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22 de octubre de 2011

  • 22.10.11
A todos ustedes, gracias. Por leer cada uno de mis trabajos. Por esperar al siguiente. Por darme ánimo y fuerza para emprender con ilusión nuevos viajes por la historia de mi ciudad, que es nuestra a fin de cuentas.



Juan Pablo Bellido me dio hace un año la posibilidad de colaborar en Montilla Digital. “Lo que se te ocurra, tienes vía libre y una columna a tu disposición”, fue su ofrecimiento. No lo dudé. Tendré por bien recibido cualquier ofrecimiento que me permita compartir algo con mis vecinos y amigos. Contribuir, siquiera de manera anecdótica, a engrandecer la belleza de esta tierra que amo y se deja querer cada día. Por eso, Memento. Recordemos nuestro pasado para comprender el presente y afrontar el futuro.

Un Memento puede ocupar una o dos páginas de un documento Word. A veces, incluso cinco. Pero lleva detrás una ardua e interesante labor de investigación que en alguna ocasión me ha obligado a ausentarme durante varios días del resto de mis obligaciones.

Este año pasado he emprendido algunos proyectos que me han ido restando tiempo para estas investigaciones. Sigo entendiendo los años como cursos escolares, y ahora, en pleno octubre, afronto un nuevo año que me promete nuevos desafíos que no quiero rechazar. Intuyo, por tanto, que cada vez será más complicado ese nuevo Memento

Pero no voy a engañarles. No es cuestión de tiempo. Podría buscarlo. Y encontrarlo. Todos podemos si lo necesitamos. El caso es que últimamente ando un poco desconcertado y, por qué no asumirlo, desencantado con ustedes. Se me hace tremendamente complicado, sobre todo desde hace algunos meses, entrar a cualquier noticia a leer sus respuestas y no ver más de un cinco o un diez por ciento de comentarios responsables.

Y por responsable me refiero a un comentario crítico, por supuesto. Pero consecuente. Que sume valor a la noticia y no sea un simple vómito fruto de frustraciones o desacuerdos. Intenté formar parte de un proyecto con el objetivo de crear un debate sano y ofrecer soluciones a pequeños problemas que puedan surgir en el día a día de nuestras calles. Y, sin embargo, día a día me encuentro un foro cargado de odios y rencores que libre e impunemente se profesan ustedes, ciudadanos cuyos caminos se entrelazan a diario.

Desencantado, como les decía. A veces se tergiversan buenas intenciones y se tuercen caminos cuya meta era, simplemente, la libertad. Para mí, esa libertad era conseguir un clima de concienciación en la ciudadanía. La política local puede ser impresionantemente satisfactoria cuando nos olvidamos de las siglas. Pero trágicamente contraproducente cuando nos olvidamos del contenido y nos limitamos a asentir como borregos a preceptos absurdamente autoimpuestos.

No entiendo sus comentarios. Detesto esos vómitos de frustración escondidos tras el anonimato más asqueroso. Me niego a aceptar los rencores expresados tras la excusa más pueril. Desconfío en cada momento de sus buenas intenciones. Decía un cantautor que la ciudad parece un mundo cuando se ama a un habitante, y yo creo que la ciudad desaparece cuando sus habitantes sólo se profesan odios.

Yo me marcho. No soporto esos odios, ese clima de crispación por el hecho de pensar diferente, ilógica conclusión de hipótesis insostenibles. Sé lo que pienso, sé lo que creo. Sé distinguir cuando algo huele mal y alejarme de lo que me resta libertad y me crea falsas ilusiones.

Me tienen a su disposición, no lo duden. Para cualquier proyecto que sume valor y se convierta en punto de encuentro de buenas intenciones. Para cualquier puesta en marcha de nuevas experiencias que demuestren que dos opiniones contrapuestas no tienen por qué ser incompatibles. Para cualquier fin, en definitiva, que pretenda hacer de Montilla una ciudad de ciudadanos.

Para crear frustraciones, odios, rencores, rumores, no. Para buscar tacañamente la excusa idónea para desmontar al vecino, no. Para obtener anónimamente en cada noticia el argumento perfecto para despotricar contra un ciudadano que se parte la cara por su ciudad, por el mero hecho de pertenecer a uno u otro partido político, por supuesto, no. Para esto no me busquen. Para esto, mejor, llamen a algún programa de los viernes por la noche.

Mientras tanto, yo me marcho. Dejo Montilla Digital, a quien agradezco enormemente la posibilidad de mi Memento. Dejo también mi labor como redactor, timidísima y casi inexistente durante unos meses, que se ha reducido a publicar varios anuncios de actividades de colectivos montillanos. Dejo, por el momento, la ilusión de entender sus propósitos.

Les dejo. Pero, no lo duden, aquí me tienen. Agradecido y desencantado. Sin rencores. Siempre suyo.

VÍCTOR BARRANCO

21 de mayo de 2011

  • 21.5.11
En el último cuarto del siglo XIX, la Restauración Borbónica trajo a la política española un sistema de turnismo bipartidista en el que liberales y conservadores se sucedían en los gobiernos. Las elecciones no reflejaban la voluntad popular, sino que eran fruto de manipulación y pacto por parte de los dirigentes de los partidos. Era muy frecuente, incluso necesaria, la figura del cacique, personaje influyente en la España rural, que articulaba los mecanismos para llevar a cabo las decisiones pactadas por los dirigentes.



En Montilla, en plena regencia de María Cristina, tienen lugar las alcaldías de los republicanos José Ortiz López-Cózar y de Bartolomé Polo Raigón -esta última, de 1889, con una Corporación de once miembros, de los cuales seis eran republicanos-.

Con la llegada al trono de Alfonso XIII, el republicanismo montillano va perdiendo fuerza en pro del socialismo. Así surge, en 1909, y gracias al médico jerezano Francisco Palop y a la labor de la Casa del Pueblo, la Agrupación Socialista de Montilla. En 1916, Francisco Zafra Contreras se convirtió en el primer concejal de esta formación en el Ayuntamiento.

Cuatro años más tarde, el 24 de abril de 1920, las elecciones municipales dan la victoria al PSOE, encabezado por José Márquez Cambronero. El escrutinio lo sitúa ligeramente por encima del Partido Conservador y muy superior a republicanos e independientes, si bien un año después, el Ministro de Gobernación hace uso de un Real Decreto que permite sustituir al alcalde electo por otro de designación gubernamental. Con ello, el monárquico liberal Manuel Herrador Pedraza vuelve a ocupar la Alcaldía, siendo el montillano que más veces lo ha hecho a lo largo de la historia.

Vuelve a ocurrir algo similar en abril de 1922, cuando Francisco Zafra protesta ante una nueva designación de Manuel Herrador comunicada mediante telegrama por Gobernación. Los socialistas, pese a todo, siguen venciendo en las elecciones, y el monárquico se ve obligado a colaborar constantemente con la mayoría socialista. Un año después., tras el golpe primorriverista, el único partido legal pasa a ser la Unión Patriótica, y la Alcaldía es ocupada sucesivamente por Francisco Oliva Tejero, Cristóbal Gracia Madrid-Salvador y José Ortiz Sánchez

En 1930, tras la dimisión de Primo de Rivera, José Ortiz es sustituido por el concejal de mayor edad, Francisco Ruz Ruz. Dos meses después, éste es sucedido, de nuevo, por Herrador Pedraza. Es evidente la inestabilidad del régimen una vez retirado el dictador. Como curiosidad, y por si a alguien le parecen pocos tres alcaldes el mismo año, el Ayuntamiento decidió nombrar Alcalde Honorario al Presidente de la República Argentina, Marcelo T. de Alvear.

Tras la llamada “dictablanda” de Dámaso Berenguer, el gabinete Aznar y la posterior tensión social que se vivía en España, las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 fueron entendidas por los republicanos como prueba suficiente para exigir la inmediata instauración de la República.

