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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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21 de noviembre de 2021

  • 21.11.21
Nos encontramos aún en noviembre, mes otoñal por excelencia. Ya comenzamos a sentir cercanas las Navidades, a pesar de que cuando esto escribo el frío todavía no se ha apoderado de sur de la Península. En las ciudades se afanan en montar los gigantes árboles navideños llenos de bombillas y de colorines que sirven de anticipo a esa especie de ‘eterno retorno’ que nos anunciara Nietzsche. También, en algunas aulas (al menos en las mías) este tema ha penetrado, aunque sea para reflexionar acerca de algunos sentimientos que emergen por estas fechas.


Se trataba de hablar y debatir acerca del valor de la fantasía en los seres humanos, con especial significación en el mundo de los niños, pues creo que sin la capacidad de imaginar otros mundos, otros lugares, otras formas de existencias, difícilmente podríamos caminar por la dura senda de la vida.

Pero antes de abordar esta cuestión, quisiera apuntar que la incorporación completa del profesorado universitario a las clases presenciales ha sido una especie de suerte, puesto que ya es posible establecer debates con los estudiantes de forma directa, algo que se hacía muy complicado cuando teníamos que impartirlas de modo on-line, ya que las barreras nacidas de las distancias y de las pantallas se interponían entre los alumnos y los profesores.

Por mi parte, no concibo estar en clase sin abrir coloquios y reflexiones para recabar la opinión de quienes se encuentran conmigo en ese espacio compartido que es el aula. Y allí disfruto abriendo preguntas, aclarando interrogantes o recabando las opiniones de los estudiantes que un día serán maestros o maestras y se enfrentarán a la importante tarea de formar a las nuevas generaciones.

Y, tal como he apuntado, dentro de este grato ambiente de coloquio, recientemente, abordé el tema de la fantasía en las personas, pues, aunque los mayores crean que es un tema de los niños, habría que apuntar que sin ciertas dosis de imaginación ilusionante a duras penas podríamos sobrellevar el transcurso de los días como si fueran cuentas encadenadas que se añaden a una especie de rosario interminable.

De todos modos, hay que reconocer que la infancia en el tiempo mágico por excelencia, en el que las ensoñaciones más sorprendentes vienen en ayuda de los pequeños para hacerlos felices, pues en ellos los personajes y los seres más sorprendentes adquieren casi tanta fuerza como lo pueden ser aquellos que forman parte de sus vidas cotidianas.

Para que reflexionáramos sobre el significado de la fantasía en los niños, a los alumnos les puse el ejemplo de la Navidad como tiempo cargado de personajes y de relatos sorprendentes que en sus mentes infantiles adquieren verosimilitud. Como ejemplo, les indiqué que en ocasiones había abordado este tema a través de los dibujos para que los pequeños representaran lo que más les gustaba de las Navidades.


Lógicamente, aparecían los relatos relacionados con el Portal de Belén, en el que los tres personajes principales –el Niño Jesús, la Virgen y San José– estaban acompañados de un buey y una mula, al tiempo que una estrella conducía a los pastores y a los tres Reyes Magos, formando parte del imaginario colectivo, por lo que algunos de los pequeños los plasmaban como núcleo básico de la narración navideña.


Pero claro, en las mentes infantiles, los Reyes Magos no tendrían sentido si no vinieran cargados de regalos para cada criatura que les ha escrito una carta y que se la entregan a sus padres con la seguridad de que se la trasladarán a ellos. Y como ahora estamos en una sociedad en la que ya se mezcla todo, no es de extrañar que haya pequeños que los muestren al lado de un abeto (que no tiene nada que ver con el portal y sus protagonistas), puesto que son en realidad esos regalos lo que ansían recibir el día que se levantarán temprano para, desbordados de alegría, recogerlos.


En otros dibujos, siguiendo las pautas de la actual sociedad de consumo, acuden a un personaje foráneo, Papá Noel, como el que viene a traer los ansiados regalos. Bien es cierto que siendo un personaje de países fríos del norte de Europa, y que a fin de cuentas resulta ser una especie de reciclaje de Santa Claus o San Nicolás, lo más normal en otros dibujos es que se le asocie con el abeto en el que se cuelgan los obsequios que trae en un saco, tras haber penetrado por la chimenea (aunque, paradójicamente, en los pisos y la mayor parte de las casas ahora no tengan ninguna chimenea).


Vivimos tiempos que cambian de una manera acelerada, que se muestran acompañados de nuevas transformaciones, de nuevas ideas y de nuevos modos de entender la vida. No es de extrañar, pues, que una niña no haga caso del relato de Papá Noel y crea que quien viene a traer los regalos, muchísimos regalos, es Mamá Noel. Ella está totalmente convencida de que también existe otra versión de ese personaje gordinflón, vestido de rojo y blanco, por lo que no tiene problema en sustituirlo por una figura femenina delgada y rubia, tal como mandan los cánones de la belleza actuales.


Y puesto que todos los niños consideran a sus padres muy poderosos, casi como reyes, no les importan colocarles unas coronas como signo de poder y autoridad, ya que imaginan que son capaces de todo. También de hacerlos felices con sus juegos, sus bromas y sus regalos. ¿No será entonces que, en el fondo de sus mentes, los Reyes Magos surgen como una traslación imaginaria del relato de sus propios nacimientos y de los padres que los trajeron a este mundo?

Sobre estas cuestiones debato con los alumnos en la clase. Acordamos de que lo más importante en la infancia son los regalos con los que los pequeños sueñan en los días precedentes, aunque no es posible separarlos del disfrute que se deriva de todos los relatos navideños y de esos tres personajes que portan los regalos.

“¿Supuso para vosotros una decepción cuando alguien os informó de que los Reyes Magos eran en realidad vuestros padres?”, les pregunto para saber si eso implicaba una pérdida importante en el mundo de la fantasía en la que vivían durante aquellos años inolvidables.

Todos los que intervienen me confirman que para ellos supuso una gran desilusión llegar a saber que los Reyes Magos no existían y que en realidad eran los propios padres los encargados de comprarles los regalos.

Por mi parte, les indico que yo siempre supe que eran los padres, puesto que pertenecía a una familia de muchos hermanos y seguro que alguno de los mayores ya se encargó de abrirme los ojos de forma temprana. No obstante, el recuerdo de aquellas fechas, aunque yo supiera que esos personajes no eran reales, resulta inolvidable, puesto que no tenía clase y me encontraba jugando la mayor parte del tiempo con los amigos a la espera de que llegara el día en el que recibiríamos los (pocos) regalos con los que soñábamos por entonces.

AURELIANO SÁINZ

14 de noviembre de 2021

  • 14.11.21
Resulta curioso que, en ciertas ocasiones, para conocer la historia de nuestro país, haya que acudir a historiadores que han nacido fuera de nuestras fronteras, puesto que son ellos con su mirada imparcial y desapasionada los que suelen ofrecernos investigaciones y trabajos aclaratorios de gran rigor. Con esto no quiero decir que no tengamos magníficos analistas que han abordado con solidez estudios que nos iluminan sobre nuestro amplio y dilatado pasado, sino que solemos juzgarlos apriorísticamente según sus orientaciones ideológicas, lo que supone cierto cuestionamiento de lo que ellos afirman.


Y si hay un campo de nuestra historia reciente que despierta enormes controversias es la Guerra Civil española y la dictadura de Franco, pues ambas marcaron profundamente el devenir de los españoles, tanto que, si exceptuamos a aquellos estudiantes universitarios que optan por matricularse en esta disciplina, lo cierto es que gran parte de los alumnos de Secundaria y Bachillerato no llegan a estudiar estos períodos, por lo que el profesorado de Historia acaba el temario antes de entrar en ellos o pasan de puntillas sobre la Guerra Civil y la Dictadura.

Se hace, pues, habitual que para aclarar las partes más oscuras de nuestro pasado reciente, y de paso romper con la capa de silencio que se mantiene sobre estas etapas, tengamos que acudir a las aportaciones de grandes hispanistas, especialmente los británicos.

