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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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25 de agosto de 2019

  • 25.8.19
Dentro del campo del arte hay un grupo reducido de pintores, de diferentes corrientes artísticas, que son admirados de manera casi incondicional. Contemplar sus obras nos remiten de modo inmediato a los autores que las han realizado. Y uno de ellos, de nombre conocido de todos, es el holandés Vincent van Gogh.



Pero el iniciar este escrito por un pintor tan reconocido no nos lleva directamente a que el tema del mismo sea abordar su vida o su obra. Si lo nombro es precisamente porque el título del artículo me remite a las apasionadas imágenes que creó acerca de uno de los trabajos más nobles del ser humano: el campesino sembrando en la tierra que previamente ha sido preparada para recibir las semillas y que, con paciente e incierta espera, piensa en los frutos con los que le recompensará la madre naturaleza en el tiempo de la cosecha.

Y esa imagen de carácter netamente impresionista que muestro, no solo en portada sino en otras tres versiones que Van Gogh realizó en el año 1888, cuando se encontraba en Arles (Arlés en castellano), pueblo del sur de Francia, lugar al que acudió por consejo de su hermano Theo para recuperarse del lamentable estado psicológico en el que se encontraba.

¿Y qué son si no los padres y madres que muy tempranamente acogen a la criatura que llega a la vida y que, con la mayor de las ilusiones, y derrochando toda la paciencia posible, esperan que un día ese hijo o esa hija levante el vuelo e inicie su propio camino con las herramientas que le han proporcionado a lo largo de los años?

Pero esta faceta de sembradores que ejecutan los padres se complementa con otra que se lleva a cabo fuera de las paredes del hogar: la del maestro. Y hablo de maestro de manera genérica, refiriéndome a todos aquellos, hombres y mujeres, que asumen con vocación la importante tarea de formar a sus pupilos, de cualquier nivel, esperando que su trabajo germine y que un día lejano lleguen a buen puerto.

Creo que una clara manifestación de lo que expreso ahora se reflejaba ya en las cartas que se intercambiaron Albert Camus, premio Nobel de Literatura, y quien fuera su maestro en la infancia. Ambas aparecieron en el artículo Educar con pasión.

Esta idea de sembrador que, de un modo u otro, está presente en la conciencia de quienes trabajamos en este campo, volvió a renacer cuando leí el artículo Sementeras y cosechas, dentro de los que semanalmente publica mi buen amigo Miguel Ángel Santos, catedrático de Pedagogía, en el diario La Opinión de Málaga.

En su escrito, Miguel Ángel planteaba el paralelismo entre el agricultor que siembra esperando la futura cosecha y el maestro que lo hace con su labor, aguardando también los frutos de su trabajo, habitualmente logrados a largo plazo.

Puesto que sus artículos dados a conocer en La Opinión, posteriormente, se encuentran dentro de un blog titulado El Adarve, en el que habitualmente participamos docentes de distintos niveles, me ha parecido oportuno realizar un extracto del escrito que en esa ocasión le remití para expresarle mi criterio sobre el tema.



Comencé de este modo:

“Recuerdo, Miguel Ángel, que en los debates que manteníamos contigo hace años en los cursos de doctorado en Málaga, salió el tema de fondo que planteas en esta ocasión.

Puesto que yo había trabajado en dos profesiones distintas, como arquitecto y profesor universitario, comenté que los resultados del primero eran bien diferentes de los que se alcanzaban con el segundo.

Entonces, manifesté que el producto del trabajo de un arquitecto era palpable, visible, pues los proyectos terminados como edificios podían contemplarse y mostrarse a los demás.

Sobre esto, apunté, como ejemplo, que con aquellos amigos que visitaban Sevilla, lugar en el que comencé a trabajar, al pasar por el centro les invitaba a cruzar por una estrecha calle peatonal en la que se encuentra un pequeño bloque de viviendas que había sido el primer proyecto que yo había firmado, al que, lógicamente, le tenía un especial cariño. Era una manera clara y tangible de decirles: ¡Ahí está la primera obra que proyecté!

Sin embargo, la labor educativa es un proceso continuo que no acaba en un momento determinado, como sucede en el caso de la arquitectura; a menos que se considere el final del curso como el cierre y el comienzo del nuevo como el inicio de otro proyecto.

Además, el resultado de la educación no es tan visible, pues se trabaja con personas, con ideas, conocimientos, valores o actitudes, que son los ‘materiales’ que nosotros manejamos en nuestra profesión, lo que conlleva que no haya un tiempo determinado en el que se recoja la cosecha o los frutos de la educación”.

También, en el escrito que le remití a este amigo, le manifestaba que su artículo estaba cargado de bellas metáforas sobre la educación que podrían ser comprendidas por quienes aman esta profesión. Sin embargo, yo estaba seguro que si lo leía otro tipo de docente todo aquello le sonaría a ‘música celestial’, es decir, frases muy bonitas pero que con ellas no se pisaba la verdadera y dura realidad, ya que los estudiantes no son tan ingenuos, por lo que hay que ejercer una clara y dura disciplina con ellos.

Sobre la posible diferencia entre enseñantes y educadores, yo le preguntaba: ¿Crees que todos los que trabajan en la enseñanza también son educadores? ¿Consideras que todos esperan esas lejanas cosechas y que tan admirablemente describes en tu artículo?

Personalmente, tras muchos años en este trabajo, temo que no a todos se les pueden llamar educadores, dado que hay gente que llega a esta profesión para, fundamentalmente, ganarse el sustento, por lo que no conviene hablarles de vocación, inclinación, amor o disfrute; esas cosas no están dentro de sus mentes”. Con estas líneas cerraba mi primer escrito.



El intercambio epistolar continuó entre los dos, ya que, por aquellas fechas, me encontré con un caso que pasé a comentárselo posteriormente, puesto que siendo los dos profesores de la Universidad era posible que nos llegara algún estudiante que había sido suspendido varias veces y nos pedía ayuda para salir del atolladero en el que se encontraba.

En mi caso, resultó que a principios de curso había recibido el correo de un antiguo alumno, quien, tras presentarse como tal, me pedía que por favor le dirigiera el Trabajo Fin de Grado, puesto que se veía en una situación bastante desesperada. Según me indicó, resultaba que su antiguo tutor no le había atendido en absoluto y en las dos convocatorias anteriores del curso anterior había sido suspendido y, ahora, comprobaba que nadie quería hacerse cargo de él, viendo, además, que su promoción ya estaba fuera de la Facultad, sin que pudiera enlazar con los que se encontraban estudiando.

Puesto que le recordaba, y sabiendo que era bueno y trabajador, pero no de los mejores de la clase, le cité en mi despacho. Tras recibirle, me explicó su situación. Una vez que acabó, le hice la siguiente pregunta:

“Daniel, ¿por qué no me pediste en su momento que te dirigiera el Trabajo Fin de Grado, cuando tu hermana, que también era alumna mía, sí lo hizo y presentó muy buena investigación?”, le indiqué. “Esa misma pregunta es la que yo me he estado haciendo tiempo atrás”, me respondió bastante angustiado.

“Bueno, voy a ser tu tutor y te aseguro que aprobarás. Te voy a acompañar en este nuevo trabajo, que llevaré junto al de tu compañera Ana María, que la conoces y sabes que se atrancó en una asignatura que, por fin, ha superado. Pero debes prometerme que seguirás puntualmente todas las indicaciones y vendrás a todas las convocatorias que yo te haga”. Me afirmó que sí, que cumpliría y haría todo lo que le indicara.

Dado que Daniel y Ana María tenían una gran inseguridad en ellos mismos, y puesto que las defensas de lo que llamamos TFG son públicas, aunque no es habitual que los tutores asistan a ellas, cuando se acercaba el momento del examen extraordinario de marzo les indiqué que allí me encontrarían. De este modo, estuve con cada uno de ellos, para que sintieran confianza y seguridad al verme a su lado.

Al final, las calificaciones que recibieron fueron muy altas, muy por encima de las que habían obtenido a lo largo de la carrera.

Nunca se me olvidará el rostro de alegría de ambos al conocer los resultados y el agradecimiento que me mostraron. Sabían que habían superado la prueba que se les hacía tan difícil. Ya contaban con el título. Estaban verdaderamente felices, puesto que ahora podrían afrontar nuevos retos sabiendo que la barrera que les bloqueaba la habían dejado atrás.



Quisiera cerrar este escrito sobre el sembrador indicando que, como educador, he tenido a lo largo de mi vida miles de alumnos, que he dirigido bastantes tesis doctorales y muchos trabajos fin de grado. De todos mis antiguos doctorandos he recibido la gratitud y el cariño por haberles acompañado tantos años en las elaboraciones de sus tesis. Hoy, algunos son profesores universitarios que continúan con los aprendizajes que tuvieron conmigo. Esos son los frutos que siento haber recogido con ellos.

