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Mostrando entradas con la etiqueta Vocalía indecorosa [J. Delgado-Chumilla]. Mostrar todas las entradas
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23 de abril de 2016

  • 23.4.16
Solías decirme que debía tomarme las cosas con más calma. Ahora lo estoy haciendo. "Confío en que alimentarás bien a nuestro cachorro", me pediste en una súplica mal disimulada detrás de tu finiquito. Pues bien, era mi amigo y ayer le hice la eutanasia. He resucitado al pirata Barba Roja y lo he vuelto a matar. La he pagado con él. Para volver a quedarme solo. No quiero compañía: ni ídolos, ni enemigos, ni sombras. No quiero a nadie a mi lado.



Me siento un iluso por seguir usando armas de fogueo y por no dejar de mover la diana para evitarme un cara a cara con la muerte. Te enciendo una vela y todo parece polvo de oro a mi alrededor. Pero son ácaros esparcidos del cometa que un día fuimos.

Tengo el vello de punta junto al campo de trigo donde hacías equilibrismo. Me abrazo a la pared de la cascada para sentir tus besos. Mi mirada muere en el techo, en la huída alocada de unos ñus africanos. Un helicóptero sobrevuela el cielo y los pájaros se llenan de mis voces. Buscándote. Observo las manos del pianista pero no acierto a escuchar música alguna porque todo permanece amputado, incompleto.

Desempolvo nuestra vieja cabaña de ripia y muebles franceses del XIX. Ruge el monstruo tras cualquier puerta. Sostengo como un idiota un bol con palomitas y me parece estar escuchando la orden seca de un comandante. "Con un tiro basta", me dice.

"Como si fuera tan fácil", contesto. Unos ladrones se han ido llevando poco a poco la Historia que tejimos juntos. Aquellas cenizas de lo nuestro se convierten hoy en una vieja carta que no alcanzo a leer. Buscar ese tiempo pasado es buscar los huesos invisibles del tiburón. Con cada gota de lluvia escribo la palabra "home" en tu pecho desnudo. Y en cada gota de lluvia escucho el acordeón de un hermoso pastel de cumpleaños.

Busco alguien a quien culpar. De nada me sirve y la tomo conmigo mismo. Mi respiración va a pie y, a veces, a caballo. El centinela que soy se vuelve escarabajo de doble capa. Y acabo por derrumbarme en el baño. Y me despierto furioso, asustado, con ese sueño recurrente donde tú y yo damos vueltas y el auditorio aplaude al Carnicero. Y yo pretendo devolverle la vida a la pistola para acabar pudriéndome con las calles podridas.

La abuela pinta grafitis con la pupila. Su sonrisa está congelada. Está rodeada de relojes por todos lados. De relojes de sangre caliente y de bailarines y contorsionistas en su propio circo de fieras. Un loro histérico no deja de repetir que todos estamos en la misma tumba. La abuela se aferra a las pulgadas de su televisor, a la inteligencia de su única luz. Pregunta inocentemente: ¿la guerra ha acabado ya? Y comienza a desvariar, que si el pim pam pum, que si la mierda de los despachos. Y el loro irrumpe silbando marchas militares. Su compañía no me sirve.

¿Recuerdas aquella tarde? Sí, en la costa. El lento amerizaje de la gaviota sobre ese mar que pule sus cristales. La carne en la barbacoa, la sandía sangrando en tus labios, fresas, leche condensada, tú y yo, acariciando nuestros torsos, dislocando las mandíbulas sobre un mundo de casitas de muñeca. El amanecer fue oportuno pues nuestra noche de cuento no había hecho más que empezar.

Te pusiste contra aquel paredón junto al camino. Encendí los faros y bailaste. Aquel tipo que tocaba el violín sin violín. Aquel otro tipo que echaba humo por la boca. Aquel fantasma al que le hubiese ido bien una mano de pintura. ¿Recuerdas? "Las flores que se saben rejas y las rejas que quisieron verse flor", me dijiste con melancolía.

Recorrimos la madrugada y el amanecer. ¿Recuerdas a aquellas monjas africanas que reían como niñas, confundiéndose a veces con el pan recién hecho? Desayunar juntos. ¿Y qué harías si volvieras a verme? ¿Qué tienes pensado hacer hoy? Cuántas preguntas para un único mapa desorientado.

Hoy he ido a verte. Las tumbas están cubiertas de nubes y de otoño. Los ojos del lobo están mirándome en un teatro solitario. El cementerio es una sala de cine vacía donde los ángeles de piedra lloran musgo y el Titanic aparece y desaparece a su antojo. Un viejo acaba de ingresar a su catre y rapea bajo su nicho.

Tu pelo mojado. Lo retiro de la cara y lloras. Y te cubres la frente con tus manos. "Tengo cáncer, estoy asustada". Observas tu tumba y escribes sobre la lápida: "Mujer caucásica. Lexatin, Orfidal, Valium".

"Tú eres más que eso. Nunca te rendiste, eres la persona más valiente que he conocido jamás". Despierto de un día más. De un día menos. Mi cama está inundada por la niebla de los antiguos teatros. Corro tras el telón, no logro alcanzarlo, tiene demasiados carriles. Y compruebo que tengo un gran espacio detrás de un gran abrigo de pieles donde podría esconderme a hibernar la vida.

Te enciendo otra vela.

El gas conmueve a la llama. Y la llama se parte en dos. Una manta doblada, una embarazada llenando de aire un palacio. Una pecera vacía, esperando las lágrimas, la resurrección de los muertos, la asfixia de los astronautas.

Estoy sentado sobre mi ataud y las nubes pasan en carrera. Mezcladas de azules con amarillos. ¿Qué calavera estoy sujetando con mis manos? ¿A qué cabeza de ciervo dirijo mis preguntas sin sentido? El caballito de madera se ríe solo. Yo me balanceo solo.

Paseo por entre la ropa tendida y aún húmeda. Está anocheciendo y una anguila baila con el atardecer de unas acuarelas traviesas. Querría traerme la luna rociando con ginebra sobre una tumba a la que algunos llaman nieve. Y otros, "comienzo".

He puesto dos coladas con tu ropa limpia. Necesito olerte una vez más. A la vez, siento que me acarician esas almas que están a punto de reencarnarse en el desorden de las estrellas, en ese cielo al que nunca presté atención y donde tal vez se esconda la inmensidad del amor. Reencarnarme en aquella última vez que te sentaste frente al espejo del tocador. Donde quizás pueda cerrar los ojos e imaginar a un niño sonriéndome bajo el agua.

Sostengo un catalejo con los dientes y visiono el tatuaje en tu muslo, escucho la respiración entrometida de los cerdos, las ruedas de las carretas chispeando en los caminos polvorientos del cowboy, la dulzura del último acorde de guitarra que provoca que Dulcinea muera en un hasta luego.

Me asomo a la mañana, a la siguiente mañana. Siempre la siguiente. Un gato campea sobre los muros y posa para el sol formando un acueducto de sensuales formas. Un mecánico se pinta los labios apoyado en el espejo retrovisor de un coche cualquiera. En una calle cualquiera. Me dice que está buscando el punto g que el vibrante corazón de todo hombre de hojalata posee. Me cuenta que trata de evitar que su mujer lo abandone.

Le contesto que él ha de ser muy hombre siendo muy mujer; que la ha de amar por lo que es, por lo que vale, por lo que cuesta hoy día formar parte de un espejo común. Y créeme, ya no me digo ni me repito aquello que tanto detestabas tú: ya no creo que la noche sea aquello a lo que algunos llaman "horca".

Te querré siempre.

A Mari Carmen y Carlos, con todo mi cariño.

J. DELGADO-CHUMILLA

4 de marzo de 2016

  • 4.3.16
"¿No estás contenta, querida? Parece que lo estoy haciendo bien". Y el macho hace un ruido con los dientes. Como un dromedario. Tú estás manchada de diamantes y yo me repaso la musculatura con una carraspera tímida. Cuando te has subido las medias hasta las rodillas, yo me he arrojado al suelo y he anotado para el doctor: "Frecuencia de la monta, cadencia pélvica".



Después, con el tartamudeo de la luz del ascensor, me he dedicado a romper tus novelas románticas, de cutis y divinidades, de héroes en leggings y tipos arrogantes. De esas que lees mientras te rasuras y prendes rosas. ¡Al carajo con ese botín ampuloso de mosquitos Anopheles y hombrotes de jarabe! Hoy estoy oficiando una misa improvisada, subido a un atril de oro con voz de águila.

Me hice violentamente fascista. Me hice fascista por temor a convertirme en una florista. Para no acabar recogiendo mis lágrimas y pasándolas de una pipeta a otra. Me hice fascista para poder mear a quemarropa y hacerlo donde me viniera en gana.

Es liberadora la sola idea de ser capaz de cometer las mayores bajezas con los argumentos más lujuriosos. Ser capaz de granjearse la enemistad del mundo. Me aterra caer enfermo. Entro en cólera con el desorden del tráfico. Con mi propio desorden. Voy al gimnasio y por unas horas me convierto en Spiderman.

Hoy doblaban todas las parroquias. En todas, puertas de hierro y candados. Y en todos los cementerios secretos. Irrumpo en una de ellas y hago como que sorbo sopa de forma escandalosa. Un ejemplar magnífico de pastor alemán detiene su sermón allá en el púlpito.

Saco la pistola y me deslizo por el suelo sembrando frío. Una señora se recoloca las tetas y unas jovenzuelas comienzan a notar que les están saliendo a ellas los puffies de Madonna. Viejas que desprenden un tufillo a mermelada de melocotón rancia me observan aterradas. Los viejos nunca aparecen en el retrovisor. No hay dimisión irrevocable en ellos.

Y esas cruces tan altas que lastiman a los ojos al tratar de contemplarlas. Y ese crucificado, con las manos aceitosas de quien me entrega un cheque, con el abdomen agusanado, con la mirada en los terrenos mantillosos.

Mirando un reloj que no existe pero que se deja escuchar como una ópera. Alguien espera de él una voceada: "¡Viajeros al tren!". Mientras no es oro todo lo que reluce. No es oro todo lo que reluce. Es metano, es remonte, son galerías. O sí, parece decirme El Invicto desde una fumada en pipa, desde el lugar que le corresponde a una cifra tan alta.

Le explico que no tengo la menor intención de hacerle daño a nadie. Que estoy allí porque estoy solo, porque una vez tuve un perro y un viejo con los que conversaba en el banco de aquella plaza. Que el perro murió, que el viejo también. Que el banco ha quedado sólo, y ha desaparecido el trigo que comían las palomas. No podría ser un asesino eficaz porque no sé tirar una colilla con desprecio.

No quiero matarlos, Señor, tan sólo ahuyentarlos. No vengo a traerles nuevas mandrágoras, sólo vengo de parte de El Irrefutable. Y los pájaros no se atreven a pisar el cielo. Y los gatos ya no andan por los tejados. Que los árboles no se recuperan de las heridas ni recobran sus hojas.

Odio no encontrar aquello que ando buscando. Que siga nevando hasta la gloria, hágase tu voluntad.

¿A qué has venido a este templo, hijo mío, así, de esta forma, atropelladamente, armado, amenazante? Es un actor correcto, con alzacuellos y batuta. Me increpa una merluza flaca, de manos venosas y mofletes temblones, levantando los brazos como un banderillero. He interrumpido su cremoso discurso tras el rebufo del primer tiro.

Deposito la pistola frente al altar y armado de dedos simulo sendas ráfagas de metralleta. Quiero que Cristo me fabrique una puerta. ¿Acaso no es carpintero? Quiero una puerta para escapar. Los feligreses permanecen sobrecogidos en sus asientos. Aún tienen los sesos frescos y la literatura médica arrugada en esos gestos compungidos.

Soy el Nixon de siempre. O ya no, que mi carne está fría y hoy me toca ser tres veces Kennedy. Porque acabaré muerto. Conozco la estación, la hora del día. A los hombres los matan las islas. Y el hecho de tener que mantener la comida caliente entre dos rieles. Manolete, Marat, el general Custer. Víctimas de las islas, los isleños o los isleros.

El sol luce tan firme que el cielo parece haber perdido el color. Aquel perrillo sigue aguardando las puertas de la panadería. Aguarda un pan que no se va a comer. Las piedras rodando, las maletas con ruedas. Los mejunges rodando. Jarras de cerveza van y vienen. ¡Heil Hitler! ¡Bello sonido el de los escuadrones de caballería trotando sobre el remiendo de los adoquines!