Y entre esos hispanistas se encuentran Paul Preston (autor, entre otras obras, de Franco: Caudillo de España y El holocausto español); el recientemente fallecido Hugh Thomas (imprescindible su trabajo sobre La Guerra Civil Española); John Elliott (cuyas investigaciones están centradas en La España imperial) o el hispano-irlandés Ian Gibson (que, aparte de sus trabajos sobre estos períodos, su obra más conocida está relacionada con la figura de Federico García Lorca).

Estos cuatro autores son bastantes conocidos en nuestro país; sin embargo, conviene citar a otro gran hispanista británico: Edward Cooper, ya que dedicó toda su vida al estudio de la España medieval, centrando sus investigaciones en las fortalezas del territorio hispano.

La relevancia intelectual y las aportaciones de Edward Cooper no quedan lejos de los anteriormente citados. No obstante, fuera de los círculos de historiadores medievalistas o de especialistas en el patrimonio arquitectónico del Medievo, su nombre no suena tanto como, por ejemplo, los de Elliott, Preston o Thomas.

Creo que esto se debe a que su campo de trabajo no despierta tanto interés en un público amplio debido a la época que abordó y, también, porque el estudio del patrimonio histórico medieval –o, lo que es lo mismo, el estudio de los castillos y fortalezas de nuestro país– no apasionan tanto como los conflictos del siglo pasado.


De todos modos, no deja de ser sorprendente que un joven inglés en la década de los sesenta se interesara por la historia medieval de España, así como por las fortalezas que se habían construido, principalmente, durante los siglos XIII y XIV. Este enfoque le condujo a que viniera a nuestro país en los inicios de los años sesenta, una vez que había finalizado su licenciatura en Historia con el fin de llevar adelante su tesis doctoral que, por cierto, estuvo dirigida por uno de los grandes hispanistas británicos: John Elliott.

Para comenzar esta nueva etapa de su vida, se desplazó a Alburquerque, localidad extremeña que cuenta en la cima de un alto cerro rocoso con el impresionante Castillo de Luna, término con el que se conoce actualmente a la fortaleza por haber pertenecido a don Álvaro de Luna, valido del rey Juan II de Castilla. Por aquellas fechas pudo conocer otras relevantes fortalezas como el Castillo de Azagala que se encuentra muy cerca de la localidad.

El recuerdo de las primeras experiencias en el campo de las investigaciones suele dejar bastante huella. No es de extrañar, pues, que pasados los años, en 2008, viniera a Alburquerque para participar en unas jornadas organizadas por la Plataforma para la Defensa del Patrimonio, posteriormente, convertida en Asociación (Adepa).

La razón estaba en que se había aprobado, por parte de la Junta de Extremadura y respaldado por el Ayuntamiento de la localidad, un horrendo proyecto que tenía como finalidad convertir el Castillo de Luna en una absurda hospedería de lujo, con graves alteraciones en su fisionomía.

Este gran hispanista no tuvo ningún problema en acudir a Alburquerque y estar de nuestro lado en numerosas ocasiones para evitar que se llevara adelante el proyecto que modificaría gravemente el carácter de la mejor fortaleza medieval cristiana de la comunidad extremeña. Aquellos fueron años de intensa y tenaz lucha que acabó en los tribunales ante la demanda que interpusimos. Felizmente, nos fue dada la razón, por lo que en 2014 la propia Junta de Extremadura dio carpetazo a tan desastroso proyecto.

Años inolvidables de los que hablé en otros artículos. Quizás el resultado de esta lucha de David contra Goliat (porque a fin de cuentas fue lo que aconteció entre una pequeña asociación y la todopoderosa Administración) queda sintetizada en el artículo que llevaba por título Habla el Castillo de Luna, en el que se inserta un vídeo que nos muestra la belleza de la fortaleza y del entorno en el que se encuentra.


Y muy conectado con esta lucha en defensa del Castillo de Luna, tal como indico, estuvo el hispanista Edward Cooper. Ha sido parte de su vida. Toda una vida dedicada al estudio, la investigación y la defensa de la integridad de las fortalezas de nuestro país. Inmenso trabajo que no debería quedar en el olvido; aunque esto ya es imposible por el importante legado que nos ha transmitido en forma de publicaciones.

Pero también las personas necesitan palpar ese reconocimiento, conocer de modo directo que existe una gratitud hacia la obra que han desarrollado. Es por ello que, una vez jubilado de su función docente y cumplidos los 80 años, haya venido otra vez a nuestro país como invitado para impartir en Madrid un par de conferencias.

La primera de ellas, como miembro de la Real Academia Alfonso X el Sabio, llevaba por título Alfonso X en Europa, y la segunda, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), estaba focalizada en su trayectoria personal, por lo que la denominación de Cincuenta años de investigación sobre la España Medieval era un fiel reflejo de todo un largo itinerario centrado en ese período.

Tal como el propio hispanista nos ha declarado, no sabe si será la última vez que nos visite o habrá una nueva ocasión en la que podría acercarse a la tierra de los castillos situados en el territorio de Alburquerque. Para quienes le admiramos y contamos con su amistad, siempre será un placer contar con su presencia, su compañía y su enorme caudal de conocimientos.

AURELIANO SÁINZ

7 de noviembre de 2021

  • 7.11.21
Uno de los temas que fue objeto de un debate bastante intenso durante los inicios de la pandemia fue el del sentimiento de soledad que generaba en la población la ausencia de contactos y de tratos que, hasta su inesperada llegada, era habitual entre nosotros. Desde las personas muy mayores, que se encontraban recluidas en residencias, a los escolares, que echaban de menos ese contacto físico que hasta hacía poco habían mantenido con sus amigos, lo cierto es que todos, con mayor o menor intensidad, sentíamos la sombra de la soledad, emoción negativa de la que deseábamos desprendernos y alejarla pronto de nosotros.


Es verdad que todavía no hemos salido del todo de esta inquietante y perturbadora situación; no obstante, las medidas adoptadas, especialmente la vacunación de una parte significativa de la población, han dado lugar a que ahora empecemos a palpar la cercanía de una “nueva normalidad” que, erróneamente, se nos anunció de manera anticipada.

Sentimos que vamos recuperando los saludos cercanos y las expresiones de afectos que nos aproximan a un modo de vida que empezaba a antojársenos que no volveríamos a conocer. Así, de la indeseada soledad, poco a poco, parece que nos vamos desprendiendo.

Ha sido tan abrumadora su presencia que nos olvidamos de que la soledad tiene dos caras y que no siempre es como esa amarga bebida que bajo prescripción médica hay que tragarse para poder curarnos de otros males peores. Podríamos hablar, pues, de la soledad impuesta, esa que nos llega sin que nosotros la queramos para nuestras vidas, y de la soledad buscada o deseada, que nos sirve para encontrarnos a nosotros mismos y alcanzar un cierto nivel de sosiego en medio de la vorágine que a veces nos rodea.

De todos modos, siempre tendremos que lidiar con cierto nivel de aislamiento o soledad emocional, pues, si nos atenemos a los postulados básicos de Carlos Castilla del Pino, quien fuera uno de los psiquiatras más brillantes de nuestro país, hemos de tener en consideración que nuestras vidas se desarrollan en tres escenarios o ámbitos de actuación: el público, el privado y el íntimo.

Se entiende perfectamente cuál es el público, pues en nuestros trabajos o en nuestras relaciones familiares o sociales vivimos cotidianamente en este escenario. El privado se refiere a aquél que cada cual desarrolla en sus actuaciones propias y aisladas, aunque es posible ser conocido por otros. Por ejemplo, ducharse es un acto privado, pero puede ser ocasionalmente visto por otra persona.

Sin embargo, el ámbito íntimo viene referido a nuestras ideas, reflexiones y sentimientos que son personales e intransferibles, ya que solo son percibidos y sentidos por el propio sujeto que los posee, y, aunque se pudieran comunicar a otros, en última instancia quedan en lo más reservado de cada persona. De ahí que este autor en su libro Aflorismos nos dijera: “Hay siempre una constante de soledad en el ser humano: su intimidad”.


