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22 de agosto de 2021

  • 22.8.21
“Y si le parece bien, ahora pasamos a la última pregunta: ¿Es usted feliz?”, le apunta la entrevistadora a Federico, que había aceptado ser encuestado sin que tuviera muy clara la finalidad de esa ristra de preguntas a las que ingenuamente se había sometido y que la joven, con cierta astucia comercial aprendida, le había asegurado que solamente emplearía un par de minutos.


“¿Cómo? ¡Pues claro que soy feliz… Faltaría más!”, respondió sin pestañear y con un mohín algo irónico. “¿Acaso no sabes que todo el mundo es feliz por definición? ¿No has visto lo felicísima que es la gente que aparece en los foros y redes sociales?”.

Con cierto mosqueo, el entrevistado comenzó a alejarse. “¡Vaya pregunta!”, se decía a sí mismo. “Esta chica todavía no se ha enterado que nadie quiere que lo tomen por un desgraciado. No hay más que entrar en Instagram para ver lo feliz que es todo el mundo. ¡Como si no estuviéramos suficientemente jodidos con el dichoso coronavirus, el cambio climático y todas las nefastas noticias con las que cada día nos desayunamos!”.

Aunque no tenía excesiva prisa, tampoco quería llegar tarde a la cita que había acordado con Charo en la terraza del café-bar El Gaucho que regentaba un matrimonio argentino cercano al instituto. Allí se solía encontrar con compañeros para charlar de cualquier tema que surgiera o que habían decidido previamente, puesto que, aparte de que servían un exquisito café, el lugar era lo suficientemente tranquilo para que el ruido no apagara las voces que se entrecruzaban en la plática.

En esa ocasión, sin embargo, se había citado solo con su compañera de literatura, ya que el resto no estaba disponible por distintas razones que habían esgrimido.

Federico había metido en su pequeña mochila Humano, demasiado humano, de Nietzsche, autor que le apasionaba y que por todos los medios, como profesor de Filosofía, intentaba que sus alumnos lo leyeran. Esos mismos alumnos que a sus espaldas le llamaban El Fede, pero que a él, conocedor de tal apelativo, no le importaba, ya que se sentía orgulloso de portar el mismo nombre (claro está, en castellano) que el del gran pensador alemán.

Precisamente de ese ejemplar tenía subrayadas bastantes frases. Pero en esos instantes le venía a la mente aquella que enlazaba con la pregunta que de modo tan trivial le habían hecho, y que decía lo siguiente: “El destino de los hombres está hecho de momentos felices –toda vida los tiene– pero no de épocas felices”.

Ya estaba cerca del lugar del encuentro, cuando notó que una mano se agitaba desde una de las mesas señalándole el sitio exacto en el que le estaban esperando.

“¡Hola, Fede! ¿Qué tal? ¿Cómo te ha ido la semana?”, le pregunta Charo, al tiempo que le acerca la silla. “Bueno, siéntate aquí al lado, y ya me podrás contar tranquilamente cómo has pasado estos días”.

Al momento, Federico llamó al camarero para que les sirvieran dos cafés: un cortado y el otro descafeinado con leche caliente. Sacó de su mochila y puso encima de la mesa el libro de Nietzsche, al tiempo que de sopetón le suelta: “¿Tú sabes qué es la felicidad?”.

“¡Como no lo sepas tú, que te has leído todo lo habido y por haber del genio alemán!”, le respondió, conocedora de las repentinas preguntas con las que le asaltaba su compañero de filosofía. Por otro lado, por el tono con el que le respondió, le indicaba sutilmente que estaba dispuesta a hablar del tema, ya que, a fin de cuentas, el encuentro no tenía más finalidad que la charla distendida entre dos amigos.

Charo, aparte de su carácter vitalista, jocoso y poco dado a las quejas, tenía como característica el que solía acudir a algún aforismo o alguna sentencia a los que era tan aficionada y con los que resolvía los dilemas existenciales que su compañero le planteaba de vez en cuando.

“Sé que no te gustan las frases cortas”, continuó, “y que prefieres los argumentos bien razonados. Menos aún si esas frases provienen del mundo de la literatura, ya que imaginas que esta gente suelta lo primero que se le viene encima con tal de epatar. ¿Te digo un par de ellas?”.

Federico la mira en silencio, como dando la aprobación, aunque espera que esta vez no cite a Vargas Llosa ni a Arturo Pérez-Reverte, ya que a ninguno de los dos los traga, sin que sepa muy bien el porqué.

“Bien. La primera es de Borges. A este creo que no le tienes manía, ya que en cierta ocasión te escuché hablar muy bien de él por la enorme cultura que había acumulado. ¿No es así…?”. Tras una breve pausa, y con cierta solemnidad, Charo se presta a decir: “He cometido el peor pecado que se puede cometer: no he sido feliz”. Mira a Federico y le inquiere: “¿Qué te parece este pensamiento de Borges?”.

Su compañero no le responde. Asoma en su rostro algo de tristeza en su espontánea mudez al comprobar que un genio como Jorge Luis Borges, en un arrebato de sinceridad, expresaba que la sabiduría o la cultura no eran el camino para encontrar ese bien tan ansiado.

Ambos acercan las tazas a los labios para volver a tomar un sorbo de café. Sienten que un tenue silencio los envuelve en esos momentos, como si temieran que lo que había manifestado el escritor argentino fuera un negro presagio que acaba alcanzando a quienes se afanan en la búsqueda de la felicidad a través del conocimiento.

“¿Te digo la segunda?”. Charo, con otra muy distinta, intenta romper la reserva en la que se había instalado su compañero. “Esta la leí en un artículo sobre Enrique Jardiel Poncela… Ya sabes, aquel dramaturgo madrileño que tuvo su época de gloria en la primera mitad del siglo pasado, aunque ahora se le recuerda poco”.

Federico asintió con la cabeza, agitándola brevemente. Deja la servilleta de papel con la que se ha limpiado y se apresta a escuchar.

“Hay dos maneras de conseguir la felicidad: una, hacerse el idiota; otra, serlo”, dijo Charo, sin que, una vez expresada, estuviera muy segura de que la máxima de Jardiel Poncela ayudara a amortiguar la cautela que de pronto se había instalado en la charla.

Y es que, por momentos, el mutismo se agrandó en Federico. A pesar de la leve sonrisa que asomó a su rostro al escuchar la frase del dramaturgo madrileño, parecía inmerso en la ausencia de sentido que a veces le llegaba sin saber exactamente la razón.

En ese instante imaginó que la felicidad de la que tanto habían hablado los filósofos, y que él intentaba explicársela a sus alumnos, era una especie de entelequia inalcanzable, por lo que, quizás, esos adolescentes atolondrados tuvieran algo de razón.

Volvió a coger la taza cuidadosamente, se la acercó y sorbió despacio. Por unos segundos, sintió que el rico café que le habían servido y la grata compañía de Charo formaban un pequeño trozo de felicidad que lo envolvía y, temiendo su fugacidad, deseó intensamente retenerlo sin saber cómo lograrlo.

AURELIANO SÁINZ

15 de agosto de 2021

  • 15.8.21
Vivimos en una sociedad dominada por el presentismo y la fugacidad, características de las que ya hablaba el sociólogo polaco Zygmunt Bauman cuando teorizaba sobre lo que él llamaba “modernidad líquida”, como si en estos tiempos nos asentáramos no sobre una sólida base terráquea sino sobre un mar de olas que se agita según los vientos dominantes.


Y apunto esto porque recientemente hemos recibido el contundente informe que expertos de las Naciones Unidas han realizado sobre el Cambio Climático que ya estamos viviendo, al tiempo que indican medidas necesarias para frenarlo en unos plazos definidos, puesto que si esas medidas no se llevan a cabo, el futuro puede ser aterrador.

Aunque mucho me temo, teniendo en cuenta lo que nos decía Bauman, que este informe convertido en impactante noticia y que ha conmocionado más de una conciencia, pasados los días empezará a olvidarse –o, peor, a cuestionarse–, pues toda acción que se tenga que realizar a medio o a largo plazo pasa a un segundo plano arrinconada por otras noticias, también fugaces, que saldrán a la palestra en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Creo que no es necesario que indique que el cambio climático hay que tomárselo verdaderamente en serio, ya que lo estamos viviendo de modo directo en nuestras latitudes con las olas de calor que desde hace algunos años azotan la mitad Sur de la Península.

De todos modos, soy consciente de las enormes dificultades que ello presenta, pues supone casi una revolución en la economía, la producción y en las actuales formas de desarrollo. No podemos olvidar que estamos insertos en un hipercapitalismo de rango mundial, lo que implicaría transformaciones profundas que muchos países, especialmente los más poderosos y los más contaminantes, no están dispuestos a llevar a cabo.

Pero no solamente debemos esperar esas medidas tan necesarias por parte de quienes nos gobiernan; también hemos de modificar muchos de nuestros hábitos y costumbres, ya que el modelo social en el que vivimos, en gran medida, lo hemos interiorizado, tanto en nuestros valores como en las ideas y en nuestras rutinas cotidianas.

