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Manuel Bellido Mora | La mujer moderna del Ceregumil (II)

Blanca Canivell Pascual cultivó especialmente el retrato individual y colectivo, pero también las escenas urbanas. Llama la atención el gran número de fotografías que es capaz de tomar en un solo día, de lo que se deduce que esta era una pasión desbordada, mucho más que un mero entretenimiento.


“Puede documentarse un viaje completo entre Málaga y Torre del Mar, donde mi familia tenía propiedades. Captaba con la cámara todo lo que hacía durante una jornada completa. Actividades domésticas, pero también del trabajo en el campo con una detallada presencia de animales”, comenta su bisnieto, Pablo Fernández Canivell.

Con este propósito de dejar testimonio directo, se dispone de un material muy variado con diferentes momentos de la construcción de sus viviendas, tanto las de recreo como las residenciales, como sucede con Trayamar, la espléndida residencia de verano de los Fernández Canivell en Algarrobo Costa, en Málaga.

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“Es increíble, pero se puede decir que hay fotos de casi todo, ladrillo a ladrillo. Está registrado el momento en que se coloca una ventana o se alza un tabique. Si se hacía cualquier cambio, lo retrataban. E igual sucede cuando se plantaba un árbol o se cuidaba un jardín. En todas estas imágenes está muy presente la idea de marketing, publicidad y arte”.

En este archivo se agrupan miles de negativos, placas en cristal y fotografías de diverso tipo y tamaño. Y, lo más importante, es que todo este conjunto está en soportes de gran calidad, lo que permite hoy en día una reproducción de extraordinaria precisión.

“Mi deseo es crear con todo esto una gran archivo gráfico Fernández Canivell para poder mostrar cómo era la vida en el pasado. Es una manera, a la vez, de reconocer la calidad artística de este material. Me interesa mucho la calidad artística, pero también el cariz historiográfico”.


Montilla ocupa un lugar preeminente en la memoria de la familia Fernández Canivell. A través del Ceregumil existe un vínculo indestructible que lo asocia a la ciudad en la que se originó este reconstituyente que alcanzó notoriedad internacional. Tan ligado estaba a la vida cotidiana que ha terminado en novelas y toda clase de narraciones.

Juan Guerrero Zamora, cuyo nombre evoca un periodo dorado de las adaptaciones teatrales en el programa de Televisión Española Estudio 1, lo introduce en una de sus novelas, en concreto en una que transcurre en sus años de infancia en Melilla.

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Es un conjunto de impresiones, recuerdos cogidos al vuelo, a modo de viñetas de gran calado emocional; en particular cuando se trata de evocar la figura del padre, un mediano propietario que era feliz en su finca, cuan dichoso habitante de un plácido edén.

Era un hombre modesto que, aunque podía permitírselo, a la hora de su partida de este mundo, renunció a un entierro de primera, por no llamar la atención. En pleno duelo, el cochero del carro fúnebre hace una observación sobre lo socorrido que podía llegar a ser un buen envase de cristal de Ceregumil, aquel que llevaba grabadas como en relieve las letras de esta marca, como si fuera en braille, sensible al tacto al rozarlo suavemente con los dedos.

—En fin, si tiene sed, aquí llevo una botella. Es muy chica, no te vayas a creer. Es de las de Ceregumil. Siempre la llevo con un poco de vino. Corriente. El oficio no da para más. La llevo por si alguien se marea o por si yo mismo no me siento muy bien.


Aquel frasco del tamaño usual en las boticas provenía, oh casualidad, de Montilla. Y, por ello, no resultaba raro que se usara, una vez consumida la pócima, para llenarlo de vino. Para el cochero de la infancia de Juan Guerrero Zamora era un compañero insustituible. Al cabo del tiempo, llegada la hora del casamiento del protagonista de estas delicadas memorias, el tarro de vidrio del Ceregumil reaparece en las páginas finales del libro.

Pregunté a la criada:

—¿Quién trajo estos paquetes?

—Eso estaba comentando —contestó—. Los trajo un hombre que nada más llegar me dijo: «espere, que tome un respiro» y sacando una botella de Ceregumil, echó un trago. Y no fue eso lo más raro. Lo más raro fue que venía vestido de cochero de pompas fúnebres. Y que, por cierto, no he visto un cochero más cepillado y lustrado en mi vida.

El Ceregumil ha viajado y, con él, los empleados de la botica de Bernabé Sánchez, que lo siguieron cuando llegó el momento del traslado de la empresa a Málaga para abrir nuevos horizontes comerciales a través del puerto.

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“Yo guardo fotografías de la época de Montilla”, asevera Pablo. “Y también desde la mudanza a Málaga donde es posible identificar a buena parte de la plantilla de trabajadores. Había una relación muy estrecha, y gran confianza; tanto es así que el gerente veraneaba con nosotros como un integrante más de la familia. Aparece compartiendo los días de asueto y también en las comidas. Era literalmente parte de la familia, en el día a día laboral como en toda clase de eventos sociales”.

Al revisar todos estos documentos llama la atención que las mujeres eran mayoría. Bernabé confió en ellas para realizar todo el proceso productivo del Ceregumil; el 98 por ciento del empleo que generó era femenino, y así fue tanto en Montilla como, posteriormente, en Málaga. En la fábrica todo eran mujeres prácticamente.

Entregas anteriores


La mujer moderna del Ceregumil (I)

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: ARCHIVOS FERNÁNDEZ-CANIVELL

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