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Mostrando entradas con la etiqueta 700 días [Carmen Lirola]. Mostrar todas las entradas
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26 de enero de 2013

  • 26.1.13
Sólo una, no más. No sé cómo es capaz de llegar a causarme tantos problemas. Aparece día sí, día también, y es capaz de hacerme perder la cordura en cuestión de minutos. No recuerdo cuándo fue la primera vez que apareció en mi vida: una semana, un mes, un año o quizás haya estado conmigo toda mi vida. Creo que conoce mi cuerpo mejor que nadie, centímetro a centímetro ha crecido conmigo mientras yo intentaba ignorarla y, a pesar de ello, nunca ha detenido su constante avidez.

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Son las tres de la mañana y está aquí pegada a mí, en todos los rincones de esta habitación, pero no es hora para ello. No son horas para que estés aquí —le digo-. Realmente nunca es hora cada vez que apareces.

Un simple roce me pone la piel de gallina, me recorre desde las piernas al pecho, me acaricia de forma suave y me hace estremecer. En este momento me recorre la cara y me toca las manos evitando y entorpeciéndome acabar mi trabajo. Intento zafarme una y otra vez pero ella vuelve con lo mismo: quiere cobas y caricias. No, no estoy dispuesta a ello.

Ayer discutimos bastante, llegamos a una violencia casi insostenible. Mi siesta es sagrada, y más que un acto es cultura. Como decía, no quería llegar a donde llegamos, pero la pereza acabó por hacer de las suyas y conseguí que durante un rato me dejase en paz.

Pensé que esto la alejaría de mí, que se cansaría y por fin cogería la puerta para no volver nunca más, pero no. Siempre vuelve, supongo que es inevitable que todo acabe cayendo por su propio peso. Al fin y al cabo, la llevo tan dentro que no sé verdaderamente si su ausencia me dolería más aún.

A la hora de cenar regresó. La noche la hace más fuerte, se crece en la oscuridad. Detesto –más que detestar, no estar cuando tengo que estar- volverme una persona ausente y ensimismada en las boberías que pasan frenéticamente por mi cabeza si ella está cerca. Esto va a llegar a mayores.

Cada día estoy más harta, más cansada, esto empieza a rozar la locura. No como, no duermo, me paso las horas delante de un folio en blanco irritada, a la espera. Nunca está cuando debe estar y, sin embargo, irrumpe intempestivamente cuando menos la necesito o espero.

Las paredes parecen convertirse de papel y todas y cada una de las disputas que tengo con ella pasan a ser vox populi en el patio de vecinos. Duermo mal, tengo pesadillas constantemente, pesadillas con ella. Y, al despertar, la veo mirándome y casi puedo vislumbrar en sus ojos un brillo de lástima por mí.

Hoy no lo he pensado más y he actuado. Realmente ha sido más un impulso que otra cosa. Mientras dormía ha vuelto a aparecer y creo que tras el sobresalto por haberme despertado he soltado el puño y le he asestado un golpe certero contra el escritorio.

Ya no está aquí rondándome, vuelvo a hacer las cosas como quiero, sin incordios de ninguna clase. Sólo hace unas horas que no está y creo que ya la echo de menos. Bendita y maldita inspiración.

CARMEN LIROLA

11 de agosto de 2012

  • 11.8.12
Frente a la puerta del juzgado, cerró los ojos lentamente y trató de aislarse del bullicio que provocaba el ir y venir de personas que se agolpaban en los pasillos. Haciendo un esfuerzo, trató de recordar la intensa rabia que le había empujado hasta allí, a seguir al pie de la letra las instrucciones de su elegante y ambiciosa abogada, una fiel sierva de algún diseñador italiano, pagada por su familia para acusar al que había sido su novio durante años.

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“Recuerda, lo vamos a hundir. Le sacaremos todo el dinero que no tiene, hasta el último euro, y si podemos, que acabe en prisión. Usaré todos los recursos legales: agresión, malos tratos, intento de violación, todo… Has desperdiciado los mejores años de tu vida con ese imbécil que no te ha dejado nada. Acuérdate de esto cuando te interrogue el juez”.

Fue exactamente lo mismo que le dijeron sus padres a viva voz, cuando la vieron regresar, destruida, despeinada, con los ojos hinchados de llorar y un leve arañazo en la mano, con la respiración entrecortada y apenas fuerzas, tras la ruptura definitiva.

Una fuerte discusión en el portal de casa, entre reproches y forcejeos, que puso fin a sus esperanzas de un futuro repleto de comodidades. Dos o tres hijos, una casa en la playa, un buen coche… Excesivas aspiraciones que habían ido deshaciéndose día a día.

Su trabajo no daba ni para empezar y, con el paso del tiempo, él había demostrado ser un cariñoso pero apático fanfarrón, perdido entre libros, cine clásico y música, quizás con demasiados pájaros en la cabeza.

Frustración y fracaso. Demasiados años tirados a la basura, media vida desperdiciada por y para él mientras en su cabeza resonaban día tras día las críticas de su familia. Fue cuando sintió una oleada de autocompasión: tenía que pagarlo.

Entre recuerdos, poco a poco, surgió otra medida de tiempo. Aparecieron aquellos momentos compartidos antes de que él despertara, recuerdos cargados de sonrisas cómplices, horas acurrucados en el sofá, minutos felices contemplando su pícara sonrisa de niño, segundos interminables rozando su flequillo antes de quedarse dormido. Un enamoramiento que había durado siete años.

Cuando escuchó el resonar de los tacones de su abogada por el pasillo, se levantó y con firmeza dijo:

“Voy a retirar la denuncia. Los dos hemos sido culpables de todo esto. No quiero hacerle daño, y mucho menos vengarme. Le quise mucho y eso hizo mi vida mejor, aunque fuera durante un tiempo. Tal vez no me dio el futuro ideal, pero me dejó un pasado de cariño”. Antes de salir del juzgado, y para aclarar cualquier duda, insistió: “Amar nunca es un desperdicio, abogada”.

CARMEN LIROLA

27 de abril de 2012

  • 27.4.12
Le confié todos mis recuerdos a un frasco de colonia. Se los conté uno a uno, desde el más potente al más insulso. Viaje a viaje, día a día, palabra por palabra. Cada minuto, por pequeño que fuera, por diminuto o insignificante que pareciese, fue reconducido y condenado al mortero del olvido donde lo hice papilla. Bien machacado, bien triturado. Después, destapé el bote y mezclé el potingue de los nuevos olvidos con el perfume, alcanzando así una solución concentrada.

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Para los químicos o entendidos, reitero lo de "concentrada" y no "saturada" porque aquel recipiente colorado, de catorce centímetros de altura, estaba destinado a guardar dos años de soluto, dos años de recuerdos. Cuando acabó el proceso, coloqué el bote en la estantería como si fuera un cuadro o la cabeza de un morlaco disecada, y allí se quedó, solo y solitario.

Al cabo de una semana me empezaron a doler los huesos; tanto, que a duras penas me movía del colchón. Lo achaqué a la humedad de la primavera y al traicionero mes de abril que a Sabina le robaron, donde el fresco se había declarado en huelga y no se asomaba ni a la hora del café. Pero pronto pasaron los meses, y la masa ósea comenzó a resquebrajarse por ahí dentro, con historias y revueltas que gritaban: “¡Los echamos en falta! ¡Queremos que vuelvan!”.

Supuse que se referían a los recuerdos. Pero no: ¡al carajo con su regreso! Yo vivía mejor en mi feliz ignorancia. Pero, a pesar de todo, fue esa ignorancia la que me llevó a buscar más información sobre tal despropósito. Tecleé en un buscador las palabras clave: "voces", "dolor", "cura", "huesos" y una larga lista de síntomas más que extravagante. Una de las páginas me sirvió para justificar mi estado.

“A veces –versaba el texto– la nostalgia se convierte en la carcoma de los huesos. Los roe a dentelladas pequeñas, como un escultor que talla un ojo o una pestaña. Es una obra exclusiva, una jugarreta diligente y pulida, porque el tiempo prende la mecha y se olvida de trabajar, solo espera.

No hay un tratamiento específico y mucho menos una cura posible, pero desde luego la solución no es olvidar: en todo caso, echar de menos. La carcoma, con frecuencia, se aburre, del mismo modo que los coprófagos se cansan de consumir sus propios desechos. Indicaciones: si ya se ha desterrado algún tipo de recuerdo, es preferible retomar su contacto y que se elimine a través de remedios naturales”.

Resumiendo aquel caos literario: volver a abrir aquel frasco de perfume. Esa noche, antes de abrir la improvisada caja de pandora, me quedé de pie durante largo rato, mirándolo concienzudamente. “Chico, –le dije– no me acuerdo de nada, ni sé qué contienes, o por qué diantres te encerré ahí, sólo te pido que te comportes”.

A continuación, veté su encarcelamiento, arranqué de cuajo el tapón y sostuve a aquel semidesconocido en la palma de la mano. No me atrevía a olerlo. Derramé la mitad del líquido en la funda de la almohada y salté sobre la cama intentando adoptar esa filosofía pueril de “ahora me enfado y no respiro”.

Yo enfadada no estaba, tal vez asustada. Durante medio minuto aguanté como un intento de Peter Pan, hasta que los pulmones no aguantaron más y no me quedó otra que inspirar, profundamente.