También, por ejemplo, estoy seguro que Ana María y Daniel siempre me recordarán y yo les recordaré. Sé que no olvidarán la ayuda que les ofrecí en unos momentos en los que se veían desamparados y habrán comprobado que algunos educadores, por encima de la inteligencia, valoramos el esfuerzo y la nobleza personales, puesto que, a fin de cuentas, lo que necesitan es que confiemos en ellos y que les prestemos ese apoyo que les ayuden a superar los momentos difíciles.

AURELIANO SÁINZ

18 de agosto de 2019

  • 18.8.19
¿Estuvo la vida de Vincent van Gogh marcada por el sentimiento de culpa como resultado de la estricta moral con la que le educaron sus padres? ¿Fueron los fracasos amorosos y los que le imposibilitaron acceder al rango de pastor protestante los que acabaron conduciéndole a continuas crisis psicológicas? ¿Qué razón le impulsó a pintarse continuamente en los últimos cuatro años de su vida, dejando plasmado su rostro en los lienzos, como si temiera no llegar a reconocerse con el paso del tiempo?



Estos interrogantes están estrechamente relacionados con su biografía, una corta historia que alcanzó los 37 años de una existencia altamente singular en el mundo de los pintores del siglo XIX; pero que, no obstante, dio lugar a que dejara una extensa producción pictórica.

Sé que entrar en los sentimientos íntimos, que son en última instancia el motor de muchas de las conductas de la persona, supone un riesgo, especialmente cuando se hace a posteriori, es decir, cuando el personaje en cuestión ya no vive. Pero hay hechos de la vida de Van Gogh que solamente pueden entenderse a partir de la rígida educación religiosa, que, posiblemente, le hacía incluso sentirse responsable de la pobreza de los trabajadores de Groot-Zundert a los que llegó a conocer en sus grandes penurias.

Desde el punto de vista pictórico, diré que Vincent van Gogh es el paradigma de artista independiente, apasionado, que hace de la pintura el centro de su existencia, es decir, aquello que le da sentido a su vida.

Hay que apuntar que en el siglo XIX, en el que vive, ya no existen los pintores al servicio de los reyes, los nobles o el alto clero que como mecenas sostenían a sus pintores favoritos. La industrialización capitalista había creado una nueva clase poderosa, la burguesía, que sería el motor de la economía, por lo que las nuevas relaciones de trabajo y producción traen también nuevos cambios en el arte y en el modo de encargo y venta de las obras pictóricas.

Desde este punto de vista de la nueva autonomía del artista, podemos interpretar la libertad con la que Van Gogh se autorretrataba de manera reiterada, especialmente, en sus últimos años. Bien es cierto que hubo casos de pintores renombrados en siglos anteriores, caso de Durero o de Rembrandt, que se hicieron retratos en distintas épocas de sus vidas, pero no de la manera reiterativa y obsesiva del pintor holandés, dado que lo hizo con 40 autorretratos.

En esta segunda entrega, en la que continuaremos con ese breve recorrido de su biografía, incorporo seis autorretratos, que unidos a los ocho anteriores, nos dan una visión bastante ajustada de sus aspectos pictóricos y psicológicos.


Izquierda: Autorretrato como artista. Arles, 1888 (es uno de los pocos casos en los que Van Gogh se representa como pintor).
Derecha: Autorretrato con vendaje. Arles, 1889.

Tal como indiqué en el anterior artículo, su vida amorosa parecía ser un continuo fracaso, puesto que tras el rechazo de Úrsula Loyer, al poco tiempo, uno nuevo vuelve a sumarse al anterior: esta vez vendrá de su prima Kate, que desatiende de manera ostensible a sus requerimientos.

Más tarde, en 1882, instalado en La Haya, conoce a Clasina María Hoornik, llamada Sien, una prostituta alcoholizada, que se encontraba embarazada, y que le sirve de modelo, ya que, por entonces, estos los encuentra en los barrios más pobres y marginales de la ciudad.

A pesar de la lamentable situación de su pareja, desea casarse con ella. Será su hermano Theo el que, tras visitarle en 1883, le insta a que corte con esa relación ya que considera que esa mujer hace aumentar la locura de su hermano, al tiempo que le pide que abandone La Haya.

De esta relación hereda dos problemas: por un lado, Sien Hoornik le contagió la sífilis y, por otro, su afición a beber grandes cantidades de absenta, a la que se haría tan aficionado. Vincent se acercaba a los 30 años. El carácter inestable y los rasgos patológicos ya asomaban a su rostro, aunque todo esto solamente fuera conocido por su hermano Theo.


Izquierda: Autorretrato con vendaje. Arles, 1889.
Derecha: Autorretrato. Saint-Remy, 1889


Tras su ruptura con Sien Hoornik vuelve a la casa paterna, ya que sus padres ahora viven en Neunen, pequeño pueblo holandés. En esta ocasión, se suavizan las relaciones tirantes que había mantenido con su progenitor. Por entonces, está plenamente decidido a convertirse en un pintor rural, una vez que ha dejado atrás sus deseos de seguir los pasos de su padre y hacerse pastor protestante.

El pequeño pueblo agrícola de Neunen le ofrece grandes motivos para sus obras. Así, pinta a los campesinos, los tejedores, los molinos, los riachuelos, los huertos y los campos que rodean al pueblo. Por aquellas fechas, el padre de Vincent muere, cuando él cuenta con 32 años y se encuentra trabajando en una de sus obras más conocidas de su primera época: Los comedores de patatas.

A pesar de los choques que habían mantenido, Vincent se siente muy afectado por el fallecimiento de su padre, por lo que decide dejar el mundo rural y trasladarse a París, centro mundial de la pintura, y lugar en el que vive su hermano Theo, que, como apuntamos, era marchante de arte.

En la gran ciudad entra en contacto con los más relevantes pintores impresionistas y hace especial amistad con dos de ellos: Henry Toulouse-Lautrec y Paul Gaugin. Este periodo será una etapa de gran creatividad, ya que pinta alrededor de 200 lienzos y 23 autorretratos.

Pero su salud física y mental se va deteriorando debido a los excesos parisinos. Asustado, su hermano Theo le aconseja que viaje y se instale en el sur de Francia. Vincent le obedece, y en febrero de 1888, con 35 años, llega a Arles, un pequeño pueblecito del mediodía francés. El lugar le gusta; no obstante, se encuentra muy solo, por lo que invita a Paul Gauguin a compartir el estudio y las cuatro habitaciones que había alquilado de la denominada Casa Amarilla.

Su soledad termina con la llegada de su amigo; sin embargo, y debido a las diferencias de carácter, los enfrentamientos entre ellos son frecuentes desde el primer momento. A los dos meses de estar juntos, el 23 de diciembre, llega la ruptura final entre ambos, produciéndose la famosa pelea en la que Vincent, en uno de sus arrebatos de locura, se corta el lóbulo de una oreja.


Izquierda: Autorretrato. Saint-Remy, 1889.
Derecha: Último autorretrato afeitado. Saint-Remy, 1889.


A esas fechas corresponde los lienzos que pinta fumando en pipa y con parte del rostro vendado. El fondo, de un rojo intenso, nos remite inevitablemente a la sangre que podía haber derramado en ese acceso de locura. En contraposición, una vez recuperado de este trance, se nos muestra con el deseo de volver a los pinceles como su tabla de salvación: se retrata con la paleta y con un fondo de color violeta intenso.

De todos los autorretratos que Vincent se hizo, este último que presento (a la derecha de la imagen) es el único en el que aparece sin barba. La razón se debe a que su madre, Anna, cumplía 70 años y él quiere hacerle un regalo mostrándole que se encuentra bien de salud. Desconocemos si logra con este lienzo engañar a su madre, dado que esta estaba al tanto del deterioro físico y mental de su hijo mayor.

Como era de esperar, y asustado por el derrotero de su amigo, Paul Gauguin regresa a París, al tiempo Vincent ingresa en el psiquiátrico de Arles. Su vida parece rodar cada vez con más fuerza por un precipicio hacia la locura, aunque mantiene momentos de enorme lucidez, tal como lo demuestran las cartas que nunca deja de enviar a su hermano Theo.

Este, que sigue financiando su existencia, le comunica su intención de casarse. Vincent se inquieta porque es consciente de que Theo va a formar una nueva familia y piensa que es difícil que le pueda seguir manteniendo, y, lo que es peor, siente que el cariño que le profesa tendrá que dividirse entre su mujer y él. Esto le desestabiliza aún más.

El declive del pintor se acelera. Pide voluntariamente ser internado en el asilo de Saint Paul de Mausole en Saint-Remy. Aquí pinta todo lo que ve desde su ventana. En estos días, padece su primer ataque epiléptico grave, una enfermedad hereditaria que se ceba en su cuerpo y su mente. Y, en enero de 1890, último año de su existencia, sufre un ataque que le dura una semana.

