Las Bodegas Márquez Panadero estuvieron abiertas hasta mediados de los noventa. Se vendieron las botas y las marcas, mientras que del inmueble, en sí mismo, se desprendieron unos años después para hacer una serie de viviendas unifamilares. Queda la casa grande de la familia Márquez Panadero como último reducto.
Bodega de los Carteles de Márquez Panadero.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: PEPE POLONIO]
Poco más o menos está intacta. E igualmente inalterable se mantiene en la memoria de quienes la habitaron y la conocen bien, como sucede con Rosa Polonio Pedraza. Ella, al hacer recuento, no deja atrás a un inquilino muy especial, que tenía coloristas alas y un pico lenguaraz. Le faltaba alimentarse de garbanzos como hacía el loro de Doña Perfecta, de Pérez Galdós.
“Entrabas y, a mano izquierda, encontrabas una sala con sus mesas y sillas. A la derecha estaba el comedor de lujo. Todos los techos estaban pintados por un artista valenciano que se llamaba Sesmero. En el comedor de diario también había otras pinturas de Sesmero. Y todos los azulejos de la casa son de vidrio sevillano”.
“Abajo también estaba el cuarto largo y el de costura, el despacho de mi padre, además del patio. Y luego, arriba, había muchos dormitorios, servicios, una cocina y despensa. Durante muchos años hubo un huésped muy peculiar, un loro divertido y parlanchín. Lo trajo un pariente de mi padre que estaba en Sidi Ifni”.
“Era de los García que vivían en la Casa de los Azulejos, en la Plaza de la Rosa. El loro estaba todo el día suelto por la casa; estaba a sus anchas y hablaba todo lo que quería y más. El animal tuvo tanta confianza que llamaba por su nombre a mi padre y mi tío para que vinieran a comer, ya que la casa se comunicaba con la bodega. Se le soltaba el pico y decía: 'Pepito, a la bodega'. El loro mandaba más que mi tía Manolita”, nos comenta, divertida, Rosa Polonio.
Uno trata de completar un inventario mental de lo inexistente al rebuscar en lo ya vivido. Recorrer las habitaciones de nuestros antepasados es como un ensueño. Es recomponer y encajar piezas sueltas. Pero siempre hay algo: un ángulo, una esquina, una baranda, que nos polariza.
En este caso, ese efecto magnético que lo desencadena todo es una airosa atalaya. A sus pies se esparce la médula espiritual y civil de Montilla: el monasterio de las clarisas y las nobles pero gastadas piedras del palacio. Es un alminar orgulloso donde, como diría Rafael Pérez Estrada, “Las hojas del Libro de los Vientos silban las prisas del aire”.
“Un elemento muy definitorio del carácter de la casa es el torreón mirador, que se conserva. Es precioso, le da carácter, aunque ahora se ve perjudicado por las viviendas vecinas. Sufre, digamos, una especie de contaminación visual. Es que tapan parte del torreón, lo deslucen, siendo como es una pieza de gran belleza que se ve, y se divisa con nitidez, desde la nave central del Paseo de Abajo, y desde muchos otros puntos”.
“Me trae muchos recuerdos. Eso de subir a ver desde allí los fuegos artificiales, nos encantaba. Los ponían y los encendían delante de la fachada de la bodega. Y en este mismo lugar era donde ponían el circo en el llanete frente a la bodega. Los feriantes cogían el agua de la bodega. Ha servido para todo: de auxilio a los feriantes, pero también se le daba agua a las microeescuelas. Allí iba todo el mundo”.
Aspecto actual del torreón de las Bodegas Márquez Panadero.
[FOTO: JOSÉ MOLINA TRAPERO]
En efecto, el torreón le da una identidad inconfundible a esta casa andaluza situada en la esquina de la Cuesta del Muladar y la calle Torres del Real. Coronado por una veleta, abre sus ventanales distribuidos en ocho arcos a los cuatro puntos cardinales del horizonte montillano.
Permite una visión privilegiada de la Sierra y, más allá, de las cumbres de Cabra y las elevadas crestas de la Horconera, en Priego, donde, al cobijo de la Tiñosa, se entrecruzan los límites geográficos de Córdoba y Granada. Hablamos de una verdadera mansión con una superficie de casi 300 metros de planta, con más de 600 construidos, distribuidos en tres alturas.
Sus actuales propietarios, Consuelo Gallegos Gómez y José Molina Trapero, la conservan tal cual, con muy escasas y casi inapreciables modificaciones. La adquirieron el 7 de febrero de 2003. “El motivo —nos explica Pepe— fue, sobre todo, por ilusión. Consuelo siempre quiso vivir en una casa grande y esta, en concreto, le encantó. Durante unos años, entre 2005 y 2011, estuvo abierta como restaurante que regentó nuestro hijo Paco Pepe. Lo cerramos porque nos fuimos a Estados Unidos”.
