:::: MENU ::::
Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas

25 de octubre de 2020

  • 25.10.20
A lo largo del tiempo he ido comentando diferentes discos a partir del diseño de sus portadas, siendo en su mayoría álbumes foráneos. No es que yo no quisiera hacerlo con los españoles: la razón de esta ausencia se debía a que resultaba difícil encontrar publicaciones (libros, revistas, páginas digitales…) que hablaran de los creadores de nuestro país. Sin embargo, y a través de una constante búsqueda, por fin, he localizado obras que analizan de modo específico las carátulas de discos editados en España haciendo referencia a quienes las han realizado.


De este modo, esta entrega será la primera dedicada íntegramente a nuestro país. Así pues, presentaré nueve discos que demuestran que merece la pena saber quiénes realizaron esas portadas que ayudan bastante a dar identidad al propio disco.

Y comenzaré por uno de los grandes diseñadores: Javier Aramburu, dado que es el creador de la imagen, del logotipo y de numerosos carteles para Contempopránea, el festival de música indie que anualmente se celebra en Alburquerque (Badajoz), mi lugar de origen. Por otro lado, Javier Aramburu realizó bastantes portadas del grupo granadino Los Planetas, lo que es indicio de la gran calidad de este artista gráfico.

Para dar mayor protagonismo a las portadas, en esta ocasión seré muy breve en los comentarios, por lo que me centraré en explicar los distintos estilos de las propuestas visuales que se dan en esas nueve carátulas.


Tal como he indicado, comienzo por el primero de los discos de Los Planetas, el que lleva por título Super 8, diseñado por Javier Aramburu y que vio la luz en 1994.

Me ahorro hablar de Los Planetas porque su trayectoria es tan amplia que serían unos brochazos lo que podría decir de ellos. Sin embargo, sí me parece interesante comprobar que el donostiarra Javier Aramburu comenzó su andadura gráfica con unas imágenes que se identifican claramente con Contemporánea. Y, puesto que su obra es de gran interés, no me extiendo ya que más adelante podré dedicar un artículo a su figura y a su trabajo.


Damos un gran salto hacia atrás para situarnos en 1982. En ese año salió al mercado el primer disco de Mecano, el grupo formado por Ana Torroja y los hermanos Nacho y José María Cano. El impacto del grupo fue enorme, pues en solo tres meses logró vender 300.000 discos, una cifra importante para aquel tiempo. Y es que allí se encontraban temas como Perdido en la habitación, Me colé en una fiesta o Maquillaje, canciones que alcanzaron una gran popularidad.

Por otro lado, la portada fue magnífica, ya que diseñada por Carlos Martín Llorente con la supervisión de Juan Gatti, nos presenta de modo frontal un reloj de agujas de formato cuadrado, coincidiendo con los márgenes de la carátula. Todo un acierto visual.


Antes de la aparición de Mecano, a pocos años de la andadura de la nueva democracia en nuestro país, hubo un grupo llamado Triana que lideró lo que se llamó rock andaluz. Formado por Jesús de la Rosa, Eduardo Rodríguez y Juan José Palacios, se dieron a conocer en 1974 con El patio. No obstante, su gran éxito llegó en 1979 con Sombra y luz, que alcanzó la nada desdeñable cifra de 100.000 discos vendidos.

El diseño de las portadas del grupo se debía a Máximo Moreno. En la de Sombra y luz, comprobamos que las letras mayúsculas de Triana aparecen como si fueran velas verdes, de modo que la correspondiente a la I se muestra encendida, quemando parte de la tela que hace de fondo.


En el año 1983, el mismo en el que sale el tercer disco de Triana, ve la luz el grupo cordobés Medina Azahara, dirigido por el incombustible Manuel Martínez, con su álbum Paseando por la Mezquita. También en ese año, tristemente, Triana cierra como grupo por la muerte en accidente de tráfico de Jesús de la Rosa. La banda cordobesa tuvo mejor suerte, ya que logró ver publicado en 2018 su vigésimo álbum, Trece rosas. Todo un récord de trabajo con cuarenta años pisando los escenarios.

La portada de Paseando por la Mezquita se debe a Antonio Monforte, otro de los diseñadores gráficos que desarrollará sus creaciones al establecer contacto con las bandas del sur de nuestro país. En este caso, la imagen adopta ciertos aires orientalistas para presentar una visión idealizada de los arcos de herradura de este bello templo musulmán.


No me resisto a traer otras de las portadas que realizó Antonio Monforte. Esta vez se trata de la que creó para la banda formada por los hermanos Rafael y Raimundo Amador junto a Kiko Veneno. Inicialmente, el disco pasó un tanto desapercibido, dado que la mezcla de flamenco y rock resultaba demasiado innovadora para aquellos años.

Lo cierto es que la portada que inicialmente Antonio Monforte había pensado para Veneno no la llevó a cabo y hubo que cambiarla por los problemas que podía generar, dado que se trataba de imprimir la palabra VENENO sobre una tableta de hachís con fondo de papel de aluminio. Para evitar las polémicas, las letras del nuevo grupo aparecen impresas sobre un fondo ocre rugoso para que no pudiera descubrirse su origen.


Otro de los incombustibles del rock español es Kiko Veneno (José María López Sanfeliu) cuyo segundo apellido nos hace ver su origen catalán, ya que nació en 1952 en la localidad gerundense de Figueras (la misma que de Salvador Dalí). Con los hermanos Amador había grabado tres discos; sin embargo, en el año 1981 inicia su camino en solitario publicando Seré mecánico por ti. La publicación en el 2019 de su último álbum, Sombrero roto, nos da idea de su enorme vitalidad personal y creativa.

El autor de la portada, Ceesepe (Carlos Sánchez Pérez), fue un pintor e ilustrador bastante prolífico, que acudió a la estética del cómic para crear el primer disco de Kiko Veneno.


Pasamos al campo más rockero, estilo en el que durante la década de los ochenta conoceríamos a Leño, Burning, Barón Rojo, Asfalto, Siniestro Total y un largo etcétera.

Y si me decanto por el tercer elepé de Leño, Corre, corre, se debe a la magnífica portada que realizaría Manuel Cuevas a partir de una fotografía en plano detalle, mostrando de modo destacado la hebilla del cinturón en el que aparece el logotipo del grupo.

No fue muy larga la vida de la banda; de todos modos, pudimos conocer el talento de Rosendo (Mercado) como líder, quien posteriormente se lanza a trabajar en solitario, abriéndose un largo camino que llega hasta nuestros días.


Siguiendo la línea de diseño de dibujo de cómic que hemos visto en la portada del trabajo de Kiko Veneno, en el año 1986 aparece Al calor del amor en un bar de Gabinete Caligari. El diseño es de un dibujante que se firmaba como El Hortelano y en la escena dibujada aparecen sus tres componentes: Jaime Urrutia, Fernando Presas y Eduardo Calvo.

Grupo emblemático de los años de ‘la Movida’, nos dejó temas inolvidables como el mismo que lleva el título del disco seleccionado o Cuatro rosas y también La culpa fue del cha-cha-cha.


Para cerrar, damos un salto hacia adelante para situarnos en la escena indie para mostrar el disco Aproximaciones del grupo madrileño Pereza, formado por José Miguel Conejo (Leiva) y Rubén Pozo. Su existencia no fue muy larga ya que duró una década, la que va de 2001 a 2011, pero con tiempo suficiente para dejar grabados seis discos.

En Aproximaciones, que vio la luz en 2007, encontramos en la fotografía de la portada que realizó Rubén Martín a los dos miembros sentados en lo que parece ser la parada de una estación de metro por las tonalidades oscuras, en las que predominan el amarillo, el verde y el rojo, de modo que este último tono es utilizado para el nombre del grupo como si sus letras fueran barras fluorescentes.

AURELIANO SÁINZ

18 de octubre de 2020

  • 18.10.20
Puesto que todos sabemos qué quiere decir esperanza, aunque hablaremos sobre este concepto en un tiempo en el que la incertidumbre, el miedo y la angustia han hecho presencia y se ha expandido por todo el mundo, me parece oportuno comentar el cuadro del pintor francés Simon Vouet titulado El tiempo vencido por el amor, la belleza y la esperanza, que realizó en 1627 y que puede verse en el Museo del Prado.

En la escena contemplamos al titán Cronos, que personifica el inexorable paso del Tiempo que devora aquello que encuentra a su paso, portando su guadaña como símbolo de la muerte y el reloj de arena como amenazas que se cierne sobre todo ser humano, pues nadie puede parar el transcurrir de los días, ni eludir la muerte que, sin lugar a duda, tarde o temprano nos alcanzará.

Y si llegamos al convencimiento de que estamos gobernados por las inclementes fuerzas de la naturaleza que en ningún momento se detienen, entonces podemos caer en un estado de profundo pesimismo al no ser capaces de modificar la implacable flecha del tiempo. Es lo que acontece con ciertos pensadores, caso del rumano Emil Cioran, afincado en Francia, con lúcidas pero altamente desoladoras obras, tal como nos lo manifiesta el propio título de uno de sus libros: La caída en el tiempo.

Cito uno de sus aforismos: “La naturaleza se ha mostrado generosa solo con aquellos a quienes ha otorgado el privilegio de no pensar en la muerte. Los otros están a merced del más antiguo y corrosivo de los miedos sin que la naturaleza les haya ofrecido, o al menos sugerido, los medios para curarse de él”.

¿Hay, acaso, personas que no hayan pensado nunca en la muerte? Ya sabemos que los animales huyen de modo inmediato ante cualquier hecho que sientan como amenaza, pero al carecer de conciencia de sí mismos no saben que un día fallecerán. En el caso de los seres humanos, desde edades muy tempranas, sabemos que existe la muerte, aunque desde lo más hondo la rechacemos. Es el gran dilema de la existencia de la existencia humana.

