Al mediodía, el Hotel Comercio era un gran centro de reunión social. A diario concurrían comerciantes, aficionados al flamenco, empleados de banca y paseantes que se juntaban allí en tertulias que, a veces, se prologaban hasta bien entrada la tarde. Se formaba un grupo de gente que había días que se animaba lo indecible con la participación de artistas flamencos.
Entrega de trofeos de un Torneo de Tenis de Mesa en el Hotel Comercio.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JOSÉ LUIS MÁRQUEZ RUIZ]
Había un menú del día para los huéspedes y, aparte, lo que cada uno quisiera pedir. En cierto modo, aunque predominaba la cocina autóctona, era una carta abierta, con un algún toque innovador e internacional, dado que, en cierto modo, era un Hotel Babel. Durante seis meses tuvieron alojado a un grupo de trabajadores del oleoducto que se estaba construyendo entre Málaga y Puertollano. Candi Luna ve lógico que se quedaran y que escogieran Montilla como base porque, dada su planificación, los operarios tenían muy buenas combinaciones con el trazado de esta conducción.
“Estuvieron visitando el hotel, que les gustaba mucho, pero el problema es que no había agua corriente garantizada por los problemas de abastecimiento. Resolvimos esa carencia hablando con Fernández, que instaló agua corriente en todas las habitaciones gracias a unos depósitos. Los puso y se solucionó el tema, con lo que finalmente se quedaron aquí en el hotel”.
Eran operarios de la Sociedad Nacional de Metanoductos del Ente Nazionale Idrocarburi de Italia. Esta gran tubería de 267 kilómetros se inauguró con toda la pompa el 6 de octubre de 1965. Hacerla fue una labor de ingeniería compleja que aportó una temporal riqueza a las tres provincias por las que discurría. Dejó de funcionar en el año 2000, siendo sustituida por un ramal Cartagena–Puertollano que, más tarde, al liberarse de esta carga y servidumbre del crudo, iba a facilitar la transformación comercial del Puerto de Málaga.
Eran obreros, muchos de ellos italianos, que estaban especializados en este tipo de infraestructuras. La dirección del proyecto recaía en ellos, que dependía de la sociedad de petróleos más grande de Italia (tenía carácter estatal). La plantilla se completaba con obreros españoles. Aprovechaban los ratos de ocio y los descansos en la dura jornada laboral para conocer el entorno. De esta convivencia surgió algún romance que otro.
Ana María Márquez Llamas y Rosi Cerezo Morales no sabían entonces, cuando eran unas atractivas y simpáticas muchachas, que sus paseos por la Corredera iban a terminar en el país transalpino. Aquel oleoducto iba a cambiar su vida radicalmente.
Más de 60 años después, Rosi revive como si hubiera ocurrido ayer aquellos ilusionantes días, los de su noviazgo, en una sociedad que estaba muy pegada a la Iglesia (ella misma lo estaba al formar parte de Acción Católica). Le molestó la actitud de sus paisanos, que enjuiciaron aquellos amores con cierto recelo. Nos lo cuenta desde Bettola, cerca de Piacenza, donde reside felizmente con su marido, Renato Milza.
Reportaje que el NODO dedicó al oleoducto entre Málaga y Puertollano.
[ARCHIVO: FILMOTECA ESPAÑOLA]
“Renato vino a Montilla porque él trabajaba como mecánico en aquella gran infraestructura energética que estaban haciendo. Era un proyecto muy grande. Llegaron aquí cuando el trabajo estaba a la mitad, en el trazado subterráneo del oleoducto entre Málaga y Puertollano, donde había una importante refinería. Lo conocí un domingo a través de un amigo que estaba con otro amigo suyo. Yo estaba con Loli Sánchez dando una vuelta y ellos nos siguieron y empezaron a hablar. Y así empezamos”.
