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Manuel Bellido Mora | Ese sindiós del turismo (II)

Cuando Rikardo sale a mi encuentro accedo a una especie de paraíso. Es un viejo corral de vecindad que ha ido adecentado, aliado con la impronta de su primigenia construcción popular. Alrededor de un premiado patio central, rebosante de plantas trepadoras y macetas, se articulan habitaciones y dependencias. Desde la galería alta, notamos cómo el frescor del riego reciente asciende hasta un largo barandal donde conversamos, junto a Antonia Lucena, su compañera.

Rikardo González Mestre, en la Plaza de San Agustín.
[ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL]

De noche, a través de balcones y ventanas, puede escuchar la vibración del flamenco en la Taberna del Rincón de las Beatillas, que, para él, es una especie de privilegiada segunda morada, si no la primera en no pocas ocasiones. Fosforito y Federico García Lorca, cuyo vaso de vino de Montilla-Moriles parece seguir esperándole así pasen los años, se dan la mano al amparo de estas paredes jondas y taurinas, quintaesencia del clasicismo cordobés.

Por doquier hay arte que se emparenta con una sabiduría de siglos. Algo de todo esto está presente en su manera de ser. Rikardo, que también fue amigo y confidente de Luis Eduardo Aute, proviene de una familia campesina de colonos en Fuente Palmera. La cultura lo orientó por otros senderos. Trazó surcos profundos con los que definió un porvenir entre el audiovisual, la publicidad y el mundo editorial, en el que prosigue su labor; infatigable y ufano.

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Nuestra charla se alarga frente a un desayuno con café, té y churros —tejeringos, mejor dicho, con esas motas de masa frita y churrascada que tanto me gustan desde niño—. El bar, que es autoservicio —es decir, que no hay camareros—, está muy cerca del CEIP López Diéguez, bajo cuyo frondoso arbolado corretean escolares tal que si estuvieran en plena naturaleza. Es un reducto de educación y libertad que tiene en su santoral laico a Pablo García Baena, que formó parte de su alumnado, y a Manuel de César, que lo dirigió durante años.

Rikardo González Mestre, provisto de esa k insumisa, ama la poesía y la música. Siente predilección por los zurdos. No entiende la política conformista. Ni las guitarras eléctricas convencionales. Por eso, adora a Paul McCartney, Jimi Hendrix y David Bowie, trilogía zocata y sagrada del rock con la que se amamantó. Los quiere con la misma pasión que hace libros.

Cada cual retoma sus afanes cuando nos despedimos esa mañana. Antes, me ha contado su nuevo proyecto musical, una especie de homenaje al rock andaluz. Dio el estirón a su vera escuchando a Triana, Alameda, Imán Califato Independiente y Mezquita. El núcleo duro del rock blanquiverde. El imprescindible, emocionante y radical ritmo de los setenta.

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Rikardo, que impulsó la autobiografía de Aurelio Amén, guitarrista de Concentración y De pie en la vida, no ignora que Manolo Martínez se forjó como líder al frente de Retorno en infinitas ferias de pueblo, como paso previo a su triunfo incontestable el día que fundó el grupo Medina Azahara.

Siendo él un muchacho airado lo vio en apretadas tarimas de verbena, interpretando cada noche las canciones de moda. Pero en su mente ya había germinado hacer algo más personal. “Mazorca”, entonces, soñaba con que alguna vez sería una estrella bajo los focos, en inmensos escenarios diseñados para el ceremonial de los gigantes. Como así ha sido.

Qué duda cabe que ha sido una buena junta; no de esas insatisfactorias y de compromiso que se resuelven en un santiamén, y poco más. Qué va. Quedamos en vernos más adelante. Me marcho con ese regusto feliz de lo grato. A la vuelta, en Málaga, me dispongo a prolongarlo. Y lo hago con un par de libros publicados en Utopía, es lo suyo. Al poner un nombre siempre hay una intención. Un punto de partida. Una declaración de principios.

Presentación de 'España en el recuerdo. Evocaciones desde el exilio' en la Casa de las Aguas.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]

En este caso, claro está, es un sello editorial en cuya denominación comercial anida todo la quimera de esta empresa, que compagina audacia y tenacidad con una ilusión revolucionaria (escasea ya esta palabra) y un sentido práctico. Utopía, que también trae a mi memoria el eco noble de una revista comandada por Aureliano Sáinz en Montilla, resulta por su significado ensoñador un inmejorable retrato personal. No puede ser más apropiado usarlo de salvoconducto para quienes la siguen teniendo como ideario, como pensamiento liberador.

Uno de estos libros es España en el recuerdo. Evocaciones desde el exilio, que lleva un estudio introductorio del profesor e historiador José Luis Casas, patrono de la Fundación Manuel Ruiz Luque y que, como mi amigo Aureliano, tan ligado está a Montilla por intensos y fructíferos afectos.