Si pasamos del ámbito personal al social, me gustaría apuntar que con cierta frecuencia solemos escuchar que la soledad es una de las epidemias de las sociedades modernas, que afecta especialmente a quienes residen en las grandes urbes. Y a pesar de que uno se encuentre rodeado de gentes en las calles, en los medios de transportes, en los supermercados, etc., lo cierto es que la falta de comunicación personal e íntima agranda las distancias, de modo que el anonimato urbano conduce a un velo de soledad afectiva.

Este fue un tema que el pintor estadounidense Edward Hooper plasmó de modo reiterativo en sus lienzos en la primera mitad del siglo pasado. Como ejemplo de ello presento en portada el cuadro titulado Sol de la mañana, en el que nos muestra la imagen de una mujer sentada en la cama, cubierta por un leve camisón rosado, y que, con la mirada perdida, contempla el amanecer anunciado tras el cristal de la ventana. La tristeza asoma en su rostro como huella de un oculto sentimiento de soledad que la invade.

Quizás, y como veremos, el tema de la soledad haya sido tratado de modo más frecuente en la literatura que en el campo de la pintura. No obstante, quisiera citar también al pintor británico Nigel Van Weick, continuador de la obra de Hooper, quien, a mi modo de ver, ha expresado con mayor énfasis el aislamiento emocional en el nuevo siglo en el que nos encontramos, ya que, a pesar de contar con las nuevas tecnologías que pueden acercarnos, muchas veces no dejan de ser medios que se convierten en barreras que nos aíslan a unos de otros.

Ahí está, por ejemplo, el lienzo de una chica en el interior de un espacio acristalado mirando a su móvil mientras en el exterior se nos muestra la sombra de un personaje masculino que la contempla. No hay comunicación entre ellos; solo la inquietante sombra de un ser anónimo que se proyecta en la pared. O, también, otra imagen femenina: de una mujer joven que, abatida y desolada, regresa sin ninguna compañía en un vagón del metro a la última hora de la noche. De igual modo, solo el reflejo que ella misma proyecta en la pared la acompaña en ese supuesto regreso a la casa.


Hablamos, pues, de una soledad impuesta, de una soledad vivida en un entorno hostil. Soledad que no solamente nos llega cuando nos vemos afectados por enfermedades imprevistas o por la pérdida de un bien o un ser muy querido, sino también por una realidad en la que estamos insertos y nos envuelve; realidad que camina al mismo trote que nos impone una sociedad duramente individualista y competitiva.

No es de extrañar, pues, que en ocasiones nos sintamos débiles e indefensos. Quizás tuviera razón Friedrich Nietzsche cuando en su libro Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales afirmaba lo siguiente: “Poco a poco ha ido revelándose cuál es el defecto más general de nuestra especie de formación y educación: nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad”.

“Nadie enseña a soportar la soledad”, decía el filósofo alemán. Sin embargo, quien fuera su referente, Arthur Schopenhauer, encontraba la solución en la solidaridad humana, en el acompañamiento que debe existir hacia una sociedad más humanizada, más fraterna. Mientras tanto, el solitario Schopenhauer, quizás proyectando su propia realidad nos decía que “La soledad es el patrimonio de las almas extraordinarias”. Me imagino que, a fin de cuentas, era una especie de autoelogio o consuelo hacia su alma solitaria.

AURELIANO SÁINZ

31 de octubre de 2021

  • 31.10.21
En un par de ocasiones he tratado de este sentimiento negativo que anida en el fondo de los seres humanos [Pasiones humanas: la envidia y La envidia, ese pecado capital], aunque conviene decir que, en ciertos casos, es una pasión tan fuerte que domina a algunas personas, llegando a situaciones que podríamos calificar de "patológicas".


Si vuelvo de nuevo a este nefasto sentimiento se debe a que recientemente he leído en un diario colombiano un artículo del escritor Héctor Abad Faciolince, autor de ese maravilloso libro de carácter autobiográfico titulado El olvido que seremos y que ha sido llevado recientemente al cine por el director Fernando Trueba.

Bien es cierto que Héctor Abad habla de la envidia que se da en su propia profesión, es decir, en aquellos que viven de la escritura, dado que es el mundo que mejor conoce. Y, puesto que ha residido durante algunos períodos en nuestro país, hace especial alusión a los grandes escritores hispanos del Siglo de Oro, los mismos que no tenían ningún reparo en ‘ponerse a caldo’ los unos a los otros sin ningún tipo de miramientos.

Dado que me gusta respetar lo que otros autores han expresado en sus trabajos, extraigo uno de los párrafos de su artículo Barrio de las Letras, que ha aparecido recientemente en El Espectador, diario colombiano que sigo con cierta asiduidad, y en el que hace referencia a la envidia que suscitó en Lope de Vega el éxito de Miguel de Cervantes, a pesar de que inicialmente fueron amigos.

El exitoso Lope de Vega, que hipócritamente se ordenó cura del Santo Oficio para protegerse y quien probablemente usó esa dignidad para atacar a Cervantes en el prólogo (muchos dicen que escrito por él) al Quijote de Avellaneda. Allí se burla de que sea viejo, pobre y manco de la mano izquierda. Y en otra parte dice (esta vez con su firma): “De poetas no digo. Pero ninguno hay tan malo como Cervantes; ni tan necio que alabe a Don Quijote”. La primera parte del Quijote había tenido éxito de lectores y eso era imperdonable para el siempre exitoso Lope”.

“Viejo, pobre, manco y mal poeta”, y todo ello recibido de quien el pobre Miguel de Cervantes creía que era su amigo. No nos podemos imaginar lo que podía haber soltado el laureado Lope si el autor de Don Quijote de la Mancha hubiera sido su enemigo.

En el artículo citado, Héctor Abad continúa con la rivalidad que se dio entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, quienes no se soportaban el uno al otro. Llega hasta nuestros días cuando hace referencia a la ruptura de la amistad que se produjo entre el escritor chileno Roberto Bolaño y el español Javier Cercas en el momento en que este último publicó, con gran éxito, su novela Soldados de Salamina.

Ante semejante panorama uno acaba preguntándose: ¿Existe verdadera amistad en el mundo de las letras o esta se mantiene hasta que la ansiada fama acude a rescatar del anonimato a quien aspira ser reconocido como autor de una obra que le haga ‘ser inmortal’, aunque esto solo sea una fantasía en la mente de quien escribiera esas páginas?

Si hay que cuidarse de lo que pudiera decir un amigo envidioso, no quiero pensar lo que surgiría de los rivales o enemigos, pues estos no pararían hasta ver que la imagen pública del envidiado quedara destruida. Algo de esto le aconteció a uno de los más brillantes escritores de la literatura española: Benito Pérez Galdós (al que muestro en un retrato suyo que pintó su buen amigo Joaquín Sorolla).

No quiero extenderme mucho en el tema, solo apuntar que Pérez Galdós, autor entre otras obras de los Episodios nacionales, fue propuesto para el premio Nobel de Literatura en 1912, cuando había publicado sus mejores novelas y era el autor teatral más representado en nuestro país.

Su candidatura contaba con el apoyo de más de medio millar de firmas de intelectuales españoles, caso de Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala o Santiago Ramón y Cajal. Por entonces, Galdós contaba con 69 años y era diputado de la Unión Republicana y presidente de la Conjunción Republicano-Socialista, hechos que sus enemigos políticos no le perdonaron, por lo que planificaron un complot contra él que le quitó todas las posibilidades de obtener un galardón que bien se lo merecía.


He hablado de la envidia en el mundo de las letras. No obstante, desconozco si esta pasión anida de manera especial entre los escritores, o penetra en aquellos mundos en los que el éxito y la fama son como los regalos que se reciben del mitológico Rey Midas, aquel que transformaba en oro todo lo que tocaba con sus manos.

¿Acaso no sucede lo mismo en el mundo de los pintores, de los actores, de los músicos, de los deportistas, o, incluso, de cualquier actividad humana en la que exista competencia y rivalidad entre sus participantes?

