Rafael Maturana revive aquellos tiempos con la vitalidad y energía de su memoria, como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Lo escucha con atención su esposa, Mari Luz Madrid-Salvador, que nunca se separa de él. Juntos, en sus paseos diarios desde la calle Cordón (Dámaso Delgado) hasta el cruce de Las Camachas en los Cuatro Caminos, conforman una estampa mañanera ya clásica en Montilla.
Rafael Maturana y Mari Luz Madrid-Salvador, en su domicilio.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
Antes de iniciar su caminata hacen escala en La Tahona, donde suelen desayunar en su rincón favorito. Encontrarlos ahí cada día reconcilia con la tranquilidad. Es un síntoma de que todo, cada cosa, está en su sitio. En su casa hay música y arte por doquier. Y en su conversación asoma la imagen gentil de Paco de Lucía. Parece, observando la foto que nos muestra, que se conocieran de toda la vida. Que fluye la amistad y los secretos entre ellos. Que no esconden nada, sino que lo intercambian. Y airean como viejos y entrañables conocidos.
“Paco era tímido”, y esto, el carácter retraído, lo recalca como con papel carbón: “Muy tímido, era muy reservado. Pero yo tenía una gran amistad con él. Fíjate qué detalle. Una noche en la Peña, cuando ya se habían ido todos, empezó a sacar él 'Entre dos aguas', esa rumba prodigiosa. Me dice, como con misterio: «mira, Rafael, te voy a enseñar algo». Y empezó con los inconfundibles compases de este tema. Y yo, con la guitarra que tiene la Peña, allí estuve acompañándole la mar de contento”.
Rafael Maturana conversa con Paco de Lucía.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
Era una rumba, pero él, como siempre, tenía grandes dudas con lo que estaba haciendo; era un genio muy inseguro, un artista al que le agobiaban las indecisiones, a pesar de su grandeza. “Ya veremos a ver si logro terminarla, Rafael, porque aún no sé cómo la voy a perfilar”.
“Pero, hombre —le dije yo— es una preciosidad. Tenía muchas incertidumbres. Pero se abría con los amigos, si se encontraba a gusto. Me habló, incluso, de algunos problemas económicos con la familia. Comentaba que él no podía disfrutar como quería. En parte, este estado de ánimo, fue lo que le hizo apartarse un poco, lo que lo llevó a residir fuera de España, en México”.
Pero con todo, la persona que más le ha impresionado por su manera de ser y sus fabulosas facultades artísticas ha sido Fosforito. Le tiene devoción. Considera que es el más completo por conocimiento del flamenco, por haberlo estudiado a fondo y, sobre todo, por la calidad de sus grabaciones. Y si en disco era bueno, en el contacto directo con el público, en el cara a cara, se redoblaban sus cualidades.
“Fosforito es una persona que se ha dedicado exclusivamente al flamenco, poniendo en esto una extrema profesionalidad. Tenía un absoluto sentido del deber y del comportamiento que le llevaba a evitar la bebida y a centrarse únicamente en su compromiso con el arte”. Antonio Fernández Díaz evitaba la juerga, esquivaba invitaciones, los saraos, las fiestas. Estaba centrado en el estudio del flamenco y de ahí no había quien lo sacara.
“Me acuerdo que una vez fuimos Mari Luz, Jaime Luque y yo a Puente Genil, nos alargamos hasta allí para verlo en un recital. Era muy formal y en un momento dado se dio cuenta que no llevaba corbata. Estaba apurado por esta falta y cogí y le regalé la mía, que era de lunares amarillos. No sabes lo mucho que lo agradeció. Pensaba que le faltaba algo si salía al escenario sin corbata. Él siempre estaba en lo suyo”.
Terminaba y apenas tenía tiempo para despedirse. Prefería volver a su domicilio antes que quedarse de francachela. Fosforito entendía El Lucero como si fuera su propia casa. Aquí tenía grandes complicidades y afectos, empezando por Agustín Gómez, que era su compadre.
Rafael Maturana, junto a Antonio Fernández Díaz 'Fosforito'.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
“Era padrino del hijo de Agustín, era familia como quien dice. Y por esa estrecha amistad venía mucho a la Peña. Llegaba y estaba con la misma copa de vino todo el rato. Terminaba su pase y se volvía a Puente Genil o a Málaga, que era donde vivía”.
