convenga, la venda a la justicia.

Se trata de una novela muy actual que supo observar cómo a los estados les gusta que la gente sea feliz, aunque ello supongo ser ignorante y conformista, suprimiendo la capacidad de individual de pensar por sí mismo.

A veces no nos damos cuenta de que la realidad es bien distinta, pues esa ignorancia nos hace lo suficientemente necios como para no poder ver lo infelices que podemos llegar a ser (recuerden el dicho de los romanos “Pan y circo”). Los poderosos temen a una sociedad culta, inteligente, reflexiva y con principios ya que no los pueden manipular a su antojo.

La televisión retratada en este libro guarda muchas similitudes con la actual. Una programación aburrida, despreocupada de la cultura y con la única función de entretener con contenidos vacíos que van idiotizando poco a poco.

Aunque la historia está contada sin profundizar mucho en los personajes, ésta no decae en ningún momento debido al giro en la personalidad del protagonista (su lucha interna en contra del sistema) y al mensaje que  va transmitiendo. Tiene un sorprendente final con un rastro de esperanza que viene a decir que siempre habrá una resistencia, generación tras generación, que luche contra los más poderosos, enemigos de la censura y del oscurantismo.

Se trata de un libro-denuncia cuya importancia radica en el mensaje que encierra. Más que invitarte, te obliga a pensar, al estilo de 1984, de George Orwell, también altamente recomendable. En palabras de José Caballero Bonald en el discurso de entrega del Premio Cervantes de este año: “La quema de libros es una metáfora de la esclavitud. Destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no almacena conocimientos era apto para la sumisión”. Hoy por suerte podemos leer Fahrenheit 451.



Ficha literaria

Título: Fahrenheit 451.
Autor: Ray Bradbury.
Género: Novela.
Título original: Fahrenheit 451.
Fecha de publicación: 1953.
Editorial: Minotauro.
ISBN: 978-84-45076415.

PEDRO ESTEPA / CLUB DE LECTURA DE MONTALBÁN
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19 de julio de 2013

  • 19.7.13
Un cantante andaluz decía en una de sus canciones que “no se puede ser feliz cuando a tu lado lloran”. Y es que no hay circunstancia más cierta que aquella que te empuja al más oscuro de los rincones de tu mundo emocional, cuando reconoces el sufrimiento crudo y desnudo en los ojos de quien te cruzas en un día trivial.

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Es de conocimiento público el hecho de que las cosas no van ni mucho menos bien: hay millones de hogares sin ningún tipo de ingreso, millones de personas con su dignidad arrancada de cuajo, sin posibilidad de poder labrarse un futuro, cientos de miles de personas sin esperanza de poder redirigir sus vidas, sumidas en la exclusión…

Todo eso es cierto: nos lo cuentan a diario en la televisión, la radio, los periódicos… Vemos cómo se “cuelgan” en Facebook impactantes tablas de datos que nos ponen la carne de gallina. Sin embargo, tan sólo una cosa es capaz de partirnos como una rama seca; en este mundo de imágenes y de agonía sensacionalista, sólo la cruda realidad del rostro partido por la calamidad puede provocarnos una instantánea sequía en la garganta capaz de ahogar a cualquiera.

Este fin de semana me he cruzado con el rostro del fracaso, de la frustración, del dolor contenido detrás de una guitarra, sostenida por unas manos inexpertas en las lides de la música. El momento fue así: caminando por las calles de Mazagón, vi a un hombre de unos 50 años, bien vestido, con camisa polo, pantalón de pinzas y zapatos modelo castellano, bien peinado y bien aseado, sosteniendo una guitarra bastante estropeada, en la que había colocado a modo de cinta para colgársela al cuello, una soga de amarre.

Se podía observar que no era muy diestro en el manejo del instrumento, pues le costaba seguir el ritmo y apenas lograba afinar sus notas. Sin embargo, ahí continuaba, firme, decidido y rogando un poco de complicidad a modo de “limosna” en forma de monedas, para poder pasar el día con algo de comida en el estómago.

