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Manuel Bellido Mora | Ese sindiós del turismo (I)

De buena mañana, a esa hora temprana en que la temperatura aún es apacible, esquivo las céntricas avenidas de Córdoba y me recreo en lo oculto, en lo menos obvio, como haría un paseante curioso que no tiene prisa. Dejo atrás el ruido y me adentro desde la plaza de Colón en el interior de calles poco transitadas.

Calle Parras de Córdoba, entre San Andrés y San Agustín.
[FOTO: JUAN PABLO BELLIDO]

Paso por Marroquíes, Tafures y Zarco. Es la Córdoba íntima no perturbada por el tráfico. Una bendición, según atestigua Francisco Solano Márquez en su Córdoba en un suspiro, una guía de lectura rápida y esencial para gente que no se conforma con lo rutinario.

En la puerta del Palacio de Viana una flota de autobuses atesta la entrada. Lleva gente impaciente por recorrer sus célebres salones y patios que visitan cada año cerca de setecientas mil personas. Es una representación breve de ese sindiós del turismo del que hablan, atemorizados, los expertos, no vaya a ser que en el éxito de lo monumental resida guarecida su flaqueza. Paso de largo camino de lo mío.

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Silvio, el cantante sevillano, solía decir que aquí “todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío”. Pero, cuidado, hay que hilar fino con la patente de propiedad de este divertido dicho. Es una frase que lo mismo aparece rotulada en camisetas que se atribuye a Henry Ford, nada más chocante. Lo original acaba por tener numerosos padres.

Tengo una cita con Rikardo (escrito con k, él lo prefiere así, en plan rebelde) González Mestre, que ha editado alguna muy recomendable obra de Solano, este maestro de periodistas, paisano nuestro siempre avizor e inquieto. No dejen de leer Córdoba insólita (Editorial El Páramo), en la que, a su modo, desmonta mitos, personajes, milagros y leyendas.

Es un relato jugoso donde cabe todo: la vida licenciosa, el patrimonio que a veces carece de la atención debida, la historia cotidiana, el vino, el pecado y la redención. El autor, forjado por igual en atentas caminatas como en reservados archivos, huye siempre de la crónica reseca e inhóspita. Es un placer seguirlo.

Real Parroquia de Santa Marina.
[FOTO: TURISMO DE CÓRDOBA]

Como tengo tiempo sobrado hasta el momento del encuentro, me demoro en mi entretenido andar. Al llegar a la Real Iglesia de Santa Marina, que es una de las catorce parroquias fernandinas de esta ciudad, observo que se ofrece entreabierta, aunque con cierto recato; quizá porque solo es hora de rezos, o debido sencillamente a que, dentro, se ultiman preparativos para recibir a los primeros grupos de turistas del día. Es una mezcla, creo adivinar, de ambas cosas.

Lo cierto es que entro. El templo está vacío, aunque una mujer me sale al paso. Es la encargada de acompañar e ilustrar a los viajeros por el interior de esta belleza; tanta que impresiona en su austeridad de piedra. Por fuera es imponente, como una fortaleza del Dios medieval alzada para el culto, pero asimismo para protegerse de asaltos e invasiones.

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Mientras lo recorro, deteniéndome en capillas y en detalles de su extraordinaria arquitectura gótica, una bandada de golondrinas se sobresalta. Habita junto al Altísimo entre cruceros y nervaduras donde ha colgado nidos barrosos. En la soledad nada las perturba. Pero, de repente, se alteran.

Es un revuelo de pájaros desconcertados que zigzaguea de aquí para allá en la elevada nave central. El fulgor de la calle las ha alarmado; tal vez también lo han hecho las voces que llegan desde el exterior. De repente, el portalón que antes estaba cerrado, resalta, al fondo, enmarcado en una bola de inmensa claridad el atractivo de la salida; es la escapatoria a donde se dirigen veloces, atraídas por el señuelo mesmérico de la intensa luz solar. Yo también las sigo.

Ahora, en definitiva, este recinto místico está abierto de par en par, igual que cuando salen las parejas de recién casados. Es lunes, y el arroz de la última boda en el fin de semana, permanece al pie de las arquivoltas, como las teselas dispersas de un mosaico nupcial olvidado que alguien, pronto, barrerá.

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Junto a una de las hojas de la puerta, bajo el dintel, la mujer aguarda pacientemente al pacífico desalojo. Las veo salir con movimientos agitados a la busca del cielo abierto. No me extraña que duerman dentro, refugio de calma en la penumbra de la madrugada. De niños nos contaron que las golondrinas amorosamente desclavaron una a una las espinas de la corona en la cabeza del Señor.

