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Manuel Bellido Mora | El vino que escapó de un golpe de Estado (I)

Antonio Ortiz Laguna es de la misma estirpe que Joe Strummer, Brigitte Bardot, Antonio Mairena, John Lennon, Juan Valderrama, Ava Gardner o Manolete. Le sienta bien el sombrero cordobés. Con él y con una venencia ha encumbrado el vino de Montilla, quizá cantando aquello, a diez mil pies de altura, de "si en el firmamento poder yo tuviera...".


Y lo tuvo, llevándolo hasta confines. Con ese cetro flexible que es la venencia dibujó curvas majestuosas al verterlo en la copa con pulso certero. Monarca de los que no alcanzan a serlo. La realeza, rendida a la flamencura del gesto, no ha visto nada igual.

A Ortiz parece que lo bautizaron con fino y que, en vez de ceniza, haciendo una salvedad, le impusieron el amontillado con cuatro gotas en forma de cruz. Esto lo ha hecho fuerte y lo ha librado de complots y conjuras. El verdadero peligro es no tener un oloroso a mano. O un pedro ximénez para aliviar tensiones. Como la que vivió en Argentina en un revuelo de cuarteles.

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Fue así: ocurrió en un viaje organizado por la Embajada de España a la patria del tango, en colaboración con Paradores Nacionales de Turismo. Fueron unas jornadas gastronómicas en Buenos Aires en las que participó como invitada la Denominación de Origen Protegida (DOP) Montilla-Moriles.

A tal efecto, se desplazó una comisión de cocineros con sus manjares, a la que se añadieron guisanderos porteños. Antonio Ortiz se integró en este grupo como experto venenciador. El vino empleado en estas catas degustación había partido días antes desde Montilla en unos contenedores especiales. Protegido como el mayor bien para la travesía.

“El vino ya estaba allí en el hotel cuando nosotros llegamos procedentes de Madrid en vuelo directo”, rememora Antonio. “Por su parte, los de Paradores, aparte del equipo técnico adecuado, llevaban cuatro jamones de pata negra. Los llevaban como si fuera la mejor cubertería, objetos de lujo cuidadosamente embalados”.

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Como era de esperar, aquel despliegue para proyectar una imagen atractiva de nuestra tierra basada en sus bebidas y alimentos contó enseguida con la bendición del embajador español en Buenos Aires que, de inmediato, pasó a saludar a los componentes de este apetecible desembarco comercial en el Nuevo Mundo.

La calidad del jamón ibérico, acompañado de los catavinos preparados por Antonio Ortiz, causó un impacto instantáneo: tal era su inmejorable nivel. La dueña del hotel y sus dos hijos, que lo probaron, pueden dar fe del deleite absoluto que aquellas lonchas de extraordinario sabor lograron entre la concurrencia.

“Partieron dos platos de jamón y, a partir de ese momento, aquella señora y su familia estuvieron allí todas las noches que duró la comida demostración. Y, no satisfecha con esto, solicitó que le mandaran a su casa las dos piezas que quedaron sin aprovechar. ¡No tenía cara!”.

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Todo transcurría con normalidad en estas jornadas gastronómicas. Sin embargo, la aparente calma y la alegría por participar en ellas degustando tan rica gollería se vieron radicalmente alteradas por un levantamiento militar. Era uno de los varios pronunciamientos armados que se produjeron durante el mandato presidencial de Raúl Alfonsín.

“Nosotros estábamos alojados en el Hotel Colón, muy cerca del famoso obelisco, en todo el centro de Buenos Aires. Estábamos teniendo un gran éxito con llenos cada mediodía. La mayoría de comensales eran oriundos de españoles que así se reencontraban con los sabores de su tierra. Había capacidad para unas 450 personas en el almuerzo y la mitad de plazas para la cena. Yo me situaba a la entrada del salón con mi media bota y un catavino para recibirlos como es debido”.

Pero Antonio observó algo que desentonaba. Era la primera vez que él, acostumbrado a viajar por medio mundo, veía usar vasitos de plástico en un acto de estas características. Mala señal, pensó. Aquello le sublevaba, pero para motines ya estaban los milicos. Fue como un molesto presagio, aparte de una evidente falta de tacto al establecer esa clase de fastidiosas diferencias.

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Total, que se pusieron catavinos para autoridades; para el resto, recipientes de plástico, que además eran más bastos que los actuales. En fin, una falta de respeto al vino y a la gente. Era la copa de bienvenida antes de sentarse cada cual en su plaza asignada.

“Cada día había un menú diferente con los platos regionales típicos de cada Parador participante: los Paradores de Carmona, León, Logroño y Valencia se presentaron con sus mejores especialidades. Y a cada cocina le correspondía el vino de su zona o comarca”.