El polo opuesto del maestro pontanense había que ir a buscarlo a la trimilenaria Gades. Frente a la austeridad de Fosforito, que llamaba la atención por lo recatado que era, Rafael Maturana recuerda la gracia incontenible del Beni de Cádiz, al que le gustaba disfrutar de cada minuto.
“El Beni era incomparable. Llegaba y te tirabas dos o tres días con él. Le gustaban las mujeres como a nadie. Y entonces era normal encontrártelo con alguna de su cuadro flamenco. Era un consumado juerguista. No había manera de pararlo. Era muy gracioso, porque no cesaba de contar anécdotas. Unas de su propia cosecha y otras que se las contaban a él. Y también justo lo contrario, es decir, lo correcto y formal, sucedía con Juan Peña El Lebrijano, que se adaptaba más bien al modelo de seriedad de Fosforito”.
Rafael Maturana considera que esta estricta formalidad puede deberse a las creencias religiosas de los artistas que exigen un determinado proceder. Pero, a la vez, es consciente de que en el mundo de la gitanería no hay premisa mayor que la libertad absoluta, tanto en la fe como en otros aspectos de la vida. En el flamenco lo ha visto todo. Y nada le extraña ni escandaliza.
“Diego del Gastor, por ejemplo, era homosexual ¿sabes tú? Y entonces lo que él iba buscando eran chavalones jóvenes. Pero esto es normal en la vida de hoy y en la de antes”. Paco de Lucía, Diego del Gastor, Juan Habichuela… A todos los ha tratado como absolutos maestros.
“Con Juan Carmona había mucho cariño, nos hemos comprendido bien y he aprendido mucho de él. Con otros nos saludamos y tal, pero con El Habichuela era diferente. Lo invitábamos a viajar a Jerez, a Utrera, a Morón, es igual; se planteaba ir a donde fuera para echar un buen rato de flamenco”.
“Juan era un hombre especial. Estaba muy delicado de salud. Padecía del hígado. Ten en cuenta que todos estos artistas han pasado muchas necesidades. Cuando iba a Granada me pasaba por el Sacromonte donde Juan tenía una cueva que era de su familia. Allí hacían fiestas y zambras para el turismo. Vivían de esto. Lo habían enfocado para hacer algún dinero ofreciendo bailes y cantes y alguna copa para los visitantes”.
Rafael reparte sus fidelidades y aprecios entre tantos artistas como ha tratado a lo largo de su vida, en particular en sus años de la Peña El Lucero. Pero, por encima de todos, se alza la figura capital de Paco de Lucía. El algecireño y su esposa constituyen sus dos grandes referencias.
“Mari Luz me inculcó el amor por el lenguaje musical, aparte de lo que yo sabía por mí mismo por haber tocado la guitarra. Ella hizo estudios de piano. Y yo completé así mis conocimientos. La guitarra es un instrumento muy difícil. Para manejarla bien hay que tener callo y agilidad, porque como te desvíes un milímetro te suena la cuerda sorda, ¿sabes?”.
Rafael Maturana, junto a Manolo Brenes y José Menese.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
“La guitarra es muy complicada, pero Paco de Lucía ha abierto muchos caminos. Yo tengo muchos discos de él. Y no hay forma de verle un fallo. Es perfecto, aunque sufría tocando porque siempre se autoexigía mucho, el máximo. Paco tiene una serie de bulerías, una serie de toques flamencos que son una gloria”.
No quiere cerrar esta sabrosa tertulia sin hacer una ligera mención a José Menese, por el que también siente una notable admiración. Y esto lo dice abiertamente. “Menese era muy introvertido y reservado. Y, además, solía ser muy arisco con el público. Y tenía sus razones”.
“Te voy a decir por qué. Una vez lo trajimos y estábamos en Los Arcos, donde fue su actuación. Él, en vista del jaleo que había allí, entre tanto ir y venir de copas de vino, paró en seco y dijo: «Señores, si aquí no hay formalidad, yo me voy ahora mismo a mi casa»”.
“Y no podía tener más razón, porque con su categoría, que cantaba como los ángeles, ya que hacía los cantes del Piyayo como nadie, no se podía consentir tanto ruido ni más desatención hacia el artista. Y entonces, aunque aquello se tomara como una salida de mal carácter, no tuvo más remedio que acallar a la gente”.
