El oro negro adquirió entonces proporciones de obsesión desmesurada. Equipos internacionales pertrechados de todo lo necesario para auscultar el subsuelo lo sondearon sin descanso. Una de aquellas misiones exploratorias que también olisqueaban otros combustibles enterrados llegó al hotel. Alfonso Sáinz, jefe administrativo, no tuvo dudas. Era el sitio donde quería quedarse. Y su vaticinio no fue desacertado, pues terminó casándose con la montillana Celia Portero.
Prospección de petróleo en Sargentes de la Lora, al norte de Burgos.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: RICARDO DE CASTRO PEÑA]
“Yo del hotel y el mesón tengo muchísimos recuerdos, porque desde muy pequeña ya lo había trasteado entero”, empieza por decirnos Celia. “Mi padre se paraba allí a tomarse una copita y el aperitivo del mediodía. Y mientras tanto, jugábamos allí y entrábamos como Pedro por su casa: los patios donde había una fuente, no tenían secretos para nosotras. En mi niñez fue el escenario de los juegos infantiles, mientras ellos disfrutaban con sus conversaciones o daban cuenta de alguna bebida o lo que fuera, junto a otros vecinos y conocidos”.
Para Celia, cuya familia terminaría mudándose al barrio de las Casas Nuevas, el hotel era una casa abierta todo el rato. Ella, que vivía en la calle Escuelas, se colaba por una puerta lateral que daba directamente a los patios, a los lavaderos y a la parte de arriba. Creció entre risas y corrinches.
“Cuando me hice mayor, ya de muchacha, volví al mesón, donde nos juntábamos con los amigos y amigas, siempre bien atendidos por Pepe Luna, que se quedó con el negocio cuando Felisa, su madre, ya no estaba. Entrábamos la gente joven a tomarnos nuestros refrescos. Pepe lo cambió para ponerlo al gusto de los nuevos tiempos. Pero, al principio, era más tipo taberna”.
“Lo conocía a fondo, con las habitaciones en la planta alta, todo eso lo he recorrido yo muchas veces. Luego empecé a salir con Alfonso, que rápidamente se acopló a mi grupo, con Miguel Rueda, Miguel de la Torre, Paco Castellano, Pepín Carbonero, José Miguel Osuna, Rafa 'El Ricitos', Richard de Castro Peña y tantos otros”.
Cuando Alfonso Sáinz fue destinado a Montilla, barajó varias posibilidades como paradero. Por estar tan bien situado, en pleno casco histórico, el Hotel Comercio fue el que más le convino. Fue a dar, precisamente, en el territorio de recreo y esparcimiento de la que iba a convertirse en su novia.
Francisco Luque-Romero, Cristo y Ricardo de Castro, en Sargentes de La Lora.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: RICARDO DE CASTRO PEÑA]
Llegó a Montilla en julio de 1971. Fue el primero de la empresa que desembarcó aquí, en plan avanzadilla para tantear la zona y sus posibilidades. “Me adelanté al resto de sus compañeros para buscar oficinas y garajes para que, después, ya viniera todo el equipo. El más céntrico y el que más me cuadró era este. Me pareció bien y me quedé”.
“Estuve alojado hasta Navidad más o menos, todo el tiempo que la empresa permaneció en Montilla a la captura de petróleo. Conocí a Celia esas navidades en la puerta del Ayuntamiento. Y, con ella, a su grupo de amigos, con los que al instante hice muy buenas migas”. Alfonso estaba enrolado en una compañía itinerante que después se asentó una temporada en Reus. Sin embargo, el noviazgo fue, para él, un lazo sólido con Montilla, a donde volvía cada vez que se terciaba.
“Regresaba para ver a Celia y en el hotel siempre me daban la misma habitación. Recuerdo a Rafi Jiménez Bellido, 'La Chati', que es la mujer que arreglaba y preparaba todos los cuartos del hotel. La Chati era el alma de aquella casa: todo pasaba por sus manos. También recuerdo a Felisa, la abuela, que cada vez que entrabas te la encontrabas allí sentada en una salita que tenía, con la alacena detrás y la llave en el bolsillo. Esa llave no se la quitaba nadie”.
“Así fui conociendo a todo el personal; a Pepe, por supuesto, y a sus hermanas. Estuve yendo y viniendo y siempre me quedaba allí, hasta que me compré la casa. En verano alternábamos entre Luna y Casa Palop, esa era nuestra ruta diaria. En el momento que le cambiaron el estilo, es decir, cuando pasó de taberna a mesón, ya iba mucha gente, en especial los fines de semana”.