Es necesario cambiar la idea tradicional tan afianzada en la mente de la mayoría de las personas de que “la Tierra nos pertenece”, por otra más realista de que los seres humanos somos naturaleza y formamos parte de ella. Esto que debe divulgarse en los medios de comunicación con criterios científicos, también lo debemos llevar adelante en el ámbito educativo, puesto que las nuevas generaciones se encuentran en proceso de formación, de modo que aceptan sin tantas barreras y prejuicios los nuevos retos en los que se encuentra la humanidad.

Así pues, los profesores no podemos estar al margen de la realidad social y los conflictos en los cuales nos encontramos insertos y seguir explicando rutinariamente unos programas anquilosados. Más aún, los que pertenecemos a la Facultad de Ciencias de la Educación en la que preparamos a los futuros docentes, que serán los que continuarán la labor formativa en los niños y adolescentes.


Basándome en lo que he expuesto, y en algunas materias de Educación Artística, he planteado en la clase temas de contenido social que para los estudiantes tienen especial relevancia. Así, la igualdad de derechos de ambos géneros, los valores de la paz, la violencia en la sociedad, las desigualdades y la pobreza en el mundo, la defensa del Medio Ambiente o la denuncia del Cambio Climático han sido cuestiones que hemos ido abordando cuando trabajamos la técnica del collage, enfocado como un cartel con un significado educativo.

Previamente les hablo de los grandes cartelistas que, desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, han trabajado en este medio gráfico en el que se articulan arte, comunicación y publicidad. Y puesto que los estudiantes algún día serán maestros o educadores sociales, utilizamos los medios más sencillos, como son las imágenes de revistas recortadas, para que un día ellos puedan aplicarlos en las aulas sin dificultades.


Los resultados suelen ser mayoritariamente bastante creativos y cargados de imaginación. Es el caso del que he seleccionado para la portada de este artículo, en el que aparece el rostro de un personaje a partir de la imagen del planeta, con los ojos cerrados y del que se desprende una lágrima. El lema que ha utilizado, “Ya es hora de salvar el Planeta”, sirve como advertencia de que el tiempo se nos echa encima.

Por otro lado, en el interior del texto hemos visto otros dos carteles con la técnica del collage. En uno aparece una especie de árbol, como símbolo de la naturaleza, con las hojas realizadas a partir de ojos recortados y con el lema “Cuídalo, formas parte de él”. En el siguiente, como si fuera un mosaico de imágenes contrapuestas, nos ofrece un mensaje de esperanza cuando se indica “Aún estamos a tiempo”.


En ocasiones se acude al sentido del humor como elemento de denuncia. Es un planteamiento comunicativo distinto en el que se utiliza la ironía como fondo del mensaje en el que se busca la sonrisa cómplice de quien observa la composición.

Es el caso del cartel anterior en el que aparece una pareja de clase alta, realizada con figuras de plastilina, brindando con champán en un entorno que se asemeja a los fiordos noruegos. Como puede apreciarse, la autora acudió también a recortar las letras que componen la frase en la que podemos leer: “Déjate de fiestas. Cuida a tu medio”.


Otras veces, se busca una idea con la intención de expresar visualmente lo que se desea comunicar sin la necesidad de acudir a palabras, dado que la propia imagen sirve como concepto que es entendido por el receptor del mensaje. Así, acabamos de ver un reloj que va marcando las horas, de forma que en las primeras aparecen unos entornos naturales cuidados, al tiempo que, una vez traspasada la mitad, comienzan a sentirse los deterioros producidos por la contaminación industrial, de modo que, acercándose a las 12 horas, se abre una interrogante que nos indica la incertidumbre del futuro que nos espera.


La creatividad, como hemos comprobado, se expresa a un alto nivel cuando se opta por realizar un collage sin que aparezca ningún lema o eslogan. Es lo que acontece también con el realizado por una alumna que, antes de que se produjera la polémica por el vídeo divulgado por el ministro de Consumo alertando de que uno de los factores contaminantes son las macrogranjas y el excesivo consumo de carne que ha crecido con la proliferación de tiendas burgers de conocidas marcas estadounidenses, cuyas hamburguesas, como si fueran platillos volantes, llegan a cualquier rincón del Planeta.


Si hubiera que destacar un factor en el que más insisten los estudiantes en sus collages es el que hace alusión al consumismo que nos devora. Quizás esta idea contrasta con la que se tiene de la actual generación de jóvenes, que ha sufrido la crisis económica y que les ha abocado a contratos precarios, en el sentido de que es una generación consumista que está ausente de los problemas sociales que nos acucian en la actualidad.

Bien es cierto que, en el estado de la pandemia en la que nos encontramos, se han extendido las imágenes de botellones y fiestas al aire libre sin control llena de gente joven que los medios han divulgado. Pero cabe preguntarse: ¿cuántos jóvenes de los millones de españoles que se encuentran en esas edades participan en esos jolgorios? ¿Representan a toda la población joven, o es un sector el que “pasa olímpicamente” de las normas porque para ellos lo prioritario es divertirse por encima de todo?


Si uno se detiene a pensar puede comprobar que es solo una parte que no representa a la totalidad que sufre los estragos de la crisis económica, la pandemia y los absurdos valores del consumismo con los que muchos de ellos no están de acuerdo.

Así pues, he cerrado con los dos collages precedentes, referidos al excesivo consumismo que invade las sociedades desarrolladas y que son fuente de producciones innecesarias que afectan al equilibrio medioambiental, como una propuesta de trabajo en la que mis alumnos y alumnas han expresado las visiones que tenían de la relación con el Medio Ambiente y el Cambio Climático convertidos en un tema de alta preocupación.

AURELIANO SÁINZ

8 de agosto de 2021

  • 8.8.21
Entramos en el mes de agosto de un verano muy caluroso. Miro en el calendario y, al llegar al día 2, martes, me tropiezo con una noticia que aconteció muchos años atrás. Por un momento regreso al pasado y traigo a mi mente recuerdos inolvidables de mis inicios como arquitecto. Uno de ellos aconteció en el año 1976.


Yo estaba trabajando en el estudio de arquitectura que tenía en Sevilla. Era un grato espacio compartido con otros compañeros con los que comenzaba a caminar por el incierto sendero de la profesión. Todavía no había tomado vacaciones, de modo que el sonido de fondo de la radio me ayudaba a concentrarme en el trabajo en aquella mañana.

De pronto, escucho que Cecilia, una joven cantautora que ya se había afianzado en el mundo musical, había fallecido a las 5.40 de la madrugada. Había sido en un accidente de coche en un pueblecito cercano a Benavente, en la provincia de Zamora.

Paré un momento, y me sentí conmovido. La razón de fondo es que ambos teníamos la misma edad: 27 años. Me resultaba difícil, mirando hacia mí mismo, entender que con solo esos años, cuando uno comienza a despertar al mundo del trabajo, se pudiera truncar inesperadamente la vida. Una sensación de arbitrariedad, de irreparable injusticia, recorrió mi cuerpo. Al rato continué con los planos. Las canciones de Cecilia sonaban de fondo mientras me incorporaba a la actividad pendiente.

Desde la lejanía del tiempo transcurrido, rememoro a aquella figura que había logrado en poco tiempo ser reconocida por su voz y sus letras, que se movían entre la denuncia y cierto lirismo. A Evangelina Sobredo, que era su verdadero nombre, bruscamente se le apagó la vida, no sin antes dejarnos un puñado de canciones que apuntaban a ser una de las grandes cantautoras del panorama de nuestro país.

Por aquellas fechas, tras el accidente, estuve pensando en otros cantantes o miembros de bandas de rock que, con anterioridad, habían fallecido contando tan solo con 27 años. Parecía que esas dos cifras empezaban a presagiar una edad fatídica, ya que la lista de nombres muy conocidos no dejaba de ampliarse.

Quienes, por entonces, seguíamos con bastante pasión la música que nos llegaba de las Islas Británicas teníamos muy presente que Brian Jones, miembro fundador de los Rolling Stones inició esta trágica lista [3 de julio de 1969]. Atravesando el Atlántico, le seguirían Jimi Hendrix [18 de septiembre de 1970], Janis Joplin [4 de octubre de 1970] o Jim Morrison, líder de The Doors [3 de julio de 1971]. Es decir que en el espacio de solo dos años habían fallecido cuatro de las grandes figuras del rock con esa edad.

Pasados los años, y también con 27 años, encontrarían su final Kurt Cobain, líder de Nirvana [4 de abril de 1994] o, ya más cerca de nuestros días, Amy Winehouse [23 de julio de 2011], una de las figuras emergentes del soul contemporáneo.

Recordando estos grandes nombres que dejaron claras huellas en el mundo del rock y de la música popular, quisiera hacerles un pequeño homenaje trayendo a esta columna las portadas de algunos de sus discos, al tiempo que realizo un breve comentario de ellos.


