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Mostrando entradas con la etiqueta Un rato de estrella [David Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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9 de junio de 2012

  • 9.6.12
Curioso cómo perece un viaje. La vida es frágil y ahora lo sé. Imaginaba el tiempo eterno. ¡Infeliz! Imaginaba ser de nuevo la semilla que, cada año, se extrae de lo más profundo de mí. De lo más profundo de ti. Así de repente se consume todo. No hay despedida aunque se despidan todos de mí. Se dice que ves la vida pasar ante tus ojos.

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Serie 'El viaje que acabó' || © orádea 2011

Lo vi llegar, pausado e inequívoco. Sentí el desazón en lo más profundo de mis raíces como tantas veces lo mostraron tus ojos. Lo vi acercarse entre los árboles, cadencioso y vívido. Hubiera querido huir pero, como si de repente una llama iluminara todo mi tiempo, entendí que ya no tenía sentido correr. Quizá sea un acto de cobardía. Quizá dignidad aunque, poca dignidad haya en morir. Al cabo sentí un breve arañazo en la piel. Un latigazo. Un ardor.

Recuerdo aquellos días en que me solías preguntar si escribiría sobre ti al morir. Me sentí un enterrador más que otra cosa. "Claro" -mentí en mi interior-. "Puede", te dije. No me fío de mis letras. De mis palabras sí, pero no de mis letras. Y sobretodo, no me fío de mis sentimientos. Ellos me improvisan. Yo dispongo.

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Serie 'El viaje que acabó' || © orádea 2011

Recuerdo que mientras permanecías en silencio pensé en lo bello que pueda haber en la muerte. Quizá lo bello del sentimiento que se queda. Quizá la angustia y el dolor que derramados en la pluma, también sea hermoso. Sentí el camino andado en tu espalda mientras convergías en ti. Al cabo, como tantos días me fui de allí corriendo, aunque sin saber adónde ir.

Cuando ya no pude aguantar más empecé a derrotarme. Podría haber salido de allí con mis pasos acostumbrados pero no lo hice. Vi alejarse a los cernícalos cuando sobre ellos se cernía todo. Vi huir a las alimañas y las huestes de hojas. Algunas escapaban de mí. Otras se perdían en el huracán que tantas veces consumió la vorágine de la espiral. Lentamente todo comenzó. Poco a poco todo empezó a terminar. Yo también.

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Serie 'El viaje que acabó' || © orádea 2011

Recuerdo ver tu amenaza sobre los cielos y sentir una breve despedida. Primero pensé en cómo sacarte de allí y no sé por qué me vino a la cabeza aquel fotógrafo. "Qué absurdo es entrometerse en la pelea entre dos osos". Sentí mi dolor desordenado pero aún así, en mitad de la clausura de tus ojos, reí para mis adentros.

Nunca me gustaron los entierros, por eso no los transito. Tampoco sentirás mi hombro bajo tu cuerpo muerto. Después, como tantas veces, acaté sereno. Aún así detuve mi tierra ante ti. Quise llover y convocar las sedas con que sofocarte. Pero no fui.

Sencillamente observé tu camino ya inexcusable y retraté tu huida como la esquela que me pediste. Aterricé bajo tu vuelo y depuse la tétrica humareda que acabaría por disipar nuestra vieja amistad.

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Serie 'El viaje que acabó' || © orádea 2011

Así te vi emerger en una columna voluminosa y tupida de muerte. Velaste al mismo sol que dispuso sus luces dorando el atardecer. Comenzaste a caminar sobre los campos a los que diste vida. Las aves te miraban pasar. El polen, el oxígeno, tus hojas. Todo se repartía.

Te posabas sobre el trigo aventado. Las amapolas parecían las mismas gotas de tu sangre. Todo se entristecía con tu luto. Los árboles te respiraban y temieron por su vida también. Como los grandes sepelios, duraste varios días antes que la lluvia, al fin, desvistiera tu muerte. Hubiera querido ser yo quien lloviera.

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Serie 'El viaje que acabó' || © orádea 2011

Al fin, no hubo más. Desapareciste. Donde estuviste tú con los años estarán otros. Tu pérdida es irreparable pero no fue ni será la última. Sobreviviremos a tus cenizas. Sobre las de mi corazón ribeteo tu imagen postrera.

Cincelo las palabras que me pediste como buenamente puedo. Tu ausencia me consume, pero apacigua el incendio el recuerdo de tu olor. La aspereza de tu corteza suaviza mis grietas. Tu savia apaga el fuego que no pudiste apagar. Y así, habiendo sido parte del mundo, árbol querido, consumido por las llamas, convertido en humo, volando y posándote sobre la Tierra, te has ido.

DAVID CANTILLO

26 de mayo de 2012

  • 26.5.12
Aquella muchacha me abrió su boca y echó a reír. Fue una extraña explosión horas antes de Navidad. El mar nos acompañaba al café mientras nuestros propios mundos aguardaban la huella del tiempo. Era una chica fácil y aquél, otro año que moría. Sin darme cuenta, como cada vez, volví a un mundo desconocido aunque no quisiera.

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Serie 'Primavera' || © orádea 2011

Quizá sea mi alma con alma de explorador. Quizá es el ansia de viajar lo que no me permite echar el ancla. A veces, sin embargo, arrío las velas y pinto un mar nuevo. En calma o no, eso no importa.

La tarde se esparcía suavemente, azulada y sedosa en el Mediterráneo. Yo miraba mis huellas oscuras sobre el paseo. En las suyas, aunque no lo distinguiera bien aún, adivinaba grises y claros, como una tarde que amenaza llover. Caminamos y la Navidad fue, de nuevo, como cada año.

Sin quererlo y sin saberlo, al cabo, encontré una imagen nueva entre mis pupilas. Por inercia buscamos la felicidad aunque viendo el oscuro acaecer de las huellas, no esperamos los colores. Al menos yo no.

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Serie 'Primavera' || © orádea 2011

Pero la magia de los viajes es no saber jamás que vas a encontrar después de las horas del café frente al mar. Sin embargo, adentrado ya en lo nuevo, me sentí como si hubiera estado justo al borde del camino durante mucho tiempo y preguntándome: "¿dónde está el camino?". Cuando me quise dar cuenta, iban creciendo amapolas que correteaban por los campos.

Andaba confiando en que la primavera llegara. No las tenía todas conmigo. Iba buscando entre los juncos como quien espera hallar un remolino de polen. Cuando me detuve a descansar, sentado al borde de la cama, con su sombra acariciando mi espalda, supe que nada llega como esperas. La primavera llegó meses antes.

