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Mostrando entradas con la etiqueta Un rato de estrella [David Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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27 de enero de 2012

  • 27.1.12
Ayer me dirigí hacia aquel árbol que tanto amaba. Él me veía acercarme con mis pasos acostumbrados. Su ramas que trepaban la niebla delataban los escondrijos del alma donde nos guarecímos. Allí guardamos las tardes persiguiendo el vuelo de los gorriones. Sus ojos me observaban con todo el amor de quien sabe que esas manos que se acercan vertieron el agua en sus raíces. Yo le vi crecer y él me vio nacer. Me vio levantar la mirada. Me vio pintar estrellas por primera vez.

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Serie 'El árbol entre la niebla' || © orádea 2012

Me sentaba a sus pies en días interminables y, acunado en su sabiduría, me hablaba, con su sombra hacia mí. Me descubría los entresijos de la vida compleja. Me acerco y veo sus ojos de amor profundo y amistad.

Ojos de fidelidad y pestañas eternas. Contemplo las hojas como dedos inquietos que tañen el aire. Admiro su ramaje que tantas veces podé para que su savia crecida fuera parte de mí. Me mira acercarme y siente la paz por verme llegar.

El tiempo nos embarca en sueños y desvelos que son viajes. Los viajes nos conducen a todos los sitios donde queramos llegar. Sin embargo, tenemos tanto miedo a nuestros pasos y sus huellas que nos sentimos heridos de muerte sin haber sido alcanzados.

En ese momento es cuando tendríamos que entender que la bala que nos hiere o la flecha que se hunde en nuestro cuerpo es el miedo que tenemos: es difícil andar disparándonos en los pies.

Todo empezó de alguna manera extraña. Sin saber bien cómo. Sin entender bien el qué. Quizá la brisa de una playa esquivando los rayos cálidos del atardecer. Un trabajo. Una copa. Una falda corta y una mirada larga. La invasión en tu cuerpo. El enjambre en mis dedos. Unas gaviotas en el salón, despeinando el sudor de los cuerpos en aquel pequeño apartamento… Un charco en septiembre. La delación de un retrovisor. Una llamada. Y volver a la brisa en tu melena.

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Serie 'El árbol entre la niebla' || © orádea 2012

Imaginé contigo tantos viajes. Imaginé el Canadá. La India donde encontrarnos. Imaginamos tantas veces el África herida como tantas veces soñé volver a mi nombre. Ir a Venecia o a París. Sentir la aurora boreal alumbrando el alma.

Sembrar la Tierra de pasos y trenes aunque cada día nos conformáramos con unos pocos de kilómetros. Una senda en mitad del bosque. Una flor. La noche tierna y alguna estrella y hacer del mundo una casa. Sin embargo, el día que descubrí que cada día volvía a tus brazos profundos entendí que el hogar eras tú y era yo. Así, sin darme cuenta, errado como un joven, pensé que el viaje había terminado y que ese destino estaba alcanzado.

El árbol me veía llegar manteniendo firme mis ojos dolientes. Me conoces mejor que nadie. Conoces el mohín de un parpadeo. Conoces mi dolor porque te ha dolido. Conoces mi pasado porque lo has vivido. Conoces mi futuro porque cuando ni siquiera yo confiaba en mí, tú creías en él. Así me viste llegar con un dolor profundo y mis pasos apuntando hacia tus pies.

Pero mis manos, en una suerte de traición, escondían el hacha a la espalda. Miro con desconcierto el árbol. Veo las heridas infligidas con todo el cuidado con el que se puede repartir hachazos. La savia florece tocada por la muerte.

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Serie 'El árbol entre la niebla' || © orádea 2012

Supuran las lágrimas sentados en el jardín con las manos agarradas. En la terraza. En mitad del pasillo. En la cama. La savia se vierte y en ella veo mi nombre esparcido. Veo mi cuerpo y tu cuerpo. Veo mis besos. Algunos se diseminan entre la sangre. Quizá hasta ese momento estuvieran guardados en algún rincón. Algunos se perderán para siempre.

Árbol henchido de sabiduría y paz, aunque herido, me has dejado partir sin batalla. Nunca me ataste a tus ramas ni a tu jardín porque eres como un país sin fronteras. Y nunca me ataste porque has sido el viento que navega de país en país.

He bebido en tu copa. He estremecido tus ramas soplando el aire. Y no sé qué extraño amor hace que prefieras dejar volar al viento a retenerlo. Me mirabas ir y venir. Me viste jugando entre las amapolas. Me viste en la lluvia que se abría paso en la tormenta. Me esperabas en la puerta de la guarida sin una palabra, hasta verme emerger de la oscuridad y el dolor.

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Serie 'El árbol entre la niebla' || © orádea 2012

El viaje es muy corto y corremos el riesgo de dejar pasar un beso o un abrazo. Hay mucho peligro de perder a alguien sin darnos cuenta. Hay mucho peligro de no llegar a ningún lado... Pero lo peor, quizá, es que corremos el riesgo de equivocarnos y que no lo podamos enmendar.

Cuando todo terminó sentí caer el árbol de repente. Lo acogí desangrado en mis manos ensangrentadas. Lo sentí llorar y aún lloro por eso. Me hubiera ahogado en tus propias lágrimas igual que tú bebiste las mías.

Notaba un escalofrío arremolinando tus deseos. Sentía la nieve en tu cuerpo de tantas veces que tuve tu frío en mis brazos y de tantas veces que te protegí de él. Quizá fueras el árbol. Quizá la vida. Quizá la tierra o quizá el bosque. Me martirizo por no haber encontrado el camino entre todos tus árboles diseminados en mi niebla.

Algún día, cuando llueva y tu corteza siga siendo la vida que te envuelve, notarás las heridas que blandieron mis manos. Andarás en otro jardín vertiendo tu sombra de nuevo y ahondando más y más tus raíces en la Tierra -porque eres la Tierra-.

Y es que, no hay nada más libre que un árbol que camina por los siglos... o los años. Los años fueron como los días en un viaje. Bien puede ser ocho días como ocho años y medio. Lo cantamos muchas veces, y eso duele.

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Serie 'El árbol entre la niebla' || © orádea 2012

Te vi dormir y reír y volar y “entristecer de pronto, como un viaje”. Te he visto siempre aunque ahora, con las manos manchadas, con los viajes soñados, con el hogar desierto y con el eco de las gaviotas, entiendo la bruma que envolvía la silueta de todos tus árboles.

Ahora, con los pies heridos de bala y tus ramas navegando al viento, al son de tu ausencia y mi partida, con el dolor de mi hacha y con tus heridas ahogadas en la niebla, al fin comprendo que fuimos un lugar sin fronteras y las horas sin reloj. Me hiciste parte de tus mapas porque sencillamente, el viaje eras tú.

DAVID CANTILLO

13 de enero de 2012

  • 13.1.12
Hay ciertos lugares donde siempre me detengo. No importa lo cansado que esté. Ni si hace calor o nieva. No importa quién me acompaña. Tampoco el lugar que siembren las manijas del reloj. Algo me atrapa al pasar. Hay ciertos viajes que hago repetidamente una y otra vez. Todos los hacemos constantemente, aunque no lo sepamos. Viajamos al mundo cada día. Viajamos a las palabras, a las caricias, a las lágrimas. Visitamos las mismas risas o hallamos el silencio mismo.