Le costó, pero al instante se hizo el silencio. A fin de cuentas no estaba pidiendo nada del otro mundo. Quería que el personal cumpliese el supremo mandamiento de la Peña Flamenca El Lucero: aquí se viene a escuchar.
Oído a Maturana (I)
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
Antes de iniciar su caminata hacen escala en La Tahona, donde suelen desayunar en su rincón favorito. Encontrarlos ahí cada día reconcilia con la tranquilidad. Es un síntoma de que todo, cada cosa, está en su sitio. En su casa hay música y arte por doquier. Y en su conversación asoma la imagen gentil de Paco de Lucía. Parece, observando la foto que nos muestra, que se conocieran de toda la vida. Que fluye la amistad y los secretos entre ellos. Que no esconden nada, sino que lo intercambian. Y airean como viejos y entrañables conocidos.
“Paco era tímido”, y esto, el carácter retraído, lo recalca como con papel carbón: “Muy tímido, era muy reservado. Pero yo tenía una gran amistad con él. Fíjate qué detalle. Una noche en la Peña, cuando ya se habían ido todos, empezó a sacar él 'Entre dos aguas', esa rumba prodigiosa. Me dice, como con misterio: «mira, Rafael, te voy a enseñar algo». Y empezó con los inconfundibles compases de este tema. Y yo, con la guitarra que tiene la Peña, allí estuve acompañándole la mar de contento”.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
Era una rumba, pero él, como siempre, tenía grandes dudas con lo que estaba haciendo; era un genio muy inseguro, un artista al que le agobiaban las indecisiones, a pesar de su grandeza. “Ya veremos a ver si logro terminarla, Rafael, porque aún no sé cómo la voy a perfilar”.
“Pero, hombre —le dije yo— es una preciosidad. Tenía muchas incertidumbres. Pero se abría con los amigos, si se encontraba a gusto. Me habló, incluso, de algunos problemas económicos con la familia. Comentaba que él no podía disfrutar como quería. En parte, este estado de ánimo, fue lo que le hizo apartarse un poco, lo que lo llevó a residir fuera de España, en México”.
Pero con todo, la persona que más le ha impresionado por su manera de ser y sus fabulosas facultades artísticas ha sido Fosforito. Le tiene devoción. Considera que es el más completo por conocimiento del flamenco, por haberlo estudiado a fondo y, sobre todo, por la calidad de sus grabaciones. Y si en disco era bueno, en el contacto directo con el público, en el cara a cara, se redoblaban sus cualidades.
“Fosforito es una persona que se ha dedicado exclusivamente al flamenco, poniendo en esto una extrema profesionalidad. Tenía un absoluto sentido del deber y del comportamiento que le llevaba a evitar la bebida y a centrarse únicamente en su compromiso con el arte”. Antonio Fernández Díaz evitaba la juerga, esquivaba invitaciones, los saraos, las fiestas. Estaba centrado en el estudio del flamenco y de ahí no había quien lo sacara.
“Me acuerdo que una vez fuimos Mari Luz, Jaime Luque y yo a Puente Genil, nos alargamos hasta allí para verlo en un recital. Era muy formal y en un momento dado se dio cuenta que no llevaba corbata. Estaba apurado por esta falta y cogí y le regalé la mía, que era de lunares amarillos. No sabes lo mucho que lo agradeció. Pensaba que le faltaba algo si salía al escenario sin corbata. Él siempre estaba en lo suyo”.
Terminaba y apenas tenía tiempo para despedirse. Prefería volver a su domicilio antes que quedarse de francachela. Fosforito entendía El Lucero como si fuera su propia casa. Aquí tenía grandes complicidades y afectos, empezando por Agustín Gómez, que era su compadre.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
“Era padrino del hijo de Agustín, era familia como quien dice. Y por esa estrecha amistad venía mucho a la Peña. Llegaba y estaba con la misma copa de vino todo el rato. Terminaba su pase y se volvía a Puente Genil o a Málaga, que era donde vivía”.
El polo opuesto del maestro pontanense había que ir a buscarlo a la trimilenaria Gades. Frente a la austeridad de Fosforito, que llamaba la atención por lo recatado que era, Rafael Maturana recuerda la gracia incontenible del Beni de Cádiz, al que le gustaba disfrutar de cada minuto.