“Respetamos íntegramente la casa”, específica Pepe. “Nos limitamos a restaurar lo que no estaba en condiciones o aquello que presentaba algún deterioro. También se eliminó un antiguo lavadero y una cocina de servicio. Fue, y lo sigue siendo, nuestro domicilio desde que la adquirimos”.
Es un proporcionado edificio, grande pero equilibrado, construido sobre arcos con ladrillos por tabla. Además del torreón, que es muy elegante, destaca en la decoración el uso de azulejos de Mensaque Rodríguez y Compañía, la famosa fábrica sevillana de cerámica vidriada, con cada una de las piezas pintadas a mano. Es un clásico de los azulejos tradicionales y artesanos que dan un toque de distinción y buen gusto.
Seduce traspasar el umbral y la cancela donde permanecen las iniciales de su primera inquilina: MMC. Ahora se abren otras posibilidades para un futuro más o menos inmediato: “Consuelo tiene intención de darle un enfoque turístico. Es decir, dedicar parte de la casa para huéspedes. Es muy prosaico, pero es quizás también la única fórmula de preservar este inmueble tal como la conocemos”.
Por ahora sigue ahí enseñoreando el tramo final de la Cuesta del Muladar. Lo demás solo sobrevive en ese universo inconcreto de lo vivido, pero que ya no está; es sustancia evaporada. Sin embargo, pese a la pérdida material, la fecunda memoria de Rosa Polonio nos ayuda a reconstruir imaginariamente lo que fue. Y lo que ella sintió por formar parte de su ser.
“Entrabas y, a continuación, a mano izquierda estaban las naves de botas, que tenía una curiosa estructura en forma de ele. Y hacia dentro estaba la Bodega de los Carteles. Los más antiguos estaban al fondo. Eran grandes y coloristas, muy evocadores. Eran carteles de grandes dimensiones que mi padre iba coleccionando, en especial gracias a la gentileza y generosidad de su amigo Luis Moreno. Él le proporcionaba muchos; algunos eran verdaderas joyas del arte publicitario taurino”.
Ese guiño verbal (una bodega con forma de ele) nos entrega al juego fonético: "ele" y "ole", onomatopeyas más flamencas y taurófilas no las hay. Son dos interjecciones de júbilo y aprobación, tal vez exaltada, ante lo extraordinario. Por su tamaño y estilo, tan representativo de la época, aquel lote de carteles resultaba inigualable. Creaban ambiente y, más que adornar, predisponían el ánimo.
Aspecto actual de la fachada de las Bodegas Márquez Panadero.
[FOTO: JOSÉ MOLINA TRAPERO]
“Para conservarlos mejor, José Gómez el Ingeniero, le aplicaba un tratamiento especial para ponerlos en alto luciendo en las paredes. Era una bodega de botas en cuarta, bastante grande. A la entrada también había, a la derecha, otra nave de crianza más chica, con unos bocoyes mayores al fondo. En esa zona, a la derecha, estaba la oficina”.
“El patio, por regla general, era el gran distribuidor de toda la bodega. Daba a la lagareta, con la correspondiente nave de tinajas asociada a ella. Era el gran patio de operaciones para la mercancía, con el muelle y con amplitud suficiente para que los camiones y vehículos pudiesen maniobrar. Allí también estaba a mano el embotellado y empaquetado, junto con el laboratorio, arriba, además de la báscula. Lo completaba una bodega más de tinajas y la de vinagre”.
Hay armonía, proporción y pureza en estas moradas del vino. Nada está desmedido. Impera el equilibrio. Lo sutil, la simetría y hasta le levedad de la seda en el rincón de la telaraña. Nada parece desentonar. Porque, a fin de cuentas, estos vinos también son hijos de la arquitectura que, a su modo, los procrea, dándoles estabilidad y mesura.
Serena el ánimo deambular tranquilo escoltado tan solo por la redondez de los barriles. Dejemos la excitación para el bar. Y, sin embargo, contrasta esta atmósfera apacible con el rompecabezas del gusto del consumidor. Hay que agudizar el ingenio para saber de tendencias. Lo de ayer ya no tiene sitio hoy. Y la de hoy quizás resulte una antigualla en unas horas.
En la seudoliteratura de juegos florales, se suele decir que el tiempo se detiene en la bodega. El cuento de la quietud. No es verdad. Es una ilusión vana, si nadie compra el vino. A la hora de la verdad —ese instante terrible de la corrida, que puede ser fatídico— llegan las excavadoras y lo demuelen todo, con el tiempo dentro.