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Serie White Arms || © orádea 2012

A veces viajo sin rumbo ninguno… a menudo. Simplemente arranco el coche y circulo. Nada más. Siempre es el mismo viaje aunque llegue a distintos lugares. Quizá me tropiezo con el atardecer sembrando, con la savia de una granada, con el lomo del mar.

A veces es un sencillo puerto sustentado en el fino cordel del horizonte. A veces hallo la noche sin más. Sin estrellas a las que poder aferrarme u oscuridad contra la que devastarme. A veces encuentro una voz perdida en su propio eco. A veces es mi eco que no encuentra las palabras que lo hicieron...

A veces recorro cientos de kilómetros sin saber realmente dónde voy a llegar. Voy manoseando el tiempo, la tarde, la noche o el amanecer. No me importa nada. Sólo necesito viajar.

© orádea 2012Hay viajes que repetimos cada año: volvemos al verano, viajamos a la primavera. Visitamos de nuevo el invierno. Parece mentira pero pasan los años y no cambia. Con su semblante cotidiano y vestido con sus mismos propios viajes, el invierno es siempre idéntico.

Volvemos a algún aniversario. Viajamos a las tormentas y a las nieves. Y cada año viajan las imágenes a nuestro televisor contándonos lo mismo que el año anterior. Vuelve de nuevo la lotería que agracia a alguien. De nuevo a la felicidad de unos y la indiferencia de otros. Es el mismo viaje una y otra vez.

A veces pienso que nuestras unidades de tiempo son tan pequeñas que siempre repetimos lo mismo. Tan pequeños los segundos y los minutos. Cada día volvemos al trabajo y a la vida que parece que tengamos controlada mientras vemos al mismo mendigo.

© orádea 2012Cada semana el mismo domingo. Cada mes la misma compra. Cada año la misma Navidad. Tan pequeños que cada vida se repite a cada generación. Abuela, madre, hijo... luego padre, abuelo... Viajamos para llegar tan lejos como nos lleve nuestro corcel alrededor del tiovivo.

En una de esas vueltas llega, de nuevo, la misma Navidad a principios de diciembre. La ciudad se viste con las mismas luces. Damos los mismos aguinaldos. Volvemos a la solidaridad. Compramos los mismos regalos para sentirnos bien con las mismas personas: nosotros mismos. Cubrimos los árboles con las mismas guirnaldas reflejadas en los mismos espejos y descubrimos nuestro rostro redondeado en las mismas borlas de cristal.

Pasamos la misma Nochevieja con el mismo empacho. Salimos a la calle y con los mismos pasos volvemos a la misma feria. Los mismos dulces que reparten los mismos Reyes. Como todos los años, la Navidad ha sido un tiempo igual de especial que el anterior, lleno de felicidad, amistad, dádivas, regalos y luces. ¡Como ha de ser!

Hemos comprado la felicidad de nuestros seres queridos porque unos anuncios nos han dicho otra vez –y de nuevo nos lo hemos creído- que nuestro amor se valora según lo que gastamos con nuestros seres allegados. Somos felices esos días porque todo parece maravilloso. Como si estuviéramos dentro de un coche y empieza a nevar. Nos sentimos felices viendo cómo el coche se cubre de copos. Al cabo sucede y hay tanta nieve en los cristales que no vemos qué hay del otro lado.

© orádea 2012Y es que somos felices, y como siempre, hemos visto al llegar a casa a ese hombre cabizbajo que se siente horriblemente dolido en Navidad. De nuevo hemos pensado en su dolor. Y es que hoy toca pensarlo: ¡es Navidad! Volveremos a tener ese pensamiento de ser mejores personas, de hacer un mundo mejor. ¡Mucho mejor!

Como cada año pasa la Navidad y empieza la misma vida otra vez. Vuelve la misma cuesta de enero porque hemos gastado el mismo dinero en diciembre. Vuelve de nuevo la misma rutina que se había quebrado por la misma fiesta que nos sacó de la misma rutina. Así seguimos de nuevo nuestro camino. Aunque estemos preparándonos ya para la Navidad siguiente.

Y es que, para que podamos tener de nuevo, en las fiestas venideras, todos esos buenos pensamientos; para que volvamos a querer cambiar nosotros; para que queramos hacer un mundo mejor, ¡mucho mejor!, ¡es Navidad! Para que volvamos a darnos cuenta de la tristeza que nos rodea. Para que volvamos a pensar en ser más solidarios. Para que volvamos a sentirnos apenados porque otra vez no lo hemos sido tanto…

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PULSE SOBRE LA IMAGEN PARA AMPLIAR || © orádea 2012

Para que el año que viene podamos renovar otra vez nuestras intenciones. Para que tengamos la suerte de poder volver a sentir la pesadumbre al ver al mendigo y al hombre cabizbajos, este año, pletóricos de deseos para que el año que viene, de nuevo, nos sorprenda la bondad, la solidaridad y la esperanza, cuando acabe la Navidad, nos volveremos a olvidar de todo, otra vez.

Postdata: Más fotos de la serie White Arms en esta web. Para obtener más información sobre Andorra, puede acceder aquí.
DAVID CANTILLO

2 de diciembre de 2011

  • 2.12.11
Aunque nunca dejé de visitar aquel país, un año volví y encontré que no era lo que había aprendido de él. De repente vi a un hombre del cual solamente había entendido una cara que no tenía mucho que entender. En ciertos momentos de tu existencia haces recopilatorio, extiendes tu vida como un mapa en mitad de algún lugar incierto. Tratas de ubicarte. Localizas tus puntos cardinales. Observas las líneas que dibujan montañas. Miras con cierta distancia el camino que te ha traído y tratas de entender dónde estás. Más o menos, sí, aciertas. ¿Pero en qué punto del mapa pone quién eres?

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Puente de S. Antoni de Grella || © orádea 2011

Aquel lugar vivió en mí como un hombre. Era un rostro frío pero entretenido. Disfrutaba sus luces, sus amigos. Su lugar y el lugar que me daba. Aprendí ciertas lecciones en la vida. Una de ellas, con el paso de los años, que el tiempo nunca se detiene.

Sus rostros envejecieron en el justo instante en que descubrí que yo ya era mayor. Hasta entonces es muy difícil saber que el tiempo pasa en quien ves continuamente. Quizá sea una lección. Mientras más cerca estás, mientras más miras, menos ves. Eso me lo explicó el tiempo y aquél hombre. Aquel país.

Retazos de mi infancia sucedieron ahí. Puntuales. Pero algo queda por esas calles empinadas y frías. Sin embargo, miro y apenas veo aquel niño abrigado, agarrado de la mano de sus padres, encerrado entre montañas.

Recuerdo la nieve, los trineos. La nieve blanca y la nieve sucia. Y luces. Muchas luces. Quizá casi es lo único que persiste. También un perro muy grande y muy noble. Y una gata con muy malas pulgas pero buenas garras. ¡Qué terror me causaba! Recuerdo un comedor de una casa que ya no existe.