Hemos de tener en cuenta que la envidia, como ciega emoción, no existe de manera aislada en los seres humanos que la padecen, sino que resulta ser como una especie de planeta sobre el que giran otros satélites malignos como son la sospecha, la ignorancia, la calumnia, la difamación, la insidia o el fraude.

Esto que expongo queda muy bien expresado en el cuadro que acabamos de ver y que lleva por título “La calumnia de Apeles”. Se trata de un lienzo realizado en 1495 por del pintor renacentista italiano Sandro Botticelli, autor de obras tan famosas como “El nacimiento de Venus” o “La primavera”.

En este caso, se trata de una escena alegórica ambientada en un contexto arquitectónico clásico, con referencias a personajes mitológicos y del Antiguo Testamento que quedan plasmados como esculturas en las hornacinas o como actores del hecho narrado.

Así, dentro del grupo y en la derecha del cuadro, vemos al Rey Midas, sentado en el trono y con orejas de asno, simbolizando a un mal juez. A ambos lados, se encuentran dos figuras femeninas, que representan a la Sospecha y a la Ignorancia, que les susurran a sus oídos sus insidiosos consejos.

Delante de él aparece un monje vestido de negro, que encarna a la Envidia. El monje extiende su brazo izquierdo al propio rey, al tiempo que con la mano derecha sujeta a una joven que, vestida de ropas blancas y azules, personifica la Calumnia.

A esta bella joven la peinan otras dos que simbolizan la Insidia y el Fraude, al tiempo que la Calumnia arrastra por el suelo, cogiéndole de los pelos, al Calumniado, joven semidesnudo que parece pedir clemencia ante tantas pasiones desatadas en contra suya.


La escena (cuya lectura o interpretación visual va en dirección opuesta a la de nuestra escritura, es decir, de derecha a izquierda) encuentra su desenlace con la presencia de otros dos personajes femeninos algo separados del resto del grupo: por un lado, la Penitencia, anciana vestida con ropajes negros, que mira de manera sospechosa a una joven desnuda, la Verdad, cuya mirada se alza hacia el cielo, al tiempo que apunta hacia allí con su dedo índice, como indicando que el verdadero juicio sobre el Calumniado llegará desde lo alto, no desde un rey que es aconsejado por las pasiones humanas más bajas.

Creo que el lienzo de Botticelli en cierta forma es paradigmático, ya que no deja de ser una representación casi teatral de las pasiones humanas que rodean a la envidia, que, en su proceso destructivo, se encuentra ayudada por la calumnia, la insidia, la sospecha y el fraude que recaen sobre la víctima en esa especie de juicio público al que finalmente se la somete.

No es pues, algo que afecte en exclusiva a los escritores, sino que se muestra como una de las pasiones más nefastas que portamos cuando obsesivamente nos comparamos con los demás, creyendo que la suerte les ha favorecido sin merecerlo.

AURELIANO SÁINZ

24 de octubre de 2021

  • 24.10.21
En 1991, es decir, hace exactamente treinta años, vio la luz Out of Time, uno de los discos más carismáticos de la década de los noventa, época en la que el grupo estadounidense R.E.M., conducido por su líder Michael Stipe, tuvo su mayor reconocimiento con una fuerte proyección internacional, ya que logró vender más de diez millones de copias de este álbum.


Era el séptimo trabajo de estudio que la banda de Athens (Georgia) publicaba, por lo que no estábamos ante lo que se suele denominar como ‘un grupo revelación’, aparte de que para entonces el número de sus incondicionales era muy numeroso (me imagino que quienes siguieron la trayectoria de R.E.M. todavía conservan el grato recuerdo de su itinerario musical, que finalizó, al menos discográficamente, en 2011 con la aparición de Collapse into Now, su decimoquinto disco de estudio).

Dentro del álbum que ahora comentamos, destacaba la canción Losing my Religion, que fue la más escuchada por sus seguidores y la que aparecía con mayor frecuencia en las emisoras de radio. Sorprendentemente, el vídeo que promocionaba este tema fue duramente criticado por la Iglesia. Quizás se debiera a que la jerarquía católica interpretaba literalmente el título, cuya traducción sería algo así como “Perdiendo mi religión”, por lo que, supuestamente, el carismático Michael Stipe nos invitaba a que dejáramos atrás las creencias que habíamos heredado de nuestros mayores.

Lo cierto es que si uno escucha atentamente la letra de la canción no acaba de encontrar ninguna referencia a alguna religión en concreto, dado que solamente en un par de ocasiones se dice “losing my religion”. Las palabras que salen del líder del grupo, a fin de cuentas, son expresiones metafóricas dirigida hacia otro y en las que manifiesta la pérdida de las seguridades y convicciones con las que había caminado por la vida.

De todos modos, ya por entonces empezaba a manifestarse el alejamiento de los jóvenes estadounidenses de las múltiples confesiones religiosas que están registradas en este país. Algo similar sucedía en los países de Europa. Y si nos centramos en España, podemos comprobar que el abandono de la religión mayoritaria es enorme en las últimas décadas.


Lo que ha acontecido en nuestro país con respecto a la Iglesia y a la religión católica no deja de ser sorprendente. No debemos olvidar nuestra historia más reciente y recordar que, antes de la democracia en la que nos encontramos, vivíamos en la férrea dictadura franquista que tenía a la religión católica como la oficial del Estado, por lo que apenas había espacio para expresarse de modo distinto a los dictámenes de la jerarquía eclesiástica. Por poner un solo ejemplo, basta decir que no se podía ser funcionario si no se era manifiestamente católico.

A la muerte del dictador apenas se hacían encuestas referidas a las creencias de los españoles, puesto que todavía se seguía la inercia de tantos años en el control de las conciencias personales. Sin embargo, la declaración de Estado aconfesional que aparecía en la nueva Constitución, paso a paso, condujo a que se fuera perdiendo el miedo que ataba el pensamiento de la gente, por lo que la secularización comenzó a hacerse una realidad.

De todas formas, no dejan de ser sorprendentes los resultados actuales de las encuestas que mensualmente realiza el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y en las que también se pregunta a los ciudadanos sobre sus creencias.

Sobre esta cuestión, y de modo resumido, los datos porcentuales referidos al mes de enero de este año 2021 eran los siguientes: a) católicos practicantes: 19,7 por ciento; b) católicos no practicantes: 41,6 por ciento (unidos ambos porcentajes darían un 61,3 por ciento); c) Ateos, agnósticos y no creyentes: 34,2 por ciento; y d) otras religiones: 2,6 por ciento.

Transcurridos solo nueve meses, y si nos atenemos a los resultados del mes de octubre de este año, aparecen los siguientes porcentajes: a) católicos practicantes: 17,5 por ciento; b) católicos no practicantes: 37,9 por ciento (unidos ambos porcentajes darían un 55,4 por ciento); c) Ateos, agnósticos y no creyentes: 39,9 por ciento; d) otras religiones: 3,2 por ciento.

Comprobamos que casi un 40 por ciento de los españoles no se identifica con ninguna religión, cifra que, a fin de cuentas, nos muestra que la sociedad está ampliamente secularizada, ya que una gran parte de ella no se identifica con los dogmas, ni con los criterios morales que emanan de las jerarquías eclesiásticas, ateniéndose a una espiritualidad personal o a unos criterios éticos de tipo humanista.

Cierto que el caso español no es de tipo aislado dentro del contexto europeo. Sin embargo, no deja de sorprender que el ampulosamente llamado “Faro de la Cristiandad de Occidente”, tal como se denominaba a España en los tiempos de la dictadura, hoy camine por las vías de la secularización, con un paulatino crecimiento de quienes no se sienten miembros de la religión que ha sido dominante en nuestro país durante siglos de su Historia.