Mi habitación empezó a navegar por aguas revueltas. Sentí algo similar a un palo de golf estrellándose sobre mi nuca. La fuerza del golpe puede asemejarse a la que hubiera empleado la mujer de Tiger Woods en su intentona de imitar a su marido, momentos después de que éste hubiese hecho un birdie en hoyos ajenos a su deporte.

Quizá estas bobadas de personajes de ficción o del golfista me han servido solo para restarle importancia a lo que ocurrió a continuación. Porque lo que custodiaba mi frasco de perfume eran casi dos años de la misma persona que ha sido protagonista de mis cuentos, de mi vida y, una vez más, de esta historia.

Como decía, tras sufrir el golpetazo de la señora Woods, alguien agarró mi mano entre las sábanas, las mismas sábanas que sólo usaba cuando llegaba el verano y que llevaban unos meses guardadas en el armario, tal vez esperando que volviera.

Color vino, crudo y con un filo un poco más oscuro. Yacía otra vez conmigo, como si no hubiera pasado el tiempo, como si nunca le hubiese perdido. La primera reacción lógica era abrazarte, la gente trivial lo hace, sobre todo cuando pasa mucho tiempo y no sabe qué decir.

La diferencia residía en que yo lo tenía muy claro. “¿Sabes que aún me acuerdo de ti?” –le pregunté. Platón lo solía llevar a cabo: preguntar sin esperar respuesta, retórica en estado puro. Me acerqué y dejé caer mi cabeza entre la cavidad que formaba su cuello y el hombro.

No me moví, no lo habría hecho ni aunque se quemase mi jodida habitación. Me dormí, recitando una ristra de cursilerías y bobadas, cada una por cada día que quise hacerlo, y me guardé las ganas por vergüenza.

Al día siguiente me desperté con la marca de las uñas en la muñeca izquierda. El aroma que ahora desprendían mis sábanas color vino, crudo y lisas eran la mezcla de una habitación cerrada y el sudor de una mala noche. El tópico de si aquello había sido o no un sueño se lo dejé a mi perro…

Yo era fantasiosa, pero no gilipollas. Había estado allí, palabrita de honor, así que ese día lo tomé como un mero trámite, un procedimiento oscuro y absurdo que concluiría con otra sesión de perfume rociado.

Fue así que, noche tras noche, aguardaba con recelo el momento en el que cerraba mi puerta y esnifaba mis recuerdos. Y aparecía ahí, de repente. Nunca me correspondía los besos, ni las caricias, ni siquiera me contestabas.

Te limitabas a acompañarme en mis ratos hasta que caía rendida. Una madrugada me pareció que, al punto de dormirme, se acurrucó junto a mí y lloré en silencio. Exceso de imaginación, supongo.

Semanas más tarde surgió el gran problema. Si alguien me lo hubiese dejado caer, no habría encomendado mis mejores recuerdos a un maldito frasco que tiene un carácter efímero y fugaz. Una foto, un anillo o una canción hubiesen bastado. La cuestión es que, cuando me di cuenta, apenas quedaba un dedo de aquella sustancia.

Los drogadictos tienen la fortuna de pegarle a todo, como los bisexuales, y mi situación era totalmente insostenible. Enganchada a un perfume que no podía comprar por no tener etiqueta.

En el colegio me enseñaron que en el caso de sufrir cualquier mal de cualquier índole siempre hay tres salidas: Réflex, manzanilla o agua. Para este contratiempo el único elemento de la lista que no llevara consigo un olor implícito era el agua.

Así que metí aquel bote bajo el grifo, y corté el riego más o menos a la mitad.
Al verter esa dosis de ingenio, de nuevo, en la funda de la almohada todo apuntaba a que mi retirada del mundo científico había sido un gran error.

No obstante, a las pocas horas noté cómo su mano se iba difuminando. En torno a las cuatro de la madrugada, no quedaba ni rastro. Poco a poco se iba alejando antes. Tres y media, tres y cuarto, tres. Cuanta más agua añadía, más difusa se volvía la imagen. Un día, al final, ni siquiera vino.

Lo peor fue el mono, los recuerdos aún se hacían soportables. Sobre todo porque durante varias semanas se quedó el olor pegado a la mesilla, a la lámpara y a los muebles en general, y eso calmaba los espasmos, los desvaríos, y el síndrome de abstinencia. Pero el mono… eso no era pecata minuta.

Acabé por introducir el dedo dentro del bote, como si fuese un frasco de Nocilla, y me lo llevaba a la boca para ver si aparecía durante diez segundos, “un ratito, por Dios, no más”. Después de muchos esfuerzos, lo olvidé, todo. La carcoma de los huesos hizo bien su labor.

El tiempo consumió la mecha sin molestarse lo más mínimo. Si alguna vez le quise, no lo recordaba. Si alguna vez estuvimos cerca, no lo recordaba. Si alguna vez existió, no lo recordaba.

Una mañana, meses más tarde, años más tarde, qué sé yo, me fui a caminar por la calle principal del pueblo. En mi reproductor sonaba algo tipo: “ahora lo veo distinto, diferente, raro, extraño (…) separarse y no volver a verse en años”.

A lo lejos divisé una silueta, de esas que miras y desmiras, de esas que pasan cerca de ti, huelen bien y ya. Yo tarareaba mientras ella iba acercándose, de frente. Al cruzar por mi lado me rozó. Cinco pasos más allá, cuando se había perdido tras la espalda, la señora Woods me volvió a soltar el palo sobre la nuca. ¡Zas!

Me paré, súbita. El viento había dejado un pequeño vestigio por los alrededores, procedente de aquella persona que olía bien y ya. Encima tenía un gusto exquisito, porque era la segunda persona conocida que usaba su perfume.

En apenas dos tic-tacs, un puñado de recuerdos volvieron a ocupar su sitio. Azahar, aguas revueltas, una habitación, altas dosis de ginebra de garrafa. Antes de recobrar el sentido común, las letras de su nombre se reordenaron en algún punto de mi cabeza. Buscaban un nombre proscrito. Cuando lo encontraron, casi sin voz, sin ser en exceso consciente, lo musité, a quien lo quisiera, a donde fuese.

Siempre has sido tú...

CARMEN LIROLA

24 de febrero de 2012

  • 24.2.12
Julián, mi hermano, antes de colgarse de la vida a mitad de camino, siempre pensó que la existencia se reducía a dos clases de dormitorio. “Tenemos demasiadas leyes, muchas normas absurdas y un exceso desmedido de gilipolleces”, solía decir. “Pero después de tanta pauta depurada, por extraño que parezca, todos, ricos y pobres, guapos o feos, lidiamos con la misma mierda de todos los días”.

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Decía Julián, todavía lúcido, y que durante cuarenta años empapeló su cuarto con cristales azogados, espejos que agrandaban los espacios y reflejaban sin tardanza las locuras de la realidad: "Me encanta lo que veo y adoro lo que hago. Amo el presente tanto como amo los espejos", escribía una noche, tirado en la cama, multiplicado infinitas veces entre las paredes vidriosas.

Era un hombre feliz porque era meramente temporal. Disfrutaba de sus hijos, de una esposa aparentemente fiel, de un chalet con jardín y de un perro que farfullaba ladridos cada dos por tres. Julián amaba los espejos porque la gente lo amaba a él.

Pero las cosas tienden a quebrarse y mi hermano no escapó de una crisis matrimonial ni de una vejez que arañaba su cara con arrugas incipientes. Las deudas lo arrasaban, los bichos se turnaban a la hora de la merienda para asaltar sus plantas del patio y él, en medio de su desierto personal, prefirió descolgar sus queridos espejos.

Julián desnudó a la habitación y esta, pudorosa, le enseñó un cuerpo desvirgado y ennegrecido, que no tardó en recubrir con fotografías de un joven esplendoroso, con instantáneas y clichés, con títulos honoríficos, diplomas y cuadros. Fue entonces cuando mi hermano se unió a la transición del dormitorio del recuerdo.

Se quedó con las épocas de bonanza, con las primeras citas de amor, con los besos guardados y en los días que todo marchó hacia adelante, en la misma dirección. Las paredes eran un compendio de imágenes ancladas en el pasado. Mientras el resto de la familia zozobraba en medio de la tempestad, mi hermano Julián varaba en la costa.

Pasaba noches en vela, recordando su antigua sobriedad, los viajes románticos al lago o aquellas escapadas a las playas de Huelva. Esta vez, Julián amaba las fotos porque los recuerdos lo amaban a él. Tanto quiso recordar que regresó a sus primeros pasos. Comía entre las sábanas de seda, defecaba sobre el calzón y jugaba a esconderse de las sombras que ondulaban en la alfombra.

Apenas salió de la habitación en varias décadas, tan solo emprendió alguna odisea para cazar las hormigas que desfilaban en tropel por debajo de la puerta. Se empeñó en darle la vuelta al reloj y a desandar el camino, buscando lo que ayer había se perdió. Cuanto más regresaba, más se alejaba.

Mi hermano se encerró en sí mismo, en un tiempo anterior, olvidó al mundo y el mundo lo olvidó.