Los años pasaron. Eso lo sé de buena tinta. Ahora miro con cierta distancia y la verdad, no sé si conozco a aquel infante. Ni siquiera si lo llegué a conocer o si coincidimos alguna vez mirando los guantes que llevaba su padre para conducir. No sé si aquel niño y yo coincidimos en el umbral de su primer sueño. Creo que sonreí con él alguna vez. Pero no podría asegurarlo. Creo que cuando teníamos ya veinte años… ¡veinte años! nos encontramos allí de nuevo.

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S. Joan de Caselles || © orádea 2011

El año que aquel hombre no fue el mismo, yo iba retratando estrellas. Buscaba espacios desconocidos y los encontré allí. Conocía la nieve, pero no el placer de ser montaña y sentirme perdido y encontrado en mitad de la noche en lo alto, muerto de frío pero inmensamente feliz.

Conocía las luces, pero no sabía que, aparte de las tiendas, iluminan un camino. La única historia que conocía por aquel entonces era la mía, no la de aquel hombre. Su rostro no era más mayor. Era nuevo.

Una sonrisa escondida entre unas calles que jamás en la vida había pisado, ocultándose en una bufanda de invierno. Olvidé las carreteras y miré con profundidad, como si nunca antes hubiera mirado. Él me preguntó: "¿qué ves ahora que no hayas visto antes?". Con treinta años me ruboricé como un chiquillo.

Ahora miro a un niño cualquiera y siempre encuentro algo que hubo en mí. Aunque sigas sin encontrar al muchacho que fuiste. Maldita sea. Esquiva infancia. No puedes culparla a ella. Ni a aquel niño. Ni a ti mismo siquiera. Ahora hago memoria y sobre el mapa veo los lugares que visité. Sin embargo, son todo lugares desconocidos.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓNSomos el mapa marcado. Somos el camino andado. Somos un viaje. Miro las huellas e intento coincidir con aquel niño del que únicamente conservo su cuerpo. No sé si perdí su infancia en una calle en bicicleta. No sé si lo extravié mientras le preguntaba cosas que no sabía contestarme.

Algún día lluvioso coincidimos corriendo por los pasillos del cole, pisando juntos el serrín sobre las baldosas de la infancia, jugando a pillar. Nunca nos preguntamos si aquellos días podrían ser los más felices de nuestras vidas, cuando cimentábamos un mundo desconocido con irrisorias adversidades. Sin embargo, qué difícil es hacer un mundo e inventarte una historia sin saber de qué va a ir el cuento.

Recogí las instantáneas en una carpeta. Aquel hombre me enseñó a mirar de nuevo a todos los hombres que conociera y a todos los lugares en los que había estado. Como un país completamente nuevo en mitad de los Pirineos, Andorra me enseñó su historia de piedra románica.

A cada pequeña iglesia, a cada torre, a cada campanario –y son muchos- me sentía más y más necio. A lo largo de sus carreteras y entre apartamentos, se podía encontrar vestigios del país que Andorra fue. No es que no lo sea, pero con tristeza recuerdo cómo me mostraba las luces de las tiendas y las pistas de esquí. Donde tantas veces compré y por las que tantas veces me deslicé.

Si descubres que no has conocido lo que has vivido en la infancia, cómo voy a saber si conozco a la persona que soy. Hoy vuelvo de vez en cuando y damos largos paseos hablando sobre éste y mil temas más. Siempre fue gran conversador.

Cuando buscaba, según las indicaciones, la capilla de San Andrés o la iglesia de San Juan de Canillo o el mismo puente de San Antoni de Grella, muchas veces oculto entre edificios y luces, pienso que Andorra tampoco sabe bien dónde quedó su infancia. Me gusta pensar que cuando lo iba descubriendo me encontraba al niño que aquel hombre fue e interrumpía sus juegos para preguntarle cosas que de mayor le hubiera gustado saber.

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Capilla de S. Andrés || © orádea 2011

Cuando camino por la calle y veo a un niño, irremediablemente encuentro algo de él en el niño que fui. Como si quisiera otorgarle cierta ayuda inestimable, aunque no la pida, trato de ubicarlo en el mapa de mi vida y en el viaje que soy, que más o menos, a grandes rasgos, es como el de todas las personas.

Quizá alguno de ustedes, paseando por la calle, encuentre al niño que un día fui. Si lo ven, díganle que aún querría preguntarle algunas cosas. Aunque estoy casi seguro que seguirá sin saber contestarme.

Postdata: Más fotos de Andorra en esta web. Para obtener más información sobre Andorra, puede acceder aquí.
DAVID CANTILLO

20 de noviembre de 2011

  • 20.11.11
Sencillamente, hay viajes de los que nunca vuelves. Sin embargo, hay lugares a los que nunca dejas de ir. Equipaje o no, poco importa. Este es un viaje extraño porque no he sido lugar, ni siquiera equipaje. Apenas viajero.

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Un viaje es un acto de responsabilidad aunque no lo sepamos. Por varias razones. Una es sencillamente que vamos a un lugar que no nos pertenece... Un lugar que otros hicieron suyo antes. Un viaje es un desgarrado acto de expolio porque sin duda te llevas un trozo cuando te vas.

Un viaje es un acto de dolor porque cuando partes, algo tuyo se queda allí sangrando. Te alejas mientras un hilillo cárdeno, como las huellas de las lágrimas, te devuelve el camino andado. Con el tiempo la sangre se seca y no hay nada que te una.

Buscamos el destino. Incómodo viaje. Nunca dejas de andar pero jamás llegas. Son senderos inciertos. Voy subiendo las cuestas y caminando trochas para descubrir un nuevo paisaje. Parece que me da cordura. Es la Naturaleza el único lugar donde siempre vuelvo.

Así reparto mis ojos entre los árboles que se balancean indecisos de un lado a otro, dejándose someter al viento. Me gusta observar cómo sus hojas chisporrotean contra el sol que proyecta su sombra en mis pupilas. Me gusta ver cómo permanecen ahí en un viaje eterno y trepidante.

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Sostienen su cuerpo contra el invierno. Caminan quietos sobre la nieve. Esparcen sus huellas que vuelan sorteando las brisas. Sus raíces socavan la quietud del mundo bajo mis pies. Puedo verlo. Puedo acariciarlo. ¡Puedo sentirlo! Eso es mucho más de lo que otros jamás podrán decir.

Cada día viajo entre las alas de algún insecto que se posa en alguna flor. Cada día miro la sombra que proyecta el helecho sobre la humedad vaporosa que le da vida. Trepo por ella. Me estremezco en un escalofrío. Me resuelvo como una vida más y entiendo que ese helecho me sobrevivirá cientos de años. Este es el único viaje que repito una, otra y otra vez.

Encuentro la terrible paz en diminutos sentimientos de naturaleza. Cuitada y eterna. Me conmueve sobremanera. Me tensa y destensa. Me desarma y me rompe como un niño extraviado. Me mece en el viento. Me acompasa con el temblor del filamento de un diente de león. Arrebatado por un temblor de mayo quiebra y echa a volar. Irreflexivo como un perro ante la puerta de la libertad, me cuelgo de su dulce vaivén y me embarco en su propio vuelo.