Quiero comenzar por el de Cecilia, autora de canciones inolvidables como fueron Un ramito de violetas, Mi querida España y Dama, dama. Aquí muestro la portada de su primer álbum, aparecido en 1972, en el que contenía Dama, dama, y que grabaría dentro del sello CBS. Sería Daniel Gil, uno de los grandes diseñadores gráficos de nuestro país, el encargado de mostrarla con una sencilla camiseta blanca, en pantalones vaqueros y portando en su mano derecha un guante de boxeo, como indicando que venía a luchar y a ganarse un puesto dentro de los cantautores españoles.


Nadie imaginaba que uno de los componentes del grupo que, junto a los Beatles, acaparaba las listas de éxitos falleciera con solo 27 años ahogado en una piscina. Lo cierto es que Brian Jones, uno de los fundadores de los Rolling Stones, inesperadamente, dejó fatídicamente la banda en la cumbre de los primeros años.

Ahí le vemos, en la derecha de la parte baja de la portada de su tercer álbum de estudio: Out of our heads (que traducido al español podría ser Desquiciados). Y la razón por la que lo he elegido es muy sencilla: contiene el tema The last time, que siempre me ha entusiasmado.


El impacto de Jimi Hendrix, inicialmente, fue mayor en Inglaterra que en su propio país: Estados Unidos. Sin embargo, su intervención en el verano de 1967, en el mítico festival de Monterey, cambió las tornas. Allí estaban nada menos que The Who, Jefferson Airplane o Grateful Dead. Pero fue Hendrix el que acabó haciendo historia quemando su guitarra mientras interpretaba Like a Rolling Stone.

Al año siguiente, 1968, apareció su segundo disco, Axis: Bold as Love, junto a sus dos acompañantes Noel Redding y Mitch Mitchell, es decir, su parte llamada Experience. Brillante e inolvidable álbum, en el que aparecen baladas, incursiones al blues y al free jazz, como Little Wing, Spanish Castles o Wait Until Tomorrow.


Otra de las grandes artistas que se despidió con solo veintisiete años fue la inolvidable Janis Joplin, no sin antes dejarnos maravillas como Pearl, su cuarto disco que vería la luz en 1972, meses después de su fallecimiento. Y entre los temas de Pearl es inevitable hablar de la desgarradora versión que realizó de Me and Bobby McGee, tema compuesto por el cantante de música country Kris Kristofferson, y popularizada por el canadiense Gordon Lightfoot, canción que llegó a alcanzar el número uno en las listas del Billboard. Pero no solo fue la música de Pearl, sino también la portada, diseñada con una fotografía de Barry Fenstein, la que alcanzó gran popularidad, llegando a ser un verdadero icono dentro de los amantes del rock.


Hay bandas con un líder indiscutible que se alza muy por encima del resto de sus acompañantes. Es lo que aconteció con The Doors, puesto que la fuerte personalidad de Jim Morrison se imponía al resto del grupo. No es de extrañar, pues, que en su primer álbum, aparecido en 1968, el rostro del propio Morrison apareciera en un destacado primer plano, al tiempo que Ray Manzanek, Robby Krieger y John Densmore parecen salir del fondo del cuadro de la portada.

Si alguien tiene dudas de la genialidad del grupo y de su líder, conviene que escuche The End, tema de 11 minutos que cierra el álbum. No sé si es el complejo de Edipo o la voz de una mente tortuosa la que nos introduce en una senda oscura y escabrosa de un tema que finaliza con un grito alargado de angustia final.


¿Qué es lo que pensaba Kurt Cobain, otra mente atormentada, cuando se le ocurrió la portada de Nevermind, una de las más icónicas del mundo del rock de todos los tiempos? La verdad es que nunca terminó de explicarla, ya que tres años después de la salida de este segundo disco de la banda al mercado, es decir, en 1994, el líder de Nirvana encontró en el suicidio el adiós definitivo de una existencia angustiosa contando solamente con tan solo 27 años. A diferencia de las otras portadas que he mostrado, en este caso, Kurt Cobain no aparece en ella. Quizás deseaba eludir ese rostro hostil, dolorido y evasivo que mostraba en sus actuaciones.


Cierro estas breves líneas acudiendo a otra de las grandes voces que se despidieron tempranamente de la vida que todos la podemos imaginar totalmente inconclusa. Me refiero Amy Winehouse, que tiene un enorme parecido con la de Janis Joplin: eran voces femeninas muy unidas a la música negra (blues, soul, jazz, R&B); las dos eran adictas a las drogas y al alcohol; alcanzaron altas cotas de fama; y ambas fallecieron a los 27 años, resultado de sus adicciones. Pareciera que la historia de Janis se volvía a repetir en la de Amy cuatro décadas más tarde.

Como en el caso de Janis Joplin, su producción es corta, ya que su primer disco, Frank, lo publicó en 2003; el segundo de estudio, Back to Black, lo hizo en 2006; al tiempo que el tercero, Back to Black: B-Side, lo graba dos años después. El 23 de julio de 2011 se la encuentran sin vida en su apartamento. Cinco meses después se edita Lioness: Hidden Treasures, su testamento musical.

AURELIANO SÁINZ

1 de agosto de 2021

  • 1.8.21
“Con la Iglesia hemos topado, Sancho” es una frase que se puede leer en el capítulo IX de Don Quijote de la Mancha aunque, bien es cierto que, en el original y en la edición de la RAE, ‘iglesia’ aparece en minúscula y el participio es ‘dado’ en vez de ‘topado’. Pero la imaginación popular hizo las transformaciones correspondientes para expresar que el dominio y la influencia que por entonces tenían sobre la gente el clero y sus instituciones estaban muy por encima a los de las propias autoridades públicas.


Es cierto que han transcurrido algo más de cuatro siglos desde que viera la luz tan inmortal relato, ya que la obra de Cervantes comienza a ser publicada en 1605, pero no por ello la ambición de poder actual de la Iglesia ha disminuido, si bien se ha visto mermada por las presiones externas que no han dejado de empujar hacia un Estado en el que se separen el poder público y el religioso.

He traído a colación los dos párrafos anteriores ya que me sirven para hacer ver que esas pretensiones de la jerarquía eclesiástica de querer imponer sus criterios e intereses a toda costa, en ocasiones, chocan con la razón e, incluso, con el Poder Judicial, que no siempre se doblega a una poderosa institución que se resiste a ceder parte de los enormes privilegios –económicos, políticos y simbólicos– acumulados con el paso de los siglos.

Así, la gran sorpresa reciente se ha producido cuando los cinco jueces de la Sala Primera de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo no admitieron a trámite los recursos interpuestos por la Agrupación de Cofradías de Córdoba y por la Junta de Andalucía contra las sentencias anteriores que anulaban el permiso que había concedido el Gobierno andaluz para que se pudiera retirar una de las celosías que había diseñado el arquitecto Rafael de la Hoz Arderius en el muro norte de la Mezquita cordobesa con el fin de que pudieran entrar y salir las procesiones, penetrando en un monumento con origen musulmán.

Conviene indicar que el arquitecto había diseñado las cuatro celosías de madera de cedro, de dos toneladas de peso cada una, que se instalaron entre los años 1972 y 1974, mucho antes de que el monumento islámico fuera incluido dentro del Patrimonio Mundial de la Unesco en el año 1984.

Bien es cierto que en el centro de la Mezquita se encuentra la catedral cristiana, que se comenzó a construir en el siglo XIV, tras ser eliminadas las dobles arcadas árabes de ese espacio. Pero esto no es motivo para que las continuas alteraciones del arte musulmán se realicen sin que exista un plan director que defienda el legado andalusí.


Pero antes de continuar explicando el varapalo que han recibido conjuntamente el Cabildo catedralicio, la Junta de Andalucía y la Agrupación de Cofradías, conviene realizar una semblanza, aunque breve, de uno de los grandes arquitectos que ha dejado una profunda huella principalmente en la ciudad de Córdoba, ya que, por un lado, en las informaciones dadas solamente se cita al autor sin aludir a su relevancia, al tiempo que hay que indicar que la celosía fue brutalmente quitada y que ahora parece que está en un almacén troceada.

Rafael de la Hoz ArderiusAunque Rafael de la Hoz Arderius (en ocasiones su primer apellido aparece como La-Hoz) nació en Madrid en 1924, su infancia transcurrió en Córdoba, lugar en el que llevó a cabo gran parte de sus proyectos, hasta que a mediados de los setenta traslada su estudio a Madrid.

Tengo que apuntar que pertenecía a una saga de arquitectos, dado que junto con su padre, Rafael de la Hoz Saldaña, y su hijo, Rafael de la Hoz Castanys, parecen formar una familia destinada al mundo de los proyectos y de la edificación. Su primera obra la comienza en 1951 con el diseño de una pequeña tienda de moda, Vogue, que ya no existe. Pero este era el inicio de una fructífera carrera profesional, orientada desde las vanguardias arquitectónicas de aquellos años. No en vano, su estancia en Estados Unidos le sirvió para conocer a los grandes nombres de la arquitectura: Frank Lloyd Wrigth, Mies van der Rohe, Walter Gropius... De ahí que su inclinación por las formas geométricas exentas, o con los mínimos adornos, presidieran sus proyectos.