Alfonso XIII, con ciertas reticencias y sin abdicar formalmente hasta diez años después, abandonó el país el 14 de abril y quedó proclamada la II República Española. En Montilla, el escrutinio de estas elecciones originó un Consistorio de clara tendencia socialista: diecisiete miembros –entre socialistas y radicalsocialistas- frente a un republicano y cuatro del Partido Agrario. Francisco Zafra se convierte en alcalde.

Al estallar el levantamiento militar de Franco, el alcalde es el socialista Manuel Sánchez Ruiz, conocido como “El Perla” y que durante años se alzó como una alternativa más radical a la posición de Zafra Contreras. El día después del golpe franquista, el Ayuntamiento fue incautado por el Ejército, se decretó el Estado de Guerra y se designó como alcalde al sargento Cubero Blanco.

Sobre lo que vino después hay muchas páginas escritas. John Markoff hablaba de “olas de democracia” para hablar de los vaivenes en la lucha por la consecución de derechos ciudadanos y democráticos. La dictadura de Franco arrancó de golpe los derechos conseguidos durante los años de la II República, y el sistema electoral fue, simplemente, desarmado. El alcalde era elegido directamente por el Ministerio de Gobernación, y la elección de los concejales carecía de lo que hoy podemos llamar garantías democráticas.

Elecciones democráticas

Desde julio de 1975, y durante toda la Transición, Rafael Córdoba García gobernó la ciudad desde una Corporación circunstancial en la que aparecía, como delegado de Educación y Ciencia, Emilio Canalejo Olmeda. Con la concurrencia de las primeras elecciones tras la dictadura el 19 de abril de 1979, el alcalde saliente señalaba que “los cargos públicos se deben vivir intensamente, pero poco tiempo”.

En estas elecciones, José Luque Naranjo, del Partido Comunista, se impuso a Coalición Democrática, encabezada por Antonio Panadero Pedraza; al PSOE, con Luis de la Rosa Morales; a Unión de Centro Democrático, con Amadeo Navarro Panadero; y al Partido del Trabajo, liderado por Miguel Salamanca Álvarez.

Sin embargo, José Luque tuvo que renunciar en 1982 tras sufrir un accidente. Lo sustituye un jovencísimo José García Romero, que con veintiséis años es elegido por la Corporación sin un solo voto en contra, señalando su disposición a “estar por completo al servicio de los ciudadanos […] y dispuesto a mojarme hasta donde pueda y haga falta, en defensa de los intereses de la gran mayoría, sin ser ni tibio, ni hacer concesiones a la demagogia”.

Sin embargo, José García abandonó la Alcaldía tras las elecciones del 8 de mayo de 1983, en uno de los episodios más polémicos de nuestra reciente historia. Pese a ser la fuerza política más votada, el apoyo al PSOE de Alianza Popular, con Miguel Puig Velasco a la cabeza, dio la Alcaldía a Prudencio Ostos Domínguez.

Aun a pesar del acuerdo nacional adoptado por socialistas y comunistas en las anteriores elecciones, este año mutó la alianza y los concejales populares no dudaron en votar la candidatura socialista. Aún hoy colean las consecuencias de aquella toma de posesión, una acción legítima para algunos y un acto de irresponsabilidad política e incoherencia para otros.

Se vivieron momentos de tensión en un abarrotado Salón de Plenos en los que se mostraron pancartas y se produjo un intenso griterío. Dos semanas después de la constitución de esta nueva Corporación, en plena Sesión Municipal, aún se evidenciaba la tensión en un intenso debate político entre José García y Prudencio Ostos.

1987 volvía a deparar una nueva cita electoral. Ahora, el PSOE ganó con abultada diferencia y Prudencio Ostos es reelegido como Alcalde en una Corporación con once miembros de su formación, seis de la nueva coalición de Izquierda Unida, tres de Alianza Popular y uno del PA,

En 1991, el alcalde Ostos Domínguez vuelve a obtener la reelección, doblando en votos al candidato Manuel Galindo García (IU). Los otros aspirantes fueron Francisco Ruz Hidalgo, del recién constituido Partido Popular, y Pedro Maya Ruz, del PA. Como anécdota, hay que señalar que ya en estas listas de 1991 aparece la figura de Agustín García Romero, actual candidato por Izquierda Unida.

A la victoria electoral de 1995 aspiraban José Luis Márquez Ruiz, del PSOE; Antonio Carpio Quintero, de IU; Florencio Luque Aguilar, del PP; y Pedro Maya Ruz, del PA: En unas elecciones marcadas por el debate sobre proyectos como la Ronda Norte, los andalucistas presentaron un programa que reflejaba, entre otras medidas, la creación de un Hotel de Empresas o de una bolsa inmobiliaria para estudiantes en las ciudades de Sevilla, Córdoba y Granada. El escrutinio dio la victoria a Antonio Carpio, que no abandonó la Alcaldía hasta doce años después.

Las elecciones de 1999 trajeron un toque “exótico” a Montilla, al presentarse una formación ciudadana de aspiraciones únicamente locales. Así, siguiendo el ejemplo de las vecinas Candidatura Independiente de la Guijarrosa (Santaella) o la Unidad Democrática de Fernán-Nuñez, Francisco Javier Nieto-Márquez Camacho decide constituir en Montilla una formación análoga a la Candidatura Ciudadana Cordobesa, que prácticamente comparten Estatutos. Carmen Pilar Pedrosa Calderón fue la encargada de encabezar Coalición Ciudadana por Montilla.

Los candidatos de IU, PP y PA repitieron respecto a las anteriores elecciones, y el PSOE depositó sus opciones en Carmen Rubio Nuñez, en una lista en la que aparece la actual alcaldesa, Rosa Lucía Polonio Contreras. Carpio Quintero obtuvo la victoria más abultada de nuestras elecciones municipales, en una cita marcada por la polémica en torno a la construcción del Hospital Virgen de Las Viñas.

La Coalición Ciudadana, obtuvo 224 votos, pero mostró una manera diferente de hacer política a nivel local. Estaba formada por “gente que no nos queremos dedicar a la política profesionalmente. Nos une solamente la exigencia […] de la mayoría de la gente de Montilla […] y propiciar una mayor participación directa de los representantes sociales en los asuntos de la Corporación”.



En 2003, Antonio Carpio encabezó de nuevo la lista de Izquierda Unida, que volvió a conseguir la mayoría absoluta por delante del PSOE, con Antonio Javier Patón Gutiérrez; del PP, donde repetía Florencio Luque; y del PA, con Miguel Ángel García Velasco a la cabeza.

Carpio dejó la Alcaldía tras las elecciones de 2007, a las que no se presentó. Izquierda Unida apostó por Aurora Sánchez Gama. El PP y el PA repitieron candidato, y Rosa Lucía Polonio Contreras, encabezó la vuelta del PSOE a la Alcaldía doce años después, convirtiéndose a la postre en la primera mujer en ocupar tal cargo en Montilla.

Ahora toca esperar. Mañana por la noche conoceremos el último capítulo de esta serie, en el que participan la propia alcaldesa, Rosa Lucía Polonio; Federico Cabello de Alba por el Partido Popular; Agustín García Romero por Izquierda Unida; y Miguel Bellido Mora, por el Partido Andalucista. La suerte está echada...

Y, como es costumbre, agradezco a Manuel Ruiz, José Antonio Cerezo, Antonio Luis Jiménez, Pepe Rey, Pepe García y Javier Nieto, por mostrarme siempre una sonrisa a cambio de alguna de mis impertinencias.
VÍCTOR BARRANCO

10 de mayo de 2011

  • 10.5.11
Próximamente, los montillanos tenemos el derecho de manifestar libremente nuestra voluntad política en las elecciones del 22 de mayo. Muchas personas esperan este momento cada cuatro años para ejercer la expresión más palpable que tenemos de democracia. Para otras, las elecciones sólo suponen una pérdida de tiempo, un gasto desproporcionado o, en todo caso, una molestia inútil.