A sus pies, la funda de la guitarra como platillo y un cartel donde decía “mi último cartucho, gracias Rajoy”. Esta visión calló como un rayo fulminante en mí y provocó que se me desbordaran dos lágrimas incontenibles de los ojos. Tan sólo pude acercarme, depositar unas monedas y decirle: “ánimo y suerte, compañero”. Mi mujer y yo continuamos el camino en silencio, enmudecidos por la visión que acabábamos de sufrir e intentando digerir los sentimientos que irrumpían destrozándolo todo.

Y, después, el circo: sobresueldos, sobres, corrupción, criminalización de ciudadanos, cargos hiperremunerados, representantes políticos anestesiados por las caricias de sus parabienes y prebendas…

Este es el mundo donde vivimos, un mundo en el que mientras una persona ruega un poco de dignidad, pelea por sobrevivir… otros disfrutan del cadáver putrefacto de quienes, tiempo atrás, les encumbraron con su trabajo y encima, ahora, les culpabilizan de “haber vivido por encima de sus posibilidades”.

¿Alguien entiende este mundo? ¿Alguien puede explicarme qué clase de espécimen puede sentirse cómodo nutriéndose de la miseria de la gente? Antaño, este tipo de personajes sólo aparecía en los cuentos, personificando el papel de malvado, de malo de libro; pero hoy, nos damos cuenta de que están a nuestro alrededor y que gobiernan nuestras vidas a modo de exprimidores de vidas, sueños y esperanzas.

Para finalizar, termino como empecé, citando a un artista, pero esta vez con un canto al mantenimiento de la esperanza y de la lucha por lo que es justo. “Seguiremos, si dicen perdido, yo digo buscando; si dicen no llegas, de puntillas alcanzamos”.

JOSÉ MIGUEL DELGADO TRENAS
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29 de diciembre de 2012

  • 29.12.12
Las redes sociales, el canal de Youtube y los foros de Internet echan humo desde la publicación de una trilogía de “armas tomar”. Yo, como lectora, supe de su existencia porque “navegando” por estos canales observé que todas mis amigas hablaban de un libro, Las cincuenta sombras de Grey, y pensé: ¿Qué es eso de las sombras?

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Sólo os puedo decir que es un libro basado en una historia de amor que os conquistará. Concretamente, el primer libro de esta trilogía, que es del que os quiero hablar aquí, parece ser un libro típico de amor, pero nada de eso.

Es una novela erótica que fomentará vuestra imaginación y que seguro os proporcionará temas de conversación y práctica con vuestras parejas ahora que se aproxima estas fiestas navideñas y se dispone de más tiempo libre. Por otro lado, si no tenéis pareja os animo a encontrar una en estas fiestas ya que el libro aporta una motivación ideal para ello.

Leyéndolo me di cuenta que la intención inicial de la autora, E.L. James, era orientarlo a las mujeres (aunque los hombres que quieran leerlo pueden hacerlo perfectamente; es más, conozco a matrimonios que los están leyendo juntos).

Sin embargo, es verdad que el libro alude y utiliza muchos estereotipos femeninos, que aunque han sido utilizados recurrentemente en la literatura erótica, se manejan en éste magistralmente como un recurso que ayuda a que nuestra imaginación vuele. Ya sabéis que el erotismo y la excitación de la mujer muchas veces nacen de la propia imaginación, por eso, y para fomentarla, podéis leer este libro.

Los protagonistas se muestran como dos personajes totalmente distintos, Ana Steele y Christian Grey. Ella recién titulada, inocente y entregada; él empresario, complejo y físicamente arrollador pero con un pasado oscuro… Elementos que, conjugados, dibujan una historia de amor y necesidad sexual de alto voltaje. ¡No os puedo decir más!

Además es de fácil lectura porque se te pasan las horas y las horas leyendo y apenas te das cuenta, aunque si tienes muchas cosas que hacer, es recomendable emprender la lectura después de haberlas realizado. Sobre todo, ¡porque no sabes cuándo parar! Si os animáis a uniros a este fenómeno social, os daréis cuenta que conocéis a alguien de vuestro circulo social que ya lo ha leído y os podrá corroborar lo que os digo.

Así que no os cuento más y os dejo, que me espera Christian Grey para susurrarme al oído palabras dulces que se quedaron suspendidas entre sus páginas...

