Que los bloques de viviendas que se levantaron en el Barrio de las Casas Nuevas fueran de reciente fábrica no los hacía perfectos, bellos mucho menos, claro que no; ni suprimía algunos de los inconvenientes que ya conocían, en particular, el hecho de habitar y amoldarse en una superficie insuficiente a todas luces para albergar familias numerosas. Obedecían a un concepto de arquitectura hecha con economía de medios. Y esto, la pobreza de materiales, no dejaba de notarse, pese a que, de partida, tuviera integrado el mobiliario, muy precario dada la época.
Obras de construcción del Barrio de las Casas Nuevas.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
“Nosotros llevamos nuestros propios muebles. Teníamos dos camas en las que dormíamos toda la familia: mis padres en una y los tres hermanos en la otra. Pusimos una salita pequeña con sus sillas. El suelo era de terrazo, pero la mayoría de los vecinos lo fueron cambiando por unas losillas coloradas que se fabricaban en los materiales de construcción Ruz. Lola Gallegos, que estaba allí desde el principio, es la última vecina que queda de las primeras. Ella sigue viviendo allí en la quinta planta, éramos vecinos puerta con puerta”.
El arquitecto Gerardo Olivares colaboró en esta tarea con Rafael de la Hoz. Se trataba de levantar edificios de bajo coste y con gran capacidad. El problema social de la vivienda requería de soluciones urgentes. “Hicimos viviendas en Montilla con distintos promotores públicos, en su mayoría, pero también de iniciativa privada”, recuerda Olivares. “En mi caso, lo hice como arquitecto de la Obra Sindical del Hogar en la que trabajé durante cuatro o cinco años. También hicimos un grupo de unas 200 viviendas posteriormente”.
“Siempre trabajábamos buscando la máxima relación precio calidad. Eran programas de construcción con una cierta dimensión, para acoplarse a las necesidades de las unidades con familias numerosas. Entonces, tenían que tener tres o cuatro dormitorios, con un cuarto de baño, salón-comedor y cocina, todo independiente una cosa de otra, evitando tener que pasar de una dependencia a la otra, sino que había un distribuidor que aseguraba algo de independencia”.
En la construcción de estos inmuebles baratos con una base elemental entraba en juego otro factor determinante, ya que a la escasez de materiales se añadía una falta de especialistas. Apenas había albañiles suficientemente preparados en las nuevas técnicas de construcción. Además, muchos de ellos habían emigrado a Cataluña y el País Vasco tras empleos mejor remunerados. Fue este un grave inconveniente, según recuerda Gerardo Olivares.
“En todo estos proyectos era fundamental la mano de obra barata, porque ¿quiénes eran los albañiles de entonces? Eran campesinos que habían dejado la agricultura y se habían venido a la ciudad buscando mejores condiciones laborales y económicas”.
“Por tanto, no era una mano de obra especializada; era elemental, por lo que había que simplificarlo todo. No había que ir a soluciones complicadas ni planteamientos complejos. Había que tener esto en cuenta; tenías que ir a lo que era posible con la mano de obra que había entonces que carecía de la formación suficiente”.
“No podías ir con florituras, y siempre había que asegurar que no se iba a interrumpir el suministro de materiales, porque a veces te encontrabas con que se acababa el cemento al poco de iniciarse la obra y ¿qué hacías? Yo tuve una experiencia en la que una obra se planteó con hormigón y hubo que acabarla con hierro y madera en las plantas superiores al fallar el suministro del cemento armado”.
Este modelo de reducción de costes alcanzó eco internacional. Resultó perfectamente adaptable en países con circunstancias semejantes. Llamó la atención y llegó a aplicarse a gran escala siguiendo esta pauta experimentada en Córdoba. “Era importante que la gente tuviera acceso a una vivienda con unos precios asequibles, era lo que se iba buscando”, observa satisfecho el arquitecto Olivares James. “Eficacia y economía, ese era el lema, sin perder calidad en la construcción. En esto nuestro estudio fue un ejemplo”.
