En la casa familiar de Pablo Fernández Canivell hay un tesoro fotográfico. Él, que es biznieto del inventor del Ceregumil, lo está catalogando, pieza a pieza. En esta maraña de negativos y cristales que ha atravesado el tiempo, están alojadas las claves para reconstruir el origen de este compuesto alimenticio, pero sobre todo en el misterio de estas placas impresionadas, reside la luz inextinguible de una mujer con una cámara: Blanca Canivell Pascual, que lo retrató todo.
Pablo, de esta manera, está redescubriendo la vida de una persona vital y adelantada a su época cuya vida quedó tapada por los éxitos empresariales y científicos de su marido. Ella, a voluntad o no, permaneció en un segundo plano mientras aquel jarabe contra la endeblez endémica alcanzaba cotas inimaginables de popularidad.
Estuvo en frentes de batalla, corrió por las venas del proletariado, fue sustento de desnutridos e, incluso, anduvo entre versos y prosas enfebrecidas. De tal calibre llegó a ser su fama que Jaime Gil de Biedma, en un apunte suelto de sus memorias, hablaba de España como la tierra de El Cid y el Ceregumil.
Reconstituyente eficaz como alimento vegetariano completo que se adelantó a la práctica del veganismo, puede decirse de él que voló alto desde el principio entre los pioneros de la aviación que se atrevieron a cruzar el Atlántico. Así se recoge en una nota del Ilustre Colegio de Farmacéuticos de Málaga al recordarse que en 1928 formó parte de la expedición del bimotor “Jesús del Gran Poder”, en el trayecto Sevilla-Bahía, en Brasil, “con paquetes de leche, agua mineral y botes de Ceregumil”, todo un kit de supervivencia al decir de las crónicas periodísticas del momento. Pero aquel milagro vegetal tuvo un origen que ha negado el debido protagonismo de Blanca.
“Ella, que viene de una familia de industriales de Cataluña, se casa con Bernabé”, empieza por contarnos Pablo. “Y cuando él da con la fórmula del Ceregumil es Blanca la que financia el invento, un tónico o extracto de cereales, leguminosas y miel. Apoyada económicamente por su padre y hermanos deciden industrializar el jarabe. Y es así, gracias a este respaldo financiero, como se consigue promocionar y difundir a gran escala aquella receta mágica”.
Eran unos laboratorios farmacéuticos acostumbrados a comercializar sus productos con una fuerte inversión publicitaria. Concebían la propaganda como un arma infalible para introducir cualquier artículo en una incipiente sociedad de consumo. A la par, dispusieron de la logística necesaria no solo para distribuirlo por Andalucía, sino para poder enviarlo a cualquier parte del mundo, en particular por Iberoamérica.
“Está plenamente documentado el valor determinante de la contribución de Blanca Canivell Pascual en la implantación del Ceregumil. Su papel, por tanto, no es nada secundario, ni residual. Al contrario, ella estaba en primera línea de la empresa. Periódicos internacionales se interesaban por sus opiniones. Concedió entrevistas a medios norteamericanos en las que llegó a especificar que ella nació en Granada, aunque su familia procedía de Cataluña. Pero es en Montilla donde abren farmacia, el lugar en el que se inicia la aventura del Ceregumil”.
Su matrimonio con Bernabé Fernández Sánchez —que, entre otras muchas cosas, era un apasionado del arte— vino a reforzar el modelo de pareja ilustrada con una mentalidad abierta y atenta a las corrientes y tendencias culturales del momento.
“Blanca Canivell era una mujer cultivada, gran lectora e impregnada por la tradición artística de su familia. Reunió una importante colección de arte que recibió, en parte, de antepasados suyos. Uno de ellos fue médico personal de Francisco de Goya y Lucientes. Y, aparte, también fue facultativo en la Corte real española”.
Pronto, en una casa donde se celebran los avances de la tecnología y del conocimiento humano, ella descubre el potencial artístico de la fotografía, al mismo tiempo que su marido, que siempre tuvo a mano una cámara. Y así, deslumbrada por estas nuevas posibilidades de expresión artística, decide avanzar en el mundo de las lentes y sus prodigios. Ese era su objetivo: el que le permitía tener su propia mirada sobre las cosas.
