Elena Pulido Palma remueve un montón de fotos familiares. En muchas de ellas, parece olerse el vino. Componen un mosaico de escenas bodegueras, el ambiente inconfundible de su familia que ha pasado de padres a hijos. Contemplarlas es abrir la puerta del pasado de par en par. Asistimos al montaje de botas, a la preparación de exposiciones. Es el arte de ensamblar barriles que el maestro Paco Pulido conocía como nadie. Y esta cualidad no era algo que pasara inadvertida.
El maestro Paco Pulido montando un cachón de botas.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA]
“Tanto mi padre como mi madre eran de Aguilar, la familia Pulido Palma. Se vinieron a Montilla a petición de Antonio Baena”, concreta Elena. “Mi padre era maestro tonelero al igual que mi abuelo y que dos de sus tíos paternos. Conocía bien el oficio y recibió una oferta para trabajar en la bodega del Bizco Baena, como era conocida popularmente, que estaba en la esquina de la calle Burgueños, y que posteriormente pasó a manos de Rumasa”.
Paco atesoraba fama de buen artesano. Conocía el secreto de la excelencia en las botas. Pronto fue un maestro en lo suyo, una referencia en este sector. Antonio Baena siempre le dio plena confianza. “Allí estuvo trabajando bastante tiempo, incluso durante algunos de los años de Ruiz-Mateos. Al terminar allí pasó a la Tonelería Montillana, donde trabajó y fue socio, lo mismo que mi hermano Nicolás. Él cambió de empresa cuando empezó a ver sombrío el futuro de las Bodegas Baena. Ya no le daban lo que él quería y, en cambio, las condiciones de trabajo y salariales eran bastante mejores en la Tonelería Montillana”.
Para él, la constitución de una sociedad con participación de los operarios era una alternativa inmejorable. Una forma de garantizar la calidad del trabajo y el correcto funcionamiento de esta industria con aceptables condiciones laborales.
“Como dijeron de constituir una sociedad y él entraría como socio, no lo dudó. Tenía de presidente a Rafael Córdoba, y contaban con el impulso y el respaldo de don Lorenzo López Cubero, el párroco de la iglesia de El Santo, que era un sacerdote con mucha influencia social, además de la participación en esta sociedad de un buen número de las bodegas de Montilla”.
Allí, en las antiguas dependencias de Bodegas Campos, cerca de la piscina municipal, Paco Pulido sentó cátedra. Conocía los arcanos de esta ciencia y estaba dispuesto a compartirlos. Era, además, el lugar propicio para hacerlo con un planteamiento empresarial tan serio proveedor de las bodegas locales y comarcales.
Elena Pulido Palma, del brazo de su padre, el día de su boda.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA]
“Enseñó a muchos a hacer botas y barriles; hacía de todo, como corresponde a un maestro en este oficio. Lo curioso del caso, es que, previamente, nuestra familia vivió un tiempo en los locales de las Bodegas Campos, unos años antes de que estas instalaciones pasaran a alojar la recordada Tonelería Montillana”.
Elena Pulido encadena una anécdota con otra. Para ella, como para su familia, el capítulo de mudanzas es empezar y no acabar, tal fue la cantidad de veces que hubo de cambiar de domicilio, junto a sus padres. “Cuando ellos se casaron, pudieron quedarse a vivir allí con el permiso de los dueños de la empresa Campos. Pero sabían que era algo provisional, de prestado. Estaban allí, pero exactamente no eran los guardeses. Esa, en concreto, era una función que hacían dos personas mayores que también tenían allí su vivienda. O sea, que estábamos allí por puro favor. A ver, en algún rincón había que meterse”.
Pero ahí no acabó la cosa. La cuestión era que por oficio era complicado desligarse del mundo bodeguero. Muchos de los recuerdos infantiles de Elena están relacionados con los patios, las naves y los esforzados trabajos de arrumbadores y personal de bodega. El siguiente paso los llevaría hasta la calle Burgueños.