A finales de abril de ese año, siente la necesidad de abandonar el asilo, y, a pesar de que los ataques son casi seguidos, él nunca deja de trabajar. En mayo, viaja a París a conocer a su pequeño sobrino. En casa de su hermano recibe una tremenda decepción cuando ve almacenados los cuadros que había ido enviando a Theo. Se da cuenta de que nunca ha vendido ninguna obra, que todas las que había remitido a su hermano se encuentran intactas.

Regresa, de nuevo, al sur de Francia. Finalmente, el 27 de julio de 1890, sale a pasear con la intención de acabar con su vida. En medio de los campos que habían sido su gran devoción, apunta con la pistola hacia el pecho y dispara. Se cierra, de este modo, la vida atormentada de Vincent.

Una vida en la que insólitamente se conjugan las paradojas existenciales: fracaso humano, sentimientos de culpa, soledad total y desconocimiento absoluto de su obra en vida por el gran público; asombro, admiración y aclamación unánime tras su muerte. En ningún momento pudo intuir Vincent que sería un día reconocido como una de las cumbres de la pintura mundial y que acabaría siendo uno de los grandes símbolos de su país de origen: Holanda.

AURELIANO SÁINZ

11 de agosto de 2019

  • 11.8.19
Quienes visiten por estas fechas Madrid, y vayan con tiempo suficiente, les aconsejaría que se acercaran al Museo del Prado, dado que hasta el 29 de septiembre hay una magnífica exposición que lleva por título Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines.



Pero no voy a hablar de esta exposición, sino de la coincidencia que existe entre la temática común que se busca en estos tres genios de la pintura y la dirección de una tesis doctoral de la que se me ha solicitado la orientación y que tiene como tema el autorretrato dentro de la pintura estudiado desde la perspectiva psicológica. Es decir, ser capaces de comprender cómo se ven a sí mismos algunos grandes artistas en distintos momentos de sus vidas.

Hemos de tener en cuenta que la autoimagen, es decir, la idea que proyectamos hacia los demás de nosotros mismos se remonta varios siglos atrás, especialmente, a partir del Renacimiento. En nuestro tiempo, en el que estamos saturados de fotografías y de selfies, pareciera que hubiera perdido interés; sin embargo, no es lo mismo la fotografía, con todas sus manipulaciones posibles, que la pintura o del dibujo, en los que, curiosamente, hay más sinceridad que en las estudiadas poses con las que nos mostramos.

Dado que me parece de gran interés abordar esta temática, quisiera comenzar por uno de los pintores que estuvo haciéndose retratos con sus pinceles en los últimos años de su tortuosa vida. Me refiero a uno de los más conocidos internacionalmente: Vincent van Gogh, ya que la vida y la obra del genial artista holandés suscitan gran fascinación, no solo entre los amantes del arte sino en la mayoría de la gente profana en el campo de la pintura.

Para que podamos ver el máximo número de sus autorretratos, los iré intercalando de manera cronológica en la descripción de su vida. Así, y al final de cada uno de los dos artículos, indicaré las fechas de sus realizaciones con breves apuntes acerca de los mismos.



Izquierda: 1. Autorretrato con pipa. París, primavera de 1886.
Derecha: 2. Autorretrato. París, otoño de 1886.


La vida y la obra de Vincent van Gogh, tras su muerte, ha ejercido un enorme interés a lo largo del tiempo; quizás se deba a que llevó una existencia fuera de los convencionalismos sociales, junto a la búsqueda desesperada de un motivo que le diera sentido. Además de los aspectos humanos, también sorprende el uso apasionado de los colores en sus lienzos, con trazos rápidos y violentos, por lo cual los estudiosos sitúan su obra dentro del postimpresionismo, aunque, a fin de cuentas, sus trabajos tan personales no se adscriben a una corriente pictórica determinada.

Desde el punto de vista humano, conviene recordar que nunca llegó a conocer realmente ni el amor ni la amistad, esos dos grandes motores anímicos tan necesarios para afrontar los retos de la vida, a pesar de que los buscó desesperadamente. En medio de este desierto anímico, aparece como un oasis la figura de su hermano Theo, que se volcó en su ayuda, ejerciendo de padre protector y de leal amigo. Pero, en el caso de Vincent, un buen hermano no fue suficiente para sacarle del infierno en el que le tocó vivir.

A mi modo de ver, ambos personajes, Vincent y Theo, ilustran de manera paradigmática cómo las vivencias de la infancia marcan el carácter y la trayectoria emocional de las personas, aspectos que venimos estudiando a través de los dibujos de los niños. Por otro lado, la idea de felicidad se nos antoja como objetivo casi inalcanzable cuando en los inicios de la vida se ha penetrado en las profundidades de la soledad, del miedo y de la rigidez moral por parte de los padres. Estas son razones significativas por la que realizamos un breve recorrido en su biografía, ahondando en sus rasgos psicológicos y mostrando algunos de los numerosos autorretratos que se hizo especialmente en sus últimos años.



Izquierda: 3. Autorretrato con sombrero de paja. París, verano de 1887.
Derecha: 4. Autorretrato con sombrero de paja. París, verano de 1887.


Recordemos que Vincent Wilhem van Gogh, tal era su nombre completo, nació en Groot-Zundert, localidad situada el sur de los Países Bajos, el 30 de marzo de 1853. En este pueblecito, de mayoría católica, su padre ejercía como pastor protestante de la pequeña parroquia de Zundert.

De su infancia hay un dato significativo que conviene tener en cuenta, dado que a esta circunstancia sus biógrafos le atribuyen el origen de su desequilibrio mental: vino al mundo exactamente un año después que el primogénito de la familia, un niño que nació muerto y al que los padres habían puesto los mismos nombres que a Vincent. Ese bebé fue enterrado en el cementerio protestante que rodeaba a la capilla, el mismo lugar en el que jugó durante su primera infancia.

Este hecho, a todas luces, lo marcó profundamente. Desde nuestra perspectiva, no se acaba de comprender cómo a unos padres se les ocurre ponerle el mismo nombre de un niño fallecido, sabiendo que iba a contemplarlo enterrado todos los días y con su propio nombre impreso en una lápida mortuoria, recordándole su propia muerte.

En este clima de rigor familiar Vincent fue creciendo, al tiempo que la familia iba incrementándose, ya que tuvo otros cinco hermanos: dos varones y tres chicas, aunque solo con Theo, dos años menor que él, mantuvo una relación de camaradería, tal como se refleja en la correspondencia que ambos hermanos sostuvieron durante muchos años.

Como es de suponer, su vida en el seno de la familia estaba marcada por las estrictas pautas religiosas. Así, las lecturas diarias de la Biblia eran un rito que la cohesionaban. Estas lecturas crearon un fervor religioso en el pequeño Vincent, de modo que pronto le hicieron creer en la posibilidad de salvar de la pobreza a sus convecinos a través del amor y las oraciones. Y es que la enorme pobreza en la que vivían los campesinos y los mineros de la zona le empezó a angustiar desde muy temprano.



Izquierda: 5. Autorretrato. Otoño, París, 1887.
Derecha: 6. Autorretrato con sombrero de fieltro gris. Invierno, París, 1887.


Con el paso del tiempo comprobaría que con oraciones no se salía de la pobreza. No obstante, su sincera simpatía por los trabajadores que vivían de la tierra la plasmaría en las temáticas de sus primeros lienzos, en los que reflejaba la dureza de la vida de las familias más modestas de su pequeño pueblo.

Cuando cumple los 16 años, sus padres le envían a trabajar a La Haya como dependiente de la galería de arte Goupil, donde pasará tres años. Comprueba que la vida en la ciudad es muy distinta a la de su pequeño pueblo, por lo que su naturaleza retraída le aísla de una gente que tiene unas costumbres y valores muy distintos a los suyos. El carácter taciturno y huraño que durante estos años va forjándose empezaba a adueñarse de su rostro, que, como veremos, lo expresará en sus futuros autorretratos.

Cansado del trabajo en La Haya, Vincent pidió ser trasladado a la sucursal de Goupil en París, y, poco después, a la de Londres. Allí, en la gran ciudad inglesa, se enamora de una chica llamada Úrsula Loyer, hija de la patrona de la pensión en la que se aloja.

Muy pronto conoce lo que es la decepción amorosa, puesto que sus pretensiones de acercamiento son rechazadas por Úrsula. Esto le causa una profunda depresión. Busca salir de este estado de postración alejándose de quien le ha desdeñado, por lo que decide volver a París para distanciarse de la persona que le ha hundido anímicamente.

Decepcionado, decide dar un giro en su vida y encauzarla hacia la religión. Es por lo que, en 1876, y con veintitrés años, retorna al Reino Unido, pero en esta ocasión para trabajar con un pastor metodista en las afueras de Londres.



Izquierda: 7. Autorretrato (dedicado a Paul Gauguin). Arles, septiembre de 1888.
Derecha: 8. Autorretrato. Arles, noviembre-diciembre de 1888.