CARMEN LIROLA

29 de enero de 2012

  • 29.1.12
Lo supe antes de nacer: sería la mejor. Mientras mis compañeros de la planta de neonatos miraban embobados al techo y a las musarañas, a los pocos meses yo, con paciencia, aprendía a leer dentro del dosel de mi cuna. Apuntaba maneras. A los cinco años comprendí que debía ser la “namber guán” por antonomasia. Allí donde hubiera una pelota, donde se recitara un poema, donde se conquistara a alguien, allí tenía que estar yo.

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Cualquier halago se me hacía vano, vacuo más bien, porque cualquier piropo se me antojaba cortito para mi tamaña grandeza. Nunca jamás tuve rival, ni tampoco veía ningún seguidor cercano. Cuando mis amigos corrían los cien metros, yo ya los doblaba en la salida.

Pasó el tiempo, que andaba algo retrasado, y quiso colocar en mi concesión de supremacía a cuantos tontos pudo, torpes e inútiles que osaban vacilarme, competir por mi reinado y querer alzarse con mi corona. Entonces yo, que era la niñata con más cojones y orgullo, me tuve que convertir en una maestra en toda clase de materias.

Nadie taparía mi sombra, si es que acaso la tenía. Así que me hice la mejor de las mejores abriendo un grifo, descorriendo las cortinas, calzándome unos tacones o cazando moscas al vuelo. Quien me retó sabe hoy que salió escaldado.

Pero a todo cerdo le llega su San Martín. Culpo a Ford y a Taylor, aunque en parte al Derecho del Trabajo, por filosofar acerca de la especialización. De repente, aquellos que me perseguían me dieron caza: tontos, menos tontos, inútiles, magos, ladrones, escritores...

Y no me quedó más remedio que aceptar mi cese como la Cleopatra de los emperadores, lo que tampoco significaba que diese mi brazo a torcer… Cierto que ya no estaba en la cima de todo ranking o récord Guinness, pero aún me consolidaba en lo alto de mis principales habilidades.

Lo que nunca me quedó del todo claro fue la fecha en que se inició mi decadencia. Supongo que alguno de mis rencorosos vencidos sobornó a Dios y éste, oportunista, destapó la caja del desastre. ¿Cuándo? Vayan ustedes a saber.

Desde aquel día soy la segundona, algo terciaria, una amante de cuarta y una escritora de quinta. Y a tan lamentable descripción, no me aplico más que una palabra que resuena a sus anchas y por donde quiera que vaya: mediocre.

Dentro del diccionario hay palabras muy feas, feísimas como "normal", "común", "vulgar" o cualquiera que sea pasto de la plebe. Pero "mediocre"... ¡válgame Dios, que con sólo escucharla preferiría que me matasen con un garrote!

No es fácil asimilar la caída de una capitana, la sumisión de una ganadora. Duele en las mismas entrañas cuando se hace tal la medianía que hasta el esfuerzo, el coraje, la entrega y la casta son mediocres. No hay nada peor que tener una deferencia mediocre, un interés mediocre y sobre todo, sentirse mediocre.

Y yo, yo que he sido alguien singular, me veo como una atormentada mediocre. A tal reducción había sometido mi vergüenza que me contenté con ser solo la mejor en el campo del querer, me basté con ser la mejor de las personas. Y ahora, por desgracia, ni eso. A semejante extremo ha llegado mi dejadez que hoy, a mi pesar, soy mediocre dentro de la mediocridad. Una pena.

CARMEN LIROLA

18 de diciembre de 2011

  • 18.12.11
Mi madre padecía el peor de los insomnios: estaba preocupada. Desde que su niña la convirtió en asidua lectora de sus cuentos, Carmela no volvió a dormir. Cuando se iba a la cama, en medio de aquel duermevela previo al sueño, aparecían de debajo de la cama los personajes de aquellas historias para no dormir.

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Lo que a ella le aterraba no eran las escenas que su niña, con minuciosos detalles, describía en los escritos, sino por qué tenía esa necesidad de recrearse en bares, matanzas o polvos sin amor. Según mi madre, me había convertido en una pseudo Sabina abstemia.

La noche del 18 de diciembre me llevaron a Urgencias. No quisieron esperar más. No tras haber leído una historia que hablaba de borracheras y encuentros ociosos con fulanas de tal. Esperaron cuatro horas en la clínica, al lado del paseo, hasta que el médico de guardia los atendió.

- ¿Qué le ocurre a su hija, señora? –preguntó el doctor extrañado.

- Pero bueno, ¡dígamelo usted!, ¿qué le pasa? –respondió irónica.

Aquel señor con bata blanca no estaba para que le tocaran las narices. Se acercó y me palpó el abdomen, los hombros y, por último, la frente. Con el semblante serio se aproximó a decir:

- Es bastante grave, quizás crítico si no se coge a tiempo. Esto es cosa de cardiología. Tenemos que operar el corazón…

Miré al médico atónita, preguntándome por qué un señor con bata y diez años de estudio se reía de mi madre y de mí a las tres y pico de la mañana. Pero permaneció callado mientras la situación se iba tornando morbosa.

Me llevaron hasta la consulta del cardiólogo, que sujetaba un historial médico inmaculado, y que había preparado aquella habitación blanca con los utensilios necesarios. Me apartó la camiseta y sentí el helado fonendo atravesándome el pecho. Entonces se acercó a escuchar.

- Vaya chica, tienes el corazón hecho trizas. Los latidos son arrítmicos y apenas se escuchan con claridad. En lugar de “sístole, silencio, diástole”, los movimientos suenan algo parecido a “mup, pum, upm” y luego silencio. Demasiado silencio. Mi diagnóstico quizás sea demasiado conciso: sufres de desamor.

- ¡Si es que ya lo sabía yo! –clamó mi madre– tanto folleteo insustancial y tanta barra de bar no es normal. ¿Qué se puede hacer?

- Hay que ir a directos al interior, desinfectar el alma. Creo que lo mejor será que nos cuentes la historia…

Hasta la fecha, había optado por omitirla, borrar todo tipo de recuerdos a base de irrealidades y mundos inverosímiles, evadirme en ellos. A pesar de todo, quizás ya era hora. Me acomodé en la camilla y suspiré. Con mirada fija en el foco superior comencé a balbucear:

- “Se llamaba…”

Continuará...
CARMEN LIROLA

13 de noviembre de 2011

  • 13.11.11
— Hace tiempo que no me cuentas un cuento... –sonó tras el auricular–. Desde que te das a la buena vida sólo escribes para el periódico este del pueblo…

— Son las seis de la mañana, llevamos cuatro horas y pico hablando ¿y ahora me vienes con esto de los cuentos? –contestó irónica–. Quiero algo a cambio.

— Nada.

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— Tú, como de costumbre. ¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos?

— Recuérdamelo…

— Imagina una cafetería solitaria, a eso de las cinco de la tarde. Tiene esos cristales enormes a través de los cuales puedes ver la avenida, los coches que pasan... La gente que camina y observa y que trata de aplacar sus ganas de cobijarse del frío y tomarse un buen café.

Ella está esperando. Lleva un jersey color caldera algo ajustado y una cazadora colocada en el respaldo de la silla; el pelo suelto cubriendo sus orejas, la piel de su cuello y otros rincones. Un sorbo al cortado y un par de vueltas con la cucharilla mientras el tiempo pasa. La gente entra y sale, las camareras caminan de un lado a otro, recogiendo tazas vacías y aparentando amabilidad.

Está impaciente, nerviosa; “¿Y si no llega?, ¿Y si no quiere verme?” –de nuevo, las dudas de siempre.

La puerta se abre. Entra mansamente, como queriendo quitarse de encima el ruido de la calle, el olor a tierra mojada de la tormenta que cayó al mediodía. La busca un par de segundos, la encuentra sentada en la última mesa pegada a la cristalera y va hacia ella.

Sonríe. Ella le corresponde. Se abrazan. Y menudo abrazo, como si fueran conscientes de que el mundo fuera a terminarse en cuestión de horas. Y un corto y tímido beso cerca de la comisura de la boca, a manera de prólogo.

Comienzan a charlar, primero de cosas más triviales: las clases, el trabajo, el tiempo libre y el menos libre, el “hay que ver lo guapa que estás”… Finalmente, de lo que pasó y no pasó. Causas, motivos, consecuencias; todo bajo el temor y la duda que dilatadamente se disipa. Por algo están allí.

En algún momento de la conversación sus manos se encuentran para no soltarse. Sonríen y la calma se cierne sobre ellos. La conversación empieza a tornarse en otra dirección, como un ladrón que entra sigiloso a hurtar a una mansión con el único fin de encontrar el objeto más valioso. Y para ellos el objeto más preciado está siempre al alcance, a corta distancia.

La memoria, los recuerdos, aquel mes y las disculpas. Tal vez volver a intentarlo. Ya pasó tiempo suficiente, ¿qué mas hace falta? Lo llevan en cada recoveco de la piel, en el brillo de los ojos, temblar y no poder ignorarlo. Pasa el tiempo, a veces ríen o se quedan mirando a los transeúntes pasar a través de la cristalera.

— Arruinamos muchas cosas –oyó tras el teléfono– y eso no se olvida. Sería ridículo pedirte que al menos lo intentaras.

Guardó silencio, atenta.

— De todos modos, haz el esfuerzo. Olvídalo, por favor…

Y se rinde tratando de sacar a relucir todo el arsenal de figuras retóricas para seguir con aquella historia.

— ¿Sigo? –trata de decir torpemente.

— Sigue.