Mi tumba está sobre la alfombra persa, en las primeras fechorías del orgasmo. Arrellanado en una poltrona juego a la ruleta rusa. Hoy soy un telescopio vacío al que han pateado el corazón. Me aferro a las gangas como cualquier otro mono.

La abuela no tiene viente linternas sobre la mesita de noche porque tenga miedo a la oscuridad sino porque tiene miedo al frío helador. Comenzaste a desnudarte por primera vez ante mí. El violín en las ingles. No tienes ombligo, mujer aniñada. Esos labios rojos, brillantes, mordería una mitad y escupiría sobre la otra.

Tu voz rompía las paredes. Los chirridos de los perritos calientes escapaban de un beso en la boca. Ahí descubrí la codicia. El sexo es sagrado. Al igual que la gripe y la sangre para los vampiros. No recuerdo si eran las pisadas de un animal salvaje o eras tú pasando las páginas de un libro.

Me afeito en la nubosidad del baño. Afuera, alfileres en muñecos, la tormenta sigue pendiente de todos nosotros. Y se desgañita en una melodía aromática de tierras mojadas y quejidos de blues. Me provoco un pequeño corte cuando mi propia mano se vence y descarrila. La cuchilla cae en un sonoro brindis con los cuerpos desnudos.

Pero no es la herida ni la carne entreverada los que me duelen. Una gota de agua resbala como música hospitalaria por el cuello. Y circula asestando una y otra vez un pintarrajo. Mi mandíbula se endurece y rompo a llorar. El vermú me produce dolor de cabeza. Cojo el whisky y lo derramo sobre la herida.

Paso las lágrimas de una pipeta a otra, me inundan los órganos femeninos. El espejo es espejismo, el mapa cambiante del mundo. Mis pupilas se dilatan, se dilatan, y puedo ver en ellas la fijación del óvulo en la pared del útero.

Tumbado en la cama apuro el whisky, mesándome el escaso vello púbico. Los segundos cuentan. Una pastilla efervescente me manda callar. El miedo anochece la garganta y la deseca. Frente a mí, el retrato de una tarta. O de una tribu. O de un vómito en un tiovivo. La Verdad es la mentira más votada.

Anoto para el doctor la frecuencia de la monta, la cadencia pélvica. Engraso mejor los números. Los engordo. Yo no tengo problemas oxidativos, es todo mental, es todo mental. ¿Dónde habré metido mi antiguo Katovit?

Más coches, más humos, más ruidos. Les grito como el que grita a los elefantes. ¡Mundo tan gastado que no se puede odiar a cara descubierta! ¿Igualdad? ¿Libertad? ¿Fraternidad? "Aún estamos con los postres", ha dicho Franco. ¡Cuidado!, ETA te quiere matar. ¡Cuidado!, alguien te va a pedir tabaco.

Tumbado en la calle. Me han acribillado. Pones tus manos sobre mi pecho y te manchas los dedos con ese puré de manzana que hace la guerra a los bebés. Ya viene la policía a llevarse las dos orejas de este toro. Tú me besas los labios y ya no eres mujer, eres reloj de arena. Te ha costado un kilo de silver que te haya dicho un adiós enamorado. Por primera vez.

Y el cielo se parte con dos latigazos. Hasta que aparece el sol abriendo sus fauces y logra arrancar las sábanas.

J. DELGADO-CHUMILLA

30 de diciembre de 2015

  • 30.12.15
El presunto poeta Yun Weyler negocia en estos momentos las ásperas condiciones de su rendición con las llamadas fuerzas vivas de la omnipotente audiencia televisiva. Toda una pegajosa masa gestante de ciegos en familia, chicos motorizados y nenas despeinadas, al pie del cañón, al pie de la letra. Burlescos, examinadores todos, en el gigantesco trono de Beverly Hills.



El público sobreactúa, se desgañita, brama cuando los capisayos comienzan a desfilar y los aprestos militares se acodan en la barra del bar. La impaciencia del público, los humos condensados, las represalias, hacen dudar a un Weyler acongojado que falla versión tras versión. Le han despojado de conjunciones y amenazan con acusarle de desacato al tribunal si insiste en seguir usando metáforas.

Medio centenar de ojos se le entrometen en un laberinto del que perezosamente se puede salir. El sabio y sapientísimo público saliva como el bedel con cara de miseria y cuerpo famélico. El gentío no entiende de términos ni comprende la pasión y se comporta como un mendigo lustroso.

Ojos esclarecidos que brillan como equis y eructan como Giocondas. Miradas nada tranquilizadoras. "Tuviste un brillantísimo primer minuto", arguye el fiscal, dando un manotazo a sus interminables informes. El ojo de la cerradura, con apariencia atlética, le manda un coche de muertos de acero inoxidable y ojo de buey. Ahora, la mirada de Weyler es carrocera y con el chasis cortado. Un agujero en la capa de ozono se va abriendo en sus córneas.

"Esto es la poesía", le espetan los espectadores argumentando como viejos aficionados al porno de plástico: en la esquela que adelanta al esqueleto está el número gordo. O el traidor. Poeta no se es si no te has desangrado en mitad del ascenso o has mezclado mierdas, agua azul caribeña y barbitúricos.

Para ser poeta del Reino has de vivir de la canción triste, de la evasión; de la eyaculación a borbotones; del adefesio; de la hechura; de dormir la mona; de raciones y cápsulas; de lo sucio, de su peso en oro; de lo blando; del tuerto; de los riñones gafados; de La Regenta; de los penachos; de no ser tan feroz, de ser adorno justo; de idas y vueltas; de ser serpiente de cascabel, taberna de barro. No es legítimo cualquier camborio. Pero Weyler asegura todo lo contrario:

La poesía trata que tú bebas el vino que yo bebo, que yo te traslado, que yo fabrico para ti. Y que averigües de qué avellana está hecho, de qué luciérnaga procede, de quée retablo ha escapado. Y que hablemos de ello y nos mostremos las tetas elásticas y los condones de hierro antes de quitarnos el sombrero para mezclar los besos con los aires.

El populacho propina un sonoro abucheo. La literatura, la poesía, han de ser cristalinas, dispuestas al saqueo, que se puedan recalentar o lleven bífidus y fotogramas campechanos de John Wayne. Y alguién tira de la cadena y se viene abajo la cisterna.

¿Qué carajo de escritor es este que cuelga de un penacho y no lleva un naipe bajo la manga? Efusión de sangres, muchacho, déjate de los olores de la hierba, ve y toma un refrigerio y salpica de galletas el mantel. Aquí, Ritual Romano. Y nada más.

El poeta pierde la entereza, se le remueven los huesos, flota la cabellera, es una sombra evanescente. Ahí descansan sus restos mortales. Silencio sepulcral. En esa callecita donde le pegarán un tiro se manifestaban antes las amas de casa. Hará cosa de un siglo, claro. Años ochenta, cuando existía hambre de cultura.

Gente que tose, alguien que arrastra una silla. ¿Dónde ha quedado ese hombre masivamente armado, el de antes, el periférico, el que no es lacayo ni escribe ni sueña bajo las sábanas? ¿Aquel tan apasionado y puro que, para conseguir una buena erección, necesitaba unos cuantos galones de whisky?

Weyler lleva los zorzales otoñales a bordo. Yo escribo para que os suenen los dientes, para poner cachondo a vuestro paladar. Para poneros una garita delante de un garito, que comáis guarnición y no arbustos. Y escribo con "v" de bonito para que os dejéis caer un sola vez por el descabello y la fantasía.

En la verdadera y genuina poesía, el escritor coloca el féretro en el suelo para disponer de más espacio para disparar sus flechas. El gigante no necesita escalas para bajar a la lupa, los relojes están habitados por niños azules que manejan sus corazones con la paleta nueva del pintor. Escribir poesía para que otros abran las... ¿Qué poesía es esa? No escribiré nada para que vosotros lo convirtáis en una exploración vaginal.

Literatura que se consume como en la invitación de aquel burdel en su luminoso "simply the best". Literatura para depilación que luego se barre y tan sólo quedan ocurrencias navegables de una sola visita. El poeta, el escritor, ofrece galaxias, ofrece su sangre con cada una de sus líneas de metro. Que van y no van a ninguna parte, que son letras malheridas, ejércitos errantes que jamás desmovilizan sus guerrillas.

El escritor os dona su sangre, pincha en la rosa para vosotros. Os trata como huéspedes y no como meros visitadores. Y que así, el sexo, la vida, no os sepa a cuesta de cobre ni a perro de fresa. El escritor inclasificable no lleva el vuelo sostenido de los bestsellers; él os ofrece el galope, la danza bajo la luna, la Guerra de las Galias. Os invita a pensar gratuitamente.

El tribunal que juzga a Weyler moviliza a los Tres Ejércitos.

He corrido demasiados riesgos. Artísticos, digo. Ya lo sabía. A las bestias no les gusta que les cambies el aroma. La última vez que Bécquer se asomó a la ventana, un cartel de "Compra de oro y plata" le impidió ver el amanecer. La única manifestación prohibida en un país de pezuñas es aquella que consigue trascender, aquellas formas literarias que huyen de los pronósticos fáciles. La poesía es la pluma del pavo real con la que algún día puede cortarte el aliento.

No he pretendido levantar exclamaciones de admiración. He bebido demasiados litros y demasiadas curvas. Pretendían ustedes que yo convirtiera el agua en vino, aunque fuese sólo en el color. O el agua del grifo en agua bendita. Pude ser mortal y pude ser mi propio indio de oro. No sabría llevarles más que una ánfora pero ustedes se comerían los bombones sin respetar sus rincones y sus esquinas. Ustedes me exigen que les preste asa y pitorro, que les lleve a donde puedan poner los huevos y que todas mis letras estén selladas como las facturas y los problemas.

No sirvo para eso. No soy alfabético al uso. Les puedo complacer entonando dentro del surco, pero sinceramente, yo he de romper el himen que nos separa y entablar las relaciones eróticas que mi poesía, en su intensa agitación, necesita para consumarse. Soy de la quinta del 81, así que admiro la belleza admirada siempre de reojo. Por cortesía.

Yo no me ocupo del círculo vicioso, sentimientos sí, cómo no, sonreír y ocultar; traerles el regalo de la panorámica resbaladiza donde ustedes habrán de vivir mi ciclo menstrual, mis discordias, convivir con mi psicosis, arrastrarse para un coito anal sin haberse preparado antes.

¿Qué quieren de mí? ¿Es poesía un millón de euros? No. Es poesía un millón de tiros matando a Pancho Villa. Poesía es un crujir de cadera, la atmósfera suave de los cuerpos, las luces y lo que queda de ellas.

¿Qué es poesía?, se pregunta el Señor de la Guerra, guardándose para sí un trabajo elegante. Le pregunta Hitler a Adolfo, mientras se come la margaritas del prado. Le pregunta Washington a George moviendo con un solo dedo el caballo. Miradas limpias de hombres que acaban de llegar. Gadafi pregunta al coronel. "Poesía eres tú", responde el espejo.

En la poesía, los cuervos van a lo suyo, con cuerpos que no son suyos, y el poeta, el escritor, teme más a los lóbulos que a los lobos. Es la Sagrada Bestia que te consume. Después de que se acabe la calzada. Sólo después.

¿No puede ser poesía un pastorcillo de un Nacimiento acunando a una abeja en vez de hacerlo con una oveja? Que la profesora de Inglés te susurre al oído que tú eres su Teddy Bear del alma. En la verdadera poesía, la ropa huele a orina. ¿Por qué no?

Poesía es el noble enemigo, los saltos temporales donde nos refugiamos. Poesía es Singapur, abreviar, niños patinando en una cazuela, la chica preocupada por su estética genital. Son las armas pesadas, también las más livianas, las que matan abuelitas, los violentos combates de la infantería y el despiadado silencio de un gusano formando capullos y sedas.

Es la munición bien o mal utilizada. Es el sofá de skay donde me quieres arrugar cada noche. Tu tono ingenuo cuando me dices que estamos de prestado en este mundo. El cielo donde cosecho águilas de ojos azules y mi comportamiento se vuelve rapaz con sabor azul.

Es la calma recobrada impecablemente vestida de etiqueta, tu cuerpo refulgente en un pijama infantil. Es cuando yo te anticipo mis latidos, cuando hablo con el sol a través de tus trasparencias. Tu gorra de plato cuando bailas desnuda y jugamos a policías y a ladrones. Son los tiros y las ideas que nacen en la acción y en el reposo del retrete. Los altos del Golán, cuando sube un judío y baja un árabe. Cuando tiran los dados los dioses y alguien se caga en Dios.

