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Manuel Bellido Mora | Elena y Juanillo (III)

Con su escobón y una sonrisa sin rencores, parecía la viva imagen del sosiego y la serenidad. Era celeste como Vicente Aleixandre, incompatible con atropellos y arbitrariedades. Un hombre apacible que había convivido con metrallas y pólvoras. Al que le había rondado la muerte en trincheras infinitas. Antonio Aguilar Sánchez murió con 93 años; aún no tenía 18 años cuando comenzó la Guerra Civil. Es un recuerdo que siempre procuró apartar de su senda.

Fin del asedio al Santuario de la Virgen de la Cabeza, el 1 de mayo de 1937.
[FUENTE: PASIÓN POR ANDÚJAR]

“Mi padre nació en el mes de marzo”, concreta Juanillo. “Tenía 17 años cuando empezaron los tiros”. Juanillo, que tantas veces lo escuchó junto a su madre, Carmen Ruiz Moreno, relata cómo sucedió todo. “Su hermano mayor —es decir, mi tío— era capitán del ejército republicano; se llevaba con él cerca de veinte años. Empezaron a correr para escapar, por miedo a la represión, porque iban matando a todo el que pillaban. Siguieron en dirección a Jaén, pero los apresaron a la altura de Bujalance. Ni mi padre ni mi tío militaban en organización alguna; su único pecado era que sabían leer y escribir cuando casi todo el mundo era analfabeto”.

Casi sin pretenderlo se vieron envueltos en el ruido de los disparos y las bombas. Se acostumbraron a la muerte, socorrieron heridos y ayudaron a soldados que se desangraban en el frente. Fue testigo de masacres, de asaltos y asedios. Había conocidos y paisanos en bandos diferentes. “Los llevaron y estuvieron en la toma del santuario de la Virgen de la Cabeza, allí estuvo luchando; morían como chinches, entre ellos algunos montillanos como le ocurrió a un hermano de Juan Santos, el vendedor de frutos secos”.

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“Después siguieron hacia el norte, por Madrid y Zaragoza, para terminar en el frente del Ebro. Llevaban armas, pero no ropa militar. Y fueron de un lado para otro en diferentes cárceles y campos de concentración. Atravesaron toda España y, finalmente, fueron encarcelados cuando los detuvieron en la batalla del Ebro. Estuvieron internados en Santoña junto a miles de republicanos arrestados”.

Antonio Aguilar Sánchez pasó muchos años lejos de su tierra por motivos de guerra. Después, como prisionero formó parte de batallones de trabajo en obras públicas para la reconstrucción de infraestructuras dañadas en la contienda. Para estos rehenes republicanos la Guerra Civil parecía no tener fin. No acabó el 1 de abril de 1939.

“Como era represaliado, lo llevaron de un sitio a otro haciendo faenas obligatorias en carreteras, pistas de aeropuertos, canales de riego y diferentes proyectos”, relata Juanillo. “Se fue a la batalla con 17 años y regresó cinco años después, cuando ya tenía 23. Pudo venirse a Montilla porque mi abuela era viuda. Conoció a mi madre, Carmen Ruiz Moreno, y se casó al poco tiempo, en 1946, seis años después del fin de la guerra”.

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Al finalizar todas estas penalidades, tocaba reintegrarse en la vida civil. Era consciente del peso de saberse señalado. Pero había que salir adelante. Y no se arredró. Tenía claro que no se iba a quedar parado, con las manos cruzadas.

“Él siempre trabajó en el campo, menos unos cinco años en que estuvo en una brigada de la RENFE, reparando las vías del ferrocarril Córdoba–Málaga. Con quien más trabajó fue con la familia Navarro, que eran propietarios de la finca La Pepita, al pie de Cuesta Blanca, donde estuvieron de caseros”.

“Después nos vinimos a Montilla para escolarizar a mis hermanos mayores, que, además, también empezaron a trabajar. Pero mi padre siguió relacionado con los Navarro y con Antonio Prieto, que tenía una casilla frente al cementerio, donde también vivimos una época”.