Así todo comenzó a explotar con los rojos que se mecen al son del viento. Ese que genera tus pasos al andar. Así la habitación rosa se iluminó cada noche como un fanal tembloroso. La madera crecida en el suelo me invitaba a arder en su lugar. Las letras se apaciguaron pero resurgieron las estrellas. Y las ganas de estrellas. Las noches iban contando una por una.

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Serie 'Primavera' || © orádea 2011

La muchacha desapareció entre la gente en mitad de la noche. La busqué y encontré algo de la primavera que no sabía que esperaba. Calló la multitud como si nadie más pudiera reventar nuestras amapolas. Los días se descontaron uno a uno sin saber bien hacia dónde iban.

El paseo nos paseó de nuevo entre las leves dunas del Mediterráneo. Las aguas bajaban crecidas en aquel deshielo y la Naturaleza no paraba de moverse. Cuando me di cuenta, a la sombra de su cuerpo, recostado en los campos, me vi persiguiendo el leve titilar de las esporas en el trigo inquieto.

Sin saber bien qué significa todo esto, a veces vuelvo a esa playa. El día se desvanece con colores similares. Siempre me recuerda a aquellas horas tan antes de Navidad. El puerto recorta sus grandes grúas sobre el cielo. Hoy podría ser diciembre y nadie lo sabría.

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Serie 'Primavera' || © orádea 2011

No hay nada más excitante que viajar sin saber dónde vas. Dónde te llevarán las aguas de la marea. Todos nuestros pasos tienen pies viejos. Nosotros. Sin embargo nunca sabes qué tormenta hay detrás del cielo aunque estés mirando el celaje oscuro. Nunca sabes, de pie en un campo lleno de amapolas, aunque las estés viendo, qué amapola encontrarás, ni qué imagen aguarda al pie de su primavera.

DAVID CANTILLO

5 de mayo de 2012

  • 5.5.12
Septiembre desvelaba una tarde con suaves gasas de viento. Las copas de los árboles tiritaban sobre las baldosas grises de la Plaza Mayor. Una voz esquivó la brisa: "Felicidades, Don Antonio, por su nuevo cargo, partirá pronto, supongo". Imagino que fue aquella ciudad y no otra, lo que me hizo reparar en aquel nombre.

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Reflejo del acueducto || © orádea 2011

Todo se paralizó delante de mi. Aquella primera vez que lo vi me dio un vuelco el corazón; esta segunda, rememorando sus versos mecánicamente, miré sus huellas e idealicé como a fuego, que jamás volvería a pisar ahí.

Al cabo, como haciendo poesía, me vi siguiendo sus pasos por los pináculos arrojados en el suelo. Entre la sombra de la catedral veo su figura cómo se diluye, paso a paso, apoyando su cuerpo viejo sobre el bastón en su camino hacia la humilde posada que habitó durante 13 años.

Alzo la vista y me pregunto cuántas veces se habrán mirado las caras las trazas góticas de la catedral y Don Antonio. ¿Quién habrá sentido más admiración? Supongo que el vate. "Soy un hombre extraordinariamente sensible al lugar en que vivo", confesará apenas un año antes de su muerte.

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Catedral || © orádea 2011

Antes de desvanecerse la tarde, las luces efímeras y pretenciosas iluminan el cielo y los muros, los contrafuertes, los arbotantes… la sombras se diluyen pero no queda rastro de él. Aquella fue la última vez que le vi.

¡Cómo pasa el tiempo! 13 años ya que llegué y ahora, como una brisa ligera, parto de nuevo. El otoño me acogió y el otoño me despide. El tiempo se detiene cuando cambias su acostumbrado devenir. Esta habitación sigue igual. Dejo el libro sobre la mesa camilla y el bastón y la bufanda en la silla. Antes de sentarme, como una pulsión inevitable, abro el cuaderno y aunque aún no sé qué voy a escribir apunto mecánicamente "Octubre de 1932" –cómo pasa el tiempo, suspira-. Vuelvo a Madrid. Ya queda poco. Yo aún no lo sé, pero el final está muy cerca.

Observo por última vez la plaza. Los días se agotan también para mí, así que emprendo el camino hacia mi pensión, justo en el lado opuesto de la ciudad. Condicionado ahora, ¿cómo no todo me va a recordar a él, inevitablemente, recorriendo las calles de arriba abajo, paseando, entre la gente cotidiana como a él le gustaba?

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Iglesia de San Martín || © orádea 2011

La calle Isabel la Católica en breves pasos me encauza en la de Juan Bravo. Son calles estrechas y acogedoras. La gente sube y baja recorriendo las tiendas de souvenirs aún por cerrar. Las luces anaranjadas dan un halo misterioso a la ciudad.

Ayer hacía el camino opuesto. La luz va desprendiendo sus sombras y las sombras van jugando con la luz. Me gusta observar las dos. Inevitablemente las necesito. La poesía, también. La luz impregna todo. Las sombras hacen vívido el paisaje.

El sol del medio día parece levantar la iglesia de San Martín y sustentar su galería porticada. Sus columnas y sus capiteles románicos albergan la sombra sabia y profunda de los siglos. Veo un hombre con sombrero de perfil singular y me escondo en la calle de la Puerta de la Luna curioso nombre para capturar luces de mediodía-.

Mi disparo es certero. Me reintegro al denso caudal de gente. Un hombre absorto entorpece a los viandantes y me apropio los versos del poeta. Al fin y al cabo, eso es lo que hacemos de la poesía. Aunque no sea real. Aunque no sea verdad:

Hay un trágico viajero, 
que debe ver cosas raras, 
y habla solo y, cuando mira, 
nos borra con la mirada.

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El acueducto || © orádea 2011

Poco a poco, parece desfigurarse el gentío y guarecerse en las tabernas. Algún estudiante sale de la Casa de los Picos, convertida hoy en escuela, presuroso por llegar donde tenga que llegar. Aunque su fachada tiene motivos defensivos más que estéticos, parece el perfecto acierto para una Escuela Superior de Arte. El último quiebro desvela el estandarte de la ciudad. Enigmático. Esbelto. Grandioso y ancestral. Dos mil años sustentan por igual las piedras y la mirada atónita de todos y cada uno de los viandantes.