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Sin embargo, hemos de tener en cuenta que el privilegio de poder elegir a nuestros representantes es más bien moderno. El sufragio electoral se consiguió y aumentó gracias a los esfuerzos de numerosos movimientos sociales que, a partir de finales del siglo XVIII, comenzaron a organizarse con el propósito de mejorar sus condiciones de vida y su participación en los asuntos de gobierno.

En este primer momento, el propósito era limitar el poder del gobernante y someterle a un mínimo de control popular. Poco a poco, estas reivindicaciones alcanzaron España y, curiosamente, triunfaron -en parte- gracias a un Gobierno extranjero.

Así, la invasión napoleónica contribuyó a un vacío de poder en España que fue aprovechado por la resistencia, encabezada por la Junta Central, para convocar las Cortes en la ciudad de Cádiz. Fruto de ellas surgió el primer Parlamento moderno de la historia de España y su primera Constitución, La Pepa; con ella, las primeras elecciones.

Acerquémonos. Estudiemos las elecciones en Montilla. Año 1812. El 16 de octubre, un edicto de don Francisco de Paula Zamora, Alcalde Mayor del pueblo y Juez de Primera Instancia convoca las primeras elecciones modernas en la historia de Montilla. Cita a los concurrentes en las Casas Consistoriales, el domingo 18.

Se elegirá un número de diecisiete electores que serán quienes decidan el futuro alcalde. Se trata, por tanto, de una elección indirecta. El edicto, siguiendo las directrices que marca la recién promulgada Constitución de Cádiz, indica que podrán tener voto los ciudadanos avecinados, que sean contribuyentes y residentes en la parroquia montillana.

Asimismo, para ser elector se ha de tener un mínimo de veinticinco años. Curiosamente, se le niega el voto a aquellos que hubieran tomado directa o indirectamente parte con el Gobierno intruso o hayan servido a éste, en el ínterin y hasta tanto no purifiquen su conducta política (*), en un claro ejemplo del carácter revolucionario y rupturista de La Pepa.

En las actas que reflejan la votación de los diecisiete electores, se hace pública la decisión de cada uno de los votantes. En pura contradicción con la actual regulación y rigidez horaria de las elecciones, en esta ocasión se realizó a lo largo de dos días, ya que el primero hubo de suspenderse al ser cerca de las oraciones (*). El escrutinio electoral, hecho público el 22 del mismo mes, contempla la relación de diecisiete electores que decidirán la futura corporación. El listado viene encabezado por Francisco Tinoco, José Panefa y Rafael Jurado.

Atendiendo al vecindario de Montilla, corresponde un Ayuntamiento formado por dos alcaldes, ocho regidores y dos procuradores síndicos. El veinticinco de octubre se realiza la votación definitiva y un día después se conocen los resultados, quedando compuesto el Ayuntamiento por José Barrera Panefa y Francisco Tinoco, como alcaldes ordinarios.

Deduciendo, como puede deducirse según los nombres que aparecen en las diferentes actas de estas elecciones, que en ciertas ocasiones se omite el apellido Barrera en la persona de José Panefa, vemos que quienes más votos obtuvieron en las votaciones a electores fueron elegidos posteriormente como alcaldes.

Siguiendo con el escrutinio, resultaron regidores José Ladrón de Guevara, Diego Pérez Alcalde, Lorenzo Almogueras, Cristóbal Bonilla, Francisco Solano Muñoz, Antonio de Aguilar, José Marabón y Francisco de Luque Rubio. Como procuradores síndicos se eligió a Cristóbal Carbonero y a Francisco Carretero (*).

Tenemos así lo que fue el primer Ayuntamiento constitucional en la historia de Montilla, que se remonta a hace casi doscientos años. Las diferencias con las actuales corporaciones municipales son evidentes. Así, en una carta del Gobierno Superior Político de Córdoba, fechada el 13 de agosto de 1813, se avisa a los municipios de que se suprimen los sueldos que en algunos pueblos de la Monarquía disfrutaban los alcaldes, regidores, procuradores síndicos; y los que en adelante se nombran para estos cargos, los desempeñarán gratuitamente (*).

La vuelta del Absolutismo en España en 1814 eliminó de un plumazo la Constitución de Cádiz y los Ayuntamientos constitucionales. No obstante, durante el Trienio Liberal aparece una figura digna de mención. Así, en 1822 se crea en Montilla la institución del Alcalde de Barrio.

Según una Instrucción de abril de 1821, sus funciones son poco gubernativas y muy policiales, ya que velarán por la convivencia y buena vecindad, visitando posadas, mesones, caballerías, casas de juego, tabernas y oficinas públicas. Llevarán un registro de los vecinos que correspondan a su distrito y, como símbolo de su poder, usarán bastón con puño de marfil o plata.

El escrutinio realizado designa a Gabriel González, Francisco Sotomayor, Manuel Rodríguez de la Cruz y Santiago de Jorge como alcaldes del distrito de la Parroquia del Señor Santiago; a Mariano Cabello, Agustín de Luque Sánchez, Claudio José del Real y Tomás Aroca, del distrito de San Francisco Solano; y a Francisco Anastasio Panadero, José de la Paz Requena, Antonio Polonio y Antonio de Haro, del distrito de San Sebastián (**).

Queriendo centrarme en las primeras elecciones “democráticas” en la historia de nuestra ciudad, no quiero cargar el artículo con nombres y cifras que, en caso de un mayor interés, se pueden consultar en el Archivo Municipal de Montilla, Sección "Elecciones Municipales".

No obstante, algunos aspectos político-electorales del siglo XIX sí merecen mención. La llegada al trono de Isabel II en 1833 y la posterior Ley de Ayuntamientos de 1845 trajo un nuevo sistema que, grosso modo, suponía el nombramiento del alcalde directamente por la Corona o, en su defecto, por instituciones dependientes del Gobierno central.

Se llegó a un bipartidismo y a un sistema de alternancia política entre el Partido Moderado y la Unión Liberal que, evidentemente, afectó también a la vida política municipal. Entre 1843 y 1868 gobernaron Montilla quince alcaldes diferentes, siete de ellos en más de una ocasión.

Manuel Benítez Zafra, médico moderado, accedió a la Alcaldía en cinco ocasiones. Durante el período isabelino, Francisco Muñoz-Repiso del Río, progresista, fue el alcalde de más edad, tras gobernar durante diecinueve días en julio de 1843; Juan Mariano Algaba y Trillo, abogado de 32 años e igualmente progresista, fue el más joven en acceder al cargo, en 1856.

En 1864, tras ser cesado el gabinete del unionista Aguilar-Tablada y sustituido por otra Corporación, y luego de varios meses de denuncias, recursos y acusaciones de malversación de fondos y fraude electoral, la Audiencia de Sevilla anuló la primera destitución, con lo que Montilla se encontró con dos corporaciones “legales”.

Ese mismo año, el 26 de octubre, apareció en el Diario de Córdoba un artículo de José María de Aguayo y Trillo, que señalaba las características que debía poseer el futuro alcalde: "[…] Para ello es indispensable que el hombre que se ponga al frente de esta Administración sea un buen patricio, es decir, que una vez y otra tenga probado su amor al pueblo en que nació, que comprenda sus necesidades y que acierte con los medios de remediarlas; se necesita también que sea inteligente y puro, y que no se halle ligado con partido ni camarilla alguna" (***).

