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Manuel Bellido Mora | El vino que escapó de un golpe de Estado (II)

Antonio Ortiz ha estado toda su vida laboral, y la que no lo ha sido, al servicio de los vinos de Montilla. No hay más horizonte que el bodeguero en su historial acamuesado. Cuando tenía 13 años entró en Ortiz Ruiz de la mano de su padre, Rafael Ortiz Raigón. La Rápida (curioso nombre para una bodega) fue la siguiente escala, pero esta tuvo un sino veloz. La impulsaron el corredor Manolo Mesa, su tío Paco Ortiz, que venía de Bodegas Alvear, y su padre, en El Molinillo.


Empezaron con una nave de tinajas. Más adelante añadieron unas botas jerezanas y una lagareta a cargo de una empresa de Alcoy. Pero los planes se torcieron al fallecer Paco, uno de los socios. La imposibilidad de hacer frente a los créditos bancarios desencadenó el cierre fulminante. Fue entonces cuando Antonio Espejo adquirió inmueble y enseres para expandir su propio negocio. Ahora todo aquello es un despacho de la mensajería MRW.

Ortiz Ruiz, de nuevo, y Pérez Barquero en la desaparecida bodega de Los Caños, entre la calle Fuente Álamo y la avenida de Boucau, le esperaban. Pero, recomendado por su amigo Miguel Mora, llegó a Montulia, que buscaba capataz para sustituir a Rafael Gómez, que se jubilaba. Montulia encontró en él, analista, catador y profundo conocedor de la bodega, un pilar esencial, hasta que se produjo la liquidación en 1991.

Lo rescató Rafael Padillo en Cruz Conde y después recaló en Baldomero Moreno, la de la mayonesa y solera Musa. Una taberna en la calle Horno (la vieja bodeguita de Manolo Márquez) completó el ciclo. Es infinita la hoja de su desempeño. Ha realizado toda clase de trabajos, todos ellos de gran finura. Solo hay que ver los dos cachones de botas que montó en 1971 en la afamada bodega de El Pimpi, en Málaga.


Hoy en día es una atracción para el turismo con la impronta estética de la familia Campos: elegante, sencilla y equilibrada. Una mezcla de refinamiento y arquitectura popular a base de cal y de cartelería añeja, básicamente de sabor taurino. Antonio conoce en detalle cómo surgió lo que en la actualidad es uno de los más rentables establecimientos de la hostelería malagueña. La historia fue así:

“Montulia se había quedado con el 50 por ciento de la propiedad. Estaban don José Campos, que era el gerente, y estaba otro que era Norberto Campos, que residía en Barcelona. Vivía en Badalona. Este fue agente de Montulia durante mucho tiempo en la parte de Cataluña. Rubio y con bigote. Luego, el último de los hermanos era Paco Campos, el que se hizo cargo de El Pimpi cuando dejó Córdoba por Málaga”.

“Las primeras botas de Montulia las llevé yo al Pimpi. Y también las montamos y las calzamos. Eran unas botas que desmontaron de la bodega de San Julián, de una tercera. Se sacaron de allí vacías para llevarlas a Málaga y luego se llevó una cisterna con el vino. Paquito Campos estaba allí de jefe”.

BODEGAS ALVEAR - EVENTOS CORPORATIVOS - BODAS - CELEBRACIONES

“Ese es un gran negocio. Siempre ha funcionado bien y hacía unas cajas enormes. Antes de esto fue una sala de fiestas, un poco chunga; yo también estuve por allí. Eso, entonces, era una casa de putas grande. El día que yo estuve allí hubo una trifulca porque no le pagaban a los músicos”.