El arquitecto Gerardo Olivares James.
[FOTO: COLEGIO OFICIAL DE ARQUITECTOS DE CÓRDOBA]
“A Rafael de la Hoz lo invitaron de la Unión Soviética donde estaban muy interesados en nuestro sistema de viviendas. Era un prototipo, un planteamiento de construcción que se llamaba H”, recuerda Gerardo Olivares, quien añade que “eran cuatro viviendas por escalera y planta, con cuatro puertas para cada uno de los pisos que tenían tres dormitorios, un salón-comedor, una cocina y un cuarto de baño, con su ducha, lavabo y bidé”.
“Rafael se especializó en este tipo de propuestas integradoras porque era un arquitecto polifacético que todo lo que hacía lo hacía bien. Él empezó a trabajar en 1951 y yo ocho años después, en 1959. Era una época difícil. Ibas a un pueblo y te ofreciendo terrenos poco adecuados, inclinados y sin urbanizar ni accesos en condiciones”.
“En general, eran conjuntos de viviendas que no tenían más de cuatro plantas. ¿Por qué? Pues, porque a partir de la cuarta planta era obligatorio meter ascensores según la normativa de entonces. Y además es que por cimentación, los bloques de cuatro plantas eran los más económicos”.
En un primer momento, el ladrillo era el material más socorrido y habitual. De ahí que, más que por una cuestión estética, se impusiese este elemento dado que era el de menor precio. “Luego, ya empezó a usarse estructuras de cemento y el hormigón, pero normalmente lo usual era el ladrillo, siempre que se tratase de edificios de cuatro plantas, porque a partir de esa altura es imprescindible la estructura de hormigón”.
En algunas de aquellas construcciones, incluido el totémico depósito del barrio, está el sello de categoría y calidad de Rafael Cerezo Ortiz. Era un maestro de obras que contaba con el aprecio y la admiración de Rafael de la Hoz, al igual que su hijo Antonio Cerezo Morales.
Depósito de agua en la Plaza de la Aurora.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]
Esbelto y con aspecto de cono invertido, este enorme recipiente o vasija obedece a unas líneas elegantes y estilizadas, al tiempo que es algo útil; no un mero adorno. Elevado como torre, lo que nació para paliar graves restricciones en el suministro de agua, ha pasado a ser un icono para la vecindad, que lo toma como punto de referencia.
De hecho, una encuesta promovida por la Asociación El Coloquio de los Perros, a modo de competición deportiva, lo considera el mayor símbolo del barrio, junto a la ermita de la Asunción. De la Hoz, al observarlo tan alzado y práctico, se sentía orgulloso. Atribuía buena parte del mérito constructivo a la familia Cerezo Morales, albañiles de pulso artesano que también supieron interpretar las cualidades y resistencias del hormigón armado.
Isabel Cerezo Morales nos ayuda a reconstruir la huella de su padre en la formación y desarrollo de las Casas Nuevas o, si se prefiere, de El Gran Capitán, que es su denominación oficial. Y no solo levantó tabiques y techos, también hizo cobijos para el vino.
“Mi padre le dio su personalidad y marca artesanal a la bodega que se levantó en la antigua avenida de las Mercedes, cerca de los Cuatro Caminos. La hizo por encargo de una cooperativa de vinos, en la que tomaron parte como socios algunos bodegueros. Son las naves que hoy ocupa la empresa Pérez Barquero”.
“Él hizo, entre otras cosas, unas tinajas enormes. Y yo lo vi, porque, de niña, lo acompañé muchas veces. Muy cerca de allí, también dirigió la obra de construcción del Restaurante Las Camachas. Mi padre tenía muchos trabajos por la provincia de Jaén, en particular en Lopera, donde construyó muchas tinajas. Tuvo una empresa bastante grande”.
“Le dio trabajo a muchas personas. Manejó contratos y encargos importantes para Cruz Conde, de cuyas obras de mejora y ampliación siempre se ocupaba. Era el maestro albañil de confianza de la familia Cruz Conde. Cualquier trabajo que había en esta empresa siempre lo hacía él”.