En tan tierna edad también nos enseñaron a besar el pan, si uno de sus cantos caía al suelo. No lejos de allí en el convento de Santa Isabel de los Ángeles, entre sus preciadas reliquias, se guarda una de las púas divinas con la sangre del Mesías. Otras santas espinas conservan la parroquia de San Lorenzo y el convento del Císter, esta procedente del monasterio de San Jerónimo.

Todo esto también se detalla en los ya citados apuntes periodísticos de Paco Solano. Lo hace con rigor, excelente y precisa documentación, respeto, asombro y unas gotas de fino desenfado. El humor bien traído nunca hiere. Como cuando cuenta los proyectiles de la invasión napoleónica que aparecieron alojados en la cabeza rocosa de unos de los triunfos de San Rafael.

Francisco Solano Márquez Cruz, en la Casa de las Aguas.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]

Pero hay más. Aumenta nuestra sorpresa al conocer lo que él denomina un curioso caso de travestismo de imágenes religiosas: la transformación de un San Juan Evangelista de la iglesia lucentina de Santiago “convertido en Nuestra Señora de la Amargura, que se venera en la parroquia montillana de San Sebastián y tiene cofradía propia”. Qué cosas, como él diría en su consabida querencia por las apostillas.

Era, ya digo, una infancia poblada de simbología sagrada. Por la doctrina católica supimos del valor espiritual de la sangre del pelícano que veíamos en el altar mayor, siempre por debajo del aura suprema del Espíritu Santo, que la tradición representa como una Paloma en la Santísima Trinidad. Así que, entre unas cosas y otras, en Santa Marina de Aguas Santas, a escasos metros de donde vivían mis tíos Gregorio Pedraza y Sole Mora, hay un constante rumor de alas. Es un recinto amurallado con alma.

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Antes de abandonar la iglesia y doblar la esquina me despido de la amable mujer. Parece, allí inmóvil, la guardesa del redil del que se ha marchado volando hasta la última golondrina, aunque regresará. Seguro. Ella, confiada en horarios secretos, como sus compañeras, siempre sabe por dónde colarse, pese a la resistencia de vidrieras y muros. Suena la campana entre los iniciales comentarios de los turistas, mientras yo sigo mi camino.

Miro el reloj. Hay tiempo para dilatar algo más esta travesía mañanera hasta la plaza de San Agustín. Al fondo veo que esta antigua sede domínica recuperada tras una laboriosa restauración, invita discretamente a descubrirla. Pero lo dejo para otro momento, a la vez que me fijo en el busto del compositor Ramón Medina. Solitario en un pedestal.

Está en un rincón al socaire de las viejas melodías de su barrio. Prima la tranquilidad aquí, ni siquiera perturbada por unos viajeros que, después de abandonar el apartamento turístico en el que han pernoctado, se suben a un automóvil concertado, dejando atrás sin estruendo estas calles silenciosas y menestrales. Hasta este nivel llega la riada.

Compás de San Agustín en Córdoba.
[FOTO: JUAN PABLO BELLIDO]

Si Dios, que hizo el mundo en seis días y al séptimo descansó, creó el verano, lo del veraneo fue misión de las agencias de viajes. Y así, con esta incontenible ansia humana de ir de un sitio para otro, transcurren las semanas. No hay lugares por recónditos que se tengan que no haya hollado el turismo. Si en caso de desgracia llegara a desaparecer, Dios no lo permita, nos cobrarían de una vez no una tasa, sino todo el lucro cesante. Dejo estas penosas cavilaciones aparte. Y avanzo por donde iba.

Enseguida compruebo que mi destino en esta jornada está más cerca de lo que pensaba. Es fácil identificar la casa de Rikardo, que es hermosa, blanca y recoleta. Es vivienda, pero también despacho literario con una atractiva colección de pintura y grabados, entre la que sobresale dos mayúsculas piezas de Antonio Povedano, con quien González Mestre compartió cursos de paisajismo en los confines de la Subbética, en estíos pretéritos.

Abajo, con ingenioso letrero que remeda la inconfundible grafía beatle (el sonido de su vida, me confiesa), un escaparate deja ver un puñado de los muchos libros que ha venido publicando. En este fondo de catálogo abundan los temas de justicia social y diversos textos de memoria histórica.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES

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