— Los últimos rayos de un sol de otoño empiezan a esconderse bajo la campiña. Los coches han encendido las luces y los más jóvenes comienzan a tomar las calles para hacer suya la noche. Él dice algo sobre una oportunidad, ella sobre necesidad. Se necesitan, lo afirman; y su reacción, como de costumbre, fueron lágrimas.

Sus manos se entrelazan y el resto del mundo comienza paulatinamente a disiparse. Con voz serena y casi rayando el susurro y el pánico, ella dice “te quiero” y se desata la jauría en sus estómagos, un pasado que vuelve y los pilla desprevenidos. Y…

— ¿Qué pasa al final?

— Se han perdonado; las farolas del parque iluminan el pequeño milagro. Echan a andar de nuevo juntos y somos juez y parte. Sabes quién eres, lo que eres y duele. Sabes que podrías ser tú y te es imposible. Confórmate con mirar el contacto, el roce… cómo se besan ese par de bocas heridas intentando sincronizarse y la dulzura acumulada del tiempo perdido.

Una historia que, como un cañón, causó daños, suspiros a granel, y noches de insomnio como esta. Imagina la escena, no te duermas. Tras el beso, un abrazo que contiene el mundo. Mírales, no te duermas… Podrías ser tú, tiene tu misma sombra, y tal vez ella es lo que estabas buscando.
CARMEN LIROLA

19 de octubre de 2011

  • 19.10.11
Mi vocación, precisamente, no es la política. No es, ni mucho menos, una fobia esquiva o un Freddy Kruegger que irrumpe en mi habitación por las noches. Pero, habiendo llegado al punto al que hemos llegado, no me queda otra opción que travestirme de Unamuno y gritar en la antesala del Parlamento que a mí también “me duele” esta nación.

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Me agota mucho, muchísimo -y que conste que no soy una indignada- cuando PSOE y PP se las calzan de refinados jugadores de cartas y juegan una partida constante contra el pueblo. A veces la encabezan los de la derecha, a veces los de la izquierda, y entre ese zig-zag de altanería siempre hay un populacho que paga las deudas con sudor y trabajo.

He visto apostar el alma, el corazón y una tinta escarlata que se ha vilipendiado por la defensa de unos ideales en personas verdaderamente comprometidas. Pero es la honestidad de este populacho la que estrella, en cada mano, su péndulo contra una escalera real, desde su as -que es Zapatero- hasta el diez de Chacón.

Entonces, llenos de clemencia, se apiadan del perdedor y le devuelven la ciega para que cambien de mesa y vuelva más tarde, agradecido, con nuevas ganancias y la ilusión inducida de que puede efectuar una victoria heroica.

A su vez, socialistas y populares bromean con las riquezas sobre el tapete, preocupados por simular ese yugo de rivalidad y competencia acerca de quién lo hace mejor o peor. ¡Ya habrá tiempo de calumniarse, de idear palabrería perniciosa, que ahora lo que toca es guardarse los billetes grandes en el bolsillo zurdo, no vaya a ser que vengan vacas flacas peores!

Y al españolito de a pie arrimar el hombro, que ya se versa eso de “Hacienda somos todos”. Como buenos maestros de la apuesta, la diestra la utilizan para la calderilla, dineritos que se emplean para los envites lúdicos contra los ciudadanos.

No es que tenga problema alguno en los robos del siglo, es más, me fascinan, pero para eso prefiero votar a Belén Esteban, George Clooney, Brad Pitt o Julia Roberts como gobernantes y flamantes estrellas de mi representación. Cuestión de carisma, o eso dicen.

Por ello, en estos días postreros, días de ineficacia, inestabilidad, majadería presupuestaria y mangoneos varios, he creído conveniente presentar mi candidatura a la Presidencia, yo que soy “choriza” contumaz y profesional del Black Jack.

Sin embargo, y si se me permite este consentimiento, voy a cambiar de bolsillo a uno más cercano a donde tengo el sentimiento patriótico, uno de la camisa o del interior de mi chaqueta que me recuerde, en cada partida, que todos los céntimos irán a parar al mismo sitio: a España.
CARMEN LIROLA

1 de octubre de 2011

  • 1.10.11
Tengo fiebre, y ni siquiera es la del sábado noche que, según dicen, pone marchosa; ni la del heno, que me depararía un novio ecologista. Tengo una fiebre fulminante, injustificada, de esas que ponen ojos de gacela parturienta, piel de seda natural y pelo grasiento. Tengo un termómetro de mercurio y un paquete de cleenex que le compré al chico nigeriano del semáforo del puente de Chapinas.

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No tengo mimos. No quiero estar enferma como se está de adulto, sin poderse quejar y sin poder hacer pucheros regados en lagrimones de cocodrilo. Yo quiero estar “malita” y recoger la bola de mercurio de termómetro roto en una caja de cartón.

Tengo una fiebre arrebatada que me sonroja hasta el cerebro y me evidencia los vacíos de afecto y las ojeras. Una fiebre sofocante que anula la pasión y embrutece el talento exacerbado.

Fiebre de brazo inerte, pupila dilatada y capuchinos dementes. Más que unas cuantas décimas yo diría que miles de centésimas van minándome el coraje y nublándome las gafas de cerca. Melancolía de bombillas veladas y pasos de sardina.

“Todo hombre se parece a su dolor”, decía Malraux, y yo, en mi delirio de otoño, corroboro sus palabras, oráculo.

Yo, como Peter Pan, me niego a ser mayor mientras me dure la fiebre. Me niego al solitario con baraja prestada, a los difusos cambios de humor, a los escalofríos sin sentimiento y al diálogo con la televisión.

Los delirios empiezan a liquidar el último bastión donde descanso con la poca inocencia que me queda. Las mariposas en el estómago se han vuelto peor que una apendicitis y el corazón ya no suspira. La piel se zambulle en un otoño desabrigado. Ahora, los latidos son espasmos que rezongan por la ausencia de una razón y la ocupación en toda regla de una fiebre que va a acabar con la poca cordura que me queda.

Entre sudor y escalofríos, sin camisón de franela y sin tebeos, con un paquete de cigarrillos y descalza, me enfrío impunemente de mi habitación al pasillo y del pasillo a mi cuarto, celosa de Luisito, el del tercero, que tiene madre, padre, tata, pijamita, vaso de leche y recortables. Y, seguramente, menos fiebre que yo.
CARMEN LIROLA

3 de septiembre de 2011

  • 3.9.11
Un día más, Santiago abrió los ojos, cuando el poco sol que alumbraba durante esos días comenzaba a filtrarse por las rejillas de la persiana de aquel antiguo balcón. Felisa, su esposa, o lo poco que queda de ella, yace dormida de espaldas; lejos, con la mirada puesta al otro lado del mundo.

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No había forma de abrazarla, ni girarla, ni siquiera de acercarse a ella. Alternaba ronquidos y gruñidos de espaldas a él, mientras que Santiago sólo podía soñar con espaldas ajenas. Como cada mañana, removía su rutina en el café y mojaba algún recuerdo que luego devoraba y olvidaba.

Con cuarenta y pocos, tenía, más bien, el aspecto de una mendigo que había hipotecado sus años para comprar años ajenos, años escurridizos y vacuos, extranjeros y gastados. No hay nada más desolador que olvidar de dónde venimos, cambiar lo que somos por lo que queremos ser.

A los ojos de la gente todo era perfecto: un noviazgo inmarcesible, un matrimonio estable… Quizás tan inalterable que la falta de sobresaltos externos hacían que Santiago, día tras día se consumiera, se hundiera en su propio agujero de mediocridad.

Duele en las mismas entrañas cuando se hace tal la medianía que hasta el esfuerzo, el coraje, la entrega y la casta son mediocres. No hay nada peor que tener una deferencia mediocre, un interés mediocre y sentirse mediocre y mentiroso cada día que pasaba al lado de Felisa.

La quiso, sí, un día, quizás al principio, pero el error con su dolorosa consecuencia llegó a su vida sumiéndole en el más magno de los errores. Se mintió a sí mismo y mintió a los demás. El autoconvencimiento es comparable a la carcoma. Primero consume al propio ser, lo roe a dentelladas hasta que no queda nada verdadero de sí, para luego trepar hasta lo ajeno, contagiarse y que la propia falsedad se convierta en una estructura tan sólida que bien pueda nutrir y sostener vidas enteras.

Conoció a Jean Claude en una campaña de voluntariado en el ochenta y tanto, un mes, no más. Fue el tiempo justo que necesitaron para conocerse, quizás demasiado, y volver a su rutina con pájaros enamorados en la cabeza. Jean Claude fue el primero y el único para algo que consideraba incipiente en su interior; y aquel verano en el campo de trabajo de Cantabria se llenó de tormentas estivales, de nubes, vigilantes celosas, protestando con sus bramidos.

De abrazos, de saltos, de risas y de besos a escondidas. Contaban los segundos entre trueno y trueno sobre el olor del tiempo expectante y la calima del mes de agosto. Santiago se enamoró de su pelo cobrizo, su boca de agua, sus pestañas, sus mejillas, sus manos de acero mientras trabajaban bajo el sol humedecido y la enrabietada tormenta.

En los ratos de ocio eran capitanes de mar, gritando al viento “¡al abordaje!”, cogían el timón y soltaban amarras. Y bajo la tempestad, entre el silencio de estribor, alternaban canciones en francés con sueños. Su amor era metódico, púdico y bastante inocente. Siempre se desnudaban con la misma mesura, con el mismo cariño.