Un poeta no escribe con tinta, escribe con legañas. Le crecen las uñas rápidamente. Y sólo a él se le permite disparar a los renos de Papá Noël. La poesía es una mosca en mi sopa. Y el verdadero poeta es esa maceta inservible donde el mundo apaga sus colillas y el gnomo se mea a pata alzada.

Escribo poesía, literatura pobre, pero saco mis cucharas de plata, mis candeleros, mis mejores galas de escribiente. Y pongo toda la carne en el asador. Y escribo para ustedes, para que hablemos de algo de lo que antes nadie haya hablado. Y que las risas sean submarinas y el amor y la muerte adornen a la cebra sin fingidos paseos.

Ser poeta, ser escritor, el mayor atrevimiento, la mayor de las virtudes. Llevar en los ojos una sonrisa sempiterna y una llorera de pan y vino. Y cómo no, las batallas perdidas colgando orgullosas de cualquiera de sus catedrales. ¿Mataron a Weyler? El teniente Chumilla está meditando. Su fallo: el espíritu no necesita de viagras. Necesita volver a ser espíritu para comportarse como espíritu.

A los jóvenes poetas Virginia Polonio y José Marcelo García, 
abdominales belicosos en el callejón de las Termópilas.

J. DELGADO-CHUMILLA

27 de noviembre de 2015

  • 27.11.15
Una embarazada meaba entre gruñidos sobre mi cuerpo desnudo en el interior de la bañera. Meó un gol de oro en el primer chorro. Baldeó una salsa de peonías con el segundo. Una catarata de sortijas con el tercero. Hizo una pausa abrasiva aderezada con unas carcajadas incontenibles. Alguien le picó el trasero y aquella tumba de hombres comenzó a desvestir al mismísimo demonio. Una vulva repujada, impasible, con tentáculos floreciendo, súbitamente soltando peces, huevos, dientes de oro. Todo lo imaginable podía salir de aquel tulipán desordenado.



Una corriente eléctrica que no se apagaba, que al principio me hacía juntar en mis manos todo el poder, me empujó a desear morirme de golpe, a querer salir disparado en un destello. Yo, ahogándome con alguna dentera en las graves botas del garampeiro que se hunde en las arenas, deseando cambiar el río de sitio, arrancar el vello de mi barba, poder juntar dos palabras sangrientas. El cuerpo prominente de la mujer, situado en el plano más bélico, era pura gotera, se formaba graneado ante mis ojos acribillados a golpe de luces y mandobles, de vérsele por instantes tres y cuatro pares de patas.

Hora Cero. Crecimiento Cero. Treinta y tres litros por metro cuadrado. El artefacto hace explosión a media noche.

¡Alá Lakbar! Alá Lakbar! Ráfagas de AK-47. Furia. Morir. Matar. Griterío, lloros. Humo de hielo. Todo se ha congelado. Los sonidos, la furia, los heridos, los semáforos no aparecen en el casillero. El cemento se ha congelado suspendido en el aire. Tan sólo acierto a escuchar amplificados los mordiscos en los labios, los mordiscos desgarrando la fruta. De mi última noche de desenfreno.

Tras un intercambio de disparos con la policía, he echado a correr saboreando en mi aliento el agua del mar inundando mis islotes. He llegado a esta casa decadente huyendo del enjambre de policías. Desconozco la suerte que habrán corrido los demás, si habrán logrado zafarse de la balacera o por el contrario habrán caído en alguno de los controles de carretera. He subido cientos de escalones, tal vez sean menos, pero los he subido a zancadas, hincando el corazón en cada peldaño.

La puerta está entreabierta, con el codo aparto suavemente la hoja y sangra un chirrido de maderas despertando, remontando. Un irritante hedor a crustáceo proveniente de un acuario parcialmente desecado invade mis fosas nasales.

Sostengo la pistola con firmeza, alineando bien los dedos, y limpio el sudor de mi frente con los puños de la cazadora. Mis glóbulos rojos hierven bajo mi pequeño tamaño de mosca asustadiza. Y parezco fondear en un engaño, tratando de moverme entre nudos. Y creo escuchar un silbido de alguien suplantando a Mozart.

En la casa no hay luz. Sí un extraño tono cardíaco en el que alguien lanza un guijarro una y otra vez contra las paredes. En este salón de baile entretejido con telarañas y desfallecidas siluetas de ratones, presiento la boqueada fría de los muertos. La anciana está inmóvil. Me mira sin que yo le haya causado espanto. Lleva un pañuelo de seda al cuello y muchos abalorios cubriendo sus muñecas y antebrazos.Sentada en una butaca verde, rodeada de otras butacas verdes. Ella va de negro, aunque a veces me resulta un lapislázuli al sol. O tal vez un rojo de agasajo.

Relampaguean los anuncios luminosos del callejón en una mueca anticuada y muestran un gran salón doloroso, cruelmente vacío, sin fotografías, sin regalos ni ajededreces vivientes. Las pizcas de esos fogonazos del exterior me permiten ver el rostro empastado de la vieja, del mismo tono, de la misma pintura que la de las paredes. Sus manos reposan en las rodillas y frente a ella hay colocada una maravillosa tarta de cumpleaños. Y una taza de café aún sin apurar. Abre la boca y bosteza, y puedo verle dos enormes incisivos en una mandíbula desierta.

Una armadura medieval comparece sentada junto a ella, en otra butaca verde. Extraña quietud ésta. Elástica como un interminable saludo.

La vieja con colmillos de elefante medita y sestea de forma intermitente sin terminar de cerrar los ojos. Proyecta una imagen de monjío, de sacramento, de candelabro de bronce. Me observa fíjamente con unos ojos de fábula, ojos artificiales de fox terrier. Erguida, con la bonipostura de una dama elemental.

Nervioso, examino el resto de la vivienda.Todas las habitaciones están cerradas con llave. Las paredes desnudas presentan huecos que hace tiempo fueron avellanados. Donde alguien esperó pacientemente que se secara la cola. Se huelen las centurias en cada esquina sombría. Se pueden oler alacenas repletas de dulces, oler todo un alijo de tabaco rubio, cafés y cortados en las sobremesas, partituras y vidas de villorrio mezcladas con esmóquines. Se puede palpar la felicidad y también el sufrimiento. Tengo una extraña sensación de vacío en esta irrealidad geográfica donde cada milésima de segundo se escucha con exactitud nórdica.

Tinta y lluvia se mezclan lascivamente en el cristal de la ventana. La vieja me sigue con la mirada en esta desconcertante quietud penosamente aburrida. Noto cómo su mirada me arrebata el alma moneda a moneda. Como el croupier en la última partida.

Esta casa, desprovista de luz, con paisajes parciales toda vez caprichosos de libros soltando caldos en una vieja estantería, es horripilante.

La vieja y yo no hablamos verbalmente pero mi mente puede escuchar lo que me cuenta desde un corazón de aluminio atrapado en un cuerpo limpio y claro. Mensajes que logro descifrar y que llegan a mí con ponderada pronunciación. Un corazón que echa a andar al ritmo de una aguja y un hilo y que produce espuma en mis entrañas.

-Las habitaciones están cerradas para que no escape ninguno de los episodios de mi vida.-me dice con voz muy educada. Pero no mueve los labios.

¿Es hoy su cumpleaños?-pregunto sin articular palabra, entre titubeos. Desde la barriga. O desde el corazón. Desde la idiotez de la obviedad.

Ella asiente plácidamente. Me asegura que es feliz, lo subraya, y eso me reconforta, me aparta los miedos. Hay una contención entre nosotros. También armonía. La armonía del "nada importa", "todo ha acabado".

- Faltan dos horas para pleamar- añade cerrando los ojos como aquel que comienza a deleitarse con una melodía.

Me asomo al gran ventanal desprovisto de cortinas. El callejón permanece solitario. Intuyo en ese ambiente disuelto las metralletas al hombro, los coches zetas y los furgones de las fuerzas antiterroristas. El humo de las chimeneas parece congelado, no asciende. Nada se mueve.

Una rata astronauta, negra como la fidelidad, se pavonea a lo largo de la calleja sin importarle las flechas ni el desenvainado de gatos.

Vuelvo a sentarme frente a la vieja. Un tic agónico en mi pie tamborilea el suelo, la pistola que pasa de una mano a otra, me limpio el sudor con el puño de la cazadora.

-¿Por qué estás aquí?- de repente, el ambiente se enfría y las luces dejan de parpadear. Tan sólo puedo ver a la vieja como en una radiografía, censurada, sus labios quietos, sus ojos de botón, de fox terrier, clavándose en los míos.

Y le cuento lo que siento en ese momento, el primer recuerdo que llega a mi mente. Verme frente al retrete, con un ridículo pantalón de pijama como el de esos galos de los cómics de Astérix. Y una sudadera gris dos tallas más grandes que me hace sentir como la novia del capitán del equipo de rugby. Y mi picha muy pequeña, más pequeña y encogida que nunca. Toda una coliflor de vello rizado devorando a un caracolillo.

Y un viejo francés en la cama, con batín de flores y pantuflas de hotel, extendiendo un billete en el espacio que antes ocupaba mi cuerpo. Miro mi pene y yo mismo me pregunto hacia dónde deberían apuntar mis misiles.

Ella suspira desde su corazón de aluminio. Bufa igual que la respiración del malo de la Guerra de las Galaxias.

Un paréntesis pesado, una malla de fuerza, se abre en torno a mí. La vieja y todo lo que me rodea se distancia lentamente. Estoy aislado de todo sentido.

Reescucho su pis una y otra vez, el de la chica de la fiesta, precipitando dientes de oro, mosquitos ansiosos, y yo ahogándome, ahogándome.

Siento las contracciones de parto en mis pupilas. La otra noche.

Cuando pude respirar, creí ser John Lennon resucitado. Yusef palmeó como un mulero las nalgas orondas de la mujer y cuando logré materializar el pequeño ventanuco del baño, allí estaba el gratificante azul del cielo, la honda golosina de toda pintura inmensa. En la mascarada de la noche, vestidos con flores blancas, en la orgía donde los gajos frutales de las prostitutas nos daban de comer y los besos envenenaban. Era una comedia divertida con un presupuesto muy corto. Íbamos a dar nuestra vida por el Todopoderoso. En la más pura tradición sacerdotal, con una poderosa coreografía alrededor de Yusef, el lúcido pianista que abrió con sus sobresalientes dedos una grosera alfombra que ocultaba unas inmaculadas pistolas. Yo devoraba una pata de cordero sin intermisión tras haberme sacudido sobre el suelo en huracanados movimientos amatorios. Tras haberme bebido la sangre de dos vikingas.

El segundo whisky es en realidad el verdadero primero. Y me vi transpareciendo en la copa, enredándome en la fascinación de la droga formando imperio.

La vieja parpadea y sus dedos momificados parecen cobrar vida. Me pide que continúe. ¿Qué ha ocurrido esta mañana?

En la mañana, sí, sí, en la mañana. La cabeza comienza a molestarme. Me la arrancaría si pudiera. Seis cohetes anunciaban el encierro de ese día en Pamplona. Seis astados. Seis. Que habían dormido encajonados la noche anterior en los Corralillos del Gas en el barrio de Rochapea. Para cuando los cohetes volaron, Yusef, que había confeccionado la bomba con una horripilante destreza, recitaba el Corán y los demás nos unimos con fervor en sus plegarias.

Recuerdo el murmullo de mis hermanos con colofón de risitas, y las colillas haciendo montaña. Mujeres perfumadas quitándose las nieves, tetas comparándose, piernas y culos en un juego de caballos. Risas en un columpio, miradas de reptil y pulmones en forma de estrella cuando el hachís prendía y del humo salían timbales y ristotadas.

Salimos a la calle apiñados, nerviosos, manejándonos como mariscadores furtivos que odian las linternas. Menos Yusef, más enérgico y decidido. Nos comenzamos a mover entre atascos propios de la gran ciudad. Trenes que hablaban cinco idiomas, teatros de bulevar, calles sin semáforos, anuncios luminosos, comida china, leña quemándose. Íbamos a matar a mucha gente.

Aquella noche, tocado aún por los pétalos y las salivas, cuando todos se hubieron marchado, impregnado aún por el enfurecido dominio que otorga la Providencia a un niño pistolero, a un servidor de Dios, contemplé mi cuerpo huesudo frente al espejo. Me acerqué más. Un pelo gigante de la nariz, me transformé en Napoleón, el uniforme impoluto. Lo acaricié, lo husmeé como un sabueso. Olía a victoria. ¡Alá Lakbar!

