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4 de noviembre de 2011

  • 4.11.11
Aquella fue una noche clara y atemperadamente suave. Las olas componían una melodía apenas inteligible. El rumor de la sal perfilaba con cadencia enigmática los pies de la isla. Yo observaba cómo el océano se burlaba de las ruinas del pescante, el cual ya derribó 50 años atrás. Hoy únicamente quedan unas gigantescas columnas de hormigón guardando el eco de aquella prosperidad. El de Hermigua no fue el único pescante que se construyó en la isla de la Gomera en un intento de prosperar y caminar. Quizá hacia sí misma.

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La Gomera, en su esplendor || © orádea 2011

Mientras fotografiaba la costa me sobrevino la imagen de la mujer que había visto unos días antes, al desembarcar. "¿Qué estará pensando?", recuerdo que me pregunté. Permanecía sentada y arrullada por la brisa atardecida de mayo. Miraba cómo la cima del Teide emergía entre la calima allá, al otro lado del mar.

Extraña y contrapuesta, no supe descifrar si la escena la componía la tristeza o la belleza. El pasado o el futuro. Un poco de todo tal vez. Puede que estuviera esperando algo... El anochecer, quizá.

Las diferencias entre los días y las noches en la Gomera son sutiles. La temperatura apenas desciende unos grados. El sonido del océano envuelve la tranquilidad de la isla. Las horas pasan igual de cadenciosas, sabiéndose lo más importante y bello. Y es que parece que no avancen y, a la vez, dejan su fiera impronta con la sutileza de los siglos.

Todo es más tranquilo. La gente, el trabajo. El día se saborea más. Aquí no hay trepidantes horarios de oficina que trastocan el sentido del tiempo. ¿O es que nadie se ha parado a pensar que cualquier palmera de cualquier isla tarda más en crecer que un edificio de veinte plantas? ¿Es que nadie se da cuenta que hemos desvirtuando el sentido de las horas, los días y los años? Aquí, en la Gomera, tienes todos los segundos del mundo para averiguar qué es el tiempo. Y yo me propuse descubrirlo.

Costa de Hermigua con las ruinas del pescante || © orádea 2011La orografía de la isla es caprichosa. Los siglos han erosionado su origen volcánico retratando altos roques, dulces playas, profundos barrancos y acantilados abruptos. Es el hombre quien, con sumo respeto, ha ido ribeteándola con pequeñas casas.

Pero como algo único, los habitantes hallaron la manera de atravesar el paisaje, volar sobre él y llegar más allá de las cimas o los valles. Y es que las dificultades para comunicarse hicieron nacer el Silbo, un lenguaje silbado con el que se comunicaban los pastores entre sí a largas distancias y que recientemente ha sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Hoy, en un esfuerzo de no perder esa tradición y de encontrarse a sí mismos, los gomeros los estudian en la escuela.

Realmente no sabemos bien hacia dónde nos dirigimos en la vida. Vamos buscando algo que no sabemos bien qué es y que parece que nunca es lo que encontramos. Días antes de ir a la Gomera descubrí un libro cuyo título llamó mi atención. Buscando una extraña conexión poética, decidí llevarlo conmigo.

En sus páginas encontré a un hombre que se sentó a la puerta del castillo reclamando la presencia del Rey. Dejó pasar los días hasta que al fin, éste le atendió. El hombre quería un barco. Así, sin más.

Resulta tremendamente complicado separar los minutos del tic-tac del reloj. El mundo, por ejemplo, se ha hecho en un tiempo que no hemos vivido. Cuando nos vayamos, seguirá corriendo y lo hará sin nosotros. En este ínfimo lapso habremos tenido la suerte de ver cosas que otros no verán jamás. En aquella historia, la mujer que guardaba la puerta del castillo pudo ver cómo el Rey atendía a aquel hombre.

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Valle del Gran Rey || © orádea 2011

La noche se desvistió perezosa. Cuando el sol comenzaba a calentar y a dar volumen a las montañas reemprendimos la marcha. Atrás, juguetón e infatigable, el océano parecía seguir burlándose del pescante.

Me preguntaba quién se podría burlar de las mareas, de las olas y de las tormentas. Quizá la isla que permanece. Quizá su historia. Quizá Cristóbal Colón, que utilizó la Gomera como lugar de avituallamiento antes de partir para descubrir un mundo desconocido, aunque no lo supiera.