“Es donde ella, contando con el apoyo de su esposo, decide avanzar en el universo creativo de la fotografía. Al principio, cuando empecé a evaluarla, pensé que era Bernabé quien las hacía, pero pronto te das cuenta que no es así, porque él sale en la mayoría de las tomas. Es al entrar a fondo en este archivo familiar, cuando descubro que hay muchos ficheros con el nombre de Blanca, lo cual es una prueba que identifica su autoría, incluso después de la muerte de él”.
En este legado hay otras muchas fotos que ayudan a recomponer la evolución de la familia y de la industria aparejada al enorme desarrollo del Ceregumil. Son álbumes que dejan patente el creciente interés de Blanca por el arte fotográfico. Es una verdadera cápsula del tiempo lo que se abrió ante los ojos asombrados de Pablo.
“No imaginaba la notable calidad de algunos de los trabajos de mi bisabuela. Me sorprendió, además, ese estilo personal y la estética cuidada que se aprecia en relación con el tipo de fotografías habituales en esa época y el tipo de modelos que elegían”.
Durante su estancia en Montilla, Blanca Canivell no se conformó con el papel de esposa, subordinada por completo a su cónyuge. Ella participó en el negocio y tomó parte destacada en otros asuntos relacionados con el arte y la publicidad de la marca.
“Le daba ideas y lo apoyaba en las decisiones empresariales. Y esto no era nada extraño, porque ella tenía un padre que se dedicaba a la industria farmacéutica. Fue director de varios laboratorios, además de ser un precursor del marketing, es decir, aplicó técnicas modernas de ventas en su día a día. Blanca Canivell heredó este instinto comercial. Es verdad que al principio en las etiquetas pone Ceregumil Fernández, pero a esto pronto se añade el apellido de ella”.
El nombre de Farmacia Moderna resulta una clara evidencia de la mentalidad de quienes la regentaban. Ambos, marido y mujer, estaban implicados en el progreso de Montilla. Bernabé entra en la sociedad que levantó el Teatro Garnelo, junto al maestro Coma (director de la banda de música) y la familia del pintor. Con él mantuvo una íntima amistad, al igual que con Manuel Garnelo, el escultor que se encargó del ornamento y la decoración del flamante salón, inicialmente dedicado en exclusiva al arte dramático.
“En casa siempre ha sido constante el recuerdo y la huella de la familia Garnelo. Conservó notas y cartas de Manuel a Bernabé, pero también dirigidas a su hija Mercedes, que sobresalía por su belleza y distinción. Había una relación muy estrecha entre los hermanos Garnelo y la familia Fernández Canivell. Es una correspondencia copiosa con misivas en las que se ponía de manifiesto una gran admiración por el porte de Mercedes y Blancanieves, las hijas de Bernabé, que eran muy guapas”.
A todo esto, Blanca, por su parte, además de estar pendiente de su familia, sin olvidar su interés por el negocio del Ceregumil, hace de su afición a la cámara una actividad principal en sus ratos libres. “Explora todas sus posibilidades, con la inclusión del color, entonces toda una rareza, un significativo avance. Experimenta con la psicología del retrato, realizando fotos a mujeres tatuadas o cierto tipo de conductas de género que excedían el marco de lo normal, incluso de lo que se entendía como correcto”.
Encontrar todo este depósito supuso un verdadero hallazgo por la dimensión de lo que tantos años había estado guardado, así como por su valioso contenido. “Es un tesoro mayúsculo”, certifica Pablo. “Había una gran cantidad de originales. Cajas repletas de fotografías. Muchas de animales y naturaleza, pero también muchas otras de gran interés histórico”.
“Por ejemplo, descubro imágenes impactantes de cómo se hizo el Teatro Garnelo, en las que se observa el proceso de su construcción, el armazón desnudo de este significativo edificio. Y de repente, acto seguido, veo otra obra y resulta que es el Hotel Miramar de Málaga. Ver este tipo de fotografías antiguas produce una enorme satisfacción. Y sobre todo, te lleva a comprobar el ojo artístico de Blanca. El ángulo, el encuadre, la luz que elige da idea de la visión avanzada que ella tenía”.