Estoy satisfecho, deseando ser condecorado. Aún escucho los alaridos de hooligan de Yusef, ¡navega por el río de la vida, bracea, bracea!, y yo, viajando en ese pis, viajando con ese pis que agujereaba la bañera.

La vieja ya no parpadea. Su iris se agranda y se divide en varios anillos olímpicos. Toma mi mano y la acaricia.

-La muerte me visitó varias veces a lo largo de mi vejez. La primera ocasión, con motivo de un tumor que me detectaron en uno de mis pechos. Yo tenía 70 años. Escribí en un papel las condiciones de mi partida. Habría de marcharme cuando cumpliera mis objetivos. Yo debía de ir a la boda de mi nieta.

La muerte se marchó asustada. Me recuperé del cáncer y a los dos años, el tumor reapareció en mi otro pecho. La muerte me visitó de nuevo. Le espeté lo mismo: Debía de ir al bautizo de mi biznieto. Y no pensaba negociar eso. La muerte volvió a marcharse y regresó al año siguiente, cuando cogí una pulmonía. Le contesté que mi otra nieta se casaba, que no me iba de buen grado, que lucharía. Ella se marchó sin vacilar.

-¿Ha vuelto ya a por usted?-pregunto tragando saliva.

-Aún me queda celebrar mi cumpleaños. Cien. Hoy vendrá a por mí.

-¿Ha vuelto a ceder la muerte? ¿Por cuarta vez?, ¿y por un cumpleaños?

-La Muerte se lleva al que legalmente le jode las carantoñas. Ve a casa con tu familia, márcate objetivos que hagan el bien a los tuyos....y estarás preparado para marcharte. Ve y no dañes a nadie. Haz el Bien.

Salí de aquella casa dejando mi pistola junto a la vieja, que me seguía con la mirada, sin moverse.

En la calle el sol resplandecía, la vida seguía su curso. Miré perplejo a mi alrededor y me giré para reescuchar, no sé a quién ni el qué.

Un cartel de "Se vende" pendía del gran ventanal. Y una señora de mediana edad se me acercó y me preguntó:

-¿Le gusta?. La casa, digo. Es hermosa, deteriorada, es muy antigua eso sí, pero amplísima y luminosa.

-¿Quién vive o vivía ahí?

-Puff, mi madre murió hace cinco años. Desde entonces está a la venta. Era una mujer maravillosa, siempre ayudando a los demás. Fíjese que me dijo una vez que nunca se iría hasta cumplir los cien años....era muy obstinada.

-Que pase un buen día, señora.

A todas las víctimas del fanatismo y la violencia.
A esas abuelas GIGANTES, MAYÚSCULAS. Por toda su lucha.


J. DELGADO-CHUMILLA

13 de noviembre de 2015

  • 13.11.15
"El asesino en que todos nos podemos convertir algún día es aquel adulto que lejos de temer u odiar a los monstruos imaginarios de su infancia, reacciona ante aquellos que se han apoderado de los bonitos mensajes de la niñez y los han transformado en gatillos de sacarmuelas, en mentiras desoladoras". Mientras estuve prisionero en aquel campo tuve tiempo para pensar en mi primer asesinato, por qué se había producido, qué había cambiado en mí para cometer el crimen. No era el cuantioso botín en disputa ni las dos pistolas valientes que portaba en cada mano. No. No existen los secretos; no existen las verdades ni las mentiras.



Yo había decidido en aquel momento enfrentarme a mi propio exorcismo, olvidar los recuerdos y los fracasos, olvidar las bocas espectaculares de mi vida. Vencieron los demonios. Y he ahí que me contemplé cubierto de sangre, limpiando con papel higiénico mi cerebro recolectado. Eso fue lo que me motivó para hacer lo que hice, y de paso, condenarme de por vida.

Recuerdo la fuga aprovechando el desconcierto general originado por un ataque aéreo.

Recuerdo el bosque con cientos de puertas de oro. ¿Cuál abrir?, ¿serán puertas o serán patrañas? De la vida no me creo nada. Sólo creo en su mayor best-seller, la muerte, que cose cadáveres y vestidos. Y destaza las pieles y deja a los hombres sin cueros.

Igual desconfianza me inspiran las mañanas, que se descuelgan como lianas fláccidas sobre mi cabeza y me hacen retorcerme con el sabor ácido de todo cuanto antes creía bello.

Recuerdo cuando recobré mi libertad dejando tras de mí una granizada de balas. Y cómo abrí un túnel a mordiscos, en carrera, braceando en medio de vapores azules, escuchando la notación musical de la artillería golpeando todo cuanto quedaba en pie. Y cómo vibraba mi cuerpo con las zancadas a medida que se transformaba en lobo poderoso.

Me desplomé por agotamiento pero mis ojos aún se atrevían a ventanear las cumbres nevadas.

La hojarasca salía por mis poros, las puntas de ese mismas hojas goteaban sangres al compás de un minutero siniestro. Permanecí medio inconsciente junto a un vacuno eviscerado y un tipo muerto con la cabeza atravesada por un proyectil. Otro, más allá, uniformado, con un disparo una pulgada por debajo de la oreja. Una emisora centelleaba por doquier estridencias, chirridos, cantos patrióticos: la Fuerza Aérea estaba lista para actuar.

La muerte se estaba pintando las uñas. Y pintaba la siguiente remesa de soldaditos de plomo. Me iban a matar, era una certeza. Me arrastré con la nariz barriendo el suelo. Un tiro a la altura del muslo. Ya no podía disfrutar del alivio de ser sólo espectador.

Volví a desvanecerme y soñé que nadaba en un tarro de pintura verde. Y soñé con ese lago que tan sólo yo podía ver. Porque tú insistías en estar contemplando los tajos de un cuchillo donde yo veía un lago.

Un ruído intruso, un crujir de ramas, deshizo en humo la pantalla esmerilada de mi mente.

Con un gesto convencional como el de aquel que deja el abrigo en una percha escuché un "¿cómo está usted?" y a un tipo desdentado, con barba mal descañonada, que se estaba enchufando una botella de vino frente a mí. Vestido con pieles de oso y de una bárbara complexión, estaba sentado en una silla plegable junto a un fuego recién encendido. Despedía olor a tugurio, al moho cadavérico de las alimañas, y por su extraña sonrisa de inexpresión deduje que era uno de esos pobladores del bosque que no suelen prestarse al contacto con nadie. Sujetos que en su día escaparon de los psiquiátricos galopando a lomos de las apocalípticas tormentas.

Nos hallábamos en una pomarada de manzanos de sidra que me resultaba muy familiar. Hacía un tiempo bochornoso, todo parecía desplomarse sobre mí, las manzanas que antes brillaban, en ese momento se derretían como la cera. Me incorporé a duras penas y le contesté secamente que ya no obedecía órdenes de nadie.

Él no volvió a articular palabra alguna. No me pareció ofendido. Tan sólo me hizo el saludo militar llevándose una temblorosa mano derecha a la visera de su gorra. Con un movimiento raro de ojos, miraba y remiraba mi herida de bala en la pierna. Y negaba continuamente con la cabeza al verme con aquel rudimentario torniquete.

Hicimos la noche en aquel lugar. Él, bebiendo y eructando, gesticulando como un chimpancé a los espíritus. Yo, encogido y asido a mis pistolas, tosiendo y desgañitándome por dentro.

Un búho encaramado en una rama parecía susurrarme que había llegado el fin del mundo.

El inquietante personaje se sobaba constantemente los genitales por encima de un pantalón raído.

—¿Quién eres, soldado?, preguntó con la cadencia y tono propias de un niño.

Tardé en responder, sin saber muy bien qué decir. Con desgana -Un cartaginés sin ferocidad alguna.

—¿Eres un derrotado?

Ante su ingenua sonrisa, preferí ladear la cabeza e ignorarle.

—Yo soy un admirador de la obra de Dios.

Tras un breve intervalo, volvió a interpelarme.

—¿Para qué sirven?, señaló con los ojos maravillados las pistolas que sobresalían de mi camisa y calzones.

—Para nada.

—¿Sirven para masturbarse?

—Eso es.

—Cuando me masturbo lloro.

Y en esa carcajada bobalicona, espumosa y herida, comencé a marcharme mientras contenía el aliento.

Llegué a casa en un careo sigiloso. Grité buscando mi propio eco en ella, abrazándola toda, su armadura, sus paredes, sus columnas imaginarias, sus canas, sus jácaras y mojigangas: ¿No hay un té para un héroe de guerra de espaldas a la batalla?

Silencio. Después, estrépito de aleteos en el viejo roble.

Tras de mí, cenizas, un paisaje. Columnas de humo. Un parpadeo lento el mío. Silencio.

No estabas.

No estás. Mientras estuve prisionero soñé varias veces con tomar una hamburguesa. Una hamburguesa fría. En comerme las calles frías. En beber un zumo fluorescente. En alejarme de aquella tierra polvosa que no se pega a la mano. En sentir en el estómago que la televisión es humana y algún día daría el último parte de guerra.

La cafetera gotea un café grasiento, de arenas movedizas. Bebo de un vaso de papel y se desliza por mi garganta como una emisión de lava.

Pienso que no tardarás mucho en volver. No me lo digo muy convencido. Habrás ido a la ciudad para comprar ese T-Bone inglés que tanto me gusta y que compartimos dejando siempre el hueso en el centro,para luego barrerlo con mi brazo y besarte con el mismo asombro de siempre, apenas rozándose los labios como aquel que gatea en las paredes escarpadas de un acantilado.

Cuando sueño que te tengo, despierto abrazado a cáscaras de arroz como todo embalaje de un ataúd vacío de esqueletos.

Vago aún por tu canción de cuna. Me quito el pasamontañas y hago ris ras con la foto que me devuelve el espejo. Ese espejo está demasiado afilado, a barbera, no me gusta. Déjame entrar, ordeno, increpo, acerrojo el fusil, me encolerizo. ¿Estás ahí, Moka?. Un estallido de cristales, narcisos vomitados por una carga de caballería; le he dado muerte al espejo haciéndolo pedazos. Pedazos que han escapado convertidos en tus pasos congelados.

La soledad no necesita orden de allanamiento, me digo, observando la puerta, observando un pozo, observando una estocada. Lloro lágrimas mías en un monte que no es el mío. Tal vez no sean mis lágrimas y sea una mueca engañosa y siniestra de una marioneta arrumbada en un desván. O tal vez sean las lágrimas prestadas de los perros o de los lobos.

Hay fragmentos de plomo en la carne de tus tartas, en los suspiros de esas cartas que nunca me enviaste.

Meto el cazo en cualquier garganta, en cualquier calzada hundo mi canoa. Y no estás.

Pasan las horas. Hago un agujero en la sopa, devoro galletas desmigadas derrumbado en el suelo, enroscándome en ese suelo que pisabas descalza. En ese suelo contra el que te lancé y metí fuego a tu mapa celeste mientras te violaba.

Vuelvo a enfrentarme a la ventana. Los pastos han perdido peso. Estoy arrepentido. La guerra me ha hecho cambiar. ¡He vuelto, Moka!

¿Recuerdas aquellas tardes de cometas en que tus besos escapaban por los techos y tu pasabas a caballo por las tumbas a lápiz del viejo cementerio gótico?

Oigo teléfonos repicando al unísono. Pero no tenemos electricidad en la cabaña. Sin luz, los mosquitos, las hormigas gigantes, me muerden y me pican como si fuera un niñito. Las ratas, los alacranes, la Gran Nación Zulú, me pican, me pican, y me aparecen en mi plato de comida. Aguijones. Sin luz los bichitos son monstruos. Sin luz no puedo leer durante la noche. Y así no mejoro, ni vivo. Y el diseño aguerrido de mi sombra no tiene los mismos galones que cuando prende la luz.

La cera de la vela tarda en derretirse. Un violín colorea las flores al tiempo que suena un viejo cuchillo en la chaira. Yo acaricio la mesa y sorprendentemente me acompaña un piano.

Trato de dormir pero el techo no cesa de imprimir carros de combate en hojas de papel que caen lentamente en un vals sin fin.

Hoy se oye negro. Sabe a negro. El cielo de la luna es negro. ¿Habrá bajado hasta aquí esa negrura?

El cielo de la luna es negro porque ya se ha comido el pan, o le ocurre lo que a todas las platas sudadas.

Deseo pasar un cepillo suave por todo lo negro y así dejar de tener miedo.