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Ese es mi viaje eterno. Nunca paro. Nunca llego. Otros viajaron antes que yo a su viaje eterno. Nunca sabes lo que significa un hombre hasta que entiendes que jamás volverá. Ahí duele la distancia que a partir de ese momento se trenza. Ahí duele el tiempo inconcluso. Ahí duelen las fotos que dejaste para mañana y que nunca veréis. Ahí duele el tiempo perdido y el tiempo vivido. Ahí duele ése Mister Deivid acostumbrado y cariñoso. Al cabo dejan de doler los últimos días que se desvanecen en la sábana del sueño. Todo acaba. Suavemente.

Ver viajar es extender una maroma contra el barco que parte. Infinita. Insondable. Escribir es atarlo. El barco navegará el resto de tu vida por tu olvido. Siempre con un pequeño lazo y unido a un incierto amarre en la punta del corazón. Es la encomiable pero a veces inefectiva intención de no olvidar jamás.

Otros viajes son puros actos de cobardía. No trates de entender las razones. Entre miles de opciones sencillamente decides abdicar. Y ya está. Equipaje o no, poco importa. Nunca entendí aquellas razones pero me convertí en una leve consecuencia.

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓNA las puertas de ese viaje, al abismo de ese puente, al borde de esa cuchilla puede que una leve consecuencia sea la distancia suficiente como para no saltar, entrar en el coche y volver a casa. No lo signifiqué y no me martiriza. Sé que ya lo hiciste tú al filo metálico de la partida. Y partiste.

Tampoco te culpo. Nunca sabes cómo acontece un viaje. Nunca sabes –nunca sé– cuándo partiré. Nunca sabes cuándo las fuerzas van a ser tan livianas como para rendirte cobarde. Y es cuando estás en el punto de inflexión entre la hoja afilada y el carmín de la derrota, cuando las leves consecuencias traicionan la firmeza del fracaso. Al fin todo queda en una tentativa fallida que poder esbozar en unas hojas escritas y humedecidas por el llanto.

Viajar es como vivir. Y a veces vivir es entrar en una habitación vacía que vas decorando con momentos de felicidad y dolor. Una mesita, un beso, un cuadro. Escribir –como ahora- sobre una pérdida es entrar en esa misma habitación con las manos cargadas de letras. Yo la decoro con verbos dolidos, sustantivos intangible, adjetivos iracundos… metáforas.

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Casi sin haber cruzado la puerta empiezas a lanzar palabras con rabia contra todas las paredes, pleno de furia y traicionado por la vida misma. A veces esas palabras te hacen destrozarlo todo inmerso en una espiral huracanada. Pintas los muros con toda la saliva que te alienta quizá, en un intento de aliviar el alma.

Al cabo todas las paredes acaban chorreando tinta o sangre... vísceras. Quizá solo por extender la maroma y recordar. Probablemente vuelvas alguna vez a esa habitación. Probablemente encuentres ese papel en algún momento, aunque sea en tu mente. Con solo abrir la puerta vuestro recuerdo me asaltará de nuevo. Eso espero.

Ves pues el barco partir. Así quedas con un expolio en las manos y un hueco en el alma. Hace frío, mucho frío. El viento zarandea las fotos dentro de la caja que nunca abristeis. Quizá ya no valga la pena verlas. Sientes todos los verbos en las manos y los lanzas sin importar donde impacten.

Siempre inexperto, ves la cuerda que queda junto con el tiempo, flotando en el agua, entre el barco y tú. Te sorprendes a ti mismo tarareando una canción mientras anudas con todas tus fuerza la cuerda. El barco se aleja y la estira y la tensa. Así el recuerdo navegará para siempre pendiente de una efímera maroma. Solo espero que jamás se quiebre.

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El viento me devuelve el eco de la canción: Así si me dejas no te dejaré de querer. / …Y al final, te ataré con todas mis fuerzas, / mis brazos serán cuerdas al bailar este vals... [Fragmento de Y al final, de Enrique Búnbury].

Por orden, para Carlos, mi abuela y Satur.
In memoriam

DAVID CANTILLO

4 de noviembre de 2011

  • 4.11.11
Aquella fue una noche clara y atemperadamente suave. Las olas componían una melodía apenas inteligible. El rumor de la sal perfilaba con cadencia enigmática los pies de la isla. Yo observaba cómo el océano se burlaba de las ruinas del pescante, el cual ya derribó 50 años atrás. Hoy únicamente quedan unas gigantescas columnas de hormigón guardando el eco de aquella prosperidad. El de Hermigua no fue el único pescante que se construyó en la isla de la Gomera en un intento de prosperar y caminar. Quizá hacia sí misma.

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La Gomera, en su esplendor || © orádea 2011

Mientras fotografiaba la costa me sobrevino la imagen de la mujer que había visto unos días antes, al desembarcar. "¿Qué estará pensando?", recuerdo que me pregunté. Permanecía sentada y arrullada por la brisa atardecida de mayo. Miraba cómo la cima del Teide emergía entre la calima allá, al otro lado del mar.

Extraña y contrapuesta, no supe descifrar si la escena la componía la tristeza o la belleza. El pasado o el futuro. Un poco de todo tal vez. Puede que estuviera esperando algo... El anochecer, quizá.

Las diferencias entre los días y las noches en la Gomera son sutiles. La temperatura apenas desciende unos grados. El sonido del océano envuelve la tranquilidad de la isla. Las horas pasan igual de cadenciosas, sabiéndose lo más importante y bello. Y es que parece que no avancen y, a la vez, dejan su fiera impronta con la sutileza de los siglos.

Todo es más tranquilo. La gente, el trabajo. El día se saborea más. Aquí no hay trepidantes horarios de oficina que trastocan el sentido del tiempo. ¿O es que nadie se ha parado a pensar que cualquier palmera de cualquier isla tarda más en crecer que un edificio de veinte plantas? ¿Es que nadie se da cuenta que hemos desvirtuando el sentido de las horas, los días y los años? Aquí, en la Gomera, tienes todos los segundos del mundo para averiguar qué es el tiempo. Y yo me propuse descubrirlo.

Costa de Hermigua con las ruinas del pescante || © orádea 2011La orografía de la isla es caprichosa. Los siglos han erosionado su origen volcánico retratando altos roques, dulces playas, profundos barrancos y acantilados abruptos. Es el hombre quien, con sumo respeto, ha ido ribeteándola con pequeñas casas.

Pero como algo único, los habitantes hallaron la manera de atravesar el paisaje, volar sobre él y llegar más allá de las cimas o los valles. Y es que las dificultades para comunicarse hicieron nacer el Silbo, un lenguaje silbado con el que se comunicaban los pastores entre sí a largas distancias y que recientemente ha sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Hoy, en un esfuerzo de no perder esa tradición y de encontrarse a sí mismos, los gomeros los estudian en la escuela.

Realmente no sabemos bien hacia dónde nos dirigimos en la vida. Vamos buscando algo que no sabemos bien qué es y que parece que nunca es lo que encontramos. Días antes de ir a la Gomera descubrí un libro cuyo título llamó mi atención. Buscando una extraña conexión poética, decidí llevarlo conmigo.

En sus páginas encontré a un hombre que se sentó a la puerta del castillo reclamando la presencia del Rey. Dejó pasar los días hasta que al fin, éste le atendió. El hombre quería un barco. Así, sin más.