Entonces, cabe preguntarse: ¿Qué soluciones podemos hallar para no caer en la tristeza, la apatía o la desolación cuando surgen situaciones como la que ahora nos encontramos y nos vemos rodeados por una amenazadora epidemia que no habíamos imaginado?

Estoy de acuerdo con Simon Vouet de que, al menos, hay tres sentimientos que pueden dar sentido a nuestra existencia: el amor, amar y sentirse amados; la belleza, es decir, disfrutar de todo lo hermoso que hay en la naturaleza y de lo mejor que ha creado la humanidad; y la esperanza, como sentimiento que mira hacia el futuro con la convicción de que pueden resolverse las adversidades que ahora se viven. 

Y es que la esperanza es un impulso innato que nos da fuerza para no sentirnos derrotados ante las adversidades. Así, en la situación en la que vivimos, centramos la esperanza en que a no tardar dispongamos de vacunas fiables con las que sea posible erradicar el virus al que ahora estamos expuestos. Sin el sentimiento de esperanza difícilmente soportaríamos este estado de pandemia al no saber el tiempo que podría durar.

Bien es cierto que el cuadro de Simon Vouet no hace referencia a una situación de enfermedad, sino al propio transcurrir del tiempo, donde Cronos es vencido el amor (representado por los tres amorcillos que contemplan al viejo), por la belleza (simbolizada por la figura femenina que porta una lanza) y por la esperanza (que coronada con flores lo amenaza con un garfio).

He de indicar que, dentro de la pintura clásica, son excepcionales los lienzos en los que se representan escenas expresando la idea de la esperanza. Suele suceder, en cambio, en la iconografía o imágenes de tipo religioso, en la que sí abundan; pero es una esperanza que se proyecta hacia otro espacio y hacia otro tiempo distintos a los terrenales. Sin embargo, el conocimiento que nos aporta la ciencia nos dice que vivimos en un pequeño planeta dentro de un universo que a nuestra escala es infinito y dentro de tiempo histórico, del que sabemos el pasado y desconocemos el futuro.

Para que veamos que el sentimiento de la esperanza está profundamente arraigado en los seres humanos, y puesto que las elecciones presidenciales de Estados Unidos están muy próximas, quisiera traer un ejemplo concreto: la campaña que alzó al primer puesto a un presidente negro, Barack Obama, y que se planificó con un eslogan muy sencillo, pero muy potente, como fue la palabra HOPE, es decir, esperanza.

Y es que hay momentos en los que se siente la necesidad de conocer un cambio profundo de la sociedad, por lo que ese deseo se anticipa al futuro a través de la esperanza.

Es lo que expresó magistralmente el diseñador gráfico Shepard Fairey, cuando interpretó pictóricamente el rostro de Barack Obama a través del cartel que realizó para la campaña de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2008 y en las que se enfrentaba al republicano John McCain.

Shepard Fairey acertó al elegir colores lisos para el rostro del candidato demócrata. En ellos se encuentran el azul (celeste y oscuro), el rojo, el negro y el blanco de fondo. Con el rojo, el azul y el blanco hacía referencia a los colores que porta la bandera de ese país. Por otro lado, la mirada de la figura iba dirigida hacia arriba, acompañándose de la palabra "hope", con la que se alude a la esperanza como motivo central de la campaña, en un momento en el que comenzaba una fuerte crisis económica que afectó a muchas familias.

Posteriormente, y de modo sorpresivo, en las elecciones de 2016 salió elegido Donald Trump, que competía con Hillary Clinton (aunque esta le superó globalmente por tres millones de votos). Y, aniquilando toda esperanza, podemos verlo otra vez como presidente al competir con Joe Biden, quien fuera vicepresidente de los Estados Unidos con Barack Obama.

No es que, en la cercana contienda a la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden nos despierte muchos entusiasmos a los foráneos, pero es que también las pequeñas esperanzas pueden ser derrotadas, no solo por Cronos, sino por la mentira, la brutalidad, el egoísmo y la estupidez. Y es que en la actualidad los peores males conviven con nosotros como si fueran lo más natural del mundo.

Para cerrar esta escueta referencia a la esperanza, quisiera aludir a un magnífico libro del psicólogo Erich Fromm titulado La revolución de la esperanza, del que extraigo el siguiente párrafo: “La esperanza es un elemento intrínseco de la estructura de la vida, de la dinámica del espíritu del hombre, al tiempo que decisivo para cualquier intento de efectuar cambios sociales que lleven a una vivacidad, consciencia y razón mayores. El tiempo y el futuro vienen a ser su categoría central”. 

Ciertamente, no podemos contemplar el futuro sin que nosotros proyectemos nuestros deseos de mejora, pues la existencia sería invivible si, tal como apuntó el filósofo Friedrich Nietzsche, la vida se convierte en un “eterno retorno” a lo mismo.

AURELIANO SÁINZ

11 de octubre de 2020

  • 11.10.20
Cuando nos acercábamos al nuevo milenio, es decir al año 2000 (aunque desde un punto de vista preciso habría que decir que el nuevo siglo comenzaba en el 2001), sentíamos que ante nosotros se habría un horizonte abierto y de esperanza, de modo que creíamos que muchos los grandes problemas que acuciaban a la humanidad empezaban a quedarse atrás y que los que nos esperaban eran de menor magnitud. Sin embargo, pronto se produciría un hecho que conmovería a la opinión pública mundial: el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, precisamente el 11 de septiembre de 2001.



Era la primera vez que Estados Unidos aparecía atacado en su propio territorio por medio de una acción terrorista inimaginable. El gigante se tambaleaba. La gente incrédula asistía en directo por medios televisivos al desplome de uno de los símbolos de la mayor potencia mundial. La inseguridad se extendía por todos lados, incluso en aquellos países que se consideraban invulnerables.

Pero aún quedaban por conocer otras noticias que nos harían sentir nuestra fragilidad en distintos órdenes como son el económico y el sanitario.

Así, la crisis económica que se inicia en 2008 con la caída bursátil de Lehman Brothers, por su apuesta por los bonos basura, se extiende como un reguero de pólvora por la mayor parte del planeta, conllevando paro y precariedad, que acaban convirtiéndose en males crónicos que sufren los sectores más débiles de la sociedad.

Entre ellos se encuentran las nuevas generaciones que se convierten en las víctimas propiciatorias y que se hacen conscientes de ello cuando comprueban que de ningún modo llegarán a alcanzar las condiciones económicas y laborales de sus padres. Ser joven ya no es una ganga. Ya no hay cantos ni alabanzas a la despreocupada y alegre juventud. No había más que ver con detenimiento cómo las campañas publicitarias abandonan a la juventud como sector al que dirigirse porque los jóvenes ya no tienen la capacidad de consumo de tiempos anteriores.

Se comenzaba a salir de los años más oscuros de esa crisis económica cuando he aquí que el 2020 nos reservaba una terrible noticia que todavía estamos asimilando: la aparición de una epidemia que no se conocía desde hacía más de un siglo, es decir, que habría que remontarse a 1918 para referirnos a la mal llamada ‘gripe española’, una pandemia que mató en solo un año entre 20 y 40 millones de personas, según los cálculos estimados.

Y he dicho "mal llamada" porque se le ‘endosó el muerto’ a nuestro país, cuando se sabe que se tuvieron noticias de esta gripe por primera vez en 1917, al detectarse en un campamento militar de Kansas (Estados Unidos) dentro de las tropas preparadas para desplazarse e intervenir en Europa durante la Primera Guerra Mundial.

Nos encontramos, pues, en un tiempo en el que nos vemos afectados no solo por problemas económicos y de tipo sanitario, sino también de tipo psicológico, porque en esta supuesta ‘nueva normalidad’ (expresión que ya se ha dejado de utilizar) han aparecido sentimientos profundos en la población como son los de fragilidad y de impotencia, tanto individual como colectiva.

Y es que nuestras vidas las vemos supeditadas a un virus que las ha cercado, lo que impide desarrollarlas tal como acontecía antes de que apareciera en nuestras existencias. Nos sentimos asediados por un organismo que solamente podemos verlo de modo directo, sino con un microscopio, por lo que en nuestras vidas cotidianas tenemos que protegernos, sin tener total seguridad de que no vamos a ser contagiados.

Este sentimiento de cerco o asedio ha dado lugar a que mentalmente me desplace a otros asedios de las poblaciones y que se han dado a lo largo de la historia.

Esta es la razón por la cual he elegido para la portada del artículo el lienzo del pintor Alejo Vera que representa el asedio y la caída de la ciudad celtíbera de Numancia a manos de las tropas romanas comandadas por Escipión Emiliano en el año 133 a.C. Cuadro de grandes dimensiones, como suelen ser todos los de carácter historicista, que pertenece al Museo del Prado, pero que está cedido al Museo Nacional Reina Sofía de Madrid, donde puede contemplarse actualmente.

La comparación del cerco sanitario en el que nos encontramos por la pandemia con el acontecido en el poblado de Numancia, evidentemente, es una metáfora o, mejor aún, una hipérbole, pues comparar la heroica gesta de un pueblo que sufrió un largo asedio, y que finalmente decide inmolarse antes de caer sometido a un poder extranjero, no deja de ser una clara exageración.



Son numerosos los casos de cerco o asedio de poblaciones cuyos desenlaces determinan el devenir de los pueblos. Históricamente, las poblaciones cercadas se preparaban para resistir deseando que las condiciones cambiaran y, habitualmente, a la espera de fuerzas externas que vinieran en su ayuda para impedir el asalto.

Puesto que los grandes hechos históricos también han sido plasmados pictóricamente por grandes artistas, quisiera citar el cerco de la fortaleza gala de Alesia en el año 52 a.C., y que el pintor francés Lionel Royer plasmó en el lienzo que lleva por título Vircingétorix arroja sus armas a los pies de César, y del que muestro su parte central.

