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23 de septiembre de 2011

  • 23.9.11
No sé si conocéis Dublín. Os la presento. Encontré Dublín en una mañana ajetreada. La visitaba la Reina de Inglaterra en un intento de aunar posturas con su vieja enemiga. Además la invadían miles de aficionados portugueses que perseguían un título europeo. Reconozco que cuando la vi, Dublín andaba algo atareada, el pelo algo deshecho y las calles revolucionadas. No era un buen momento para retratarla.

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Banco de Irlanda || © orádea 2011

Dublín no tiene esa belleza por la cual puedes perder la cabeza. Al menos no a primera vista. Sin embargo, supo cautivarme con el primer golpe. Quedamos en la parada de la Lua, en Stephen’s Green. Yo me alojaba en las afueras. Cuando desembarqué del tranvía, sin apenas decirme ni palabra, para presentarse, me condujo por Graffon Street hasta el Trinity College.

Realmente, ahora lo sé, su intención era darme a probar el sabor de aquella calle peatonal, llena de transeúntes. Atestada de irlandeses y de gente de todo el mundo. Allí pronto me di cuenta de quién era Dublín. Una ciudad cosmopolita y moderna, con cafés centenarios en cada esquina, cervecerías y sobre todo, gente.

Gente extremadamente abierta y amable. Siempre con un canto perenne en la garganta. Sin duda alguna, eso fue lo que me cautivó de Dublín. En apenas una hora sabía que poco importaba lo que fuera a encontrar más allá. Y así fue.

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Halfpenny Bridge, sobre el Liffey || © orádea 2011

Molly Mallone nos esperaba al final de la calle. Su mirada triste se busca en el escaparate de una fachada azul mientras se deja fotografiar por decenas de personas. Yo la miraba de lejos mientras Dublín me contaba su historia. Una pescadera que acarreaba su carro por el día. Su generoso escote, su belleza de bronce como una estatua y su rostro cansado me hizo suponer lo demás. Realmente no nos esperaba. Molly no parece esperar a nadie.

Mientras me dejaba llevar por la multitud. Al cruzar, Dublín me agarró fuerte. Cuidado, me dijo, aquí los coches vienen por el lado que no te esperas. Y así es. A pie de muchos pasos de cebra reza: "look right".

El Trinity College, lejos de ser un santuario olvidado de cultura, hervía de estudiantes nerviosos, entrando y saliendo de los exámenes finales. La pequeña puerta de entrada no te hace pensar en los amplios espacios y verdes plazas, rodeadas de edificios majestuosos que hallarás del otro lado.

Como un extraño en el ambiente, como inmerso en la corriente de un río, algo te lleva hasta El Libro de Kells. Este es el ancestral manuscrito ilustrado hermosamente por manos monacales celtas hacia el año 800 en Kells, un pueblo situado a 70 kilómetros al noroeste de Dublín.

Ascendiendo por las escaleras de la cultura y la historia, alcanzamos la biblioteca que atesora miles de libros tapizando todas y cada una de las estanterías de la sala. De repente te abruma saber lo pequeño que eres y el punto insignificante que puede ser tu vida, entre siglos y siglos de cultura, entre miles de hojas y palabras que han tejido minuciosamente lo que hoy somos.

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Temple Bar, siempre vívido de gente || © orádea 2011

Callejeando sin rumbo, dejándome llevar, Dublín me agarró trepidantemente de la mano y me metió en un pequeña y oscura taberna. Allí, sin pedirlo ni buscarlo, encontramos la alegría que muestra Dublín: la música. Hombres con rostros profundos y surcados de años entonaban canciones al son de un violín, un par de acordeones y una diminuta flauta. Entonaban canciones irlandesas. Unas alegres y otras tristes. Entonaron también la canción de Molly Mallone, himno constante vayas donde vayas.

Aquello fue el pequeño aperitivo que el Temple Bar me guardaba. Decenas de bares aglomerados en un pequeño barrio, a pie del río Liffey, del interior de cada uno de los cuales brotaba música cantada por trovadores. Pocos sitios habrá en el mundo donde haya tantos músicos como en Temple Bar. Allí saboreamos de nuevo la cerveza y la alegría dublinesa.

Me gustaría saber distinguir los días y las noches que me dio Dublín. Pero no puedo. Sé que una mágica y confusa tarde arreció una tormenta como una mezcla de rabia, amor y nubes. Caminaba a espaldas de Christ Church, extrañamente solo, cuando todo ocurrió. Los adoquines dejaban correr la lluvia ya vencida y una misteriosa silueta se protegía bajo el paraguas. Pensé que era Dublín y la seguí decidido a asaltarla: "Ey, ¿te acuerdas de mí?".

Cuando le di alcance nunca era ella. Así miré a mi alrededor mientras la lluvia caía cada vez más fuerte. Protegido como pude, comencé a andar por la Damme Street en busca de todas las siluetas de la ciudad. La luz del cielo se sofocó mientras los faros de los coches pintaban las calles.

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Vista desde el puente O’Connell hacia el edificio Heineken || © orádea 2011

Yo iba como un loco detrás de toda la gente, haciendo fotografías sin parar. Perseguía a las mujeres y a los hombres ocultos en su propia prisa por huir de la lluvia y bajo el estruendo de la tormenta. Hallé una silueta roja como un corazón en mitad de la oscuridad.

Encontré rostros refugiados bajo los toldos. Encontré siluetas de todos los estilos y así entendí cómo la ciudad es una mezcla de edificios y calles. Es una miscelánea de rostros y agua. Es la prisa y es la calma. Es la luz que se apaga y la que nace de las farolas.

Mis pasos me condujeron al Temple Bar de nuevo. Yo seguía andando compulsivamente, mirando y siendo mirado. Aprendiendo y saboreando lo que ya, aunque no lo quisiera saber, estaba llegando a su fin. Rendido, entré en algún bar donde tomar una buena cerveza y comer algo. Como cuando la esperanza cesa, sin creérmelo apenas, vi por última vez a Dublín esperándome sentada y alumbrada por la incierta llama de una vela. La noche terminó de caer.

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Lluvia en el Temple Bar || © orádea 2011

Al cabo del calor del bar, con la lluvia ya escampada salimos en busca de un pequeño momento, aunque no supiéramos cuál. Paseando a orillas del Liffey, cuando Dublín estaba más bella, algo cansada pero con el brillo en los ojos y sentida de luces, colores y un suave murmullo de aguas, en un despiste, conseguí capturar su belleza, a pie del Halfpenny Bridge. Ella jamás se dio cuenta de aquel retrato. Al final me miró, me dio un doloroso beso en la mejilla y se sumergió en sus propias aguas.

Postdata: Si quieres ver más fotos de Dublín, entra aquí o aquí.
DAVID CANTILLO


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