Mucho ha cambiado la política municipal desde entonces. Las elecciones municipales constitucionales en Montilla tienen su primer antepasado, como hemos visto, en 1812. Sin embargo, poco o nada tienen que ver con el funcionamiento y la repercusión del siglo XXI. Anécdotas como las narradas dan fe de una evolución política digna de estudio y que, pese a todo, no han sido investigadas sino ciñéndose a períodos más o menos prolongados de tiempo.

Antes de terminar, una despedida con cierto sabor musical. Decía Andrés Calamaro que "la historia se escribe en hojas desordenadas". Puede ser cierto. En Montilla, Inmaculada de Castro se encarga se poner en orden las páginas de la nuestra, siempre alerta para atender al curioso y, en ocasiones, impertinente viajero de la Historia. Le agradezco su dedicación. Y si a alguien le ha sabido a poco, para el próximo Memento, curiosidades electorales del siglo XX.

Bibliografía
  • (*) Archivo Municipal de Montilla –AMM-. Elecciones Municipales. Legajo 604A, Expediente 2.
  • (**) AMM, id. Expediente 6.
  • (***) Montilla en las Hojas del Diario de Córdoba. Espino Jiménez, F.M. Montilla, 1999.
  • “La concepción del poder municipal en el reinado de Isabel II: su praxis en Montilla (1843-1868)”. Espino Jiménez, F.M, en Actas de las III Jornadas sobre Historia de Montilla. Montilla, 2001.
  • Olas de democracia. Movimientos sociales y cambio político. Markoff, J. Ed. Tecnos. Madrid, 1998.
VÍCTOR BARRANCO

2 de abril de 2011

  • 2.4.11
Quise reemprender este viaje por la historia de nuestro pueblo remontándome a sus orígenes. Inevitablemente, hablar del pasado de Montilla obliga a recordar la famosa batalla que puso fin a la Segunda Guerra Civil Romana, esa que acabó ganando Julio César. Por un lado, encontré acérrimos defensores de la simbiosis Munda-Montilla. Por otro, hay una serie de autores, entre los que me incluyo, que piensa que esa identidad romana es solo una posibilidad que aún dista mucho de ser rotunda.

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El hecho mismo de la batalla y la existencia de Munda nadie los pone en duda. Existieron, como se desprenden de los textos de Plinio, Silio o Floro. Podemos conocer diferentes aspectos de la sociedad que habitaba Munda y los pormenores de la contienda gracias a ellos, aunque su ubicación ha provocado no pocos enfrentamientos intelectuales. Como muestra, distintos historiadores como Adolfo de Castro, Fernández-Guerra, Oliver Hurtado o José Ortiz han tratado de situarla, respectivamente, en ciudades tan alejadas como Jerez, Estepa, Osuna o Ronda.

Si bien parece que en los últimos años el debate se posicionó a favor de nuestra localidad, lo cierto es que nunca ha aparecido una prueba definitiva que confirme lo que hasta hoy día son hipótesis. Morte Molina, en su libro Montilla. Apuntes históricos de esta ciudad, va un paso más allá al afirmar sin miramientos que “partiendo del principio de que Munda fue lo que hoy es Montilla, se remonta su origen a la época de los fenicios en el siglo XV a.C.”.

Sin entrar a desmentir al maestro Morte, hay que anotar la extrañeza de que, partiendo de que Munda fuese más tarde Montilla, no exista testimonio escrito de la ciudad desde el año 45 a.C. hasta trece siglos después. Curiosamente, para salvar esta paradoja se ha intentado rebautizar la población con nombres árabes como Montulia o Mondelia. Hoy día se acepta la idea de que la primera es fruto de un error de localización y la segunda, simplemente, no aparece testimonialmente en ningún texto.

Tampoco se puede dejar de lado el hallazgo de restos arqueológicos encontrados en Trance Pajares, Castillo de Dos Hermanas o Martín Duélamo, entre otros, todos ellos cercanos a nuestra población. No se puede negar la evidencia arqueológica a la que tanto esfuerzo han dedicado especialistas de la talla de Raimundo Ortiz o José Manuel Bermúdez. Así, no es rechazable que los primeros pobladores de las tierras montillanas se remonten al Paleolítico Inferior, hace medio millón de años.

Visto lo anterior, parece evidente que, en caso de que se hubiese dado poblamiento en un pasado, éste no tuvo continuidad en el tiempo.

Ante tal desconcierto, solo me queda la retórica para diferenciar, del mismo modo que la historiografía tradicional distinguió entre Prehistoria e Historia, la historia documentada de Montilla y su historia excavada, en clara alusión a los conocimientos adquiridos gracias a la Arqueología. Debo confesar, no obstante, que nunca he estado de acuerdo con el término tradicional de Prehistoria.

No polemizaré sobre el pasado romano de nuestra ciudad. Solo expongo las diferentes teorías que existen sobre su veracidad, así como de la existencia anterior de pobladores en tiempos remotos, para dar sentido al título de este artículo.

Sin embargo, la primera referencia documental de la población se remonta a 1333. Curiosamente, la primera mención que se hace de Montilla en la Historia tiene carácter real. El monarca Alfonso XI utiliza el topónimo en su Crónica, haciendo mención a su castillo.

Es este monarca quien recupera para la Corona las tierras del Señorío de Aguilar después de haber pertenecido a la familia del portugués Gonzalo Yánez do Vinhal (Ibáñez de Vinial, en algunos textos). Para ello, en 1344 se firma en Tordesillas el privilegio entre Alfonso XI y Bernardo de Cabrera, momento a partir del cual este territorio se convertirá en moneda de cambio en las posteriores luchas nobiliarias y dinásticas.

Tras la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique II, la victoria de éste lleva la posesión de las tierras de Montilla a manos de Lope Gutiérrez, Alcalde Mayor de Córdoba. Aguilar pasa al patrimonio de los Fernández de Córdoba, que años más tarde adhieren Montilla y reunifican el antiguo Señorío.

Mientras, comienza el proceso de formación de la villa, y en 1352 hay noticias de un prolegómeno concejo municipal, si bien parece que hasta 1371 no se adquiere término municipal independiente.

Se desconoce la existencia de construcciones hasta que los Señores de Aguilar trasladan su residencia a Montilla, cuando Alfonso Fernández de Córdoba pasa de Alcalá la Real a Montilla en sus últimos años de vida, en el primer tercio del siglo XV. En estos años, el castillo va transformándose hasta la construcción de un palacio residencial, fechado por el arqueólogo Raimundo Ortiz en 1424. En 1437, a los pies de la fortaleza y según los apuntes de Manuel Nieto Cumplido, se construyó la iglesia de Santiago.

A partir de entonces, parece evidenciarse que la villa de Montilla comienza una evolución de su trazado urbanístico que comienza con la ocupación del cerro y en torno al Castillo, un auténtico palacio de perímetro mucho más extenso que el que actualmente conserva.

Una fortaleza con alcázar y numerosas torres (Dorada, del Sol, Centinela, de Defensa, Diana, Escuchuela, Troyana, de los Escudos, del Homenaje, etc.). En estos primeros momentos, la expansión se produce hacia la zona que después se conocería como El Valsequillo y que podríamos ubicar, rudamente, en la actual Escuchuela. En 1460 tenemos la primera constancia escrita de una vivienda montillana, situada en la calle Almedina, cercana al Castillo y lindera con la Puerta del Arco, en el entorno de la actual calle Puerta del Sol.

La demolición del Castillo por orden de Fernando V en julio de 1508 no frustró el crecimiento de la población, que en poco tiempo se convirtió en la segunda más poblada del Marquesado de Priego.

En el siglo XVI siguió forjándose el primitivo casco urbano que hoy conservamos, y la villa se expande hacia el camino de Córdoba gracias al barrio de las Tenerías o hacia el Sur, con la antigua calle de las Manteras (hoy calles Enfermería y Pozo Dulce). Casi la totalidad de lo que hoy conocemos como centro histórico de Montilla tiene su origen y desarrollo en estos siglos XV y XVI.