De nuevo, el contacto con la pobreza da lugar a que su misticismo aumente día a día. Ahora se encuentra convencido de que su vida está destinada a servir a Dios, y la mejor forma es haciéndose sacerdote como su padre.

Para lograrlo, se desplaza a Ámsterdam con el fin de realizar los estudios de Teología necesarios para alcanzar el reconocimiento como pastor protestante. Allí, sin embargo, conocerá otro de los fracasos que marcarán su vida: finalmente es suspendido por el tribunal que lo examina.

El gran desengaño que siente al ver que las puertas hacia los estudios de Teología se le cierran es el origen de que Vincent pierda la fe y empiece a enfocar su vida a través de la pintura. Se inicia, pues, con ese doble fracaso íntimo, el nuevo camino del que sería uno de los mayores pintores que ha dado el mundo del arte. Pero también el tortuoso camino hacia la locura.

* * * * *

Quisiera apuntar que los autorretratos presentados corresponden, lógicamente, a su última etapa pictórica, que es cuando comienza a plasmar su rostro en los lienzos.

1. Autorretrato con pipa. París, primavera de 1886.
2. Autorretrato. París, otoño de 1886.

El rostro retraído, distante y triste será una constante a lo largo de los muchos autorretratos que Vincent van Gogh se hizo en sus últimos cuatro años de vida. Como podemos observar en los números 1 y 2, ambos corresponden a 1886, cuando había cumplido 33 años. El primero en la primavera y el segundo en el otoño de ese mismo año. En ambos casos se muestra con abundancia de tonalidades ocres y fondos oscuros, cromatismos que evitará en los siguientes trabajos.

3. Autorretrato con sombrero de paja. París, verano de 1887.
4. Autorretrato con sombrero de paja. París, verano de 1887.

Durante su estancia en París en el verano de 1887, Vincent realizó varios autorretratos que mantienen bastante similitud entre ellos, de ahí que reciban la misma denominación. A diferencia de los realizados en el año precedente, la luminosidad se muestra al acudir al color amarillo como gran protagonista del nº 3, al tiempo que, en el nº 4, incluye un tono azul cerúleo en la camisa que porta.

5. Autorretrato. Otoño, París, 1887.
6. Autorretrato con sombrero de fieltro gris. Invierno, París, 1887.

Pasado el verano, los retratos que Van Gogh realiza de sí mismo difieren de los del tiempo veraniego. En los nº 5 y 6 lo encontramos con rostro frontal, aunque su mirada sea esquiva. En ambos casos aparece portando un sombrero de fieltro. La imagen 6 es de gran potencia, dado que desde su mirada parecen surgir rayos que se dispersan por el rostro, al tiempo que el fondo está construido con pinceladas que giran alrededor de su cabeza.

7. Autorretrato (dedicado a Paul Gauguin). Arles, septiembre de 1888.
8. Autorretrato. Arles, noviembre-diciembre de 1888.

La última etapa de su vida, tal como veremos en la siguiente entrega, Vincent la pasa en Arles, pueblo del sur francés. Es su período más fructífero desde el punto de vista de la producción pictórica, aunque el más dramático para el artista holandés.

AURELIANO SÁINZ

4 de agosto de 2019

  • 4.8.19
Indagando en las numerosas líneas de diseño de las portadas de discos, inevitablemente algún día tenía que aparecer la que Robert Crumb, uno de los grandes dibujantes del cómic ‘underground’, realizó allá por el año 1968 para la de Cheap Thrills, primer álbum de la banda estadounidense Big Brothers and The Holding Company, en la que militaba por entonces la malograda Janis Joplin.



Para los amantes del rock, en este espléndido disco se encontraba la inolvidable versión de Summertime, que la desgarradora voz de Janis Joplin recreaba el aria de la ópera Porgy and Bess del compositor George Gershwin. Pero, para nuestro caso, en esta ocasión nos interesa destacar que con esta portada se habría una estética gráfica que, aunque minoritaria dentro de las miles que se han editado, no ha dejado de aparecer hasta fechas recientes.

Indudablemente, este disco es el punto de arranque para aquellos diseñadores que tomaron como referencia la idea de utilizar el dibujo de cómic, en vez de la fotografía que es el medio predominante en las portadas de los discos.

Como veremos, el propio Robert Crumb volvió a emplear sus identificables dibujos para las carátulas de otros grupos, pero sin aplicar las características viñetas que secuencian los relatos gráficos, sino utilizando el propio cuadro de la portada como si fuera una viñeta de gran tamaño.



Si uno se fija detenidamente en las viñetas que componen la portada de Cheap Thrills comprobará que, tras el título y el nombre de la banda que aparecen en la parte superior, en la primera se muestra un dibujo de Janis Joplin como si fuera la que va citando los títulos de los siete temas que componen el disco, comenzando por ‘Combination Of The Two’ y acabando en el círculo central con ‘Ball And Chain’. En las viñetas siguientes se va presentando a los miembros de la banda, cerrando con el logotipo de San Francisco (Frisco).



El grupo británico The Deviants había sacado también en el año 1968 un disco cuyo título Ptooff! era una onomatopeya, muy acorde con el estilo su líder, el cantante y también escritor Mick Farren. La actividad de la banda se desarrolla a finales de los sesenta, aunque de manera irregular van saliendo grabaciones de sus actuaciones en vivo o recopilaciones hasta que en el 2002 sacaron Dr. Crow. La portada de este primero responde a la estética que divulgó el pintor estadounidense Roy Lichtenstein cuando sus cuadros eran traslaciones de las imágenes viñetas de cómics a sus grandes lienzos.



The Mothers of Invention, la banda estadounidense liderada por Frank Zappa, hizo su aparición en 1966 con Freak Out! Su frenética actividad dio lugar a que en solo nueve años publicaran nada menos que catorce álbumes. El séptimo de ellos lleva por título Weasels Ripped My Flesh, cuya portada fue realizada por la agencia de diseño Neon Park XIII, como si fuera una gran viñeta cuadrada en la que aparece el rostro de un personaje encorbatado y sonriente, que se encuentra afeitándose con una maquinilla eléctrica convertida en una comadreja que le va dejando un sangriento rasguño en la mejilla.



La portada de uno de los mejores discos de Elton John, Goodbye Yellow Brick Road, de 1973, fue diseñada por Ian Beck. En la misma, aparece con técnica mixta (acuarela, grafitos y tintas), la figura de su protagonista penetrando por la pared, un tanto desvencijada, de un muro que le conduce a un camino de color amarillo que se cierra en el lugar de un sol rojo. Cierto que no es exactamente la viñeta de un cómic; de todos modos, la técnica empleada por Ian Beck es la misma que llevan adelante algunos autores de historietas. Como todos sabemos, este disco contiene ‘Candle in the Wind’, la inolvidable canción que Elton John cantó en el funeral de Lady Di.



El trabajo de Robert Crumb como dibujante de cómics y diseñador de portadas de discos no se acabó con Cheaps Thrills, sino que tuvo continuidad con otros trabajos, como el que realizó para el grupo estadounidense Grateful Dead para el álbum Shakedown Street, el que hace el número quince de la banda de Jerry García. Dado que es posible que para la gente más joven no conozca bien a este grupo, y puesto que soy un incondicional de “La muerte agradecida”, les recomendaría que escuchara esa maravilla que fue American Beauty. Sería un buen comienzo para penetrar en la música de los mejores años de la psicodelia.



¿Tiene sentido que uno de los grupos pioneros del movimiento punk, como fue Sex Pistols, presentara la portada de uno de sus discos con el diseño de un cómic con la estética propia de chicos y chicas adolescentes? Sí, claro, siempre que en los temas que componen el álbum se hable con una fuerte carga de ironía, tal como acontece en la canción ‘Holidays in the Sun’, que se encuentra como primero de los temas que componen Never Mind the Bollocks, su álbum emblemático del año 1977.



El nihilismo de Sex Pistols en el grupo británico The The se transforma en rabia política que se plasma en su álbum Infected. Y es que su líder Matt Johnson descarga toda su ira por el panorama que contempla en 1986, el de la salida del disco. No soporta que su país se convierta en el perrito faldero de Estados Unidos. Si a ello se le añaden sus ataques a Margaret Thatcher y la expansión del Sida, que por entonces se extendía sin control, no es de extrañar que esa rabia se exprese también en la portada, que, a modo de cómic expresionista, nos muestra el rostro de un ser torturado que quiere taparse y aislarse de la realidad con los brazos que lo rodean.



Pero si queremos encontrar el cómic más irreverente plasmado en la portada de un disco tenemos que acudir al de Joe Coleman en su álbum Infernal Machine, que publicaría en el año 1990. El propio Coleman se encargaría de pintar la insolente imagen de sí mismo, con el detallismo del Bosco y la procacidad de los expresionistas europeos como George Groz, ya que, en realidad, Joe Coleman era un artista que utilizaba pinceles de un solo cabello para lograr esos lienzos minuciosos tan admirados por Johnny Depp, Jim Jarmush, Iggy Pop o Leonardo DiCaprio.