Este hecho marcó el final de la Guerra de las Galias, y para desencanto de los seguidores de los cuentos de Astérix, lo cierto es que el talento militar de Julio César acabó con uno de sus enemigos más enconados: los galos, a pesar de que las fuerzas dirigidas por Vircingétorix eran muy superiores a las romanas.

Siglos después de los acontecimientos descritos, el vernos asediados y amenazados por un virus que ya conocemos como la pandemia de la covid-19 nos crea un sentimiento de indefensión y angustia que no conocíamos con anterioridad.

Es por lo que esperamos con impaciencia no que vengan unas fuerzas armadas para derrotar a un poderoso enemigo que ni siquiera vemos. No, en nuestra ayuda vendrá la vacuna o las vacunas que puedan romper el asedio al que estamos sometidos. Será entonces cuando de verdad podamos hablar de una posible nueva normalidad, es decir, cuando sintamos que las medidas que actualmente llevamos sean un tema del pasado y queden confinadas para los comentarios de familia o entre los amigos.

AURELIANO SÁINZ

4 de octubre de 2020

  • 4.10.20
“Pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad” es una de las frases que el político italiano Antonio Gramci pronunció a comienzos del siglo pasado en uno de sus discursos. Esta máxima, que se ha hecho muy popular cuando se desea expresar que en medio de las adversidades hay que afrontar el futuro con entereza, en realidad pertenece originalmente al escritor francés Romain Rolland, premio Nobel de Literatura en 1915, cuando hizo la revisión de la novela El discurso de Abraham.



Posiblemente sea en la actualidad, cuando asediados por una pandemia, ambos sentimientos se conjugan con mayor intensidad, puesto que el futuro se nos ha achicado, de modo que miramos hacia adelante día a día, sin tener muy claro qué acontecerá en la semana o en el mes siguiente.

Resulta un tanto curioso pensar en el optimismo y en el pesimismo como si fueran dos valores antagónicos, que nacen de fuentes emocionales separadas y que se encuentran ligados al carácter innato de las personas; sin embargo, como veremos, no están tan alejados el uno del otro.

Y es que si nos detenemos a pensar, comprobamos que la acumulación de adversidades vividas o que las intuimos nos lleva a sentirnos cargados de tristeza y de incertidumbre, sentimientos que son el fundamento de una visión pesimista; a pesar de ello, la fuerza de voluntad que podemos extraer de nuestra experiencia y del propio carácter no ayuda a superar esos sentimientos negativos que nos embargan, con la esperanza de encontrar soluciones de cara al futuro.

Sobre la idea de optimismo, conviene apuntar que se lo solemos atribuir al carácter de ciertas personas, especialmente, a aquellas que crean un clima alegre alrededor suyo. Y es que el optimismo no solo está ligado a la imaginación de un futuro mejor, sino que también se relaciona con las cualidades o rasgos cercanos a la alegría, como son la risa, el buen humor, la espontaneidad, la vitalidad y, especialmente, la jovialidad.

Sobre esto último, viene bien la frase del escritor italiano Ippolito Nievo cuando afirmó que “La juventud es el paraíso de la vida y la alegría es la juventud eterna del espíritu”.

Hermosa frase en la que aparecen unidos el optimismo, la alegría y la felicidad (aunque el autor lo llama ‘el paraíso’). Y es que en el optimismo están ausentes o, al menos, contralados los miedos que nos atenazan, así como las frustraciones que guardamos como heridas que se han acumulado en nuestra memoria, y que inevitablemente conoceremos en el discurrir de la vida.

Si echamos una mirada hacia atrás para encontrar esta cualidad que he indicado, habría que remontarnos a la infancia, etapa que se vive con toda la carga de inocencia y felicidad posibles, puesto que son las madres y los padres quienes cuidan y protegen de las adversidades.



En este sentido, me ha parecido adecuado acudir al gran pintor impresionista Joaquín Sorolla para ilustrar este artículo, pues nadie mejor que él supo plasmar la alegría de vivir en esos años luminosos en el que las risas están a flor de piel.

¿Son, pues, los niños y niñas optimistas por naturaleza? Como respuesta diría que el optimismo no podemos atribuírselo, pues para ellos la vida es presente; es goce a partir de los juegos; es disfrute con la compañía sus amigos o amigas; es comunión con la naturaleza de la que gozan sin atender a los riesgos que puedan aparecer, y todo ello porque viven sin mirar hacia el futuro bajo la protección de sus mayores.

Como ejemplos visuales de lo indicado, nos sirven esos tres críos que pintó Sorolla, desnudos, tumbados en la arena húmeda de la playa, disfrutando del sol y del agua que les moja la piel, riéndose despreocupados de lo que se cuentan entre ellos. También la del pequeño que coloca su barquito para que flote sobre las aguas o esas dos niñas corriendo con sus pies descalzos a la orilla del mar, con sus vestidos blanco y rosa movidos por el viento que las acaricia… ¿Hacia dónde corren? Pues a cualquier parte, ya se trata de compartir la alegría del juego que no tiene ninguna regla, sino la que ellas se marquen entre las dos.

Pero las personas, irremediablemente, crecemos. Se entrará en la adolescencia. Se empezará a otear un horizonte de vida con algunas de sus múltiples complicaciones. Habrán aparecido los momentos de tristeza inesperados que nos revelan que la infancia empieza a alejarse definitivamente para penetrar en el mundo de los adultos, ese mundo que asombra e inquieta al mismo tiempo.



Llegará el momento en el que hay que afrontar el trabajo. Se conocerán los problemas que suscita el entrar en el mundo laboral y el tener que competir dentro de la sociedad.

Y como expresión de la dureza del trabajo, he incluido un cuarto lienzo de Sorolla titulado Aún dicen que el pescado es caro, en cuya escena aparece un pescador joven herido que es atendido por dos mayores. El pintor valenciano, en este caso, abandona los tonos luminosos que utilizaba para plasmar la vitalidad y la alegría de las playas levantinas, sumergiéndose en el cromatismo ocre que domina la escena. La tristeza se refleja no solo en los personajes sino también en el propio cromatismo que utiliza para los objetos.

He citado el trabajo como un elemento que implica la inmersión en el mundo adulto; pero no es solo el trabajo, también habrá que aprender de los numerosos retos que la vida va ofreciendo. La tristeza y el dolor, inevitablemente, surgirán, acercándonos al pesimismo, puesto que vendrán acompañados por otros hechos negativos como son el fracaso, la frustración, la adversidad, las pérdidas o los desengaños.

Optimismo y pesimismo: dos sentimientos profundos que nos irán marcando a lo largo de la existencia y, entre ambos, se encuentra la fuerza de voluntad de la que nos hablaba Gramci como medio para no sucumbir ante los desafíos que todos iremos encontrando en la travesía por este mundo. El mundo que ahora nos toca vivir. El mundo real con el que nos hemos tropezado hace unos meses, y en el que, de repente, la incertidumbre, el miedo y la angustia han hecho presencia de modo que ahora reinan en nuestras vidas cotidianas.

AURELIANO SÁINZ

27 de septiembre de 2020

  • 27.9.20
Ahora que la monarquía española se encuentra en una situación bastante complicada (por decirlo de manera algo suave) a causa de las ‘aventuras’, los negocios y de la marcha del país del rey emérito, y, aunque quien esto escribe es republicano, no está nada mal que echemos una mirada retrospectiva para que recordemos el momento de mayor esplendor de este país, excelentemente descrito por el hispanista británico John H. Elliott en su obra La España imperial.



Para ello tomo como motivo a tres grandes pintores que trabajaron para tres monarcas de la casa de los Austrias: Sofonisba Anguissola, Tiziano y Velázquez. Pero voy a centrarme de modo especial en la figura de Sofonisba Anguissola, pues el hecho de ser mujer dio lugar a que apenas se le reconociera el gran talento pictórico que tenía.

Por otro lado, recordemos que las tres grandes dinastías españolas fueron la castellana de los Trastámaras, la de los Austrias y la francesa de los Borbones, aunque esta última, tal como he apuntado, se encuentra ya en una situación bastante crítica.

Y, tal como he indicado, quisiera hacerlo a partir de una serie de cuadros de monarcas que fueron realizados por pintores de la corte, comenzando por un caso muy singular, puesto que fue una mujer, Sofonisba Anguissola, la que plasmó la imagen de uno de los retratos más conocidos de Felipe II.

Sofonisba nació en el año 1532, en la pequeña ciudad de Cremona, al norte de Italia. Tuvo como madre a Bianca Ponzone y como padre a Anibale Anguissola, ambos de ideas avanzadas para su época, puesto que fueron conscientes del enorme talento de sus dos hijas mayores, especialmente de Sofonisba, a las que apoyaron lo mismo que a sus hijos.

A finales de 1559, contando con veintisiete años, llega a Madrid como dama de compañía de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Las razones de la invitación hacia la pintora italiana provienen de que la joven reina consorte, con solo catorce años, estaba habituada al lujo de los palacios de Fontainebleau, por lo que el monarca piensa en Sofonisba Anguissola, una joven con gran formación y talento artístico como acompañante de la nueva reina.

Pasa entonces a ser retratista de la Casa Real, al lado de otros pintores de gran renombre. Ello la condujo a plasmar no solo la figura del monarca (que ilustra la portada de este artículo y que aparece completo unas líneas más abajo, a la izquierda) sino también la de su joven esposa, en lienzos que pueden contemplarse en el Museo del Prado.

Puesto que el talento femenino muchas veces ha quedado oculto o menospreciado a lo largo de la historia, dio lugar a que el retrato de Felipe II fuera atribuido a Alonso Sánchez Coello. No se podía entender que en el siglo XVI hubiera grandes pintoras de la corte y, menos todavía, con el talento que desplegó Sofonisba.

Pasarían, pues, siglos hasta que, en 1990, los minuciosos trabajos de los especialistas del Museo del Prado le devolvieran a la artista italiana la autoría de este espléndido retrato en el que nos muestra a un rey de rostro serio y mirada distante, muy acorde con la psicología del personaje.