Recuerdo tu marcha, habíamos discutido. Por aquel asunto del joyero y su revólver. Por aquellas baratijas que traía en mis bolsillos.

Tú, rodeada de tu equipaje, sentada sobre la hierba. Yo era un gato pálido y delgado.

Te marchaste sin más.

Toda mi guerra ha sido la de volver contigo. Buscar la manera, la falsificación, correr los arroyuelos para tratar de alcanzar tu barco.

No tuve más guerra que aquella en la que acabé luchando con el polvo. Allí, tras las líneas, barriendo los campos con los prismáticos pegados a la cara, lanzándo asaltos día y noche terreros abajo. En un continuo estado de convulsión.

Caí prisionero cuando el enemigo tomó la ciudad.

Soporté encogido, a campo raso, el bombardeo de la artillería. La cara, oculta entre mis rodillas. Pensando en Dios, escuchando sus consejos, tratando de mantenerme caliente. Mediante la obediente inteligencia, sólo así. Los ojos azulgrises de una anciana me transmitían una enorme sensación de paz. Y recordar los maíces bailando al viento. Y la avena en verde. Y el trigo cuando cabecea sin raspa. Y pensar en tí, fijarme en tí aunque fueras una aparición mariana. Pensando en que te volvías loca con mi mandíbula hermafrodita, que lo mismo comía de tu queso que de tu membrillo, de tu melocotón y de tu lima.

La luz de los misiles se balanceaba sobre nuestras cabezas y abría otras brechas lumínicas a lo lejos. Sabía distinguir un obús de un misil por el vuelo de las ovejas. O por los calambres del suelo. Las madres trataban de resguardar del daño a sus hijitos pero los actos de fuerza se sucedían uno detrás de otro. Y malvivía en un extraño dulzor adrenalínico, tal vez deseando para mis adentros que me matasen cuanto antes. Quizá, cuando fijaba la mirada en el horizonte y podía percibir el perfil suave de un tsunami. La muerte, por fin.

Patrullas enloquecidas, patíbulos improvisados, rehenes, y al final, la misma vacuidad, exacta vagotonía de aquellos que formaban temblorosos para ser fusilados. Como en las peores guerras tribales. A lo lejos podían divisarse las altas crestas de las montañas nevadas y muy de vez en cuando, el vuelo de unas brillantes mariposas te hacían olvidar el envejecimiento prematuro.

Bajé de la vagoneta de hojalata, maloliente y con barrotes a ambos lados. Rodeado de rostros devotos, rostros desbaratados por la violencia, por el rigor de los castigos, por el terror imperante. De aquellos que sobrevivieron de entre los racimos de gente en desbandada. Podía oir el ruido metálico de los cinceles y las mazas derribando las paredes de aquellas casas desmenuzadas que habían sufrido los efectos de los bombardeos.

Han pasado demasiadas horas. No regresas. Salgo al porche por si te veo. De nuevo la negrura. Y ese zorro que merodea y navega por todas partes. En la pared blanca de la luna te sueño, anoto los días, y espero verte salir por sus orillas, en la sombra.

Contemplo el viaje de una araña a través del aire, del veneno, viaggio di un poeta a la morada de la seda y el tenebrismo. Bebo para calentarme del frio polar y, sin embargo agarro un frío siberiano.

Y es en este momento cuando, movidos por unas extrañas fuerzas, mis pies me conducen a través de la oscuridad del bosque donde me empiezo a deslizar como ascua incandescente.

Y de repente recuerdo aquel tiro en la niebla como si hubiese sido dirigido a mí. Me duele ahora.

Iba tras de tí aquella noche. Me detuve, jadeando como bestia, y apagué mis motores para escuchar el monte. Tragué saliva y repasé mis labios secos con la lengua. Metí algunas balas en el rifle tras escuchar la respiración de un jabalí.

Ocurrió todo muy rápido. Había una tranquilidad fría en el bosque. Y una extraña conversación en voz baja de los pájaros. No recuerdo qué pasó, si fueron los nervios, el miedo, la furia. Tan sólo sé que apreté el gatillo y el arma se encasquilló. No asenté bien las balas, quizás fue el muelle del elevador. Volví a colocar rapidamente una de las balas y disparé a aquellos matorrales.

Te llamé a voces, tambaleándome, aturdido por la humareda que había provocado el viejo fusil Remington que me regaló tu padre.

Cuando ya empezaba a clarear te vi allí, entre aquellos manzanos de sidra. Tenías la garra de un oso, el mordisco de un león, en tu camisa ensangrentada. Estabas desnuda en tus extremidades inferiores.

Traté de frotarte el corazón como el avaro frota la moneda de oro. ¡Joder! ¡es un tiro, es un tiro, Dios mío, Dios mío, Moka! Di un alarido y descubrí que yo aún llevaba firmemente agarrada la botella de whisky que había en casa. Tiré el rifle, aquel infierno que me invadía el cuerpo. Y recordé a base de relámpagos en mi cabeza. De unos minutos antes en casa, tal vez unas horas.

De cuando empecé a beber de forma compulsiva y tú me gritabas, y yo arañaba los muebles y te pegaba, y la sangre caía en la moqueta junto a tus lágrimas. Te volviste estatua, no parpadeabas, te derramabas en silencio, tu pecho palpitaba en oleadas.

Saliste corriendo. Y yo estaba mudo, incrédulo, hirviendo en mí un desaforado sentimiento de odiosa vergüenza. Y así, tranquilo, sosegado, paciente, me convertí en uno de esos perros mudos de agarre. Perros que no ladran, perros que se matan entre sí, bestias que aguardan a que al amor de su vida se le haga tarde en los trigos. Salí de la casa con frialdad en mis pasos. Chupando una colilla. Recogí el retrato roto del Presidente Milosevic, el que tú habías arrojado culpándolo de nuestros males. Recompuse mis ropas y empecé a caminar con paso firme y un rifle entre mis manos.

Y allí que te enterré, entre los manzanos desleídos. Y cuando regresé a casa, los bombones que comías en la bañera esa misma tarde estaban infectados de gusanos.

Ahora sé, sé que ya no volverás, que estás entre los manzanos donde yo sabía que te había soñado.

Me arrodillo ante el espejo destruído y me embadurno con harina lentamente el rostro. Me cuadro de forma marcial ante el retrato del Presidente.

Ahora sé que soy capaz de seguir con mi vida.

A aquellas mujeres que han sufrido y sufren violencia,
vejaciones y humillaciones a manos de sus parejas.
A todas ellas.

J. DELGADO-CHUMILLA

17 de octubre de 2015

  • 17.10.15
Cabalgo sobre una escoba a lo largo de la playa. En el mar resuena la inconmensurable melodía de "Norte y Sur", aquella memorable miniserie de la televisión de los años 80. Hago prácticas de mosquetón. Con la escoba. Napoleón podía permitirse ser derrotado. Yo no asimilo que mi sentido común haya quedado en el Mar Negro. Soy un retrato ecuestre con unos cuentos de más y unos centavos de menos. Sin caballo. Sin rendijas tras las que esconderme. Una engañifa. De la rama política de los mentecatos.



Documentos inéditos: Yo, Simbad el Marino, me enamoré de verdad. De verdad de las buenas. Pero en una dársena equivocada. Sí, y con un discurso invencible. Invencible hasta que arrimaste tu aliento y tu saliva.

¿Qué versión prefieres que ofrezca de tí, Alicia?

Dime. Dime algo que dé sentido al puñetero Sistema Solar. ¿Doy la versión del perverso Alain Dellon, la del inmisericorde Atila, la de un Robert de Niro al cabo del miedo?

¿Qué puede exponer aquí un corazón como el mío que está como Godzilla, encerrado en una trampera de madera y alambre?

¿Qué versión doy de tí, una vez que ya me has desahuciado de tu vida? ¿Qué significa este frío montaje?

Contaré, te imputaré si hace falta, cómo me hiciste desaparecer en un tocador de pizarra, tú borraste las fechas, sembraste en tu puerta un nido de ametralladoras. Y no me quedó más remedio que volverme Fauno y enumerar el ejército de los persas en cada hora cruel en que necesitaba sellar los ojos.

Aún no doy crédito a esa versión tuya de cómo llegó a malograrse lo nuestro. ¿Merezco tener una orden de arresto internacional? Tengo mis defectos pero estoy seguro de que cuando muera tendré mis gusanos en orden. Soy adicto a mis opiniones, eso es cierto; sin ser perito de nada. También.

Fue por asomo. Por mi asomo. La primera vez. Lo lamento. Sobrevino lo peor. Cuando la ceniza se esparció y el cenicero cayó muy lentamente contra el suelo. Necesitaba respirar y dejar caer los casquillos de bala de mi pecho. Tú siempre tan vistosa, tan hermosa en la cama, llevándote la lengua a los labios, la agonía de una bengala en tu garganta, el vaho de tus fauces en los cristales titánicos.

Sí, después de ser tu vaca de ordeño necesitaba ver la ciudad empequeñecida, ver la liquidación en las tiendas, ver pasar a los ganados y esperar una vez más a que el dichoso halcón se posara sobre mi hombro.

Aquel sacristán abandonó el templo, tomó un Cetme y mató de un disparo preciso a la paloma que ponía la tilde en la palabra de Dios. Mano dura, Señor.

Y aquella otra paloma murió envasada al vacío en una plaza de parking que no le correspondía.

Cerca, un aserradero de madera. Y alguien estaba narrando la parábola del hombre rico y el hombre pobre. Y una oración religiosa era quemada por un pirómano. A esas horas, los viejos tomaban el vermú y tú leías pornografía mientras los demás miraban.

Y unas jovenzuelas hablaban de cielos tormentosos relativos al sábado. Más allá, alrededor del mundo, sodomías con baño de sol.

La culpa no fue mía. Ventanas en oscilo batiente, pintar el dormitorio color ciruela. Decisiones del Alto Estado Mayor.

Ventanas en oscilo batiente. El viento ya pega tiros. Me asomo desnudo. Por segunda vez. Ahora ya la tengo floja, en blanco, babeando como una oveja. Pero ondea al viento aunque presente un bocado regurgitado.

Hay un chorreo de cuervos, latas en el río, la trompa de Allan Poe y las trompetas del Poema de Miocardio.

Estrellas muy calientes, arterias de mi nena.

Espera, han desplegado pértigas en el río. Deben de andar buscando al chico que se tiró ayer por el puente.

Un dibujo suave y frágil de Wall Street se deja ver a través de las cremalleras. Tu persa azul sufre un desafortunado accidente. Se me queda el pellejo del mosquetero entre los dedos. Y sí, estaba afilando el cuchillo del jamón, joder. Un descuido.

Cuando tu gato se precipita en su inmensa y tontuna curiosidad caníbal, yo escucho aporrear mi mente, una fuerte sacudida telúrica como cuando estaba en el vientre de mi madre y no cesaba de repetirse aquella cantinela del 73: "Muy cerca de la del cruce con Maldonado".

Carrero Blanco, que lo han matado. Debería de ponerse de moda esto de los magnicidios. No me va la repugnancia ni el celo vengativo. Más bien deberíamos tomarlo como una quita de deuda. Sólo eso.

¿Me culpas a mí de que la caballería no llegase a tiempo? ¿A la mamma mia? A Del Bosque. A los percebeiros. A la Revolución Francesa. A ese erotismo tan manoseado.

Tú y tu lenguaje de Guantánamo. Ni me miras. Una nueva invasión, contraes tu vagina. Sólo quiero protegerte con un tango. Tus pechos, como vivas dunas, apagados unicornios. Te colocas la camisa, hilo a hilo, el chal te estrangula. Y yo, desaliñado, con dientes postizos, en la misma zona oxidada de todos los reproches. Yo, el ciervo que ofrece una copa de vino a los mil ojos de los mil fusiles.

No son cosas de poetas eso de ir tirando mansiones y matando gatos. ¿Qué soy un lobo agraz y carne de manicomio?. ¡No sé cambiar de euro a yuan! ¿Y ese edredón de seda de la China? De la comunista no, de la otra. Vamos, hombre, no me vengas con esas.

¿O tal vez alguien te ha hecho lo que yo? Comer espuma de limón y leer un pasaje de Drácula entre tus labios mayores y tus labios menores: "Entonces me detuve y miré al conde. Había una sonrisa burlona en su rostro hinchado que pareció volverme loco".

Diste un portazo y pude experimentar en tus ojos la floración del mismo mal.

Ayer fui un solitario cactus, un cadáver de juventud. En un siniestro barrizal. Vagando sólo, engarrotado por el frío.

