Las vidas flamencas de Rafael Maturana Rivera saben a sal y sangre. No se alarmen. Lo digo por la risueña claridad de las alegrías, por el duelo amargo de la solea. El cante y el toque inundan sus venas. Conoce el ritual antiguo de las voces que al traspasar la garganta estremecen el aire.
Rafael Maturana, en el centro de la imagen, durante la segunda Cata Flamenca de Montilla.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
Esto se ve a borbotones en un puñado de fotografías en purísimo y rotundo blanco y negro. Las hizo Manolo González en las primeras noches de la Cata. Por ellas corren amistad y complicidad. La que Rafael tuvo con artistas de postín. Él, que los trató de cerca, puede calibrar mejor que nadie la humanidad de estas divinidades.
Por entonces, ocupaba un cargo que daba acceso directo a estas figuras. Estaba de secretario de la Peña Cultural Flamenca "El Lucero", cuando era presidente Luis López Vela, que tenía de tesorero a Miguel Mora. Aquello, con este plantel, estaba a buen recaudo.
“Era gente familiar, porque acostumbraba a venir a la Peña para actuaciones o a visitarnos por simple cordialidad. Esto, a mí, me hizo tener amistad con Antonio Fernández Díaz 'Fosforito', con Paco de Lucía, con Menese y con muchos y excelentes guitarristas, genios del toque como Diego el del Gastor”. Conocían de memoria la geografía del cante. Se subían en el coche y, venga, unas veces a Morón, otras a Jerez, en ocasiones a Lebrija y Utrera, en pos siempre de las raíces del flamenco.
“En Morón estuvimos con Joselero, que era cuñado de Diego. Todos estos frecuentes contactos derivaron en amistad entrañable. Y a consecuencia de esto entramos en conversación con Pulpón, que era quien mandaba en este mundo, en festivales, reuniones y actuaciones. Así es como preparábamos las Catas Flamencas”.
“Íbamos directamente al él para confeccionar los carteles, según nuestras posibilidades económicas. De ahí surgieron noches tan completas como las primeras en las que tuvimos a Fosforito, Juan Habichuela, Paco de Lucía, El Lebrijano, La Perla de Cádiz y tantas otras celebridades”.
En una fotografía se encierra un inmenso poder. Ya no es sólo un instrumento de evocación. No. Es la prueba testimonial que nos introduce en aquellas horas. Uno, al mirarlas, tiene la sensación de estar allí delante, tal es su magnetismo, una fuerza gráfica que genera el milagro de la cercanía, de lo antiguo que retoña ante tus ojos. No estuve allí, es cierto, pero es ahora cuando lo estoy viendo.
“En esta otra imagen está Farruco, el patriarca de esta saga al lado de Farruquito”, me explica Rafael. “Era la primera ver que venían con su baile de los bastones. Había una estrecha confianza con ellos. Y esto fue posible por el trato cordial que hicimos con estas personas. Y luego, aparte, se establecieron relaciones con otras peñas, a las que íbamos para reforzar lazos y conocer a más artistas. En la de Jaén nos encontramos con Rafael El Gallina, con quien rápidamente fraguamos una buena amistad”.
Era como una peregrinación laica y constante que también desembocó en las cuevas del Sacromonte de Granada, donde convivieron con las familias gitanas y participaron en sus zambras. La Fragua, el Camborio y otros lugares no tienen secretos para Rafael y compañía, que entraron de lleno en el núcleo de estas familias flamencas. Es algo, este mutuo cariño, que se trasluce en su colección de fotografías.
Rafael Gómez 'El Lucero', junto a Rafael Maturana.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
José Menese estuvo en la exposición de El Flamenco en el Arte Actual, cuya primera edición, la más sonada, se hizo en la Casa del Inca por iniciativa de Antonio Povedano, Agustín Gómez y también de la Peña. Fue en el verano de 1972, en julio y agosto. Todo un acontecimiento que vino a actualizar la icnografía del duende, dejando atrás el rancio costumbrismo de estampa decimonónica.
Llama la atención por su simbolismo la instantánea en la que aparece Rafael Gómez El Lucero con un folleto de esta muestra de arte de vanguardia en la mano y junto al vivo y expresivo retrato que le hizo Povedano. Es una obra esencial, una especie de acta de fundación en poderosas pinceladas, que ahora se puede ver en los locales de la Peña.