Queda una cierta lástima en mí por dejar esta pequeña habitación. El coche me espera. Mi equipaje, siempre escueto, son apenas mis libros y lo que han atesorado mis ojos. Veo por última vez estas calles llenas de cultura. En ella dejo algo de mí, y de ella algo me llevo. Segovia ha sido parte de mi paisaje. ‘Mi corazón, enfrente del paisaje, produce el sentimiento’. Mecánicamente, imploro. Deténgase, por favor, querría despedirme. Por supuesto, Don Antonio. 

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El acueducto || © orádea 2011

A los pies de la obra civil más grande que los romanos construyeron en España, como un telón que deja entrever la ciudad, el acueducto se levanta magnífico. Es como la gente misma, unida, piedra a piedra, sin argamasa, en equilibrio inverosímil y rígido hasta aguantar cientos… miles de años… La misma suerte espero a la República.

Recorro con la mirada –atónita, por supuesto- los arcos, las piedras y los dos mil años de historia. Imagino acertar el punto exacto donde sus ojos se posaron para ahora, en el eco, 70 años después, coincidir con su mirada. Nuevos escaparates renuevan el mismo reflejo una y otra vez.

En un atisbo de euforia y ego, por tratar de dejar en paz mi alma inquieta, como una luz de ánimo que se colara por los ojos del acueducto recuerdo sus palabras y trato de hallarme en ellas. "Amo mucho más –leí una vez- la edad que se avecina y los poetas que han de surgir". Siento calma y, a la vez, vergüenza de mi pensamiento. Ayer, paseando bajo la sombra del acueducto, un hombre con sombrero, bastón y un libro bajo el brazo parecía burlarse de mí.

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El acueducto || © orádea 2011

En el retrovisor veo alejarse Segovia y el telón de piedra que la vela y desvela a la vez. Piedra sobre piedra. Mi mente salta, corre bajo los arcos, cruza la ciudad y en la Plaza Mayor, esquivando las sombras de los pináculos extendidos en el suelo, llego hasta su broncínea figura, lo miro quieto y con los ojos le suplico el libro bajo el brazo.

Tiempo después, nuestros caminos se volvieron a entrelazar muy de soslayo. Ya de vuelta a mi Valencia natal encontré su refugio en Villa Amparo. Él ya había partido. Quedó su verso:

Valencia de finas torres
y suaves noches, Valencia, 
¿estaré contigo,
cuando mirarte no pueda, 
donde crece la arena del campo 
y se aleja la mar de violeta?

Lo imagino llegar aquel noviembre el clima aquí es muy húmedo- con su bufanda coleteando alrededor del cuello, colgado de una pequeña brisa proveniente del mar. Colándose a través de la puerta, por los jardines, entre naranjos, Villa Amparo escuchó la voz de algún vecino que anunciaba la llegada de su nuevo huésped. "Valga Dios, es Antonio Machado".

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Escultura de Antonio Machado en la Plaza Mayor de Segovia || © orádea 2011

Segovia me regaló unos días en septiembre. La magnífica imagen del acueducto, la silueta levantada del Alcázar, la sombra de la catedral a los pies de la plaza... Pero lo que tensa mi alma es el gesto de aquella estatua de bronce que mi mente inventó cuando Don Antonio extendió su mano y me cedió aquel libro. Campos de Castilla, decía.

Postdata: Más fotos de Segovia en esta web.
DAVID CANTILLO

20 de abril de 2012

  • 20.4.12
Aquella muchacha entró en la Oficina de Correos con una pequeña cajita en las manos. "Quiero enviar mis sueños", dijo. El hombre del mostrador pareció no entender la petición de aquella desconocida. "Quiero enviar mis sueños", repitió entonces. "Disculpe, pero nunca nos habían pedido algo así". A lo que respondió: "Bueno, siempre ha de haber una primera vez".

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Serie 'El viaje de sus sueños' || © orádea 2012

El hombre del mostrador miró lentamente a la muchacha. En sus ojos brillaba una luz candente que bien hubiera podido prender la oficina entera. La chica ofreció su cajita de sueños instando al hombre a que se pusiera manos a la obra con tamaña empresa.

La cajita era muy pequeña y venía sin envolver. El hombre no las tenía todas consigo. "¿Y por qué quieres enviar tus sueños, si puede saberse?". "Porque quiero saber que pueden llegar donde se lo propongan. Quiero que mis sueños viajen".

El hombre del mostrador, aunque era un hombre sin fe, era curioso: "Y, dime, ¿podría conocerlos?". Puesto que la muchacha había venido a enviar sus sueños, estaba bien dispuesta a compartirlos también. Así, abrió la caja y mostró su interior con una mezcla de orgullo y vergüenza. Al fin y al cabo, allí estaba lo más íntimo que puede atesorar una persona.

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Serie 'El viaje de sus sueños' || © orádea 2012

El hombre del mostrador se despegó de su silla para tratar de atisbar aquella extraña mercancía. No vio nada. La muchacha que enseñaba sus sueños comenzó a sacarlos uno por uno. "Mis sueños son la música que tañe el viento contra las hojas de los árboles. Mis sueños son las flores erguidas que unas con otras hacen a los arriates sentirse vivos".

"Son las plantas en los jardines y su fragancia galopando en el aire. Es el rumor que dejan los ríos al caminar la Tierra. Escucha, escucha...". El hombre del mostrador no oyó nada. "Mis sueños son las letras que escriben cuentos que hacen palpitar los corazones. Tome, ¡lea, lea…!".

El hombre, atónito, seguía sin ver nada. "Mis sueños desean alimentar y enriquecer las almas que necesiten ser alimentadas y enriquecidas. Mis sueños caminan por cualquier ciudad, pueblo o aldea de cualquier país del mundo. Mis sueños, aunque no entiendo bien por qué, palpitan y hacen latir mi corazón".

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Serie 'El viaje de sus sueños' || © orádea 2012

La muchacha, con vehemencia, se puso de puntillas ofreciendo su pecho bajo la blusa: "Sienta, ¡sienta cómo late! Mis sueños me abaten, me elevan, me dan fuerza y me hacen correr. Pero mis sueños se derraman y lloran y sufren. No quiero que mis sueños sufran más. Por eso querría enviarlos. Para que puedan llegar donde quieren llegar".

Aquella sinceridad hirió al hombre del mostrador -ya no tan desconocido, huelga decir- y pensó que aunque no entendiera bien ni supiera cómo, trataría de hacer lo posible por enviar los sueños de la muchacha que vino a enviar sus sueños. "Quizá, pensó, con fingir que los envío, se sentirá feliz".