Quizás, podamos convenir que la canción de R.E.M., a fin de cuentas, era una premonición que el grupo supo advertir con cierta antelación ante un fenómeno que se extiende por la mayoría de los países desarrollados: el abandono de las religiones establecidas que son incapaces de dar respuestas a los problemas de la gente (cuando no son ellas mismas las que los crean), de modo que se opta por vías más personales que estén acordes con las convicciones más íntimas.

AURELIANO SÁINZ

17 de octubre de 2021

  • 17.10.21
Creo que no es necesario decir que cuando el que esto escribe era pequeño, su mundo, al igual que el de los otros muchachos de su edad, difería sustancialmente del que ahora viven los niños y adolescentes del siglo veintiuno. Por aquellos años, a la infancia se la educaba en el constante miedo a los castigos, físicos o imaginarios, pues era el mejor método de lograr que aquellas incontroladas criaturas obedecieran y aprendieran las inapelables órdenes emanadas “de la autoridad” y que, en nuestro caso, se concretaba en los padres, los maestros o los curas.


Pero no era solo el temor a la palmeta, que en el caso de mi maestro la tenía ennegrecida por la parte que correspondía a las pequeñas manos que temerosamente se alargaban para recibir “su merecido”, sino también que en el omnipresente mundo de los cuentos estaban llenos de personajes amenazantes (sacamantecas, brujas, demonios, monstruos…) que pululaban por un etéreo universo que no sabíamos determinar con precisión sus ubicaciones y contornos, pues cuando somos niños el mundo real y el de la ficción están tan unidos que uno no sabe deslindarlos.

Dentro de ese universo de mundos imaginarios, claro está, jugaba un papel de primer orden los relatos que recibíamos en las catequesis y en los que, como es de suponer, el diablo, fuera como Satanás o Belcebú, lo encontrábamos por todos los lados. Ah, y también el infierno al que arrumbaríamos en cualquier momento si moríamos en pecado mortal. Los curas, siempre omnipresentes, con sus tonsuras capilares en las coronillas de sus cabezas y sus negras sotanas, se paseaban por calles y plazas para que les besáramos sus manos que, displicentemente, las extendían como signo de distinción y poder.

Eran los mismos que en las catequesis nos narraban los pasajes de la Biblia, comenzando por aquella pareja primigenia, Adán y Eva, que felizmente vivía en un paraíso en el que todo iba bien, excepto, como bien sabemos, la condición impuesta por el Creador de no comer del árbol de la ciencia o del conocimiento. Pero hete aquí que a la ‘tontaina’ de Eva no se le ocurrió otra cosa que hacerle caso al maligno que se había disfrazado de serpiente para que se deleitara de los frutos del árbol del conocimiento e invitara a Adán a que hiciera lo mismo. Lo que vino detrás ya de algún modo todos lo conocemos: una desgracia total.


Sin darnos cuenta, en esas tiernas y crédulas criaturas, la mujer, la manzana y el diablo empezaron a formar una especie de tríada que la integrábamos en una mezcolanza de héroes, villanos, monstruos y fantasmas de todo pelaje que poblaban unas mentes cargadas de una imaginación desbocada.

Quizás, alguno de los más espabilados pudiera preguntarse, por ejemplo, qué relación tenía la historia de Eva, que con la manzana mordida se la muestra al incauto de Adán, para que fuera cómplice de todas las desgracias que le iban a acarrear a la humanidad, con esa otra figura de la bruja, horrible vieja desdentada y vestida de negro, que a la inocente Blancanieves le ofrecía también una hermosa manzana roja y que, a fin de cuentas, sería su perdición (a menos que viniera un apuesto príncipe a salvarla de su sueño perpetuo).

Además, nos explicaban con todo lujo de detalles, que las brujas tenían el don de volar subidas en una escoba. Años más tarde, cuando ya sentíamos que nuestros cuerpos se agitaban por el exceso de hormonas, nos enterábamos, con cierto horror, que esas brujas tenían relaciones íntimas con los mismos diablos, según nos decían.


Pero, claro, uno va creciendo, se va haciendo mayor y va teniendo otras fuentes de información, sean los libros o algunas películas que explican ese extraño mundo brujeril. Cierto que los historiadores sabían lo que habían sido las brujas especialmente en las áreas rurales: mujeres curanderas, adivinas y hechiceras que les aseguraban a sus clientes y vecinos ser capaces de sanar enfermedades, predecir el futuro, propiciar buenas cosechas, multiplicar los rebaños, traer prosperidad y muchos otros tipos de supuestos beneficios.

Pero esas ‘artes mágicas’ que utilizaban nada tenían que ver con el satanismo con el que se las acusaba y que dio origen a que miles y miles de ellas fueran llevadas a la hoguera, especialmente en los siglos XV, XVI y XVII. A fin de cuentas, sus prácticas eran supervivencias de tiempos paganos, en los que los conjuros, amuletos, pócimas, ritos de fertilidad, augurios y otras viejas tradiciones habían sobrevivido, de manera más o menos oculta, en posteriores siglos de cristianismo.

A pesar de ello, la Iglesia y su brazo armado, la terrible Santa Inquisición, se habían encargado de difundir que, para llevar adelante sus ritos, las brujas se agrupaban en encuentros nocturnos presididos por Satanás en forma de macho cabrío, de modo que era el mismo diablo quien dirigía esas reuniones clandestinas.

La caza de brujas no se hizo esperar, tal como se muestra en numerosos grabados en los que se las ven ardiendo en las hogueras, al tiempo que Satanás sale de sus bocas. También, los supuestos aquelarres aparecieron en los cuadros de Goya en los que vemos a mujeres (y en algunos casos, a hombres) apiñadas en una especie de masa de cuerpos y rostros aborrecibles, siempre presididas por la imagen o la sombra del macho cabrío.


Mientras escribo, me imagino que a estas alturas del texto quien me esté leyendo podría preguntarse: “¿A cuento de qué hablo ahora de las brujas, cuando solo los más ignorantes pueden creer en la existencia de esas horribles mujeres que son guiadas por el demonio para practicar ritos en los que nadie con dos dedos de frente acudiría a ellos?”.

Ciertamente, en los inicios del siglo en el que vivimos podríamos pensar que todo esto ha quedado como restos de un mundo atávico, que el conocimiento, el pensamiento racional y los avances científicos habrían arrinconado para siempre.

Sin embargo, y por desgracia, el mundo no camina en la misma dirección que la razón y el pensamiento crítico. El fanatismo, la irracionalidad y un ancestral odio hacia las mujeres que deciden tomar las riendas de sus vidas llevan unos años desatados, no solo en el país en el que vivimos, sino que se ha extendido por otros como una mancha de aceite a través de los partidos de extrema derecha y de los medios que los apoyan, buscando acabar con todo lo que suponga avances en los derechos humanos.

Como ejemplo de lo que indico puede servir la acusación de ‘bruja’ que recientemente José María Sánchez García, diputado de Vox, le propinó a la socialista Laura Berja, cuando esta se encontraba en el uso de la palabra defendiendo la proposición de ley en la que se pretende penalizar el acoso que actualmente se ejerce contra las mujeres frente a las clínicas privadas que están acreditadas para practicar abortos.

Aunque parezca mentira, no solo en las redes sociales podemos encontrar los improperios más soeces hacia las mujeres. También en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, que debería ser un ejemplo de modelo de confrontación dialéctica, es posible escuchar semejantes mofas y desprecios dirigidos hacia algunas diputadas.

Me imagino, pues, que si Tomás de Torquemada levantara la cabeza y viera lo que acontece en el siglo veintiuno se llevaría una enorme alegría al comprobar que todavía hay gente que sigue al pie de la letra su espíritu inquisitorial; aunque, quizás, lamentara que a aquellas mujeres a las que los nuevos inquisidores acusan de ser ‘brujas’ no se las puedan llevar a la hoguera, como antaño se hacía, y en las que pagarían por sus grandes maldades antes de que sus almas fueran arrojadas definitivamente al infierno.