Son numerosos los edificios que proyectó en Córdoba y algunos pueblos de la provincia. Podría citar la Facultad de Medicina y los colegios mayores de la Universidad de Córdoba, aunque uno de los más conocidos por todos los cordobeses es el que hace esquina entre Ronda de los Tejares y el Bulevar Gran Capitán, es decir, el que proyectó para una entidad bancaria sobradamente conocida y que es de una sobria belleza geométrica.

Como reconocimiento a su labor, en la ciudad se le dedicó una calle a su nombre, que corre paralela al largo paseo popularmente conocido como Vial Norte. De igual modo, un instituto de Enseñanza Secundaria, ubicado en la calle San Francisco de Sales, lleva también su nombre.


Pero retomemos el tema con el que hemos iniciado este trabajo, teniendo en cuenta que el hijo, Rafael de la Hoz Castanys, y el resto de la familia, no han desfallecido a lo largo de estos años contra la arbitrariedad de retirar una de las celosías sin la aprobación de quienes son herederos intelectuales del gran arquitecto.

Hemos de tener en consideración que el encargo que se le hizo al autor de las celosías estuvo presidido por el deseo de rescatar las que originalmente cubrían el muro norte del templo musulmán, puesto que era el modo que tenía de recibir luz natural desde el Patio de los Naranjos.

De las ocho celosías originales solo se recuperaban las que correspondían al lado derecho, según se mira de frente hacia la entrada, puesto que las correspondientes al lado izquierdo están tapiadas, ya que se habían construido capillas en su interior, siguiendo ese criterio de ir ocupando el mayor espacio y eliminar los vestigios de la arquitectura original.


Pero con ese deseo insaciable de “cristianizar” la Mezquita, al Cabildo catedralicio se le ocurrió derribar una de las celosías para que penetraran en el interior los pasos de la Semana Santa, cuestión que comenzó en 2017. Semejante barbaridad tuvo el apoyo de la Junta de Andalucía a través de la Consejería de Cultura, en aquellos momentos presidida por Rosa Aguilar, exalcaldesa de Córdoba. ¡Todo un ejemplo de una institución pública en pro de la defensa de intereses privados!

Pero con lo que no contaban el Cabildo catedralicio, la Agrupación de Cofradías y la Junta de Andalucía era con la tenacidad de la familia de Rafael de la Hoz Arderius que, encabezada por el hijo, también arquitecto, se mostró firme en el deseo de que se respetara la obra de uno de los grandes arquitectos españoles de la segunda mitad del siglo XX.

Tras la sentencia del Tribunal Supremo, ahora queda pendiente la retirada de ese toldo de tono grisáceo con el que se pretende simular una forma parecida al de las otras celosías y reponer la que formaba parte del conjunto de las cuatro que había diseñado Rafael de la Hoz.

De todos modos, para quienes defendemos que los Bienes de Interés Cultural (BIC) de raíz religiosa, que impunemente fueron inmatriculados por la Iglesia católica, y vuelvan a ser bienes de titularidad pública, este caso no deja de ser un buen ejemplo del dicho con que comenzamos este escrito: “Con la Iglesia hemos topado en la defensa del Patrimonio Público”.

AURELIANO SÁINZ

25 de julio de 2021

  • 25.7.21
El 23 de julio de 1921 –es decir, hace exactamente cien años–, un puñado de militantes creó el Partido Comunista de China (PCCh). Como es de suponer, esta enorme república conmemora con grandes fastos este acontecimiento transformado en un hecho mítico, aunque las ideas que albergaban aquellos iniciadores sobre la sociedad que imaginaban en el futuro difieran de lo que actualmente es este país, que se ha convertido en la segunda (o, quizás, la primera) economía mundial.


Puesto que a todos nos gusta clasificar, la pregunta que preside el artículo queda flotando en el aire: “¿Es China un país comunista o ha mutado hacia una especie de singular capitalismo?”. Por mi parte, prefiero no adelantarme estableciendo categorías definidas y apoyarme en las explicaciones de dos autores franceses: Jérôme Doyon y Jean-Louis Rocca, muy conocedores de la realidad china, que publican con asiduidad en la revista mensual Le Monde diplomatique. Quizás de este modo podamos entender la singularidad de este país.

Según se dice en su Constitución, “la República Popular China es un Estado socialista […] dirigido por la clase obrera y basado en la alianza entre obreros y campesinos”. Pero, como todos sabemos, una cosa son las declaraciones idealizadas que se expresan en documentos y otra la que existe en la propia realidad social, porque, en la actualidad “el 50 por ciento de los afiliados son profesionales frente a menos del 35 por ciento de obreros y campesinos” (J. Doyon). No es, por tanto, una república dirigida por la clase obrera, tal como se dice en la Constitución.

Por otro lado, “la sociedad china tiene ya todos los rasgos de una variante del capitalismo: el trabajo es una mercancía, la sociedad de consumo sirve de garante de la estabilidad social y de motor de crecimiento, y las desigualdades se cristalizan mediante mecanismos de reproducción social basados en el dinero, el capital educativo y la endogamia” (J-L. Rocca). Todo ello muy lejos del socialismo preconizado por Karl Marx y Friedrich Engels, como período de transición a una sociedad comunista o sin clases sociales.

En contra de la opinión expuesta por los dos autores franceses que piensan que la economía y la política chinas configuran una forma de capitalismo de Estado, se encuentra la del prestigioso economista marxista egipcio Samir Amin (1931-2018), quien consideraba que el rumbo que había tomado China, tras las reformas planteadas por Deng Xiaoping hace cuatro décadas, era el de un modelo específicamente chino de socialismo.

Y cuando Doyon y Rocca hablan de capitalismo de Estado no lo hacen de una manera peyorativa, sino de modo descriptivo, pues el primero de ellos reconoce los logros alcanzados en el ámbito económico cuando dice: “Transcurridos cuarenta años desde las reformas de liberalización económica iniciadas por Deng Xiaoping, más de 800 millones de personas han salido de la pobreza, y el Estado-partido lidera ahora la segunda economía del mundo –o incluso la primera si se calcula en paridad de poder adquisitivo–, con el 18 por ciento del producto interior bruto (PIB) global”.


El cambio de rumbo en la planificación económica supuso también una apertura al mundo occidental, de modo que la posibilidad de visitar el país se abrió a los turistas que quisiesen conocerlo. No es de extrañar, pues, que quienes lo hacen se sorprendan al encontrarse con grandes urbes, caso de Pekín (adopto la denominación tradicional, aunque la nueva denominación de Beiging se asemeja más al sonido fonético del idioma chino mandarín) o Shanghái, otra de las ciudades que cuentan con millones de habitantes.

Lo cierto es que asombra que el perfil de ambas metrópolis (y que muestro junto a estas líneas) se parezca tanto al de cualquiera de las grandes urbes estadounidenses. Más aún, cuando se penetra en el corazón comercial de estas ciudades, que forman parte de casi todos los circuitos turísticos, se comprueba que las tiendas de lujo en nada desmerecen a las que se encuentran en el mundo capitalista occidental. Por otro lado, todos los rótulos los vemos escritos en inglés y te atienden en esta lengua sin ningún tipo de problema.


¿Qué ha sucedido, entonces, para que aquel país que Mao Zedong condujo inicialmente hacia un modelo que se asemejaba a la entonces Unión Soviética de Stalin se haya convertido en un país de capitalismo de Estado [Doyon y Rocca] o de singular socialismo [Amin] tras años de dirección férrea del PCCh?

¿Qué ha quedado de la Revolución Cultural, época en la que nos llegaban aquellos carteles de coloristas imágenes protagonizados por esforzados obreros y campesinos y heroicos soldados blandiendo el Libro Rojo como inalterable guía del pensamiento del gran líder, todos juntos caminando directamente al socialismo?

La verdad es que las transformaciones han sido profundas y para entender todos estos cambios hay que conocer bien el pensamiento del pueblo chino, ya que, en el fondo, es una cultura milenaria marcada por las ideas de Confucio, lo que les hace ser bastantes pragmáticos, por lo que no es de extrañar que se haya dado esa metamorfosis que le ha colocado a la cabeza de las economías mundiales.

Cambios muy distintos a los que acontecieron en la extinta Unión Soviética, que condujeron a una Rusia de capitalismo neoliberal en la que la corrupción y el nepotismo campan a sus anchas lideradas por un siniestro personaje llamado Vladimir Putin.

¿Economía capitalista o socialista? Veamos: con el actual presidente chino Xi Jinping, si bien las transformaciones han continuado favoreciendo al sector privado, lo cierto es que el Estado mantiene el control directo sobre gran parte significativa de la economía, dado que el público representa un 30 por ciento, en la que se encuentran sectores fundamentales.