Al ser pintora de la corte, era de esperar que realizara también el retrato de la reina Isabel de Valois, puesto que, como he indicado, formaba parte de sus damas de compañía. Tal como podemos apreciar en el cuadro, la joven reina aparece de pie sosteniendo en su mano derecha una pequeña medalla con el rostro del monarca. Este detalle suponía una manifestación simbólica del vínculo que le unía al poderoso rey de España.

Tras su estancia en la corte de Madrid, Sofonisba volvió a su país de origen, falleciendo en 1625, a los noventa y tres años. Solo había abandonado los lienzos a la edad de ochenta años, cuando sus problemas de la vista le habían dejado casi ciega.

Sofonisba Anguissola alcanzó a conocer a su compatriota Tiziano, puesto que, cuando llegó a Madrid para acompañar a la joven reina, este ya era uno de los pintores de mayor renombre de la corte. Así, de los pinceles de Tiziano salió un cuadro tan conocido como es el del padre de Felipe II, es decir, Carlos V montando a caballo. Con esta imagen se pretendía conmemorar su triunfo en la Batalla de Mühlberg, en el año 1547, contra los príncipes protestantes de la Liga de Smalkalda.



Este lienzo, que también se encuentra en el Museo del Prado, está considerado como una obra maestra desde el punto de vista artístico. En el cuadro, de grandes dimensiones, Carlos V (Carlos I de España) aparece solo, sin un ejército detrás, como una especie de césar cristiano, montado sobre un caballo de raza española, empuñando una lanza de grandes dimensiones, vestido con coraza y tocado con casco. Su figura, seria y erguida, mirando hacia el frente, se destaca sobre un paisaje al atardecer, lo que le da a la composición un ambiente de silencio y de serenidad que enaltece a su protagonista.

Siete años después del fallecimiento de Sofonisba Anguissola, el heredero de Felipe II, es decir, Felipe III, se hizo retratar de modo similar a como lo hizo su abuelo: montando a caballo, en un paisaje sin árboles y con el jinete mirando de medio perfil hacia el espectador. Unos cambios bastantes significativos con respecto a la obra precedente.

Sería el mayor pintor que ha conocido este país (con permiso de Francisco de Goya y de Pablo Picasso) quien por entonces protagonizaba los grandes encargos de la corte. En este caso, Diego Velázquez muestra a un monarca alejado de las batallas y de las responsabilidades del reino para delegarlas, inicialmente, en el duque de Lerma. No es, pues, la exaltación del jefe de un ejército, sino un cuadro de enaltecimiento de la figura de un rey que tiene sobre sí el mando de un amplio imperio, pero que prefiere alejarse de las dificultades que entraña el ejercicio del poder.

Antes de cerrar, quisiera apuntar que Tiziano y Velázquez tienen un puesto eminente en el mundo de las artes como dos grandes pintores de los siglos XVI y XVII, respectivamente; sin embargo, Sofonisba Anguissola solo ha sido recordada por algunos especialistas que reconocieron su enorme sutileza pictórica, pero que al ser mujer no se la tuvo apenas en cuenta hasta muy recientemente. Este ha sido el destino de grandes creadoras, que vieron como sus talentos quedaban ocultos por su condición femenina.

Por otro lado, los tres reyes de la casa de los Austrias citados –Carlos I, Felipe II y Felipe III– establecen una línea entre ellos que representa el momento en el que los dominios imperiales de España se encontraban en su apogeo, tiempos que ahora se nos antoja como un lejano recuerdo de un país que llegó a ser la mayor potencia conocida. Pero es que a los imperios también les llega un día su final, incluso al que actualmente lidera un personaje desnortado como es Donald Trump.

AURELIANO SÁINZ

20 de septiembre de 2020

  • 20.9.20
Una de las ideas que hemos sacado de la pandemia que sufrimos es que vivimos en un mundo globalizado y del que no nos podemos aislar por mucho que queramos pensar exclusivamente en las cosas cercanas que nos rodean. Somos claramente conscientes de que lo que aconteció en un país lejano, en este caso China, acabó extendiéndose por todo el planeta, pues a la naturaleza no se le pueden poner ni barreras ni fronteras.



Son los propios medios de comunicación los que han ayudado a ampliar la capacidad de conectarnos con los más remotos lugares, por lo que han acortado tanto las distancias que la idea romántica de encontrar una naturaleza o un territorio que no haya sido colonizado, o al menos conocido, por el hombre se hace ya casi imposible.

Pero esta apertura a la globalización o mundialización está teñida de complejidad y de dificultades, dado que nos asomamos a un mundo con muchas culturas y muchas lenguas distintas y que se nos presentan como un desafío ante las dificultades de establecer una red bien articulada de intereses compartidos que nos hagan afrontar de manera coordinada los retos a los que nos enfrentamos.

A mi modo de entender, esta visión de la multiplicidad en la que nos movemos los seres humanos se expresó magníficamente en el siglo XVI cuando diferentes pintores plasmaron en sus lienzos la mítica Torre de Babel, que se cita en el Antiguo Testamento.

Bien es cierto que en 1492, es decir, a finales del siglo XV, el descubrimiento para los europeos de las nuevas tierras que se encontraban en las islas y en el continente que acabó llamándose América conllevó la idea de que existían otras gentes, otras lenguas, otras culturas y tradiciones muy distintas a las ya conocidas en el viejo continente.

Esta diversidad humana fue el origen de algunas interrogantes: ¿Por qué hay tantas lenguas y tan distintas? ¿Cómo se han formado? ¿Por qué los seres humanos no hablamos el mismo idioma?

Estas eran preguntas que ya los antiguos judíos se habían formulado, de modo que la respuesta la encontraron en la religión, como solía hacerse para aquellas cosas que no comprendían. Así pues, la explicación dada es que existían tantas lenguas como resultado de un castigo de Dios, puesto que fue desafiado por la arrogancia de los hombres cuando quisieron construir una enorme torre que llegara hasta el cielo, de modo que sobrevivirían si la ira divina les condenaba a sufrir otro diluvio universal.



Esta interpretación fue magistralmente recogida pictóricamente por Pieter Brueghel en las dos versiones que realizó en 1563. La primera torre, que se encuentra en el Museo de la Historia del Arte de Viena, y que el artista de Flandes imagina, se apoya, por un lado, en la arquitectura romana, ya que evoca a la forma circular del Coliseo de Roma, con los numerosos arcos que circundaban a este edificio, por otro, dada su forma ascendente, recuerda a los zigurats de la época babilónica.

La segunda versión de Brueghel se conserva en el Museo Boymans van Beuningen de Rotterdam. Recibe el título de La pequeña Torre de Babel al ser una réplica del primer lienzo. De nuevo, nos encontramos ante un cuadro verdaderamente impresionante, ejecutado con maestría y un alto nivel de detallismo.



Han transcurrido varios siglos desde que grandes pintores como Brueghel plasmaran en sus lienzos la explicación cargada de mitología a la existencia de la multiplicidad de lenguas y culturas. En la actualidad, por las investigaciones de antropólogos y lingüistas, sabemos las razones de la formación de idiomas que hablan los seres humanos.

La Torre de Babel ya es un lejano recuerdo. A pesar de ello, a comienzos del XXI se ha construido una nueva Torre de Babel. Me refiero al edificio que alberga la sede oficial del Parlamento Europeo en la ciudad francesa de Estrasburgo, y que, para que no haya confusión, debemos recordar que existen otras dos sedes: una de ellas en Bruselas y la otra en Luxemburgo.

En esta nueva Torre de Babel se hablan los idiomas correspondientes a los 27 países que ahora componen la Unión Europea (una vez que el Reino Unido ha dejado de ser miembro). Este amplio número de lenguas da lugar a que los miembros del Parlamento Europeo tengan que acudir al sistema de traducción simultánea para hacerse entender entre unos y otros.

El edificio fue proyectado por el estudio francés Architecture Studio, tras ganarlo en concurso internacional. A mi modo de ver, quienes lo diseñaron pensaron en la imagen que ofrecía la Torre de Babel pintada por Pieter Brueghel, dado que partieron de un volumen también de tipo circular, con reminiscencias en la parte superior a la forma inacabada que creara el pintor de Flandes.

Conviene saber que este edificio lleva el nombre de una profesora: Louise Weiss. Mujer valiente y defensora del sufragio femenino, la misma que durante la ocupación nazi participó activamente en la Resistencia, siendo la redactora de la revista clandestina Nouvelle République. ¡Un acierto dedicárselo a esta gran mujer!

Por otro lado, aparte de los aspectos formales, el hecho de que el edificio acoja a tantos representantes de países con un amplio abanico de lenguas, mentalmente nos conduce a aquellas torres que imaginó Brueghel. Así, dentro de esta Torre de Babel europea, hablan, discuten, se enfrentan y, en ocasiones, llegan a importantes acuerdos como el que se produjo sobre el denominado ‘fondo europeo de recuperación’.

En nuestro país, se ha recibido casi como el maná que viene del cielo. Por nuestra parte le damos la bienvenida. Sin embargo, habrá que ver si las condiciones impuestas no se convierten en auténticos controles para el desarrollo político y económico, dado que, como bien se apunta, cada proyecto presentado será supervisado por los denominados ‘países frugales’ de tradición religiosa luterana o calvinista.

Multiplicidad de lenguas, culturas, religiones o tradiciones de los que vivimos bajo la sombra de la nueva Torre de Babel. Esperemos que en esta ocasión el entendimiento sobre el fondo europeo de recuperación sea real y que ayude a los países, caso de España, que han sufrido duramente la pandemia a recuperarse económica y socialmente del impacto que el covid-19 está produciendo en todo el mundo.