La rápida expansión de la población provocó que las numerosas tierras de pasto y bosque que rodeaban el núcleo urbano comenzasen a labrarse. Se instalan talleres artesanales a lo largo de este núcleo y se produce la llegada de las órdenes religiosas.

Se establecen los monasterios de San Agustín, San Francisco y Santa Clara. En 1528 ya tenemos noticia del Hospital de Nuestra Señora de la Encarnación, entonces en la Corredera. Las tierras de la Fuente del Pez y El Cigarral existen, pero solo como grandes fincas propiedad de los Fernández de Córdoba. La villa cobra importancia dentro del Señorío de Priego hasta que, en 1630, Felipe IV otorga a Montilla el título de Ciudad.

Es evidente que lo que aquí les traigo es solo un esbozo de una riquísima historia de Montilla. Pensar que muchas de las calles que hoy recorremos existían hace quinientos años puede ayudarnos a comprender y respetar nuestro patrimonio.

Curiosear a quienes se han encargado de investigarlo provoca no poca sorpresa. Y, finalmente, indagar en la evolución urbana de un municipio es hacerlo, no quepa duda, en la propia evolución de sus habitantes.

Invito a más información a través de la bibliografía adjunta. Podrán encontrarla en la Bibliteca de la Fundación Manuel Ruiz Luque o en la Municipal de Montilla. Y agradezco, por supuesto, a Carmen y Ana, por hacerlo todo mucho más fácil.

Fuentes consultadas
  • El Gran Capitán. Retrato de una época. Ruiz-Domenech, J. E. Península. Barcelona, 2002.
  • El nombre de Montilla y su relación con Munda. Ponferrada, J. A. y Ponferrada Gómez, J. Montilla, 2001.
  • Montilla: Historia, Arte, Literatura. Homenaje a Manuel Ruiz Luque. VV.AA. Baena, 1988.
  • Montilla. Guía Histórica, Artística y Cultural. Garramiola, E. El Almendro. Córdoba, 1982.
  • Las dos “Montillas”. La ocupación del cerro del castillo de Montilla, en Actas de las III Jornadas sobre Historia de Montilla. Bermúdez Cano, J. y Ortiz Urbano, R. Montilla, 2001.
  • Guía Histórica de Montilla. Calvo Poyato, J. Dip. Córdoba – Ay. Montilla. Córdoba, 1987.
  • El Castillo de Montilla; Historia y Traición. Ponferrada Gómez, J. Montilla, 1983.
  • Montilla, apuntes históricos de esta ciudad. Morte Molina, J. Montilla, 1888 (2ª ed. 1982).
VÍCTOR BARRANCO

22 de enero de 2011

  • 22.1.11
Se me permitirá que antes de referir el gran suceso del que fui testigo, comente ciertos aspectos de mi vida que permitan al lector comprender mi privilegiada posición en los años que vengo a citarles. Nací en el mil seiscientos y veinte, en el sevillano barrio de Triana. Mi madre murió al poco de nacer mi hermano pequeño, cuando yo tenía apenas tres años. Mi padre, el montillano Alonso Bautista de Castro, siempre me hablaba de su infancia en el popular barrio de las Tenerías, justo en la falda del antiguo castillo de los Fernández de Córdoba. Allí conservaba, aun sin conocerlos, a muchos de mis tíos y primos que después me acogerían entusiasmados.

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Durante mis años mozos, mi padre logró cierto prestigio como comerciante, lo que le dio la posibilidad de conseguir un puesto como subordinado del contador en la Casa de Contratación con las Indias. Ello posibilitó que yo pudiese realizar mis estudios para magistratura en la Universidad de Santa María de Jesús. No voy a contarles, por no extender en demasía lo circundante a lo principal, mis primeros años como licenciado, en los que muté de Germancillo de Triana a don Germán Bautista.

Quédense, sin más, con un castigo del destino que me devolvió a la cuna de mis raíces y me otorgó un puesto secundario en el despacho montillano del escribano don José Antonio de Eguizábal. No tendría cumplida la treintena cuando, tras unos días en el Hospital de la Sangre, mi padre murió por una terrible enfermedad que casi desoló Sevilla aquella primavera.

Mi hermano y yo huimos de Sevilla, donde apenas nos quedó alguien a quien agarrarnos, y nos desplazamos a Toledo. Mi hermano se ganaba la vida como danzante ocasional y yo, hundido y desamparado, encontré mejor acomodo en la ciudad de Montilla, donde mis parientes me consiguieron un trabajo como ayudante del funcionario.

Llegado a este punto, y explicado el porqué de mi presencia en Montilla, les explicaré lo que ocurrió en tal lugar en abril del año de mil seiscientos y cincuenta y nueve. Unos meses antes, estando yo ordenando unos pliegos en casa del señor Eguizábal, un oficial de Hacienda entró al despacho con mi superior, con expresión urgente. Me pidieron que saliera de la habitación y obedecí sin preguntar.

Curioso, me coloqué en la estancia aledaña desde la que se podía oír la conversación. Hablaban de las falsificaciones de papel moneda, un hecho extendido por la provincia y conocido por todos que, sin embargo, había permanecido oculto durante un tiempo.

Las autoridades habían intentado indagar meses atrás, pero el asunto parecía haberse cerrado. Temiendo que fuese descubierta mi osadía, salí de la habitación y aun de la casa, desconcertado por las implicaciones que podía tener una nueva investigación.

Por no expandirme más en los hechos secundarios, señalaré que, luego de unos días de averiguaciones, el oficial de Hacienda don Julián de Carias había involucrado en las falsificaciones a varias decenas de vecinos, algunos de las vecinas villas de Espejo, Aguilar o Castro del Río, y a dos estanqueros de La Rambla y Montalbán. El padre jesuíta Alonso de Santa Cruz, amigo personal de mi tío Melchor de Contreras, autor de comedias, fue también acusado de ayudar a la introducción de papel y moneda falsos.

Entenderán ustedes que, en una ciudad marcada por la pobreza y la escasez y en constante tensión por los abusos de sus señores, los Marqueses de Priego, no cayera en gracia la actitud escrupulosa de un oficial que, según pude conocer años después, había topado con no pocos obstáculos en el proceso.

Así, no es extraño que los acontecimientos tomaran el rumbo seguido cuando el ajusticiador decidió llevar a la horca a los dos estanqueros, principales responsables de la falsificación. El porqué los responsables de Montilla no fueron condenados a muerte no lo conozco, si bien puedo suponer que las amenazas y las presiones que recibió el oficial coartaron su deseo de imponer penas mayores a familias prósperas y de mucho peso en la ciudad.

El caso es que un sábado de ese mes de abril se acordó preparar la Plaza Nueva, a las espaldas de la Casa del Cabildo, para el ajusticiamiento público de Martin Garrido y Gregorio del Pozo, los estanqueros. Una muchedumbre se aglutinaba alrededor de la horca, mientras los reos llegaban por la calle con las manos atadas y un grupo de cuadrilleros detrás. Alguien se atrevió incluso a arrojar un peñasco a uno de los guardas, aunque el desfile continuó sin incidencias.

Yo me encontraba a la entrada de la plaza, desde donde vi cómo entraban a los condenados; cómo los subían al patíbulo mientras el griterío iba creciendo con el discurrir del proceso. Debo anotar la enorme cantidad de gentes forasteras que acudieron aquel día a Montilla, tal como si fuese día de mercado en una gran ciudad.

Los estanqueros, según me confesó mi señor el escribano en el transcurso de sus indagaciones, contaban con apoyos desde el lado de los eclesiásticos, que, si bien consiguieron que su compañero jesuíta se librara de sufrir pena, consideraron atroz al castigo impuesto a los principales imputados. El clima, como puede entenderse, era verdaderamente hostil en aquellos días de mitad de siglo.