AURELIANO SÁINZ

10 de octubre de 2021

  • 10.10.21
La llegada del mundo digital ha abierto las puertas a que cualquier persona manifieste sus opiniones en los distintos foros y plataformas que las redes sociales proporcionan. Esto, en principio, lo podemos considerar una ventaja, pues si echamos una mirada atrás, hacia los tiempos en los que dominaba la letra impresa en los diarios, la posibilidad de expresar las ideas personales acerca de un tema era a través de las “Cartas al director”, de modo que previamente había que proporcionar los datos personales, con lo que uno quedaba reconocido.


En la actualidad, no es necesario identificarse, ni siquiera recibir la aprobación previa de algunos medios en los que se escribe para manifestar las propias opiniones, estén mejor o peor argumentadas. Es por lo que en la selva digital en la que actualmente nos movemos, las mentiras, los bulos, las descalificaciones e, incluso, los insultos de todo tipo funcionan a alto nivel, resultando difícil llevar de buenas maneras un debate y, menos aún, cuando hay discrepancias sustanciales.

Estamos muy lejos de aquellos planteamientos que defendía Sócrates en la antigua Grecia. El viejo filósofo tenía tanta fe puesta en que el diálogo y la contrastación de ideas eran las mejores maneras de llegar a la verdad compartida que se jugó su vida en este empeño.

Debemos tener en cuenta que la mayoría de las controversias que se suscitan suelen girar en torno a las creencias o las opiniones, por lo que es fácil que a veces se desaten las pasiones, dado que en los encuentros digitales (y muchos de los presenciales) no se entra en la disquisición o la búsqueda de hechos objetivamente verídicos, como suele ser los que la ciencia indaga sobre la realidad física en la que estamos insertos, sino en hechos sociales en los que confluyen distintas miradas, sentimientos e intereses personales.

No olvidemos que Sócrates resultó muy incómodo para los poderes dominantes en la Atenas clásica, por lo que fue condenado a quitarse la vida dado que con sus planteamientos conducía a que la juventud adquiriera el ‘vicio’ de pensar por su cuenta y esto, en una sociedad en la que los mitos religiosos ordenaban las vidas de los ciudadanos, en el fondo era cuestionar el orden establecido.

El pensar racionalmente, aceptando que nuestros esquemas mentales, las creencias, los intereses e, incluso, nuestro ego, puedan ser puestos en duda, no es lo más común entre las personas; menos aún por quienes forman parte de los grupos sociales dominantes, que no desean que sus ‘verdades’ sean cuestionadas.

Por otro lado, no sé si los españoles somos más tendentes a polemizar y terminar a garrotazos las controversias en las que nos vemos envueltos. Desconozco si el carácter apasionado de quienes poblamos la piel de toro da lugar a que acabemos como esa pareja que nos dejó pintada Francisco de Goya para que fuéramos conscientes de que si no adoptamos un criterio menos ligado a nuestras emociones finalicemos con insultos y descalificaciones, tal como comprobamos que es habitual en algunos medios.

Conocedores de estas pasiones hispánicas, y para no sentirse cuestionados, algunos suelen acudir a los seudónimos e, incluso, a los nombres ficticios, con lo cual difícilmente se puede llevar adelante un debate en condiciones. No resultan fiables aquellos que se ocultan y no se muestran con sus nombres y apellidos, pues uno no sabe quién tiene enfrente, por lo que lógicamente no se portan “las mismas armas” en el encuentro dialéctico.


Para dar salida a esta cuestión, hay autores que han abordado el arte de debatir, discrepar o polemizar. Una propuesta que ha sido bastante difundida es la que aparece en el ensayo How to Disagree (“Cómo discrepar”) del británico Paul Graham.

Siguiendo el modelo triangular que Abraham Maslow propuso para la descripción de las necesidades humanas, Graham ofreció un esquema similar, partiendo de la confrontación abierta, que estaba en la base de una especie de pirámide hasta el mejor nivel del debate, que se encontraría en la cúspide de esta forma geométrica.

En la base de su pirámide, Graham situaba la descalificación y el insulto como la forma más primaria de cerrar la controversia. Esto es bastante frecuente, cuando uno se siente provocado en sus aspectos más íntimos, como son las ideas o creencias. En cierto modo, sería la actualización del enfrentamiento a “garrotazos verbales” que nos aproximaría a la imagen que nos legó el inmortal Goya.

En el siguiente peldaño nos tropezamos con otro recurso muy habitual: la falacia ad hominem, ya que no se aportan argumentos de peso, sino que se ataca al contrincante por ser quién es, por su imagen o por lo que representa, intentando desprestigiarlo y dejándolo sin autoridad ante el tema que ha sido objeto de la polémica.

Si subimos en la pirámide, pasamos a una tercera posición. En ella se emplea como respuesta cierto tono ofensivo, sin cuestionar el tema central del debate, utilizándose un dejo irónico, despectivo o arrogante para no dar valor al argumento que el otro ha utilizado.

Nos aproximamos a una confrontación menos conflictiva que las anteriores cuando nos ubicamos en el cuarto peldaño. De todos modos, es una forma curiosa de presentar una posición contraria cuando se acude a lo que Graham llama ‘contradicción’, en el sentido de que el contendiente se limita a decir lo contrario, pero sin ofrecer ninguna prueba que respalde su afirmación.

En la quinta posición aparece la primera forma de desacuerdo en la que realmente se intenta ofrecer alguna respuesta lógica. Sin embargo, el problema radica en que el contraargumento aportado se desplaza hacia un asunto diferente. Por ejemplo, ante la afirmación de que “los jóvenes en la actualidad necesitan un trabajo para formar una familia”, un contraargumento sería que “para formar una familia lo importante es que se quieran”, por lo que no se aborda la influencia del paro en las nuevas generaciones.

En la cumbre del esquema triangular se encuentra la ‘refutación’ (que Graham la divide en dos niveles). Se entiende que esta palabra no la utilicemos mucho y en castellano sea ‘replicar’ o ‘rebatir’ las que tienen más uso en nuestra lengua. De todos modos, y a pesar de sus diversas denominaciones, es la forma que exige mayor trabajo reflexivo, porque se parte de los argumentos del que ha hecho la afirmación para explicarle por qué está equivocado o se discrepa, intentando aclarar los errores utilizados y aportando razones o pruebas en sentido contrario.

Pero, tal como apunté al comienzo, en un mundo cargado de tensiones como es el que actualmente nos movemos, rebatir con una correcta argumentación parece una tarea bastante excepcional por el esfuerzo mental y la necesidad de una buena preparación lingüística para responder con coherencia. De todos modos, ya salirse de los primeros escalones de la pirámide de Graham ayuda a desarrollar el debate, lo que, en el fondo, acaba siendo algo positivo para evitar la crispación tan frecuente en nuestros días.

AURELIANO SÁINZ

3 de octubre de 2021

  • 3.10.21
En el anterior artículo habíamos hecho un recorrido por algunos de los murales que pueden verse en Romangordo, un extraordinario pueblecito de Extremadura. También comentábamos que la iniciativa partió de la alcaldesa fallecida, Charo Cordero, quien tuvo la genial idea de invitar a tres estudiantes de Bellas Artes en Madrid para comenzar lo que conocemos como "trampantojos" en distintas paredes de la localidad.


Pero no solamente fueron las paredes lo que el grupo Muro Crítico llevó adelante con gran habilidad, sino también las puertas de casas y de cocheras que hay en el pueblo. Sobre este aspecto quisiera apuntar que los cierres metálicos presentan especial dificultad a la hora de plasmar escenas o rostros de personajes, dado que están formados por lamas metálicas ensartadas, lo que presenta un cierto problema, ya que en ellas resulta ser distinto a pintar sobre una pared lisa, tal como habíamos visto en los murales precedentes.

También se pintaron algunas puertas de madera que sirven de entrada a casas modestas, como es el caso de la que aparece en la portada de este artículo, en la que vemos que, ficticiamente, una vaca se asoma por encima del postigo que se supone abierto, provocando la sorpresa en el espectador; sorpresa que solo se deshace cuando ya se encuentra cerca de la entrada y se es consciente del engaño que provoca a la vista.