La estética del comic de Robert Crumb, posteriormente, es retomada por el rapero, cantante, productor y actor estadounidense Calvin Cordozar Broadus Jr., alias Snoop Dogg, para su primer álbum, Doggystyle, de 1993. Tras pasar seis meses en la cárcel por posesión de cocaína, de nuevo se vio envuelto en problemas con la justicia mientras grababa Doggystyle, por la muerte de un miembro de una banda rival. Y a pesar de ser absuelto, estuvo durante tres años en procesos judiciales. Esto nos da una visión de un personaje muy conflictivo que no ha parado de grabar hasta hoy, mientras se encuentra metido en líos de modo habitual.



Avanzamos un año y nos situamos en 1994, puesto que en él aparecería Dookie, el tercer disco del grupo estadounidense Green Day, que liderado por Billie Joe Amstrong, alcanzaría a ser una de las bandas más reconocibles dentro del punk de los noventa. No es de extrañar, pues, que la portada que el dibujante Richie Bucher, con una estética de cómic ingenuo fuera rechazado por sus seguidores que no comprendían que los catorce temas fueran representados por un avión arrojando bombas en las que llevan escritas la palabra ‘dookie’.



Cerramos este recorrido por una serie de álbumes que han acudido a la estética del cómic para ubicarnos en el 2006, año en el que apareció Illinoise, del cantante folk estadounidense Sufjan Stevens. La delicadeza de Stevens, que parece un continuador de Simon & Garfunkel, contrasta con la música de los discos citados previamente, y es que con su quinto trabajo intentó hacer una especie de ópera alrededor del estado de Illinois. No es de extrañar que, escuchando su música, la portada fuera una especie de collage de cómic en el que aparecen Superman, Al Capone, un carnero y platillos volantes que sobrevuelan el perfil de la ciudad. Un maravilloso disco que supera con creces el ingenuo diseño que se nos propone en la carátula.

AURELIANO SÁINZ

28 de julio de 2019

  • 28.7.19
Hay momentos en las vidas de las personas en los que tienen que enfrentarse a retos, unos imprevistos y otros previsibles, que suponen cambios sustanciales dentro de las trayectorias personales. Uno de esos desafíos se produce cuando se tiene que abandonar obligatoriamente el trabajo que se ha llevado a lo largo de muchos años y que ha supuesto una parte importante de la identidad propia.



Me estoy refiriendo a la jubilación, palabra cargada de enormes y diversos significados para quienes tienen que acceder a la misma en fechas cercanas. Como todos sabemos, la jubilación es la transición de una vida laboralmente activa a la situación de baja en aquel trabajo que se llevado a lo largo de los años.

En algunos casos, este paso se vive como un alivio, pues supone el merecido descanso de una actividad que con el tiempo se ha hecho agotadora y se desea tener oportunidades para uno mismo y dedicarse a aquello que no se pudo hacer antes o a tareas ya decididas libremente.

En otros, sin embargo, supone una ruptura con una labor con la que uno puede identificarse y que, a pesar de las adversidades, ha sido un trabajo verdaderamente gratificante, por lo que dejarlo supone un verdadero pesar.

Dentro del ámbito en el que me muevo, conozco algunos profesores que aman de verdad este trabajo y que la llegada de la jubilación la viven con cierta tristeza. Es el caso de Miguel Ángel Santos, gran amigo, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga, con quien he compartido varias tesis doctorales, con especial recuerdo a la última que dirigía y de la que formé parte del tribunal que la evaluaba.

Miguel Ángel, tiempo atrás, llegó los setenta años, fecha de la jubilación obligatoria para el profesorado de la Universidad española (la voluntaria, tal como he apuntado en otra ocasión, es a los 65 años, edad a la que la mayoría se acoge). Solicitó y se le concedió estar como profesor emérito durante tres años más, que ya los ha cubierto, por lo que, a su pesar, tiene que dejar académicamente este trabajo que le apasiona. Sin embargo, continúa de manera activa como escritor e infatigable conferenciante.

Puesto que vivimos en dos ciudades andaluzas distintas, el contacto habitual lo mantenemos a través de su blog, El Adarve, en el que participamos muchos docentes, no solo españoles sino también latinoamericanos, puesto que Miguel Ángel visita algunos de sus países con frecuencia, para participar en cursos o impartir conferencias en aquellas ciudades que se lo han pedido.

En El Adarve ya he colgado algunos de los artículos que he escrito y han aparecido en Azagala, por lo que de la revista ya tienen noticias en Argentina, Méjico, Colombia, Chile y Uruguay, conociendo, por otro lado, dónde se encuentra Alburquerque, dado que en los escritos o en los propios artículos hablo de mi tierra.

Y ahora, para que sepamos algo de su blog, quisiera incluir un extracto de la carta que le remití cuando publicó el artículo titulado Docentes jubilados en Cantabria. Lo hice al regreso de un desplazamiento que realicé a Málaga para formar parte del tribunal que enjuició la tesis doctoral de una profesora, antigua alumna suya, y de la que era director de su trabajo.



Querido Miguel Ángel:

¡Qué magnífica idea el que una Comunidad autónoma, como es el caso de Cantabria, tenga un Día del Docente y que en el acto de celebración se rinda homenaje a todos aquellos que se han jubilado!

Eso habría que proponerlo en el resto de las Comunidades, pues, como bien apuntas, resulta ser un modo de gratitud hacia todos aquellos, hombres y mujeres, que dedicaron su vida a la hermosa tarea de formar a las nuevas generaciones, atravesando y sorteando toda clase de dificultades y obstáculos para que la nave no zozobrara en ese incierto navegar que es la formación de personas con los mejores conocimientos y valores que la humanidad nos ha legado y tenemos que transmitir.

(…) Lamenté no quedarme a la cena de la tesis celebrada en Málaga para celebrar la brillante intervención que hizo tu alumna de doctorado y compartir con vosotros la charla colectiva que cierra estos eventos, y en la que ya, lejos de los nervios de quienes se tienen que someter a estas relevantes pruebas, se habla de temas próximos y distantes.

Lo cierto es que era la primera vez que se me invitaba a un tribunal de tesis cuya lectura se hacía por la tarde; siempre habían sido por las mañanas, y las comidas eran la continuación, por otros medios, de esos encuentros de compañeros y amigos que tanto me gustan. Pensé que, quizás, se tomarían unas copas después, por lo que saqué el billete de vuelta de manera anticipada para el último tren que volvía a Córdoba, lo que me hacía imposible quedarme con vosotros.

Al llegar a casa, Flora me preguntó: “¿Qué tal ha ido todo?”. Estuvimos charlando largo rato sobre el tema. Le expliqué todos los pormenores. Entre la información que le proporcioné, le manifesté: “La tesis era excelente al igual que la exposición que hizo Estefanía. Pero lo que más me sorprendió fue la soltura, la seguridad y la claridad de ideas con las que respondió a las numerosas preguntas, de todo tipo, que le habíamos hecho… Creo que ha sido una de las mejores defensas que he escuchado de alguien que tiene que enfrentarse a un tribunal de tesis doctoral”.

(…) Sé que tu jubilación se acerca y que esta tesis ha sido la última que has dirigido en nuestro país. Sin embargo, el trabajo en este mundo que te apasiona no se cierra, dado que vas a continuar en otras formas y que El Adarve, espacio en el que nos encontramos cada fin de semana, nos sirve para que reflexionemos y debatamos, entre otras cosas, de la educación y la enseñanza, al tiempo que nos aúna con otros profesores de Iberoamérica.

Querido Miguel Ángel, siempre te tendré como el amigo y compañero inteligente, sincero y generoso que has sido y que ha respondido en todas las ocasiones que he acudido a ti a pedir cualquier tipo de ayuda o colaboración. No te quepa la menor duda de que siempre estarás con quienes amamos la enseñanza.

Recibe un gran abrazo de tu amigo. Aureliano

Esta es una parte de la carta que le remití a El Adarve, como reconocimiento a su ingente labor educativa a lo largo de tantos años. Ahora la presento en este diario digital porque soy consciente de que la enseñanza, en cualquiera de los niveles, no es un trabajo estrictamente individual y aislado, sino que cada uno de los que nos encontramos en ella formamos parte de un colectivo, más o menos cohesionado, que tiene un objetivo común.

Es por ello que conviene agradecer a todos aquellos compañeros (muchas veces amigos y amigas que se han forjado a lo largo del tiempo) que nos han ayudado a llevar adelante la estimulante, compleja y ardua tarea educativa. Y en el ámbito universitario, esta amistad también se refleja especialmente en la configuración de los tribunales de tesis doctorales, puesto que todo el trabajo de quienes los conforman se realiza de manera desinteresada.