Cada viernes a las ocho echaban el telón y se querían entre las rocas del puerto, lejos de todo espectador. Lo hacían con un guión marcado, sin improvisaciones que pudieran transgredir sus pautas. Pero sabe cualquier actor teatral que no hay dos obras similares o una representación en la que no se produzca un leve desajuste.

El estío terminó, y sin opción de tanteo o retracto, Jean Claude regresó de nuevo a Montpellier con una beca de investigación de mercados bajo el brazo, y con él la esperanza de que Santiago huyera con él dejando planes, proyectos, y liberarlo de aquella rutina insidiosa que lo ataría para siempre.

No fue así, Santiago no estaba dispuesto a convertirse en el “mariquita del pueblo”; estaba convencido de que la menor duda, el más extraño de los comportamientos, haría despertar el murmullo de los conciudadanos.

Comenzaba con ello, a construir los pilares su autodestrucción. Él bebía, ella cocinaba, lavaba y planchaba. Él llegaba tarde apestando a tabaco y sudor con la frívola excusa de horas extras en el trabajo, ella lo esperaba abatida frente al televisor con la cena caliente y la mirada cabizbaja.

Santiago gritaba y Felisa suspiraba; Santiago suspiraba y Felisa gritaba. Y comenzaban a rehuir mutuamente de aquella persona con la que compartían cama, coche y vida. Otras muchas veces conjuraban para que las cosas fueran bien estando como estaban y se aferraban a un pequeño resquicio de esperanza, donde trataban de buscar la ilusión para no ser descubierto.

Mientras Felisa no entendía absolutamente nada, y se eximía de pedir explicaciones para intentar comprender a su marido, Santiago se adaptó a la hipocresía con la cara escondida y la boca tapada, a vivir más profundo de un túnel renegando de su instinto.

Lo que creyó ser una mera experiencia que con prontitud se convertiría en algo anecdótico fue tornándose en obsesión, una certeza latente en el corazón que la obcecada razón no dejaba traspasar.

Hoy, como cada mañana, un pantalón bien planchado y una camisa cualquiera. Vuelve a medir el tiempo en desayunos, en magdalenas con café cortado que lo convierten en foráneo, teniendo la certeza de que hace demasiados años que lo echa de menos. Enciende la radio y mueve suavemente el dial, hasta que voz de Georges Moustaki interrumpe en ese momento de paz diaria versando:

Comme il te plaira de choisir
Et nous ferons de chaque jour,
Toute une éternité d’amour
Que nous vivrons à en mourir...


Santiago cogió las llaves de casa, que tintinearon con un eco por aquel pasillo que se hizo eterno en un segundo, entró en su habitación a echar un último vistazo y dejó durmiendo a su mujer a la que regaló un último beso en la mejilla.

Casualidad, destino, azar, karma, Dios; fuere lo que fuere más vale tarde que nunca, pero esta vez no paró en las oficinas del edificio de la Avenida de América. Aparcó el coche en doble fila, y entró en aquella estación.

-Un billete para Montpellier.

-¿Ida y vuelta?

-Sólo ida.
CARMEN LIROLA

14 de agosto de 2011

  • 14.8.11
La abajo firmante, mayor de edad, en pleno uso de sus facultades mentales, y cáncer por unas señas declara: que su inquebrantable sensibilidad no le permite seguir tragando por más tiempo la creciente escalada de locura colectiva, la banalización del horror, la incoherente coherencia, la estupidez amparada en el asentimiento general, la fauna reinante, la droga en supermercados y la desmesura de los detractores de la libertad.

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Tampoco la mentalidad infantil por minuto, la ira frustrada y la lujuria insatisfecha, la músico-dependencia, el catecismo adoctrinante, el asiduo malhumor de sus conciudadanos, los prejuicios contra el ingenio, el conformismo juvenil, el pasotismo senil, los insulsos programas políticos, los diputados sin corbata, la prisa innecesaria, la histeria colectiva, la insoportable falta de buen gusto, la ansiedad con Prozac, la pedantería redundante, la soberbia infundada, los rojos de salón y la rancia derecha neocatólica, la buena voluntad sin coraje, los ayatolás del crimen, las mafias femeninas; y la crisis, en abundancia, de generosidad y amor.

Asimismo, declaro que tengo principios, conciencia, ideales, una gran figura mal trazada, que creo en el azar y la casualidad. Que soy primaria, entusiasta, independiente y fervientemente emotiva pero que también soy temperamental, cabezota, impulsiva e inconsecuente.

Que todavía reacciono y me emociono. Que no quiero creer en el destino, ni dejarme aplastar por la aplastante mayoría. Que me apasiona la cultura, un buen gin-tonic, y los días de lluvia. Que espero todo de la vida y rápido, y que busco la felicidad desesperadamente. Como todos.

Y para que ello conste, en presencia del notario de mi herencia cultural, y sirviéndome del abogado del diablo como defensa, me querello contra el mundo y presento denuncia contra la sociedad y batalla contra los tibios.

En mi ciudad, a 14 de agosto de 2011, año de muchas catástrofes privadas y cientos de desgracias públicas y deliberadas.
CARMEN LIROLA

3 de agosto de 2011

  • 3.8.11
Hay un conocido refrán que dice: “Si repites una mentira mil veces se convierte en verdad”, y a mí suele bastarme con apenas cinco o diez veces... Hay quien nace para jugar al fútbol, para encabezar una dictadura, incluso para batir el récord mundial de incoherencias. Todo el mundo nace con un fin, pero sólo unos pocos tenemos un don y, en mi caso, es mentir. Y vaya, ¡soy la leche mintiendo!

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Descubrí el don en mi casa. Estaba triste y desquiciada. No sabía cómo perder el tiempo y le conté a un ventilador que, en realidad, él era un microondas. El tío no se lo creyó. Se lo repetí cinco veces y dudaba. A la décima, el microondas le contaba a las paredes que él era una máquina para calentar. Pero, lo verdaderamente esencial, es que a la media hora el puto microondas podía descongelar hasta a Walt Disney. ¡Estaba absolutamente convencido!

Comencé a potenciar mi capacidad y se me ocurrió engañar al espejo. Yo siempre me había visto con unos kilos de más, no había nacido para ser guapa, pero sí para cambiarlo.

- Chato, estoy muy buena –le grité.

El espejo no reaccionó demasiado, quizá una sonrisita con los dientes más blancos.

- Chato, que te digo que estoy muy pero que muy buena –repetí con una pizca más de énfasis y ya me vi con unas tetas que ya quisiera yo...

Al rato medía un metro con setenta y cinco centímetros, llevaba una melena castaña y bruñida y tenía una cara de muñeco de porcelana. Si me llega a ver en ese momento Ashton Kutcher, me juego cien euros a que le tentaba mi espalda. Pensé que mi nuevo cuerpo se merecía un nombre de modelo exultante, un nombre que con sólo escucharlo ya te entrara un cosquilleo.

- No soy Carmen. Me llamo Ana Montenegro –y fue susurrarlo en seis ocasiones y en mi DNI ya se leía “Dña. Ana Montenegro”.

Al bajar a la calle mis vecinos se dirigieron a mí con un “nos vemos, señorita Montenegro”. Quizá a mi madre le costó más asimilarlo, por eso de que fue ella quien eligió mi antigua forma designativa.

- Mamá, que Carmen es la pazguata, yo soy Ana –y a las pocas veces la mujer ya me hacía mención con un “Anita” cariñoso y hablaba del primo ficticio Carmen que, por fantasía mía, dije que andaba con un pie en un convento de clausura.

La vida se me antojó fácil. Fui reina de un país inventado, gané un óscar a mejor actriz principal, convencí a George Clooney de que lo idóneo para su carrera era hacer un desnudo y a Emaná de que la podía liar más que Messi.

Todas mis ocurrencias eran creíbles: yo me las creía, ellos se las creían, vosotros os las estáis creyendo ahora. ¡Coño, era buena contando cuentos, soy una buena cuentacuentos! ¡Y si a alguien no le gusta no hay más que repetir la frase de forma continuada y cualquiera me toma ya por una de las hermanas Brönte!

No obstante, tampoco voy a jugar en exceso con vuestro juicio y os adelanto que toda esta narración es mentira, aunque sé que no lo tenéis aún del todo claro por mi destreza inventiva.

He ideado esta historia para persuadirme de que soy capaz de timarme a mí misma, de que soy capaz de engañar a la mismísima certeza si ando lúcida en la creatividad. Según rezaba mi refrán: “Si repites una mentira mil veces se convierte en verdad”. Ésta va a ser mi 14.710 repetición de una falsedad que, por cosas de la vida, no quiere modificar su estado natural. Pese a que lo he intentado de todas las formas posibles, he aquí la única mentira que no logro creer ni en mis propios cuentos: “Ya no estoy enamorada de ti”.
CARMEN LIROLA

6 de julio de 2011

  • 6.7.11
Aquella mañana el sol había madrugado para salir a comprar el pan. Aún no habían abierto los quioscos y ya flirteaba con mi ventana en su ronda de despertador. “Chiquita, –le decía– vamos a levantarnos”. Y mi ventana, taciturna, descorría los visillos para recibirlo entre quejas y querellas matutinas.