Por otro lado, el PCCh sigue ejerciendo un fuerte control político ya que “desde 2018, las empresas que cotizan en el mercado chino tienen la obligación de abrir una célula del partido. A fecha de hoy, el 92 por ciento de las quinientas mayores empresas cuentan con una. Aunque no se han hecho públicas las cifras precisas, filtraciones periódicas han revelado la importantísima presencia de miembros y células del partido dentro de empresas extranjeras establecidas en China” [J. Doyon].

Comprobamos que el pragmatismo chino ha conducido a que, en vez de entender la sociedad como producto de los conflictos de clases sociales dentro del sistema de producción, se haya basado en potenciar la idea de nación y en la búsqueda de un nacionalismo económico basado en el desarrollo productivo.

Para cerrar esta breve incursión por la compleja realidad china, quisiera apuntar que el PCCh cuenta en la actualidad con la nada desdeñable cifra de 95 millones de afiliados; y aunque pareciera que hay colas para entrar en él, lo cierto es que en el último año solamente se ha aceptado el 12,3 por ciento de las solicitudes.

Así pues, seguimos viendo a China como un país ‘comunista’, lo que no deja de ser una paradoja, cuando compite con Estados Unidos, la gran superpotencia capitalista, para hegemonizar la economía mundial. Meta que, por cierto, está alcanzando en pocas décadas.

AURELIANO SÁINZ

18 de julio de 2021

  • 18.7.21
Creo que he comentado en un artículo anterior que por las mañanas suelo mirar un calendario que tengo colgado en el estudio y que fue editado por el Ministerio de Ciencia e Innovación. Su singularidad procede de que cada día del mes viene acompañado con un comentario referido a un descubrimiento o al nombre de algún científico o científica que merece la pena ser recordados.


Hace unos días, el pasado 9 de julio, que caía en viernes, pude leer en letra pequeña: “2015. Un equipo de investigación del IGME de la Universidad Complutense y la de Barcelona encontró una mosca de hace 105 millones de años en perfecto estado de conservación: se había conservado en ámbar en la cueva de El Soplao (Cantabria) y aún llevaba una carga de polen en su abdomen”.

¡Una simple y vulgar mosca perfectamente conservada desde hace la friolera de 105 millones de años! Me paro un instante para poder calibrar lo que significa todo ese tiempo y al momento me surge la pregunta: “¿Dónde estábamos entonces nosotros, los humanos, tan ególatras que nos creemos el centro del Universo?”

La respuesta es clara y contundente: en ninguna parte, porque los inicios del homo sapiens se remontan a unos cuantos miles de años. Ni siquiera llegamos a un millón de años, que, al menos, nos daría un poco de categoría temporal y podríamos medirnos con las moscas.

Y ahora, retrocedamos mentalmente y recordemos que por aquella época reinaban en el planeta Tierra esos enormes gigantes que eran los dinosaurios. También, es de suponer, que las dichosas moscas se encontraban por todas partes, por lo que temo que al paso que vamos nuestra especie desaparezca de la faz de Tierra, pero que las moscas seguirán tan plácidamente.

En fin, que una prosaica mosca sea mucho más resistente que nosotros nos tiene que dar mucho que pensar. Y entre las muchas cosas que todavía no hemos resuelto es nuestra conciliación con el paso del tiempo (en el caso de que verdaderamente exista, puesto que los físicos a partir de Albert Einstein nos dicen que el tiempo es otra dimensión, cuestión que al común de los mortales le cuesta entender).

Para encontrar alguna forma de solución, nosotros, los humanos, somos los que hemos creado unos instrumentos de medidas temporales que en la propia naturaleza no existen como tales. Los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, los años... son convenciones que nos sirven para organizar y orientar nuestras vidas.

De este modo, nos convertimos en sujetos que creen controlar el transcurrir del tiempo, ya que consideramos que estamos situados en el punto exacto: vivimos en un supuesto presente (del que, paradójicamente, somos incapaces de determinar su duración), al tiempo que todo lo acontecido lo consideramos pasado y lo que está por venir lo entendemos como el futuro.

No es de extrañar, pues, que a la capacidad que tenemos de archivar los recuerdos le llamemos "memoria", que es la que nos trae al presente, de manera un tanto difusa, las imágenes que archivamos en nuestra mente.

Y pensando en esta facultad me ha parecido muy oportuno mostrar como primera imagen de este artículo el lienzo que Salvador Dalí tituló como La persistencia de la memoria, al ser una buena obra en la que se muestran las fugaces huellas del pasado, de modo que en un paisaje desolado hasta los relojes se ablandan, ya que a medida que nos distanciamos de los acontecimientos vividos se vuelven borrosos como recuerdos personales.


También, hemos de tener en cuenta que la percepción del tiempo es un hecho con un componente subjetivo muy fuerte. Apunto esto porque en la actualidad nos encontramos en una cultura de la inmediatez, en la que las noticias nos llegan casi de manera instantánea, de forma que lo que aconteció hace unos días ahora nos suena a caduco.

Vivimos en una especie de ‘presentismo’ que a veces nos abruma, por lo que, en ocasiones, aspiramos a alejarnos del entorno en el que nos movemos para descansar en lugares alejados o imaginando épocas pretéritas en las que podríamos sentirnos más tranquilos.

Quizás, El ángelus, la obra que acabamos de ver del pintor impresionista francés Jean-François Millet, de 1857, sea el reflejo de una concepción del tiempo muy distinta a la nuestra. En ella contemplamos a dos campesinos, hombre y mujer, quienes, al oír el sonido lejano de las campanas que les llega de la iglesia del pueblo, hacen una pausa en su trabajo agrícola para concentrarse y rezar. Después, retomarán sin prisas sus labores.

Muestran, pues, un tiempo que viene marcado por sentimientos ligados a la naturaleza y a la religión. A la naturaleza, porque serán las primeras luces del alba las que les indiquen cuándo comienzan su trabajo en el campo; y a la religión, ya que son los tañidos de las campanas los que les dicen que es el mediodía, el momento de unirse con sus oraciones a un mundo sobrenatural en el que creen y que forma parte de sus vidas.


Pero las sociedades, paso a paso, se secularizan, y el trabajo en el mundo del capitalismo desarrollado viene determinado por la agitación, la precariedad y los beneficios. Así, los ritmos laborales se marcan con la precisión de los cronómetros. No hay tiempo, pues, para la reflexión y el reposo tranquilo, ya que, incluso, el de descanso está perfectamente medido. Tiempo ajeno que no nos pertenece, a la espera de organizar otro nuestro.

No es de extrañar que casi un siglo después, en 1934, Salvador Dalí evocara la obra precedente a través de un lienzo que titularía Reminiscencia arqueológica del ángelus de Millet. Aquí ya no hay nada de ese mundo de piedad que desprenden esos dos sencillos campesinos. Dalí los convierte en dos inmensos cuerpos marmóreos oscuros que se destacan en la quietud de un paisaje casi metafísico, por la inmensa soledad que rodea a esos dos extraños cuerpos que parecen perennes.

Hoy, además, nos movemos en un tiempo altamente subjetivo, controlado por el devenir de nuestro propio cuerpo. El mismo cuerpo que nos sirve de faro vigilante. El que cada mañana, ante el espejo, nos avisa de los cambios que sufrimos o de las pérdidas que lo acechan. Y aunque se buscan todos los remedios o múltiples pócimas mágicas en forma de cremas ‘anti-edad’, lo cierto es que el tiempo es implacable y sigue su senda sin hacernos caso.


Y comenzamos a volvernos invisibles, como esos personajes hieráticos que el belga René Magritte plasmara en sus lienzos, porque, a pesar de los esfuerzos que hacemos, ya no somos el foco de atracción de lo que nos rodea.

Como prueba de ello, nos sirve un lúcido párrafo de Antonio López Hidalgo que aparece en uno de sus últimos artículos, Los años que se van, y que hemos podido leer en este medio: "Después en casa, fue anotando en un bloc los síntomas que dan forma a la vejez: rigidez articular, disminución de masa ósea y muscular, incontinencia renal, disminución de la agudeza visual y auditiva. Y las arrugas, por supuesto. El cansancio. Sí, andar molido todo el santo día. Sufrir las resacas como la peor paliza nunca sufrida. Y ser invisible para las mujeres, claro".

Quizás sea difícil conciliarnos con el paso del tiempo. Quizás nunca perdonemos que no se nos devuelva la juventud perdida y que estemos abocados a la vejez. Quizás tengamos finalmente que aceptar que la flecha del tiempo solo marca una dirección (la que a nosotros no nos gusta).

Pero lo que no podemos hacer, como Fausto ante Mefistófeles, es cometer la torpeza de no saber quiénes somos y qué queremos, para finalmente negociar con esta sociedad, un tanto absurda, los sucedáneos que nos ofrece y, como contrapartida, acatar mansamente sus servidumbres a cambio de hacernos olvidar que nosotros también somos tiempo.