SANDRA BADILLO CANO

25 de noviembre de 2012

  • 25.11.12
Siempre que llega el final de noviembre, los medios de comunicación insisten en recordarnos la cifra de mujeres muertas a lo largo del año, reducidas prácticamente a un número mientras que su nombre avanza camino del olvido. Trato pues de recordar cómo se llamaron: Antonia, Carmen, Estrella, Pilar, Rosario, Isabel, Almudena, Marisol… y así hasta más de 40.

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Mi recuerdo es también para aquellas de las que ni siquiera sabemos sus nombres, para las invisibles, para las que siguen sufriendo en silencio, para las que cerca o lejos tienen marcadas, aunque en ocasiones ni se atrevan a reconocerlo, las fauces del patriarca. Para las que, como la madre de Ruth y José, reciben los golpes a través de los hijos golpeados.

Recuerdo también a mis abuelas que nunca tuvieron una habitación propia en un mundo en el que mis abuelos tenían la voz y la palabra. Recuerdo a mi abuela Carmen que siempre firmaba con un dedo y a mi abuela Rita a la que no dejaban subirse a los árboles y que siempre andaba anotando versos en un cuaderno que no sabían leer los hombres. “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces: parirás con dolor a los hijos, buscarás con ardor a tu marido que te dominará”.

Recuerdo a los jerarcas y a los que siempre tuvieron voz en los púlpitos. La voz del confesor y la del sabio. La del que nunca se equivocaba. La voz de San Pablo que las condenaba al silencio: “Las mujeres deben estar calladas, pues no les corresponde hablar, sino vivir sometidas, como dice la ley”. O la de San Agustín, que justificaba cómo debían estar “sometidas al hombre porque en él predominan el discernimiento y la razón”. El discernimiento que llevó a tantos hombres iluminados a decir, como Rousseau, que la mujer debía aguantar las sinrazones del marido sin quejarse.

Por todos ellos, y por tantos otros que forman la línea vergonzante que durante siglos ha sustentado el patriarcado, me es imposible no dar la razón a Miguel Lorente cuando dice que “los hombres que hemos tenido la voz a lo largo de la historia ahora no podemos permanecer callados cuando se habla de igualdad. Tenemos mucho que decir sobre lo que hemos callado y mucho que callar sobre lo que hemos vociferado”.

Porque cuando hablamos de violencia masculina –y digo bien, "masculina", porque son los hombres los que la ejercen contra las mujeres-, en definitiva lo estamos haciendo de igualdad. La violencia masculina, al fin, ha dejado de ser un asunto estrictamente privado y hemos empezado a entenderla como el producto más cruel de un orden político, cultural y simbólico que nos diferencia jerárquicamente en función del sexo.

Sólo cuando seamos capaces de darle la vuelta a esas estructuras culturales y de poder, erradicaremos la desigualdad y, con ella, la violencia. Es necesario, pues, que los poderes públicos sigan apostando por el mandato constitucional que les obliga a remover los obstáculos que impiden que la igualdad de mujeres y hombres sea real y efectiva.

Es hoy más necesario que nunca, cuando la crisis económica agudiza la feminización de la pobreza y alimenta la vulnerabilidad de los más débiles, no bajar la guardia y seguir apostando por políticas que asuman que la igualdad formal sin la material no es más que un disfraz que a duras penas esconde la vigencia de la ley de la selva.

No cometamos el error, pues, de desandar lo andado, de retornar a la “mujer mujer”, a la reproductora que no era dueña de su destino y que estaba más cerca de la Naturaleza que de la Cultura. A la que sólo podía definirse por su dedicación a los demás y no por la determinación consciente y responsable de su propia vida. A la que estaba condenada a ser o puta o santa. A la madre, siempre la madre, y nada más que la madre.

Es urgente además que todos, mujeres y hombres, y especialmente todas las instancias socializadoras de nuestras democracias, contribuyamos a desarmar ese orden patriarcal. De manera singular, la institución a la que pertenezco, la Universidad de Córdoba, debe implicarse todavía más y mejor en una causa que tiene que ver, nada más y nada menos, con la mitad de la ciudadanía.

Porque la rentabilidad de las Universidades públicas debe medirse en términos sociales y no de cotización en bolsa. Y, por lo tanto, también en términos de implicación en todos aquellos asuntos que tienen que ver con la convivencia, con la justicia social, con la consecución de unas mayores dosis de bienestar y felicidad. Lo contrario supone convertirlas en aparatos domesticados y serviles. Y también, la Universidad debe asumir que la igualdad de género no es una cuestión de ideología sino una exigencia democrática.