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- A las ocho me voy a trabajar –susurró Celia medio dormida.

Estaba tumbada a mi lado, con su espalda pegada a la mía, y despegó su párpado soñoliento para ver qué sorpresa le guardaba el reloj de la mesilla. Las 7:50.

- Sólo un ratito más –susurró mientras se daba la vuelta y se abrazaba a mí por detrás, fuerte, implacable.

Desde la cama, me quedé mirando a través del cristal. Calandrias y gorriones cantautoras, viandantes, farolas que se apagaban, coches y demás mobiliario público, todos ensimismados en la rutina de la calle principal del pueblo. Celia se desperezaba lentamente.

Me acariciaba el cuello, pasaba la pierna por encima, jugaba con sus manos por debajo de la chaqueta de mi pijama. Me giré y la besé. Los labios mantenían el mismo calor que se escondía bajo las sábanas, el mismo tacto voluptuoso e incandescente.

Cuando volví a mirar el despertador, el tiempo nos había robado nueve minutos y diez segundos. Sin que Celia se diera cuenta, a la vez que continuaba con las caricias infantiles, deslicé ambas manos por encima del edredón y quité la pila de mi reloj de pulsera. 7:59:50.

- ¿Qué hora es? –me preguntó

- Aún nos quedan diez segundos.

Las manecillas del reloj se olvidaron de avanzar. Los pájaros, los viandantes, las farolas, los coches y el resto del mobiliario público se olvidaron de avanzar. Todo se paró. Todos se clavaron en las siete y cincuenta y nueve con cincuenta segundos. No había explicación cierta, quizá el tiempo se percató de que aquellos “buenos días” eran algo reacios a que se les censurara tan pronto.

Pusimos la televisión y comenzamos una maratón de películas. Debatimos, charlamos, cuestionamos e incluso discutimos acerca de todas las absurdeces posibles. Cuando nos cansábamos, hacíamos el amor en cada baldosa del dormitorio, en la bañera, en el armario.

Nos vestíamos para desnudarnos, nos ensuciábamos para volver a ducharnos, reposábamos para luego volver a fatigarnos. Durante decenas de horas muertas contamos estrellas y convertimos el tercer piso de la Plaza Santa Ana en el museo de la lectura, el cine y los besos. De cuando en cuando, Celia lanzaba la misma pregunta.

- ¿Qué hora es?

- Todavía nos quedan diez segundos –le respondía.

Y entonces volvía a abstraerse en algún libro, como si no fuera consciente de cuántas páginas llevaba engullidas ahí, entre su séquito de almohadas y cojines. Empecé a dudar de cuánto tiempo más podría retardar su marcha, de si no era ya el momento propicio para dejar que las agujas circularan de nuevo por aquella esfera.

Tenía miedo de agobiarla, de aburrir sus ganas, así que aproveché otro de los abrazos furtivos para devolverle la pila a mi reloj, a escondidas. A continuación, el ruido mundano regresó a su puesto y profanó la paz de aquella habitación, la calle era el mismo hervidero de todos los días.

Sin zafarme de Celia, cerré los ojos e inicié la cuenta, partiendo desde uno y concluyendo en diez. “Uno, dos,…”, comencé. Celia, en tanto, posó su mano en mi rodilla y desde ahí ascendió. Poquito a poco, dibujaba líneas abstractas sobre la piel, recorriendo con la yema de su dedo la rótula, sartorio y grácil. Siempre hacia arriba.

El camino que seguía solo iba a deparar al paraíso inguinal, el culmen de la escalada. Sin embargo, se desvió de la ruta y ni siquiera me rozó, buscaba otra alternativa. Su línea continuó hasta toparse con mi muñeca, donde aquel reloj sonaba en su circunloquio particular.

“Ocho, nueve…”, cavilé. Entonces, con sutileza, se escuchó un ligero “clac” y noté cómo la pila de mi reloj caía sobre mi pierna. Celia se acercó y, hundiendo la cabeza en mi hombro, musitó:

- Sólo un ratito más.
CARMEN LIROLA

5 de junio de 2011

  • 5.6.11
Ferrán caminó a lo largo del pasillo y contempló su figura en el espejo durante un largo rato. Su reflejo, algo lejano, le devolvió exactamente la misma mirada que él le había entregado a aquel retrato idéntico a él. Con las manos palpaba suavemente su rostro buscando algún indicio, guardado bajo la piel, de que era él quien seguía habitando ese cuerpo.

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Desde que su historia con Candela había acabado unos meses atrás, iba de aquí para allá revolcándose con cualquier mujer que tuviera pulso y un hueco entre las piernas. Pero no lo disfrutaba. Lo hacía y así lo sentía, como si el sexo con cualquier otra mujer que no fuese Candela, representara una mutilación voluntaria, una mutilación que conscientemente se iba procurando en todo el cuerpo. Su método era sistemático y desenfrenado, como lo es el de la tortura.

- Vuelve a la cama. Está empezando a refrescar... -dijo una voz femenina detrás de él.

Ferrán hizo caso omiso. Seguía embobado mirándose al espejo. Habían pasado ya tres meses desde que una brecha insalvable se había abierto entre él y el mundo. Se encontraba en una pensión a las afueras de la ciudad.

La habitación olía a cerrado, un cenicero repleto de colillas de tabaco negro y un par de vasos de whisky aguado era la única ornamentación de la mesita de noche, y la cama, por muy limpias que estuvieran las sábanas, tenía profundamente marcadas las heridas que deja el amor oculto y olvidado.

- Sigues enamorado de ella ¿verdad? Cuéntame, ¿quién es? -la muchacha estaba despierta y su torso se dejaba entrever cubierto por las sábanas, como una sirena.

Ferrán se giró, se apoyó en el borde de la cama y encendió un cigarrillo. Ni siquiera se preocupó en ofrecerle uno, sabía que no era su marca y las cosas no estaban para malgastar vicios. Permaneció callado durante varios minutos, intentando encontrar las palabras precisas que no hicieran rebosar el recuerdo de Candela.

- Yo era su amante hasta hace tres meses. Se acabó. Una bronca, diferencias, ese tipo de cosas, ¿sabes? Uno, al final, termina queriendo más de la cuenta y eso por su parte era imposible.

- ¿Cómo se llama?

- Es mejor que no lo sepas...

- ¿Por qué?

Ferrán no contestó y aquella chica tampoco insistió. Entre ellos surgió un silencio pacificador, conciliatorio, como si las ausencias de voz se hubieran estrechado en un profundo abrazo, fusionándose entre sí. Los dos sabían que los fantasmas más poderosos son los nombres, la leña perfecta para avivar un recuerdo, una vendetta perfecta de la nostalgia. Hablar de Candela, pronunciar su nombre en esa habitación hubiera sido como reventar contra las paredes su perfume, su olor, su ropa, su acento, su desnudez, su mirada…

- ¿Sabes qué, Ferrán? Desde hace tiempo mantengo la teoría que afirma que el corazón es una vasija de barro que cuando ama se llena y rebosa de algún líquido que nos da vida. Vamos de aquí para allá esparciendo líquido y empapando así a quienes están cerca, las cosas que hacemos, los paisajes que vemos.

Cuando la vasija se rompe, el líquido se pierde, se derrama y es imposible volverlo a recoger. Es entonces cuando el corazón se vuelve vacío y salpica silencio a quienes nos rodean, a las cosas que hacemos y dejamos de hacer, a los paisajes que no vemos. Todo se vuelve tan vacío que nada ni nadie producen eco en nosotros; nos convertimos en una cueva demasiado oscura cuyo fondo es imposible de pronunciar.
CARMEN LIROLA

30 de abril de 2011

  • 30.4.11
"Estúpido", le dice su madre, le apunta con el índice y se pierde en la rabia, desbocada contra aquel crío. Llora desesperada. No sabe qué ha hecho con su hijo; se pregunta qué es lo que pudo fallar al momento de educarlo. Julián. El primero, y el que se supone debía ser el patrón, el orgullo, y con los años, el cabeza de familia. Pero no.

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Ahora es una desgracia y así lo es desde hace unos años. El pueblo lo conoce como el Malasaña. Pero, un carajo, aquí la suerte, la rabia o el destino no tienen nada que ver. Julián se perdió en el camino la noche que lo golpearon al robarle lo poco que traía. Cincuenta euros, un teléfono móvil –al que no le funcionaba la tecla del seis- y la poca de fe que tenía en sí mismo, junto con cuatro costillas rotas, un arañazo en el costado y múltiples fracturas. Una puñalada y una rodilla destrozada; y por si fuera poca cosa, por poco casi pierde un ojo.

Durante el tiempo de recuperación, perdió un año de sus estudios. Julián era bueno, buenísimo para la escuela y acumulaba unas pocas becas de diferentes instituciones -públicas y privadas-. Ya tenía asegurada su carrera. Las becas las obtuvo después de haber ganado un concurso nacional de Química, todo un portento, el orgullo de Montenegro. Uno de los mejores estudiantes de Ciencias.

Julián no paraba de recibir elogios por donde quisiera. Pero, triste su calavera, pues el destino no distingue a los buenos de los pendejos. Y así, esa noche, mientras trabajaba en un proyecto, se le antojó salir a por tabaco.

Pobre Julián. Su madre en cuanto supo, salió disparada al hospital. Encarna –doña Encarni, le dicen- al verlo en la cama del hospital, supo que ese ya no era su hijo, era un despojo, ni el cascarón de lo que había sido.