AURELIANO SÁINZ

11 de julio de 2021

  • 11.7.21
“Odio el feminismo. Es veneno”. Esa es una de las frases atribuidas a Margaret Thatcher, quien fuera primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990. A quien conozca la trayectoria de esta mujer no puede extrañarle que odiara a las feministas, porque odiaba también a los obreros, con especial inquina hacia los mineros que le plantaron cara con una huelga general, y menospreciaba a un tercio de la población británica, especialmente a los parados, ya que decía que sobraban.


Pero no voy a hacer un recorrido por trayectorias de mujeres políticas para las que, paradójicamente, el feminismo es un mal social que tendría que desaparecer; sino que quisiera centrarme en aquellas que han teorizado en contra de este movimiento que se ha mundializado y que ya resulta imparable en las transformaciones de la sociedad en la que vivimos.

Y nada mejor que comenzar por la escritora argentina Esther Vilar, cuyo libro El varón domado, publicado en la década de los setenta, se convirtió en todo un éxito, al plantear que de ningún modo la mujer está en situación de inferioridad con respecto al hombre, al tiempo que tampoco se encuentra oprimida a través de una estructura social como es el patriarcado, sino todo lo contrario: son las mujeres las que controlan las vidas de los varones, dado que estos están sometidos a sus caprichos y necesidades por medio de chantajes como puede ser el sexual.

Puesto que la escritora argentina, de origen y nacionalidad alemana, comprobó que sus tesis eran recogidas por los medios de comunicación con gran alborozo, siguió insistiendo en ellas a través de El varón polígamo (1974), hasta llegar a la publicación que llevaba por título Católicas del mundo, uníos (1994), cuyo título parafraseaba el famoso lema de Karl Marx y Friedrich Engels con el que terminaban El Manifiesto Comunista: “¡Proletarios del mundo, uníos!”.


Con el título de esa obra, empezamos a ver “de qué pie cojeaba” la escritora argentina, por lo que comenzó a ser el antecedente de lo que posteriormente el clero ultraconservador y la extrema derecha, tan aplaudidos últimamente por ciertos sectores reaccionarios en nuestro país, empezó a llamar como “la ideología de género” (sobre el que ahora no hablaré pues esta invención merecería un artículo aparte).

Siguiendo la estela del antifeminismo de algunas mujeres, comprendemos que suele existir una ligazón política y social de la extrema derecha en la estela internacional. No es de extrañar que décadas después, en 2013 apareciera en nuestro país el primero de los dos libros de la periodista Costanza Miriano con el título de Cásate y sé sumisa, publicado por el arzobispo de Granada, Javier Martínez.

A este libro le siguió otro con el suculento título de Cásate y da la vida por ella que, como es posible imaginar, iba dirigido a los hombres (muy católicos, por supuesto).

Ni que decir tiene que los propios títulos eran auténticas declaraciones de principios, abogándose por un modelo masculino y femeninos arcaicos, que son los que predominan en los grupos integristas nacidos en el seno de la Iglesia católica (Opus Dei, Camino Neocatecumenal o kikos, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo).

Dado que deseaba saber directamente lo que decía Costanza Miriano, pues quería escribir sobre ellos, adquirí ambos libros. No salía de mi asombro de lo que podía decirse en ellos. Era como retroceder al pensamiento más fosilizado que uno podía imaginar. Pero claro, Miriano se basaba en las cartas de San Pablo a los primeros cristianos para darle un valor carismático a todos sus dislates.


Para que entendamos los ‘sabios’ consejos de la periodista italiana, seleccionaré a modo de ejemplos algunos párrafos de su primer libro.

Normalmente, mi respuesta a cualquier problema es una de las siguientes a elegir: tiene razón él; cásate con él; ten un hijo; obedécelo; ten otro hijo; vete a vivir a la misma ciudad que él; perdónalo; intenta comprenderlo; y por último, ten un hijo”.

Una parte del libro está narrado como si ofreciera recomendaciones a algunas (supuestas) amigas que se habían dirigido a ella para que les ofrecieran sus ‘sensatos’ consejos:

A la atribulada Mónica le dice lo siguiente: “Renunciar a toda pretensión por la felicidad del otro es algo que cura cualquier herida” y “el matrimonio es divertido y natural”.

Livia y Laviana recibirían, entre otras, estas dos respuestas: “Nosotras somos muy distintas de los hombres, ni siquiera somos iguales en oportunidades. No somos iguales para nada, y no reconocerlo es fuente de seguro sufrimiento”. Y “nuestra identidad… es la acogida. El feminismo ha negado tal cosa… [por eso, las feministas] están tristes, furiosas, amargadas, resentidas, celosas”.

No faltaban sus alabanzas al ‘sexo fuerte’, por lo que a Marco le escribió: “A decir verdad, a mí, los hombres que tienen opiniones pétreas y las transmiten de forma tajante y valiente, me gustan muchísimo”.

A su amiga Ágata le indica: “La mujer necesita al hombre, no puede pasar sin él si quiere encontrar su identidad”. También, “la mujer lleva inscrita la obediencia en su interior; el hombre, en cambio, lleva la vocación de libertad y de la guía”. Cerraba con esta perla teológica: “La obediencia se ha hecho necesaria a causa de nuestra naturaleza herida, por el pecado original”.

Que nadie piense que aboga por el masoquismo cuando a su amiga Margherita le comenta: “Ante el hombre que hemos elegido demos un paso atrás”. O también, “la mortificación nos gusta porque es para alcanzar un bien mayor”; “en caso de duda, obedece. Sométete con confianza”, para cerrar con este pensamiento: “[La mujer es] el reposo del cazador” (¡¿Reposo del cazador?!).

Por último, traigo dos consejos para su amiga Cristiana: “No estamos hechas para el poder, y las mujeres que llegan a alcanzarlo, con frecuencia acaban enfurecidas”, y también, “¿Las mujeres se vuelven malas cuando llegan al poder, o llegan a él porque ya eran malas antes?”.

Para cerrar, quisiera decir que es difícil salir vivo de la lectura de los libros de Costanza Miriano. Y si alguien piensa que es como trasladarse a la Edad Media, se equivoca, dado que son libros recomendados por algunos obispos para combatir, tal como he apuntado, la “ideología de género” que, supuestamente, está pervirtiendo las mentes de las chicas jóvenes que, desorientadas, son presas fáciles de esas feministas “tristes, furiosas, amargadas, resentidas y celosas” que tanto abundan en esta sociedad que ha perdido la fe en los principios de la sumisión femenina que ellos predican.

AURELIANO SÁINZ

4 de julio de 2021

  • 4.7.21
Siempre he sostenido que la mejor pinacoteca del mundo es el Museo del Prado. Bien sé que esto es una apreciación personal, pues no hay ningún instrumento para medir el rango artístico de los museos que se extienden por distintos países. También es cierto que si incluimos las esculturas, en el Museo del Louvre parisino hallaríamos auténticas maravillas de los grandes escultores de todos los tiempos, por lo que quizás este pasaría a alcanzar esa categoría tan apreciada.


Y si ahora me refiero al Louvre se debe a que en él se encuentra una escultura, El hermafrodita durmiente, que puede servirnos para abordar el debate de la transexualidad que ha estado muy presente en la política nacional en los últimos tiempos. Pero antes de entrar en la ley que ha aprobado el Gobierno, y que tiene que pasar después por los trámites parlamentarios, me parece oportuno ofrecer algunos datos de esta singular escultura.

La obra que se encuentra en París es una copia romana del siglo II d. C. de la original que realizó el escultor griego Policles. Dado que la mitología estaba muy presente en las creencias, la cultura y la tradición en el antiguo pueblo griego, conviene decir que el joven hermafrodita era hijo de Hermes (el dios mensajero) y de Afrodita (diosa del amor, la belleza y la sexualidad). Ambos concibieron un hijo con todos los atributos masculinos, pero una ninfa prendada de su belleza quiso tenerlo para sí misma, lo que dio lugar a la fusión de ambos sexos.

En el relato se describe la historia de este personaje mitológico, al tiempo que se nos dice que la ninfa al verlo bañarse en un estanque se enamoró tanto de él que se adhirió a su cuerpo, de modo que suplicó a los dioses que lo engendraron que nunca lo separaran de ella. Hermes y Afrodita aceptaron la súplica, por lo que se configuró como un ser que poseía los atributos de los dos sexos.

Si contemplamos la magnífica obra escultórica del hermafrodita durmiente, a primera vista, la escultura parece representar un hermoso y sensual cuerpo femenino; pero desde otra posición, puede comprobarse que también posee los genitales masculinos, ya que son externos y visibles.


Ahora pasemos del mito a la realidad. Como sabemos, el hermafroditismo, aunque bastante excepcional, se da en la naturaleza; también en la especie humana, lo que nos lleva a que pensar que no hay una línea biológica infranqueable que divida ambos sexos. La naturaleza es flexible y abierta, de modo que no se guía por los criterios rígidos de la mente humana.