“Es un cuadro muy representativo de aquel tiempo. El legado de una exposición artística con pinturas, dibujos y esculturas que ensanchó el horizonte del flamenco. Acudieron muchos e importantes artistas y, como es natural, todos los peñistas. La hicimos en la biblioteca de la Casa del Inca donde también, como parte del programa, se dio una conferencia que incluyó una actuación de José Menese, con Manolo Brenes a la guitarra. Manolo me enseñó una extraordinaria falseta de bulerías. Era muy buena gente que ponían en tus manos su ciencia y su arte”.
De esta manera, tan efusiva, pudieron constatar un hecho: la gran categoría en el trato directo, sin intermediarios, con estas figuras. Así, sin recelos, por derecho, era aún más apreciable su sencillez en las distancias cortas. No escondían nada. Lo entregaban todo.
Era un mundo bien resguardado, casi hermético, en el que ellos, los peñistas, tuvieron la puerta abierta. Y eso que, como comenta Rafael, algunos tenían motivos para desconfiar, porque cuando los llamaban para actuar no siempre recibían el debido respeto y una imprescindible consideración. El desquite por no haber tenido una retribución justa adquiría, así, en plena jarana aroma ibérico a picaresca.
“Venían con la rémora del tiempo de los señoritos. Estaban acostumbrados, muchos de ellos, a estar toda la noche por cien duros. Estaban tan necesitados que en esas fiestas se hinchaban de comer. Yo he visto a quienes han usado la funda de los instrumentos para llenarla de jamón, chorizo y otros embutidos. Cogían la guitarra aparte, en la mano, y la funda servía para llevársela repleta de comida, porque entonces era gente que pasaba hambre. Normalmente, eran gitanos casi todos”.
Así se tasaba el salario. Lo que no iba al bolsillo, terminaba en el gaznate gracias a este curioso contrabando porcino, escabullendo el género en aquellos receptivos estuches. Porque para cantar y tocar en condiciones, para el baile también, había que aplacar el hambre. En Jerez, nos dice Rafael, esto estaba muy extendido.
“No te voy a dar nombres, pero muchas de aquellas fiestas terminaban en los cortijos, donde algunas de las mujeres del grupo de baile consumían la noche con los anfitriones. O sea, era un mundo muy diferente a este. Y para cambiarlo, para dignificarlo, las peñas flamencas desempeñaron un papel fundamental. Le dieron sitio a todos estos artistas, con su dinero correspondiente para no tener que mendigar la comida y que abusaran de ellos”.
En esta tarea se partió de la nada. Pero Rafael Maturana y sus compañeros de la junta directiva de la Peña Cultural Flamenca "El Lucero" actuaron a conciencia. Le dieron nivel a un arte mayor que estaba pidiendo a voces ser rescatado. Luis López Vela lideró este esfuerzo por cambiar las cosas.
Luis López Vela.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
“Le gustaba con pasión este mundo y se propuso revestirlo con la consideración adecuada a una manifestación cultural genuina y de primer orden. Exigía, y todos estábamos de acuerdo con él, en que había que saber escuchar y tratar con respeto cualquier actuación. Recuerdo una vez que vino El Beni de Cádiz y hubo algún peñista que se molestó porque aquello estuviera lleno de gitanos. Y Luis, que era una magnífica persona, tuvo que decir allí varias cosas para ponerlo todo en su sitio”.
Desde ese momento, una norma esencial era dar un buen trato económico y afectivo. Sabían que así, con cariño y sin abusos, se iba a todas partes. A este respecto, Rafael Maturana rememora una anécdota muy esclarecedora.
“Me ocupé del traslado y las atenciones al Beni de Cádiz cuando estuvo en una de las primeras Catas. Recuerdo que venía con dos gitanos y los lleve a todos ellos al hostal que tenía Miguel Martínez el dentista en la Plaza de la Rosa. Les encantó el trato, porque aunque en Madrid ya estaban acostumbrados a ser bien recibidos por formar parte de los espectáculos de grandes tablaos como Torres Bermejas, El Corral de la Morería y Los Canasteros, en los pueblos todavía sufrían muchos inconvenientes y desdenes. De hecho, en muchos lugares se les seguía viendo como gente pobretona y muerta de hambre que venía por unas migajas, a ganarse un mendrugo. Y esto ya no era así. Nosotros contribuimos a modificar lo que había”.
Fernanda y Bernarda de Utrera le dejaron una sensación inigualable. Estar con ellas era igual que saborear la esencia del flamenco. Estaban en las mejores antologías, eran manantial inagotable de sabiduría flamenca. Un portento que le dejó una profunda huella.