Julián nunca quiso regresar a la ciudad, dejó su carrera, su futuro brillante. Se aparecía en los bares de su pueblo y eso casi siempre acababa mal; no había día en el que no terminase todo mareado, y a veces sin razón –porque no lo vamos a negar, de cuando en cuando se buscaba su jarana, con todas las de la ley-, nada más porque lo reconocían: “Ahistás mala suerte, a ver cabrito, a ver si eres inteligente para los putazos”. Eso era el pan nuestro de cada semana.

A Julián comenzaron a prohibirle la entrada a los bares; famoso fue cuando Juanito, un noble anciano dueño de “La Ponderosa”, lo sacó, machete en mano de su tasca, gritando: “fuera hijo de la grandísima, lárgate de aquí, mala suerte de mierda”. Ese día murió Julián y nació el Malasaña.

En la calle, la gente al verlo, se cambiaban de acera, se daba la vuelta, y evitaban sostenerle la mirada. A veces le caían piedras de los niños y los jóvenes golpeaban sin motivo. La policía lo trepaba cada vez que estaban aburridos, sólo para bajarlo a patadas de la camioneta.

El Malasaña comenzó a caminar renqueando. Con el odio tatuado en la mirada; ya no hablaba, gruñía y sólo quedaba cólera en su interior. Cansado del abuso, consiguió una recortada, y sin pensarlo dos veces, entró en La Ponderosa. Dos tiros. Uno en la cabeza, otro al corazón.

Juanito no alcanzó a ver otro día. Esa misma noche, el Malasaña se había cargado a once personas. Niños. Policías. Señoras, cualquiera que se le atravesase y que el Malasaña recordara como alguien que le hubiera hecho daño.

En menos de un mes, ya había acabado con una buena parte de la población de Montenegro. No perdonaba nada. Curas, ancianos, mujeres, pequeños yonquis de esquina y otros criminales de poca monta. Comenzó a utilizar otras técnicas, porque las balas no las regalan.

Machetes, costales, alambres, tubos y palos. El pueblo comenzó a llenarse de crucecitas por todos lados. El mismo Malasaña pintó en una de las vallas “Bienvenidos al Montenegro de La Paz”. Todo aquel que mataba, él iba y lo tiraba a una fosa que con sus manos había cavado.

No habían sido ni cuatro meses desde la muerte de Juanito, cuando ya el Malasaña era el dueño del pueblo. Ni alcalde, ni autoridad, ni nadie que primara sobre su plomo. Hoy el Malasaña tiene enfrente a su madre. Pero él ya no es el mismo que era hace dos años.

Hoy, lo que quedaba de Julián –si es que aún quedaba algo- no son más que papeles con fórmulas irreconocibles, cenizas de recuerdos que un día fueron y ya ni son ni serán. Hoy el Malasaña pone de rodillas a doña Encarni, la encañona por la nuca y aprieta el gatillo.

Un seco sonido seguido de un reguero de sangre. El Malasaña se ha vuelto leyenda. En menos de dos días hay cuatro narcocorridos en su nombre y se le teme en todas partes. Tiene veintitrés años, moreno zaíno, cabello rizado a media altura hasta los hombros, alto -de 1,86 metros- y listo como el diablo. Camina zambo del lado izquierdo y siempre va solo.

Recuerde usted bien ese apodo, porque seguro en unos años nos da un susto en algún lugar fuera del pueblo, quizá en el país entero. ¿Malasaña? Sí, Malasaña tenga usted, si se le topa en el camino.
CARMEN LIROLA

3 de abril de 2011

  • 3.4.11
Hay quien llama "diario” a este tipo de escritos. A mí me encanta “crónica”. ¡Esta es mi “crónica”! Carajo, qué bien suena. Hasta hoy, 3 de abril de 2011, había escrito mi crónica sobre una mesa, acomodado en una silla y con una luz diáfana y soñadora. Es la rutina del escritor, la manía de repetir los mismos pasos para alcanzar esa inspiración, una especie de musa que hoya el prado del corazón.

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No obstante y sin prestar atención a esa pantomima, estoy sentado sobre el balcón de un cuarto piso del hotel Street y me escoltan dos grandes tetrabicks de sangría, uno Don Simón y la otra, por ser mujer, Peñasol. Mi posición concreta es la siguiente: medio cuerpo traspasa la barandilla, los pies colgando, el portátil encima de los muslos y dos manos que llevan a este río rojo de alcohol a mi paladar. Es sin duda el mejor orgasmo que he experimentado en este país de rameras adolescentes, asesinos del romanticismo y de la moralidad femenina. Vaya… ¡si es que antes de describir el paisaje ya me estoy adentrando en materia! Un sorbito y me sereno, venga.

Sopla un viento vacío, descariñado. Trae toda la templanza y el calor taciturno de las cinco de la mañana. Viento, he de aconsejarte: haz las maletas, coge la brisa, ráfaga y demás colegas y vete a otro país o acabarás depresivo, austero, igual que tu tocayo del Mar Nórdico.

Bien. Una vez cerrada esta pequeña y embriagada digresión, tengo que dar vida al primer personaje de mi semana mallorquina. Ésta no es otra que a la señorita Ferrera, a quien por ser el motor de estas líneas la obsequio con una introducción en punto y aparte. Ya he consumido dos tercios de Don Simón y me la sudan las normas gramaticales.

Exactamente, no logro rememorar nuestro primer encuentro, los dos besos inaugurales o el intercambio verbal que acompasa miradas esquivas, pero que son el número exacto para mantener el interés y jugar al más doloroso pasotismo. Me hubiese gustado que mi ebria cabeza pusiera una imagen a ese momento, aunque tampoco voy a querellarle porque es culpa mía que esté navegando por corrientes de alcoholismo.

Además, me importa un comino el escenario, y es que me acuerdo de forma precisa (y exquisita) de cada detalle de la señorita Ferrera. Era (en pasado) una amazona de piel cobriza, cabellera bruna y salvaje, con unos ojos guerreros, inquietos y ansiosos.

El día que la conocí llevaba enfundado una camisa blanca bien remangada, combinado con su piel cetrina, unos ajustados Levy’s, sandalias de esparto y unos soberbios aires de grandeza. Intimidaba. Sin embargo, era la versión azabache de Catherine Z. Jones en El Zorro. Daba igual que blandiera su espada o un puñal de entre los ropajes, porque le habría ofrecido gustosamente mi gaznate si era ella quien me lo abría.

Pero eso es lo de menos, también me recrearía con su sonrisa y seguiría siendo lo de menos. Si algo caracterizaba a la señorita Ferrera era que no guardaba entre sus piernas (como casi la totalidad de las hembras) el veneno propio de su especie. Ella lo había escondido en algún punto ignoto de su voz. Cuando me habló, lo hizo con ese dichoso acento abierto, por no recurrir a la expresión “acento de los huevos que me vuelve loco”.

La cuestión es que me habló y truncó todas mis posibilidades de fiesta, evasión y de lujuria. De nuevo, a no sé cuántos cientos de kilómetros de mi ciudad, los fantasmas de Celia mitificaban mi más que exprimida nostalgia. No obstante, lo peor aún estaba tras el telón, como en una novela de Stephen King, donde en el último párrafo se alza el brazo de la tumba.

En la barra del bar, danzaban seis quinceañeras con brío y solvencia. Todas, con un libertinaje demencial, se movían sinuosamente, enarbolando algún vaso de ron o de whisky y espoleando a los jóvenes del suelo. (Voy a echarme al coleto lo que me resta de Don Simón para relatar el siguiente fragmento).

Una de las danesas, noruegas o diantres que fuese se bajó de su altar en una semiflexión y repartió besos a toda la muchedumbre que la había vitoreado. Aquello era una atrocidad, una especie de bacanal adolescente (¡Niña, vete a casa y mira a ver dónde has dejado la inocencia!)

Me da la sensación de que eso fue paradójico en exceso y no, no lo aguanté. Por un lado quería besar a una chica que avivaba mi mejor recuerdo (y eso que ni trescientas hordas de Ferreras podrían hacer sombra al dedo meñique de Celia) y por otro estaba siendo partícipe de un atentado contra la integridad de la mujer.

Así que me rendí y, como en las últimas ocasiones e historias, vacié un almacén entero de lágrimas al son del DJ y bajo una música titulada We no speak americano. No os imagináis lo triste, lo extravagante que es ver a un chico de apenas veinte abriles, hundido en una sala lúdica donde no existe nada más que el pasatiempo del tiempo.

Pero, si algo roza la desesperación, es la imposibilidad de olvidar, la locura de que en cada lugar que pisa este estúpido y borracho escritor se cuele, igual que una sabandija, la muchacha que ya me canso de nombrar. Supongo que es normal, son las secuelas que quedan cuando quieres a alguien de una forma que aún nadie ha sabido describir de un modo muy certero.

Así que, volviendo a mi historia, me encontraba en el sitio equivocado, cada vez más lejos de Celia y, sobre todo, de mí mismo. Pero no hay mal que por bien no venga y he aquí la segunda y última persona que cobra protagonismo en mi Crónica sobre una barandilla. En este caso, presento a la señorita Irene Villar, a la que también le concedo otro punto y aparte, no sin antes finiquitar el contenido de Peñasol y dar así tregua a mi rato bebedor.