De modo genérico, existen los sexos masculino y femenino. Entre ambos se da la atracción sexual de uno hacia el otro; aunque, ciertamente, surgen atracciones sexuales hacia el propio sexo. De ahí que existan la homosexualidad y el lesbianismo, como hechos reales y que, en gran medida, se han asimilado por la sociedad y se ha legislado para que los derechos de la comunidad LGTBI estén reconocidos y no existan discriminaciones por orientación sexual. Todo un avance, aunque hay sectores intolerantes que no admiten otras ideas que las rígidas que gobiernan sus mentes.

Por otro lado, y desde la denominada perspectiva de género, se tomó como referencia una frase de la escritora francesa Simone de Beauvoir extraída de su obra más conocida, El segundo sexo, en la que decía: “No se nace mujer, se llega a serlo”.

Esto, que también podría aplicarse el género masculino, nos indica que el ser mujer (o también hombre) no viene exclusivamente determinado por el hecho biológico, sino que la sociedad a lo largo de la historia ha ido configurando los valores culturales que se les asignan a la mujer y al hombre. Entonces los géneros masculino y femenino tienen mucho de construcción social: no todo puede atribuirse a la biología.


Pero esos valores no son estáticos; cambian con el tiempo y se van adaptando a las transformaciones sociales. Esto nos hace ver que los seres humanos, tal como apuntaba Carlos Castilla del Pino, somos biología y también historia. Es decir, que los hechos biológicos no pueden ser únicamente determinantes de las personas, como cierto sector del feminismo y del Gobierno defendían, negando los reconocimientos de derechos a los y las transexuales, o lo que es lo mismo, a hombres o mujeres que no se identificaban con el sexo biológico con el que habían nacido, por lo que aspiraban a que socialmente se les reconociera con aquel al que deseaban pertenecer.

Sobre este tema no hace mucho publiqué, en este mismo medio, Niños y niñas transexuales, en el que explicaba el caso de Elsa, una niña extremeña que, con su emotivo discurso, conmovió a los miembros del Parlamento de Extremadura que se encontraban presentes.

Por suerte, parece ser que, finalmente, la ley aprobada por el Gobierno camina hacia adelante, dado que no se trata de un tema relacionado con el feminismo, sino de derechos humanos que hay que defender aunque se refiera a una población numéricamente reducida la afectada. También es un tema de libertad personal, puesto que la verdadera libertad es el reconocimiento de los derechos de las minorías, ya que, una vez aprobados, agrandan el espacio de libertad de todos los miembros de la sociedad.

AURELIANO SÁINZ

27 de junio de 2021

  • 27.6.21
Spain is different fue un eslogan que el ministro Manuel Fraga Iribarne promovió en 1960, en plena dictadura franquista, con el fin de atraer turistas a nuestro país, de modo que entendieran que este no era ni mejor ni peor que los otros, sino un destino exótico que podrían visitar y, de paso, conocer a los españoles que nos imaginaban, a unos, con patillas y navaja al cinto y, a otras, con apasionados ojos negros y un clavel entre los labios, siguiendo el relato de Carmen del escritor francés Prosper Merimée.


Genial frase que tiempo después fue utilizada con diversos significados. De todos modos, creo que, efectivamente, en algunas cosas somos no solo diferentes, sino muy diferentes. Veamos, pues, un caso muy singular que acontece en esta sufrida piel de toro.

Si echamos una mirada hacia atrás, y nos remontándonos a 1946, resulta que al dictador Francisco Franco, a los pocos años de finalizar la Guerra Civil, se le ocurrió la genial idea de modificar la Ley Hipotecaria, de modo que a los obispos se les concedía el insólito privilegio de considerarlos fedatarios, es decir, situarlos al mismo nivel que los notarios, para que pudieran inmatricular (o lo que es lo mismo, registrar por primera vez) a nombre de sus diócesis aquellos bienes que no estaban recogidos en el Registro de la Propiedad.

Hay que apuntar que en este caso se excluían los bienes destinados al culto como son las iglesias y las catedrales, que seguían siendo bienes patrimoniales públicos, es decir, de todos los españoles.

Vamos, aquello fue una auténtica ganga para el episcopado español, un regalo que no tenía precedentes en otros países próximos. Basta poner como ejemplo que en el propio Portugal de aquellos años, bajo las directrices de otro dictador: António de Oliveira Salazar, se llegó al acuerdo con la Santa Sede según el cual los bienes patrimoniales de tipo religioso seguían siendo del Estado portugués que se encargaría del mantenimiento y la restauración, al tiempo que el uso correspondería a la Iglesia. Algo similar ocurre en Francia, el otro país con el que mantenemos fronteras, ya que es un Estado constitucionalmente laico desde 1905, por lo que ahí el Vaticano poco puede decir o pedir.

Concentración en Córdoba acompañada de batucada.
Concentración en Sevilla.

Un salto cualitativo se produce en 1998, siendo presidente José María Aznar, quien, a los dos años de entrar en el Gobierno, y siguiendo la estela de su antecesor, promueve otra reforma de la Ley Hipotecaria, de modo que ahora también los templos dedicados al culto podrían ser inmatriculados. Otro gran premio que fue recibido con los brazos abiertos por el episcopado.

A partir de entonces, la voracidad inmatriculadora de la Iglesia ha sido imparable. Se cree que desde que los obispos comenzaron a registrar bienes, solamente con su firma y sin aportar título de propiedad, puede alcanzarse la nada desdeñable cifra de cien mil.

Pero la historia no acaba aquí. Todo iba de maravilla. Todo marchaba sobre ruedas. Nadie se enteraba de que los obispos inmatriculaban a diestro y siniestro, puesto que no se daba ninguna información.

Sin embargo, un hecho casual vino a dar la voz de alarma. Sucedió en Navarra, cuando a principios de 2007 se descubrió que el arzobispado de Pamplona estaba inmatriculando todo tipo de edificios religiosos, casas, tierras, arbolados, cementerios, etc. Se pudo constatar que en pocos años y al amparo del artículo 206 de la Ley Hipotecaria se habían realizado más de mil escrituraciones por unas docenas de euros.

Concentración en Granada.
Concentración en Jerez de la Frontera.

Este fue un problema que el episcopado no se lo esperaba, puesto que un grupo de navarros para hacer frente a este expolio creó la Plataforma en Defensa del Patrimonio de Navarra, al que se le sumaron 117 ayuntamientos y concejos. Esa voz alarma pronto se extendió al resto del Estado, de modo que las asociaciones patrimonialistas y otras de derechos humanos comienzan a llevar a cabo indagaciones de lo que acontecía en sus territorios.

En el caso de Córdoba, se llega a saber que la Mezquita había sido inmatriculada, con nocturnidad y alevosía, en 2006, por el entonces obispo de la diócesis Juan José Asenjo por treinta euros. El que un monumento que es Patrimonio de la Humanidad pasara a manos de la Iglesia fue el detonante para que se formara la Plataforma Mezquita-Catedral Patrimonio de Tod@s, que encabezará la lucha por su recuperación como bien público.

Un paso más en esta historia de expolios y ocultamientos se da cuando, para evitar que se declarara inconstitucional la ley que permitía las inmatriculaciones, en el 2015 se deroga el artículo 206 de la Ley Hipotecaria, de modo que acababa el privilegio que se le había concedido a la Iglesia de equiparar al personal diocesano con los funcionarios públicos.

Esto parecía poner fin a décadas de atropellos y poder recuperar todo lo que había sido registrado sin título de propiedad. No fue así, dado que, por un lado, se consideraba que los bienes ya inmatriculados lo habían sido por las leyes vigentes en sus momentos y, por otro, no se podría recurrir al Tribunal Constitucional, dado que la citada ley ya no existía. ¡Jugada maestra para cerrar el camino a un recurso global!

Concentración en Pamplona.
Concentración en Valencia.

Tras las muchas presiones de grupos patrimonialistas, el actual Gobierno, a principios de este año 2021, hizo público el listado de 34.961 bienes inmatriculados a partir de la ley de Aznar de 1998. Sin embargo, no aparecía nada de las inmatriculaciones anteriores a esa fecha, al tiempo que se desentiende de la promesa hecha en la oposición de que en el momento de acceder al Gobierno revertiría aquellos bienes inmatriculados que se realizaron sin título de propiedad.

Como en este país, y en el ámbito político, se cumple al pie de la letra el dicho popular “Donde dije digo, digo diego”, todos aquellos que pertenecemos a asociaciones patrimonialistas, también laicas y cristianas opuestas a este verdadero latrocinio, nos sentimos engañados. Decidimos entonces, aparte de las denuncias en escritos, artículos o conferencias, salir de nuevo a la calle para mostrar nuestro frontal rechazo.

De este modo, bajo el lema “Recuperando nuestro Patrimonio Público”, y con el logotipo de un individuo con los bolsillos vacíos, al tiempo que por detrás sobrevuela un obispo con antifaz y un saco en el que aparecen arcos de la Mezquita y un templo románico, comenzamos la campaña el pasado 22 de junio realizando concentraciones en 17 ciudades españolas. Campaña que continuará en los próximos meses.

