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Manuel Bellido Mora | De buena espiga, María José Bellido

Venga. Lo digo abiertamente. He disfrutado de la Fiesta de la Cruz bajo los tendederos de banderolas que aletean todo el rato como aves sujetas al alambre. Y que, sin embargo, invitan a la libertad, al paseo sin prisas, a la conversación cogida al vuelo o a la charla reposada. Aquí, el retal, lo inservible y sobrante, toma protagonismo. Es un signo airoso de identidad multicolor.


Da gusto entretenerse en esta calle, en aquel rincón, doblar esquinas, aceptar una copa al paso o degustarla sin otra cosa más importante que hacer. Es encantador adentrarnos en patios desconocidos y descubrir su intimidad. Lo he hecho motivado por la cálida voz de María José Bellido Jiménez. Ella, con un sutil pregón, nos ha dado la bienvenida.

Confieso, para empezar, que esa noche estaba realmente nervioso por la responsabilidad de presentarla ante tus vecinos. ¡Qué atrevimiento el mío! No sabía muy bien qué me estaba pasando. Pero los folios me temblaban entre los dedos, como un adorno callejero más a merced del viento. Además, yo no quería hacer una de estas introducciones de tipo profesional, consabidas.

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Quería que se notara que somos familia. Que formamos parte de una gente que se ha esforzado y que, en ese empeño, no ha sacrificado la sensibilidad por el éxito social. María José es un buen ejemplo de lo que ahora digo, pero en realidad cada uno de los primos y primas, también lo son. Era hora de mostrar orgullo por esto.

Y eso fue sencillamente lo que hice, aunque en tal afán casi me atropella la tensión. Me di cuenta de que, en ese momento, de nada me iba a valer todo el tiempo que he estado ante un micrófono en mi vida profesional. Que la experiencia del periodismo se evapora, desaparece, y que de nada me iban a valer las tablas, esa supuesta socorrida soltura de plumilla.

Porque se trataba de hablar de afectos y de hacerlo en público. El cariño es así de osado. Estoy más que agradecido por la oportunidad de haber compartido una noche tan especial para ella, que estaba bien acompañada. Entre quienes la escucharon con atención andaban sus hermanas y su padre, mi tío Miguel, a quien debo el mejor retrato de mi infancia.

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En ese dibujo tan delicado que sigue colgado en la casa de mis padres, también está María José. Lo digo porque, viéndolo, parecía evidente que algunos dones (este, por ejemplo, de tener gracia y destreza de trazo) los había heredado ella de manera natural. Fue algo de lo que hablamos en La Tahona de San Antonio unos días antes del pregón.

“Siendo niña me encantaban los dibujos animados, pero también el cine”, me dijiste. “En mi casa, como ocurría en cualquier hogar, era normal sentarnos delante de la tele, junto a mis padres, para disfrutar de las películas de animación y del cine en general”.

“Tengo conciencia de un temprano contacto con los lápices de colores, porque, en esto, mi padre fue un referente muy importante para mí. Desde pequeña lo veía dibujar como una cosa habitual. Sentía la cercanía del lapicero. Primero, él dibujaba para mí. Y ahora, con la distancia del tiempo y con mi formación y mi trayectoria, veo que los dibujos de mi padre son de mucha calidad. Es algo que me impactó. Fue mi referente. Y siempre traté de dibujar tan bien como él. Eso lo he vivido desde pequeña. Nunca he estado al margen de lo artístico”.

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Criterio propio e independencia son aspectos que también la definen desde que era una cría. Tenía su propia iniciativa, no se limitaba a colorear láminas o calcar un dibujo. En esto, ella, como quien dice con seguridad “aquí estoy yo”, se tomaba ciertas libertades: “Me ponía delante del motivo —un paisaje, una fachada, una casa, un bodegón— e intentaba recogerlo y plasmarlo a través del dibujo. Pero eso de colorear, la verdad es que nunca ha ido conmigo”.