Todas la mañanas muerdo un denario de oro. Y honro tu memoria celebrando un funeral. Sé que es de oro pero me gusta hacerlo como si se tratase de una femme blanche. Soy insaciable tierra adentro, capaz de conmoverme entre dos renglones. Escribo en mis carnes de mapamundi y en mi piel de gallina. Y recito mientras pongo herraduras a las sombras, inmerso en mí mismo.

Los taninos iluminan mis huellas dactilares. Ardo mal, pero consigo escribir algo. Y abandono mis huesos y me sumerjo en tus muñecas. Insomnio= cunnilingus. Tarde de teatro. Te digo que tu sujetador huele a geranio y sándalo. ¿Recuerdas?

Contemplo nuestro castillo árabe con frío del menos cero. Olor duradero a Mimosín. Desarmo la cerradura y entro a buscarte por paralelos y meridianos, hablando el indio como Cabeza de Vaca. Macramé, Lancome, la vaporetta, condondes de sabores. Tu cuerpo aún huele a portal de Belén.

Nuestra habitación ciruela. Té blanco, té rojo, té verde, fantasías humeantes. Cuando extraías como una hormiguita el rocío de miel de tu oruguita. Y te sentabas a horcajadas sobre el cabecero de la cama, blandiendo la pistola liliputiense de Hitler y frotabas la lámpara mientras a la Torre de Londres se le caía la pus y el moco.

Cuando alcanzabas el orgasmo, Quand je reve aux loups, cuando vienen los lobos, es Lola que sangra. Eres tú, nena, que sangras.

¿Quieres que te de caña?. ¿Qué hora es? Mañana a estas horas estaré muerto.

Sales del baño transformada en Samurai, piernas largas de cristal dejando migas, el ovillo de Ariadna a Teseo para indicarle el camino de regreso.

La cafeína y tus caderas, la micronesia en tus gemidos, tus pezones, besarte la nuca, tirar los canapés. Monedas de oro en nuestra cama. Cuando tú, mi criatura, ponías a mi disposición el color azul cielo, los labios blancos y los lunares estratégicos.

Siempre se te caían las monedas cuando llegabas a casa, siempre te abrazabas a tu estúpido gato aunque él no quisiera.

Siempre a la defensiva, que...¿cuántos propósitos tengo? ¡Te he dicho que no quiero crucifijos!

Me duermo en las misas y cuando no, lloro como una vieja y me froto los ojos porque soy un ratón en esta vida.

¿Escuchas la motosierra? Soy yo, tomándola con tu ramo de flores. ¡Cuánto dinero se lleva el amor a territorio enemigo!

Mis vasos sanguíneos forman parte de la TDT. Enciendo el televisor y decido clavar mil lanzas de chonta a los informativos matinales, alancear a esos presentadores de trajes blandos y sonrisas a cuadritos. Clavo mil lanzas indígenas a toda reunión monetaria, a todo aquel que ahorca a los mejores chicos desde las antenas del arcoiris.

¿Quién paga hoy las copas en África? Los elefantes, of course.

Paso a otra versión de la vida: Decidido, soy de los fascisti y de los comunistas. Un Fascis Comunis, rara avis, lo sé. Pero es lo más razonable para ser español. O ambidiestro: ¿Se puede ser de derecha para comer y de izquierda para chutar el balón?Tan sólo necesito una cabina de teléfonos para cambiarme el traje. La pasión hay que renovarla para que la picha siga dura. Y no enfrentarse a la pasión, que eso trae traumas y violencias innecesarias. Quisiera ser campeador con todos los pasaportes, joderme a todas las camareras que me pestañeen más de la cuenta. Mis ojos se vuelven asesinos implacables. Voy a entrar en coma, en muerte, en un "fumar mata" por comerme todos los cartones de Ducados.

Voy a morir por exceso de inspiraciones, por poner el culo en la playa como un pato patoso.

La imaginación me ofrece mucho más: carreras de galgos, pulmones y sangres, penes muy desarrollados, negras que menean el culo a lo perrito. En las dos mitades de aquellas negras suenan timbales y excavadoras comiéndose el mundo.

¿Qué dice hoy El Heraldo? Cuenta sobre conquistadores que predican el amor y la caridad con armas multimillonarias. Corren los moratones y las cortinas, el sheriff del condado, los militares juramentados.

Hoy me siento cazador de cabelleras, cazador microscópico en cualquier espacio aéreo. Abandono mi guarnición de "drink and food". Abandono los formalismos y dejo el fuselaje de mi vida insepulto sobre los escarabajos del buen Jesús, del buen Jesús Escarabajo (egipcios mediante).

Voy al teatro. Sólo, sí. Me pregunto por la vida subterránea de las bacterias y me detengo ante aquellos caballos del decorado deslizándose como algas en un continuo orgasmo. Vomita mi mente un cofre con mejillones, líquenes, cuarenta limones y demás atrezzo milenario. Con piratas muertos, piratas buenos congregados: Juan Antonio Canta, Pedro Casariego, Giovanni Falcone, Borsellino, el bueno de mi perro deshojando una espada como el que pone en bolas una margarita. Y el jodido Pentobarbital, brotando como vinagre pero que al atardecer se convierte en un ossobuco de canciones de Roxette.

Sigo mis pasos.

El camino metido dentro de mis zapatos, las cancelas del coliseo resuenan igual que una entrevista de trabajo. Resuenan igual que el nudo en la faringe, que el cierre de la yugular, que el hecho de doblarte la espalda. Puto trabajo y puto dinero. Sangra el gladiador.

En las calles: coches japoneses, mujeres en camisa, olores limpios y femeninos en ese octubre de Lenin. Vainillas y flujos mezclándose con los obreros enlosando y tecleando.

Precipitaciones en forma de lluvia, de pringue, de cerdos sacrificados, de miseria, de pescuezos. Un mendigo yace enterrado en cuclillas. Me hallo exánime sobre una acera. Hay un redoble de tambor en un callejón cualquiera, como en un acto de rendición. Alguien ha cubierto con sábanas el bosque. Espero una llamada, un algo, un alguien que mueva los dados de una jodida vez. Un correo electrónico no corre maratones, me digo. Y comprendo que hoy es la última batalla del Rey Arturo. No me llamarás. Me despierto sobresaltado pero no ha sido la coz del teléfono.

Paseo por la playa.

El agua salada pesa en mis oidos.Y me detengo y detengo el mar con un placaje, lo vuelvo de látex, flota la mano de Cervantes para que yo la tome. Que se joda el mar, quiero matar al mar a puñetazos. Disparar sobre las luces de la ciudad.

Y el cerebro tiene las horas contadas, sigue perdiendo fichas. La luz encendida en la parte trasera de mi coche.

Y mi espalda suda el arroz que Harry Truman dejó caer con el Enola Gay.

Regreso a casa.

El ferrocarril hormigueante me visita a hurtadillas en las noches. Esas noches de tallo suculento y tallarines gruesos, de cachetes duros, pedazos de nosotros, escalofríos de placer, cancerosos deseos...noches donde he reducido mis follajes para no hacerte el amor. Noches de Reyes, de Reyes Magos y visigodos de chocolate.

Esas noches con cabeza nuclear, con turcos sin cabeza. Esas noches de arte rupestre. Las noches donde comienzas a vivir y comienza a rolar el viento.

¿Nadie más ha conseguido ver un revólver en la Santa Cena?

Escribo esto último y una hoja de papel se desliza por debajo de la puerta.

"Hasta soñé un día que hicimos el amor. A las doce perderé mi zapato de cristal".

A todas las cenicientas que andan por ahí descalzas.

J. DELGADO-CHUMILLA

19 de septiembre de 2015

  • 19.9.15
Miro hacia ese cielo con carrascal. Miro el chacó de aquel soldado como calavera. Me siento como aquel león al que le llovió durante una noche, durante toda una mañana. Que se quedó con la lana mojadita en un solo toque de oscuro. Un rosal pelea en la colina con la soledad, con los gritos de pánico, con las buenas noches de los episodios, con las estrellas tiradas con honda, con los hombres cazados, con el éxodo de los cómicos, con los días izquierdos.



Quedo colgando de mi nido. Remango los cascos de mi caballo y convierto a mis ojos en platos con hambre. Antonio y yo dejamos atrás cien victorias. Tal vez cien derrotas. Nos pasamos los días rodando con los girasoles, solitarios como el toro limusín de aquellas tierras barajadas. Somos las pupilas de dos cocos moviéndose por las comas de la vida.

—Dios bendiga al dios pequinés del tamaño de un penique –reza Antonio, como queriendo pinchar las nubes.

Dos escritores desempleados, demasiado bulliciosos, hablando cada vez más con los muertos y sus frutas. Pasamos junto al cementerio y escuchamos toses fingidas y cuentos rojizos. Pienso en los océanos mascando chicle, pienso en cruzar el Rubicón aunque ya no sea rubio. Pienso en amar las cartas sin filo, en ser un muerto perezoso; veo a las momias en pijama; escucho la mecedora perfumada de mi abuela. Y yo, botando la pelota.

Hemos bajado al campo una tarde más.

—El sol es la leche materna– me dice Antonio, inflamándose como un pavo real.

—El cielo, la cuadratura donde los caballos corren cuesta abajo– le contesto.

Se arrugan las agujas del reloj. No quiero memoriar cuántas veces he mordido la luna. Bajamos al campo recién escudillados. No paramos de ponernos y quitarnos la careta antigás.

Sol y moscas. Color tropical, quemado y brillante. Y un anticiclón. Mil misiles. La palabra pacto y la palabra legislatura en mi mente. La humedad y la polilla se cargan los legajos. Manchas de humedad de muchos colores.

En el campo escucho las azadas prosperando en lo más hondo del pecho. Escucho a los viejos zorzales mostrándome los caminos sagrados. Allá afuera, en las ciudades, en los pueblos, todos parecen marchar hacia Roma. Yo escojo la vía de los traidores y me dirijo enyerbado hacia Inglaterra. O eso creo. Prefiero correr las pampas siendo un esforzado de nada, un perito de nada.

Prefiero inventarme los caminos, caminos desvariados, resumirme en el horizonte, soplar velas, mojarme con los amarillos del pasado. A lo lejos, pega galopadas un caballito con una ingenua alegría rural.

Nos sentamos junto a las vías del ferrocarril. En el horizonte comienza a emerger un viejo galeón español. Comenzamos a sacar moneditas de nuestros bolsillos para colocarlas en los raíles. Nuestras tardes son para coleccionar chapitas. Y cojinetes.

—¿He dicho mil misiles? Lo digo por lo que ocurre en Siria, donde suenan campanas de boda. Aspiro todo el aire que mis pulmones son capaces abrazar. He aquí, una tarde más, los amigos de Sadam– proclama solemnemente Antonio.

—Los más afganos, los más patriotas de este país– concluyo con una reverencia.

Antonio me lee en voz alta un ejemplar del periódico con más tirada del mundo. Quinientos millones de lectores no pueden estar equivocados. Antonio se ajusta unas gafas inexistentes a una nariz en exceso existente.

—Veamos: Diario del Pueblo,órgano oficial del Partido Comunista Chino. Empecemos. Mercados nerviosos, monedas fuertes. Controlar los salarios. Aquellas hormigas cruzaron la línea de gis y Solana decidió bombardearlas. Una orden glacial, facundia belicista. Suenan campanas de boda, ruinas humeantes, balazos. Mezcla de azufre y potasio, planos recortados. Lugareños ricos, criados graciosos, tirada de versos. Y un plátano caducado.

Nos sentamos junto a las vías del tren, nuestra última trinchera, la clandestinidad, el "désenos por muertos". A nuestro lado, la barcaza, el chasis, la coraza, la torreta de un viejo tanque. Estamos rodeados de cosechas y de un azul que quema. Vivimos en un cine cancelado, nacido muerto, pagado en cómodos plazos.

—¿No dice algo más interesante? No sé, mírame el precio del acero.

—Del acero no dice ni mú, pero el kilo de alfalfa se ha puesto a seis euros debido a la crisis láctea. Miraaaa, crisis láctea la que tengo yo en mis cojones. A ver, ¿quieres saber del precio de la alubias riñón de león?

—¿Dice algo sobre el trigo inglés para "piensantes" como yo?

—Nadita. Dice: el sepelio en... no conozco esta aldea de Cuenca. ¡Simulacro de vida, tío!

Hacemos un receso y estrellamos a los chinos ricos contra los riscos.

—Todavía estallan bombas de la Batalla del Ebro– informo con desgana.