Junto a todo ello, debería ser una tarea primordial que nosotros, los hombres, nos miremos en el espejo y descubramos que también tenemos género. Es decir, que nos hacemos hombres tratando de responder a unas expectativas que nos exigen ser reyes, guerreros, magos o amantes.

Que la virilidad acaba siendo un imperativo categórico que nos exige demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que somos hombres de verdad. Es decir, individuos competitivos, valientes, aguerridos, infatigables y, si hace falta, violentos. Con los puños o con las palabras.

En la intimidad de nuestras habitaciones y desde los púlpitos en los que consagramos la conexión patriarcal entre masculinidad, poder y violencia. Los sujetos que no dudamos en cosificar a las mujeres y en convertirlas en botín de guerra o en víctimas cuando nos resistimos a reconocer su autonomía.

Es urgente que revisemos la división patriarcal entre lo público y lo privado, que asumamos social y políticamente los valores y capacidades que tradicionalmente hemos rechazado por considerarlos femeninos. Es necesario reivindicar la ética del cuidado y, como decía Petra Kelly, la ternura como herramienta política.

Sólo así podremos ir transformando un contrato social que, precedido del sexual que continúa esclavizando a muchas mujeres, da forma a unas sociedades que continúan estando lejos de la decencia. Porque, como bien sostiene el filósofo hebreo Avishai Margalit, una sociedad decente es aquella que no humilla a ninguno de sus miembros.

Cada final de noviembre es también el cumpleaños de mi hijo. Por eso cuando llega el 25-N también lo miro a él y, además de tratar de encontrar la herencia de sus bisabuelas, me siento responsable de que habite un mundo distinto al presente, una sociedad al fin decente en la que nadie por razón de su sexo sea humillado o tenga más dificultades para ejercer sus derechos. En la que ninguna mujer carezca de nombre y en la que a ni una sola se le niegue la libre disposición sobre su cuerpo, su sexualidad, su presente y su futuro.

Un horizonte que sólo podremos alcanzar si asumimos de una vez por todas que una democracia sin mujeres no es democracia y que una sociedad con hombres violentos es el mayor fracaso de todos lo que un día confiamos en las luces emancipadoras de la razón. Esas que, controladas por el patriarca, hace un siglo le impidieron a mi abuela Carmen aprender a escribir y a mi abuela Rita subirse a los árboles. Las que confío en que iluminen a mi hijo para que en el futuro, que será su presente, noviembre ya sólo sea el mes en que celebrar que la vida sigue multiplicándose.

OCTAVIO SALAZAR

17 de noviembre de 2012

  • 17.11.12
En tiempos de crisis, el ingenio aflora. Aunque sea en una versión sospechosamente cercana a la desesperación. La cuestión es que el otro día, con motivo de la huelga general, tuve una idea que en ese momento me pareció sublime. Una iluminación de esas que te asaltan sin previo aviso, un pensamiento que atraviesa tu conciencia con total impunidad y no te suelta hasta que efectivamente lo llevas a cabo.

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La premisa era muy sencilla: teniendo en cuenta los graves problemas que tanto sindicatos con fuentes policiales hallan en el establecimiento de unas cifras aproximadas de las personas que acuden a manifestaciones de este calibre, se me ocurrió una ecuación, de la cual me siento particularmente orgulloso, para averiguar el número real, o al menos lo más apegado a la realidad posible, de ciudadanos cabreados con la actual situación del país que deciden salir a las calles para demostrarlo.

El procedimiento es bastante simple pero efectivo. En primer lugar, recorrí los centros de impresión a los que los distintos grupos sindicales encargan los cientos de miles de banderas, pancartas, chapas y demás merchandising huelguista. Lo cierto es que me sorprendió la frenética actividad de un sector al que la crisis parece que no pasa factura. De hecho, y a tenor del entusiasmo mostrado por sus responsables, su próximo paso bien podría ser la salida a Bolsa.

También me extrañó la amabilidad mostrada ante mis demandas, aunque quizás eso fue debido a que me presentara como miembro del comité técnico de cada sindicato (ni siquiera sé si existe ese órgano) inmerso en un importante proyecto de investigación sobre el impacto del marketing directo en la ciudadanía. En la despedida todos enviaron saludos a los líderes sindicales, como si los conociesen personalmente o incluso fueran familiares...