A la izquierda, bodegas de Ortiz Ruiz en el Llano de Palacio.
[FOTO: RUQUEL]
“Las tinajas eran enormes, había que acceder a ellas a través de una escalera que daba a una plataforma de madera, donde estaban los conos. La parte alta, por esto, se quedaba a la vista a unos metros, mientras que lo demás iba por debajo del entarimado. Yo fui muchas veces a ver cómo fermentaba el vino en Cruz Conde, pero también conocía al detalle las bodegas de Ortiz Ruiz en el Llano de Palacio. Y aparte, él hacía muchas casas y todas las obras que se presentaban”.
Empresas y viviendas (no conjuntos residenciales, que suena muy pomposo) convivían en esta ciudad moderna. A cada paso, iba imponiéndose un estilo capitalino contemporáneo, sin abandonar del todo la herencia popular. Bloques, pero también construcciones de viejo sabor, como las que se articularon alrededor de la ermita de la Asunción.
En el Canillo, otro de sus extremos, se habilitó una de aquellas microescuelas ideadas en el estudio de De la Hoz–Olivares (funcionó otra en el Paseo de las Mercedes, entre jaulas, setos, árboles y flores). Allí, en esa especie de barracón ilustrado de tipo colonial, se estrenó como maestro Agustín Gómez “El Lucero”. Su padre, que aparte de la sabiduría flamenca, también le legó este sugestivo y luminoso sobrenombre, vivía en la calle Médico Varo.
Juan Aguilar Ruiz fue uno de sus alumnos. Juanillo alternaba la escuela con la panadería. Hacía reparto de pan por las tiendas, cuando no echaba una mano en el horno, llenando bolsas de palillos y magdalenas. Siempre estaba dispuesto a ayudar.
La harina ha sido, para él, como una segunda piel. Manolo y Carmeli, además, le encargaron una misión más: que llevara a su hijo Manolín a aquel, entonces, distante colegio del Canillo. Así que, agarrado a su mano, entré por primera vez a una clase. Agustín Gómez me acogió, aunque no tenía edad, poco más de tres años. Alguna vez me lo dijo y lo dejó por escrito en la dedicatoria de uno de sus primeros libros.
Era, pues, un mocoso y a tan corta edad, Juanillo, empezó a representar para mí algo parecido a una especie de guía, de ejemplo a seguir. Me enseñó el acceso hacia las primeras letras por el camino más recto. Y no solo esto. Orientó mi antena para sintonizar los sonidos de la música pop. Él iba por delante. Estaba al tanto de conjuntos y solistas. En definitiva, tenía buen gusto.
Era todo un chico ye-yé de la época, con una melena que se dejó crecer más de lo acostumbrado y bien visto. Algún disgusto y reproche le costó. A su lado, en escapadas a La Llave y a la tienda de Electrodomésticos de Rafael Ruz (la Philips), descubrí los primeros discos de The Beatles y Mamas and the Papas.
Hay que valorar que en mi casa, en el horno de mis padres, los sones que mandaban eran romanzas de zarzuela, coplas a todo trapo, incluido un omnipresente Manolo Escobar; ases de la melodía sentimental tipo Nat King Cole y Mari Trini, sin que faltara alguna marcha militar más raramente. De todos estos vocalistas —como se decía entonces— me sé estrofas.
Pero no había muro cañí que no fuera traspasado por Macca, Lennon y compañía. Resulta que todo cambió cuando crucé el umbral de la ferretería de la Plazuela. Un buen día, Juanillo me llevó hasta allí. Y entonces sucedió. Entre los discos que allí despachaban (vinilos en pequeño formato, por supuesto), estaba el Lady Madonna, con una enigmática y exótica Luz interior, en la cara B. En la carátula, autógrafos de los cuatro bajo el rostro.
Un niño sostiene en sus manos un disco de The Beatles.
[ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL]
El vendedor, el detallista como se le denominaba con cierta reverencia, con bata de ferretero y lápiz en la oreja para apuntar la cuenta, lo mismo te vendía un tornillo, una arandela o una tuerca que una revolución. Yo me quedé con esto último.
Lady Madonna y A salvo en mi jardín formaron parte de mi incipiente dieta musical, junto a todos los éxitos que no paraban de radiarse en las emisoras, en especial en Radio Sevilla y Radio Atalaya, de Cabra. ¿Quién me iba a decir entonces que allí, años después, iba a tener el primer contrato profesional de periodista?
Aunque no tenemos los mismos apellidos, puede afirmarse que Juanillo y Elena forman parte de nuestra familia. Nos han dado afecto y compañía en torno a una mesa y al vino los domingos en la Casilla del Cuadrado. En verano, a la sombra de unas generosas moreras. En invierno, a la recacha. Octavio Paz solía decir que la felicidad es una sillita al sol. No le falta razón a tan luminoso y cálido pensamiento.
Nos acostumbramos a estos encuentros, sin temer que alguna vez se acabarían. En tertulias en las que, sin embargo, el implacable transcurrir del tiempo iba imponiendo sus leyes, dejándonos, primero, silencios; luego, ausencias. Es el envejecimiento que amengua truenos y vehemencias. Charlas de mediodía también con la amistosa presencia de Manolillo Sánchez, otro puntal de la panadería del barrio, junto a Juan Hidalgo.
Paco Pulido López, padre de Elena, acudió a estas citas mientras pudo con su autoridad de viejo tonelero capaz de peritar con una simple mirada el grado de calidad de una madera. Paco vino desde Aguilar de la Frontera con su esposa, Antonia Palma García. Trajeron con ellos su credo igualitario, un sentido de la equidad y de rebeldía ante los desmanes.
Viéndolos a veces reflexivos y ensimismados, podía intuirse que ambos venían de un tiempo lejano de sufrimientos. Portaban un dolor antiguo, un afán de cambiar el mundo que se había ido desdibujando por puro agotamiento físico. Tocaba sobrevivir y ellos lo hicieron. Tenían mucho que contar. Eran pura memoria.
Antonio Aguilar Sánchez terminó sus días como jardinero fiel. Acompañaba a Juanillo, su hijo, por distraerse en el campo. Era limpio como sus ojos claros. Había perdido batallas y cayó cautivo, pero ningún contratiempo pudo diezmar el brillo azul de su mirada.
Elena y Juanillo (I)
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
“Nosotros llevamos nuestros propios muebles. Teníamos dos camas en las que dormíamos toda la familia: mis padres en una y los tres hermanos en la otra. Pusimos una salita pequeña con sus sillas. El suelo era de terrazo, pero la mayoría de los vecinos lo fueron cambiando por unas losillas coloradas que se fabricaban en los materiales de construcción Ruz. Lola Gallegos, que estaba allí desde el principio, es la última vecina que queda de las primeras. Ella sigue viviendo allí en la quinta planta, éramos vecinos puerta con puerta”.
El arquitecto Gerardo Olivares colaboró en esta tarea con Rafael de la Hoz. Se trataba de levantar edificios de bajo coste y con gran capacidad. El problema social de la vivienda requería de soluciones urgentes. “Hicimos viviendas en Montilla con distintos promotores públicos, en su mayoría, pero también de iniciativa privada”, recuerda Olivares. “En mi caso, lo hice como arquitecto de la Obra Sindical del Hogar en la que trabajé durante cuatro o cinco años. También hicimos un grupo de unas 200 viviendas posteriormente”.
“Siempre trabajábamos buscando la máxima relación precio calidad. Eran programas de construcción con una cierta dimensión, para acoplarse a las necesidades de las unidades con familias numerosas. Entonces, tenían que tener tres o cuatro dormitorios, con un cuarto de baño, salón-comedor y cocina, todo independiente una cosa de otra, evitando tener que pasar de una dependencia a la otra, sino que había un distribuidor que aseguraba algo de independencia”.