“Me preguntó si podíamos vernos al día siguiente y a mí no me pareció mal. Era verano y salíamos casi todas las noches. Él se enfadó mucho porque en el trabajo tuvo un problema y no pudo acudir a la cita aquella noche. Me dijo, preocupado, que por esta informalidad Rosi ya no me quiere. Ella no va a querer estar conmigo, se lamentaba. Pero luego, a los días, nos vimos otra vez y comenzamos nuestra relación, que fue muy rápida. A él le gustaba yo y a mí me gustaba él: así de fácil. En seis meses ya estábamos ante el altar”.
Su hermana, Isabel Cerezo Morales, algo mayor que ella, ya estaba casada cuando se ennovió Rosi. Fue testigo de las primeras citas. “Eso fue entre final del verano y el otoño, en octubre o noviembre de 1963. Renato solía contar que él estaba en la puerta del hotel cuando vio pasar a Rosi, que iba para la Plaza de la Rosa con sus amigas”. Renato suele decir que al verla pensó que era la mujer de su vida. “Es la que yo quiero”: le cruzó esta idea como una bengala, fulgente y cálida.
“Se fue detrás de ella, la cortejó o la pretendió como se decía entonces y, de esta manera, comenzó su relación. La boda fue al año siguiente, en marzo, el Domingo de Ramos. Ambos tenían la misma edad cuando se casaron, 23 años. Era un escándalo porque el comentario era que no se iban a casar, que eso era para reírse de ella. Pero iba en serio y, enseguida, planearon el matrimonio con el consentimiento expreso de los padres de la novia”.
Renato quería desposarse cuanto antes mejor. Le quedaba la última parte de la misión en el oleoducto. Recoger toda la maquinaria en Málaga y dar por finiquitado este asunto. De ninguna forma quería regresar a su país sin la mujer de la que estaba enamorado. Pero estas prisas, en aquel tiempo, sorprendieron a la familia de Rosi: “¿Tú estás loca?, le dijo mi madre. “Se formó un buen revuelo, porque imagínate cómo era Montilla en aquellos tiempos”.
Rosi Cerezo era la primera mujer que se casaba con un extranjero en Montilla, al menos en esos años. “Yo era muy conocida y nadie se lo creía. Pero ¿es verdad que te casas? La gente no paraba de preguntar siempre esto mismo. Mi madre se quiso informar y yo no tardé en presentar mi familia a Renato, que fue aceptado y querido sin problemas, porque siempre ha sido un buen hombre”.
Rosi Cerezo y Renato Milza, en el Paseo de Las Mercedes.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
“Mi madre estaba encantada con él, y todos estaban contentos. No tuvimos ningún problema y nos casamos en la Parroquia de San Francisco Solano. Pero yo después de oficializar el matrimonio estuve unos siete meses más en Málaga hasta que se dio por finalizada la tarea del oleoducto, aunque también estuve en Puertollano y en Fuencaliente, es decir, en todos los sitios por donde pasaba el trabajo. Después de 61 años, con los vaivenes propios de tan larga convivencia, tenemos tres hijos y estamos bien”.
Dice la gente que el amor es un lenguaje universal. Pero como conviene facilitar las cosas cuando se habla distinto idioma, Renato Milza le regaló a su prometida un breviario de Gramática de la Lengua Italiana. Al dorso de una de sus páginas, en plan zalamero y jugando con el doble sentido de las palabras, le hizo saber sus pretensiones: “A la Reina de la Simpatía, con este libro y “buena mano” conseguirás con tu “gracia” dominar “al italiano”.
Rosi Cerezo Morales recompone el día a día de su acelerado idilio. No tuvieron ocasión de bailar porque las ferias ya habían pasado. Les quedaba el cine como a tantas otras parejas donde se entretenían con los éxitos del momento. Para ella, es inolvidable la película Los diez mandamientos, cuyo estreno en Montilla llegó con notable retraso.
A la izquierda, Rosi Cerezo. A la derecha, dedicatoria de Renato Milza.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
Había pocas diversiones. Lo demás no dejaba de ser rutinario: largos paseos por el pueblo, hasta el incipiente barrio de las Casas Nuevas. Contaban los segundos para la hora de sus citas con la vuelta al hotel cada día al finalizar el trabajo.