Una vez averiguado el número total de merchandising sindical que ondearía felizmente por las calles de toda España, y que representaba a todas las personas que, o bien pertenecían a este círculo o eran simpatizantes, o bien no podían rechazar un objeto tan atractivo como una bandera, y además gratis, el siguiente paso de mi ecuación era multiplicar por tres esa cifra absoluta.

¿La razón? Muy sencilla; ese incremento de personas correspondía al sector de la población desengañada del papel desempeñado en los últimos años por los sindicatos y que, por lo tanto, no aceptaría bajo ningún concepto ponerse bajo sus pegadizos eslóganes, pero que, no obstante, tiene la necesidad de protestar públicamente por la (in)acción del Gobierno ante la crisis.

Por último, para dar con el número total de manifestantes en toda España tan sólo restaría dividir la cifra resultante entre dos, es decir, el porcentaje de personas que, aún estando en contra de las políticas de recortes, deciden quedarse en casa o trabajar porque creen que acciones de este tipo no tienen ningún tipo de finalidad práctica, porque no llegan a final de mes y temen represalias laborales, o, sencillamente, porque están cansados de la algarabía social sin fundamentos ni ideas. Y, voilá, ahí tenemos el resultado, sin necesidad de helicópteros ni cuentas de la vieja manuales a vista de farola. Más fiable, imposible.

Paralelamente, también sería muy sencillo averiguar el número de personas contrarias a la huelga; tan sólo sería necesario contabilizar los ejemplares vendidos ese mismo día de las cabeceras más golpistas, sumarles los afiliados al Partido Popular y elevarlos al cuadrado en representación de la casta de banqueros, grandes empresarios y especuladores de diversa índole que han contribuido a hundir al país en la más absoluta miseria.

Naturalmente, mi alucinante método de contar manifestantes fue rechazado rotundamente tanto por la Policía como por los sindicatos, porque al parecer no era todo lo "científico" que ellos demandan en una tarea de tal trascendencia. Yo sospecho que era más bien porque sus respectivos argumentos podrían venirse abajo sin más contraargumentos. Pero no desesperé, fui a la manifestación del pasado 14-N, como no podía ser de otro modo, para contar, pero no personas, sino ideas.

Puede parecer un absurdo pero, cansado de tantas cifras que en muchos casos sólo reflejaban el número de bultos presentes en una marcha, decidí prestar más atención a lo que, desde mi punto de vista, es más importante: las propuestas de cambio basadas en el conocimiento y el análisis reflexivo, las alternativas factibles, los discursos realistas que podrían llevarse a cabo en la actual coyuntura social y, sobre todo, los auténticos deseos de promover una sociedad más justa y solidaria en base a políticas desinteresadas y ajenas a luchas partidistas e ideológicas que reproduzcan las tradicionales fricciones entre los miembros de una misma clase social.

Una realidad sin banderas ni colores, sin líderes demagógicos ni políticos hipócritas, sin activistas que utilizan su implicación como arma arrojadiza contra todos aquellos que no están presentes en la "lucha": una realidad construida a partir del entedimiento mutuo entre ciudadanos del mismo rango.

El resultado fue abrumador: supongo que lo adivinais. Regresé a casa apesadumbrado. Desenchufé el televisor, tiré la radio por la ventana, eliminé de favoritos a todos los medios de comunicación que aún permanecía en mi ordenador (El País había desaparecido tan sólo unos días antes), cerré las persianas y mi acosté aunque no tenía sueño.

Tan sólo sentí miedo. Miedo ante una situación sin salida, sin alternativas, sin ideas, sin reflexión; únicamente gritos, crispación, odio e ira. Había creado un monstruo en mi interior: la sospecha de que no hay esperanza en el futuro.

JESÚS CRUZ ÁLVAREZ

3 de noviembre de 2012

  • 3.11.12
"Misterio", "cripta" y "embrujada". Tres vocablos sin duda atrayentes, evocadores, incluso recónditos cuya intención es llamar a gritos la atención del lector que, una vez leída la obra, descubre la poca importancia que dichas palabras tienen en el trasfondo de la historia y en el verdadero mensaje que el autor, Eduardo Mendoza, quiere transmitir con su obra.