"¿En qué tipo de paquete quieres enviarlos?". "No sé... ¿qué tipos hay?". "Realmente, tenemos paquetes para todo tipo de envíos", rezó mecánicamente. "Perfecto entonces: seguro que tienes un paquete apropiado para mis sueños". Ante la aplastante lógica, el hombre del mostrador de la oficina de Correos permaneció dubitativo. "Lo que me interesa es que llegue muy rápido", argumentó ella. "¡Al mundo le urgen los sueños!".

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Serie 'El viaje de sus sueños' || © orádea 2012

"Entonces, el servicio urgente es el apropiado", adujo él. "¿Y adónde quieres enviarlos?". "Mándalos sin más", respondió. El hombre del mostrador casi conocido y con algo de esperanza, sumergido en una vorágine de la cual ya no podía salir -aunque no lo supiese-, replicó: "Eso no puede ser. Hay que especificar algún destino, si no, no llegará a ninguna parte".

La muchacha se detuvo. Realmente no se había planteado aquel capital inconveniente. "¡A todos!", resolvió entonces con aplomo. "¡A todo el mundo, a cualquier rincón, sin excepción!". "Pero eso son muchos lugares", dijo él. "No", corrigió la muchacha no sin razón. "¡Son todos!".

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Serie 'El viaje de sus sueños' || © orádea 2012

El hombre del mostrador, conocido ya y contagiado por los sueños de la muchacha, aún no entendía cómo un paquete tan pequeño iba a llegar a todos los lugares del mundo. Sin embargo, escribió él mismo el destino: "A todos los lugares del Mundo".

"¿Y qué remitente ponemos?". La chica dudó. "Escribe 'Soy un paquete cargado de sueños'". "¿Y qué franqueo?". "¡Poco importa: va destinado a todos los lugares! Ningún franqueo alcanzaría a tantos sitios. Además, nadie se atreverá a detener un envío tan especial, ¿no crees?".

"Tú lo dejarás en la caja y tu compañero lo cogerá y, aunque no haya franqueo, sabrá que es un paquete importante. Seguro que sigue con el proceso y lo deja en la bandeja de 'Todos los destinos'. Así llegará al repartidor. Él hará lo mismo. Alguien lo recibirá y, contagiado, iniciará el proceso de nuevo. Así sucesivamente".

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Serie 'El viaje de sus sueños' || © orádea 2012

La muchacha que vino a enviar sus sueños, segura de ellos, salió de la oficina repitiendo: "Así sucesivamente, así sucesivamente...". El hombre del mostrador, contagiado por los sueños de la muchacha que vino a enviar sus sueños, los envió al fin.

DAVID CANTILLO

7 de abril de 2012

  • 7.4.12
Al cabo de dos horas, decían, ya había hecho la digestión. Ya podías bañarte. Ya podías correr, jugar al fútbol, coger la bicicleta. Todo volvía a tener sentido a las cinco de la tarde cuando, como un explorador, salía a descubrir los alrededores que merodeaban mi mundo.

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Serie 'El primer viaje' || © orádea 2012

Era una bicicleta de esas todoterreno que fueron sepultadas por las mountain bike. Una de aquellas BMX Torrot. Cubiertas y mangos en rojo. Volaba sobre aquella bicicleta. Hacía piruetas. Me subía en marcha en el manillar. Sin manos. Sin miedo.

Cuando no tenía frenos dejaba mis suelas en el asfalto. Otras metía el pie contra la rueda para detenerme. A veces clavaba la rueda delantera hasta casi ponerme en vertical. Y por supuesto, en más de una ocasión acababa con la cara en tierra.

Recuerdo que buscaba caminos. Al principio era únicamente la urbanización. "No salgas de ahí". Luego, la de al lado. Poco a poco iba tejiendo las calles y con la orientación en ciernes, intuía los lugares a los que me llevaría la calle. Aquellos días aprendí a no temer a los caminos. Supe perderme y encontrarme. Hallé el anhelo de viajar.

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Serie 'El primer viaje' || © orádea 2012

Ese tierno recuerdo me asaltó de madrugada mientras conducía. Hay algo enigmático en la noche que avanza bajo las ruedas del coche. Los kilómetros se van consumiendo a lo largo de una sierpe que parece no tener fin. Como un extraño hálito de libertad, las curvas se retuercen hasta desembocar en alguna recta. Más allá, casi seguro, en algún momento, llegará otra curva.

Hoy viajar es mucho más triste. Hoy veo carteles dolidos, bares heridos de muerte - cuando no muertos. Neones desvencijados. Señales de velocidad que se aburren. Las carreteras parece que dejaron de tener sentido porque hicieron autovías, grandes, veloces. Salvajes.

Solo anhelamos llegar. Poco nos importa conocer lo que nos lleva ni encontrar los caminos. Por supuesto no nos importa el camino. Parece que no tengamos tiempo para saborear. Solo engullir. Mientras más, mejor. Preferimos quedar empachados antes que saborear la cena. Todo es cuestión de cantidad.

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Serie 'El primer viaje' || © orádea 2012

Aprendemos más idiomas pero no nos preocupamos en conocer las hojas de nuestro diccionario. Hemos extraviado el significado de nuestras palabras porque hemos decidido cambiar nuestros maestros. El día que creímos que el bienestar se puede comprar, decidimos confundir disfrutar con amortizar. Decidimos confundir tiempo con tiempo perdido.

No sé bien para qué están los caminos. Quizá para encontrarlos algún día, al quebrar algún recodo. Quizá para atravesarlos y adentrarse en alguna aventura. Puede que para ver cómo va cambiando el camino. Quizá solo para llegar a otro lugar.

Pero me sigue gustando buscar caminos perdidos y encontrarme a veces. Caminos largos y aterciopelados o trochas de paso cadencioso, lento y empedrado. Me gusta embarcarme en las carreteras que me permiten parar. Así me detengo para ver, descansar, pensar o dormir.

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Serie 'El primer viaje' || © orádea 2012

Los faros de mi coche lloran cada vez que tienen que ir por una autopista. Intento no cambiar una treintena de curvas por un peaje. No vendo una de mis curvas por comprar la recta de otro.

Hoy vivo en los mismos lugares que mi bicicleta me enseñó. Los transito casi a diario pero no siento de ellos que un día fueron el mundo entero por descubrir. Sigo buscando caminos donde ir pedaleando y llegar a algún lugar. Quizá a mí mismo. Pero hoy los caminos no son tuyos.