El paso de esta empresa francesa de búsqueda de hidrocarburos dejó una estela no solo en lo sentimental. Reclutó a numerosos jóvenes que, de esta manera, accedieron a su primer contrato laboral. “Era una sociedad gala que, primero, tenía su correspondiente sede en España y más tarde, ya montó una filial española de carácter más o menos estable, pero, al principio, era una delegación”.
“Su nombre era Compañía General de Geofísica (CGG), pero en los pueblos por donde pasábamos se le conocía como 'El Petróleo', porque lo que hacíamos eran estudios geofísicos para determinar si había bolsas o no; o sea, estructuras favorables a que hubiera petróleo o gas natural. Se hacía una recogida de datos, se valoraban y contrastaban. Se tomaban en el campo, analizando las muestras, se efectuaba con ellas una primera valoración y, acto seguido, se enviaban a Madrid para el informe definitivo”.
La oficina estaba en la Avenida Antonio y Miguel Navarro, por encima del Bar de Luna, y las cocheras y taller estaba en unos almacenes de Arturo Espejo, el de las maderas, donde se guardaba todo el material. Como jefe administrativo, de Alfonso Sáinz dependía, en buena parte, la conformación de los grupos de trabajo.
“Era imprescindible buscar una oficina para establecer a los técnicos e ingenieros, además de cocheras para guardar la maquinaria y el transporte. Se necesitaba una nave donde meter todos los vehículos y repararlos. Teníamos personal fijo, que normalmente eran los jefes de equipo, y otra parte del empleo que era de carácter provisional o temporal”.
“En cada lugar se contrataba peones y conductores. En Montilla, entre unas cosas y otras, dimos trabajo a unas treinta personas. En total, nos quedamos algo más de un trimestre. Anduvimos por toda esta comarca haciendo estudios sísmicos y geológicos”.
Alfonso Sáinz, Ricardo de Castro y Paco Gómez Aguilar.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: RICARDO DE CASTRO PEÑA]
Como quiera que las condiciones salariales eran bastante buenas para la época, no pocos de aquellos muchachos decidieron seguir vinculados al petróleo. Que Alfonso Sáinz fuera uno de los responsables de la dirección administrativa facilitó la renovación de contratos, con lo que, luego, muchos de ellos siguieron en Tarragona, Aragón y Burgos, cartografía de rastreadores de yacimientos de uno de los más apreciados minerales.
Así, a la vez que formalizaba su relación con Celia Portero, también lo estaba haciendo con Montilla. Aceptó una oferta en Vinsur (más tarde, en Bodegas Pérez Barquero), con lo que dijo adiós a la vida nómada que había llevado hasta entonces. Estaba a gusto y feliz. Le gusta repetir que su historia con Montilla ha sido de lo más agradable. Y todo comenzó, como tantas otras cosas, en el Hotel Comercio.
Este navarro de Olagüe, tierra de brujas, vino a caer en la de esa trinidad de hechiceras que son Las Camachas. Aterrizó aquí con apenas 20 años (aún no había hecho el servicio militar) a bordo de un SEAT 850 azul. De contabilidad lo sabía casi todo, una cualidad que le llevó a ordenar las facturas de un par de bodegas por las que pasó con buena nota.
“Rumasa me seleccionó para entrar en la oficina del Banco de Jerez en Montilla, pero mientras se ampliaba o no la plantilla de la sucursal, me ofrecieron ingresar en la Compañía Vinícola del Sur (el hexágono con la abeja, muy desvaído, aún puede apreciarse en la pared de una nave, actualmente de La Unión). Hice el inventario contable de esta bodega que llevaba mucho retraso”.
También le tocó poner al día los registros y el estado de cuentas de Pérez Barquero. Lo hizo cuando ya estaba casado y había estrenado hogar con su mujer. “Una vez que arreglé lo de Vinsur, me fui a mi nuevo destino. Me propusieron pasar a Pérez Barquero para modernizar y actualizar la gestión administrativa durante la etapa de Rumasa”.
“Había mucho desajuste en contabilidad en un momento en que la oficina se acababa de mecanizar con el funcionamiento de los primeros ordenadores. Ya no era el trabajo manual, sino a base de las primeras computadoras. Paco Contreras era, entonces, el director administrativo. Estuve allí hasta después de la expropiación”.