En la construcción de estos inmuebles baratos con una base elemental entraba en juego otro factor determinante, ya que a la escasez de materiales se añadía una falta de especialistas. Apenas había albañiles suficientemente preparados en las nuevas técnicas de construcción. Además, muchos de ellos habían emigrado a Cataluña y el País Vasco tras empleos mejor remunerados. Fue este un grave inconveniente, según recuerda Gerardo Olivares.
“En todo estos proyectos era fundamental la mano de obra barata, porque ¿quiénes eran los albañiles de entonces? Eran campesinos que habían dejado la agricultura y se habían venido a la ciudad buscando mejores condiciones laborales y económicas”.
“Por tanto, no era una mano de obra especializada; era elemental, por lo que había que simplificarlo todo. No había que ir a soluciones complicadas ni planteamientos complejos. Había que tener esto en cuenta; tenías que ir a lo que era posible con la mano de obra que había entonces que carecía de la formación suficiente”.
“No podías ir con florituras, y siempre había que asegurar que no se iba a interrumpir el suministro de materiales, porque a veces te encontrabas con que se acababa el cemento al poco de iniciarse la obra y ¿qué hacías? Yo tuve una experiencia en la que una obra se planteó con hormigón y hubo que acabarla con hierro y madera en las plantas superiores al fallar el suministro del cemento armado”.
Este modelo de reducción de costes alcanzó eco internacional. Resultó perfectamente adaptable en países con circunstancias semejantes. Llamó la atención y llegó a aplicarse a gran escala siguiendo esta pauta experimentada en Córdoba. “Era importante que la gente tuviera acceso a una vivienda con unos precios asequibles, era lo que se iba buscando”, observa satisfecho el arquitecto Olivares James. “Eficacia y economía, ese era el lema, sin perder calidad en la construcción. En esto nuestro estudio fue un ejemplo”.
[FOTO: COLEGIO OFICIAL DE ARQUITECTOS DE CÓRDOBA]
“A Rafael de la Hoz lo invitaron de la Unión Soviética donde estaban muy interesados en nuestro sistema de viviendas. Era un prototipo, un planteamiento de construcción que se llamaba H”, recuerda Gerardo Olivares, quien añade que “eran cuatro viviendas por escalera y planta, con cuatro puertas para cada uno de los pisos que tenían tres dormitorios, un salón-comedor, una cocina y un cuarto de baño, con su ducha, lavabo y bidé”.
“Rafael se especializó en este tipo de propuestas integradoras porque era un arquitecto polifacético que todo lo que hacía lo hacía bien. Él empezó a trabajar en 1951 y yo ocho años después, en 1959. Era una época difícil. Ibas a un pueblo y te ofreciendo terrenos poco adecuados, inclinados y sin urbanizar ni accesos en condiciones”.
“En general, eran conjuntos de viviendas que no tenían más de cuatro plantas. ¿Por qué? Pues, porque a partir de la cuarta planta era obligatorio meter ascensores según la normativa de entonces. Y además es que por cimentación, los bloques de cuatro plantas eran los más económicos”.
En un primer momento, el ladrillo era el material más socorrido y habitual. De ahí que, más que por una cuestión estética, se impusiese este elemento dado que era el de menor precio. “Luego, ya empezó a usarse estructuras de cemento y el hormigón, pero normalmente lo usual era el ladrillo, siempre que se tratase de edificios de cuatro plantas, porque a partir de esa altura es imprescindible la estructura de hormigón”.
Maestro de buenas obras
En algunas de aquellas construcciones, incluido el totémico depósito del barrio, está el sello de categoría y calidad de Rafael Cerezo Ortiz. Era un maestro de obras que contaba con el aprecio y la admiración de Rafael de la Hoz, al igual que su hijo Antonio Cerezo Morales.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]
Esbelto y con aspecto de cono invertido, este enorme recipiente o vasija obedece a unas líneas elegantes y estilizadas, al tiempo que es algo útil; no un mero adorno. Elevado como torre, lo que nació para paliar graves restricciones en el suministro de agua, ha pasado a ser un icono para la vecindad, que lo toma como punto de referencia.