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Serie 'El primer viaje' || © orádea 2012

Quizá debiéramos entender que cada uno escogerá una dirección. Me gusta pensar que será la mejor. Espero que no encuentres socavones que interrumpan tu senda. Espero que sea el mejor camino que puedas transitar. Espero estar cerca, pero si no, espero encontrarte en algún cruce. Aunque solo sea por un instante. Aunque sea para caminar juntos de nuevo.

Jamás te pediré explicaciones de dónde has estado ni con quién has ido, porque no te exigiré. Te pediré siempre sabiendo que pudiera ser que lo que te pida, no me lo des. Y no me ofenderé porque no lo hagas. Todos tenemos momentos y razones. Todos nos cansamos y flaqueamos. Todos tenemos un solo camino que seguir. Cuando te vuelva a ver me alegraré por ello. Y espero estar ahí dispuesto a seguir un mismo camino.

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Serie 'El primer viaje' || © orádea 2012

Sólo espero que entiendas, que todas las sendas que yo transite, pudiera ser que las transites tú alguna vez. Sólo espero que entiendas que un día, cada uno de nosotros, montaba una bicicleta diferente, porque cada uno espera encontrar su propio camino. Espero poder verte disfrutar del tuyo.

DAVID CANTILLO

17 de marzo de 2012

  • 17.3.12
La humedad aquí cala los huesos. La noche se esparce entre las luces de la calle y el olor a pólvora. El río ausente deja como un eco extraño. Su lecho hoy está plagado de parques, árboles y algún sábado de mi niñez jugando a la pelota. ¿Qué será de esta ciudad en el futuro? Prendo un cigarro y, jugando por el cielo oscuro, voy encendiendo estrellas con la anaranjada pavesa de un pensamiento.

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Falla de Campanar 2008 || © orádea 2012

Es casi media noche y la gente merodea las calles. Son las fiestas patronales y se nota. El olor a aceite de los puestos de buñuelos, caramelos y algodón dulce parece disiparse hasta mañana. Las calles se están barriendo y preparando para el día siguiente.

El aroma a primavera sube desde el mercado de las flores. Hace 26 años elevaron la plaza y construyeron el pequeño mercado en una glorieta subterránea. Las floristas dicen que ahora venden menos. Dentro de unos años la volverán a reformar.

Cuando yo sea joven me lo pasaré en grande escuchando a mi abuela contándome las razones obvias de por qué le pusieron de sobrenombre "La escupidera". Y, por entonces, los puestos de flores rodearán el espacio central de la Plaza del Ayuntamiento cuyo uso será colocar un gran árbol por Navidades y, en Fallas, disparar la Mascletá.

Las líneas del tranvía parecen conducirme a la esquina de la calle San Vicente. Voy caminando lentamente. La verdad, no tengo prisa. Hace apenas una hora, la última comisión recorría la calle buscando a la Virgen para ofrecerle su más sentido ramillete de flores.

Con sus mejores galas, hombres y mujeres llevan sus presentes. Con los años, estas fiestas se convertirán en un gran fenómeno turístico. Vendrá no solo gente de España, sino de cualquier parte del mundo.

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Mascletá || © orádea 2012

Sin embargo, casi pudiendo escuchar el eco de los tacones de las falleras paseando, entiendo que, con el tiempo, vendrá tanta gente que unas fiestas que son de todo el mundo pasarán a convertirse en unas fiestas que no pertenecerán a nadie.

La gente vitoreaba hace unas horas a la fallera mayor de la ciudad. De belleza innegable, como siempre debiera ser. Sin embargo, el día que dejaré de creer en estas fiestas será cuando ser fallera mayor de Valencia sea el honor encubierto de tener influencia en un mundo donde la influencia será un honroso poder de podredumbre.

Mi abuela pudo disfrutar de un mundo lógico y cabal. Sin embargo, mi heredad será un mundo que desvirtuará todo con el único estandarte de encontrar otra lógica. El día que comer o beber agua sea un lujo; el día que un profesor no merezca el respeto de los niños; el día que la gente confunda saber leer con merecer respeto; el día que alguien crea que hacer algo mal es más rentable que hacerlo bien... Ese día, todo será descorazonador. Mucho. Cuántas veces escucharé a mi abuela decir con amarga apatía: "las cosas ya no son como antes".

Los bares desperdigados por la Plaza del Mercado parecen no querer cerrar. La gente canta y brinda. Los vecinos aún no han recogido las sillas de los portales y apuran así las horas en el reloj.

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Traje de fallera || © orádea 2012

Las falleras vuelven de la ofrenda vestidas y espléndidas. El Mercado Central alberga por igual columnas de hierro en su estructura como hombres ebrios en la escalinata principal. Cantan y vociferan con sus sombras recostadas por los peldaños de la cumbre de la arquitectura modernista industrial valenciana. Firmes estructuras de hierro que cobijarán vida tan cotidiana como traer y vender hortalizas de la huerta.

Cuando mi abuela, con voz amarga, me diga que "ya no queda huerta", lo recordaré. Quizá sea un pensamiento tonto, pero en seguida me daré cuenta de que en el mundo que me tocará vivir, proliferarán eslóganes elogiando cualidades en sitios que carecerán de dichas cualidades. Llegará un día en el que Valencia se sentirá orgullosa de su huerta y ese será el día en que ya no quede.

Hoy todo parece estar cerca. Las ciudades son tan grandes como tan pequeñas. Mi abuela venía los domingos desde las pedanías de la huerta norte para comprar en el mercado con el tranvía 6. Ruzafa-Sagunto. En poco más de una década desaparecerá esa línea para siempre. Los autobuses, transportando el progreso, lo remplazarán para siempre. Después echaremos de menos el tranvía. Ya veréis.

A espaldas de la Lonja se escucha alguna verbena. Se atisba el griterío en el interior del barrio del Carmen. Falleros y viandantes. Pero a la Lonja de la Seda parece no importarle. Quizá esquive los gritos llevándolos a lo largo de sus columnas helicoidales hasta lo más alto de sus bóvedas de crucería.

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Ninot de Falla || © orádea 2012

Es curioso cómo la piedra puede sustentar un espacio tan inmenso y diáfano. Quizá el mundanal ruido quede diseminado para siempre en la piedra gótica, entre las gárgolas y los diablos de las fachadas. Hoy mejor que ningún otro día se burlan de cualquier hombre y mujer y sus pecados. Hoy es una noche de pecados.

Mientras voy cruzando la noche y el barrio del Carmen, el calendario marca para siempre, y por 24 horas más, el día de San José. Las calles son estrechas. Los ensanches invaden ya las grandes ciudades y apenas quedan callejuelas para mostrar que un día fueron pequeñas ciudades que, anteriormente, fueron pequeños pueblos.