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Tener un lugar estable para vivir era un sueño. Había quien literalmente llevaba la casa a cuestas. La mudanza era algo habitual, siempre a la caza de un techo, lo mínimo para subsistir. Era casi un estilo de vida itinerante, en muchos casos sujeto a la voluntad del propietario a quien servían como empleados. “Mi hermana Carmen nació en La Pepita, y mis hermanos Manolo y Antonio en la llamada Casilla de Luis Leal. De La Pepita son todos mis recuerdos infantiles; los cinco primeros años de mi vida los pasé allí en pleno campo”.

“Conocía bien aquel sitio, y acompañaba a mi hermano Manolo cuando salía a cazar. Me iba con él y disfrutaba mucho. Nuestra vida era sencilla: mis padres iban a Montilla un par de veces a la semana, a cobrar y comprar alimentos, aunque el pan llegaba en el reparto por el campo que hacía la panadería de Agustín Mora”.

La imagen pastoril del campo es una estampa que aquí no se corresponde con la realidad. Es verdad que él y su familia se criaron en contacto con la naturaleza. Es algo innegable, aunque en condiciones de absoluta precariedad. Cobijo y poco más, con lo que era imprescindible buscar nuevos horizontes. Les esperaba el hacinamiento.

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“Después, al trasladarnos a Montilla, pasamos lo menos siete años en una casa de vecinos del Llanete de la Cruz. Era un enorme patio de vecinos donde vivían treinta y dos familias en habitáculos. Había un solo retrete, un caño en mitad del patio, para todos. Era un agujero, porque allí en realidad no había váter ni nada”. Este caserón, quizás el de mayores dimensiones de Montilla, era propiedad de Salvador Cid. Costaba dos pesetas y veinte céntimos al mes, cuando el salario de una persona era de unas treinta o treinta y cinco pesetas.

“Allí entrabas por la puerta y tenías viviendas a uno y otro lado, que eran cuartos para todo el mundo. Era una birria, pero es lo que teníamos. También había una escalera para acceder a la parte alta de la casa, donde vivía el propietario del inmueble, con otras habitaciones que igualmente tenía alquiladas”.

Juanillo lo describe como si lo estuviera viendo ahora mismo, al milímetro; se aprovechaba hasta el último hueco. Es algo que no se olvida fácilmente. El intenso olor humano, una sensación asfixiante, era algo que calaba en los huesos. “Además, había un sótano con más habitaciones y cocina comunal, más un pozo para todos los vecinos. En una misma habitación dormía una familia completa, padres e hijos pequeños en la misma cama”.

Obras de pavimentado en el Llanete de la Cruz (1955).
[FUENTE: PARROQUIA DE SAN SEBASTIÁN]

Con poco se apañaban. Era gente acostumbrada a las estrecheces. A carencias y extremas condiciones de supervivencia que hoy se tienen por insoportables. Escucharlo es como sentir el rumor, la mordedura de la miseria. “Había lo mínimo: una cama, una mesa y un mechinal, un agujero que servía como diminuta despensa para meter algunas cosas. Por la noche, dos de nosotros dormíamos a los pies de mis padres, los demás hermanos en la otra cama, e incluso tendidos entre dos sillas”.

Aquella casa comunal constituía un universo aparte. Era enorme, así la recuerda: “Daba a El Coto después de pasar un callejón y varias habitaciones más. En una de ellas vivía mi tío el mayor, el hermano de mi padre. Y al final, en el fondo de aquella casa había otra cocina más. La casa por la parte trasera llegaba hasta donde ponían la feria, con un huerto de alcachofas y otras plantas en la parte última de la vivienda”.

Entregas anteriores


Elena y Juanillo (I)
Elena y Juanillo (II)

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES

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SUMINISTROS AGRÍCOLAS LUQUE - MONTILLA


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