El vino de los toreros (I)
El vino de los toreros (II)
El vino de los toreros (III)
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: PEPE POLONIO]
Poco más o menos está intacta. E igualmente inalterable se mantiene en la memoria de quienes la habitaron y la conocen bien, como sucede con Rosa Polonio Pedraza. Ella, al hacer recuento, no deja atrás a un inquilino muy especial, que tenía coloristas alas y un pico lenguaraz. Le faltaba alimentarse de garbanzos como hacía el loro de Doña Perfecta, de Pérez Galdós.
“Entrabas y, a mano izquierda, encontrabas una sala con sus mesas y sillas. A la derecha estaba el comedor de lujo. Todos los techos estaban pintados por un artista valenciano que se llamaba Sesmero. En el comedor de diario también había otras pinturas de Sesmero. Y todos los azulejos de la casa son de vidrio sevillano”.
“Abajo también estaba el cuarto largo y el de costura, el despacho de mi padre, además del patio. Y luego, arriba, había muchos dormitorios, servicios, una cocina y despensa. Durante muchos años hubo un huésped muy peculiar, un loro divertido y parlanchín. Lo trajo un pariente de mi padre que estaba en Sidi Ifni”.
“Era de los García que vivían en la Casa de los Azulejos, en la Plaza de la Rosa. El loro estaba todo el día suelto por la casa; estaba a sus anchas y hablaba todo lo que quería y más. El animal tuvo tanta confianza que llamaba por su nombre a mi padre y mi tío para que vinieran a comer, ya que la casa se comunicaba con la bodega. Se le soltaba el pico y decía: 'Pepito, a la bodega'. El loro mandaba más que mi tía Manolita”, nos comenta, divertida, Rosa Polonio.
Uno trata de completar un inventario mental de lo inexistente al rebuscar en lo ya vivido. Recorrer las habitaciones de nuestros antepasados es como un ensueño. Es recomponer y encajar piezas sueltas. Pero siempre hay algo: un ángulo, una esquina, una baranda, que nos polariza.
En este caso, ese efecto magnético que lo desencadena todo es una airosa atalaya. A sus pies se esparce la médula espiritual y civil de Montilla: el monasterio de las clarisas y las nobles pero gastadas piedras del palacio. Es un alminar orgulloso donde, como diría Rafael Pérez Estrada, “Las hojas del Libro de los Vientos silban las prisas del aire”.
“Un elemento muy definitorio del carácter de la casa es el torreón mirador, que se conserva. Es precioso, le da carácter, aunque ahora se ve perjudicado por las viviendas vecinas. Sufre, digamos, una especie de contaminación visual. Es que tapan parte del torreón, lo deslucen, siendo como es una pieza de gran belleza que se ve, y se divisa con nitidez, desde la nave central del Paseo de Abajo, y desde muchos otros puntos”.
“Me trae muchos recuerdos. Eso de subir a ver desde allí los fuegos artificiales, nos encantaba. Los ponían y los encendían delante de la fachada de la bodega. Y en este mismo lugar era donde ponían el circo en el llanete frente a la bodega. Los feriantes cogían el agua de la bodega. Ha servido para todo: de auxilio a los feriantes, pero también se le daba agua a las microeescuelas. Allí iba todo el mundo”.
[FOTO: JOSÉ MOLINA TRAPERO]
Un torreón apuesto entre vinos
En efecto, el torreón le da una identidad inconfundible a esta casa andaluza situada en la esquina de la Cuesta del Muladar y la calle Torres del Real. Coronado por una veleta, abre sus ventanales distribuidos en ocho arcos a los cuatro puntos cardinales del horizonte montillano.
Permite una visión privilegiada de la Sierra y, más allá, de las cumbres de Cabra y las elevadas crestas de la Horconera, en Priego, donde, al cobijo de la Tiñosa, se entrecruzan los límites geográficos de Córdoba y Granada. Hablamos de una verdadera mansión con una superficie de casi 300 metros de planta, con más de 600 construidos, distribuidos en tres alturas.
Sus actuales propietarios, Consuelo Gallegos Gómez y José Molina Trapero, la conservan tal cual, con muy escasas y casi inapreciables modificaciones. La adquirieron el 7 de febrero de 2003. “El motivo —nos explica Pepe— fue, sobre todo, por ilusión. Consuelo siempre quiso vivir en una casa grande y esta, en concreto, le encantó. Durante unos años, entre 2005 y 2011, estuvo abierta como restaurante que regentó nuestro hijo Paco Pepe. Lo cerramos porque nos fuimos a Estados Unidos”.