“Eran estupendas, pero la que sobresalía era la Fernanda, ¿sabes? La hermana la acompañaba, porque además tenía un compás maravilloso, sobre todo en la bulería, pero también en cualquier estilo, porque ellas llevaban la originalidad en la sangre. Tenían un compás puro y flamenco, inigualable. Eran muy buena gente”.
“Pulpón las había dejado y entonces vinieron aquí a hacer una actuación en la Peña por lo que quisiéramos darle. No se quedaban a dormir. Venían en taxis, que pagábamos nosotros, salían a cantar, y después si acaso se quedaban un rato más a tomar una copa, pero siempre regresaban a Utrera por donde habían venido”.
Cada vez más consolidada, la Peña se planteó pronto un objetivo más ambicioso: montar un gran festival. Y lo hicieron a sabiendas de lo difícil y complejo que iba a resultar este propósito. Sin embargo, habían atesorado la suficiente experiencia a base de hacer un buen puñado de actividades previas como para dar el paso, sin excesivos riesgos, aunque prácticamente sin ayudas.
En Montilla, en aquella época, no había locales municipales disponibles que reunieran unas determinadas características de amplitud y servicios. Así que hubo que buscar estos espacios entre las bodegas, lo que tampoco fue fácil. La primera Cata se hizo en Montulia y la siguiente en Bodegas Alvear. De entonces es la colección de fotos que Rafael guarda como un valioso patrimonio.
“Los peñistas teníamos que multiplicarnos para sacar adelante aquello. Hacíamos de taquilleros, de porteros, poníamos las sillas, preparábamos y diseñábamos el escenario y, por supuesto, había que recibir y estar pendientes de los artistas”.
“Tres días antes ya estábamos en la bodega, ocupábamos patios y hay que reconocer que a veces el montaje de la Cata era un engorro para la actividad diaria de la empresa. Llegó un momento en que las bodegas se hartaron. Y la colaboración del Ayuntamiento era muy escasa. Algo aportaba, pero no como ahora, que se vuelca con la Cata”.
“Antes no era así. Entonces había que apañarse con la cuota de los socios y poco más. Lo sacábamos adelante con aportaciones extras en cenas y comidas de celebración de la Peña, aunque también es verdad que, llegado el festival, se hacían muy buenas taquillas, con lo que se podía afrontar todos los gastos”.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
Esto se ve a borbotones en un puñado de fotografías en purísimo y rotundo blanco y negro. Las hizo Manolo González en las primeras noches de la Cata. Por ellas corren amistad y complicidad. La que Rafael tuvo con artistas de postín. Él, que los trató de cerca, puede calibrar mejor que nadie la humanidad de estas divinidades.
Por entonces, ocupaba un cargo que daba acceso directo a estas figuras. Estaba de secretario de la Peña Cultural Flamenca "El Lucero", cuando era presidente Luis López Vela, que tenía de tesorero a Miguel Mora. Aquello, con este plantel, estaba a buen recaudo.
“Era gente familiar, porque acostumbraba a venir a la Peña para actuaciones o a visitarnos por simple cordialidad. Esto, a mí, me hizo tener amistad con Antonio Fernández Díaz 'Fosforito', con Paco de Lucía, con Menese y con muchos y excelentes guitarristas, genios del toque como Diego el del Gastor”. Conocían de memoria la geografía del cante. Se subían en el coche y, venga, unas veces a Morón, otras a Jerez, en ocasiones a Lebrija y Utrera, en pos siempre de las raíces del flamenco.
“En Morón estuvimos con Joselero, que era cuñado de Diego. Todos estos frecuentes contactos derivaron en amistad entrañable. Y a consecuencia de esto entramos en conversación con Pulpón, que era quien mandaba en este mundo, en festivales, reuniones y actuaciones. Así es como preparábamos las Catas Flamencas”.
“Íbamos directamente al él para confeccionar los carteles, según nuestras posibilidades económicas. De ahí surgieron noches tan completas como las primeras en las que tuvimos a Fosforito, Juan Habichuela, Paco de Lucía, El Lebrijano, La Perla de Cádiz y tantas otras celebridades”.
En una fotografía se encierra un inmenso poder. Ya no es sólo un instrumento de evocación. No. Es la prueba testimonial que nos introduce en aquellas horas. Uno, al mirarlas, tiene la sensación de estar allí delante, tal es su magnetismo, una fuerza gráfica que genera el milagro de la cercanía, de lo antiguo que retoña ante tus ojos. No estuve allí, es cierto, pero es ahora cuando lo estoy viendo.