Si lo que les vengo relatando hasta el momento no es más que la cotidianeidad de cualquier autoridad ante la comisión de delitos por los ciudadanos, si bien algo sorprendente en cuanto a la gravedad de la sentencia, lo que ahora vengo a referirles es un relato inimaginable que antes podrían entender surgido de la obra del maestro Calderón que de la realidad montillana.

Sin embargo, amigo lector, pongo a Dios por testigo y a mi vida en garantía para ofrecerles un desenlace real y verdadero a la condena de los falsificadores. Confieso, no obstante, que sólo el privilegio de la edad y la lejanía de los hechos me han dado una respuesta racional de aquellos sucesos que estuvieron rodeados de mentiras y de burlas.

Y así, estando como estaban los reos sobre el patíbulo, el verdugo procedió a ahogar al primero de ellos. Yo traté de mirar para otro lugar, teniendo en cuenta que nunca me gustó el gusto público por el dolor ajeno, y no reparé hasta escuchar entre el gentío muchos gritos de “¡Milagro, milagro!” o “¡Dios ha querido salvarlo!”, momento en el que giré la mirada al escenario del crimen y observé, atónito, como el verdugo, cuerda en mano, envolvía con su cuerpo el del condenado, caídos ambos tras romperse el fiador de la horca.

Sin dar tiempo a reacción, un grupo de seis o siete personas, quizá alguna más, vestidas con hábito clerical, avanzaron hasta el contratiempo y, sin más ni más, rodearon aprisa a los dos tropezados y el estanquero desapareció por detrás de un bajo muro.

Antes de que los guardas pudieran llegar a alcanzar el escenario de tal esperpento para impedir la huida de los rebeldes clérigos con el acusado, la situación se agravó cuando surgió otro grupo más numeroso de agitadores, entre los que pude distinguir otros tantos religiosos, alguno de los cuales era muy conocido en la ciudad.

Lo cierto es que, entre el desconcierto de la mayoría de asistentes, que se limitaba a mirar, y de los menos, que increpaban a los guardas y ministros municipales al tiempo que empujaban a la masa hacia todas direcciones, la revuelta rompió el acordonamiento de la horca, alcanzó al segundo de los acusados y lo liberaron armados de cuchillos, espadas y otros objetos que, aun desde mi posición alejada, brillaban al aire como queriendo galanear de su aportación revolucionaria.

Ustedes podrán comprobar la excitación de un pueblo que, consciente de que el único milagro había sido la discreta y lenta actuación de los guardas que velaban por la seguridad del acto, que dejaron que los insumisos pisotearan, literalmente, a los ministros municipales, a los de Hacienda y al mismo alguacil mayor, hasta dar con el segundo de los reos, igualmente liberado.

Todos los presentes en aquella plazuela corrimos hacia el alboroto, para ver qué ocurría con el curioso séquito de libertos y perseguidores, que se iban perdiendo por la colina que subía a las ruinas del otrora triunfal castillo. No pude ver más porque la gente se agolpó delante de mis ojos y sólo pensé en correr a contar lo visto a mi señor don José Antonio. Él, que había seguido interesado todo el proceso contra los falsificadores, me agradecería mi pronta noticia.

Lo que ocurrió durante las horas posteriores nunca se supo con certeza. Mi señor me confesó años después que tuvo una vista con el oficial don Julián y que éste le relató lo que aconteció. En un primer momento, se pensó que los clérigos habían llevado a los reos a esconderse tras los muros de la Iglesia de la Santa Vera Cruz, por lo que puso vigilancia en ella a manos de tres o cuatro gentiles hombres.

Más tarde, tras intentar en vano contactar con el señor marqués para relatar lo ocurrido y pedir auxilio, sospechó la posibilidad de que los reos estuviesen ocultos en la Parroquia de Santiago, por lo que, una vez llegado al lugar el corregidor municipal con otros cuantos gentiles hombres, mandó cercar también dicha iglesia.

Y no fue sino hasta bien entrada la noche cuando, harto de esperar a las puertas de las iglesias, entró por fuerza en ellas y las registró sin encontrar más que un par de clérigos de avanzada edad que ni por pienso habían participado en los alborotos de la plaza. Burlado, el oficial se retiró a un despacho en las Casas de Justicia.

Al día siguiente, según comprobé de primera mano nada más conocer la noticia, la horca y el mismo patíbulo entero apareció destrozado y repartido por los suelos. Don Julián de Carias permaneció en el municipio unos meses tratando de poner orden al desorden producido.

Mi señor, definitivamente, rompió relaciones con él y lo mismo hicieron otros notables montillanos. Rechazado, desamparado y humillado, abandonó Montilla con más pena que gloria y nunca tuvimos noticia de él.

En resumen, lo que venía a contarles era de cómo dos acusados por falsificación de papel moneda habían conseguido salvar el cuello de la condena desmedida de un oficial de Hacienda que fue rechazada de facto por el pueblo llano, por mi señor y otros escribanos, por los clérigos y aun por el mismísimo Marqués de Priego.

Después de los sucesos, jamás supe de los estanqueros liberados ni de lo que ocurrió exactamente en las iglesias ni de cómo lograron huir de la Justicia. No se volvió a hablar del caso después de unas semanas de huir el oficial, aunque las falsificaciones seguían siendo frecuentes y conocidas.

Yo me limité a seguir trabajando como ayudante en el despacho de mi señor, aunque poco después de aquella época tuve oportunidad de mejorar mi posición y abarcarme en un ilusionante proyecto, que, encontrándome con ánimo y permitiéndolo mi delicada salud, relataré en otro momento.

Fuentes consultadas
  • Alborotos en Montilla en 1659. Moreno Alonso, Manuel. En III Ciclo de Conferencias sobre Historia de Montilla. Ayuntamiento de Montilla, 1988.
  • El Teatro en Montilla. Siglos XVI y XVII. Rey García, José. Diputación de Córdoba 2009.
  • Municipios y provincias. Orduña Rebollo, Enrique. FEMN, INAP, CEPC. Madrid, 2003.
VÍCTOR BARRANCO

28 de diciembre de 2010

  • 28.12.10
Estimado lector o lectora. No es un Memento lo que a continuación explico. Sí tiene mucha relación con ello y es causa de que estas pequeñas muestras de Montilla sean explicadas desde mi humilde asiento. Me refiero, para abreviar, a la inestimable bibliografía.

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Habrá comprobado usted que en mis anteriores artículos no cito recurso alguno del cual extraigo el material que le traslado. Si bien lo hice por motivos de espacio, en alguna ocasión, o por estimarlo fuera de contexto en otras, he creído, llegado este momento, necesario aportar estos datos a mis artículos no sólo por facilitar al lector esas fuentes de conocimiento a las que recurrir en caso de querer ampliar la información -lo cual, una vez acaecido, habrá satisfecho mi objetivo con Memento-, sino también como agradecimiento a todas aquellas personas que dedicaron tiempo y esfuerzo en estudiar la Historia de nuestro pueblo, la mayoría de ellas mucho antes de que yo siquiera aprendiera a escribir.

Por otra parte, y como dice el dicho que de bien nacidos es ser agradecidos, no puedo dejar pasar la ocasión para destacar a la Bibliteca de la Fundación Manuel Ruiz Luque, que con su fondo bibligráfico es un lugar de necesario recorrido cuando uno indaga en el vasto anecdotario de esta, nuestra ciudad del vino.

Quiero agradecer, igualmente, a Manuel Ruiz Luque, por brindarnos a todos esos miles de documentos que forman tan rico patrimonio y hacer posible gran parte de mis averiguaciones. A José Antonio Cerezo Aranda, director de la Biblioteca, por abrir sus puertas cada día y por agilizar esa labor, a veces tan complicada, de búsqueda de información. Y, cómo no, a Antonio Luis Jiménez, por estar siempre cuando uno lo necesita.