Pablo, de esta manera, está redescubriendo la vida de una persona vital y adelantada a su época cuya vida quedó tapada por los éxitos empresariales y científicos de su marido. Ella, a voluntad o no, permaneció en un segundo plano mientras aquel jarabe contra la endeblez endémica alcanzaba cotas inimaginables de popularidad.
Estuvo en frentes de batalla, corrió por las venas del proletariado, fue sustento de desnutridos e, incluso, anduvo entre versos y prosas enfebrecidas. De tal calibre llegó a ser su fama que Jaime Gil de Biedma, en un apunte suelto de sus memorias, hablaba de España como la tierra de El Cid y el Ceregumil.
Reconstituyente eficaz como alimento vegetariano completo que se adelantó a la práctica del veganismo, puede decirse de él que voló alto desde el principio entre los pioneros de la aviación que se atrevieron a cruzar el Atlántico. Así se recoge en una nota del Ilustre Colegio de Farmacéuticos de Málaga al recordarse que en 1928 formó parte de la expedición del bimotor “Jesús del Gran Poder”, en el trayecto Sevilla-Bahía, en Brasil, “con paquetes de leche, agua mineral y botes de Ceregumil”, todo un kit de supervivencia al decir de las crónicas periodísticas del momento. Pero aquel milagro vegetal tuvo un origen que ha negado el debido protagonismo de Blanca.
“Ella, que viene de una familia de industriales de Cataluña, se casa con Bernabé”, empieza por contarnos Pablo. “Y cuando él da con la fórmula del Ceregumil es Blanca la que financia el invento, un tónico o extracto de cereales, leguminosas y miel. Apoyada económicamente por su padre y hermanos deciden industrializar el jarabe. Y es así, gracias a este respaldo financiero, como se consigue promocionar y difundir a gran escala aquella receta mágica”.
Eran unos laboratorios farmacéuticos acostumbrados a comercializar sus productos con una fuerte inversión publicitaria. Concebían la propaganda como un arma infalible para introducir cualquier artículo en una incipiente sociedad de consumo. A la par, dispusieron de la logística necesaria no solo para distribuirlo por Andalucía, sino para poder enviarlo a cualquier parte del mundo, en particular por Iberoamérica.
“Está plenamente documentado el valor determinante de la contribución de Blanca Canivell Pascual en la implantación del Ceregumil. Su papel, por tanto, no es nada secundario, ni residual. Al contrario, ella estaba en primera línea de la empresa. Periódicos internacionales se interesaban por sus opiniones. Concedió entrevistas a medios norteamericanos en las que llegó a especificar que ella nació en Granada, aunque su familia procedía de Cataluña. Pero es en Montilla donde abren farmacia, el lugar en el que se inicia la aventura del Ceregumil”.
Su matrimonio con Bernabé Fernández Sánchez —que, entre otras muchas cosas, era un apasionado del arte— vino a reforzar el modelo de pareja ilustrada con una mentalidad abierta y atenta a las corrientes y tendencias culturales del momento.
“Blanca Canivell era una mujer cultivada, gran lectora e impregnada por la tradición artística de su familia. Reunió una importante colección de arte que recibió, en parte, de antepasados suyos. Uno de ellos fue médico personal de Francisco de Goya y Lucientes. Y, aparte, también fue facultativo en la Corte real española”.
Pronto, en una casa donde se celebran los avances de la tecnología y del conocimiento humano, ella descubre el potencial artístico de la fotografía, al mismo tiempo que su marido, que siempre tuvo a mano una cámara. Y así, deslumbrada por estas nuevas posibilidades de expresión artística, decide avanzar en el mundo de las lentes y sus prodigios. Ese era su objetivo: el que le permitía tener su propia mirada sobre las cosas.
“Es donde ella, contando con el apoyo de su esposo, decide avanzar en el universo creativo de la fotografía. Al principio, cuando empecé a evaluarla, pensé que era Bernabé quien las hacía, pero pronto te das cuenta que no es así, porque él sale en la mayoría de las tomas. Es al entrar a fondo en este archivo familiar, cuando descubro que hay muchos ficheros con el nombre de Blanca, lo cual es una prueba que identifica su autoría, incluso después de la muerte de él”.