Concentración en Albacete.
Concentración en Palencia.

Por comunidades participaron: Andalucía (Córdoba, Granada, Jerez, Sevilla); Aragón (Zaragoza); Asturias (Oviedo); Castilla y León (León, Palencia, Valladolid); Castilla La Mancha (Albacete); Cataluña (San Boi de Llobregat); Extremadura (Cáceres); Comunidad de Murcia (Murcia) y Navarra (Pamplona).

Las concentraciones se repetirán mensualmente y en el mismo día. Insistiremos todo lo que sea necesario ya que parece que este tema queda fuera de la agenda política, sabiendo que, en el fondo, nos encontramos ante un problema que no es de tipo religioso sino político, aunque la Iglesia sea la institución favorecida.

Y a costa de que se nos tache de ‘anticlericales’, como interesadamente suele suceder, hemos de apuntar que en la Coordinadora Recuperando, que articula las organizaciones patrimonialistas del Estado español, también se encuentran Redes Cristianas y Comunidades Cristianas Populares, cuyas líneas de referencia son los valores de pobreza, igualdad y caridad evangélicas; no la acumulación de riquezas, tal como parece ser uno de los objetivos de la Iglesia institucional española.

Concentración en León.
Concentración en Murcia.

En la parte favorable, conviene apuntar que son muchos los apoyos nacionales e internacionales que recibimos. El más reciente es el manifiesto firmado por un centenar de especialistas de 36 universidades de distintas partes del mundo exigiendo la titularidad pública de la Mezquita.

Historiadores, arabistas e investigadores han elaborado un contundente escrito instando a la Administración pública a que impida la apropiación de la Mezquita de Córdoba por la Iglesia, ya que la base jurídica de la inmatriculación que aporta es muy endeble, puesto que, según indican estos especialistas, “la orden dada en 1236 por el rey Fernando III no puede considerarse una donación regia, sino la cesión de un derecho de uso”.

He traído el caso de la Mezquita como ejemplo, ya que, a pesar de lo escandaloso, no deja de ser uno más dentro de las numerosas inmatriculaciones a las que nos enfrentamos.

Para cerrar, volvamos al principio. Sería bueno que en lo que respecta al Patrimonio Público pudiéramos decir Spain is not different de los muchos países que han sabido defenderlo, de modo que acabara revirtiendo ese inmenso Patrimonio de todos los españoles y que se le ha entregado gratuitamente a la Iglesia católica.

AURELIANO SÁINZ

20 de junio de 2021

  • 20.6.21
Al lado de mi mesa de trabajo tengo colgado un original calendario editado por el Ministerio de Ciencia e Innovación en el que cada día aparecen, no los santos o las vírgenes como tradicionalmente nos habían acostumbrado, sino los nombres de científicos, hombres y mujeres, así como las efemérides o los inventos más significativos, indicando también el año en el que se produjeron.


Lo suelo mirar con frecuencia por las mañanas, así me voy enterando de cosas de algunos personajes y de curiosidades que desconocía. En este ojear cotidiano, resulta que al llegar al pasado día 6 de junio, que caía en domingo, debajo del dibujo de una pequeña caja de cartón de color verde, pude leer: “1907. Se lanzó Persil al mercado. Fue el primer detergente de ropa de acción automática”.

Me quedé un tanto sorprendido, pues no me imaginaba que el nacimiento de Persil estuviera a la altura del descubrimiento de una nueva galaxia, de la creación de un singular telescopio o de la primera demostración de la televisión en España… que, por cierto, fue en 1948, el mismo año en el que a mí se me ocurrió venir a este mundo.

Como he sido (soy aún) profesor de arte, imagen y publicidad en la universidad, recogí con cierto alborozo la noticia. ¡Resulta que el famoso Persil vino a revolucionar el ámbito de la limpieza hace más de un siglo! ¡Esto –pienso para mis adentros– se lo tengo que plantear a mis alumnos que creen que el mundo nació con ellos o que no existió antes de la aparición del WhatsApp!

Y es que, aunque parezca mentira, en el fondo de mi cerebro (no sé en qué parte, pues a mí los cerebros me parecen verdaderos laberintos de cables entrecruzados) todavía resuenan las notas musicales que acompañaban a ese eslogan que escuchábamos en la radio y que decía: “Case su ropa con Persil…”.

Lo cierto es que los directivos de la empresa que lo comercializaban se habían puesto muy finos y habían acudido, nada más y nada menos, que a un fragmento de la obertura El sueño de una noche de verano de Félix Mendelssohn para acompañar la frase que hicieron famosa.


Era, pues, cuestión de enterarse y saber a quién se la había ocurrido la brillante idea de crear y comercializar el jabón en polvo que, como bien dice mi calendario científico, fue una revolución al lograr la limpieza de ‘forma automática’, por lo que la mujer ya no tendría que romperse la cintura con aquellas rústicas tablas de lavar mientras frotaban la ropa con las enormes pastillas de jabón de color verde o anaranjado que desprendían un intenso olor (ojo, que no perfume, pues esto ya vendría después con marcas tipo Mimosín, ya que parece que ahora toda la casa tiene que oler a fragancias primaverales, según nos dice la insistente publicidad).

Como a mí me encanta el diseño gráfico, lo primero que hice fue mirar a los primeros carteles que promocionarían el Persil. Todos estaban en alemán, ese extraño idioma que nos suena tan raro por la cantidad de jotas que pronuncian. Ya me daban la primera pista del país en el que nació este detergente. Pero es que también los encontré en francés, por lo que imaginé que pronto se extendió el producto más allá de las fronteras germánicas.

Eso sí, todos estaban protagonizados por figuras femeninas. ¡De ningún modo podría aparecer algún hombre, ni siquiera un niño ayudando, a pesar de que en las escenas familiares de otros carteles todos se sentían muy contentos contemplando la ropa recién limpia que la sufrida ama de casa, toda orgullosa, mostraba sabiendo cómo se lograba tal perfección!


Sigo averiguando y leo lo siguiente: “La empresa alemana Henkel inventó en 1907 un polvo para lavar que comercializó bajo el nombre de la marca Persil. El nombre proviene de dos de los ingredientes originales: perborato y silicato, pero esto es poco conocido en los mercados internacionales”.

¡Genial! ¡Ya me he enterado de que su nombre procede de las dos primeras sílabas de perborato y silicato! Pero esto yo no se lo diré a mis alumnos; simplemente, les explicaré que el nombre del detergente proviene de esos dos componentes, por lo que quedaré fenomenal, dando la impresión de que sé mucho de química, aunque lo cierto es que desde el bachillerato no he vuelto a abrir ningún libro de esta materia.

Como decía, el nuevo detergente era tan femenino que, incluso, a las niñas desde muy pequeñitas había que acostumbrarlas a esta marca. Aunque la publicidad por aquellos años no estaba tan desarrollada como hoy acontece, intuían que si se las sacaban en los carteles jugando a planchar la ropa tras haber sido lavada con Persil o a imitando a sus mamás, esas imágenes quedarían grabadas en sus pequeños e inocentes cerebros y las acompañarían para el resto de sus vidas. Sin darse cuenta, esos avispados empresarios descubrieron lo que posteriormente se llamaría “fidelidad a la marca”.


Y si hablamos de fidelidad, ¿qué mayor que la que se establece cuando te preguntan, ante el cura o el juez, si quieres casarte con quien tienes al lado? Supongo que a la empresa le pareció genial la frase “Case su ropa con Persil”, como si el detergente fuera el agraciado galán que acudiría presto a ayudar a la joven y futura ama de casa en la ingrata tarea de la limpieza de la colada (y digo "joven" porque en el maravilloso mundo de la publicidad no pueden aparecer verdaderas amas de casa, ni siquiera simuladas, puesto que más allá de los treinta años las mujeres se vuelven invisibles en los anuncios).

Pasados los años, como no podía ser de otro modo en la dura batalla que establecen las numerosas marcas, la de procedencia alemana se ha visto enfrentada a otras muchas que compiten entre sí por ganarse el corazón y el bolsillo de las atribuladas féminas que necesitan estímulos suplementarios para no abandonar a su detergente favorito.

Sabiendo que vivimos en un mundo en el que suena muy bien eso de ‘amores eternos’, pero sospechando que ahora la eternidad ahora dura como mucho dos o tres años, los dueños de Henkel consideraron que viene bien echar una sutil ‘ayudita’, diciéndoles a las fieles seguidoras de que con “Persil pueden ser millonarias”. ¡No está nada mal eso de llegar a ser millonaria simplemente como premio a la fidelidad a la marca alemana!

Y las preguntas que ahora caben hacerse son la siguiente: ¿Compartirá la afortunada los millones con su pareja o lo dejará plantado con un par de narices? ¿Se imaginará en una feliz estancia en el Caribe, tendida al sol en una hamaca, con un daiquiri de limas recién cortadas del árbol y al lado de un solícito camarero, que por fin se ha liberado para siempre de las eternas coladas que no la dejaban ni respirar?

AURELIANO SÁINZ

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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