En las cuatro fotografías precedentes comprobamos que uno de los temas que más aparece en las puertas pintadas es el de objetos que forman, o han formado, parte de la vida cotidiana de las gentes de Romangordo. Así, podemos ver la perspectiva de la antigua barra de bar en la que se muestran una botella de gaseosa y otra de sifón; también, el tradicional asiento de las barberías; o los utensilios que los médicos rurales portaban cuando visitaban las casas de los pacientes; e, incluso, la imagen de un antiguo Renault de color verde oliva y con la matrícula incluida, lo que nos hace pensar que es del propietario de esa cochera.


Uno de los trampantojos pintados en la pared que vimos en el anterior trabajo fue el de Charo Cordero, antigua alcaldesa, a la que se quería recordar con esa imagen, por ser la promotora de esta magnífica experiencia. También podemos contemplar algunos rostros concretos de personas del propio pueblo que sirven como motivo para decorar las puertas.

Es lo que sucede con los dos excelentes retratos que acabamos de ver y que corresponden a una mujer y un hombre mayores, que, a buen seguro, son los propietarios de los lugares en los que han sido plasmados y sin que tengan ningún reparo en mostrarse públicamente.


En los murales pintados en las puertas no podían faltar los viejos oficios que en la actualidad sobreviven con dificultades ante el avance de las nuevas tecnologías que parecen destinadas a barrer las tradiciones que se mantuvieron durante mucho tiempo en las zonas rurales.

Dado que son numerosos, me ha parecido oportuno presentar seis de ellos, agrupados de tres en tres. En este primer grupo aparecen el zapatero que remendaba toda clase de zapatos; una mujer que se encuentra elaborando un queso casero y un hombre, portando una gorra verde, que utiliza una de las antiguas máquinas de coser.


En estos trabajos artesanos las manos juegan un papel crucial. Ahí están las que elaboran los embutidos tras las matanzas; las que se afanan para acabar con unos dulces que no son el resultado de procesos industriales; las que aprietan con maña las ubres en el ordeño de las vacas: son manos duras, ásperas, moldeadas por el tiempo y la severidad de una labor que exige una entrega cotidiana a la que no pueden faltar cada día, pues se muestran vitales para la subsistencia de sus dueños. Lejos, pues, de las manos ligeras y frágiles que teclean en los portátiles o los móviles, tal como exige un mundo cada vez más distanciado de los oficios muy ligados al mundo rural y a la naturaleza.


Cierro este homenaje a ese pequeño pueblo que, sin embargo, se ha hecho grande por la creatividad y la imaginación que han aportado a través de estos murales, con la figura del campesino labrando la tierra con dos mulos, tal como se realizaba desde tiempos ancestrales.

Es una imagen que pictóricamente se asemeja a la técnica de la acuarela por la imprecisión de las figuras, aunque lo más probable es que esté realizada con pintura acrílica o con aerosoles. No deja de ser, a fin de cuentas, una especie de síntesis de todas las escenas que el grupo Muro Crítico ha plasmado en un rincón extremeño, idea que podría ser tomada como ejemplo o referente en otros lugares.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: AYUNTAMIENTO DE ROMANGORDO

26 de septiembre de 2021

  • 26.9.21
Hace ya algún tiempo, y en este mismo medio, publiqué un artículo que llevaba por título el de Trampantojos, explicando su significado y mostrando algunos ejemplos magníficos que es posible contemplar en distintas ciudades europeas, pues, en ocasiones, el arte pictórico no solo se encuentra en los renombrados museos, sino que podemos encontrarlo en plena calle, cuando hallamos estos murales expuestos al aire libre en grandes paredes.


En aquel texto indicaba que si acudíamos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua veíamos que un “trampantojo” es una “trampa o ilusión con que se engaña a uno haciéndole ver lo que no es”. A partir de esta definición, podríamos deducir que sería una palabra compuesta de “trampa” y de “ojo” o, lo que es lo mismo, un equívoco visual.

También decía que en el lenguaje común no solemos emplear este término, ya que su uso más habitual se produce en el campo del arte y de la arquitectura. Por otro lado, hice referencia a los dibujos del holandés M. C. Escher, ya que en su producción encontramos numerosas creaciones con las que confunde al espectador, ya que son escenas que no pueden existir en la realidad tridimensional; solamente es posible contemplar esos espacios insólitos que Escher imaginó en una superficie de dos dimensiones.

Pero en la actualidad no hay que remitirse a pintores consagrados o pasear por aquellas reconocidas ciudades en las que hay trampantojos para la admiración de los visitantes; ahora es posible verlos en pequeñas poblaciones como es el caso del pueblecito de Romangordo que se encuentra cerca de Trujillo y Navalmoral de la Mata, en la provincia de Cáceres.

Merece la pena, si se está por esta provincia, acercarse a Romangordo y admirar lo que la imaginación ha sido capaz de llevar adelante en un entorno de lo que ahora llamamos "la España vaciada". La sorpresa acude pronto cuando paramos el coche, nos bajamos y comenzamos a contemplar las paredes pintadas con magníficos murales. Dada la cantidad que hay en el pueblo, haremos dos entregas: esta primera dedicada a los realizados en paredes y, la segunda, a aquellos plasmados en las puertas.

Algunas preguntas que le surgen al visitante es la de a quién se le ocurrió promocionar esta singular idea; también con quiénes contaron para ejecutarlos y cuánto pudieron costar los más de cincuenta trabajos realizados en este rincón de Extremadura de apenas 300 habitantes.


Las respuestas nos las proporcionó en su momento Charo Cordero, quien fuera alcaldesa del pueblo entre 2003 y la fecha de su fallecimiento en el año pasado. En su memoria se realizó el mural que encontramos en la entrada del pueblo, ya que se la muestra representada dentro de una composición muy evocadora, en la que aparece dando libertad a un pájaro de papel en el que pueden leerse las siguientes palabras: “Valientes, Iguales, Libres”, que son la síntesis de los valores que defendió para las mujeres a lo largo de su vida.


Según la promotora de esta magnífica iniciativa, todo ello comenzó con propuestas puntuales, pero debido a la favorable aceptación que tuvo en el vecindario y la repercusión entre la gente que se acercaba a visitar el pueblo o sus entornos, se continuó con la experiencia, de modo que en todo el municipio, sean paredes, medianeras o puertas, acabaron pintándose escenas ligadas a temas y tradiciones locales.


Si uno contempla detenidamente los trampantojos, comprueba la imaginación y la calidad de estos murales al aire libre, por lo que se entiende que no pudieron ser realizados por simples aficionados, sino que debió ser gente con una sólida preparación en el campo de la pintura.

En efecto, sus principales creadores fueron, por entonces, estudiantes de Bellas Artes en Madrid: Jesús Mateos Brea, Jonathan Carranza y David Bravo “Chefo”. Conviene apuntar que los tres forman en la actualidad el colectivo Muro Crítico y que proceden de localidades cacereñas: Plasencia, Madrigalejo y Moraleja, respectivamente.


El que los autores procedan de localidades cercanas a Romangordo resultó ser un factor favorable para llevar adelante esta enorme tarea, no solo desde el punto de vista económico, puesto que los gastos se reducen por la proximidad, sino también por la afinidad que pueden encontrar en un trabajo con el que sienten una clara adhesión. Por otro lado, según la alcaldesa, el gasto solo ascendió a veinte mil euros, provenientes de los fondos de ayuda que recibe el pueblo para pequeñas actuaciones municipales.


El número de paredes y puertas pintadas en este pequeño pueblo extremeño, tal como he indicado, supera la cifra de cincuenta repartidas por la localidad, aunque paso a paso van aumentando, puesto que no es una historia acabada, sino una especie de relato visual que continua y que se nos muestra cuando lo visitamos.

Por otro lado, los temas que el colectivo Muro Crítico ha abordado, de acuerdo con la Corporación municipal, están ligados a la memoria viva de los vecinos, de modo que algunos casos son personas reales quienes se ven representadas en estos trabajos, por lo que la identificación con esas imágenes podemos decir que es casi total.