“En esta otra imagen está Farruco, el patriarca de esta saga al lado de Farruquito”, me explica Rafael. “Era la primera ver que venían con su baile de los bastones. Había una estrecha confianza con ellos. Y esto fue posible por el trato cordial que hicimos con estas personas. Y luego, aparte, se establecieron relaciones con otras peñas, a las que íbamos para reforzar lazos y conocer a más artistas. En la de Jaén nos encontramos con Rafael El Gallina, con quien rápidamente fraguamos una buena amistad”.
Era como una peregrinación laica y constante que también desembocó en las cuevas del Sacromonte de Granada, donde convivieron con las familias gitanas y participaron en sus zambras. La Fragua, el Camborio y otros lugares no tienen secretos para Rafael y compañía, que entraron de lleno en el núcleo de estas familias flamencas. Es algo, este mutuo cariño, que se trasluce en su colección de fotografías.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
José Menese estuvo en la exposición de El Flamenco en el Arte Actual, cuya primera edición, la más sonada, se hizo en la Casa del Inca por iniciativa de Antonio Povedano, Agustín Gómez y también de la Peña. Fue en el verano de 1972, en julio y agosto. Todo un acontecimiento que vino a actualizar la icnografía del duende, dejando atrás el rancio costumbrismo de estampa decimonónica.
Llama la atención por su simbolismo la instantánea en la que aparece Rafael Gómez El Lucero con un folleto de esta muestra de arte de vanguardia en la mano y junto al vivo y expresivo retrato que le hizo Povedano. Es una obra esencial, una especie de acta de fundación en poderosas pinceladas, que ahora se puede ver en los locales de la Peña.
“Es un cuadro muy representativo de aquel tiempo. El legado de una exposición artística con pinturas, dibujos y esculturas que ensanchó el horizonte del flamenco. Acudieron muchos e importantes artistas y, como es natural, todos los peñistas. La hicimos en la biblioteca de la Casa del Inca donde también, como parte del programa, se dio una conferencia que incluyó una actuación de José Menese, con Manolo Brenes a la guitarra. Manolo me enseñó una extraordinaria falseta de bulerías. Era muy buena gente que ponían en tus manos su ciencia y su arte”.
Contrabando de ibéricos
De esta manera, tan efusiva, pudieron constatar un hecho: la gran categoría en el trato directo, sin intermediarios, con estas figuras. Así, sin recelos, por derecho, era aún más apreciable su sencillez en las distancias cortas. No escondían nada. Lo entregaban todo.
Era un mundo bien resguardado, casi hermético, en el que ellos, los peñistas, tuvieron la puerta abierta. Y eso que, como comenta Rafael, algunos tenían motivos para desconfiar, porque cuando los llamaban para actuar no siempre recibían el debido respeto y una imprescindible consideración. El desquite por no haber tenido una retribución justa adquiría, así, en plena jarana aroma ibérico a picaresca.
“Venían con la rémora del tiempo de los señoritos. Estaban acostumbrados, muchos de ellos, a estar toda la noche por cien duros. Estaban tan necesitados que en esas fiestas se hinchaban de comer. Yo he visto a quienes han usado la funda de los instrumentos para llenarla de jamón, chorizo y otros embutidos. Cogían la guitarra aparte, en la mano, y la funda servía para llevársela repleta de comida, porque entonces era gente que pasaba hambre. Normalmente, eran gitanos casi todos”.
Así se tasaba el salario. Lo que no iba al bolsillo, terminaba en el gaznate gracias a este curioso contrabando porcino, escabullendo el género en aquellos receptivos estuches. Porque para cantar y tocar en condiciones, para el baile también, había que aplacar el hambre. En Jerez, nos dice Rafael, esto estaba muy extendido.
“No te voy a dar nombres, pero muchas de aquellas fiestas terminaban en los cortijos, donde algunas de las mujeres del grupo de baile consumían la noche con los anfitriones. O sea, era un mundo muy diferente a este. Y para cambiarlo, para dignificarlo, las peñas flamencas desempeñaron un papel fundamental. Le dieron sitio a todos estos artistas, con su dinero correspondiente para no tener que mendigar la comida y que abusaran de ellos”.