Resulta tremendamente complicado separar los minutos del tic-tac del reloj. El mundo, por ejemplo, se ha hecho en un tiempo que no hemos vivido. Cuando nos vayamos, seguirá corriendo y lo hará sin nosotros. En este ínfimo lapso habremos tenido la suerte de ver cosas que otros no verán jamás. En aquella historia, la mujer que guardaba la puerta del castillo pudo ver cómo el Rey atendía a aquel hombre.

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Valle del Gran Rey || © orádea 2011

La noche se desvistió perezosa. Cuando el sol comenzaba a calentar y a dar volumen a las montañas reemprendimos la marcha. Atrás, juguetón e infatigable, el océano parecía seguir burlándose del pescante.

Me preguntaba quién se podría burlar de las mareas, de las olas y de las tormentas. Quizá la isla que permanece. Quizá su historia. Quizá Cristóbal Colón, que utilizó la Gomera como lugar de avituallamiento antes de partir para descubrir un mundo desconocido, aunque no lo supiera.

La carretera tan pronto ascendía como bajaba, como se detenía en un recodo. Los caminos se posaron sobre la superficie de la isla con cada paso que se dio tiempo atrás. Y mucho antes que los caminos, una densa frazada de laurisilva y fayal-brezal abrigó lo que hoy es conocido como el Parque Nacional de Garajonay.

Recuerdo la sensación intensa que me envolvió al adentrarme por el bosque. Intensa como densa era la niebla que lo cubría. Es un halo de misterio, una frescura inmarcesible. Un olor profundo.

De repente te encuentras rodeado por una selva ancestral de laureles, helechos, fayas y brezos que han sobrevivido en lo que es conocido como la lluvia horizontal. Una niebla profusa que cubre frecuentemente el parque. Este tipo de bosque poblaba prácticamente toda Europa en el Terciario y hoy, declarada Patrimonio de la Humanidad, es sin duda la mejor muestra.

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Bosque de Garajonay || © orádea 2011

La leyenda cuenta que Gara y Jonay, devastados por un amor imposible, fueron perseguidos hasta las cumbres del bosque. Mientras ascendía por la densidad de la selva no podía evitar imaginarme a los amantes corriendo, huyendo fatigados, envueltos en niebla y eco de voces que censuran su amor. Finalmente, en lo más alto, sin poder hallar otra escapatoria, se quitaron la vida.

Después de andar y buscar, como un extraño regalo, el parque me abrió un claro en el que descansar, conocido como "El Caserío del Cedro". Puede que allí encontrara a La Gomera o que ella me encontrara a mí. Alzaba la vista y me sentía dichoso como cualquier hombre que alcanza a ver el océano. Una pequeña casa te invitaba a sentarte, reponer fuerzas y dejar correr el tiempo.

Allí supe que el hombre del castillo había conseguido al fin su propósito. El Rey le regaló un barco para buscar una isla desconocida en la que nadie –salvo él- creía. Sin embargo, y aunque no supiera navegar, al fin partió y, junto a él, la señora de la puerta. Ambos surcaron el mar y se debatieron contra las mareas. Yo alzaba la vista tratando de imaginar la pequeña embarcación sobre las aguas, gobernada por el hombre al cual el Rey había dado un barco y por la mujer que le había seguido a ciegas.

Puede que fuera Lulú -quien regentaba aquella casa- la que me trajo al fin la comida. Una sencilla ensalada, un puré de berros y lo que allí llaman "papas arrugás" con el típico mojo picón. Recuerdo aquel momento como uno de los más felices de mi vida.

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Papas arrugás y pure de berros || © orádea 2011

Con los años he descubierto que viajar muy pocas veces es llegar a un destino. Puede ser que Colón no pensara así. Otras es saber que ese momento es el último y que has de saborearlo con vehemencia. Quizá lo intuyeran Gara y Jonay ascendiendo el bosque de laurisilva. Quiero pensar que sí. Y cuando de nuevo los veo pasar por mi lado, perseguidos por la misma muerte, descubro sus manos agarradas con la fuerza de quien sabe que el siguiente paso es el abismo.

A veces el viaje no es otro que saber permanecer en tu lugar, llenar el alma, cuidar la tierra, dar un fuerte abrazo y contar todos y cada uno de los minutos de tu vida. A veces es sentarse a ver cómo se incendia el horizonte y cómo la tenue brisa de mayo lo sofoca de nuevo.

A veces viajar es regresar con la plenitud que te da saber que ya ha acabado y que no volverás nunca más. Ojalá supiéramos cuándo es la última vez que sentiremos algo, que veremos a un amigo o que volveremos a un lugar. Viajar no es un destino y el destino no tiene que ser llegar. Viajar no es encontrar una meta, sino saber cuando has llegado.

A veces eres una isla que crece y se hace a sí misma. A veces consigues un barco sin que apenas nadie crea en ti. La tierra se esparce en él, cae la lluvia y en tu barco crecen los árboles. Al cabo lo bautizas con el nombre de aquello que estás buscando. La "isla desconocida", la llamó Saramago. Y cuando nace el sol, con la marea, te echas a la mar a la búsqueda de ti mismo.

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DAVID CANTILLO

21 de octubre de 2011

  • 21.10.11
Hay algunas cosas terriblemente dolorosas en esta vida. Apenas importa dónde estés ni cómo suceda. Una elección. El desalojo de una vida. Un abandono… Budapest supuso un adiós terrible y malherido en una cama ajena. No hubo despedida. Ambos lo sabíamos y, uno a uno, bajamos los muebles de aquel romance. Los que pudimos se dieron. Los que no, fueron destrozados con dolor y remordimiento. Después cayeron las baldosas, las puertas, los tabiques...

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Puente de las Cadenas y Castillo de Buda || © orádea 2011

Todo en aquella ciudad se convertiría en una elección. Yo ya había hecho la mía aunque no lo supiera. Budapest es como una gran metáfora. El Danubio parece obligarte a elegir entre sus dos orillas: Buda o Pest. ¿Cómo es posible que la unificación de tres ciudades en 1873, como era entonces, Buda, Óbuda y Pest, pueda influir en mis sensaciones casi siglo y medio más tarde?

¿O pudiera ser que queramos ver en los lugares a los que vamos igual que en las canciones que escuchamos, los poemas que leemos, los libros en los que nos sumergimos, el sencillo reflejo de lo que es nuestra vida, lo que somos o lo que no hemos llegado a ser?

Y es que la capital de Hungría es un pulso entre un pasado malherido y un futuro que trata de ser europeo. Budapest fue como un hombre con dos caras. Uno se afanaba en ser moderno, nocturno, diurno, turístico, cosmopolita de neones, pubs a la moda, anuncios y videoclips musicales de archiconocidos artistas del rock. El otro semblante era, aunque minúsculo, infinitamente más doliente: edificios heridos de bala, literalmente, con portales ebrios y protegidos del frío bajo algún cartón.

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Puente de las Cadenas y orilla de Pest || © orádea 2011

Sin embargo, aunque la ciudad parece tener que elegir entre una y otra orilla, aunque parece que se observen recelosas entre sí, el Puente de las Cadenas las mantiene unidas en una tensión metafórica formidable. Luego comprendí que esas dos orillas se cruzan las miradas porque sienten admiración la una por la otra. Y eso se ve.

