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Manuel Bellido Mora | Elena y Juanillo (I)

A Elena Pulido se le corta la voz, ahogada aún por la angustia tantos años después, cuando rememora la noche del incendio. Fue una cosa muy mala. Es lo único que alcanza a decir. Después, ese silencio que trae la congoja, denso y amargo que hiela las palabras.


Juan Aguilar, su marido, ya llevaba un rato en el horno de Manolo Bellido cuando le llegó la urgencia: el piso estaba ardiendo envuelto por el humo, con su mujer y sus hijos de corta edad dentro. Notó que se le secaba la garganta y que le dolía el pecho, como si se lo estuvieran desgarrando. El calor sofocante de la noche de junio se vino a juntar como combustible enfurecido con las llamas inesperadas. Un escalofrío en la boca del verano, esto fue lo que sintió. Una punzada criminal en el estómago.

“Yo estaba trabajando y llegaron allí: «¡Corre, que tu piso está ardiendo!». Todos, mi primo Manolillo y Juan Hidalgo, dejamos lo que estábamos haciendo. La faena a medias. Cuando llegamos, en menos de un suspiro, nos encontramos un montón de gente apagando aquello”.

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“Menos mal que era la noche del partido y que todos los que estaban viéndolo en el bar de la esquina se movilizaron al instante. Cogieron el extintor del bar y rompieron la puerta. Y ya entraron, a porrazos. No había tiempo que perder. Elena y mi Paco, que tenía unos seis años, estaban en el balcón. Y mi Juanito, con poco más de dos años, se refugió en el cuarto de baño. Cuando llegaron los bomberos ya estaba todo apagado. Fue todo muy rápido”.

El jolgorio por los goles de Emilio Butragueño iba en aumento. Esa vez, en octavos de final del Mundial de México, marcó cuatro. Era 18 de junio de 1986. El Buitre voló sobre Querétaro. El grado superlativo se apoderó de las crónicas deportivas, mientras un dolor agudo escalaba imparable en el barrio de las Casas Nuevas.

Miedo y angustia en medio de la humareda. Pero aquella verdadera proeza, la de quienes evitaron la desgracia con un rescate a tiempo, nunca salió en titulares. Elena, nerviosa, aún nota una inquina de rescoldos. En la madrugada de pájaros, el ave fénix barrió con sus alas la sequedad mineral de las cenizas. Renacieron, es verdad.

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“Serían las once y media, o así. Lo recuerdo bien porque el partido aún estaba en juego cuando se metió fuego. El interés por verlo también mantenía despiertos a los dos niños. Y al rato vi que salían chillando: «¡Mamá, fuego! ¡Mamá, que el piso está ardiendo!». La llama prendió en el colchón. Y de ahí se propagó con rapidez como una mecha a los muebles y a la cocina”.

“Había sido un aparato de los mosquitos que se calentó. Ese fue el origen. Salió ardiendo y cayó encima del colchón. Fueron los chiquillos los que, primero, se dieron cuenta del incendio. Cuando yo llegué ya habían echado la puerta abajo. Los vecinos y los clientes del bar fueron los que controlaron el fuego, menos mal”, recuerda Juanillo, aliviado.

Los daños físicos, alguna quemadura en la piel, no fueron lo peor. Lo más grave resultó el trauma que aún perdura tantos veranos después como un animal enrabietado. “El piso quedó hecho un desastre. Se quemó casi todo. No pudimos seguir viviendo allí. Perdimos la nevera, la mesa y las sillas; el mueble principal ardió también. Pero la única que resultó herida leve fue Elena, aunque hay cicatrices como este aciago incidente que nunca cierran del todo. Pero lo importante es que el fuego no alcanzó a los niños”.

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Entre Elena y Juanillo reconstruyen aquellas horas amargas. Es un dolor que no se extingue. No hay cortafuegos eficaces contra la desesperación. Escuchar en sus labios el relato de lo que allí sucedió entrecorta el ánimo. “Los sacaron y se los llevaron a la calle por las escaleras desde una cuarta planta que es donde estaba la vivienda siniestrada. Cuando ya llegó Juan nos llevaron al Ambulatorio, donde nos vio el médico y allí recibimos la correspondiente asistencia sanitaria”.

“Pero ya no pudimos regresar. El hogar estaba destruido. Nos fuimos a vivir a casa de mis padres”, recuerda Elena. “Estuvimos de prestado hasta que pudimos mudarnos a la casa del Canillo, unos cuantos meses como extraños desorientados. También encontramos ayuda de amigos y de la familia que nos dio cobijo”.

Después, lo arreglaron. El piso quedó limpio y preparado para ponerlo a la venta, como si no hubiera pasado nada, pero ellos nunca volvieron a entrar en él. Era necesario huir. Lo mismo que, a toda prisa, se da esquinazo a un maleficio.

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“Si no hubiera habido fútbol aquello habría ardido por completo y solo Dios sabe qué cosa tan terrible podría haber pasado. El Mundial fue providencial. Si no llega a estar jugándose el partido, habría ardido todo por completo, nada hubiera quedado a salvo”.