Así que creció madurando el presagio de estar predestinada. Cartulinas y cuadernos la esperaban mientras de madrugada escuchaba el ruido de las máquinas en la panadería. Era hora de cambiar panes enharinados por caballetes y la pala del horno por la paleta de pigmentos.

“En mí la cuestión artística siempre ha estado ahí; siempre ha sido algo prioritario. Así que cuando terminé el bachillerato y la selectividad, la primera opción que puse fue la de Bellas Artes, pero es verdad que también sopesé Psicología, porque era algo por lo que también me sentía atraída. Y como siempre estaba la incertidumbre de saber si entraba o no, barajé esa segunda posibilidad, aunque sabiendo que, para mí, lo primordial era cursar Bellas Artes”.

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Y no se equivocó. En Sevilla se encontró con verdaderos maestros, como Miguel Pérez Aguilera, cuya sabiduría le impresionó en un curso de doctorado centrado en el arte de vidrieras y mosaicos como técnicas pictóricas olvidadas. Era una leyenda. Pintor de pintores. De silencios en el lienzo que contrastaban con una elocuencia cautivadora. Lo sabía todo. Era ejemplo de búsqueda constante.

De él aprendió como pintor, pero asimismo se benefició de la visión docente de este insigne artista. Cuando se licenció, María José sabía que su camino era la enseñanza en pie de igualdad con el trabajo en el estudio entre pinceles y espátulas.

“Como profesora me veo como una persona muy profesional, comprometida y rigurosa en su trabajo; muy pendiente y preocupada por los alumnos. Intento siempre que entiendan las explicaciones, buscando de forma permanente la mejor manera de trasladar en clase los contenidos de la asignatura”.


“En este sentido, soy cercana, nada distante, que busca la comunicación con el alumnado sabiendo de antemano que tienen sus preocupaciones e inquietudes. Me gusta el rigor, porque soy una persona muy exigente conmigo misma. Me dicen que soy recta y perfeccionista en clase, pero al mismo tiempo me dicen que soy muy buena. Juego con esa dicotomía: seriedad, pero también cercanía”.

En el capítulo de influencias otro nombre se alza. Es Martín Montero Fernández, a quien, primero, tuvo de profesor en el IES Inca Garcilaso para, más tarde, compartir claustro con él durante dos cursos escolares en el IES Profesor Tierno Galván, en La Rambla. Un día María José recibió un regalo inesperado: un busto de arcilla que ella había hecho como alumna.

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“Martín, que es pariente de Pedro Gallardo, me puso en contacto con el mundo de la cerámica, me enseñó sus técnicas, el dominio del barro, la decoración de las vasijas. Todo eso fue algo nuevo para mí; ahí me abrió un terreno artístico que yo desconocía”.

Tiene claro que el arte es un lenguaje infinito con múltiples caras. Es algo que le gusta transmitir en clase. Modelar algo, dibujar y pintar es una eficaz manera de comunicar, de abrirse a los demás. “Mi trabajo en las aulas no consiste tanto en despertar vocaciones por el arte, sino en que los alumnos aprendan a conocerse y a superar limitaciones. Algunos te dicen: es que yo no sé dibujar, es que yo no sirvo para esto. El dibujo es una forma de expresarse, igual que hay personas que se expresan a través de la escritura y de la música”.

Práctica y teoría forman parte de su trabajo diario. Considera esencial no quedarse en clase, en un ámbito cerrado. Afuera está el complemento, el estímulo que a veces pueda echarse en falta. Por esto mismo, María José suele llevar a sus pupilos al Museo Garnelo, de cuyo Consejo de Dirección forma parte, para que se empapen de un patrimonio que tal vez desconozcan.