AURELIANO SÁINZ

13 de septiembre de 2020

  • 13.9.20
El 3 de noviembre de este 2020 se celebrarán las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Como bien sabemos, competirán Joe Biden, por el partido Demócrata, y Donald Trump, por el partido Republicano. Todo el mundo estará expectante de los resultados, teniendo en cuenta que este proceso electoral es de tipo indirecto, en el sentido de que los ciudadanos depositan sus votos por una lista de delegados de los partidos políticos para la Cámara de Representantes, que serán quienes posteriormente apoyen al nominado para presidente de su propio partido.



Para quienes vivimos fuera de este país, la cuestión no tendría excesiva relevancia si no fuera porque Estados Unidos es la primera potencia mundial y como tal condiciona de alguna manera al resto de los países del mundo.

Del primero de los dos aspirantes, por ahora, sabemos bien poco (ya nos irán dando información para que nos hagamos una idea de quién es); sin embargo, del segundo conocemos lo suficiente para entender que es un personaje bastante peligroso, no solo por su ideología racista, xenófoba y machista, sino porque, tal como han apuntado antiguos colaboradores suyos y diferentes psiquiatras, nos encontramos ante un auténtico ególatra, es decir, alguien que sufre un trastorno de la personalidad de tipo narcisista.

Esto conviene tenerlo muy en cuenta, porque puede ser elegido de nuevo Donald Trump, con lo que conlleva de fuerte inestabilidad social no solo en el propio país, sino en el ámbito de las relaciones internacionales, ya de por sí bastante conflictivas.

A tenor de lo indicado, creo que sería interesante echar una mirada sobre el fenómeno de la egolatría o del narcisismo acentuado, ya que forma parte de la personalidad de muchos de los políticos más nefastos y crueles que la historia de la humanidad ha conocido.

Brevemente, apuntaré que el término narcisismo proviene de Narciso, joven de la mitología griega al que se le consideraba de una extraordinaria belleza. Dado enorme su engreimiento, rechazaba los favores de la ninfa Eco que se había quedado prendada de él.

Conocido el caso por Némesis, diosa de la venganza, lo castigó haciéndole que se enamorara de su propia imagen cada vez que fuera a verla reflejada en una fuente. Durante una de esas absortas contemplaciones, acabó cayendo a las aguas y ahogándose en ellas. Siguiendo la imaginativa mitología griega, en ese lugar creció una hermosa flor que lleva su propio nombre: el narciso.



El mito de Narciso, como muchos otros de la Antigüedad, atravesó los siglos, de modo que no solamente se hablaba o escribía acerca de él, sino que también fue plasmado en imágenes por distintos pintores del Renacimiento. En este caso del cuadro que nos muestra a Narciso mirándose en las aguas perteneciente al artista italiano Caravaggio, el iniciador del tenebrismo dentro de la pintura.

Una vez que conocemos el origen y el significado del término, podemos preguntarnos: “¿Cuáles son los rasgos que definen a los ególatras o los individuos con una personalidad de tipo narcisista? ¿Es una peculiaridad de los políticos o todos podemos estar afectados por esta característica? ¿Puede llegar a convertirse en un trastorno de tipo patológico?”

Los psicólogos apuntan que como naturaleza del carácter humano cualquier persona presenta ciertos rasgos narcisistas y que puede convertirse en una patología en casos de acentuación del narcisismo. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, ya habló de ella en 1914 en su ensayo Introducción al narcisismo, en el que explicaba que partiendo de una característica de todo individuo puede llegar a formar del carácter.

Esto es más frecuente en aquellos que tienen y ejercen poder sobre otros, sea por el rango adquirido o heredado, por el lugar ocupado en el organigrama del trabajo o en los cargos políticos, en el seno de la propia familia, etc.

A la pregunta acerca de los rasgos más destacados del narcisista habría que destacar los siguientes:

a) Claras manifestaciones de prepotencia, acompañadas de la necesidad de ser constantemente admirado.
b) Creencia en su superioridad y exigencia de que los demás se la reconozcan.
c) Preocupación por el éxito y la ambición de poder.
d) Desprecio, más o menos disimulado, hacia los que considera inferiores.
e) Ataques en forma de difamaciones o calumnias hacia aquellos que no se doblegan a sus ideas o intereses.
e) Envidia por quienes destacan a partir de sus propios valores.
f) Falta total de empatía con las otras personas.
g) Deseo de protagonismo en las conversaciones e intervenciones, etc.

Por otro lado, puesto que nos encontramos en un mundo en el que la imagen ha adquirido una importancia desconocida en tiempos pretéritos, a los rasgos psicológicos anteriores habría que añadir el empleo de un lenguaje no verbal a base de gestos, muecas, movimientos, ademanes, etc., con los que el ególatra desea presentarse seguro, firme y dominador, con el fin de dejar bien claro quién es el líder, quién tiene el poder.

En el caso del que hablamos, Donald Trump es un verdadero artista que encandila a sus embobados seguidores, que le admiran no solo por sus bravuconadas, sus soflamas, sus mentiras y agresiones verbales, sino también por sus puestas en escena en las que no le importa señalar con el dedo a periodistas que les resultan incómodos, como si fuera el dedo índice de un dios todopoderoso que apunta a quienes han transgredido sus leyes y que serán duramente castigados por la osadía que han tenido al haberle incomodado.



Este gesto tan habitual en Trump es inconcebible en los países europeos, ya que nos resultaría inaudito ver su uso por un líder político cualquiera, no solo porque lo consideramos una falta de educación, sino porque creemos que a nadie se le debe apuntar con el dedo acusador. Y mira que ha habido déspotas y dictadores en el viejo continente; pero es que este gesto fuera de Estados Unidos no se acepta.

Sin embargo, en el imaginario colectivo americano está muy presente la figura del cartel que en 1917 creó el diseñador James Montgomery Flagg con el fin de promover el alistamiento de los jóvenes estadounidenses en las fuerzas armadas que vendrían a participar en la Primera Guerra Mundial en Europa.

En el cartel aparecía el Tío Sam (o Uncle Sam, personaje que supone la personificación de los valores patrióticos de los Estados Unidos de América) señalando directamente al espectador con el mensaje ‘I want you for U.S. Army’, es decir, ‘Te necesito para las Fuerzas Armadas de Estados Unidos’. Debido a su enorme éxito, el cartel se volvió a imprimir con la misma finalidad para el reclutamiento de jóvenes durante la Segunda Guerra Mundial, llegando a convertirse en un icono del patriotismo estadounidense.

No es de extrañar, pues, que un auténtico paradigma de narcisismo patológico como es Donald Trump repita con frecuencia este gesto con la intención de conectar con la ‘América profunda’, es decir, con los sectores más reaccionarios y racistas del país, entre los que se encuentran los amantes de poseer y utilizar las armas de fuego, aquellos que no dudan en esgrimirlas contra la población negra, ya que para ellos los negros no dejan de ser esa escoria nacida de los antiguos esclavos que estaban al servicio de los blancos.

AURELIANO SÁINZ

6 de septiembre de 2020

  • 6.9.20
Una de las grandes transformaciones, lenta pero de manera inexorable, que se está dando dentro de la sociedad es aquella que se origina en el seno de las familias, es decir, en los grupos básicos de la colectividad humana. Esto lo podemos entender si echamos una mirada hacia atrás y comparamos las formas familiares de generaciones precedentes con las que actualmente existen: comprobaremos que los cambios han sido enormes; aunque conviene reconocer que no todos se han producido en sentido positivo.



Uno de los aspectos que ha cambiado sustancialmente es la idea del padre como autoridad inapelable que en décadas pasadas existía. La denominada figura del páter familias (término de origen latino como símbolo de la ley y del orden), prácticamente, ha desaparecido en las culturas de Occidente.

Quedan lejos aquellos años en los que, por ejemplo, escuchar al maestro la frase “Esto se lo diré a tu padre” suponía ponerse a temblar, pues el castigo que se infligía en el aula se duplicaba cuando la falta cometida, real o sobredimensionada por el propio maestro, llegaba a oídos paternos.

Bien es cierto que, por otro lado, la figura del docente ha quedado también muy debilitada en estos tiempos en los que las atenciones a los hijos han caminado por el lado de concederles todos sus deseos, convirtiendo al profesorado en un cuerpo a vigilar para que tenga mucho cuidado de no sobrepasarse, pues ahora parece que niños y adolescentes se encuentran rodeados de tantos peligros que, incluso, quienes tienen encomendadas las funciones educativas que complementan a las familiares no son de fiar del todo.

Sobre este tema tan relevante, quisiera señalar que el psicoanalista italiano Massimo Recalcanti ha escrito diversos libros, entre ellos el que lleva por título El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor, y que me gustaría comentar por el significado que tiene, tanto en el título como en la explicación del declive de la figura paterna.

Para que podamos entender a qué se refiere cuando habla del ‘complejo de Telémaco’ y del ‘ocaso del progenitor’ nos tenemos que remitir a la obra clásica griega La Odisea que escribió Homero, pues en ella se habla del padre, Odiseo o Ulises, y su hijo, Telémaco.

En mi caso, debo apuntar no la he leído directamente la obra de Homero; sin embargo, sí que lo he hecho a través de un libro autobiográfico del profesor estadounidense Daniel Mendelsohn titulado Una Odisea. Magnífico libro en el que describe las clases que mantenía con el grupo de sus alumnos que estudiaban lenguas clásicas y en las que va desmenuzando, paso a paso, esta genial obra, por lo que acabas de conocerla bastante bien.

A modo de síntesis, indicaré que en este libro de Homero se nos narra el viaje que realiza Odiseo (o Ulises en la versión romana), el rey de Ítaca, una de las islas jónicas que se encuentra actualmente en el oeste de Grecia. Esposo de Penélope y padre de Telémaco marcha a Troya para participar en la guerra, de modo que tarda veinte años en regresar, pues diez de ellos los pasó luchando en la guerra troyana y otros diez intentando regresar a Ítaca, puesto que a la vuelta se tropieza con múltiples obstáculos que van apareciendo a lo largo del relato.