La carretera tan pronto ascendía como bajaba, como se detenía en un recodo. Los caminos se posaron sobre la superficie de la isla con cada paso que se dio tiempo atrás. Y mucho antes que los caminos, una densa frazada de laurisilva y fayal-brezal abrigó lo que hoy es conocido como el Parque Nacional de Garajonay.

Recuerdo la sensación intensa que me envolvió al adentrarme por el bosque. Intensa como densa era la niebla que lo cubría. Es un halo de misterio, una frescura inmarcesible. Un olor profundo.

De repente te encuentras rodeado por una selva ancestral de laureles, helechos, fayas y brezos que han sobrevivido en lo que es conocido como la lluvia horizontal. Una niebla profusa que cubre frecuentemente el parque. Este tipo de bosque poblaba prácticamente toda Europa en el Terciario y hoy, declarada Patrimonio de la Humanidad, es sin duda la mejor muestra.

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Bosque de Garajonay || © orádea 2011

La leyenda cuenta que Gara y Jonay, devastados por un amor imposible, fueron perseguidos hasta las cumbres del bosque. Mientras ascendía por la densidad de la selva no podía evitar imaginarme a los amantes corriendo, huyendo fatigados, envueltos en niebla y eco de voces que censuran su amor. Finalmente, en lo más alto, sin poder hallar otra escapatoria, se quitaron la vida.

Después de andar y buscar, como un extraño regalo, el parque me abrió un claro en el que descansar, conocido como "El Caserío del Cedro". Puede que allí encontrara a La Gomera o que ella me encontrara a mí. Alzaba la vista y me sentía dichoso como cualquier hombre que alcanza a ver el océano. Una pequeña casa te invitaba a sentarte, reponer fuerzas y dejar correr el tiempo.

Allí supe que el hombre del castillo había conseguido al fin su propósito. El Rey le regaló un barco para buscar una isla desconocida en la que nadie –salvo él- creía. Sin embargo, y aunque no supiera navegar, al fin partió y, junto a él, la señora de la puerta. Ambos surcaron el mar y se debatieron contra las mareas. Yo alzaba la vista tratando de imaginar la pequeña embarcación sobre las aguas, gobernada por el hombre al cual el Rey había dado un barco y por la mujer que le había seguido a ciegas.

Puede que fuera Lulú -quien regentaba aquella casa- la que me trajo al fin la comida. Una sencilla ensalada, un puré de berros y lo que allí llaman "papas arrugás" con el típico mojo picón. Recuerdo aquel momento como uno de los más felices de mi vida.

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Papas arrugás y pure de berros || © orádea 2011

Con los años he descubierto que viajar muy pocas veces es llegar a un destino. Puede ser que Colón no pensara así. Otras es saber que ese momento es el último y que has de saborearlo con vehemencia. Quizá lo intuyeran Gara y Jonay ascendiendo el bosque de laurisilva. Quiero pensar que sí. Y cuando de nuevo los veo pasar por mi lado, perseguidos por la misma muerte, descubro sus manos agarradas con la fuerza de quien sabe que el siguiente paso es el abismo.

A veces el viaje no es otro que saber permanecer en tu lugar, llenar el alma, cuidar la tierra, dar un fuerte abrazo y contar todos y cada uno de los minutos de tu vida. A veces es sentarse a ver cómo se incendia el horizonte y cómo la tenue brisa de mayo lo sofoca de nuevo.

A veces viajar es regresar con la plenitud que te da saber que ya ha acabado y que no volverás nunca más. Ojalá supiéramos cuándo es la última vez que sentiremos algo, que veremos a un amigo o que volveremos a un lugar. Viajar no es un destino y el destino no tiene que ser llegar. Viajar no es encontrar una meta, sino saber cuando has llegado.

A veces eres una isla que crece y se hace a sí misma. A veces consigues un barco sin que apenas nadie crea en ti. La tierra se esparce en él, cae la lluvia y en tu barco crecen los árboles. Al cabo lo bautizas con el nombre de aquello que estás buscando. La "isla desconocida", la llamó Saramago. Y cuando nace el sol, con la marea, te echas a la mar a la búsqueda de ti mismo.

Postdata: Más fotos de La Gomera en esta web. Para obtener más información sobre La Gomera, puede acceder aquí.
DAVID CANTILLO


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