“Renato Milza estaba estupendamente en el hotel. Nunca tuvo queja, porque estaba bien atendido y él, además, siempre ha tenido un carácter muy alegre. Había bastantes italianos y él hablaba con todo el mundo, nunca se sintió solo. Algunos compatriotas suyos que ya tenían familia se decantaron por apartamentos o casas alquiladas, pero el resto prefirió quedarse en el hotel. Estaba muy contento allí”.
Después del casamiento, ambos se quedaron unos meses en Málaga. Una de aquellas noches, mientras encontraron un sitio más estable, la pasaron en el Hotel El Pez Espada, de Torremolinos, que estaba recién inaugurado y que pregonaba sus excelencias en la publicidad, asegurando que era el hotel que había llevado el gran lujo a la Costa del Sol.
Enlace matrimonial de Rosi Cerezo y Renato Milza en la Parroquia de El Santo.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
A su modo, Renato y Rosi también eran estrellas, como Anthony Quinn, Charlton Heston, Sean Connery o la princesa Soraya de Persia, heraldo del glamour en el rebalaje. Rutilantes inquilinos de un establecimiento que llevó el esplendor a primera línea de playa. Era la primera de muchas otras paradas por el mundo.
“Al acabar el oleoducto nos fuimos a Italia, pero como Renato era jefe de mecánicos en la empresa, le encomendaron otros destinos”. Así, también estuvieron dos años en Irán en una planta petrolífera, en una refinería antiatómica. Y, más tarde, en Suecia, otros dos años. “Renato, además, estuvo en Libia, en Argentina y en otras misiones”.
El suyo había sido un noviazgo veloz, pero sólido, aunque costó que fuera entendido por una sociedad excesivamente remilgada. Francisco Polonio, párroco de El Santo, ofició el enlace. Y se ve que le encantó el vestido nupcial que Rosi Cerezo había diseñado y cosido personalmente.
Por regla general, las novias entran y salen del templo con unas galas nupciales que de forma invariable están destinadas al ropero, donde se guardan amorosamente sedas, tules y encajes inmaculados. Pero esto no ocurrió con el de Rosi como ella misma nos desvela.
Rosi Cerezo diseñó su propio vestido de novia.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
“Mi vestido de novia me lo hice yo. Tenía filos plateados. Brillaba cuando le daba la luz. Era bonito e impresionante. Y el cura, don Francisco, cuando lo vio, me lo pidió para hacer una casulla con la que decir misa. Estaba hecho de una tela muy bonita y yo, ante su petición, que me pareció un halago, se lo regalé. Así que en la Parroquia de El Santo tiene que estar la casulla que se hizo con mi vestido de novia”.
Era un brocado (broccato, en italiano) con hilos plateados. “Era una tela de seda muy rica con ese tono plateado que poco más necesitaba. El velo era de tul, y me hacía la cola del vestido prácticamente, porque me salía de la espalda. No llevaba más adornos. Era como yo lo quería, como a mí gustaba”.
Este insólito hecho —o, al menos, poco habitual— venía a suponer una rara prolongación del sacramento que el recordado sacerdote acababa de administrar a aquella joven pareja hispano-italiana. Pero, sobre todo, era la verificación pública del talento de Rosi para crear su propia moda. En las fotos del reportaje de boda se aprecia con gran nitidez que el velo, sujeto por una doble diadema de preciosa cinta, se cuelga desde la nuca en caída libre.
Rosi Cerezo y Renato Milza abandonan la Parroquia de El Santo.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
En vez de un armario, aquella hermosa creación tenía reservado el arcón de una sacristía. En esto, el vestido de novia de Rosi fue tratado como si fuera de la realeza. En la visita al palacio de Hofburg en Viena, principal residencia de Isabel de Baviera —la archifamosa Sissi— se cuenta que con la sofisticada prenda de esta mitificada princesa se confeccionaron vestiduras litúrgicas para solemnes rituales.