Entre los problemas que tiene que afrontar se encuentran los cantos de las sirenas que quieren seducirlo. Esta es la razón por la que ordena a los remeros del navío con el que regresa que lo aten al mástil para no dejarse cautivar por las bellas voces de estos seres míticos que por entonces poblaban los mares. (Es lo que refleja la imagen del cuadro que muestro en portada del pintor inglés Herbert James Draper, nacido en Londres en 1863.)

Dada su tardanza en regresar, y ante el caos que reina en el palacio de Ítaca por la ausencia del padre, Telémaco decide ir en su busca para que ponga orden, ya que él se siente impotente para asumir esta tarea. Puesto que apenas ha contado en su formación con la figura paterna, carece de la suficiente fortaleza moral para frenar a todos aquellos que desean seducir a su madre, Penélope, que se entretiene tejiendo de día y destejiendo de noche para cubrir el vacío de un esposo que no acaba de regresar.

En la búsqueda de ese padre ausente, Telémaco también se tiene que enfrentar a las bellas ninfas de la isla de Calypso que desean que se quede con ellas, buscando el modo de cautivarlo con sus encantos. (Puesto que el arte, como vemos, suele recoger los relatos míticos, muestro a continuación un fragmento del lienzo que realizó la pintora suiza Angelica Kauffmann en el que vemos al joven Telémaco rodeado de tres hermosas ninfas que buscan encandilarlo.)



Una vez que ya entendemos el significado del ‘complejo de Telémaco’ que emplea Massimo Recalcanti, acudo a un párrafo de este autor que nos dice lo siguiente: “La autoridad simbólica del padre ha perdido peso, se ha eclipsado, ha llegado irremediablemente a su ocaso (por lo que) cada vez es más raro que nuestros hijos puedan hallar en los adultos encarnaciones creíbles de lo que significa ser responsable”.

Esto puede dar a un equívoco, pues Recalcanti no reivindica aquella figura autoritaria que tiempo atrás conocimos. “Personalmente, no siento la menor nostalgia por el ‘páter familias’. Su tiempo está irremisiblemente acabado”, asegura en las distintas obras que ha escrito sobre esta temática.

Cuando el autor italiano habla de autoridad se refiere a una autoridad razonable, la que se ejerce de manera no impositiva, con diálogo y sin caer en eso tan fácil como es “esto se hace porque lo digo yo”, expresión tan recurrente en generaciones precedentes.

Su crítica va en el sentido de que algunos padres, en la actualidad, han renunciado a algo tan esencial en la formación de los hijos como es el uso del principio de autoridad, decantándose por algo tan equivocado como puede ser la figura del padre-colega que quiere estar a la misma altura que el hijo.

Quisiera cerrar este escrito indicando que la idea del padre-colega, bastante extendida en la actualidad, conlleva a que con el tiempo el hijo se sienta perdido en un mundo en el que constantemente hay que tomar decisiones, por lo que necesita encontrar apoyo en otras figuras que difícilmente pueden suplir a la paterna, puesto que la seguridad y la confianza en sí mismo se van adquiriendo, paso a paso, a medida que se crece y con la ayuda de los progenitores.

AURELIANO SÁINZ

30 de agosto de 2020

  • 30.8.20
Estaba por titular esta columna como Turismo rupestre, pero pronto imaginé que tendría que dedicar un largo espacio del texto para hacer ver que no se trataba de irse a una cabaña aislada sin electricidad y, por supuesto, sin conexión wifi. Cuando inicialmente lo pensé, quería hacer con ello una referencia a las pinturas prehistóricas que se encuentran en los entornos del lugar en el que pasaría cinco días. Lo reconsideré, intentando reflejar otra de sus cualidades como es la sensación de tranquilidad y silencio que se palpa nada más llegar… Pero comencemos por el principio.



Cuando se acerca el verano, todos pensamos qué vamos a hacer durante el tiempo que disponemos de vacaciones. Ya sabemos que este año la situación ha cambiado radicalmente. Los planes se han trastocado. Tenemos que considerar la situación anómala en la que nos desenvolvemos, por lo que salir allende las fronteras se convierte en un potencial conflicto. Hemos tendido, pues, a buscar la solución dentro del país. Es lo más razonable si se quería salir de casa y tomar unos días con carácter lúdico o de descanso.

Sucede, por otro lado, que en esta ocasión el fuerte calor veraniego no nos ha dado tregua hasta mediados de agosto. Y en lugares como Córdoba la solana se convierte en un verdadero problema, pues las temperaturas alcanzan cotas difíciles de soportar.

Vista la situación, Flora y yo esperábamos que bajaran para salir unos días a algún hotel ‘lejos del mundanal ruido’, es decir, que a ser posible se encontrara ubicado en un entorno natural. Estuve mirando en distintos medios y, casualmente, en un diario digital vi un artículo que hablaba de diez sitios privilegiados del país para contemplar la Vía Láctea. Curiosamente, uno de ellos se encontraba en la Sierra Madrona, cerca del pequeño pueblo de Fuencaliente, en la provincia de Ciudad Real.

Tengo que apuntar que siempre me ha gustado mirar al cielo. Contemplarlo despacio nos conmueve profundamente al sentir la infinitud del universo en el que se encuentra nuestro pequeño planeta. Y, claro, observar un firmamento inmensamente estrellado se convierte en un gozo y en una intensa emoción que siempre ha acompañado al ser humano desde sus orígenes.

Localicé, pues, un pequeño hotel que tenía el mismo nombre que la sierra en la que se encuentra ubicado. Una vez que nos decidimos, reservamos para cinco días, puesto que nuestra intención era la de tener una pequeña estancia en un lugar algo apartado y conectado con la naturaleza.

Salimos el domingo temprano tomando la autovía para Madrid; al llegar a Montoro, giré hacia la izquierda en dirección a Cardeña. Era la primera vez que cogía esta carretera que conducía al lugar en el que se encuentra el hotel Sierra Madrona.



Cuando llegamos, tuvimos la grata sorpresa de que era más amplio de lo que imaginábamos. Especialmente nos llamó la atención que estuviera rodeado completamente de arbolado y que la fachada apenas se distinguiera porque a su alrededor aparecían enormes bambúes que cubrían no solo la parte frontal, sino también los laterales. Y todo ello con el rumor del agua que caía para que las numerosas plantas estuvieran regadas.

Pronto entendí que era un negocio familiar, ya que su dueño, Antonio, una persona de gran afabilidad y con un alto sentido del humor, nos contó que inició la aventura de embarcarse en este trabajo de hostelería en el año 1992, cambiando el rumbo de sus anteriores actividades.

El hecho de que ambos tengamos una edad algo similar daría lugar a que pudiéramos charlar con amplitud de temas muy diversos, mientras que él iba atendiendo a su trabajo.

“Antonio, ¿sabes que es muy difícil hacerse la idea de la imagen del hotel? La razón es que al estar rodeado de tantos árboles, plantas y flores, acaba alejándose de las formas convencionales de los edificios o las casas en las que las fachadas se muestran con cierta claridad para ser reconocidos”, le explico, al tiempo que le hacía ver las semejanzas que presentaba con la arquitectura ecológica que ahora se desarrolla en distintas partes del mundo. Él, en cierto modo, asintió, aunque imagino que era la primera vez que le hacían esta observación.



Una vez que nos asentamos, pronto Flora y yo comenzamos a realizar caminatas por los entornos, iniciándolas por la zona denominada Peña Escrita, una sierra rocosa en la que se encuentran varios vestigios de pinturas rupestres de tipo esquemático.

El acceso a las primeras pinturas no era excesivamente complicado puesto que había tramos de calzada de piedras que encauzaban el ascenso. Sin embargo, ya cerca del final, le indiqué a Flora que permaneciera en el lugar al que habíamos llegado en ese momento, puesto que el resto era bastante complicado para ella.

Cuando alcancé lo más alto, comprobé que las pinturas estaban protegidas por un enrejado que se había colocado para resguardarlas del vandalismo de algunos que no distinguen entre un tesoro prehistórico de una vieja pared en la que pueden hacer pintadas.



El hotel, con una cocina magnífica, contaba con una piscina en uno de los diversos espacios que tenía su alrededor; sin embargo, nuestro objetivo en esta ocasión era el de realizar recorridos por los bosques de pinos y de alcornoques de las sierras. Sentíamos un verdadero placer marchar en medio del silencio absoluto de la naturaleza, escuchando únicamente los sonidos del viento al chocar con las ramas de los árboles.

Pero nos quedaba por contemplar el cielo completamente estrellado. Este era uno de los objetivos que nos habíamos marcados. Así, en una de las tardes, cuando empezaba a anochecer subimos a la altura de la explanada de Peña Escrita. Nos sentamos en unos asientos de madera para ir contemplando las paulatinas apariciones de las luces estelares, al tiempo que el cielo se iba oscureciendo.

Nos mantuvimos un par de horas, hasta que el firmamento se cubrió de esas luces que nos llegan emitidas hace millones de años de las estrellas. Asombro, emoción, sentimiento de pequeñez ante infinitud del cosmos. Sin lugar a duda, contemplar un fragmento de la Vía Láctea es uno de los más bellos espectáculos que podemos recibir de la naturaleza.

Fueron solo cinco días. Los hemos vivido con gran intensidad. Ha sido un auténtico descubrimiento conocer este hotel, así como a su dueño. El regreso a Córdoba estuvo marcado por la convicción de que no será la única vez. Pero antes de montarnos en el coche, le digo a Antonio que debemos hacernos una fotografía delante de la puerta, ya que pretendo hacer un artículo que explique un poco nuestra breve estancia.

Con la pulcritud que ha caracterizado todo el tiempo de nuestra permanencia, acordamos quitarnos en ese momento las mascarillas y situarnos algo separados. De esta forma, en la instantánea que utilizo como portada queda registrado algo de estos magníficos días. Como despedida, y mientras pongo rumbo a Córdoba, solo nos queda por decir: ¡Volveremos!