Hotel Babel (I)
Hotel Babel (II)
Hotel Babel (III)
Hotel Babel (IV)
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: RICARDO DE CASTRO PEÑA]
“Yo del hotel y el mesón tengo muchísimos recuerdos, porque desde muy pequeña ya lo había trasteado entero”, empieza por decirnos Celia. “Mi padre se paraba allí a tomarse una copita y el aperitivo del mediodía. Y mientras tanto, jugábamos allí y entrábamos como Pedro por su casa: los patios donde había una fuente, no tenían secretos para nosotras. En mi niñez fue el escenario de los juegos infantiles, mientras ellos disfrutaban con sus conversaciones o daban cuenta de alguna bebida o lo que fuera, junto a otros vecinos y conocidos”.
Para Celia, cuya familia terminaría mudándose al barrio de las Casas Nuevas, el hotel era una casa abierta todo el rato. Ella, que vivía en la calle Escuelas, se colaba por una puerta lateral que daba directamente a los patios, a los lavaderos y a la parte de arriba. Creció entre risas y corrinches.
“Cuando me hice mayor, ya de muchacha, volví al mesón, donde nos juntábamos con los amigos y amigas, siempre bien atendidos por Pepe Luna, que se quedó con el negocio cuando Felisa, su madre, ya no estaba. Entrábamos la gente joven a tomarnos nuestros refrescos. Pepe lo cambió para ponerlo al gusto de los nuevos tiempos. Pero, al principio, era más tipo taberna”.
“Lo conocía a fondo, con las habitaciones en la planta alta, todo eso lo he recorrido yo muchas veces. Luego empecé a salir con Alfonso, que rápidamente se acopló a mi grupo, con Miguel Rueda, Miguel de la Torre, Paco Castellano, Pepín Carbonero, José Miguel Osuna, Rafa 'El Ricitos', Richard de Castro Peña y tantos otros”.
Cuando Alfonso Sáinz fue destinado a Montilla, barajó varias posibilidades como paradero. Por estar tan bien situado, en pleno casco histórico, el Hotel Comercio fue el que más le convino. Fue a dar, precisamente, en el territorio de recreo y esparcimiento de la que iba a convertirse en su novia.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: RICARDO DE CASTRO PEÑA]
Llegó a Montilla en julio de 1971. Fue el primero de la empresa que desembarcó aquí, en plan avanzadilla para tantear la zona y sus posibilidades. “Me adelanté al resto de sus compañeros para buscar oficinas y garajes para que, después, ya viniera todo el equipo. El más céntrico y el que más me cuadró era este. Me pareció bien y me quedé”.
“Estuve alojado hasta Navidad más o menos, todo el tiempo que la empresa permaneció en Montilla a la captura de petróleo. Conocí a Celia esas navidades en la puerta del Ayuntamiento. Y, con ella, a su grupo de amigos, con los que al instante hice muy buenas migas”. Alfonso estaba enrolado en una compañía itinerante que después se asentó una temporada en Reus. Sin embargo, el noviazgo fue, para él, un lazo sólido con Montilla, a donde volvía cada vez que se terciaba.
“Regresaba para ver a Celia y en el hotel siempre me daban la misma habitación. Recuerdo a Rafi Jiménez Bellido, 'La Chati', que es la mujer que arreglaba y preparaba todos los cuartos del hotel. La Chati era el alma de aquella casa: todo pasaba por sus manos. También recuerdo a Felisa, la abuela, que cada vez que entrabas te la encontrabas allí sentada en una salita que tenía, con la alacena detrás y la llave en el bolsillo. Esa llave no se la quitaba nadie”.
“Así fui conociendo a todo el personal; a Pepe, por supuesto, y a sus hermanas. Estuve yendo y viniendo y siempre me quedaba allí, hasta que me compré la casa. En verano alternábamos entre Luna y Casa Palop, esa era nuestra ruta diaria. En el momento que le cambiaron el estilo, es decir, cuando pasó de taberna a mesón, ya iba mucha gente, en especial los fines de semana”.
El paso de esta empresa francesa de búsqueda de hidrocarburos dejó una estela no solo en lo sentimental. Reclutó a numerosos jóvenes que, de esta manera, accedieron a su primer contrato laboral. “Era una sociedad gala que, primero, tenía su correspondiente sede en España y más tarde, ya montó una filial española de carácter más o menos estable, pero, al principio, era una delegación”.