“Respetamos íntegramente la casa”, específica Pepe. “Nos limitamos a restaurar lo que no estaba en condiciones o aquello que presentaba algún deterioro. También se eliminó un antiguo lavadero y una cocina de servicio. Fue, y lo sigue siendo, nuestro domicilio desde que la adquirimos”.
Es un proporcionado edificio, grande pero equilibrado, construido sobre arcos con ladrillos por tabla. Además del torreón, que es muy elegante, destaca en la decoración el uso de azulejos de Mensaque Rodríguez y Compañía, la famosa fábrica sevillana de cerámica vidriada, con cada una de las piezas pintadas a mano. Es un clásico de los azulejos tradicionales y artesanos que dan un toque de distinción y buen gusto.
Seduce traspasar el umbral y la cancela donde permanecen las iniciales de su primera inquilina: MMC. Ahora se abren otras posibilidades para un futuro más o menos inmediato: “Consuelo tiene intención de darle un enfoque turístico. Es decir, dedicar parte de la casa para huéspedes. Es muy prosaico, pero es quizás también la única fórmula de preservar este inmueble tal como la conocemos”.
Por ahora sigue ahí enseñoreando el tramo final de la Cuesta del Muladar. Lo demás solo sobrevive en ese universo inconcreto de lo vivido, pero que ya no está; es sustancia evaporada. Sin embargo, pese a la pérdida material, la fecunda memoria de Rosa Polonio nos ayuda a reconstruir imaginariamente lo que fue. Y lo que ella sintió por formar parte de su ser.
“Entrabas y, a continuación, a mano izquierda estaban las naves de botas, que tenía una curiosa estructura en forma de ele. Y hacia dentro estaba la Bodega de los Carteles. Los más antiguos estaban al fondo. Eran grandes y coloristas, muy evocadores. Eran carteles de grandes dimensiones que mi padre iba coleccionando, en especial gracias a la gentileza y generosidad de su amigo Luis Moreno. Él le proporcionaba muchos; algunos eran verdaderas joyas del arte publicitario taurino”.
Ese guiño verbal (una bodega con forma de ele) nos entrega al juego fonético: "ele" y "ole", onomatopeyas más flamencas y taurófilas no las hay. Son dos interjecciones de júbilo y aprobación, tal vez exaltada, ante lo extraordinario. Por su tamaño y estilo, tan representativo de la época, aquel lote de carteles resultaba inigualable. Creaban ambiente y, más que adornar, predisponían el ánimo.
[FOTO: JOSÉ MOLINA TRAPERO]
“Para conservarlos mejor, José Gómez el Ingeniero, le aplicaba un tratamiento especial para ponerlos en alto luciendo en las paredes. Era una bodega de botas en cuarta, bastante grande. A la entrada también había, a la derecha, otra nave de crianza más chica, con unos bocoyes mayores al fondo. En esa zona, a la derecha, estaba la oficina”.
“El patio, por regla general, era el gran distribuidor de toda la bodega. Daba a la lagareta, con la correspondiente nave de tinajas asociada a ella. Era el gran patio de operaciones para la mercancía, con el muelle y con amplitud suficiente para que los camiones y vehículos pudiesen maniobrar. Allí también estaba a mano el embotellado y empaquetado, junto con el laboratorio, arriba, además de la báscula. Lo completaba una bodega más de tinajas y la de vinagre”.
Hay armonía, proporción y pureza en estas moradas del vino. Nada está desmedido. Impera el equilibrio. Lo sutil, la simetría y hasta le levedad de la seda en el rincón de la telaraña. Nada parece desentonar. Porque, a fin de cuentas, estos vinos también son hijos de la arquitectura que, a su modo, los procrea, dándoles estabilidad y mesura.
Serena el ánimo deambular tranquilo escoltado tan solo por la redondez de los barriles. Dejemos la excitación para el bar. Y, sin embargo, contrasta esta atmósfera apacible con el rompecabezas del gusto del consumidor. Hay que agudizar el ingenio para saber de tendencias. Lo de ayer ya no tiene sitio hoy. Y la de hoy quizás resulte una antigualla en unas horas.
En la seudoliteratura de juegos florales, se suele decir que el tiempo se detiene en la bodega. El cuento de la quietud. No es verdad. Es una ilusión vana, si nadie compra el vino. A la hora de la verdad —ese instante terrible de la corrida, que puede ser fatídico— llegan las excavadoras y lo demuelen todo, con el tiempo dentro.
Entregas anteriores
El vino de los toreros (I)
El vino de los toreros (II)
El vino de los toreros (III)
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: JOSÉ MOLINA TRAPERO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ MOLINA TRAPERO

















