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Dos sorprendentes desapariciones, en el mismo colegio de las madres Lazaristas de San Gervasio, bajo similares circunstancias y con las mismas enigmáticas preguntas sin resolver, pero en años bien distintos, configuran el arranque de la aventura indagatoria del protagonista de la obra, cuyo verdadero nombre nunca se sabrá; un supuesto loco de manicomio a quien las autoridades delegan la resolución del caso a cambio de su libertad.

El misterio de la cripta embrujada esconde su encanto y personalidad en la manera en la que está escrita. La redacción en primera persona, a través de la cual el protagonista de la obra se dirige directamente al lector, le habla, le indica incluso lo que le va a contar en el próximo capítulo o le explica por qué se salta algunos datos sin relevancia.

Todo ello se une a un lenguaje rimbombante, en ocasiones demasiado pretencioso, que el anónimo protagonista utiliza para conseguir todo lo que quiere, demostrando que con astucia y un buen vocabulario, además de poca vergüenza, es capaz de ganarse a cualquiera.

La conjunción de ambos elementos en la narración proporciona una sorprendente fluidez a la lectura de la obra, que goza de una estupenda narración, aún más admirable si se tiene en cuenta que el autor la escribió en sólo una semana.

“Buenos días nos dé Dios. ¿Tengo por ventura el honor de hablar con el jardinero de esta magnífica institución?”, es sólo una de las pinceladas cuyo vocabulario quijotesco recuerda a Cervantes. Además, la propia historia puede evocar la obra cervantina si damos por hecho que se trata de un loco moderno que sale del manicomio a recorrer mundo, ocurriéndole todo tipo de situaciones disparatadas.

Pero la principal reminiscencia de la obra lleva a la comparación con El Lazarillo de Tormes. El misterio de la cripta embrujada es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del momento, en el escenario de una Barcelona cochambrosa, de bajas barriadas, donde la gente sobrevive adaptándose a cualquier circunstancia que le depare el destino, algo que contrasta con la gente pudiente del lugar, que son los que realmente mueven los hilos de la sociedad a través de intrincadas enredos cuyo fin sólo es aparentar.

La novela plantea serios interrogantes: ¿está el protagonista realmente loco, o es uno de los personajes más cuerdos? ¿Lo utilizan para resolver el caso o como cebo para endosarle un marrón a alguien que poco representa para la sociedad? También hace que el lector se cuestione, en clave de humor, si el personaje principal podrá darse una buena ducha algún día o si tiene algún significado esa obsesión con la Pepsi Cola.

Y es que la obra está plagada de momentos divertidos, desde las increíbles situaciones que le ocurren al protagonista, como cuando por ejemplo el antiguo jardinero del colegio de monjas explica cómo hace sus necesidades por la ventana del comedor a los mordaces nombres con los que se bautiza a los diferentes personajes que aparecen.

También hay algún momento perdido para la reflexión filosófica: “Con este consuelo me metí en la cama y traté de dormirme repitiendo para mis adentros la hora en que quería despertarme, pues sé que el subconsciente, además de desvirtuar nuestra infancia, tergiversar nuestros afectos, recordarnos lo que ansiamos olvidar, revelarnos nuestra abyecta condición y destrozarnos, en suma, la vida, cuando se le antoja y a modo de compensación, hace las veces de despertador”.

El final corre el peligro de decepcionar al instante, aunque cuenta con la seguridad de que tras su reposo, la lectura demanda un replanteamiento de la obra desde otro punto de vista que hace al lector darse cuenta de que no ha sido estafado; aunque parezca paradójico, la historia es lo de menos y lo que no se cuenta, o se lee entre líneas, es lo de más.

“Ya habría otras ocasiones en las que demostrar mi cordura y, sino ya sabría buscármelas”. Así finaliza El misterio de la cripta embrujada dejando entrever que es la primera aventura de una trilogía compuesta por los siguientes títulos: El laberinto de aceitunas y La aventura del tocador de señoras. Se trata de una obra recomendable, siempre que lo que se busque sea una lectura ligera, fácil, divertida y para pasar un rato entretenido.

JOSÉ GÁLVEZ / REDACCIÓN


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