El Parlamento, a pie del Danubio, levanta los ojos fascinado hacia el Castillo de Buda, allá en lo alto. El Castillo, atalayado y reconocido como Patrimonio de la Humanidad, observa con la seguridad de los años el resto de la ciudad y el Bastión de los Pescadores, tejido delicadamente sobre la colina que sobresale con su piel grisácea y vívida.

Sus estatuas y muros parecen observar la montaña de Géllert, desde donde se desdobla la vista más maravillosa de la ciudad: y es que un camino ineludible te lleva a lo alto para esperar que caiga la noche y que la ciudad quede perlada de luces.

Desde allí, mirando a lo lejos, en Pest, casi puedes tocar la silueta de la Basílica de San Esteban, perfectamente alineada con el Puente de las Cadenas. Y desde lo alto de la Basílica, dejando caer la mirada hacia el noreste, puedes intuir la Plaza de los Héroes como una hermosa puerta al Parque de la ciudad. Éste alberga uno de los tantos baños de la capital húngara así como el Castillo de Vajdahunyad, una peculiar copia del castillo de Transilvania en Rumania.

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El Bastión de los Pescadores || © orádea 2011

Cuando hube apreciado todo esto, cuando había sido raptado por Budapest y había perdido un trozo del alma allí, el camino ya solamente se dirigía hacia mí mismo. En aquél momento tuve que abrir la dolorosa brecha que va desde la pasión, el amor o la amistad, hasta lo que, aunque no lo sepa bien, ha de ser mi vida.

La noche caía mientras en la soledad de un abandono momentáneo, repartía pinceladas de noche y ratos de estrella subiendo y bajando a lo largo del Danubio. La soledad me consumió. Sin embargo, ya no me detuve.

Los días pasaron como un extraño romance veraniego hasta aquel octubre. El frío comenzaba a campar sobre el río y mi alma. No sé si hubo maletas por medio. Quizá un incierto autobús que se aleja hacia el aeropuerto. Quizá una habitación repentinamente vaciada. Quizá uno de los dos llegó y descubrió que el cepillo de dientes ya no estaba allí.

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Puente Santa Isabel || © orádea 2011

Ahora sé que Budapest ha significado una despedida. No diré que si hubiera sabido lo dolorosa que iba a ser no hubiera ido. No es cierto. No diré que la oscuridad de aquella habitación, como un explorador asustado, no hacía vibrar mi alma y mi corazón a latigazos. No diré que no amé a aquella mujer porque, diablos, no es cierto.

El atardecer anterior a mi partida me detuve en mitad del Puente de las Cadenas. La herida sonrosada del cielo sangraba en el Danubio y, a pesar de correr aguas abajo, permanecía frente a mí, inamovible como una ciudad.

Las rosas carmín del cielo brotaban y goteaban por mi piel y mi alma lacerada. La luz componía la silueta de los otros puentes, de la Isla Margarita, de la Montaña Géllert… Y, desprendido en mi mente, veía la figura de aquella mujer recortada en el zaguán de la habitación oscura.

Se quitaba la ropa y apagaba la luz. Entonces todo quedaba en tinieblas durante dos terribles segundos. Recuerdo que aquello fue, ha sido, un momento en que la oscuridad campaba a sus anchas por mi cabeza.

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Basílica de San Esteban || © orádea 2011

Quizá cuando más necesitaba un abrazo, una luz, una llama que alumbrara tenuemente mi vida y me diera algo de calor. Entonces, como un fanal en mitad de la insondable oscuridad de esos dos infinitos segundos, sentía cómo se adentraba en la cama, buscaba mi cuerpo, iluminaba mi rostro con el brillo de sus ojos y me besaba de nuevo. El dolor permanece, pero algo vuelve a brillar aquí dentro cuando lo recuerdo. ..

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DAVID CANTILLO

7 de octubre de 2011

  • 7.10.11
A veces es difícil describir un sentimiento que ya pasó. De hecho, casi siempre escribo en el momento en que soy golpeado por la lluvia o la tempestad. Cuando el fuego está prendido aún. Cuando la llama se tersa en la piel y vierte las sombras al otro lado de mis manos, bailando compulsivamente sobre un papel en blanco.

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Vista del Campanario || © orádea 2011

Al cabo del tiempo, meses o años, algo prende de nuevo y trato de recomponer las piezas que extraigo del fondo de una balsa de bruma. Las saco lentamente y voy redescubriendo las formas, colores, sentimientos y olores. Hoy, como aquella noche, Brujas emerge de la niebla que acechaba levemente por los rincones de aquel febrero.

A todos nos sienta bien una época del año. A Brujas, como un ser pletórico de vida, también. Y es que es una ciudad de invierno. Sus casas con tejados a dos aguas y sus calles adoquinadas nos lo desvelan. Se viste de una manera inenarrable cuando cae la noche. Se abriga y cubre de luces tenues, como un hermoso vestido de fiesta, informal pero de elegancia perturbadora.

De manera enigmática, parece que todas las calles te llevan hasta la Mark Platz, el corazón medieval de la ciudad, donde el ayuntamiento y el campanario te observan mientras llegas. Y es que toda la ciudad observa atenta tus pasos.

Te mira cuando visitas la iglesia de San Salvador, sumergiéndote en el siglo IX, o cuando la sombra de las bicicletas se recuesta sobre las fachadas con el sol del atardecer. De camino, Brujas te devuelve en forma de eco las huellas que vas percutiendo sobre sus callejuelas declaradas hoy Patrimonio de la Humanidad.

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Lago Minnewater || © orádea 2011

Brujas es conocida como "La Venecia del norte" y es que está íntimamente surcada de canales y virtuosamente entretejida con puentes. De hecho, la castellanizada palabra "Brujas", nada tiene que ver con su significado. En idioma flamenco la ciudad recibe el nombre de "Brugge": puentes.

El agua es la savia de la ciudad. Su sangre. Navega por su interior con pulsión queda. Ese silencioso manto es desdibujado por las lanchas preñadas de turistas que la surcan. Entonces, su historia es contada una y otra vez como un canto continuo. Sin embargo, es cuando cae la noche cuando sus aguas están más bellas. Los embarcaderos descansan junto a las barcas adormecidas. El reflejo de los edificios reposa en un imperceptible vaivén de agua.

Madonna con niño de Miguel Ángel || © orádea 2011Temprano, cuando la luz ni siquiera amenaza con emerger, Brujas acaudala la bruma por sus esquinas. Quizá lo que ahora hago, rescatarla de la niebla, es la perfecta metáfora de lo que viví aquella mañana. En la soledad del silencio, iba descubriendo los colores de la noche, las formas adormecidas, los puentes que a cada paso iban asaltándome como pétreos ladrones.

Recuerdo el momento en que llegué al lago Minnewater. Los cisnes atesoraban los sueños. Las farolas daban forma a los edificios y las sombras de los árboles se tendían sobre el césped perlado de relente. Como un hermoso regalo, en silencio, nos envolvimos en una danza de colores y luces.