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El piso calcinado es uno de los sesenta existentes en la calle Beato Pedro de Madrid, un mártir cristiano del siglo XVI que estuvo vinculado al antiguo Convento de San Agustín, en La Silera. Consta de diez pisos por bloque. Son datos de un estudio de Víctor Barranco, unido al barrio por lazos familiares y que lleva años recabando planos y archivos. Es la historia de una colmena de gente laboriosa y luchadora que tuvo que amoldarse a una superficie muy escueta. Pocos de los primeros vecinos siguen ahí viviendo apretados en sus escasos cincuenta metros cuadrados.

El incendio los hizo cambiar de techo, pero no de barrio. Las Casas Nuevas surgió en la segunda mitad del siglo pasado para acabar con la infravivienda, pero no todo el mundo tuvo suerte. La historia de Elena y Juanillo es la de muchas jóvenes parejas que decidieron permanecer en el espacio urbano donde ambos habían crecido.


La vida, en buena parte, se hacía al aire libre, como ocurrió la primera vez que se cruzaron sus miradas. Ella era amiga de las hermanas de Juan, lo que facilitó un noviazgo que maduró en la panadería donde ambos también coincidieron.

A sus familias les correspondió una vivienda en la misma vía, José Cobos Ruiz, en diferentes aceras. En pocas líneas, Juan Aguilar lo resume todo. Eso de tener vivienda propia, aunque minúscula, era toda una novedad para quienes estaban acostumbrados a innumerables carencias.

“Cuando entregaron los pisos de ladrillo visto, fue cuando estaban en construcción los de la Obra Sindical, que es donde vivía Chari Pérez Rosal y Joaquín García Bellido, junto a su esposa Pepa Urbano, en el mismo bloque que María Galisteo, la familia de Antonio Polo, y Paquita Polonio, donde también en los bajos estuvo la botica de Puig y la barbería de Julio Salas”.

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“Los del Patronato Felipe Rinaldi, de los Salesianos, los hicieron después”, comenta Juanillo. “Mis padres habían pedido una de las viviendas de los de ladrillo visto, y no se la concedieron; así que les dijeron que se apuntasen para la siguiente promoción, aunque tampoco dio resultado. Había muchos compromisos, que pusieron delante”.

Finalmente, se apuntó a la de los Salesianos, donde por fin lo consiguió. Pero no fue fácil reunir el dinero, aunque a la vista de hoy parezca poca cosa. “Pedían diez mil pesetas de entrada, pero mis padres no tenían esa cantidad. Fue entonces cuando mi madre, Carmen Ruiz Moreno, que tenía mucha confianza con Rafalito Portero, habló con él para que le anticipase el importe. Consiguió el préstamo, que después fue entregando poco a poco. Rafalito le dijo que no había prisa y que podía hacer la devolución como le diera la gana”.

Ha habido familias que han estado pagando la cuota mensual hasta la década de los noventa. Eran mensualidades amortizables de 110 pesetas, a lo que había que sumar la tarifa correspondiente al seguro de incendios. “Después, en el reparto de llaves, estipularon esos porcentajes periódicos, que también fue pagando a plazos, tal y como iba pudiendo. Había pisos para familias numerosas que tenían una habitación más que los normales”.

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Entre las fotos que conservan sobresale el reportaje de su boda. Aquella mañana feliz, Elena Pulido no sospechaba que un día volvería al piso de los padres a causa de un maldito incendio. Tampoco Juan, que conocía hasta el último detalle del flamante grupo de viviendas.

“Yo tenía muchos amigos que vivían en los pisos de ladrillo visto, conocía bien esas viviendas, su distribución y condiciones. Los dieron completamente amueblados, entrabas y tenían un salón, con una cocina de leña y su pequeño horno. Y en el salón había una mesa con las patas de hierro fundido igual que el horno, y una tapa de uralita, con sus correspondientes sillas”.

“Y aparte tenía una cama de matrimonio, más otras dos camas en otro dormitorio, todo ello previamente prefabricado. Con esos elementos estuvieron solo unos años, porque los inquilinos fueron cambiando el mobiliario, sustituyéndolo por otras cosas”.

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En un momento de escasez de bienes encontrar una promoción de estas características facilitaba las cosas. Allí nada más que había que llevar la ropa, el resto venía incluido en la vivienda. Tenía su ducha y su retrete, además de una especie de lavadero. Todo estaba diseñado y hecho por el arquitecto Rafael de la Hoz.

Esos pisos de apariencia tan pobretona tenían una impronta distintiva dentro de su modestia. Primero, disponen de escaleras diferentes y originales, con unos peldaños anchos, menos altos de lo normal, lo que proporciona una cierta comodidad, además de permitir ahorro y ventilación cuando se subía o se bajaba. Y luego, en la quinta planta, el techo era más elevado para evitar el calentamiento excesivo por la mayor y directa exposición al sol.

“La familia Pulido Palma —cuenta Elena— formaba parte de la segunda oleada de vecinos en estos bloques. Ocupamos un piso de la quinta planta donde ya se había alterado el mobiliario original cuando nosotros lo ocupamos. Estaba hecha la cocina, pero ya no tenía la hornilla, y el baño también estaba ligeramente modificado; tampoco estaban ya ni las sillas ni las camas originales”.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA

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