Además de ellos, que forman parte de cada Memento, tengo que quitarme el sombrero ante quienes me dieron un trozo de su tiempo en algún momento concreto. En ese sentido, José Rey García, Manuel López Cabello y Manuel Bellido Mora me demostraron -e intuyo que lo seguirán haciendo- que la historia de Montilla es algo que entre todos y todas debemos mantener en el recuerdo.

Bibliografía y recursos utilizados en artículos anteriores

El Tesoro de Alvear

El Cristo de Maíz
  • El Santo Cristo de Zacatecas, una imagen entre dos Mundos. Jiménez Barranco, A.L. Revista VERA CRUX, nº 7. Montilla, marzo 2009.
  • Entrevista personal con Antonio Luis Jiménez Barranco, Hermano Mayor Santa Vera Cruz.
  • El Cristo de Zacatecas, venerado en España. González Ramírez, M. El Sol de Zacatecas. México, mayo 2007.

El Vitaminado de la Calle Escuelas
  • La Alimentación Artificial. Fernández Sánchez, B. Folleto publicitario 1912, Biblioteca Fund. Manuel Ruiz Luque (en adelante, Bib. FMRL)
  • Entrevista personal con Manuel López Cabello, amigo de la familia Fernández-Canivell.
  • El Impresor del Paraíso. Jiménez Tomé, M.J. Revista LA CORREDERA, nº 53. Julio 2007. (Bib.FMRL)
  • Recuerdos de lo Vivo Lejano. Fernández Canivell, B. BIM Montilla, nº 47-48. Nov-Dic 1984. (Bib. FMRL)
VÍCTOR BARRANCO

5 de diciembre de 2010

  • 5.12.10
A principios del siglo XX, un joven farmacéutico granadino, aconsejado por su padre, decidió trasladarse a Montilla y buscar en nuestra pequeña localidad un lugar donde ganarse la vida. En el año 1904, la calle Corredera ya es la principal zona comercial y centro neurálgico de la ciudad, y el lugar escogido para acoger la Farmacia Moderna. Supongo que con estos datos puede resultar banal descubrir que el nombre de este ilustre granadino no es otro que el de Bernabé Fernández Sánchez.

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La Farmacia Moderna se encontraba, como he dicho anteriormente, en la calle Corredera, frente a la casa de don José Cuesta. El antiguo edificio estaría situado hoy entre una asesoría y un bazar.

Si bien Bernabé era un gran químico y científico, se mostraba algo reacio a situarse tras el mostrador. Por ello, y casi desde los inicios de la Moderna, contrató a un mancebo para cubrir esta labor de tendero. Joaquín León Cabello, el escogido, ya tenía cierta experiencia en la farmacia de un tal Estrada en Puente Genil. Mientras, Bernabé se ocupaba de preparar las fórmulas magistrales en la trastienda del establecimiento.

En aquellos tiempos se producían numerosas muertes infantiles a causa de problemas digestivos, principalmente, por intolerancia gástrica. En las farmacias de la época se vendían algunos compuestos como formas de alimentación artificial -leches condensadas, harinas lácteas o caldos vegetales, entre otros-.

Bernabé tuvo problemas con la casa que suministraba uno de estos extractos de cereales y decidió investigar algunas mejoras para esos compuestos. Hizo algunos experimentos y de ellos surgió el Extracto de Cereales y Leguminosas, envasado en tarros oscuros y etiquetados a mano que ocupaban un lugar preferente en las nutridas estanterías de la farmacia.

Coincidieron esos experimentos con la enfermedad de su hijo, del mismo nombre, a quien Bernabé suministró su extracto hasta que terminó superando sus problemas digestivos y venciendo la batalla en la que los médicos lo dieron por poco menos que deshauciado.

Ese hijo -Bernabé Fernández-Canivell Sánchez- sería, a la postre, un intelectual con gran influencia en varios artistas de la Generación del 27 y precursor de la famosa revista literaria La Caracola.

El extracto de la Farmacia Moderna tuvo un descomunal éxito no sólo en Montilla sino en toda la provincia, por lo que don Bernabé se propuso expandirlo a través de una entidad mercantil, junto con sus cuñados Francisco y Arturo Canivell, hermanos de su esposa Blanca.

De este modo, la sociedad Fernández y Canivell optó por desarrollar este extracto de cereales y comenzar su próspera comercialización. Médicos y científicos se interesaron por un producto que combinaba extractos de trigo, cebada, maíz, avena, judías, lentejas, miel y agua.

Por la resonancia que tomó el medicamento, pronto surgieron los imitadores, a lo que Bernabé respondió cambiando la forma del envase y registrando el producto. Ahora sí, año 1912, podemos hablar del verdadero nacimiento del Ceregumil, intento de acrónimo formado por cereales, leguminosas y miel.

Los primeros puestos de trabajo en la sociedad estaban ocupados por mujeres, que se encargaban de la elaboración del compuesto y de su envasado. Había un carpintero que hacía los envases de madera, y muy conocido era El Viruta, cochero que transportaba las cajas de Ceregumil por la provincia.

La Farmacia Moderna vio ampliadas sus instalaciones con la adquisición en propiedad de la parte trasera de la botica, que daba a la calle Escuelas -tramo de calle que hoy se llama Fernández y Canivell-, donde se instalaron los laboratorios de la empresa y la residencia de la familia del farmacéutico, conociéndose como Casa del Ceregumil.

Sin embargo, el producto no cesaba en su propagación, y su popularidad rebasó las fronteras de la comunidad andaluza para expandirse por toda España. Así, don Bernabé Fernández no tuvo más remedio que buscar un destino portuario, más favorable a la comercialización nacional e internacional de su producto.

A comienzos de los años veinte, adquieren un inmueble en el malagueño Paseo de la Farola y trasladan allí su negocio, acompañados de algunas familias montillanas que deciden continuar como trabajadores en las nuevas instalaciones.

La sociedad que albergaba el Ceregumil fue una de las pioneras en la búsqueda de publicidad para su producto, buscando fórmulas muy populares en los años posteriores. Todos conocemos alguno de los carteles publicitarios de la firma, como el del niño que sostiene una botella de Ceregumil o el popular loro de los cien años. Francisco Canivell convirtió al Ceregumil en mecenas artístico y patrocinador de diversos eventos culturales, logrando de esta forma la expansión internacional de la marca.

Anecdóticamente, las botellas de Ceregumil saltaron a la actualidad hace dos años por una curiosa noticia. En los años cuarenta del pasado siglo, 131 presos republicanos fueron enterrados cerca de la prisión de San Cristóbal, en Pamplona, después de morir por diferentes enfermedades. El capellán de la prisión, José María Pascual, decidió acompañar los cuerpos con los datos personales de cada uno encerrados en botellas. Algunas de ellas son de Ceregumil, como si el señor Pascual quisiera demostrar la popularidad del compuesto montillano. El realizador vasco Iñaki Alforja plasmó este descubrimiento en el documental El Cementerio de las Botellas.

Pese a todo lo expuesto, no son pocos los montillanos y montillanas que desconocen el origen de este curioso compuesto vitaminado. No obstante, y viendo el actual estado de la centenaria Casa del Ceregumil -tras los trabajos de rehabilitación por parte del arquitecto técnico montillano Manuel Hidalgo-, lo mismo sería conveniente probar el producto, a ver si es cierto aquello que decía el loro de “con esto, otros cien años...".

N. del A.: Quiero agradecer a Manolo Cabello y a Pepe Rey sus desinteresadas aportaciones.
VÍCTOR BARRANCO

28 de noviembre de 2010

  • 28.11.10
La conquista de América por parte de los españoles originó, en las postrimerías del siglo XV, lo que los historiadores entienden como el paso de la Edad Medieval a la Moderna. Con ella surgieron nuevas oportunidades para todos: comerciantes, militares, investigadores y políticos. Los montillanos no íbamos a ser menos y, como otros muchos, decidimos lanzarnos a ultramar.