Poco a poco, los derribos van invadiéndolo todo. Efímeros vestigios quedan de los lienzos de las murallas cristianas. Las dos puertas, las Torres de Serrano y las de Quart. De la muralla musulmana, apenas la torre del Ángel.

Pronto, las casas para vivir se convertirán en espacios de terreno con un valor catastral. La gente con dinero comprará esos terrenos para inventar casas donde quepan más casas. Pronto, la gente verá la prosperidad en las ciudades. Mis padres lo verán también y yo naceré en una ciudad próspera.

Las ciudades se convertirán en lugares donde vivir será más fácil y, con el tiempo, las ciudades se llenarán tanto que vivir será más difícil. Habrá nuevos ricos que darán paso a nuevos y más pobres. Aquellos cultivarán sus frutos sobre la pobreza de estos.

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Ninot de Falla || © orádea 2012

Con el tiempo tendremos más vecinos pero no conoceremos a ninguno. Pronto caminaremos entre más gente por la calle y no saludaremos a nadie. Pronto estaremos más solos. Bueno, lo malo es que ese pronto ya ha llegado. ¿Cómo puede un corazón dejar de ser latido, moverse a otro lado y que unos pocos hagan callar el eco del torrente de su sangre?

El corazón de la ciudad un día fue este barrio del Carmen. En mi época será un barrio maltrecho y descuidado con contrastadas diferencias. A igual número se conjugarán pobres y ricos, artistas y gente sin futuro.

De igual manera, y puesto que las ciudades son el reflejo de sus gentes, habrá casas que se caerán y casas que se remocen. Habrá gente que querrá futuro y gente que quiera guardar un pasado. Y de igual manera que una ciudad es lo que son sus gentes, estos hacen con sus allegados lo que con sus lugares.

Somos un círculo vicioso. Pero muy viciado. Yo seré partícipe de una ciudad disoluta, en una época, y posteriormente de una ciudad con ansias de arte. Durante años recorreré la calle Quart y la calle Caballeros con distintas edades. Unas veces con ganas de autodesctrucción. Otras, con ganas de crear.

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Ofrenda de flores || © orádea 2012

Nada hay que tenga que estar siempre al igual que no hay nada nuevo que no deba tener la oportunidad de llegar. Sin embargo, el día que al fin veré cómo en busca de la modernidad, de la fama y del dinero para unos pocos se haga venir un evento deportivo como la Fórmula 1 a mi ciudad, y creedme que llegará, mientras el barrio antiguo se cae a pedazos como un leproso pierde su piel, dejaré de creer que lo que es, es lo que tiene que ser.

Ese día, probablemente, deje de creer en mi ciudad. Recuerdo cómo una mujer por estas calles increpaba al Gobierno que, en un presente, nos dará adelantos a costa de endeudar nuestro futuro. Recuerdo que pensé que no es que sean más, sino que nos hacen creer que importamos menos.

Las calles me llevan al corazón del barrio. Este año es el primero que la comisión de Na Jordana obtiene el máximo galardón de la sección especial para su monumento. Es ahí donde me dirijo. La noche, la algarabía y el viejo barrio me conducen allí.

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Ofrenda de flores || © orádea 2012

La calle Alta es el último tramo. Esta falla perdurará durante años en sección especial y este mismo recorrido lo haré decenas de veces. De igual manera lo han hecho mis abuelos y lo harán mis padres. La multitud que camina parece delinear como la mano de un arquitecto, los mapas de las calles.

Finalmente, tras el quiebro al final de la calle, la plaza de Na Jordana presenta su monumento. Un tumulto de monigotes emerge a golpes de un pequeño zócalo de madera y cartón de planta cuadrada. Sobre su tejado, una docena de ninots aguanta en volandas un escudo que preside un simio gigantesco con gorra, alzacuellos y gorra que se mira en un espejo.

La alegría de la gente del barrio es notable. Los estandartes muestran los reconocimientos al monumento y al esfuerzo de todo un año de trabajo. Las falleras aún bailan y la noche parece joven.

Unos mozos preparan las tracas para mañana en el tendido que zigzaguea de balcón a balcón. Las casas se visten con guirnaldas, pañoletas y banderolas. Aún tienen años de ver cada nuevo monumento, pero para dentro de 26 años, uno después que yo nazca, se lo llevarán a un nuevo emplazamiento pues este se quedará pequeño.

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Ofrenda de flores || © orádea 2012

Yo, como una vieja tradición, prosigo hacia donde en un futuro lo pondrán. Siempre he visto esa falla ahí, así pues, poco sentido tendría que ahora no fuera. Entre uno y otro emplazamiento, apenas dista 120 metros y un cuarto de siglo.

Mis pasos me sacan del barrio y me acercan al río Turia. Cruzo un pequeño jardín que me lleva hasta el poyo que finge encauzar el río. Los pasos en fiestas siempre son cansados, así que me siento a observar el Turia con las leves luces de la ciudad. El caudal es generoso y ruge con fuerza.

Todo en esta vida acaba convirtiéndose en un pulso. A veces, el mero pulso para sobrevivir. La naturaleza nos lo echa. De hecho, a finales del año que viene, una bajada de aguas desbordará el Turia y parte de Valencia quedará anegada.

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Castillo de fuegos artificiales || © orádea 2012

Mi abuela me contará cómo se resguardó aquél 14 de octubre y quedó a salvo. Otros no podrán. Guardará periódicos porque, por desgracia, será un día nefasto para la ciudad. De vez en cuando, revisando papeles encuentro aquella portada en un papel de más de 50 años: una calle inundada con el techo de dos coches emergidos y las letras de Levante en amarillo. Mi abuelo, como mucha gente, echará alguna fotografía. Mi abuela me contaba que esa cámara la compró con el dinero que ahorró por dejar de fumar durante un año.

El cigarro terminaba de consumirse en mis dedos, cuando el infernal ruido de una moto me llevaba de nuevo a lo mundano. La orilla del río me devolverá hasta mi casa. Hoy su lecho es un parque con jardines, columpios y lugares donde jugar a la pelota o ir en bicicleta.

Tras aquella riada de 1957 desviaron su cauce. El cigarro se terminó de consumir. Un reloj digital sobre un puestecito de buñuelos me abofetea con el presente: 00:24 del 19 de marzo del año 2012. Todo en mi cabeza se disipa. Me pongo los cascos y echo a andar con algún verso caminando en los labios: que no interrumpa lo cotidiano mis pensamientos...