De hecho, una encuesta promovida por la Asociación El Coloquio de los Perros, a modo de competición deportiva, lo considera el mayor símbolo del barrio, junto a la ermita de la Asunción. De la Hoz, al observarlo tan alzado y práctico, se sentía orgulloso. Atribuía buena parte del mérito constructivo a la familia Cerezo Morales, albañiles de pulso artesano que también supieron interpretar las cualidades y resistencias del hormigón armado.
Isabel Cerezo Morales nos ayuda a reconstruir la huella de su padre en la formación y desarrollo de las Casas Nuevas o, si se prefiere, de El Gran Capitán, que es su denominación oficial. Y no solo levantó tabiques y techos, también hizo cobijos para el vino.
“Mi padre le dio su personalidad y marca artesanal a la bodega que se levantó en la antigua avenida de las Mercedes, cerca de los Cuatro Caminos. La hizo por encargo de una cooperativa de vinos, en la que tomaron parte como socios algunos bodegueros. Son las naves que hoy ocupa la empresa Pérez Barquero”.
“Él hizo, entre otras cosas, unas tinajas enormes. Y yo lo vi, porque, de niña, lo acompañé muchas veces. Muy cerca de allí, también dirigió la obra de construcción del Restaurante Las Camachas. Mi padre tenía muchos trabajos por la provincia de Jaén, en particular en Lopera, donde construyó muchas tinajas. Tuvo una empresa bastante grande”.
“Le dio trabajo a muchas personas. Manejó contratos y encargos importantes para Cruz Conde, de cuyas obras de mejora y ampliación siempre se ocupaba. Era el maestro albañil de confianza de la familia Cruz Conde. Cualquier trabajo que había en esta empresa siempre lo hacía él”.
[FOTO: RUQUEL]
“Las tinajas eran enormes, había que acceder a ellas a través de una escalera que daba a una plataforma de madera, donde estaban los conos. La parte alta, por esto, se quedaba a la vista a unos metros, mientras que lo demás iba por debajo del entarimado. Yo fui muchas veces a ver cómo fermentaba el vino en Cruz Conde, pero también conocía al detalle las bodegas de Ortiz Ruiz en el Llano de Palacio. Y aparte, él hacía muchas casas y todas las obras que se presentaban”.
Empresas y viviendas (no conjuntos residenciales, que suena muy pomposo) convivían en esta ciudad moderna. A cada paso, iba imponiéndose un estilo capitalino contemporáneo, sin abandonar del todo la herencia popular. Bloques, pero también construcciones de viejo sabor, como las que se articularon alrededor de la ermita de la Asunción.
En el Canillo, otro de sus extremos, se habilitó una de aquellas microescuelas ideadas en el estudio de De la Hoz–Olivares (funcionó otra en el Paseo de las Mercedes, entre jaulas, setos, árboles y flores). Allí, en esa especie de barracón ilustrado de tipo colonial, se estrenó como maestro Agustín Gómez “El Lucero”. Su padre, que aparte de la sabiduría flamenca, también le legó este sugestivo y luminoso sobrenombre, vivía en la calle Médico Varo.
Juan Aguilar Ruiz fue uno de sus alumnos. Juanillo alternaba la escuela con la panadería. Hacía reparto de pan por las tiendas, cuando no echaba una mano en el horno, llenando bolsas de palillos y magdalenas. Siempre estaba dispuesto a ayudar.
La harina ha sido, para él, como una segunda piel. Manolo y Carmeli, además, le encargaron una misión más: que llevara a su hijo Manolín a aquel, entonces, distante colegio del Canillo. Así que, agarrado a su mano, entré por primera vez a una clase. Agustín Gómez me acogió, aunque no tenía edad, poco más de tres años. Alguna vez me lo dijo y lo dejó por escrito en la dedicatoria de uno de sus primeros libros.