“Su nombre era Compañía General de Geofísica (CGG), pero en los pueblos por donde pasábamos se le conocía como 'El Petróleo', porque lo que hacíamos eran estudios geofísicos para determinar si había bolsas o no; o sea, estructuras favorables a que hubiera petróleo o gas natural. Se hacía una recogida de datos, se valoraban y contrastaban. Se tomaban en el campo, analizando las muestras, se efectuaba con ellas una primera valoración y, acto seguido, se enviaban a Madrid para el informe definitivo”.
La oficina estaba en la Avenida Antonio y Miguel Navarro, por encima del Bar de Luna, y las cocheras y taller estaba en unos almacenes de Arturo Espejo, el de las maderas, donde se guardaba todo el material. Como jefe administrativo, de Alfonso Sáinz dependía, en buena parte, la conformación de los grupos de trabajo.
“Era imprescindible buscar una oficina para establecer a los técnicos e ingenieros, además de cocheras para guardar la maquinaria y el transporte. Se necesitaba una nave donde meter todos los vehículos y repararlos. Teníamos personal fijo, que normalmente eran los jefes de equipo, y otra parte del empleo que era de carácter provisional o temporal”.
“En cada lugar se contrataba peones y conductores. En Montilla, entre unas cosas y otras, dimos trabajo a unas treinta personas. En total, nos quedamos algo más de un trimestre. Anduvimos por toda esta comarca haciendo estudios sísmicos y geológicos”.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: RICARDO DE CASTRO PEÑA]
Como quiera que las condiciones salariales eran bastante buenas para la época, no pocos de aquellos muchachos decidieron seguir vinculados al petróleo. Que Alfonso Sáinz fuera uno de los responsables de la dirección administrativa facilitó la renovación de contratos, con lo que, luego, muchos de ellos siguieron en Tarragona, Aragón y Burgos, cartografía de rastreadores de yacimientos de uno de los más apreciados minerales.
Así, a la vez que formalizaba su relación con Celia Portero, también lo estaba haciendo con Montilla. Aceptó una oferta en Vinsur (más tarde, en Bodegas Pérez Barquero), con lo que dijo adiós a la vida nómada que había llevado hasta entonces. Estaba a gusto y feliz. Le gusta repetir que su historia con Montilla ha sido de lo más agradable. Y todo comenzó, como tantas otras cosas, en el Hotel Comercio.
Este navarro de Olagüe, tierra de brujas, vino a caer en la de esa trinidad de hechiceras que son Las Camachas. Aterrizó aquí con apenas 20 años (aún no había hecho el servicio militar) a bordo de un SEAT 850 azul. De contabilidad lo sabía casi todo, una cualidad que le llevó a ordenar las facturas de un par de bodegas por las que pasó con buena nota.
“Rumasa me seleccionó para entrar en la oficina del Banco de Jerez en Montilla, pero mientras se ampliaba o no la plantilla de la sucursal, me ofrecieron ingresar en la Compañía Vinícola del Sur (el hexágono con la abeja, muy desvaído, aún puede apreciarse en la pared de una nave, actualmente de La Unión). Hice el inventario contable de esta bodega que llevaba mucho retraso”.
También le tocó poner al día los registros y el estado de cuentas de Pérez Barquero. Lo hizo cuando ya estaba casado y había estrenado hogar con su mujer. “Una vez que arreglé lo de Vinsur, me fui a mi nuevo destino. Me propusieron pasar a Pérez Barquero para modernizar y actualizar la gestión administrativa durante la etapa de Rumasa”.
“Había mucho desajuste en contabilidad en un momento en que la oficina se acababa de mecanizar con el funcionamiento de los primeros ordenadores. Ya no era el trabajo manual, sino a base de las primeras computadoras. Paco Contreras era, entonces, el director administrativo. Estuve allí hasta después de la expropiación”.
Entregas anteriores
Hotel Babel (I)
Hotel Babel (II)
Hotel Babel (III)
Hotel Babel (IV)
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: ARCHIVO DE RICARDO DE CASTRO PEÑA
FOTOGRAFÍA: ARCHIVO DE RICARDO DE CASTRO PEÑA

















