Irene es de esos personajes que nunca tienen el papel de Melibea, nunca conocen a Calisto y, a pesar de todo, tampoco actúan de Celestina. Maestre es de esos personajes que representan al ama de llaves en el acto veintitrés o a la hermana de la prima de Doña Jimena.

Pero años más tarde, cuando ya la obra es en un recuerdo difuso, los espectadores coinciden en que no se acuerdan de la cara de Venus o del caballero que hizo de Don Juan, sino que la imagen que les queda es la de aquella actriz que actuó de manera esporádica e insustancial.

Irene es, por ello, lo único que conservaré de Ibiza (si es que no me caigo antes). Su función fue simple: aguantar a un pseudo borracho llorica durante unas horas e instigarlo a que recuperara a su amor perdido. Incluso me acercó hasta unos cincuenta metros de la puerta de mi hotel.

Después de toda la noche conmigo como lastre, me pidió que llamara a Celia y me dejase de buscar otras queridas, otras cualquieras zumbacorazones. Y yo, yo que le prometí seguir su consejo, le pagué con un billete de diez euros. ¿Para cuánto da cincuenta metros? No lo sé, tampoco el porqué, pero a los veinte minutos ya me encontraba con una extranjera al borde de mi cama.

Ni siquiera la desnudé, ni siquiera tengo la noción de cómo me desabrochó el pantalón pasando lo que buenamente tendría que pasar. Quizá fue el alcohol, el hartazgo de seguir amando sin ninguna mesura. A saber, qué más da, a fin de cuentas era la enésima vez que perdía un cachito de mi vergüenza, y poco le falta para acabarse. De hecho, le falta tan poco que voy a jugar un rato.

Qué lástima que por aquí cerca no haya una maceta con margaritas, si no ahora podría divertirme con sus pétalos. En vez de al “me quiere, no me quiere”, sería mucho más emocionante con un “me tiro, o no me tiro”. A mi padre esto le cabrearía, recuerdo que en cierta ocasión me dijo que “lo malo de los que se tiran por una azotea es que luego hay alguien que ha de limpiar el suelo y recoger los pedazos". Bueno, yo voy a ponerme de pie, y a ver qué…

- (Toc, toc. Toc, toc) Julio, soy Irene, ábreme la puerta.

Esto es lo malo de compartir habitación, que no te puedes ni suicidar tranquilo.

Fin de la crónica.
CARMEN LIROLA

18 de febrero de 2011

  • 18.2.11
- ¡Señor Hidalgo, póngame otra copichuela! –gritó Santos desde el otro lado del mostrador, justo enfrente del utilitario.

Eran las dos de la madrugada, por lo menos eso cantaba el cuco del Teberé y el gentío enloquecía con los nuevos temas de Mister Hyde. El vocalista, Javier Elías, se había despojado de su camiseta y la había lanzado hacia una quinceañera que aullaba enfebrecida, provocándole así un desmayo orgásmico y la correspondiente avalancha de multitudes por robarle la prenda aguada en alcohol y sudor.

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En la barra, una muchacha se escondía de aquel alboroto. Sentada con las piernas cruzadas, sorbía un gin-tonic con picardía, como si quisiera que sus labios besaran a un cristal timorato. Había dejado un hombro al descubierto, sobre el otro caía una melena bruñida, ondulada e insinuante, un ardid que habría evitado el suicidio de Kurt Cobain o la premura de Napoleón por conquistar el mundo sin haberla poseído antes a ella.

Tez blanquecina, casi lívida; pómulos rosados y una boca grácil y delicada, igual que un jarrón valetudinario: si lo tocas lo quiebras, si lo ases lo rompes. Aquellos labios que ahora jugaban con el filo del vaso se habían diseñado solo para mirarlos, admirarlos y readmirarlos.

Rodrigo Santos era escultor, no de estatuillas baladíes ni de figuras abstractas. Rodrigo Santos era escultor de ideas. Las moldeaba, las formaba en las forjas de su cabeza y luego las grababa en algún papel. Decía que “los escritores solo ordenan las letras, mezclan las palabras”. Él las tallaba, las inventaba y dotaba de nuevos significados. Sin límites ni restricciones, sin reglas tediosas de gramática y puntuación.

El camarero sirvió la bebida y esperó a que Santos se acercara.

- ¿Cómo ves el concierto, Rodrigo?

- Conciertazo, Nico. Buen aforo, buena música y buen servicio.

La rubia que antes sorbía el gin-tonic no dio tregua a su copa. Se echó al coleto media de golpe e hizo un gesto al camarero.

- Póngame otra.

- ¿De lo mismo?

- Siempre es lo mismo.

Santos divisó que aquella princesita rubia se hallaba a un par de taburetes. Sin bajarse del suyo, se movió torpemente y redujo la distancia de dos a medio. La chica jugaba con el posavasos, dibujando una espiral que concluía en el epicentro de éste. Hasta ese acercamiento, Rodrigo no había reparado en que los ojos de Cenicienta guardaban cinco océanos pacíficos, tres índicos y una decena de árticos. Todos ellos chocaban contra el fórnix de la conjuntiva, se iban a desbordar.

- ¿Vas a llorar?

- Las mujeres no lloran.

- ¿Y los hombres sí?

- Solo por dentro. Lo hacéis en silencio, para mantener la apariencia.

- ¿Y yo qué aparento?

- Que no quieres llorar, solo conocerme.

- ¿Puedo?

- No, si no te dejo.

- ¿Me dejas?

- Esther.

- ¡Vaya, sí que me ha costado poco! Hay millones de Esther.

- Navarro.

- Yo soy Rodrigo.

- ¿Desde hace cuánto?

- Desde hace veinte cuatro años y unos meses.

- ¿No te aburre ser siempre el mismo? A mí me gustaría vivir en Agrabah, con Aladdín y Abú.

- ¿Y la alfombra mágica?

- Me da miedo volar, pero te dejo que me lleves.

- ¿A Agrabah?

- A donde tú quieras.

Esther colocó su mano sobre el mostrador. Sin más dilación, Rodrigo, instintivamente, la alcanzó y la acarició, primero como si fuera un objeto pueril y endeble y luego con firmeza. Si hubiera esculpido alguna frase, ésta rezaría un “no te vayas”.

El bullicio de fondo se alzaba estentóreo. Mister Hyde estaba en pleno coito auditivo. “Se alinearon los planetas, amainaron las tormentas y esta noche es como la primera vez. Siempre quiero lo que no puedo tener”, canturreaba la masa extasiada.

De repente, una gota asoló en la mejilla de Esther y ésta, sin saber muy bien cómo, se abrazó a Rodrigo. La conversación pasó a desarrollarse a un centímetro, frente con frente y nariz con nariz. La única distancia que los salvaguardaba estaba comprendida entre ambas bocas, casi rozándose y, sin embargo, ninguno de los dos la sobrepasaba.

- ¿Sabes, Rodrigo? Esto me recuerda a un cuento de Benedetti.

- Si te refieres a Conversa, creo que no hace falta recordarte cómo termina.

- ¡Vaya, no tienes pinta de leer a Mario! Venga, refréscame la “guisa”.

- Si seguimos los parámetros establecidos, tu siguiente guión en el diálogo tendría que decir algo como “me apetece verte desnudo”.

- ¿Y me apetece?

- No más que a mí.

- ¡Así no es el relato, lo acabas de cambiar todo!

- Siempre creí que Buzón de Tiempo era algo insulso.

- Pues arréglalo.

Rodrigo Santos vaciló. Los labios diseñados para mirarlos, admirarlos y readmirarlos se habían aproximado unos milímetros, el diez por ciento del espacio que una mujer, según Hitch, debe recorrer antes de que su pareja rescinda el otro noventa restante.

No se quebraron, no se rompieron. Pasó la mano por el cuello de Esther y culminó las explicaciones del Doctor Amor, al tiempo que Mister Hyde se despedía de sus fans con El silencio entre nosotros. En seguida, la señorita Navarro se estremeció. Se aferró con vehemencia a Rodrigo y sus ojos cetrinos abrieron una compuerta, mezclando, en aquel beso de bar, una dosis ingente de lágrimas, saliva y un algo que no se podía adivinar.

- ¿Te puedo hacer una pregunta, Rodrigo?

- Dispara.

- ¿Me quieres?

- Te conozco de hace poco más de veintitrés minutos, supongo que es un tanto complejo y descabellado. ¿No será otra frase de Benedetti?

- ¡Olvídate de esas bobadas! Te lo diré de otro modo. ¿Me querrías?

- Es posible.

- Entonces te doy cinco segundos para que vuelvas a besarme, cojas tus cosas y me saques de aquí.

Rodrigo Santos no era un escultor muy taimado, le gustaba cocinar sus ideas a fuego lento. Odiaba las prisas y las cosas express. Pero también tenía un dicho: “Entre todas las pérdidas que pueden tener los hombres, ninguna es tan irreparable como la del tiempo”.

Si Cenicienta le había dicho cinco segundos, había de ceñirse a los cincos segundos. Empleó tres en acatar la primera orden, uno en coger el abrigo y otro en dejarse tirar de la manga, mientras una misteriosa mujer se lo llevaba decidida hacia la puerta, camino de Agrabah... o de la Cueva de las Maravillas, quién sabe.
CARMEN LIROLA


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