Poco tiempo después, Francisco Polonio, que era de Montilla, colgaría la sotana para casarse con una prima suya. Fernando del Rosal, párroco de San Sebastián, también siguió este mismo camino. Eran renuncias a la labor sacerdotal por amor, lo que se recibió con cierto escándalo en una España vigilada y de confesionario.
“Cuando yo me casé, Italia estaba bastante más adelantada que España. La primera vez que voté lo hice en Italia: era una cosa que no ocurría en una dictadura. Ahora, sin embargo, es España la que nos lleva ventajas en muchos aspectos. Pero en aquel tiempo, si queremos decir la verdad, había mucha hipocresía. Muchos santicos que santos no eran. Yo era no libre, porque eso entonces no era viable, pero sí iba algo por delante. La amistad la consideraba amistad, no otra cosa”.
Sin apartarse de la Iglesia, Rosi Cerezo representaba una nueva mentalidad. Pero eran avances obstaculizados por la intransigencia. Ni siquiera tener un claro compromiso con la doctrina católica te libraba de pecado. Era la diana de las críticas, sin buscarlo.
“Cuando la gente te veía con algún muchacho por la Corredera, de inmediato pensaba mal. Sin embargo, aquellos paseos eran por simple amistad. Se hablaba, no te voy a decir con todo el mundo, pero yo procuraba ser algo más libre: no tenía prejuicios. A mí no me importaba hablar con alguno que no fuera del pueblo. Y esto, en aquellos tiempos, no estaba bien visto. Pero los beatos te señalaban”.
“No me importaba: yo era de Acción Católica, iba a misa casi todos los días, iba mucho a la Parroquia de El Santo, con otras amigas y hacíamos obras de caridad. Pero yo no he tenido nunca prejuicios con nadie. Yo bailaba, me divertía, pero todo sin esconder nada, a la luz del día. A mi hermano Antonio le daba coraje que yo fuera así”.
Cualquier cosa era malentendida entonces. Estar a la moda o engancharte a los ritmos modernos se consideraban frivolidades. Se temía que allí anidara la semilla de la rebeldía. Para los sectores más inmovilistas del régimen y de la jerarquía católica, el demonio no descansaba: estaba en cada esquina y se daba por supuesto que también podía andar con toda tranquilidad entre los ovillos y los dedales.
“Yo he cosido mucho: me hacía mis vestidos y esto, a la gente, aunque parezca una tontería, le daba por reprobarlo. Yo, en ese sentido, era muy vistosa. A la gente le fastidiaba esta manera de ser mía, pero a mí no me importaba. Una vez mi madre me dijo: «mira, ha venido tu hermano Antonio diciendo que tú bailas, que si cantas, que esto y que lo otro en la Caseta de la Peña Ole Olé». Yo iba siempre, me quedaba hasta tarde con permiso de mi madre, porque yo iba con Antonio Morales el cosario y con Prudencio Molina, que eran como de la familia”.
“Ellos formaban un grupo de matrimonios casados y nosotras éramos unas muchachas jóvenes. De alguna forma, ellos nos protegían. Y, sin embargo, mucha gente no lo entendía. Entre ellos, mi hermano Antonio. Así que yo le dije: «esta noche tú vienes conmigo a la Feria, a la caseta, y así tú ves lo que hago y con quién bailo». Además, me llevé a mi madre. Y le dije: «¿Has visto, mamá, lo que hago?». Yo hablaba con todos y me reía, pero nunca hice nada de lo que me pueda avergonzar. Pueden decir lo que quieran, porque yo con el único hombre que he ido ha sido con Renato”.
Rosi Cerezo estaba entre la posguerra y el desarrollismo cuando dijo adiós a España. Lo que había nacido alrededor del Hotel Comercio la llevó a Italia y, en cierto modo, le hizo contemplar la vida con otra perspectiva, sin dejar de ser ella misma. Pudo ver desde su nuevo hogar los aires de cambio que empezaron a llegar desde el Vaticano.
“Es verdad que los curas se metían donde no los llamaban. Y es verdad que había mucha hipocresía y envidia, porque rabiaban si una persona era un poco abierta. Otras no querían o no podían hacerlo. Me he divertido y que me quiten lo bailado. He vivido la vida muy bien, con mi marido y mis hijos”.