Era, pues, un mocoso y a tan corta edad, Juanillo, empezó a representar para mí algo parecido a una especie de guía, de ejemplo a seguir. Me enseñó el acceso hacia las primeras letras por el camino más recto. Y no solo esto. Orientó mi antena para sintonizar los sonidos de la música pop. Él iba por delante. Estaba al tanto de conjuntos y solistas. En definitiva, tenía buen gusto.
Era todo un chico ye-yé de la época, con una melena que se dejó crecer más de lo acostumbrado y bien visto. Algún disgusto y reproche le costó. A su lado, en escapadas a La Llave y a la tienda de Electrodomésticos de Rafael Ruz (la Philips), descubrí los primeros discos de The Beatles y Mamas and the Papas.
Hay que valorar que en mi casa, en el horno de mis padres, los sones que mandaban eran romanzas de zarzuela, coplas a todo trapo, incluido un omnipresente Manolo Escobar; ases de la melodía sentimental tipo Nat King Cole y Mari Trini, sin que faltara alguna marcha militar más raramente. De todos estos vocalistas —como se decía entonces— me sé estrofas.
Pero no había muro cañí que no fuera traspasado por Macca, Lennon y compañía. Resulta que todo cambió cuando crucé el umbral de la ferretería de la Plazuela. Un buen día, Juanillo me llevó hasta allí. Y entonces sucedió. Entre los discos que allí despachaban (vinilos en pequeño formato, por supuesto), estaba el Lady Madonna, con una enigmática y exótica Luz interior, en la cara B. En la carátula, autógrafos de los cuatro bajo el rostro.
[ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL]
El vendedor, el detallista como se le denominaba con cierta reverencia, con bata de ferretero y lápiz en la oreja para apuntar la cuenta, lo mismo te vendía un tornillo, una arandela o una tuerca que una revolución. Yo me quedé con esto último.
Lady Madonna y A salvo en mi jardín formaron parte de mi incipiente dieta musical, junto a todos los éxitos que no paraban de radiarse en las emisoras, en especial en Radio Sevilla y Radio Atalaya, de Cabra. ¿Quién me iba a decir entonces que allí, años después, iba a tener el primer contrato profesional de periodista?
Aunque no tenemos los mismos apellidos, puede afirmarse que Juanillo y Elena forman parte de nuestra familia. Nos han dado afecto y compañía en torno a una mesa y al vino los domingos en la Casilla del Cuadrado. En verano, a la sombra de unas generosas moreras. En invierno, a la recacha. Octavio Paz solía decir que la felicidad es una sillita al sol. No le falta razón a tan luminoso y cálido pensamiento.
Nos acostumbramos a estos encuentros, sin temer que alguna vez se acabarían. En tertulias en las que, sin embargo, el implacable transcurrir del tiempo iba imponiendo sus leyes, dejándonos, primero, silencios; luego, ausencias. Es el envejecimiento que amengua truenos y vehemencias. Charlas de mediodía también con la amistosa presencia de Manolillo Sánchez, otro puntal de la panadería del barrio, junto a Juan Hidalgo.
Paco Pulido López, padre de Elena, acudió a estas citas mientras pudo con su autoridad de viejo tonelero capaz de peritar con una simple mirada el grado de calidad de una madera. Paco vino desde Aguilar de la Frontera con su esposa, Antonia Palma García. Trajeron con ellos su credo igualitario, un sentido de la equidad y de rebeldía ante los desmanes.
Viéndolos a veces reflexivos y ensimismados, podía intuirse que ambos venían de un tiempo lejano de sufrimientos. Portaban un dolor antiguo, un afán de cambiar el mundo que se había ido desdibujando por puro agotamiento físico. Tocaba sobrevivir y ellos lo hicieron. Tenían mucho que contar. Eran pura memoria.
Antonio Aguilar Sánchez terminó sus días como jardinero fiel. Acompañaba a Juanillo, su hijo, por distraerse en el campo. Era limpio como sus ojos claros. Había perdido batallas y cayó cautivo, pero ningún contratiempo pudo diezmar el brillo azul de su mirada.
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Elena y Juanillo (I)
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES
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