DAVID CANTILLO

24 de febrero de 2012

  • 24.2.12
Un tobogán de barro saldó mi deuda con el peligro. En el ardid de una escapatoria, huí del poblado caníbal. Las trochas guarnecidas de hojas de cocotero me alejaban y ocultaban entre la densa humedad de la isla. Al fin descubrí la cueva que perforaba aquella historia y desvelaba el bajel oculto en la cueva. La luz del sol ondulaba en la sal del agua. El barco se balanceaba sigilosamente en la guarida pirata.

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Serie 'La poesía escondida' || © orádea 2012

Creo que aquel fue mi primer viaje. Aquella fue una tenue fantasía sacada de alguna película de espadachines y la legendaria Isla del Mono. En una suerte de mezcolanza, mi literatura párvula se desperezaba en una mente adolescente. Cuando me quise dar cuenta, por mi libro de literatura, años más tarde, paseaban poetas conjugando versos con la maestría de quien está en un libro de literatura.

Nunca entendí qué pasaba por aquí arriba. No sé ni por qué ni por qué no. Con el tiempo, echando la mirada atrás, observo cosas que me hacen entender que soy lo que soy porque he sido lo que he sido. Solo eso. Aunque no es poco.

Sentado en un pupitre, con todos los caminos ante mí, recuerdo a aquella profesora que me abrió la puerta y me dijo corre: ¡corre! Yo la miré. Entendí que aquella mujer, sabia en literatura y que premiaba con halagos los incipientes trazos de mi bolígrafo, no debía estar equivocada. Apenas me despedí de ella y empecé a correr como un loco sin saber adonde iba. Tampoco el porqué.

Quizá fuera aquel barco pirata, un simple barquito de papel o el cascarón de una nuez. Pero un día naufragó. La tormenta vino como vienen todas las cosas de esta vida: sin tiempo a virar ni a entender el porqué. El barquito volteó algún sueño y la infancia. Y a mí también.

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Serie 'La poesía escondida' || © orádea 2012

De golpe tuve que ser mayor. Caí al fondo de una piscina sin agua. Aún me quedan marcas de aquellas baldosas clavadas en el corazón. Heridas que fraguaron lo que supongo, hoy soy al escribir. Y allí, tratando de hacer pie en una piscina vacía, encontré un folio en blanco como mi único tablón al que asirme.

Él permanecía a flote y yo me aferraba con fuerza. Pero como buena tabla en mitad de cualquier océano, te mantiene fuera del agua la cabeza y los brazos. El resto del cuerpo, las fuerzas y el cansancio permanecen sumergidas. Ahí entendí que escribir no tenía por qué salvarme la vida. Solo hacerme flotar.

Nunca aprendí bien a viajar por un libro. Mis padres emprendían vuelos cada noche. Mi hermana se fugaba por Fantasía en un libro de cubiertas naranjas. Lo recuerdo. Yo, por el contrario, navegaba en la suerte de las canciones. Ellas me dieron varias lenguas.

Serie 'La poesía escondida' || © orádea 2012Seguí corriendo y corriendo. Corrí por las noches silenciosas. Ellas me alentaban a reflexionar y a pensar. Por eso quizá jamás quise dormir. Intento arrebatarle horas a la noche y muchas veces, el sol me encuentra peleando contra un folio donde he ribeteado alguna herida.

La niebla cubría el campo desde la ventana y la voz triste y quebrada de un campanario atrajo mi atención. La noche moría y el sol calentaba los campos. Las hojas de alfalfa se sacudían el rocío a la espera de la mañana. Y yo, como un joven, escuchaba una y otra vez esas palabras que daban vida, literalmente, a las flores, los árboles, el mar…

Me adentré en los bosques. Perseguía a todas las plantas que andaban de un lado a otro y aquella vieja encina que huía del hacha que el amo blande ligero.

Así encontré también las luces de la ciudad perdida entre la niebla. El puerto quedaba tejido por el vuelo de alguna gaviota. El gusto salado de las rocas siempre, siempre, me hará pensar en aquella mujer, tan niña como yo y que iba descubriendo en las tardes de domingo frente al mar. Quizá frente al Mediterráneo entendí que sobre aquél espigón podrá permanecer siempre nuestra timidez, igual que su niñez seguirá jugando en su playa.

Un día, el folio pareció callar para siempre. Jamás antes había sucedido. De nuevo quedaba en mitad de la piscina pero aquella vez, como pude, tuve que ir hasta el bordillo para sujetarme. Ojalá hubiera podido alcanzar las escaleras y salir de allí.

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Serie 'La poesía escondida' || © orádea 2012

Sin fuerzas, me dediqué a observar a mi alrededor. Vi cosas en las que antes no había reparado. Vi la sombra de las paredes. Vi las baldosas heridas que me habían herido el corazón. Vi las escaleras del otro lado de mi naufragio. Vi gente a mi alrededor. Unos dentro y otros fuera.

Me encontró una muchacha que me tendió la mano y trató de sacarme de allí. Ella hacía fuerza y yo también. No habría habido manera así que fingí ahogarme y despreciarla por no sacarme de allí. Al fin me acostumbré a permanecer en aquél lugar.

Poco a poco fui perdiendo el miedo a andar sobre el agua cuando entendí que no había agua. Achiqué miedos. Limpié y pinté las paredes y, con el tiempo, supe que no había casi nada que escribir. Al cabo alcancé las escaleras, salí y, al girarme, vi aquella piscina impoluta. Ese día el folio pareció querer hablar de nuevo.

Serie 'La poesía escondida' || © orádea 2012Si hay algo que te enseña el tiempo es cómo pasa el tiempo. Ves partir a los mayores. Ves a los adultos convertirse en mayores. Ves a los niños convertirse en adultos. El tiempo, dicen, solo pasa en quien no te ve. Pero también en quien no te mira.

Con los años, he visto envejecer a mis padres y me he visto crecer a mí. Siempre he tratado de estar atento y, por un instante, me parece que sigo sin saber, como cuando atravesé disparado aquella puerta, que aún no sé donde voy.

Sin embargo, sigo reconociendo en mi letra a aquellas hojas que se desprenden del rocío, en el alba de la canción. Sigo hallando los árboles vivos caminando por el tiempo.

Sigo entendiendo que el tiempo dejará mi niñez en alguna parte. Y lo entiendo cuando releo las letras que escribo, transformadas en imágenes y rato de estrella y que, por alguna extraña razón, sí que parecen saber hacia dónde corren.