“Les dejaron ese lugar para vivir en Campos y ya, posteriormente, nos trasladamos a la bodega de Antonio Baena. Allí nos instalamos aprovechando también una de sus dependencias, que eran muchas y muy amplias. Arriba había un piso donde después estuvo la Bodega de Montecristo. Era el sitio que acondicionamos como casa, aunque no el definitivo, porque algo más tarde nos mudamos, sin casi apartarnos de allí, a otro local frente a la bodega. En fin, una especie de historia interminable”.
“Ya después, y por mediación de Rafael Castro, pudimos mudarnos definitivamente a las Casas Nuevas. Él, que entonces trabajaba en la bodega, nos ayudó con el dinero prestado y el papeleo. Era hora de parar y asentarnos en un lugar estable. En el barrio de las Casas Nuevas pasé toda mi vida de soltera, más de veinte años”.
Instalaciones de Bodegas Baena.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA]
Pero Elena no logra, ni quiere, borrar muchas de las imágenes del tiempo en las Bodegas Baena, donde se encontraba muy a gusto. Entrar y salir de allí era, para ella, como una especie de privilegio dada la considerable superficie sobre la que se alzaba esta empresa, de la que, prácticamente, ya no hay rastro. Hasta el aroma de los almuerzos que allí se hicieron se han diluido.
“Era muy grande, con una gran azotea. Estaba dentro de la bodega y para entrar o salir había que hacerlo por la puerta principal. En la época de Rumasa, mi madre preparaba la comida a los empleados que venían de Jerez”.
“Mi mamá, Antonia Palma López, guisaba para todos de acuerdo con la empresa, ya que se tiraban aquí toda la semana. Comían y dormían en la bodega. Guisaba a todos a cambio de un dinero. Comían con nosotros, se sentaban a la mesa como una parte de mi familia. Allí no había ningún tipo de discriminación, lo que había en la mesa era para todos, porque había un trato de mucha confianza entre todos, incluyendo a Francisco el portero de la bodega, que también tenía su vivienda en otra parte del interior de la bodega”.
Elena y Juanillo (I)
Elena y Juanillo (II)
Elena y Juanillo (III)
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA]
“Tanto mi padre como mi madre eran de Aguilar, la familia Pulido Palma. Se vinieron a Montilla a petición de Antonio Baena”, concreta Elena. “Mi padre era maestro tonelero al igual que mi abuelo y que dos de sus tíos paternos. Conocía bien el oficio y recibió una oferta para trabajar en la bodega del Bizco Baena, como era conocida popularmente, que estaba en la esquina de la calle Burgueños, y que posteriormente pasó a manos de Rumasa”.
Paco atesoraba fama de buen artesano. Conocía el secreto de la excelencia en las botas. Pronto fue un maestro en lo suyo, una referencia en este sector. Antonio Baena siempre le dio plena confianza. “Allí estuvo trabajando bastante tiempo, incluso durante algunos de los años de Ruiz-Mateos. Al terminar allí pasó a la Tonelería Montillana, donde trabajó y fue socio, lo mismo que mi hermano Nicolás. Él cambió de empresa cuando empezó a ver sombrío el futuro de las Bodegas Baena. Ya no le daban lo que él quería y, en cambio, las condiciones de trabajo y salariales eran bastante mejores en la Tonelería Montillana”.
Para él, la constitución de una sociedad con participación de los operarios era una alternativa inmejorable. Una forma de garantizar la calidad del trabajo y el correcto funcionamiento de esta industria con aceptables condiciones laborales.
“Como dijeron de constituir una sociedad y él entraría como socio, no lo dudó. Tenía de presidente a Rafael Córdoba, y contaban con el impulso y el respaldo de don Lorenzo López Cubero, el párroco de la iglesia de El Santo, que era un sacerdote con mucha influencia social, además de la participación en esta sociedad de un buen número de las bodegas de Montilla”.