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Se trata de un conjunto de artículos escogidos (15 en total) donde se desborda la añoranza en evocaciones, en su mayoría sentimentales. Aparecieron en Las Españas, una de aquellas publicaciones nacidas, tal como se especifica con sustanciosos datos, a modo de Retablo hispánico en el extranjero.

Están redactados cuando en estos autores, intelectuales expulsados de la patria, se abría la sospecha agria e hiriente de un reencuentro imposible. Llama la atención la visión pesimista de Manuel Andújar al hablar de tremendas diferencias sociales en Málaga. Panorama de parias y buscavidas. Arrapiezos que veían cómo se embarcaban de mala gana aquellos soldados que destruiría la guerra de Marruecos.

El pedagogo Luis Santullano es otro de los incluidos en esta antología de expatriados. En líneas que oscilan entre el dolor y la evocación amable y festiva, pero de igual modo en un sentido crítico, nunca plañidero, asistimos a una serie de descripciones de la tierra natal que ha quedado atrás.

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Él, que colaboró con la Institución Libre de Enseñanza, consideraba que los asturianos son los andaluces del norte. Y, tras sustentar esta afirmación en el común carácter festivo y en un temperamento luchador compartido, llega a establecer una especie de milagro enológico al referirse a las afinidades entre los vinos de Cádiz y de Córdoba. Santullano, hombre que padeció el ahogo de la nostalgia, escribió sobre el hábito de beber en cantidad, sidra o generosos “—por tarreña o jarra en el lagar— y no a dedales, como las cañitas de la rica manzanilla de Moriles”.

En la liturgia o bien en el mostrador de una taberna, José Manuel Gallegos Rocafull habría probado este mismo vino, hijo del sur. Era canónigo de la Catedral de Córdoba, pero en aquella España parecía incompatible el misal y el credo republicano. Acabó en México como tantos otros compatriotas, lo que le llevó a decir que “el destierro es fundamentalmente una situación espiritual. El sentirse arrancado, el verse como sin raíces, porque se está fuera de la continuidad histórica en que se ha nacido y normalmente debía vivirse”.

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Gallegos Rocafull, figura predilecta de José Luis Casas, representa este drama inacabable de quienes se vieron empujados al abismo de los proscritos. Ni estolas ni esclavinas lo salvaron de la peor condena: “En ese estado de ánimo se desarrolla una sensibilidad especialmente aguzada para ver y valorar lo que quedó allá sin dejar por eso de ser parte viva de uno mismo. Nunca está uno confinado dentro de sí mismo”. Con este consuelo, si es que lo era, concluyeron sus días, sin que pudieran volver.

Aunque nada tiene que ver con aquel trágico contexto bélico de divisiones y afrentas entre españoles, también hay una mirada retrospectiva en El regreso, el primer libro de relatos de Antonio Varo Baena. “Pero había publicado antes, hace años, en alguna revista literaria, algún premio además”, me aclara. “Y en realidad llevo toda mi vida escribiendo relatos, aunque efectivamente es mi estreno con un conjunto de ellos en un libro”.

Presentación de 'El regreso' en el patio del Ayuntamiento de Montilla.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]

Escritor, poeta y gestor cultural, Antonio entronca con esa rica tradición española del médico humanista que encuentra en el escritorio, o en el ordenador personal, el complemento de su trabajo científico. El resultado es un inspirado ejercicio de letras. Narraciones breves enjundiosas, pese a su ligero aspecto. Incluso, entre múltiples registros, hay lugar para un leve tono experimental, ese riesgo. Ha contado con el guiño amistoso de Rikardo para llevarlas a la imprenta.

Yo, que empecé a conocerlo un verano cuando los dos estábamos a punto de comenzar estudios universitarios (nacimos con solo unos días de diferencia), aprecio en este puñado de relatos cortos un cierto latido autobiográfico, pues estamos ante historias impregnadas, algunas de ellas, de terminología y situaciones donde la medicina no es solo un marco narrativo.

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Además, siendo casi adolescente, en Antonio se desarrolló un sólido compromiso social e intelectual, y esto se nota, es evidente, en lo que escribe, frente a injusticias y desmanes. Lo que ahora, como una conciencia irrenunciable, se trasluce en estas páginas que transcurren unas veces en Montilla, otras en Córdoba o en algún paraje de la Costa del Sol.

El vino, naturalmente, también es aquí un ingrediente esencial en barriles misteriosos. Como lo es con idéntico protagonismo la casa familiar, con sus sombras y temores. Pero, aunque en ocasiones planea lo inexplicable (conviene librarse de lo explícito en literatura), incluso lo funesto, esa resonancia amarga y triste de la Guerra Civil, al final, tras el desasosiego, uno termina por encontrar el resplandor. Como las golondrinas de Santa Marina. No es mal síntoma que así sea.

Puede uno hablar de tumbas, pues es lo que al término nos aguarda, pero mientras la guadaña va aguzando su filo, es preferible la tumbona. Antes el bésame que el pésame. Dónde vas a comparar. ¿Alguien lo duda?

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MANUEL BELLIDO MORA
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