“Hemos viajado y he visto muchas cosas, pero yo he sido siempre la misma. No he tenido que cambiar de ideas y de comportamientos. En cambio, todas aquellas que eran tan beatas quisieron luego aparentar otra cosa que nunca habían sido. Lo criticaban todo”.
Hotel Babel (I)
Hotel Babel (II)
Hotel Babel (III)
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JOSÉ LUIS MÁRQUEZ RUIZ]
Había un menú del día para los huéspedes y, aparte, lo que cada uno quisiera pedir. En cierto modo, aunque predominaba la cocina autóctona, era una carta abierta, con un algún toque innovador e internacional, dado que, en cierto modo, era un Hotel Babel. Durante seis meses tuvieron alojado a un grupo de trabajadores del oleoducto que se estaba construyendo entre Málaga y Puertollano. Candi Luna ve lógico que se quedaran y que escogieran Montilla como base porque, dada su planificación, los operarios tenían muy buenas combinaciones con el trazado de esta conducción.
“Estuvieron visitando el hotel, que les gustaba mucho, pero el problema es que no había agua corriente garantizada por los problemas de abastecimiento. Resolvimos esa carencia hablando con Fernández, que instaló agua corriente en todas las habitaciones gracias a unos depósitos. Los puso y se solucionó el tema, con lo que finalmente se quedaron aquí en el hotel”.
Eran operarios de la Sociedad Nacional de Metanoductos del Ente Nazionale Idrocarburi de Italia. Esta gran tubería de 267 kilómetros se inauguró con toda la pompa el 6 de octubre de 1965. Hacerla fue una labor de ingeniería compleja que aportó una temporal riqueza a las tres provincias por las que discurría. Dejó de funcionar en el año 2000, siendo sustituida por un ramal Cartagena–Puertollano que, más tarde, al liberarse de esta carga y servidumbre del crudo, iba a facilitar la transformación comercial del Puerto de Málaga.
Eran obreros, muchos de ellos italianos, que estaban especializados en este tipo de infraestructuras. La dirección del proyecto recaía en ellos, que dependía de la sociedad de petróleos más grande de Italia (tenía carácter estatal). La plantilla se completaba con obreros españoles. Aprovechaban los ratos de ocio y los descansos en la dura jornada laboral para conocer el entorno. De esta convivencia surgió algún romance que otro.
Ana María Márquez Llamas y Rosi Cerezo Morales no sabían entonces, cuando eran unas atractivas y simpáticas muchachas, que sus paseos por la Corredera iban a terminar en el país transalpino. Aquel oleoducto iba a cambiar su vida radicalmente.
Más de 60 años después, Rosi revive como si hubiera ocurrido ayer aquellos ilusionantes días, los de su noviazgo, en una sociedad que estaba muy pegada a la Iglesia (ella misma lo estaba al formar parte de Acción Católica). Le molestó la actitud de sus paisanos, que enjuiciaron aquellos amores con cierto recelo. Nos lo cuenta desde Bettola, cerca de Piacenza, donde reside felizmente con su marido, Renato Milza.
[ARCHIVO: FILMOTECA ESPAÑOLA]
“Renato vino a Montilla porque él trabajaba como mecánico en aquella gran infraestructura energética que estaban haciendo. Era un proyecto muy grande. Llegaron aquí cuando el trabajo estaba a la mitad, en el trazado subterráneo del oleoducto entre Málaga y Puertollano, donde había una importante refinería. Lo conocí un domingo a través de un amigo que estaba con otro amigo suyo. Yo estaba con Loli Sánchez dando una vuelta y ellos nos siguieron y empezaron a hablar. Y así empezamos”.
“Me preguntó si podíamos vernos al día siguiente y a mí no me pareció mal. Era verano y salíamos casi todas las noches. Él se enfadó mucho porque en el trabajo tuvo un problema y no pudo acudir a la cita aquella noche. Me dijo, preocupado, que por esta informalidad Rosi ya no me quiere. Ella no va a querer estar conmigo, se lamentaba. Pero luego, a los días, nos vimos otra vez y comenzamos nuestra relación, que fue muy rápida. A él le gustaba yo y a mí me gustaba él: así de fácil. En seis meses ya estábamos ante el altar”.