Las jornadas se prolongaron durante una semana. Pero en realidad allí estuvieron diez días. Y no fue por placer ni seducidos por los encantos de la capital bonaerense. Al contrario. Todo se vino abajo debido a la asonada militar en un país que entonces ya tenía sobrada y dolorosa experiencia con brutales movimientos de tropa.

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“Al terminar nuestra misión la noche que se acabó la última cena prevista, nos fuimos a tomar algo afuera. Y nos sentamos todos allí, junto a la dueña del hotel y sus dos hijos, además del equipo de españoles al completo. Nos intranquilizamos cuando aquella señora se extrañó y dijo: «Estará pasando algo, porque me ha llamado un pariente mío diciendo que ha visto por la calle demasiados uniformes». Nos retiramos escamados y, por la mañana al día siguiente, nos dijeron que no saliéramos del hotel, que era peligroso dado que se había producido un levantamiento del Ejército”.

Era muy arriesgado salir, por lo que lo más razonable parecía permanecer en el hotel hasta que se normalizase la situación. Así estuvieron unos cuatro días, sin poder contactar con el exterior porque las comunicaciones estaban restringidas y controladas.

“Apenas nos dieron información en aquellos días, aunque el personal del hotel solía comentar con mucho miedo que estaban implicados militares, pero también civiles, para desestabilizar el Gobierno de Raúl Alfonsín. Empezamos a impacientarnos al ver que aquello no se arreglaba”.

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“Menos mal que a los pocos días de estar allí se personó en el hotel el delegado de la empresa Paradores en Argentina. Era un tipo importante con bastantes influencias. Nos reunió en un salón y nos dijo que nos iba a sacar de allí como fuera. «Buscaremos una avioneta, un furgón o lo que sea preciso», nos dijo”.

Hizo una serie de gestiones con resultados positivos y esperanzadores para poner fin a aquel encierro obligatorio que empezaba a ser desesperante. Dio instrucciones para que tuvieran todo listo. El plan para sacarlos incluía una serie de transportes combinados. Lo primero: un vehículo los iba a llevar a mediodía a un lugar seguro. Y desde allí lo siguiente sería abandonar el país.

“Él estuvo con nosotros en todo momento hasta que logramos cruzar la frontera en medio de grandes medidas de seguridad por el norte del país, en la zona de las cataratas de Iguazú. Lo tenía todo previsto, incluso una barcaza que nos llevó a la otra orilla a través del río, hasta el límite con Paraguay”.


Aquella aventurada y ajetreada expedición la hicieron con sus maletas y equipaje de mano, pero el resto de mercancías y utensilios usados en las jornadas gastronómicas, incluido el ibérico sobrante, se quedaron en el hotel. Qué más da. Lo importante consistía en ponerse a salvo. Y lo lograron en medio de una total incertidumbre, ya que, por los problemas en las comunicaciones por teléfono y telégrafo, seguían aislados de España. La familia de Antonio Ortiz estuvo cerca de tres semanas sin conocer el paradero.

“Una vez que logramos abandonar Argentina, la primera noche la pasamos en un hotel de Paraguay sintiendo de cerca el estruendo de aquel gigantesco salto de agua. Al día siguiente salimos de allí y nos alojamos, no a demasiada distancia, en un hotel en la selva”.

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“Era un enorme complejo residencial con tres o cuatro piscinas, grandes espacios y el ruido permanente del agua en la catarata. Todo estaba hecho de madera. Era precioso aquello y confortable. Estuvimos a todo plan a cargo de Paradores; ¿quién iba a pagarlo si no? Nos trataron de lujo con toda clase de atenciones, pero no veíamos llegar el momento de volver a España”.

Pero, pese a tantas atenciones como las que se dan al turista más acaudalado, la espera resultaba angustiosa. Nadie parecía saber nada. No había explicaciones. La repatriación estaba resultando más complicada de la cuenta. Algunos consiguieron hablar con su gente vía telefónica, pero lo normal es que la conversación se interrumpiera muy pronto. Antonio, por fin, pudo dar noticias, pero al instante la línea se cortó.

“Estuvimos así hasta que pudimos trasladarnos a São Paulo y, desde ese punto, en una avioneta, a Rio de Janeiro, donde pasamos un par de días. Finalmente nos metieron en un vuelo comercial directo de regreso a Madrid. Estuve veintitantos días fuera de Montilla; quizá fuera mi ausencia más larga, aunque esta, claro es, forzada por tan desagradables circunstancias”.

MANUEL BELLIDO MORA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ANTONIO ORTIZ LAGUNA

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