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Esta misma idea la está aplicando con motivo de la exposición antológica de Rafael Rodríguez Portero que ocupa tres espacios: San Juan de Dios, el Claustro del Pretorio en Santa Clara y la Casa del Inca. Así entran en contacto con un artista actual y con su obra. Está convencida de que el arte es mucho más que una satisfacción espiritual.

“Es un método para aprender a exteriorizar sentimientos por medio de la expresión gráfica. Es verdad que, en ocasiones, te encuentras con alumnos que tienen unas cualidades innatas para esto. De hecho, hay un Bachillerato de Artes en el IES Emilio Canalejo Olmeda, lo que les ha llevado después a cursar estudios universitarios de esta materia. Y hay otras personas que tienden a arquitectura o ingeniería por su destreza en el dibujo técnico. Si mi labor ayuda a despertar vocaciones, pues bienvenida sea”.

Desde que aprobó las oposiciones en 1992, ha tenido cinco destinos: Los Barrios y El Puerto de Santa María, en Cádiz; Pozo Alcón, en Jaén, donde coincidió con Pepa Capdevila, una paisana que lleva allí toda una vida; La Rambla y, finalmente, Montilla, donde lleva 26 años.

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Pero la labor creativa y pedagógica de María José Bellido no estaría completa si antes no se repara en una faceta analítica que ella considera primordial. Es una revista digital que se abre a un campo de experimentación visual, escrita y sonora.

“Llevamos quince años con Procedimentum, un medio digital especializado en el análisis y la teoría. Mi faceta de investigadora va unida a mí desde la carrera. Hice mi tesis doctoral para entrar en el mundo de la investigación. Fue mi acceso a este campo. Y, posteriormente, en mi trabajo como profesora he hecho numerosos artículos y trabajos de investigación relacionados con la educación, algunos de los cuales han sido premiados. Y como pintora me gusta analizar lo que hago en esta dirección”.

“Procedimentum, que comparto con Pedro Pablo Gallardo, es un proyecto muy importante en el que están participando estudiosos y artistas renombrados a nivel de experimentación y arte sonoro, además de indagar en el terreno de las instalaciones y lo contemporáneo; todo lo que es arte actual. Y esta tarea continuada requiere de un contacto directo con los artistas que nos mandan sus colaboraciones para ser publicadas. Es mi vida. Ya son muchas cosas. Escribo, leo, investigo. Todo lo que sea arte y creación es prioritario y esencial para mí”.

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Termino este grato recorrido por donde empecé, dando una vuelta por el barrio de la Cruz donde María José y Pedro tienen su residencia. “Como pareja, nuestra primera casa estuvo en la calle La Parra. Nos gustó, tenía un patio muy bonito, con un pozo; en fin, que nos gustaba para situar allí nuestro domicilio. Pero también nos dimos cuenta de que, para lo que queríamos, era una casa muy chica. Nos pusimos a buscar otra vez y, entonces, salió la posibilidad de adquirir dos viviendas juntas en la calle San Sebastián. Tenía lo que íbamos buscando: yo quería luz abundante, una casa amplia y luminosa”.

“Y poco después se nos presentó la oportunidad de ampliar con un tercer inmueble, que es donde yo tengo el estudio. Surgió así, no de una manera preconcebida. Fue una casualidad que todo esto estuviera en el barrio de la Cruz. Y aquí me siento muy a gusto. Estoy muy integrada con los vecinos”.

“Mantengo la relación con los que ya conocía de la calle Juan Colín, del tiempo de la panadería con mis padres. De modo que cuando, por las tardes, me acerco a ver a mi padre, me voy encontrando con gente muy querida para mí. Y me voy parando con todas ellas. En ese trayecto voy charlando con mis vecinas: con mi tía Mari, con Antonia la del Rincón, con Carmela… Me voy parando y es un recorrido muy agradable. Si no hablo con ellas a la ida, lo hago a la vuelta, cuando coincide que salen a la puerta de sus casas. Aquí me siento muy arropada por la vecindad”.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: PEDRO PABLO GALLARDO

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