Su hermana, Isabel Cerezo Morales, algo mayor que ella, ya estaba casada cuando se ennovió Rosi. Fue testigo de las primeras citas. “Eso fue entre final del verano y el otoño, en octubre o noviembre de 1963. Renato solía contar que él estaba en la puerta del hotel cuando vio pasar a Rosi, que iba para la Plaza de la Rosa con sus amigas”. Renato suele decir que al verla pensó que era la mujer de su vida. “Es la que yo quiero”: le cruzó esta idea como una bengala, fulgente y cálida.
“Se fue detrás de ella, la cortejó o la pretendió como se decía entonces y, de esta manera, comenzó su relación. La boda fue al año siguiente, en marzo, el Domingo de Ramos. Ambos tenían la misma edad cuando se casaron, 23 años. Era un escándalo porque el comentario era que no se iban a casar, que eso era para reírse de ella. Pero iba en serio y, enseguida, planearon el matrimonio con el consentimiento expreso de los padres de la novia”.
Novio a la vista
Renato quería desposarse cuanto antes mejor. Le quedaba la última parte de la misión en el oleoducto. Recoger toda la maquinaria en Málaga y dar por finiquitado este asunto. De ninguna forma quería regresar a su país sin la mujer de la que estaba enamorado. Pero estas prisas, en aquel tiempo, sorprendieron a la familia de Rosi: “¿Tú estás loca?, le dijo mi madre. “Se formó un buen revuelo, porque imagínate cómo era Montilla en aquellos tiempos”.
Rosi Cerezo era la primera mujer que se casaba con un extranjero en Montilla, al menos en esos años. “Yo era muy conocida y nadie se lo creía. Pero ¿es verdad que te casas? La gente no paraba de preguntar siempre esto mismo. Mi madre se quiso informar y yo no tardé en presentar mi familia a Renato, que fue aceptado y querido sin problemas, porque siempre ha sido un buen hombre”.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
“Mi madre estaba encantada con él, y todos estaban contentos. No tuvimos ningún problema y nos casamos en la Parroquia de San Francisco Solano. Pero yo después de oficializar el matrimonio estuve unos siete meses más en Málaga hasta que se dio por finalizada la tarea del oleoducto, aunque también estuve en Puertollano y en Fuencaliente, es decir, en todos los sitios por donde pasaba el trabajo. Después de 61 años, con los vaivenes propios de tan larga convivencia, tenemos tres hijos y estamos bien”.
Dice la gente que el amor es un lenguaje universal. Pero como conviene facilitar las cosas cuando se habla distinto idioma, Renato Milza le regaló a su prometida un breviario de Gramática de la Lengua Italiana. Al dorso de una de sus páginas, en plan zalamero y jugando con el doble sentido de las palabras, le hizo saber sus pretensiones: “A la Reina de la Simpatía, con este libro y “buena mano” conseguirás con tu “gracia” dominar “al italiano”.
Rosi Cerezo Morales recompone el día a día de su acelerado idilio. No tuvieron ocasión de bailar porque las ferias ya habían pasado. Les quedaba el cine como a tantas otras parejas donde se entretenían con los éxitos del momento. Para ella, es inolvidable la película Los diez mandamientos, cuyo estreno en Montilla llegó con notable retraso.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
Había pocas diversiones. Lo demás no dejaba de ser rutinario: largos paseos por el pueblo, hasta el incipiente barrio de las Casas Nuevas. Contaban los segundos para la hora de sus citas con la vuelta al hotel cada día al finalizar el trabajo.
“Renato Milza estaba estupendamente en el hotel. Nunca tuvo queja, porque estaba bien atendido y él, además, siempre ha tenido un carácter muy alegre. Había bastantes italianos y él hablaba con todo el mundo, nunca se sintió solo. Algunos compatriotas suyos que ya tenían familia se decantaron por apartamentos o casas alquiladas, pero el resto prefirió quedarse en el hotel. Estaba muy contento allí”.