—Pues con esto de Cataluña, ya mismo vienen las tropas polacas. Señor lapidario: que me entierren debajo de un eucalipto.

—Tres nichos a la derecha de mí. Y fin de la nostalgia.

Antonio alza la brazos, se vuelve contra el cielo.

—¡Papá, dame tu pasaporte que me coma la miel a mí– grita en un gesto teatral.

—¿Primero se vive y luego se muere o es al revés?

Antonio se carcajea como una graja. Le gusta preguntarle a las grajas mientras pasa la botella de ginebra de pico en pico.

—¿Me comeré algun día unas lentejas con alguna tía?

Las grajas se desternillan.

—Mejor cómprate un set de peli porno a ver si tocas alguna teta– interviene el gato feucho.

Antonio se saca un bustiers de esos que suben la pechuga. Se lo intenta colocar con media lengua afuera.

—¿De dónde has sacado eso?– le pregunto ante tamaña locura caligulesca.

—Lo compré en una trastienda. Y un tirante fino de lencería. Y una bolsa con lentejuela moderna. Para ocasiones olorosas. Eran para Fani, claro. Tío, tengo que estrenarme en el escalafón. ¿Recuerdas que la Fani estaba más plana que las llanuras de Gambia? ¡Dios mío, qué reflote! No sé si echar mano de un billete de 500 o del diccionario, saltar por las bordas, me explotan los ojos, necesito cloroformo, un vaso con flujo vaginal. Algo.

La voz del gato se pierde entre las llagas de algún muro: San Pablo decía que cristianos son los que esperan.

—Gato cabrón. Tío, siento aprecio por los continentes y admiro a la marinería, pero a ese engendro lo decapito, te lo juro. Me conformo con una puta de la clase A, pero a ese bichejo no le pienso dar la razón– susurra. Recuerdo cuando discutía con ella, con Fani. No sé si me sobraban delanteros o es que no tenía ni idea de ascender un ochomil. La cuestión es que la cosa no funcionaba. Me sacaba de mis casillas, siempre gritando, lloriqueando y por no liarme a gritos o romperle la cara escribía mil veces el nombre de Durruti en la pared de la cocina. Así, como te lo digo, tipo medium, tipo vidente loca. Y ella seguía chillando y zarandeándome.

—¿Y qué ocurría después? ¿Os cascábais?

—Nos entraba el ardor revolucionario y jodíamos como caimanes. Ella me decía: susúrrame, Durruti, qué voz tan sexy, jajajaja. Le gustaba la voz de Durruti, me decía que era como la de Bruce Willis. Tía rara de esas que gustan de ponerse mono azul y pañuelo del Milán.

—Joder, a tu chica lo que le ponía cachonda era la honestidad.

El gato tararea el Cantar de la vaca lechera. Antonio lo sitúa entre Dios y el Diablo.

—Es una tarea ingrata, pero alguien ha de decirte las verdades– le digo al mismo tiempo que palmeo su espalda.

Antonio se aleja con paso firme.

—¿A dónde vas?

—A imaginarme que descorro las cortinas de un fotomatón callejero y me invito a un whisky.

Antonio tarda en volver. Lo pierdo de vista durante unos minutos.

Nuestro silencio es una declaración de ruina. El gato registra el solar con una afinación impecable. Tiene mucha seriedad en la cara. Antonio comienza a apedrear al minino. "Soy bueno, buenísimo, pero a punta de pistola", vocifera. El gato se revuelve y parece contestar: "¡Allende no se rinde, milicos de mierda!".

—Más de un tiro y no más de tres– me interpongo entre Antonio y el felino. Antonio se pone a contar con los dedos.

Veo un avión de Air France. ¿O son pommes de terre? No me atrevo a preguntarle a Antonio.

—¿Sabías que los astronautas tienen miedo al despegar?

Habla muy en serio, como el gato, como un conocido fabricante de champú.

No contesto esa suerte de idioteces.

—Menta peperina. Siembro mentas. Estoy limpio de cruz a rabo. Flotando como el gusano del mezcal.

Antonio se acomoda una media sonrisa. Lo miro. Me mira. Media estocada (silencio). Estocada corta, desprendida y tendida y descabello (pitos).

—Blanco y en botella, macho. Que soy un partidazo.

El tigre que hay en mi muere en una curva cerrada del ojo del cazador. En la letalidad de la mirada.

Antonio y yo somos dos estatuas descabezadas que han olvidado leerse el guión.

—Nunca me he sentido tan sólo, Antoñín. Voy a ir a echar el Euromillón... la puta niebla, fregar los platos. Tengo ganas de probar un japonés. Pero un japonés-individuo, a ver a qué sabe.

—¿A qué va a saber? A pastel de Navidad.

—Estoy en las inmediaciones, colega.

—¿De qué? ¿De dónde?

—Del Viva Tejero.

—Joder, hablas un perfecto nazi. Mi nazi es más ajeno. Debería venir un bello huracán y arrasar con toda Nueva York.

—¿A qué le tienes miedo, Antonio? Hablo de la vida y todas esas cosas.

—¿Yo? –hace una pausa y desvía su mirada-. A los altavoces de mierda... A los altavoces de los coreanos del norte y del sur. A los policías mejicanos y a los políticos españoles. Antes, me daban miedo los tribunales. Ahora me acojono más con mi cerebro y con todas las frases anteriores que puedo haber dicho. Tengo miedo de los caminos del Señor, de la parte alícuota que me toca pagar porque los gobernantes son unos ladrones. Me da miedo convertirme en un jugador de ajedrez pacifista.

—A mí me da miedo estar aquí, esperando al Transiberiano, convirtiendo monedas en chapas. Me gustaría volver a ver a mi perro, aunque fuese convertido en niño de madera. Me gustaría volver a ver a mi abuelo, verle entre los halcones y sus boquitas de piñón, esperándome en una montaña sin peluquero.

—Amigo mío, somos unos privilegiados. Estamos pillando sitio para ver al Estado Islámico llegar y hacer la guerra santa. Estamos esperando al paraíso de Ronald Reagan. Disfruta del paisaje, de tantos sillones con vacantes y olvídate de aquellos terminales con sida, de aquellos gorilas en la niebla. Disfruta del único aire que es nuestro, de los esquilmados.

A mi abuelo Fernando y a mi perro Nilo

J. DELGADO-CHUMILLA

15 de agosto de 2015

  • 15.8.15
—"He charlado hoy con Cristina. A ver si se convence y se viene conmigo a por regaliz silvestre. Creo que si se viene le aumentará la confianza, la veo que no se fía, debería confiar, yo no soy un ogro. Mañana hemos quedado en el parque, le regalaré un décimo. Creo que la serie de uno corresponde a un 68 o un 69, no lo sé seguro. Como sea 69 el cachondeo está asegurado. A ver qué pasa mañana, y si me arreglan internet. Hoy me ha puesto a 220. Gora ETA".



Un muerto ha calado en el cielo, donde dicen, tendrá que espabilarse. Ejecutaron la sentencia de muerte la pasada mañana. Le dieron dos grapas y lo sepultaron. Aparece su óbito en el diario vespertino, bajo "Salvar al soldado Ryan" y muy por debajo de esos anuncios de chicas que venden carrilleras a veinte sestercios.

El militante de ETA no cree que cuando muera vaya a ir al cielo.

—Me enterrarán y me iré marchando con los años geológicos. ¿Dios? Dios es un ser mitológico que no da solución, luego no me sirve.

Pasea por el parque con Cristina, la catequista. "¿Indios o vaqueros, Antonio?", pregunta ella.

—Siempre preferiré ser un indio que un importante abogado.

En las calles hay líquidos cojeando, coitos confitados, viejas contricantes, corderos de dios, semanas de paja gruesa. Hay bayonetas esperando tras las puertas de las neveras. Y patriotas cagándose, meándose, muriéndose, tratados como otros indígenas, como los que pagan siempre el oro.

Y alguien clama por el fin de la guerra en Siria, por salir de los caparazones, por volver a las obligaciones y dejar de entramar madera y enterrar ciudades. Y que vuelvan los derechos y se marchen los croac de los gatillos.

Y alguien suspira por acostarse en un cojín y amanecer en Hispania. Y no dar clavo. Sólo dar remiendos a las nalgas, clavar la estrella de sheriff en algún culotte, y que los ángeles no linchen a los descalzos.

Alguien pide que el climax sea payaso y los polvos sean sobre la alfombra. Y que el colesterol se derrame por las barrigas y las colillas mueran con honor. Alguien aúlla. Son perros averiados. O jabalíes sembrados en un huerto. Y los socorros comienzan a arder como trapos.

Cristina, la catequista soñadora, derrama agua sobre la parrilla y comienza a juntar puertas y ventanas. Espera a su demonio. Posa desnuda y el zumo de las flores estalla en el espejo.

La tarde, con sus surcos. La noche, con su masa de hojaldre. El mundo es el barroco entre rejas. El mundo delicioso es el de las ráfagas altisonantes. El terrorista vasco-andaluz Antonio Alcaide "Alka" dormita desnudo junto a la mecha. Lleva coraza y un casco caliente. Lleva debajo la piel cagada de un perro. Escucha un bolero mientras el hueso se hace mentira. Y allá fuera, la luna caudalosa, los cráneos cubiertos de azúcar.

El interruptor enciende el ojo, enciende el cuadro.

Piensa en su lucha, en su causa. El gigante tiene una causa física. Piensa en el fuelle de los búfalos. En la bufanda del bisonte. Se siente alférez oxidado. ¿Será su lucha una máscara sin fruto? ¿Qué he hecho mal? Una cuchara garabatea en el plato y ya la tildan de áspera. ¿Son mis pistolas espolones de otra nave?

¿Quién soy? Detesto la política... Más bien, a los partidos. Soy antiadherente, joder. Los odio. Bueno, me gusta el PKK, el KKK, el Komintern y el Kuomintang. Soy hutu y soy tutsi. Lo que nunca querré ser es un maldito inglés.

De mayor quiero ser yihadista de algo. No puedo ser comulgante con aquellos que limpian las botas del dragón. El príncipe edifica un nombre. La señora del piso de al lado edifica la Edad Media. Los piratas edifican los fragmentos de un mapa. ¿Y yo qué soy? Soy un tiburón, sí. El tiburón es latón de alta mar, en un mar enrevesado, y para él ningún humano es hijo de rey.

Con una cabriola da un respingo y se cerciora de que el kalaschnikov sigue en el congelador, junto con las Buitoni y La Cocinera.

—¡¡¡Qué coño!!! Me gustan las dictaduras. Y el sexo con aroma a urea putrefacta. La dictadura es cine de autor, catetos. La democracia es un dispendio de idiotas que creen saber cómo conducir un coche. ¡Vivan las dictaduras con puntería!

Le dije a Cristina, la catequista, que desde aquí, desde mi cuerpo, diviso la gran estatura de la tierra. Y el rocío de sus tetas cuando me emborracho y sueño con ella. Y paso los dedos y la lengua por la carrocería de los coches en la madrugada.

Eso fue después de que me invitara a su casa y me plantara en bolas delante de un espejo. Me observó igual que lo haría una noble ante un esclavo musculoso.

"Eres hermoso", me dijiste, y me diste dos brochazos en el abdomen. "Eres hermoso", y disipaste mi sexo con un beso sobrenatural y un espasmo de flúor.

Al condenado a muerte, a ese que aparece hoy en los diarios, ya muerto, ya eyaculado, vivo ante los volcanes, le ofrecen la oportunidad de morir con poliéster o nailon. Con parches o con aceite de Argan.

Elige una tela lisa y oscura. Y unos tirantes para sujetar los pantalones. Y ser ahorcado de las doce puntas de un bello venado. Y que su última mirada sea hacia un esbelto puma.

Concedido.

El prisionero trata de dormir entre el polvo blanco y los aguijones de su celda. De nada sirvió que pidiera el ojo de halcón al juez de silla. Sólo el que va a morir ejecutado es exigente con Dios. A través del ventanuco le llega el aire musical de las bolas de helado, puede divisar las manzanas de casas, la paja y la seda, los corazones borrados.

Él tropieza con su propia garganta. Quiere llorar cuando comprueba que en aquel árbol donde él veía mariposas todas las tardes, no baila ni una única hoja. Comienza a caer una fina lluvia sobre las lámparas. De lejos, de muy lejos, le llega el café molido de las montañas. Hoy no puede mojar con saliva a las golondrinas. No se han presentado. Sí que ve las águilas inválidas en los montes.