“Paquito Campos enderezó aquello, dándole otro tono. Era habitual que él acudiera a la Feria del Campo en Madrid. Vino lo menos tres años porque, dentro del Pabellón de Córdoba, había un stand de Montulia y otro de Campos, que lo llevaba Paquito. Y un día, estando terminando la decoración de aquello, Paco Campos apañó cuatro enjugaderas de mimbre para la ropa. Las colgó encima del stand y con una cuerda las unió; le quedó estupendo. Y cuando llegó Julián va y le dice: «¿Ha visto usted la decoración? Es que tú no entiendes de esto. Para eso hay que tener sensibilidad artística»”.

Ortiz pone sal en cada cosa que dice. Lo que cuenta es jugoso; posee ritmo propio. Tenía compás hasta pelando la pava. Movía el cenicero y con los nudillos repiqueteaba en la mesa como aquel jinete que se acercaba tocando el tambor del llano en el Romance de la luna, de Federico.

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Mi tía Mercedes Mora, última hija de Miguel Mora y Carmela Pedraza, lo esperaba al anochecer en la casa de la calle Alta y Baja. Allí hablaban de su futuro bajo la atenta mirada de mis abuelos. La boda, en la bodega del Restaurante Los Arcos, fue sonada. De las que no se olvidan. Corría 1967. El tiempo en que Antonio Ortiz se codeó con las leyendas.

“Antonio Ruiz Soler, Antonio el Bailarín, era muy amigo de Paquito Campos. Una noche, en la Feria del Campo, ofreció una cena a sus amigos y se presentaron allí un par de escultores, Antonio Gala y otro bailaor, y por último llegó en un descapotable Antonio el Bailarín. Entró, no se me olvidará, con un traje así con flecos y un bolso. Y en la puerta había un aguilareño, un guarda de Aguilar, y cuando entró estaba poco menos que escandalizado”.

“Paquito Campos me pidió que después de la cena les diera una copa de 'Dulce Fabiola' con la venencia. Y eso hicimos. Fuimos al stand de Montulia y eché a todos una copa de pedro ximénez. Estuvieron allí brindando. Montulia hizo una promoción enorme; se conocía en todos lados. Funcionó muy bien en la Feria, que era todo un acontecimiento cada vez que se celebraba. Se hicieron muchos contactos e incluso se utilizó un helicóptero con el letrero de Montulia; yo me subí en él un día”.

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“Se hizo mucha propaganda. Se usó la botella Rin tipo Moriles que, entonces, era muy apreciado en Madrid, en particular el de Aragón y Compañía de Lucena. Era la botella de cuello alargado. Y se vendían porrones de vino en Madrid, camiones enteros, mucho, mucho”.

“Madrid y Málaga eran muy buenos clientes. Y también en Barcelona, donde teníamos delegación en Badalona. Se vendió mucho vino entre los emigrantes andaluces. Barcelona, Madrid y algo menos en la parte de Valencia. Pero Montulia llegó a tener representantes en todos lados”.

Rafael Córdoba García nos aporta alguna clave más del aterrizaje de Montulia en El Pimpi, un viejo caserón del siglo XVIII convertido en taberna de vinos y tapas, al estilo de los senescentes mesones. Tantos años después, este bar restaurante, que tiene algo de venta de caminos, situado entre calle Granada y Alcazabilla, en pleno meollo histórico de Málaga, sigue siendo uno de los grandes emblemas de la gastronomía de la Costa del Sol.


La mitad de la propiedad es ahora del actor y empresario Antonio Banderas, que tiene su casa, un ático dúplex, al lado, en la esquina y frente al Teatro Romano y los Cines Albéniz. Banderas situó aquí, dentro y fuera de El Pimpi, algunas escenas de El camino de los ingleses, versión cinematográfica de la novela de Antonio Soler.

“En aquella época”, comenta Rafael Córdoba, “Montulia compró el 50 por ciento de Bodegas Campos. Yo era consejero de esta sociedad y, concretamente, El Pimpi fuimos a arrendarlo a Málaga los hermanos Pepe y Paco Campos Espinosa. Se hizo el contrato de arrendamiento a unas señoras mayores que vivían en la Alameda Principal”.