A unas horas en las que no supe si ella venía de quemar la noche o si estaba recién levantada -horas inciertas-, Brujas se detuvo a mirarse en el reflejo del agua en el lago. Ella dice que no, pero sabía que yo estaba allí esperando a la belleza. Radiante me regaló aquél perfil y aquel cuerpo. Con su nocturno vestido sonrió para sí y yo, aprendiz de la belleza, la retraté lo mejor que pude. Creo que después nos besamos… o quizá lo imaginé. Recuerdos inciertos.

Atardecer en Brujas || © orádea 2011Por el día parecía diferente, lejana: ausente. Yo la miraba y como si fuera un perfecto desconocido, ella apenas me guiaba por sus iglesias como a un turista más; por sus canales, como a una lancha más. En aquel momento supe que Brujas no es de nadie. No es la Venecia del norte. Brujas es Brujas.

Y es que es de todos, pero sin atarse más que a sus puentes, su historia o sus museos de arte. Brujas pertenece al gesto que Miguel Ángel esculpió en la Madonna que sostiene al niño en la catedral de Notre Damme. Brujas pertenece al surco en el aire que dejaban los molinos de trigo al este de la ciudad, cuando antaño movían sus aspas y que hoy descansan apacibles.

Y es que apenas pertenece a su propio rostro reflejado en los escaparates. Brujas pertenece al reflejo sobre las aguas. Y es que apenas pertenece a las decenas de cafés que se reparten en la ciudad. Si acaso, al sabor que queda en la boca. Ni siquiera pertenece a los pasos que la surcan. Si acaso, a la fantasía acodada en el eco de las huellas. Es como la sombra de las bicicletas sobre las fachadas. Fugaz.

Brujas pertenece a los sonidos que emergen de las manos del organista en lo alto de la Torre del Reloj… Tú únicamente puedes subir y escuchar sus latidos tan de cerca que creerás desfallecer. Únicamente podrás asomarte desde lo alto y contemplar cómo se extiende la ciudad bajo tus pies en un momento irrepetible. Y sabes que eso tiene un final. Tarde o temprano.

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Embarcadero || © orádea 2011

Y será pronto cuando cojas un tren y desaparezcas de su vida. Ella dejará el cauce de sus canales hendidos en tu piel, como una herida que jamás volverá a cerrarse. Y así tarde, muy tarde, conseguirás empañar el dolor de su ausencia y al cabo del tiempo, te encontrarás desmoronando la bruma de la memoria para descubrir Brujas de nuevo.

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DAVID CANTILLO

23 de septiembre de 2011

  • 23.9.11
No sé si conocéis Dublín. Os la presento. Encontré Dublín en una mañana ajetreada. La visitaba la Reina de Inglaterra en un intento de aunar posturas con su vieja enemiga. Además la invadían miles de aficionados portugueses que perseguían un título europeo. Reconozco que cuando la vi, Dublín andaba algo atareada, el pelo algo deshecho y las calles revolucionadas. No era un buen momento para retratarla.

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Banco de Irlanda || © orádea 2011

Dublín no tiene esa belleza por la cual puedes perder la cabeza. Al menos no a primera vista. Sin embargo, supo cautivarme con el primer golpe. Quedamos en la parada de la Lua, en Stephen’s Green. Yo me alojaba en las afueras. Cuando desembarqué del tranvía, sin apenas decirme ni palabra, para presentarse, me condujo por Graffon Street hasta el Trinity College.

Realmente, ahora lo sé, su intención era darme a probar el sabor de aquella calle peatonal, llena de transeúntes. Atestada de irlandeses y de gente de todo el mundo. Allí pronto me di cuenta de quién era Dublín. Una ciudad cosmopolita y moderna, con cafés centenarios en cada esquina, cervecerías y sobre todo, gente.

Gente extremadamente abierta y amable. Siempre con un canto perenne en la garganta. Sin duda alguna, eso fue lo que me cautivó de Dublín. En apenas una hora sabía que poco importaba lo que fuera a encontrar más allá. Y así fue.

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Halfpenny Bridge, sobre el Liffey || © orádea 2011

Molly Mallone nos esperaba al final de la calle. Su mirada triste se busca en el escaparate de una fachada azul mientras se deja fotografiar por decenas de personas. Yo la miraba de lejos mientras Dublín me contaba su historia. Una pescadera que acarreaba su carro por el día. Su generoso escote, su belleza de bronce como una estatua y su rostro cansado me hizo suponer lo demás. Realmente no nos esperaba. Molly no parece esperar a nadie.

Mientras me dejaba llevar por la multitud. Al cruzar, Dublín me agarró fuerte. Cuidado, me dijo, aquí los coches vienen por el lado que no te esperas. Y así es. A pie de muchos pasos de cebra reza: "look right".

El Trinity College, lejos de ser un santuario olvidado de cultura, hervía de estudiantes nerviosos, entrando y saliendo de los exámenes finales. La pequeña puerta de entrada no te hace pensar en los amplios espacios y verdes plazas, rodeadas de edificios majestuosos que hallarás del otro lado.

Como un extraño en el ambiente, como inmerso en la corriente de un río, algo te lleva hasta El Libro de Kells. Este es el ancestral manuscrito ilustrado hermosamente por manos monacales celtas hacia el año 800 en Kells, un pueblo situado a 70 kilómetros al noroeste de Dublín.

Ascendiendo por las escaleras de la cultura y la historia, alcanzamos la biblioteca que atesora miles de libros tapizando todas y cada una de las estanterías de la sala. De repente te abruma saber lo pequeño que eres y el punto insignificante que puede ser tu vida, entre siglos y siglos de cultura, entre miles de hojas y palabras que han tejido minuciosamente lo que hoy somos.

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Temple Bar, siempre vívido de gente || © orádea 2011

Callejeando sin rumbo, dejándome llevar, Dublín me agarró trepidantemente de la mano y me metió en un pequeña y oscura taberna. Allí, sin pedirlo ni buscarlo, encontramos la alegría que muestra Dublín: la música. Hombres con rostros profundos y surcados de años entonaban canciones al son de un violín, un par de acordeones y una diminuta flauta. Entonaban canciones irlandesas. Unas alegres y otras tristes. Entonaron también la canción de Molly Mallone, himno constante vayas donde vayas.

Aquello fue el pequeño aperitivo que el Temple Bar me guardaba. Decenas de bares aglomerados en un pequeño barrio, a pie del río Liffey, del interior de cada uno de los cuales brotaba música cantada por trovadores. Pocos sitios habrá en el mundo donde haya tantos músicos como en Temple Bar. Allí saboreamos de nuevo la cerveza y la alegría dublinesa.

Me gustaría saber distinguir los días y las noches que me dio Dublín. Pero no puedo. Sé que una mágica y confusa tarde arreció una tormenta como una mezcla de rabia, amor y nubes. Caminaba a espaldas de Christ Church, extrañamente solo, cuando todo ocurrió. Los adoquines dejaban correr la lluvia ya vencida y una misteriosa silueta se protegía bajo el paraguas. Pensé que era Dublín y la seguí decidido a asaltarla: "Ey, ¿te acuerdas de mí?".

Cuando le di alcance nunca era ella. Así miré a mi alrededor mientras la lluvia caía cada vez más fuerte. Protegido como pude, comencé a andar por la Damme Street en busca de todas las siluetas de la ciudad. La luz del cielo se sofocó mientras los faros de los coches pintaban las calles.