En esta tarea se partió de la nada. Pero Rafael Maturana y sus compañeros de la junta directiva de la Peña Cultural Flamenca "El Lucero" actuaron a conciencia. Le dieron nivel a un arte mayor que estaba pidiendo a voces ser rescatado. Luis López Vela lideró este esfuerzo por cambiar las cosas.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ]
“Le gustaba con pasión este mundo y se propuso revestirlo con la consideración adecuada a una manifestación cultural genuina y de primer orden. Exigía, y todos estábamos de acuerdo con él, en que había que saber escuchar y tratar con respeto cualquier actuación. Recuerdo una vez que vino El Beni de Cádiz y hubo algún peñista que se molestó porque aquello estuviera lleno de gitanos. Y Luis, que era una magnífica persona, tuvo que decir allí varias cosas para ponerlo todo en su sitio”.
Desde ese momento, una norma esencial era dar un buen trato económico y afectivo. Sabían que así, con cariño y sin abusos, se iba a todas partes. A este respecto, Rafael Maturana rememora una anécdota muy esclarecedora.
“Me ocupé del traslado y las atenciones al Beni de Cádiz cuando estuvo en una de las primeras Catas. Recuerdo que venía con dos gitanos y los lleve a todos ellos al hostal que tenía Miguel Martínez el dentista en la Plaza de la Rosa. Les encantó el trato, porque aunque en Madrid ya estaban acostumbrados a ser bien recibidos por formar parte de los espectáculos de grandes tablaos como Torres Bermejas, El Corral de la Morería y Los Canasteros, en los pueblos todavía sufrían muchos inconvenientes y desdenes. De hecho, en muchos lugares se les seguía viendo como gente pobretona y muerta de hambre que venía por unas migajas, a ganarse un mendrugo. Y esto ya no era así. Nosotros contribuimos a modificar lo que había”.
Fernanda y Bernarda de Utrera le dejaron una sensación inigualable. Estar con ellas era igual que saborear la esencia del flamenco. Estaban en las mejores antologías, eran manantial inagotable de sabiduría flamenca. Un portento que le dejó una profunda huella.
“Eran estupendas, pero la que sobresalía era la Fernanda, ¿sabes? La hermana la acompañaba, porque además tenía un compás maravilloso, sobre todo en la bulería, pero también en cualquier estilo, porque ellas llevaban la originalidad en la sangre. Tenían un compás puro y flamenco, inigualable. Eran muy buena gente”.
“Pulpón las había dejado y entonces vinieron aquí a hacer una actuación en la Peña por lo que quisiéramos darle. No se quedaban a dormir. Venían en taxis, que pagábamos nosotros, salían a cantar, y después si acaso se quedaban un rato más a tomar una copa, pero siempre regresaban a Utrera por donde habían venido”.
Cada vez más consolidada, la Peña se planteó pronto un objetivo más ambicioso: montar un gran festival. Y lo hicieron a sabiendas de lo difícil y complejo que iba a resultar este propósito. Sin embargo, habían atesorado la suficiente experiencia a base de hacer un buen puñado de actividades previas como para dar el paso, sin excesivos riesgos, aunque prácticamente sin ayudas.
En Montilla, en aquella época, no había locales municipales disponibles que reunieran unas determinadas características de amplitud y servicios. Así que hubo que buscar estos espacios entre las bodegas, lo que tampoco fue fácil. La primera Cata se hizo en Montulia y la siguiente en Bodegas Alvear. De entonces es la colección de fotos que Rafael guarda como un valioso patrimonio.
“Los peñistas teníamos que multiplicarnos para sacar adelante aquello. Hacíamos de taquilleros, de porteros, poníamos las sillas, preparábamos y diseñábamos el escenario y, por supuesto, había que recibir y estar pendientes de los artistas”.
“Tres días antes ya estábamos en la bodega, ocupábamos patios y hay que reconocer que a veces el montaje de la Cata era un engorro para la actividad diaria de la empresa. Llegó un momento en que las bodegas se hartaron. Y la colaboración del Ayuntamiento era muy escasa. Algo aportaba, pero no como ahora, que se vuelca con la Cata”.
“Antes no era así. Entonces había que apañarse con la cuota de los socios y poco más. Lo sacábamos adelante con aportaciones extras en cenas y comidas de celebración de la Peña, aunque también es verdad que, llegado el festival, se hacían muy buenas taquillas, con lo que se podía afrontar todos los gastos”.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS
FOTOGRAFÍA: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS

















