En este legado hay otras muchas fotos que ayudan a recomponer la evolución de la familia y de la industria aparejada al enorme desarrollo del Ceregumil. Son álbumes que dejan patente el creciente interés de Blanca por el arte fotográfico. Es una verdadera cápsula del tiempo lo que se abrió ante los ojos asombrados de Pablo.
“No imaginaba la notable calidad de algunos de los trabajos de mi bisabuela. Me sorprendió, además, ese estilo personal y la estética cuidada que se aprecia en relación con el tipo de fotografías habituales en esa época y el tipo de modelos que elegían”.
Durante su estancia en Montilla, Blanca Canivell no se conformó con el papel de esposa, subordinada por completo a su cónyuge. Ella participó en el negocio y tomó parte destacada en otros asuntos relacionados con el arte y la publicidad de la marca.
“Le daba ideas y lo apoyaba en las decisiones empresariales. Y esto no era nada extraño, porque ella tenía un padre que se dedicaba a la industria farmacéutica. Fue director de varios laboratorios, además de ser un precursor del marketing, es decir, aplicó técnicas modernas de ventas en su día a día. Blanca Canivell heredó este instinto comercial. Es verdad que al principio en las etiquetas pone Ceregumil Fernández, pero a esto pronto se añade el apellido de ella”.
El nombre de Farmacia Moderna resulta una clara evidencia de la mentalidad de quienes la regentaban. Ambos, marido y mujer, estaban implicados en el progreso de Montilla. Bernabé entra en la sociedad que levantó el Teatro Garnelo, junto al maestro Coma (director de la banda de música) y la familia del pintor. Con él mantuvo una íntima amistad, al igual que con Manuel Garnelo, el escultor que se encargó del ornamento y la decoración del flamante salón, inicialmente dedicado en exclusiva al arte dramático.
“En casa siempre ha sido constante el recuerdo y la huella de la familia Garnelo. Conservó notas y cartas de Manuel a Bernabé, pero también dirigidas a su hija Mercedes, que sobresalía por su belleza y distinción. Había una relación muy estrecha entre los hermanos Garnelo y la familia Fernández Canivell. Es una correspondencia copiosa con misivas en las que se ponía de manifiesto una gran admiración por el porte de Mercedes y Blancanieves, las hijas de Bernabé, que eran muy guapas”.
A todo esto, Blanca, por su parte, además de estar pendiente de su familia, sin olvidar su interés por el negocio del Ceregumil, hace de su afición a la cámara una actividad principal en sus ratos libres. “Explora todas sus posibilidades, con la inclusión del color, entonces toda una rareza, un significativo avance. Experimenta con la psicología del retrato, realizando fotos a mujeres tatuadas o cierto tipo de conductas de género que excedían el marco de lo normal, incluso de lo que se entendía como correcto”.
Encontrar todo este depósito supuso un verdadero hallazgo por la dimensión de lo que tantos años había estado guardado, así como por su valioso contenido. “Es un tesoro mayúsculo”, certifica Pablo. “Había una gran cantidad de originales. Cajas repletas de fotografías. Muchas de animales y naturaleza, pero también muchas otras de gran interés histórico”.
“Por ejemplo, descubro imágenes impactantes de cómo se hizo el Teatro Garnelo, en las que se observa el proceso de su construcción, el armazón desnudo de este significativo edificio. Y de repente, acto seguido, veo otra obra y resulta que es el Hotel Miramar de Málaga. Ver este tipo de fotografías antiguas produce una enorme satisfacción. Y sobre todo, te lleva a comprobar el ojo artístico de Blanca. El ángulo, el encuadre, la luz que elige da idea de la visión avanzada que ella tenía”.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: ARCHIVOS FERNÁNDEZ-CANIVELL
FOTOGRAFÍA: ARCHIVOS FERNÁNDEZ-CANIVELL



















