Durante sus desarrollos, no es habitual realizarse fotografías. Casualmente, en cierta ocasión, y al terminar la defensa de una tesis doctoral que dirigí en la Universidad de Córdoba, uno de los asistentes a la misma nos pidió hacernos una conjuntamente. En la misma me encuentro entre grandes amigos que vinieron a formar parte de los tribunales de una de las últimas tesis que he dirigido.

Ahí, de derecha a izquierda, nos encontramos: Miguel Ángel Santos, Juan Daniel Ramírez, quien esto firma, María de los Ángeles Hermosilla, junto a Teresa y Blas, dos magníficos profesores a quienes dirigí sus tesis doctorales.

Con esta instantánea, quiero mostrar mi agradecimiento a todos los compañeros y compañeras de las distintas universidades que aceptaron formar parte de los tribunales de las muchas tesis doctorales que a lo largo de los años he dirigido y continúo dirigiendo.

Ciertamente, sin sus generosos apoyos no hubiera podido cerrar estos intensos, largos y agotadores trabajos. Es lo bueno que tiene sentir pasión por esta especial labor, que te recompensa, entre otras cosas, con la formación de grandes amistades que se forjan compartiendo los trabajos más complejos y laboriosos de la Universidad.

* * *

Posdata: La fotografía que me ha servido de ilustración de este escrito corresponde a una parte del aula donde imparto las clases prácticas de Educación Artística en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Córdoba. Allí, alumnos y alumnas, en un ambiente tranquilo, llevan a cabo sus trabajos de dibujo, pintura y diseño gráfico, sea manual o asistido por ordenador.

AURELIANO SÁINZ

21 de julio de 2019

  • 21.7.19
A pesar del rechazo de cierto sector de la población, lo cierto es que vivimos en sociedades multiculturales y, aunque se piense que esto es un fenómeno reciente, basta echar un vistazo a la historia para entender que los pueblos se han cruzado y mezclado entre ellos, por lo que encontrar una población pura y homogénea se convierte en una tarea casi imposible.



Esto lo sabemos de primera mano aquellos que trabajamos en el campo educativo, dado que resulta muy difícil localizar un centro público en el que no haya niños o niñas provenientes de otros países, que, en su mayoría, hablan otras lenguas y portan otras culturas, en algunos casos, muy distintas a la nuestra.

Y esas diferencias se convierten en dificultades o barreras que los escolares de familias provenientes de otros países tienen que solventar. Quizás, el idioma sea el que más pronto resuelven, dado que la adquisición del bilingüismo en las primeras edades se obtiene con relativa facilidad; no así, en edades mayores en las que la lengua materna se ha afianzado con fuerza, por lo que el aprendizaje de otro idioma se convierte en una tarea que hay que afrontarla con empeño.

Los aspectos más complicados para una buena integración, como veremos, son los religiosos, los culturales y los raciales, especialmente para aquellos niños o niñas que llegan con edades en las que esos factores los tienen muy afianzados a través de sus propias familias.

Y cuando digo religiosos me refiero a que, con frecuencia, las familias inmigrantes pertenecen a otras creencias religiosas, con unos hábitos, unas costumbres y una moral en ocasiones diferenciadas de las que existen en nuestro país.

También hay que contar con las diferencias raciales, pues, aunque en los centros se eviten las discriminaciones, son elementos que de un modo u otro pesan en los escolares, ya que los escolares inmigrantes acaban considerándose distintos a sus compañeros o compañeras de aula.

Para que veamos cómo algunos de ellos se perciben dentro de sus grupos familiares, he acudido a una selección de sus dibujos, puesto que, básicamente, nos informan de sus relaciones dentro de la familia, así como de sus ideas y emociones. Son los sentimientos que expresan en las escenas que han realizado en el aula cuando acudimos a sus colegios a plantearles que realizaran el dibujo de “una familia”, aunque, como ya sabemos, acuden a la propia, dado que no tienen un concepto genérico de familia.

Este breve del estudio de las familias inmigrantes lo comienzo con el dibujo que me sirve de ilustración del artículo, que es el que realizó una niña árabe de familia musulmana (para evitar el error bastante frecuente al confundir árabe con musulmán, debemos considerar que hay árabes que son cristianos, que pertenecen a otras confesiones religiosas o, sencillamente, son laicos).

Como podemos apreciar, el dibujo lo presenta enmarcado en un rectángulo a modo de fotografía y con cuatro pequeños corazones en los vértices. En el centro del grupo representa a sus padres, para, a continuación, y en el lado izquierdo, dibujarse a ella misma con trenzas y, en el derecho, a su hermana pequeña con coletas.

Lo más llamativo es que su madre tiene el pelo negro y lo lleva siempre cubierto por un velo; sin embargo, la niña se lo dibuja con mechas rubias y descubierto. Parece que esta tradición musulmana la incomoda, puesto que ve a las madres de sus compañeras de clase que no llevan el pelo tapado, por lo que acaba sintiéndose distinta a ellas.



Pudiera pensarse que el rechazo al velo que manifiesta la niña anterior es un caso aislado; sin embargo, tengo en el archivo más ejemplos de esta especie de desaprobación no consciente al ver a la madre con su pelo cubierto. Es lo que le acontece a este niño marroquí de 8 años que, a través del trazado de figuras muy ingenuas, representa a su madre con un pelo negro y muy largo, pero sin el velo, puesto que percibe que todas las mujeres de nuestro país no se cubren, por lo que, través del dibujo, manifiesta su rechazo al ver a su madre de manera distinta a las demás mujeres del país de acogida.



Otra de las manifestaciones que niños de familias inmigrantes expresan en sus dibujos se produce con el recuerdo que mantienen de su vida anterior y que, habitualmente, lo hacen a través del trazado de la casa que dejaron en su país de origen. Esto es lo que expresa un niño egipcio de 9 años y que lleva seis viviendo en España. Cuando en su clase se les pidió que dibujaran la familia, acudió a la representación de la suya, de modo que, al fondo de la lámina, aparecen dos casas en la lejanía: la que conoció en Egipto y la otra que es la que corresponde a España. Es el recuerdo de sus años de la primera niñez y que, posiblemente, añore.



Algo similar es lo que expresa este niño de 8 años de origen cubano que vive con su familia en nuestro país. En su caso, no ha tenido problemas a la hora de oscurecer el color de la piel de su padre, de su hermano mayor y de él. He de apuntar que su padre, tras el divorcio, se casó una mujer de piel blanca, por lo que a ella y a su hermano pequeño les aplica tonalidad clara en sus rostros. Lo más llamativo es que traza un espacio rectangular en la parte superior, como si fuera el campo, y a lo lejos una pequeña casa. Al preguntarle al autor sobre este hecho, me indicó que era la que tenía en Cuba y que se acordaba mucho de ella.



El autor del dibujo precedente, de 11 años, y que acabamos de ver, es marroquí que vive en España con su padre y su hermano mayor. Su madre permanece en Marruecos con su hermana. A la hora de representar a la familia, comienza por él mismo, continúa con su hermano mayor y acaba con su padre. Los tres forman una unidad separada de la de su madre y su hermana. La separación se debe a que ellos llegaron en barco atravesando el mar a través del estrecho de Gibraltar, que el autor lo representa como un río que divide a una ciudad en dos partes: una española y la otra marroquí



Hay casos en los que niños o niñas de otras razas se sienten distintos, sea porque simplemente comprueban su diferencia de piel con los compañeros de la clase o porque estos se lo hacen notar de diferentes modos. Es lo que le acontece al autor del anterior dibujo, perteneciente a una familia africana de raza negra. El color oscuro de su piel le hace sentir que es especial dentro de la clase. Esto lo manifiesta en la singular escena construida, dado que se ha dibujado con su hermano mellizo, ambos de 8 años, junto con sus padres y su hermana pequeña, sin que haya coloreado a las figuras. De este modo, evita sentirse distinto a sus compañeros de raza blanca.



En las aulas también nos podemos encontrar niños y niñas que pertenecen a familias mixtas, de modo que el padre o la madre son españoles al tiempo que la otra figura paterna o materna es originaria de un país extranjero. Es lo que le sucede a la autora del dibujo precedente, que se dibuja al lado de su padre, de origen senegalés, siendo su madre española. A ella no le molesta el color oscuro de su piel, pues también lo emplea en sus hermanos más pequeños; el que su madre tenga la tez más clara no le supone ningún problema.



Quiero cerrar este trabajo con el dibujo de un niño árabe de 11 años, quien nos entregó este trabajo de la familia. Al preguntarle por su dibujo, nos indicó que lo hacía recordando cuando él y su hermana fueron de vacaciones con sus padres a Egipto, donde vieron las pirámides y una momia. Tengo que aclarar que su padre portaba en el viaje una vestimenta claramente occidental y veraniega, mientras que su madre tuvo que llevar puesta la ropa tradicional de la mujer musulmana, incluso en el desierto, para no incomodar a los familiares que tenían en ese país.