Le han dado a elegir, y se lo recitan como un programa de mano, como un inventario frívolo: pelotón de ejecución, inyección letal, ahorcamiento, traje gris carbón, ratón de campo o ratón de ciudad, piedra-papel-tijera. A lombriz, cucharilla y mosca."Habría que recuperar el clásico de los descuartizamientos", dice un guardián con afectación.

El condenado ojea un ejemplar de la Biblia que desprende olor a arcillas y limos. Busca entre sus páginas, en los sótanos del licor, alguna referencia que verifique que el Diablo tiene el pene seccionado.

Alguien relata un chiste nocturno muy manoseado antes de que el reo comience a desmoronarse. Sí, el chiste del mal anarquista, que a punto de lanzar su bomba orsini a la comitiva real se percata de que a la reina se le ha caído el sombrero y él, caballerosamente, suelta el artefacto y corre a devolvérselo con una reverencia. Ni puta gracia. "Sólo los tontos llegan a los amenes", le espeta al capellán con pelo de cabra.

"No me auxilie a mí, nada quiero ver con vaqueros que montan sobre una cruz". El ahorcado sube al estrado con un naipe, compone un poema pero no sabe hablar de otra cosa que no sea de las matemáticas.

El reo se presta al contacto con el vacío, con ese material en blanco y negro que es la ejecución. El silencio más absoluto. El bostezo de los hormigueros. Tan sólo su mente trabaja. El fusilamiento es rápido, muy bonito, con los soldados adornados, piensa. Pero no me gustan esos sonidos estridentes, ni que las mulas tiren de mí y de las mañanas después. Echa para atrás, para atrás, para la infancia, y escucha las canicas abolladas, nota el sudor del lápiz, vivea entre brindis y bragas cuando llega a su madurez.

Escribe con la ortografía del ataúd frío. Piensa en el ahorcado y sus hilos. Piensa en la copa de vino que rebosa bajo el decapitado. Piensa en la pulpa disparatada de un fusilado. Piensa en un trueno sin terraplén. Recuerda que Antonio Anglés no había asesinado a aquellas chicas. O al menos, eso creía. Anglés solamente había matado a Perrault. Y lo había sustituído por los hermanos Grimm.

El ahorcado mira al cielo prófugo y recoge la cortina, amenazado por los lunares de la noche. Y se deja caer sobre una casa romana repleta de luz, con chuletas de examen en las sombras, kilómetros atrás de su matrimonio.

Vuelve a ver a su esposa y la llama. Vocea.

—Una voz, una espuela, sigo una pista, sigo tus huellas.

El trigo me corta el paso. Sé que tu cuerpo es un monte en mi mano. Que tu cuerpo es fuego en mi cuaderno, que dibujo una vagina gamada, una vagina a la que odio, una vagina que toma al vencido y lo hace gruñir. Y le masca las pecas. Y lo vuelve detergente blando.

El camino hasta tu puerto es un yerre que yerre, y aún así, cuando quito el hielo y me cargo a Velázquez del cuadro, me miras como anticipándome dinero. Y entonces, tu sonrisa agazapada tras tus pechos sonantes, me descubre el demonio en que te has convertido.

Antes de morir, de que sus ojos rocen las constelaciones, el ahorcado se dirige a su amor ausente:

—Dame una conversación en la batalla y una cópula aunque sea mentira.

Entonces, la soga se abstrae y el ahorcado, ahora sí, se mete un gol.

Antonio Alcaide, el último etarra andalú, se dirige al dentista para luego visitar al anticuario. Ha dejado a Cristina a las puertas de su casa. Se deshace de sus browning y se zampa una palmera de chocolate. Después se disfraza de Gioconda ante un sastre. Termina su periplo alzando un pie y haciendo pipí en un árbol, como acostumbra a hacer el odioso pequinés de la vecina.

—Ese chucho sí que tiene dos cojones.

Y se pierde en las nubes. Como un elepé malpagado.

A Antonio y María, allá dónde los tanques y la pradera.

J. DELGADO-CHUMILLA

13 de junio de 2015

  • 13.6.15
Un tren atraviesa los maizales antes de descarrilar. Despierto del coma y pinto un punto y seguido en tus labios. Me he cansado de luchar por el rey, por el pueblo, por la libertad. Cansado de recorrer el esqueleto de plomo de aquel dinosaurio. Deseo ser William Wallace y que mis huevos griten libertad bajo la falda y a mí que me zurzan, que mi esperma vaya en punta de lanza hacia cualquier invento sin costes, hacia Nuevo Méjico y Nueva York.



Buscar el amor, remoto y sobre una lona vieja, dejarme la prisa en los escalones y tomar posiciones anarquistas cuando nos vayamos a la cama. Que huelas mis ingles y yo hable tu inglés con los ojos en blanco, y que te busque en los mercados, entre las voces de los gondoleros, entre los viejecitos gangueando. Entre los rebaños que he dejado en mis estantes. En mis instantes. El amor no es sólo cosa de solomillos, lleva implícito que con la arcilla del tiempo también caigan tus dictaduras y las chinchetas que sostienen al miedo.

Las mejores etapas de una vida culminan y son desbaratadas limpiamente con una operación terrorista espectacular. La suerte de los adioses a tiempo son premios menores. Tú llegaste cuando mi acero de Titanic se volvía quincalla. El tuyo, tu hasta luego, se me hizo de granito. En mí creció todo, y mis latidos cabían ya en un traje de Pavarotti.

Malgasté vidas, o no, me situé fuera de las rasantes comunes, eso sí. Logré birdies o bogeys o eagles. Sí, es lo que me gusta del golf, que es la vida misma, que es un juego malicioso de golpes y hoyos. La infancia, la adolescencia, son huéspedes que se marchan off the record, sin descendencia, sin conversaciones de paz. Pero el muelle trae siempre una nueva bala, y hay que continuar desaguando lágrimas a través del acueducto. Hay que hacerse fuerte, bien sea sentado en el pescante mientras corres la posta o mientras tratas inútilmente de reconstruir tus murallas.

Aquella mañana daban sepultura a un motociclista bajo la fiebre. Yo afilaba músculos para volver a Atapuerca, a Carlomagno, y así poder ignorar que tú ganas más dinero, que cotizas en cualquier parque. Un viejo luchaba por su vida dándole pulso a una cocacola. Dios bendiga a los fantasmas que nos cuidan o nos asustan. Y a estos muertos moribundos que aún nos hablan.

Sin ti, sin los fantasmas, sin la respiración de algunos muertos, las ficciones serían muy aburridas; no podríamos apostar al cómo sería la vida sin o con. Contemplo los cielos y creo ver en ellos una piscina atascada. Y acierto a descubrir a tres pintores ante una fachada en blanco, sin saber qué hacer. A veces pienso, estoy convencido de ello, que deseo descorrer el cerrojo y dejar salir al loco que hay en mí, liberar a la bestia, callar cuando pierda y sonreir cuando gane.

Te conocí en aquel montaje forestal cuando mi corazón era un cementerio que exigía respeto al descanso vecinal. Apareciste entre las fintas de esgrimista de los jilgueros, blandiendo espada infiel, cuando yo, como cada héroe trasnochado, apuntaba maneras para mi propio kill him self en las páginas de sucesos.

Quise combatirte con un gladiolo y mi falta de pericia propició que me pinchara con la rueca. Te tuve frente a mí, te sostuve la mirada a duras penas, arrojé mis ojos a la alcantarilla, mi armadura comenzó a padecer reuma. Lanzaste la botella al aire. ¿Qué ocurrirá si sale cara o cruz? ¿Dejaré de fingir ilusiones? ¿dejaré de emborracharme en casorios? ¿podré decir "esta plata es mía"?

¿Qué puedo ver a través de la puerta, a través de pastilla y media de éxtasis? Que fumo como una chica cuando me observas. No te estoy diciendo que me drogue, pero veo cosas como en un inventario abierto.

Veo al toro saltando al abismo, por ejemplo. Que están matando granjeros en Gaza y desde los sótanos del licor exigen medidas sanitarias al matadero. El ejército de Napoleón, Hitler, que pido un doble atentado con extra de queso. Tal vez esté viendo unas pintas de cerveza, un sms pornográfico, leche derramada... No sé, quizás sea el estirón del gigante o que cuando te tengo fente a mí siempre estoy a una vocal de distancia para equivocarme.

Debo de estar confensando más de lo que debo. He de jugar. Y esperar a que no salga la bola fría del bombo. Y que el flipper no se enoje y acabé en un OK Corral de tiroteos y espumas rabiosas. Veo que puedo atreverme a fracasar. En este punto kilométrico. Lo sé. En este término de pueblo minero donde tus gemidos son una montaña de sonido. Puede que esté perdiendo la razón y la mantequilla se esté derritiendo por el camino.

Contemplo esa posibilidad cuando tengo a mis pies a dos muertos solitarios con el ataúd aún sin matricular. Una vieja y su gato.

Tras aquellas tejas azules, tras aquella casita besuqueando al huracán, tras un aterciopleado puré, veo el cadáver del marinero en el fondo del mar. Veo el chocolate sin cacao, las costas poco recortadas. Veo pequeñas lagartijas conversando con fines turísticos. Veo la chatarra de las sagradas familias y la subida de los infartos en las encuestas.

Ha sobrevenido la primavera y se me han caído las pestañas. Arrincono las cuatro estaciones y me quedas tú. Quedamos tú y yo en un país sin tratado de extradición. Tal vez me he humanizado en hora y pico, o al igual que García Lorca, no sé si sigo vivo o llevo tatuado el SPQR del romanismo más romántico.

Pienso en tí desde el aire, desde lo húmedo, desde lo expansivo. Yo pienso en el aire en sí. Con un empeño dramático en mi teatro de 180 grados. Estás ahí, con tu peluca azabache, tus labios azules y unas anillas de acero en la cintura. Yo me dejo vivir, galopar con un juego de pedales. Mis pensamientos se mueven con impulsos luminosos. Son espermáticos y malditos. Mandaron al águila a romper las telarañas, me dije.

El mostaza eléctrico de tus curvas enjugadas en la luz. Juegas bajo el sol y bajo el águila. Y el sol no se sabe sujetar y cuando se interrumpe el horizonte compruebas los premios menores de la Vida, los cuentos completos juntando cadáveres. La Vida no perdona un sólo recuento. Ni del Viejo ni del Nuevo Mundo. Mis pensamientos juegan a un Kamasutra donde tu cola de sirena comparte la mesita de noche con mis glóbulos rojos. Mis pensamientos viven del manicomio, de mis cromosomas empañados, del espesor constante del purgatorio. No hay días del mes, ni piel de león donde dormitar con Hércules.

Ando a gatas por el cielo mientras tú proyectas la película, cuando los grillos dan sepultura al violín y existen monedas flotando en las montañas, junto a las piedras que la cabra montés nos va regalando. Beso tu boca después de un ingenuo piedra-papel-tijera.

Llega la noche. Hay una estatua, un jarrón. Ritmos negros en mis sábanas. Adulterio en una cueva. Para desenfundar la espada y herir. Y hervir con un segundo blues. El aspecto más sucio del guión convencional me viene a la mente. Hay aullidos en nuestra cama. Un contacto fronterizo. Tú y yo. Mi traje gris carbón caminando por el pasillo.

Parroquias desertadas porque alguien dispara a gol. ¿Seré yo? Y una bofetada. He de ser honesto en los postres, me digo. Tú, entre caobas y flores, tienes un poco de Francia, un poco de esos rostros de actrices. La noche es para el delito. La noche es para que el ahorcado pasee los dedos por las cuerdas. Tus córneas son para las nubes. Mis silencios, para la pulcritud de las sombras. Ladridos demasiado humanos, luces caras pasto de las llamas. Las apago y me sale barato el silencio.

Cuento los siglos por cuartos, por tendones, por onomásticas quirúrgicas. Por tus ausencias. Los cuento a través de las almas en pena, a través de los billetes con numeración correlativa. Las horas, los libros. Los antihistamínicos. Me llevo eso para la cama. Y descubro que tu adiós es un premio menor. Y que sólo puedo escuchar al guerrillero, que sólo y en tirantes, resiste a una compañía de castrados, dispuestos como los huevos en la nevera, con la hombría de un demonio resentido.

Lanza la botella al aire. Escucha. Es una bomba. ¿Es la sonrisa del Jeque Yassim? No. Somos tú y yo, Roma y el mundo. Mi ejército avanza. ¿Me dejarás morderte algún día?

J. DELGADO-CHUMILLA


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