AURELIANO SÁINZ

23 de agosto de 2020

  • 23.8.20
"Conspiranoico" es una palabra que escuchamos u oímos en la actualidad y la asociamos a personas que están obsesionadas con las conspiraciones o los complots que explicarían aquello que desconocemos porque deliberadamente se ocultan a las gentes para finalmente dominarlas o controlarlas. Es pues, una contracción de dos vocablos –"conspiración" y "paranoico"– que ha tenido un cierto éxito popular, aunque todavía este término no lo recoge el diccionario de la RAE.



¿Cuándo o dónde podemos considerar que comienza la obsesión colectiva por las conspiraciones? Me imagino que esta pregunta tendría distintas respuestas, según quien la exprese o la escuche. Por mi parte, para no alejarnos excesivamente del tiempo en el que nos encontramos, citaría como punto de partida la caza de brujas que llevó a cabo el senador republicano estadounidense Joseph McCarthy en la década comprendida entre 1947 y 1957.

Diez años, pues, de persecución contra aquellas personas inicialmente ligadas al Gobierno de los Estados Unidos y a sospechosos de ser miembros o simpatizantes del Partido Comunista de este país a los que se consideraban infiltrados en la Administración o en el Ejército. Pero esta caza de brujas, posteriormente, se extiende a todos aquellos que en la mente de McCarthy supuestamente defendían actividades antiamericanas, es decir, a los izquierdistas o simplemente con ideas liberales y progresistas que no las ocultaban.

Son los años en los que comenzó la denominada Guerra Fría entre este país y la otra gran potencia mundial como era la Unión Soviética. De este modo, apoyado en el Comité de Actividades Antiamericanas, acusó a cientos de personas, algunas de las cuales sufrieron verdaderas tragedias personales por las represiones sufridas y la marginación social que se les hacía tanto en el trabajo que se les negaba o del que se les despedía, como en el entorno familiar o de las amistades.

Auténtica psicosis que, de algún modo, se extiende hasta nuestros días, pues, leyendo a la historiadora estadounidense de raza negra y de izquierdas Donna Murch comprobamos, sorprendidos, que para estudiar un posgrado en la Universidad de California en Berkeley tuvo que firmar ‘el juramento de lealtad’ en el que manifestaba que nunca había militado en el Partido Comunista. Y esto en el año 2000 en una universidad pública sobre un partido que está legalizado y tiene su sede central en un edificio del popular barrio de Manhattan de Nueva York.

Para quien quiera comprender el tema de la caza de brujas, también denominado macarthismo, creo que puede servirle la excelente película Buenas noches, y buena suerte, dirigida por George Clooney en el año 2005. En ella se describe minuciosamente la persecución sufrida por el presentador de la CBS Edward R. Murrow por parte del senador Joseph McCarthy. Este último personaje es un claro ejemplo de lo que hoy entendemos como conspiranoico activo.



Sin alejarnos del país que tratamos, damos un gran salto adelante para situarnos en el presente, pues su actual presidente, Donald Trump, aparte de mentiroso compulsivo, es otro de los grandes conspiranoicos del panorama mundial.

No voy a hacer ningún repaso de su alucinante trayectoria, dado que es imposible en unas breves líneas. No obstante, sabemos que China es la nación (aparte de otras como México) a la que le atribuye todas las maldades. No es de extrañar que no tuviera ningún problema, y sin ninguna prueba, en decir que el covid-19 era un virus fabricado en los laboratorios de este país.

Y como sus paranoias no terminan, ahora le ha tocado a TikTok, la aplicación china que permite la creación de breves vídeos musicales que entusiasma a los adolescentes y jóvenes estadounidenses, por lo que ha previsto prohibirla en Estados Unidos.

Pero los conspiranoicos no son solo quienes ejercen altos cargos, sino que también el fanatismo paranoico afecta a gente corriente obsesionada por hechos a los que no encuentran alguna razón que les satisfaga, por lo que les buscan explicaciones insólitas.

Estos individuos o grupos pueden ser más o menos peligrosos, dependiendo del tema que se trate. Uno que actualmente podríamos situar entre los muy dañinos es el movimiento antivacunas que se opone a los avances de la medicina, especialmente en uno de los logros más significativos que se ha alcanzado en el campo de la sanidad preventiva.

Ya sabemos la carrera contra reloj que se está llevando por laboratorios de diferentes países para atajar la pandemia del coronavirus que está causando verdaderos estragos en todo el mundo. Y a pesar de este enorme esfuerzo y de las grandes inversiones que se están llevado a cabo, al rechazo a la medicina se suele unir sus fanatismos religiosos o el argumento de que las distintas marcas farmacéuticas harán verdaderos negocios con las patentes de sus vacunas. Es, pues, una bomba difícil de desactivar de sus mentes.

Un ejemplo muy claro, del que ya hemos hablado, es el de José Luis Mendoza, presidente de la Fundación San Antonio, propietaria de la Universidad Católica de Murcia. Mezclando el Anticristo, que según él reaparece cada nueva generación, con Satanás, que resulta ser el promotor de la pandemia, suelta unas disparatadas declaraciones contra Bill Gates y George Soros porque financian investigaciones en el campo de las vacunas (quizás no conozca a Anthony Fauci, el científico que ahora se ha convertido en la bestia negra de Donald Trump, porque si no lo añadiría a los que siguen a Satanás).

Esto nos puede parecer la chifladura de un personaje que pertenece al grupo integrista de los kikos; sin embargo, conviene tomarse muy en serio el daño que hace el movimiento antivacunas porque logra que en distintos países haya gente que se oponga a las medidas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), como son el uso de la mascarilla, el mantenimiento de las distancias y la higiene habitual, especialmente con la limpieza de las manos, normas necesarias hasta que por fin se logre una vacuna verdaderamente efectiva.

He hablado de la caza de brujas, de Donald Trump, de José Luis Mendoza y del movimiento antivacunas; sin embargo, las tesis y los grupos de los conspiranoicos son muy amplios.

Así, desde aquellos que creen que lo que sucedió el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York contra las Torres Gemelas del World Trade Center fue producto de la CIA, que organizó el atentado como excusa para lanzar una guerra contra Oriente Medio; a los que están convencidos de que la llegada a la Luna se rodó en un estudio de cine; pasando por los que defienden que el Holocausto nazi nunca sucedió; a los que piensan que el mundo está controlado por una sociedad secreta denominada los Illuminati, lo cierto es que las ideas más disparatadas y peregrinas en la actualidad funcionan por la red con total libertad, consiguiendo difundirlas y logrando adeptos a las mismas.

No es de extrañar, pues, que en el caso de nuestro país con la situación tan alarmante en la que se encuentra, y a las puertas del inicio del nuevo curso escolar, con toda su carga problemática, haya descerebrados que se manifiesten en el centro de Madrid contra el uso obligatorio de las mascarillas, como si todas las informaciones científicas no les sirvieran de nada, puesto que sus mentes solo caben sus teorías conspiranoicas.

AURELIANO SÁINZ

16 de agosto de 2020

  • 16.8.20
Creo que la epidemia en la que nos encontramos ha venido no solo a crearnos numerosos problemas en nuestras vidas cotidianas sino a alterar algunas costumbres que se habían formado en estos tiempos digitales en los que nos encontramos. Y es que desde hace un par de décadas las vidas que llevamos adelante no solo se mueven en realidades tangibles –familia, trabajo, amigos, ocio, etcétera– sino que nuestros tiempos en el campo virtual se han multiplicado exponencialmente.



Esto, en principio, forma parte de la revolución de las tecnologías que en poco tiempo se han incrustado en nuestros hábitos. En gran medida han venido a solucionar numerosos problemas, dado que en el campo laboral o educativo ha sido un factor de gran valor, por citar dos de ellos. Así, por ejemplo, si no se hubieran podido llevar adelante el trabajo o la enseñanza on-line (con todas sus dificultades) durante el confinamiento hubiera sido un auténtico problema el cierre de los centros educativos durante esos meses.

Pero este mundo digital también tienes sus sombras. Y quisiera citar la dependencia que se ha creado, especialmente en adolescentes y jóvenes, no solo de los móviles sino también de la imagen que ellos quieren mostrar a través de las redes sociales en las que invierten muchas horas del día.

Y si abordo esta cuestión es por el contacto que tengo con ellos y sus padres a través de trabajos de investigación en los que compruebo que sus situaciones personales y familiares en nada se parecen a las que presentan en esos medios, especialmente cuando se trata de mostrarse ante los demás, sea por fotografías o por vídeos.

También la lectura de un interesante libro, Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, de Edgar Cabanas y Eva Illouz, me ha hecho reflexionar sobre estos mundos paralelos en los que se encuentran los chicos y chicas adolescentes. Así, el mundo real en el que viven, con toda su carga problemática, y el mundo que desean proyectar de sí mismos a través de las imágenes raramente coinciden; lo habitual es que se muestren alegres y cargados de felicidad en el segundo, aunque se encuentren solos y deprimidos.

Nos encontramos, pues, ante un libro de análisis crítico de aquellas estrategias provenientes de Estados Unidos para que la gente, supuestamente, se sienta feliz al margen de los verdaderos problemas personales o sociales; aunque perfectamente se pueden aplicar a las situaciones en las que viven los adolescentes de los países desarrollados.



Uno de los aspectos abordados por la investigadora Donna Freitas, citada en el libro, es cómo se expresa el concepto de la felicidad personal en las redes sociales y también cómo los adolescentes y los jóvenes han interiorizado la idea de que deben mostrarse felices a toda costa en las redes que utilizan.