AURELIANO SÁINZ

14 de julio de 2019

  • 14.7.19
Uno de los hechos más curiosos para mis alumnos cuando abordamos la psicología infantil a través del dibujo de los escolares se produce en el momento en el que se tropiezan con escenas en las que aparecen elementos de la naturaleza con rostro, como si tuvieran la capacidad de ver, de hablar y de pensar, tal como lo hacemos los seres humanos.



La primera respuesta que habitualmente me dan cuando les interrogo por este fenómeno suele ser que lo han visto en los cuentos o en las películas de dibujos animados. Inicialmente, están tan convencidos de ello que no recuerdan las formas de pensar que tenían en sus primeros años. Es como si se hubieran olvidado que ellos también fueron una vez niños o niñas y que imaginaban de manera animista, es decir, creyendo que los elementos de la naturaleza ‘sienten’ y ‘piensan’ tal como lo hacemos las personas.

Sobre esta cuestión, y antes de mostrar el animismo a través de una selección de dibujos de los escolares, quisiera explicar brevemente en qué consiste este fenómeno que llega a ser algo natural en todos los niños del mundo, desde los que pertenecen a las culturas más desarrolladas hasta los que se encuentran en las formas más primitivas. Hay que reconocer que, en el primero de los casos, pronto se reduce y en, los segundos, permanece, pues sus miembros carecen de los medios de formación que les acerque al pensamiento racional y científico.

Previamente, quisiera apuntar que la palabra animismo nace dentro de la Antropología, cuando los investigadores de esta disciplina al estudiar las culturas primitivas comprueban que sus miembros no distinguen entre materia y espíritu, o materia y pensamiento, creyendo que todas las cosas que rodean al ser humano, al tiempo que se encuentran dotadas de ciertas cualidades físicas, tienen voluntad o intencionalidad como las personas. De manera sencilla, podríamos decir que el animismo es la tendencia a considerar a los objetos del mundo real como seres vivos con pensamientos, deseos e intenciones.

Pues bien, lo mismo que los hombres de culturas primitivas, en el niño se da ese pensamiento animista que le sirve para dar coherencia a sus primeros razonamientos, puesto que no se encuentra con capacidad de argumentar como hacemos los adultos.

En el ámbito gráfico, lo expresa fundamentalmente a través de la representación elementos de la naturaleza, especialmente en el sol, la luna, las nubes, los animales e, incluso, en objetos inanimados como es la casa. He de indicar que los dibujos animistas, que nacen a los 4 años, edad en la que comienza a trazar personas, perviven hasta los diez u once, dándose casos en que continúan incluso más allá de esas edades.

Dentro de la Psicología evolutiva, fue el investigador suizo Jean Piaget (1896-1980) el que estudió las concepciones animistas infantiles. Según sus propias palabras: “El niño no distingue el mundo psíquico del físico; si, aún en los comienzos de su evolución, no observa límites precisos entre su yo y el mundo exterior, hay que esperar que considere como vivos y conscientes un gran número de cuerpos que, para nosotros, son inertes”.

Sería este gran psicólogo el que llegó a plantear el proceso evolutivo del animismo infantil en cuatro etapas, que paso a explicar.

En la primera de ellas, la del niño más pequeño, todo lo que existe posee vida aunque sea un algo inmóvil. De este modo, cuando se tropieza con un objeto y cae el suelo, su madre para consolarlo le apunta: “¡Dile tonto!”, y el pequeño repite lo que le han dicho sin que tenga ninguna duda de que es lo correcto para algo que le ha hecho daño.

Un poco más adelante, le atribuye conciencia a los cuerpos en movimiento. Por ejemplo, sin un coche choca contra un árbol, cree que al coche le ha dolido el impacto recibido. O también, si se le pregunta si un barco siente que se moja por debajo cuando va navegando por el agua, responde afirmativamente sin dudar.

El tercer estadio supone un avance importante, pues diferencia entre los elementos que poseen movimiento propio de aquellos otros cuyo movimiento tiene un origen externo. De este modo, ya sabe que si se cae de la bici a esta no le duele el choque con el suelo, puesto que es él quien la hace rodar; sin embargo, la caída de un avión la interpretarán como un momento doloroso para este medio de vuelo.

En la cuarta fase, el animismo le queda reservado para la idea que tiene de los animales. Esto da lugar a que se realicen tantas películas de dibujos animados, caso de La patrulla canina, cuyos protagonistas actúan como si fueran personas.

Una vez que he aportado las ideas básicas del animismo, y con el fin de que lo veamos a través de los dibujos de los escolares, he realizado una selección de ocho de ellos para comentarlos.

Comenzamos por el de la portada del artículo. Pertenece a una niña de 7 años, que se dibujó con su hermana y sus padres, al tiempo que por encima de ellos aparecía un gran sol animista, sonriente y con un rostro similar al de las personas. Como detalle, quisiera apuntar que el hecho de que la pequeña se trazara, al igual que a su hermana delante de su padre y de su madre, era expresión del sentimiento de protección que manifestaba con sus padres detrás de ellas. Por otro lado, el sol se muestra también protector con todos los personajes que tiene debajo, puesto que la autora, inconscientemente, le atribuye emociones.



Tempranamente aparece el animismo del sol dentro de los dibujos de los escolares. Es lo que manifiesta esta niña de 5 años que se representa en un día que ha salido al campo con sus padres. La pequeña nos muestra una escena alegre al verse rodeada de elementos que la hacen feliz. Por otro lado, y respondiendo a ese estado de ánimo, no tiene problemas de dibujarle gafas al sol, tal como se las ve a algunas personas.



Hay casos muy curiosos de animismo como es el que realiza este niño de 6 años, quien, al pedirles en la clase en la que se encontraba que dibujaran los animales en el campo, acudió a hacerlo de un burrito (de tres patas), un sonriente sol en la esquina y una casa cuya fachada se asemeja al rostro de una persona, puesto que la puerta es la boca, las ventanas los ojos y el círculo la nariz. De igual modo, llama la atención la forma de realizar los pájaros con las alas invertidas y un punto en el cuerpo como si fuera el ojo.



Rafael tiene 7 años y, al terminar la clase de Plástica, nos entregó esta escena de su familia, en la que aparece muy dichoso en el campo con sus padres y su hermana mayor. Lo más sorprendente es que no solo nos presenta un sol animista, es decir, con ojos, boca y nariz, sino que también se los traza al árbol y a la nube que ha elaborado. Esto nos indica que estamos ante un niño con un alto nivel de animismo y, en consecuencia, de una imaginación desbordante.



Aunque es menos frecuente el trazado del animismo en la luna, lo cierto es que también puede aparecer en los dibujos de los escolares, incluso en edades algo más avanzadas. Es lo que sucede en la escena que realizó esta niña de 9 años, en la que nos muestra a su madre, que era viuda, y que les había llevado el fin de semana a la casa que tiene en el campo. Así, ella misma se traza al lado de una barbacoa, al tiempo que su hermano pequeño se encuentra jugando con una pelota en el otro lado de la casa. Y todo ello bajo la atenta mirada de perfil de la luna.



El animismo no solo se manifiesta en los dibujos de los escolares a través de rostros similares a los humanos en los elementos de la naturaleza, sino que también a esos elementos les atribuyen emociones parecidas a las nuestras. Es lo que sucede en el dibujo de esta niña de 8 años, donde se aprecia el ambiente feliz en el que se desenvuelve, pues ha representado a todos los miembros de su familia bailando. En consonancia, al sol también lo representa alegre, al igual que la casa, cuya fachada se asemeja a un rostro humano.



El animismo, tal como he apuntado, pervive hasta la edad de 10 u 11 años. Esto es lo que vemos en el dibujo de esta chica de sexto de Primaria, ya que nos muestra la escena de un campesino que lleva una azada en la mano, al tiempo que dice “Viva el sol”. El caballo que va detrás de él también lo expresa, al igual que los pájaros que se encuentran en los árboles. Podemos entender que la autora sabe que el caballo y los pájaros no hablan, pero para ella no es óbice para mostrarlos como si pudieran hacerlo de modo similar a las personas.



Quiero cerrar este pequeño recorrido por algo tan apasionante como es el animismo en el pensamiento de los niños y niñas con un dibujo sorprendente. En este caso, el autor de 9 años, padecía el Síndrome de Asperger, que es una modalidad de autismo algo moderado. Lo cierto es que nos dibuja a su familia como si sus miembros fueran jugadores de fútbol, cada uno de ellos con un balón (no comprende que en este deporte hay un balón para todos) y vestidos con la camiseta del Barcelona (a su padre se la coloreó de portero de este equipo).

Lo más curioso de todo ello es que trazó un enorme sol con cuatro ojos: tres de ellos horizontalmente unidos y un cuarto, más pequeño, por encima de los otros tres.