Uno de los aspectos esenciales de los trampantojos, sea en ámbitos urbanos o rurales, es que las escenas que se plasman deben de estar claramente integradas en las características constructivas del edificio o la casa en los que se realizan. No tiene sentido pintar un mural en el que los colores, las texturas, los materiales o los contenidos creados supongan un claro contraste con el resto de la construcción.

Esto puede apreciarse en los tres que acabamos de ver: en el primero de ellos se simula a unos niños y a un gato bajando una escalinata; en el del centro aparece una mujer toda sonriente y con un mandil blanco que porta en su cabeza y sostiene con ambas manos unos cubos de hojalata cargados de agua y ropa; y, en el tercero, a una pareja de emigrantes que, a su pesar, abandonan el pueblo.


No pueden faltar aquellas palabras que son características de la localidad o de su entorno, dado que son señas de identidad que se han transmitido de generación en generación. Es por ello que, en una pared totalmente blanca, y que hace esquina redondeada, se ha escrito una larga lista de ellas para que no se las olviden en el mundo acelerado en el que ahora vivimos.


De igual modo, se homenajea también a la antigua escuela, de forma que una se muestra en la medianera de una casa, como si la escena fuera una ampliación de aquellas viejas fotografías reproducidas en tono sepia. Así, se ve de pie al viejo maestro y a sus pupilos sentados en los duros pupitres en la ardua tarea de adquirir los primeros aprendizajes que les servirán como herramientas con las que caminar por la vida.


Enlazando con el mundo de los aprendizajes, muy imaginativo resulta ser el mural de la pared baja que rodea una las viviendas de la localidad, de modo que se logra transformarla en una especie de anaquel en el que aparecen, a gran tamaño, distintos libros, junto con otros instrumentos escolares como son una regla y un cartabón, ambos de madera.


Viene bien que cerremos este primer recorrido por los trampantojos de Romangordo con una escena emotiva. Es la que amablemente nos proporcionó el Ayuntamiento de la localidad, en la que vemos a un grupo de alegres escolares con su maestro, que, orgullosos, posan delante de un mural que se ha pintado en una de las paredes del colegio. En él se muestra a un grupo de soldados británicos que enmarcan el lema “205 años de historia. XIII Ruta de los Ingleses”, hecho, que a buen seguro, forma parte de la memoria colectiva del pueblo.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: AYUNTAMIENTO DE ROMANGORDO

12 de septiembre de 2021

  • 12.9.21
Parece mentira que existan canciones que casi todos las conocemos porque nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas y que ya hayan cumplido, nada más y nada menos, que cincuenta años. Son temas que se encuentran dentro de magníficos álbumes que vieron la luz en el año 1971, pero podríamos decir que se han hecho casi inmortales, pues cuando los volvemos a escuchar los recibimos con toda la frescura que cuando se editaron.


¿Quién no conoce, por ejemplo, Mediterráneo, la espléndida canción de Joan Manuel Serrat que se encuentra en un disco verdaderamente mítico y que ha cumplido cinco décadas? ¿Quién no se ha emocionado con Imagine de John Lennon, ese canto a la paz y de esperanza de conocer un mundo muy distinto al que ahora nos encontramos, y que muchos nos empeñamos en que no sea una mera utopía, sino una realidad palpable que alguna generación finalmente pueda conocer?

He citado dos canciones, pero podrían ser bastantes más las que pueden ser recordadas por haber alcanzado esa cifra temporal tan contundente, al implicar medio siglo de existencia. No obstante, con intención de brevedad, me voy a limitar a comentar solo cinco álbumes que nacieron en ese año y que, no solamente son magníficos trabajos, sino que cada uno de ellos contiene al menos una canción que ha traspasado las líneas del tiempo.

Estos discos son: Mediterráneo (Joan Manuel Serrat), Imagine (John Lennon), Tapestry (Carole King), Aqualung (Jethro Tull) y Led Zeppelin IV (Led Zeppelin). Tal como he indicado, no me extenderé en los comentarios de los tres solistas y de los dos grupos que he seleccionado, porque, básicamente, se trata de homenajear a quienes nos dejaron esas pequeñas maravillas que hoy podemos escuchar directamente por algunos de los medios digitales.


Como no podía ser de otro modo, este breve recorrido lo comenzamos por Mediterráneo, el disco que Serrat publicó cuando contaba 27 años. Ya en su propia portada, lo vemos en una fotografía de plano medio que se superponía a una imagen marítima con un sol del atardecer, como homenaje a ese mar que tanto amaba y que desde su infancia, ya que nació en el Poble-sec de Barcelona, pudo contemplar y disfrutar.

Muy pronto, el disco tuvo una enorme acogida, ya que allí se encontraba la canción que daba título al álbum, con otras también cantadas en castellano, puesto que el bilingüismo ha sido siempre una seña de identidad de Joan Manuel Serrat. Así, a Mediterráneo le acompañaban La mujer que yo quiero, Qué va a ser de ti o Tío Alberto, por citar algunas de las más conocidas del álbum.


En el año anterior al que ahora comentamos, es decir, en 1970, se cerraba la trayectoria del mítico grupo de los Beatles con el inolvidable elepé Let it be. La falta de entendimiento entre Paul McCartney y John Lennon hacía imposible la continuidad del cuarteto, por lo que cada cual de los cuatro miembros siguió su propio camino, con discos más que notables, pero sin alcanzar la brillantez de cuando estaban juntos.

Bien es cierto que, antes de la separación, Lennon había grabado discos con su pareja Yoko Ono. Sin embargo, ya en solitario, en 1971, lanza su segundo disco de estudio, Imagine, quizás el más notable, o, al menos, el más conocido de su trayectoria en solitario. La letra de la canción, tal como he indicado, es un canto a la paz y a la esperanza de encontrar un mundo sin guerras. Una verdadera utopía.


También en el año que comentamos vio la luz un disco espléndido que lanzaba por entonces la cantante y compositora neoyorquina Carole King. Se trataba de Tapestry (Tapiz), que con el paso del tiempo logró vender 13 millones de copias. Como reflejo de las canciones que allí aparecían, vemos que en la portada del elepé se encuentra la propia autora en un relajado ambiente doméstico, sentada, vistiendo pantalones vaqueros, con labor de aguja en las manos y, delante de ella, su gato mirando también al espectador. En el disco se encontraban temas inolvidables como So Far Away, It´s too Late y la inolvidable You´ve got a Friend (Tienes un amigo) que fue también popularizada por James Taylor.


Cuando uno siente pasión por algún grupo, como me sucedía a mí con Jethro Tull, le resulta difícil elegir alguno de sus trabajos, por lo que tiene que guiarse por el éxito alcanzado para destacar alguno de ellos. Así, de forma casi unánime para la crítica, Aqualung fue considerado la cumbre del grupo británico liderado por Ian Anderson.

Era el cuarto disco de estudio de la banda, que había iniciado su andadura discográfica con su inolvidable This Was en 1968. Dada la capacidad creativa de Jethro Tull, su trayectoria sonora llega nada menos que hasta 2020, con Stormwatch 2. Sin embargo, Aqualung, ese disco que en la portada nos presentaban pintado a un huraño mendigo, que está ocultando con su mano izquierda algo dentro de su harapiento abrigo, ha pasado a la historia como uno de los grandes trabajos de la música popular.


Cerramos este breve recorrido citando al cuarto álbum de Led Zeppelin, la inolvidable banda capitaneada por Jimmy Page y Robert Plant. Curiosamente, desde el punto de vista del diseño, tiene ciertas semejanzas gráficas con el disco Aqualung, ya que en la portada del elepé se nos muestra una pared raída de la que cuelga un envejecido cuadro y en el que aparece un desaliñado anciano portando una carga de leña. No había ninguna otra señal, ni referencia al nombre del grupo; sin embargo, todo el mundo ya sabía de qué grupo era el disco que contenía joyas como el largo tema Stairway to Heaven (Escalera al cielo) o The Battle of Evermore.

AURELIANO SÁINZ

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