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Vista desde el puente O’Connell hacia el edificio Heineken || © orádea 2011

Yo iba como un loco detrás de toda la gente, haciendo fotografías sin parar. Perseguía a las mujeres y a los hombres ocultos en su propia prisa por huir de la lluvia y bajo el estruendo de la tormenta. Hallé una silueta roja como un corazón en mitad de la oscuridad.

Encontré rostros refugiados bajo los toldos. Encontré siluetas de todos los estilos y así entendí cómo la ciudad es una mezcla de edificios y calles. Es una miscelánea de rostros y agua. Es la prisa y es la calma. Es la luz que se apaga y la que nace de las farolas.

Mis pasos me condujeron al Temple Bar de nuevo. Yo seguía andando compulsivamente, mirando y siendo mirado. Aprendiendo y saboreando lo que ya, aunque no lo quisiera saber, estaba llegando a su fin. Rendido, entré en algún bar donde tomar una buena cerveza y comer algo. Como cuando la esperanza cesa, sin creérmelo apenas, vi por última vez a Dublín esperándome sentada y alumbrada por la incierta llama de una vela. La noche terminó de caer.

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Lluvia en el Temple Bar || © orádea 2011

Al cabo del calor del bar, con la lluvia ya escampada salimos en busca de un pequeño momento, aunque no supiéramos cuál. Paseando a orillas del Liffey, cuando Dublín estaba más bella, algo cansada pero con el brillo en los ojos y sentida de luces, colores y un suave murmullo de aguas, en un despiste, conseguí capturar su belleza, a pie del Halfpenny Bridge. Ella jamás se dio cuenta de aquel retrato. Al final me miró, me dio un doloroso beso en la mejilla y se sumergió en sus propias aguas.

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DAVID CANTILLO

9 de septiembre de 2011

  • 9.9.11
Viajar es conocer a alguien donde no esperas. Algo te atrae: sus ojos, su rostro, su manera de ser. A veces es hermosa. Otras, no tanto. Pero siempre ves en ella algo que sabes que, probablemente, no vuelvas a encontrar jamás. Y durante unos días os involucráis vehementemente en un romance extraño, desaforado... cuitado. Así, tras largos paseos de conversaciones que versan desde uno mismo hasta la vida entera, tras unas cervezas, una cena y unas copas, acabáis convirtiéndoos en amantes.

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Un rato de estrella en el Parque Nacional del Teide, Tenerife || © orádea 2011

Así amanece y alguien se va. Después, con el sabor de su boca despintándose en tus labios, recompones las sensaciones de lo que ha sido y de lo que nunca llegará a ser. Tomas tu libreta preñada de sentimientos y tratas de explicarte con palabras lo que no sabes si ha entendido tu corazón. Así, la pluma entra en el juego.

A veces se viaja al lugar deseado, como a veces conoces a la persona que deseas. A veces viajas por casualidad como puedes conocer a alguien en el metro o en la calle. Otras eres arrastrado a alguna parte donde no esperas hallar nada ni a nadie. Es entonces cuando la vida te suele sorprender porque, efectivamente, no esperabas nada.

Hay lugares con los que sueñas toda la vida. Lugares exóticos quizá o lugares plenos de cultura y arte. A veces planeas minuciosamente el encuentro, paso a paso, como quien planea una cita a ciegas e intenta componer cada parte de la velada. Sin embargo, la realidad es que cuanto más minuciosamente preparas algo, más posibilidades hay de que no salga como lo habías planeado.

En mi profesión, la de fotógrafo, me gusta prepararlo todo y componerlo en mi mente. Un viaje, una sesión, una tarde en un desfiladero o una puesta de sol sonrojando las fachadas de una ciudad nueva. Así, llegado el momento, espero que la situación me sorprenda completamente.

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El lago Minnewater en Brujas, Bélgica || © orádea 2011

A veces lo hace y otras no. Las que no me sorprende, suelo quedar satisfecho. Las que me coge por sorpresa, viendo como acontece la situación, veloz y abruptamente, consigue sacar lo mejor de mí. Me hace inquietarme, correr de un lado para otro. Me obliga a enfocar con precisión, reunir la sabiduría exigua que con el tiempo he ido atesorando y así, componer en mi mente el mejor ángulo, los reflejos más enriquecedores e intentar disparar en el momento preciso.

Me toca nadar de una orilla, la que creía que era idónea, hasta el otro lado del río para que, a veces, sienta como los árboles, la corriente del agua o la puesta de sol se han burlado de mí. Entonces vuelvo presuroso a la orilla contraria. A veces el disparo es certero. A veces no. Fotografiar no siempre es tan fácil como parece. Sí es verdad que va involucrado con una especie de halo de bohemia, intriga y aventura. Ese halo no es casual.

Pero vivir de la fotografía, en algunos aspectos se hace duro. A menudo has de sopesar si ganar dinero e irte a trabajos comerciales o impulsar las alas de lo que llevas dentro. Avanzas cueste lo que cueste, valga lo que valga y siempre con la posible borrasca que en el incierto horizonte amenaza con que nada salga bien.

Viajar, como escribir y fotografiar, es siempre descubrir un lugar nuevo: es conocerse a uno mismo. En mi caso, son largas horas en silencio, conversando con la ciudad, inventando encuentros, aventuras, amores. Es emocionarte ante la mirada serena de la noche en lo alto de una montaña en el Pirineo.

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El Puente de las cadenas sobre el Danubio, Budapest, Hungría || © orádea 2011

Es sopesar el camino de las luces de las farolas. Es perderte bajo el firmamento para fotografiar un rato de estrella. Es pasar frío. Es pintar con pinceles extraños en mitad de la nada aunque esté nevando. Es perseverar y seguir adelante según tus convicciones.

Es tocar en todas las puertas aunque alguien te diga lo siento chaval, aquí no entras, este no es tu sitio, tu trabajo no encaja. Fotografiar es ir directo hacia la tormenta porque sabes en el corazón que ese es el camino y no otro.

Todo esto es para mí viajar, fotografiar y escribir. Conocer lugares nuevos, sentirme parte de ellos. Acariciar las copas de los árboles con la luz del sol o de la luna. Ajetrearme al compás de las flores cuando éstas son mecidas por el viento.

Transformar un río en una gasa suave y aterciopelada o en una vigorosa panoplia de colores. Es buscar un rostro reflejado en un escaparate en una ciudad cualquiera, conseguir que me mire y que piense: ¿este pobre tonto qué estará haciendo?

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Todos los lugares dejan huella en nosotros || © orádea 2011

Todo esto para mí es viajar, fotografiar y escribir. Es conocerme y conocer lo que me rodea. Y lo que es más difícil, intentar entenderlo. Es encontrar esa amante repentina que me coge de la mano, sometiéndome a un intenso placer o a un infinito dolor, y me arrastra hasta mitad de la noche para colocar el trípode y con calma, durante unos minutos, o unas horas, intentar fotografiar ése rato de estrella.

Así, con estos pequeños retratos de los lugares que se convierten en amantes casuales, que dejan una huella en mí, sea la que sea, espero conseguir hacer que os emocionéis tanto como me emocionaron a mí.
DAVID CANTILLO


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