¿Qué nos quería decir este chico con su dibujo? ¿Qué significaba para el autor que el sol apareciera con cuatro ojos? Esto nos resulta muy difícil entender, pues una característica de los niños autistas es que tienen un mundo interior muy cerrado sobre sí mismos, por lo que resulta tremendamente complicado penetrar en él. Pero, al menos, los dibujos nos ayudan a acercarnos a su mundo tan especial y tener cierta comprensión de lo que nos quieren transmitir.

AURELIANO SÁINZ

7 de julio de 2019

  • 7.7.19
La historia del diseño gráfico, en general, y del cartelismo, en particular, es bastante desconocida en nuestro país, a pesar de contar con magníficos creadores. Así, los nombres de Josep Renau, Alberto Corazón, José María Cruz Novillo, Enric Satué, Javier Mariscal, etcétera, son escasamente conocidos, si exceptuamos por aquellos que trabajan en esta disciplina o tienen un interés especial por ella.



En parte se debe a lo que decía el gran cartelista francés Cassandre (19001-1968) en el sentido de que “el cartel no es pintura ni arte decorativo. La pintura es un fin en sí misma, mientras que el cartel es un medio para un fin: un medio entre el anunciante y el público, de modo que únicamente se exige de él que establezca una clara, poderosa y precisa comunicación”.

Tiene razón este magnífico cartelista de quien han bebido las generaciones que le siguieron; no obstante, Cassandre no llegó a conocer el valor decorativo que posteriormente adquirirían aquellos carteles que se convirtieron en imágenes icónicas. No supo que a partir precisamente del año en el que falleció (1968), los jóvenes comenzaron a utilizarlos para decorar las paredes de sus habitaciones.

En esta línea, el Ayuntamiento de Madrid ha difundido los carteles de la “era Carmena” para que puedan ser impresos y que, con un sencillo enmarcado, puedan contemplarse en los espacios de las viviendas en las que el nuevo diseño se aprecie. Así pues, los carteles servirán para adornar las paredes, cubriéndose con magníficas y económicas imágenes plasmadas en papel al alcance de cualquier bolsillo.

No hablamos, pues, de pinturas o lienzos que pueden estar fuera del alcance de la mayor parte de la población. De todos modos, y tras haber sido autor de numerosos carteles, me ha parecido oportuno incluir los nombres de sus autores en este repaso por las campañas que comento, pues, en ocasiones, son verdaderas obras creativas, cargadas de imaginación que en nada desmerecen a los nombres consagrados dentro de las tradicionales artes plásticas.

De modo similar al primer artículo, en este segundo realizaré un recorrido por 20 carteles, seleccionando aquellos que me han parecido los más interesantes del amplio conjunto patrocinado por el Ayuntamiento de Madrid.



Las ciudades grandes, como pueden ser Madrid o Barcelona, hay que entenderlas como el resultado de la articulación de sus numerosos distritos. Cada distrito, a su vez, tiene diversos barrios, lo que acaba configurándose una extensa red urbana de agrupaciones ciudadanas que en cada una de ellas encuentran su identidad. Esta es la razón por la que desde el propio Ayuntamiento de Madrid se promocionan a través de carteles las fiestas de cada distrito. Es lo que sucede, por ejemplo, con Moratalaz, que cuenta con 95.000 personas en sus seis barrios (Pavones, Vinateros, Horcajo, Marroquina, Media Legua y Fontarrón).

Como ejemplo de esta línea, de las fiestas de Moratalaz presento los carteles correspondientes a las de los años 2018 y 2019.

El cartel de 2018 fue diseñado por Aníbal Hernández, quien acude a la fragmentación de las cuatro sílabas que componen el nombre para construir una imagen vertical con ciertos aires juveniles, a partir de la transformación de las letras en bloques de viviendas que se encuentran en fiestas con personajes de trazado infantil. Sin embargo, el de 2019, realizado por Yinsen Studio, también se acude a la fragmentación del nombre de Moratalaz en sus sílabas, pero, en este segundo caso, es una especie de cinta blanca la que, curvándose, va uniendo las letras que componen el nombre.



Uno de los proyectos del equipo de Manuela Carmena fue crear una zona de bajas emisiones en el distrito Centro de Madrid. Así con el nombre de Madrid Central comenzó a funcionar a partir del 30 de noviembre de 2018. Esta medida favorecía al peatón, la bicicleta y el transporte público, especialmente con la reforma de calles como Gran Vía o Atocha. Por cierto, como todos sabemos, el cambio de Alcaldía ha dado lugar a que Madrid Central se abra de nuevo a todo el tráfico rodado, una decisión que, no obstante, ha sido paralizada por un juez en el momento de escribir estas líneas.

Desde el punto de vista de la imagen, se hizo muy popular el logotipo de Madrid Central. Por otro lado, el cartel diseñado por La Despensa y Stracto Studio nos muestra un corazón pétreo y multicolor sobre un fondo blanco, en el que aparece la Puerta de Alcalá junto con golondrinas que vuelan y pequeñas nubes que flotan sobre el corazón.

Tal como he apuntado, Madrid se compone de 21 distritos, que son las unidades administrativas de la gran ciudad. Puesto que se pretendía que la gente fuera consciente de que los trámites y la gestión de los centros culturales, el equipamiento deportivo, la limpieza de colegios, etc., se realizan en la Junta Municipal de cada distrito, se planificó una campaña diseñada por September con el título de “No te vayas a otro barrio”. En el cartel, con aires de cómic, se muestra a un chico que sobre una peonza gira de manera vertiginosa, llevándose el aire su gorra.



El Ayuntamiento de Madrid, en la “era Carmena”, patrocinó el ‘I Encuentro Feminismo, Medios e Igualdad’ que se celebraría en el Palacio de Cibeles. La finalidad de este encuentro se expresaba del siguiente modo: “La desigualdad de género en los medios y en el periodismo es un grave problema con consecuencias tanto para los derechos de las mujeres como para el derecho de información de la ciudadanía…”. En el cartel de Aperitif Studio aparece un rostro femenino realizado con colores planos con solo tres tonalidades -negro, azul y rojo-, enmarcado en un formato rectangular, en cuyo derredor aparece la convocatoria del encuentro.

Madrid ha sido una de las grandes ciudades europeas que acogió de manera temprana la Fiesta del Orgullo Gay (en la actualidad, simplemente Fiesta del Orgullo). De este modo, cada año se realizaba un cartel con características diferenciadas. Este que vemos, correspondiente al año 2018, fue realizado conjuntamente por Aperitif Studio con Ana Galvañ, Bnomio y Del Hambre. La imagen formada por dos rostros femeninos de perfil, de distinto color y en posición simétrica, se ven reforzados por el lema “Ames a quien ames, Madrid te quiere”.



Todas las ciudades celebran la Navidad. Lógicamente, por estas fechas, una urbe como Madrid se convierte en un inmenso escaparate, pues las calles y las tiendas se encuentran a rebosar de gente. El cartel del año 2018, con el lema “Siempre vuelve” y diseñado por Bakea, nos muestra un fragmento de un carrusel, es decir, un pequeño reno adornado de una multitud de regalos, teniendo como fondo una noche estrellada. Ciertamente, también son las fechas de los niños y de los regalos que esperan en esos días.

Las ciudades también cuentan con radios públicas. En el caso de Madrid, se creó M21 con el fin de abordar programas de cultura, educación, música, deportes o expresiones plásticas, temas que no suelen formar parte de las emisoras privadas. El cartel que la anunciaba se debe al estudio de diseño Aperitif. Como puede apreciarse, tras la duplicación de M21 con letras mayúsculas vacías en su interior, en el centro de la superficie aparece de perfil el rostro de una chica, envuelto en formas multicolores que giran a su alrededor.



Madrid, como sucede en las grandes ciudades europeas, acoge comunidades de distintos países. Algunas de ellas, caso de la comunidad china, son bastante numerosas. Es por ello que resulta natural que celebren el día nacional de sus países, o, como la citada comunidad china, el año nuevo, en fecha que no coincide con la nuestra, al tiempo que está dedicado a algún animal.

Durante la etapa de Manuela Carmena, el Ayuntamiento de Madrid editó todos los años un cartel que conmemoraba el Año Nuevo Chino. Se le encargo al estudio Bakea, lo que supuso continuidad estética en el diseño. Así, en el 2016, que era el Año del Dragón, vemos que, con diseño por ordenador que cromáticamente evocaba tiempos pasados, se ha construido un dragón como tema central, de modo que asoma su gran cabeza en la Plaza Callao de la capital. En este 2019 se celebraba el Año del Cerdo.

De este modo, con la misma estética de cartel antiguo, aparece una “mamá” cerda con alas y que vuela sobre la Puerta de Alcalá, al tiempo que un pequeño cerdo lo hace por encima de ella. Ambos carteles responden a una estética que acerca Madrid a una cultura tan alejada de la nuestra como es la milenaria cultura china.

AURELIANO SÁINZ


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