“El Beni era incomparable. Llegaba y te tirabas dos o tres días con él. Le gustaban las mujeres como a nadie. Y entonces era normal encontrártelo con alguna de su cuadro flamenco. Era un consumado juerguista. No había manera de pararlo. Era muy gracioso, porque no cesaba de contar anécdotas. Unas de su propia cosecha y otras que se las contaban a él. Y también justo lo contrario, es decir, lo correcto y formal, sucedía con Juan Peña El Lebrijano, que se adaptaba más bien al modelo de seriedad de Fosforito”.
Rafael Maturana considera que esta estricta formalidad puede deberse a las creencias religiosas de los artistas que exigen un determinado proceder. Pero, a la vez, es consciente de que en el mundo de la gitanería no hay premisa mayor que la libertad absoluta, tanto en la fe como en otros aspectos de la vida. En el flamenco lo ha visto todo. Y nada le extraña ni escandaliza.
“Diego del Gastor, por ejemplo, era homosexual ¿sabes tú? Y entonces lo que él iba buscando eran chavalones jóvenes. Pero esto es normal en la vida de hoy y en la de antes”. Paco de Lucía, Diego del Gastor, Juan Habichuela… A todos los ha tratado como absolutos maestros.
“Con Juan Carmona había mucho cariño, nos hemos comprendido bien y he aprendido mucho de él. Con otros nos saludamos y tal, pero con El Habichuela era diferente. Lo invitábamos a viajar a Jerez, a Utrera, a Morón, es igual; se planteaba ir a donde fuera para echar un buen rato de flamenco”.
“Juan era un hombre especial. Estaba muy delicado de salud. Padecía del hígado. Ten en cuenta que todos estos artistas han pasado muchas necesidades. Cuando iba a Granada me pasaba por el Sacromonte donde Juan tenía una cueva que era de su familia. Allí hacían fiestas y zambras para el turismo. Vivían de esto. Lo habían enfocado para hacer algún dinero ofreciendo bailes y cantes y alguna copa para los visitantes”.
Rafael reparte sus fidelidades y aprecios entre tantos artistas como ha tratado a lo largo de su vida, en particular en sus años de la Peña El Lucero. Pero, por encima de todos, se alza la figura capital de Paco de Lucía. El algecireño y su esposa constituyen sus dos grandes referencias.
“Mari Luz me inculcó el amor por el lenguaje musical, aparte de lo que yo sabía por mí mismo por haber tocado la guitarra. Ella hizo estudios de piano. Y yo completé así mis conocimientos. La guitarra es un instrumento muy difícil. Para manejarla bien hay que tener callo y agilidad, porque como te desvíes un milímetro te suena la cuerda sorda, ¿sabes?”.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
“La guitarra es muy complicada, pero Paco de Lucía ha abierto muchos caminos. Yo tengo muchos discos de él. Y no hay forma de verle un fallo. Es perfecto, aunque sufría tocando porque siempre se autoexigía mucho, el máximo. Paco tiene una serie de bulerías, una serie de toques flamencos que son una gloria”.
No quiere cerrar esta sabrosa tertulia sin hacer una ligera mención a José Menese, por el que también siente una notable admiración. Y esto lo dice abiertamente. “Menese era muy introvertido y reservado. Y, además, solía ser muy arisco con el público. Y tenía sus razones”.
“Te voy a decir por qué. Una vez lo trajimos y estábamos en Los Arcos, donde fue su actuación. Él, en vista del jaleo que había allí, entre tanto ir y venir de copas de vino, paró en seco y dijo: «Señores, si aquí no hay formalidad, yo me voy ahora mismo a mi casa»”.
“Y no podía tener más razón, porque con su categoría, que cantaba como los ángeles, ya que hacía los cantes del Piyayo como nadie, no se podía consentir tanto ruido ni más desatención hacia el artista. Y entonces, aunque aquello se tomara como una salida de mal carácter, no tuvo más remedio que acallar a la gente”.
Le costó, pero al instante se hizo el silencio. A fin de cuentas no estaba pidiendo nada del otro mundo. Quería que el personal cumpliese el supremo mandamiento de la Peña Flamenca El Lucero: aquí se viene a escuchar.
Entregas anteriores
Oído a Maturana (I)
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO / MANUEL GONZÁLEZ
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO / MANUEL GONZÁLEZ


















