Para que entendamos lo indicado, quisiera extraer un par de párrafos de esta autora, ya que me parecen muy clarificadores:

Los institutos y las universidades en las que he realizado mis investigaciones eran increíblemente diversos desde el punto de vista geográfico, étnico y socioeconómico. La religión podía estar muy presente o totalmente ausente. Algunos eran centros muy prestigiosos, otros nada. Sin embargo, todos los estudiantes tenían una única preocupación recurrente y masivamente propagada a través de las redes sociales: parecer felices. Y no simplemente felices, sino felicísimos”.

Por otro lado, nos indica que esto no es solo característico de los que pertenecen a familias acomodadas que tienen resueltos los problemas vitales más importantes, sino que afecta a todas las categorías sociales. Más adelante continúa:

Los estudiantes han aprendido que las manifestaciones de tristeza o de vulnerabilidad a menudo son recibidas con silencio, rechazadas o –lo que es peor– son objeto de burlas y de acoso. La importancia de parecer feliz en las redes sociales, incluso cuando estás muy deprimido y te sientes solo, es tan primordial que la casi totalidad de los chicos y chicas jóvenes con los que hablé sacaban el tema en un momento u otro de la conversación. Y muchas de ellas prácticamente no hablaban de otra cosa”.

La obligación de ser feliz parece que entre los nativos digitales ha encontrado en las redes sociales el medio perfecto de propagación. Utilizo la expresión de ‘nativo digital’ para referirme a aquellos que pertenecen a una generación que ha nacido cuando los medios digitales ya se encontraban afianzados, por lo que desde muy pequeños están en contacto con estas tecnologías.

Se ha llegado a la situación de que fomentar una imagen lo más positiva de sí mismo al tiempo que supuestamente ‘auténtica’ ha arraigado con tanta fuerza en las generaciones más jóvenes que el hecho de no ajustarse a esta demanda se ha convertido en motivo de exclusión social.

Es ilustrativo lo que nos narra Donna Freitas cuando nos dice que en las encuestas que llevó adelante muestra esa obsesión que alcanza tales extremos que en muchos casos llega a ser enfermiza. Así, la mayoría de los encuestados respondía afirmativamente al enunciado: “Procuro parecer siempre feliz y positivo en todo aquello que se pueda asociar conmigo”, al tiempo que otros expresaban: “Soy consciente de que mi nombre es una marca que debo cuidar”.

Esta segunda frase está muy relacionada con el fenómeno youtuber, tan significativo entre los más jóvenes (aunque habría que añadir a otros no tan jóvenes).

Desconozco si la pandemia en la que nos encontramos ha afectado significativamente a los también llamados influencers, dado que los youtubers se habían convertido en el ejemplo vivo de cómo convertirse en una ‘marca personal’ con el fin de llegar y vender su imagen a millones de seguidores.

Esto será tema para indagar, porque vender felicidad digital en los tiempos del coronavirus se ha convertido en una tarea verdaderamente complicada, dado que obtener beneficios publicitarios exhibiendo y mercantilizando la propia figura resulta difícil de imaginar, cuando gran parte de la población se encuentra con auténticas dificultades para sobrevivir en trabajos precarios o en el paro.

AURELIANO SÁINZ

9 de agosto de 2020

  • 9.8.20
Algunas veces, con los amigos he utilizado la expresión que da título a este escrito intentando explicarles que, aunque me encuentre jubilado, continúo como profesor honorario, dado que la docencia es un trabajo que siempre me ha apasionado y lo vivo como algo que lo llevo en la sangre.



Creo que todos entendemos que la expresión "morir con las botas puestas" se refiere a que uno acaba su vida llevando adelante una actividad con la que se identifica y que de forma habitual desarrolla. No se refiere, por tanto, a grandes gestas o actos heroicos, dado que todos dentro de nuestro mundo podemos vivir con entusiasmo cualquiera de las facetas de nuestra existencia.

Bien es cierto que este dicho popular lo solemos sacar a colación cuando fallece alguien que ha tenido una larga y productiva vida, de modo que se marcha tras una labor encomiable. Es lo que recientemente sucedió con el compositor italiano Ennio Morricone, quien falleció el pasado 6 de julio a la edad de 91 años, dejando tras de sí una larga lista de bandas sonoras de películas tan conocidas como Érase una vez América, La Misión, Novecento, Cinema Paradiso, Los intocables de Eliot Ness o Los odiosos ocho.

Como bien sabemos, dejó una carta de despedida en la que nos decía:

Yo, Ennio Morricone, estoy muerto. Lo anuncio a todos los amigos que siempre han estado cerca de mí y también a aquellos que están un poco lejos los saludo con gran afecto. Imposible mencionarlos a todos (…).  Espero que sepan cuánto los he amado. Por último, pero no menos importante, María. A ella le renuevo el extraordinario amor que nos mantuvo unidos y que lamento abandonar. Para ella mi más doloroso adiós”.

Una sencilla y emotiva despedida que había escrito sabiendo que sus días terminaban, tras dejarnos un enorme legado de bandas sonoras que seguro algunas hemos escuchado.

De todas ellas, yo siempre recordaré la de La muerte tenía un precio, pues, siendo estudiante de Arquitectura en la Universidad de Sevilla, acudí junto a un par de amigos a un cine de barrio en la que la proyectaban. Quedé fascinado, tanto de la película como de su banda sonora, en la que había notas que imitaban a unos lejanos silbidos y que volvían a repetirse en otros filmes del denominado spaghetti western como fueron, aparte de la citada, Por un puñado de dólares, El bueno, el feo y el malo o Hasta que llegó su hora.

A partir de Ennio Morricone, las bandas sonoras de los filmes del viejo Oeste comenzaron a popularizarse, de modo que ya no solo eran las imágenes sino también la música las que daban entidad a esas películas. No obstante, en esta ocasión, como ilustración de "morir con las botas puestas" he seleccionado la imagen de Gary Cooper en otro film inolvidable: Solo ante el peligro.

Caminando serio, erguido, con los brazos descolgados ante el inminente peligro que acecha, marca bien los pasos, por lo que se muestra como el prototipo del personaje que mira de frente hacia su destino sin renunciar a los retos que tiene que afrontar.

Pero creo injusto que siempre sea una imagen masculina la que presida determinados valores. Ahora nos encontramos en un mundo en el que la mujer se ha ganado a pulso el derecho a que ella también se la represente, de forma que conviene que esos valores se apliquen a ambos géneros. De este modo, y dentro de las clásicas películas del Oeste, viene bien esta imagen de Johnny Guitar en la que aparece Joan Crawford en una de las escenas inolvidables que plasmó como director Nicholas Ray.



Siguiendo el rastro del título del artículo, quisiera manifestar que cuando uno echa la vista atrás emergen buenos e, incluso, magníficos momentos de la trayectoria que se ha llevado a lo largo de la vida. En mi caso, como docente, podría explicar muchos de ellos, pues ha sido el propio trabajo educativo el que cotidianamente me aportaba alegrías que las vivía como formando parte de mí (también, qué duda cabe, aparecieron momentos tristes e, incluso, amargos). Pero en esta ocasión quisiera referirme a un hecho que siempre recordaré.

Hace unos años, en la puerta de mi despacho sonó el toque de una mano que pedía permiso para entrar. Tras indicarle que sí, pasó una chica menuda acompañada de quien supuse que sería su madre. Era una estudiante de la Facultad que yo no la había tenido de alumna.

Tras presentarse, su madre me indicó que había sido alumna mía y que siempre me recordaba como un profesor tranquilo y atento con sus alumnos, por lo que quería pedirme el favor de si yo le podía dirigir el trabajo fin de grado a su hija. Estuvimos charlando de aquellos lejanos años en los que yo compatibilizaba el trabajo docente con el de arquitecto. Recuerdos inolvidables de mis comienzos en la Universidad.

“Por supuesto, que le dirigiré el trabajo a tu hija Marina. Pero hay algo que me ha llamado la atención y quiero preguntártelo. ¿Por qué habéis acudido a mí, cuando ella podía haberlo hecho con cualquier profesor o profesora que haya tenido a lo largo de la carrera?”.

La madre de Marina me indica que su hija es muy trabajadora, pero que tenía un carácter bastante tímido e inseguro, por lo que ella pensaba que yo sería el más adecuado para que no se sintiera cargada de dificultades durante la realización de la investigación.

Nos despedimos. Vi la alegría en el rostro de la alumna, dado que ella a lo que aspiraba era sencillamente a aprobar, puesto que defender un trabajo ante un tribunal le provocaba bastante inseguridad.

Algunos días después vinieron a mi despacho tanto su madre como su padre para agradecerme que yo la hubiera atendido. Pero lo más curioso es que también su padre había sido alumno mío y que ambos se habían conocido siendo compañeros de curso.

Me alegró profundamente que tras más de treinta y cinco años ellos me recordaran como el profesor por el que sentían admiración. Ellos eran maestros en ejercicio y ya conocían de primera mano lo que significaba el trabajo de la enseñanza.

Ciertamente, comprobé que Marina era una chica muy trabajadora e insegura que me consultaba habitualmente por correo electrónico la cantidad de dudas que le iban surgiendo.

Cuando se acercaba la fecha en la que tenía que defender su trabajo ante un tribunal, ensayamos varias veces, hasta que estuvo convencida de que lo hacía bien.

Pasada la defensa y anunciadas las notas, se presentó en mi despacho para indicarme, toda exultante, que había recibido una matrícula de honor. No dejaba de darme las gracias por todas las atenciones que le había prestado, pues no imaginaba que pudiera tener esa calificación. También sus padres, días después, me agradecieron el apoyo que le había prestado a su hija.

Hoy Marina es una maestra entusiasmada con su labor docente. Sus padres se encuentran cerca de la jubilación. Por mi parte, continúo como profesor honorario en la Facultad, pues como en cierta ocasión indiqué, y siguiendo el título de este escrito, yo no calzo botas; no obstante, como suelo decir, "moriré con los libros abiertos".

AURELIANO SÁINZ


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



FIRMAS

Montilla Digital te escucha Escríbenos