Allí, en las antiguas dependencias de Bodegas Campos, cerca de la piscina municipal, Paco Pulido sentó cátedra. Conocía los arcanos de esta ciencia y estaba dispuesto a compartirlos. Era, además, el lugar propicio para hacerlo con un planteamiento empresarial tan serio proveedor de las bodegas locales y comarcales.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA]
“Enseñó a muchos a hacer botas y barriles; hacía de todo, como corresponde a un maestro en este oficio. Lo curioso del caso, es que, previamente, nuestra familia vivió un tiempo en los locales de las Bodegas Campos, unos años antes de que estas instalaciones pasaran a alojar la recordada Tonelería Montillana”.
Elena Pulido encadena una anécdota con otra. Para ella, como para su familia, el capítulo de mudanzas es empezar y no acabar, tal fue la cantidad de veces que hubo de cambiar de domicilio, junto a sus padres. “Cuando ellos se casaron, pudieron quedarse a vivir allí con el permiso de los dueños de la empresa Campos. Pero sabían que era algo provisional, de prestado. Estaban allí, pero exactamente no eran los guardeses. Esa, en concreto, era una función que hacían dos personas mayores que también tenían allí su vivienda. O sea, que estábamos allí por puro favor. A ver, en algún rincón había que meterse”.
Pero ahí no acabó la cosa. La cuestión era que por oficio era complicado desligarse del mundo bodeguero. Muchos de los recuerdos infantiles de Elena están relacionados con los patios, las naves y los esforzados trabajos de arrumbadores y personal de bodega. El siguiente paso los llevaría hasta la calle Burgueños.
“Les dejaron ese lugar para vivir en Campos y ya, posteriormente, nos trasladamos a la bodega de Antonio Baena. Allí nos instalamos aprovechando también una de sus dependencias, que eran muchas y muy amplias. Arriba había un piso donde después estuvo la Bodega de Montecristo. Era el sitio que acondicionamos como casa, aunque no el definitivo, porque algo más tarde nos mudamos, sin casi apartarnos de allí, a otro local frente a la bodega. En fin, una especie de historia interminable”.
“Ya después, y por mediación de Rafael Castro, pudimos mudarnos definitivamente a las Casas Nuevas. Él, que entonces trabajaba en la bodega, nos ayudó con el dinero prestado y el papeleo. Era hora de parar y asentarnos en un lugar estable. En el barrio de las Casas Nuevas pasé toda mi vida de soltera, más de veinte años”.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA]
Pero Elena no logra, ni quiere, borrar muchas de las imágenes del tiempo en las Bodegas Baena, donde se encontraba muy a gusto. Entrar y salir de allí era, para ella, como una especie de privilegio dada la considerable superficie sobre la que se alzaba esta empresa, de la que, prácticamente, ya no hay rastro. Hasta el aroma de los almuerzos que allí se hicieron se han diluido.
“Era muy grande, con una gran azotea. Estaba dentro de la bodega y para entrar o salir había que hacerlo por la puerta principal. En la época de Rumasa, mi madre preparaba la comida a los empleados que venían de Jerez”.
“Mi mamá, Antonia Palma López, guisaba para todos de acuerdo con la empresa, ya que se tiraban aquí toda la semana. Comían y dormían en la bodega. Guisaba a todos a cambio de un dinero. Comían con nosotros, se sentaban a la mesa como una parte de mi familia. Allí no había ningún tipo de discriminación, lo que había en la mesa era para todos, porque había un trato de mucha confianza entre todos, incluyendo a Francisco el portero de la bodega, que también tenía su vivienda en otra parte del interior de la bodega”.
Entregas anteriores
Elena y Juanillo (I)
Elena y Juanillo (II)
Elena y Juanillo (III)
MANUEL BELLIDO MORA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ELENA PULIDO PALMA

















