Después del casamiento, ambos se quedaron unos meses en Málaga. Una de aquellas noches, mientras encontraron un sitio más estable, la pasaron en el Hotel El Pez Espada, de Torremolinos, que estaba recién inaugurado y que pregonaba sus excelencias en la publicidad, asegurando que era el hotel que había llevado el gran lujo a la Costa del Sol.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
A su modo, Renato y Rosi también eran estrellas, como Anthony Quinn, Charlton Heston, Sean Connery o la princesa Soraya de Persia, heraldo del glamour en el rebalaje. Rutilantes inquilinos de un establecimiento que llevó el esplendor a primera línea de playa. Era la primera de muchas otras paradas por el mundo.
“Al acabar el oleoducto nos fuimos a Italia, pero como Renato era jefe de mecánicos en la empresa, le encomendaron otros destinos”. Así, también estuvieron dos años en Irán en una planta petrolífera, en una refinería antiatómica. Y, más tarde, en Suecia, otros dos años. “Renato, además, estuvo en Libia, en Argentina y en otras misiones”.
Tules y encajes sagrados
El suyo había sido un noviazgo veloz, pero sólido, aunque costó que fuera entendido por una sociedad excesivamente remilgada. Francisco Polonio, párroco de El Santo, ofició el enlace. Y se ve que le encantó el vestido nupcial que Rosi Cerezo había diseñado y cosido personalmente.
Por regla general, las novias entran y salen del templo con unas galas nupciales que de forma invariable están destinadas al ropero, donde se guardan amorosamente sedas, tules y encajes inmaculados. Pero esto no ocurrió con el de Rosi como ella misma nos desvela.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
“Mi vestido de novia me lo hice yo. Tenía filos plateados. Brillaba cuando le daba la luz. Era bonito e impresionante. Y el cura, don Francisco, cuando lo vio, me lo pidió para hacer una casulla con la que decir misa. Estaba hecho de una tela muy bonita y yo, ante su petición, que me pareció un halago, se lo regalé. Así que en la Parroquia de El Santo tiene que estar la casulla que se hizo con mi vestido de novia”.
Era un brocado (broccato, en italiano) con hilos plateados. “Era una tela de seda muy rica con ese tono plateado que poco más necesitaba. El velo era de tul, y me hacía la cola del vestido prácticamente, porque me salía de la espalda. No llevaba más adornos. Era como yo lo quería, como a mí gustaba”.
Este insólito hecho —o, al menos, poco habitual— venía a suponer una rara prolongación del sacramento que el recordado sacerdote acababa de administrar a aquella joven pareja hispano-italiana. Pero, sobre todo, era la verificación pública del talento de Rosi para crear su propia moda. En las fotos del reportaje de boda se aprecia con gran nitidez que el velo, sujeto por una doble diadema de preciosa cinta, se cuelga desde la nuca en caída libre.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ROSI CEREZO MORALES]
En vez de un armario, aquella hermosa creación tenía reservado el arcón de una sacristía. En esto, el vestido de novia de Rosi fue tratado como si fuera de la realeza. En la visita al palacio de Hofburg en Viena, principal residencia de Isabel de Baviera —la archifamosa Sissi— se cuenta que con la sofisticada prenda de esta mitificada princesa se confeccionaron vestiduras litúrgicas para solemnes rituales.
Poco tiempo después, Francisco Polonio, que era de Montilla, colgaría la sotana para casarse con una prima suya. Fernando del Rosal, párroco de San Sebastián, también siguió este mismo camino. Eran renuncias a la labor sacerdotal por amor, lo que se recibió con cierto escándalo en una España vigilada y de confesionario.
“Cuando yo me casé, Italia estaba bastante más adelantada que España. La primera vez que voté lo hice en Italia: era una cosa que no ocurría en una dictadura. Ahora, sin embargo, es España la que nos lleva ventajas en muchos aspectos. Pero en aquel tiempo, si queremos decir la verdad, había mucha hipocresía. Muchos santicos que santos no eran. Yo era no libre, porque eso entonces no era viable, pero sí iba algo por delante. La amistad la consideraba amistad, no otra cosa”.