El dinamismo de Montulia lo empujaba a una rápida expansión y Málaga, entonces muy propicia a nuestros vinos, era una plaza muy apetecible. Era cuestión de efectuar un profundo cambio de imagen a aquel histórico inmueble. Estaba descuidado y funcionaba como local nocturno un tanto decadente para bailes.

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De allí salió la Orquesta Los Íberos, con un repertorio de canciones melódicas al estilo italiano. El líder de esta formación, Enrique Lozano, se percató al instante de que las cosas, también en la música, estaban cambiando; así que convirtió aquella incipiente agrupación de gente joven en un conjunto de corte moderno que grabó un extraordinario disco en Londres con un sonido internacional, una joya del pop barroco.

Los Íberos (nombre castizo donde los haya en el mundo del rock hispano) se impregnaron del Swinging London, pero se gestaron entre aquellos viejos muros con rancio aroma a cabaret y tablao flamenco. El Pimpi, a la vez que la sociedad en su conjunto, estaba listo para experimentar su particular metamorfosis vinatera, tal como recuerda Rafael Córdoba.

“Cuando entramos allí estaba todo muy mal, pero el sitio era extraordinario. Me acuerdo que me dijo Pepe Campos: «Aquí se ponía un cachón de botas…». Y luego, cuando se lo comentamos a Julián, este dijo: «¡Pero hombre, botas en Málaga!». Vimos que no había problema y, en efecto, se montó un cachón de botas”.


“Y aquello, como son unas paredes muy anchas, enormes, muy umbrío, la humedad del mar… A los tres meses el vino había criado tres veces más que en Montilla. Porque los finos, para crianza, lo que quieren es una temperatura relativamente fresca, entre 18 y 23 grados, muy constante, y una humedad relativa alta. Esa es la ventaja que tiene la manzanilla de Sanlúcar, que tiene el mar al lado”.

En la actualidad, El Pimpi es una mina. El público, en su mayor parte turistas, abarrota salas y galerías. La barra y la cocina funcionan a pleno rendimiento. Banderas, cuyos negocios de hostelería han proliferado alrededor del Teatro del Soho que él también regenta, adquirió las acciones de Paco Campos cuando este, ya de edad avanzada, decidió retirarse. El resto sigue en manos de José Cobos Patrono, que se vino a El Pimpi desde su Córdoba natal cuando era un muchacho. Su trayectoria profesional está resumida así en la página oficial de esta empresa:

“A los 17 años, ingresa en Bodegas Campos como relaciones públicas y, unos años después, con tan solo 22, busca junto a Francisco Campos nuevos horizontes en la ciudad de Málaga, donde finalmente fundarían El Pimpi. A partir de ese momento, se enamora de la ciudad y empieza a trabajar por y para Málaga, convirtiendo a El Pimpi en una institución y, al mismo tiempo, en una casa abierta para todos los malagueños y sus visitantes”.

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El flamenco y la literatura encontraron aquí un refugio estable y grato gracias a la sensibilidad cultural de Paco Campos, que era amigo de Gloria Fuertes, Antonio Gala, Pablo García Baena y Rafael Pérez Estrada, entre otros escritores ilustres, a los que se unieron nuevos valores de la poesía y la narrativa.

A la vez, mantenía muy buenas relaciones con importantes nombres del mundo del espectáculo que fueron dejando su firma en los barriles que, junto a hermosa azulejería, constituyen su andaluza ornamentación. El toque gráfico de Tomás Egea Azcona, con sus reconocibles dibujos y caligrafía, redondea la identidad de El Pimpi, siguiendo la estela de la casa madre de Bodegas Campos de Córdoba.

Entregas anteriores


El vino que escapó de un golpe de Estado (I)

MANUEL BELLIDO MORA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ANTONIO ORTIZ LAGUNA

EVA LARA - ASESORA PERSONAL INMOBILIARIA - MONTILLA (CÓRDOBA)

COMERCIAL LOS RAIGONES - EL CABALLO CORDOBÉS


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