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En la exploración de Centroamérica, los conquistadores observaron cómo los pueblos indígenas compartían el politeísmo y practicaban sacrificios, por lo que la Iglesia se propuso evangelizarlos y convertirlos al cristianismo. Fruto de este proceso son los cristos de caña típicos de la cultura tarasca -Michoacán, México- que combinan el tradicional cristo crucificado del catolicismo con la caña de maíz, alimento sagrado con que se realizaban las obras de artesanía.

Así, no es extraño encontrar en España muestras de este arte del siglo XVI, solicitadas en aquella época por cofradías y traídas por particulares que regresaban de hacer fortuna. Mucho se ha especulado con la posibilidad -leyenda, mientras no se demuestre lo contrario- de que tales cristos, al ser huecos, fuesen utilizados por los españoles para transportar en su interior oro y joyas y eludir así el pago de impuestos a la Corona. Sin embargo, parece razonable creer en motivos más espirituales o artísticos como responsables de la proliferación de tales obras en la Península.

Uno de estos cristos de caña de maíz llegó a Montilla procedente de las minas de plata de Zacatecas. Andrés de Mesa, tras haber permanecido durante más de una década en México haciendo fortuna, volvió a nuestra ciudad en 1576 cargando un cristo que inmediatamente donó a la Cofradía de la Vera Cruz.

En el documento notarial de donación, Andrés de Mesa solicita a cambio la entrada gratuita de él y de su familia a la Cofradía, así como el derecho a portar el Cristo en todas las procesiones que aquélla realizara. Además, se establece la ubicación del crucificado en la ermita de la Santa Vera Cruz, espacio que ahora ocupan el Colegio Salesiano y la guardería Virgen de las Viñas.

Cargado de leyenda desde antes de llegar a España y rodeado de historia, el Cristo de Zacatecas vivió diversas reformas en su templo. En 1727, luego de una insoportable sequía que amenazaba los campos y el abastecimiento humano, fue proclamado milagroso por el pueblo al ser portado en procesión y comenzar una lluvia que duró varios días y eliminó la amenaza.

A comienzos del siglo XIX fue testigo directo de la invasión francesa y tuvo que ser trasladado antes de que los invasores tomaran la ermita como cuartel de sus tropas. Tras ser expoliada y reducida a cenizas, la iglesia de la Vera Cruz dejó de existir y, años más tarde, su lugar fue ocupado por un cementerio.

Los ladrones no quisieron dejar pasar la oportunidad de añadir su aportación a esta historia y, a finales del XIX, la imagen sufrió el robo de su corona de plata. No obstante, la intervención de la Benemérita obligó al ladrón a entregar la joya y a mostrar al pueblo su vergüenza, recorriendo a pie el camino que separaba la Calle Fuente Álamo de la prisión.

La imagen, de más de de dos metros de altura y poco más de siete kilos de peso, es una de las más peculiares de la Semana Santa montillana, al mismo tiempo que está considerada precursora de la misma. Fue procesionada por la Cofradía de Santa Vera Cruz, en el siglo XVI.

La Hermandad de los Combatientes, formada por beligerantes de la Guerra Civil, la portó entre 1943 y 1952. Actualmente, la nueva Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz ha llevado a cabo la misión de recuperar la hermandad más antigua de nuestra localidad: la que recibió en donación al Cristo de Zacatecas.

Su donador, Andrés de Mesa, murió en 1602. Sus descendientes hicieron uso durante más de doscientos años del privilegio de portar al Cristo en sus salidas procesionales. Quién sabe si cualquier año, en Semana Santa, algún Cortés de Mesa sale a la palestra para reclamar su legítimo derecho...

N. del A.: Mis agradecimientos a Antonio Luis Jiménez Barranco por su inestimable ayuda.

VÍCTOR BARRANCO

13 de noviembre de 2010

  • 13.11.10
Tal día como hoy nacía en Montilla, hace 261 años, Diego de Alvear y Ponce de León, nieto del fundador de las históricas bodegas Alvear. En octubre de 1804, Reino Unido se “olvida” de la tregua firmada con el Tratado de Amiens y bombardea la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, provocando su hundimiento. En febrero de 2011, el Tribunal de Apelaciones de Atlanta (Georgia), estudiará una reclamación de la empresa cazatesoros Odyssey.



No desesperen. Todo esta caótica sucesión de acontecimientos tienen una cohesión lógica. Diego de Alvear y Ponce de León nació, efectivamente, en la Montilla de 1749, en el seno de la familia Alvear, propietaria de la bodega más antigua de Andalucía.

Plurilingüe y cosmopolita, Diego ingresó a muy temprana edad en la Armada Española, desarrollando la mayor parte de su carrera militar en el americano Virreinato del Río de la Plata, ascendiendo vertiginosamente hasta alcanzar el grado de general.

Hombre de notable cultura, poseía amplios conocimientos de Matemáticas, Geografía, Topografía y Botánica. Conocimientos con los que influyó notablemente en la delimitación fronteriza entre España y Portugal, elaboró tratados botánicos y alzó planos de diversas zonas del Río de la Plata.

En 1804, después de media vida en el continente americano, inició desde Montevideo una misión marítima para regresar a España, formando una flota con los navíos Fama, Santa Clara, Medea y Nuestra Señora de las Mercedes.

En la última de ellas iba el general Alvear con su esposa y sus ocho hijos, aunque la casualidad quiso que aquél, por ser el oficial de mayor graduación, sustituyera la baja de Tomás Ugarte en la capitanía de la fragata Medea, trasladándose a ella con su hijo Carlos y dejando en La Mercedes al resto de su familia. Años después, Carlos tendría una importante labor en la Independencia de Argentina y su nieto, Marcelo Torcuato de Alvear, sería presidente de aquel país.

Llegando frente al Algarve portugués, el militar montillano observó desde Medea cómo cuatro barcos ingleses violaban la Paz de Amiens y hostigaban a la flota española, que aceptó el combate y acabó perdiendo la batalla.

Los británicos se cebaron con La Mercedes, cuya santabárbara sufrió un bombardeo que no pudo salvar. El navío español voló por los aires y se hundió. Con él, 249 personas, entre ellas la esposa y siete de los ocho hijos del general montillano, y una interesante fortuna en monedas de oro y plata. Dos meses después, España declaraba la guerra a Gran Bretaña.

Diego de Alvear volvió a España en 1807, tras haber sido apresado, liberado, indemnizado y esposado en segundas nupcias en Gran Bretaña. De vuelta en Andalucía, llegó a ser gobernador Militar y Civil en Cádiz, desde donde desarrolló una crucial resistencia a la invasión napoleónica y defendió el trabajo de las Cortes que constituyeron la primera Carta Magna en 1812.

Posteriormente, en Montilla, y tras la debacle liberal, sufrió detenciones y acoso por parte del absolutista Fernando VII. Se le retiraron y devolvieron honores y condecoraciones al antojo del monarca hasta que, en 1829, fue repuesto de todos ellos. Un año después, murió en Madrid sin demasiadas ceremonias.

Aquel tesoro hundido por barcos ingleses en 1804 fue descubierto por la empresa buscatesoros Odyssey en mayo de 2007. Tras hacerse público el hallazgo, España reclamó el botín; el juez Merryday obligó a la empresa a devolverlo; Perú quiso hacerlo suyo y la compañía, finalmente, recurrió la decisión judicial.

Y así es como, casi por arte de magia, la casualidad ha querido que un ataque naval de principios del XIX acabe discutiéndose en un tribunal de Atlanta. Grosso modo...
VÍCTOR BARRANCO


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