Sin apartarse de la Iglesia, Rosi Cerezo representaba una nueva mentalidad. Pero eran avances obstaculizados por la intransigencia. Ni siquiera tener un claro compromiso con la doctrina católica te libraba de pecado. Era la diana de las críticas, sin buscarlo.
“Cuando la gente te veía con algún muchacho por la Corredera, de inmediato pensaba mal. Sin embargo, aquellos paseos eran por simple amistad. Se hablaba, no te voy a decir con todo el mundo, pero yo procuraba ser algo más libre: no tenía prejuicios. A mí no me importaba hablar con alguno que no fuera del pueblo. Y esto, en aquellos tiempos, no estaba bien visto. Pero los beatos te señalaban”.
“No me importaba: yo era de Acción Católica, iba a misa casi todos los días, iba mucho a la Parroquia de El Santo, con otras amigas y hacíamos obras de caridad. Pero yo no he tenido nunca prejuicios con nadie. Yo bailaba, me divertía, pero todo sin esconder nada, a la luz del día. A mi hermano Antonio le daba coraje que yo fuera así”.
Los tiempos están cambiando
Cualquier cosa era malentendida entonces. Estar a la moda o engancharte a los ritmos modernos se consideraban frivolidades. Se temía que allí anidara la semilla de la rebeldía. Para los sectores más inmovilistas del régimen y de la jerarquía católica, el demonio no descansaba: estaba en cada esquina y se daba por supuesto que también podía andar con toda tranquilidad entre los ovillos y los dedales.
“Yo he cosido mucho: me hacía mis vestidos y esto, a la gente, aunque parezca una tontería, le daba por reprobarlo. Yo, en ese sentido, era muy vistosa. A la gente le fastidiaba esta manera de ser mía, pero a mí no me importaba. Una vez mi madre me dijo: «mira, ha venido tu hermano Antonio diciendo que tú bailas, que si cantas, que esto y que lo otro en la Caseta de la Peña Ole Olé». Yo iba siempre, me quedaba hasta tarde con permiso de mi madre, porque yo iba con Antonio Morales el cosario y con Prudencio Molina, que eran como de la familia”.
“Ellos formaban un grupo de matrimonios casados y nosotras éramos unas muchachas jóvenes. De alguna forma, ellos nos protegían. Y, sin embargo, mucha gente no lo entendía. Entre ellos, mi hermano Antonio. Así que yo le dije: «esta noche tú vienes conmigo a la Feria, a la caseta, y así tú ves lo que hago y con quién bailo». Además, me llevé a mi madre. Y le dije: «¿Has visto, mamá, lo que hago?». Yo hablaba con todos y me reía, pero nunca hice nada de lo que me pueda avergonzar. Pueden decir lo que quieran, porque yo con el único hombre que he ido ha sido con Renato”.
Rosi Cerezo estaba entre la posguerra y el desarrollismo cuando dijo adiós a España. Lo que había nacido alrededor del Hotel Comercio la llevó a Italia y, en cierto modo, le hizo contemplar la vida con otra perspectiva, sin dejar de ser ella misma. Pudo ver desde su nuevo hogar los aires de cambio que empezaron a llegar desde el Vaticano.
“Es verdad que los curas se metían donde no los llamaban. Y es verdad que había mucha hipocresía y envidia, porque rabiaban si una persona era un poco abierta. Otras no querían o no podían hacerlo. Me he divertido y que me quiten lo bailado. He vivido la vida muy bien, con mi marido y mis hijos”.
“Hemos viajado y he visto muchas cosas, pero yo he sido siempre la misma. No he tenido que cambiar de ideas y de comportamientos. En cambio, todas aquellas que eran tan beatas quisieron luego aparentar otra cosa que nunca habían sido. Lo criticaban todo”.
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Hotel Babel (I)
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FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES
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