DAVID CANTILLO

11 de febrero de 2012

  • 11.2.12
La nieve se rige por las mareas del frío, por las ventiscas afiladas. Otorga a la tierra miles de millones de estrellas de hielo. Teje una blanca frazada sobre los campos. Viste la falda de las montañas como una mujer de boda atraviesa el frío con la velocidad del rayo y va devastando tu piel que se hiela, se tersa y al final quiebra. Me abro paso entre los árboles que me miran con condescendencia. Mi cuerpo se sepulta con cada paso y apenas soy capaz de avanzar. El cansancio me consume pero la admiración me alienta.

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Perro de 'Pirena' || © orádea 2012

Oigo sus patas percutiendo el níveo silencio que se abre paso a través del camino. No les veo pero siento como si una manada de caballos quisiera emerger entre los árboles. Un fugaz pensamiento me lleva de los Pirineos hasta Alaska.

Imagino aquellos páramos impenetrables entre Nome y Anchorage. Mil millas de nieve rotas por aquellos perros infatigables en busca de medicinas para la difteria. Por un momento reduzco a su máxima esencia el alma de lo que me ha traído. Es mi alma porque alguien puso la suya aquí… Un tal Pep: Pep Parés.

A veces me pregunto cuánto mar soy cuando me sumerjo en su sal. Me gusta pensar que soy la montaña. ¡Y de hecho lo soy! Sé que soy el entorno y que soy la gente que me rodea. Soy mis padres porque si alguna vez fui semilla, tallo y flor, fue navegando en su tierra fértil, en su jardín y bajo la sombra de sus pasos.

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Etapa nocturna de 'Pirena' || © orádea 2012

Llevo en mí su savia, un esbozo de sabiduría y una pequeña cañita que guardé en el bolsillo y que pusieron en mi costado cuando el peso de la inexperiencia me podía hacer volcar. La Naturaleza me enseñó valores que hoy tejen mi piel. Es mi abrigo. Admiro a mis padres y a la montaña que ahora, a pesar del frío, de la nieve y del viento, me alienta a seguir buscando el camino.

El frío es indescriptible. Los dedos no me responden. Una vez pensé que la montaña se los iba a cobrar en pago por las lecciones de vida que me dio. Quizá una lección más. Pero no. Mis padres tampoco me cobraron ni la más pequeña gota de su sudor que fue a empapar mis raíces.

Sigo caminando. Me pesa el equipo sobre los hombros. La mochila. Llego al pie de la pista. Trato de predecir la escena y calculo tiempo y diafragma. Levanto la orejera del gorro: en la nieve todo el ruido del mundo parece disolverse.

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Pas de la casa (Andorra) || © orádea 2012

Aguardo tumbado y sepultado en dos palmos de nieve. El peralte en la curva que desciende me da buen encuadre. Al fin llega la exhalación desaforada de los perros y el trineo. Lanzo una ráfaga. Galopan como si jamás hubieran corrido. Disfrutan remolcando a su dueño y mejor amigo hacia una meta que poco importa.

Pirena es una competición donde no importa la meta, solo el camino, el paisaje, el apoyo… El obturador ametralla sus gestos que pierdo de vista durante unas décimas de segundo. Los echo de menos en ese ínfimo instante, pero me conformo sabiendo que quedará en mi memoria sabiendo que pude disfrutar de su majestuosidad y nobleza en alguna esquina del Pirineo.

Tu instinto te lleva por ciertos caminos que intuyes que completarán tu alma. Pero cuando lo que imaginabas no es ni un ápice de lo que es en realidad, la emoción llega a embargarte. La primera vez que vi correr a estos animales me sobrecogió.

Empecé a entender todo lo que hay alrededor, valores que espero que jamás me falten. Pirena, en una preciosa metáfora, los metió todos en una bolsa. En su esencia, dentro de esa bolsa, están también aquellas mil millas atravesando Alaska, hace hoy casi noventa años, que dieron pie a Iditarod, la carrera que hoy lo conmemora.

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Lago de Engolasters (Andorra) || © orádea 2012

La noche cae. Los perros y los mushers -los corredores de trineo- quedan en mi memoria y en el eco del mi obturador. Con mi silencio me envuelvo en el silencio absoluto de las estrellas y me convierto en noche.

Aún a pesar de las bajas temperaturas, como algo compulsivo, como una terapia, como hablar con el árbol más sabio del mundo, como la única salvación, me pierdo en la luz de la luna sobre la nieve y el lago helado ante mí. Comienzo a pintar estrellas.

La nieve cubre el silencio. Con suerte permanecerá semanas, incluso meses antes del deshielo. Su sola presencia alimenta mi alma al igual que alimentará la montaña, los prados, los ríos y los jardines. Como una madre, como un padre, procurará su cuidado para un equívoco futuro.

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Lago de Engolasters (Andorra) || © orádea 2012

Vuelve a mi mente la épica travesía desde Nome, sepultada en nieve. De alguna, esa nieve que cayó noventa años atrás, aún está nutriendo lo que hoy ha alimentado mi alma. Es un proceso lento. Eterno.

Noto cómo esa nieve deshiela en mí y me alimenta. Recibo el agua vieja que me hará florecer en primavera. Vuelvo a ser montaña de nuevo en mitad de la noche. Mientras la cámara trabaja camino sobre mis pasos. Guarezco mis manos en los bolsillos.

Encuentro en mi memoria aquella caña pequeña que guardé del jardín de mis padres. Encuentro alguna gota de su sudor y siento cómo también deshiela en mí. Mis padres son la nieve que me convertirá en primavera, una y otra vez… hasta que no quede ni un solo copo.

La luna llena convierte el lago en día. Las estrellas caminan sobre mi silencio. Aún creo oír a los perros cabalgando sobre la nieve de la lejana Alaska. En la noche me convierto en noche. Soy montaña y tierra porque me rodea y me nutro de sus valores inamovibles.

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Lago de Engolasters (Andorra) || © orádea 2012

Bebo de todo ello a sorbos pequeños, saboreando nieves muy distintas. Espero seguir siendo durante toda mi vida montaña y tierra y flor en el jardín. Espero no dejar nunca de aprender lecciones de vida. Espero también estar a la altura y en algún momento, para alguien, ser la nieve en deshielo.

Postdata: Si quieres ver más fotos de Pirena, entra aquí. También puedes ver el vídeo que realicé entrando aquí.

DAVID CANTILLO


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