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Sobre calidad y democracia

Decía Martin Lipset, profesor de la Universidad George Mason, que existía una alta correlación entre crecimiento económico y democracia. Después de analizar varios países, llegó a la conclusión de que factores como la riqueza media, el grado de industrialización, el nivel de urbanización y la instrucción de una nación son más altos en los países democráticos. Dicho de otra manera: a menos modernización, menor es "el porcentaje" de democratización.

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Su explicación era la siguiente: el capitalismo, decía a sus alumnos, crea las condiciones para la aparición de la democracia. Gracias al crecimiento económico aparecen, tarde o temprano, grupos sociales –la burguesía y la clase obrera- que compiten con la clase propietaria tradicional –o sea, los terratenientes- por el acceso al poder político.

Este rifirrafe por el cetro ocasiona un doble proceso en los marcos sociales. Por un lado, como hemos visto, se produce una competición entre élites y, por otro, una amplitud de los derechos políticos hasta la universalización de los mismos. Dicho proceso democratizador varía en cada época y país concreto. Por ello, cuando hablamos de democracia debemos hablar en términos relativos: democracia española, americana, etc.

Según este sociólogo y político americano, el proceso democrático transcurre en una gradación que va de menos a más inclusión social. Dicho de otro modo, los derechos políticos –tanto activos como pasivos- han ido ampliando su ámbito de aplicación hasta la generalización.

A día de hoy, si miramos con atención a las democracias de nuestro alrededor nos daremos cuenta de que el derecho al voto no está sometido a los condicionantes de propiedad y sexo de antaño. La universalización del derecho al voto ha sido unos de los principales retos conseguidos por los movimientos sufragistas.

Reto que ha servido a los sociólogos del XX para afirmar la falacia de que "calidad democrática igual a sufragio universal". Es precisamente esta correlación errónea entre democracia e inclusión social la que invita a la crítica a cuestionar los planteamientos de Lipset con los contraejemplos de la evidencia empírica.

En días como hoy, en tiempos caracterizados por brotes frustrados de democracias fallidas –me refiero a la Primavera Árabe, claro está- debemos preguntarnos si realmente el derecho al voto y el crecimiento económico determinan, de alguna manera, el éxito democrático. Para no ir más lejos en esta reflexión debemos poner sobre la mesa del debate el contraejemplo de los "tigres asiáticos" y las pseudodemocracias latinoamericanas.

En el primer ejemplo, tenemos la evidencia contrastada de países como China –de régimen comunista- que han experimentado grandes crecimientos en los últimos años y, sin embargo, para disgusto de Lipset no han desarrollado los mimbres de una democracia.

Al otro lado del charco tenemos claros ejemplos de países –tales como Brasil, Venezuela y Chile- que han tenido grandes avances económicos a costa de pseudodemocracias. Pseudodemocracias, digo bien, porque a pesar de sus altas dosis de sufragio universal siguen teniendo un tejido institucional muy alejado del ideal.

Mucha inseguridad ciudadana, populismo, censura mediática y corruptelas políticas son, entre otros, los rasgos distintivos de tales democracias. Democracias de calidad, como diría Lipset, si las medimos con los raseros de la inclusión y participación política. En el Norte, en EEUU, se dispone de un sistema democrático "avanzado" y, sin embargo, su índice de participación activa y pasiva por parte de los ciudadanos en la política, sigue siendo de las más bajas del mundo.

En la Hispania de Rajoy, siguiendo el razonamiento de Martin, estaríamos sufriendo un proceso de involución democrática. Un proceso de involución si tomamos como referencia la correlación "crecimiento económico igual a democracia". Con esta Teoría de la Modernización sobre los ojos de la crítica podríamos afirmar que, invirtiendo el razonamiento, tendríamos el resultado "a menos crecimiento, menos democracia".

Si por "calidad democrática" entendemos lo mismo que entendió Lipset (participación electoral) tendríamos que esperar dentro de dos años para poder decir si tenemos más o menos calidad democrática en función del porcentaje de participación electoral arrojado en la próximas Generales. Probablemente, como pronostican las encuestas, la participación bajará considerablemente. Por tanto, es probable, queridos amigos, que hayamos perdido pedigrí electoral.

Si por calidad democracia entendemos bajos índices de corrupción política, funcionamiento transparente de las instituciones y satisfacción ciudadana con sus elegidos, podríamos decir con mayúsculas que hemos perdido calidad democrática.

La hemos perdido porque en los tiempos de Rajoy hay corrupción; existe un funcionamiento oscuro de las instituciones (duplicidades administrativas, justicia lenta y colapsada, aulas masificadas…); y, sobre todo, un descontento generalizado con los elegidos. Descontento en forma de indignación ciudadana por el hachazo liberal al Estado del Bienestar.

Llegados a este punto podemos concluir que cada día estamos más cerca de las pseudodemocracias sudamericanas y, al mismo tiempo, más cerca de Estados Unidos en cuanto a la probable baja participación electoral. Si a estas variables le sumamos nuestra incapacidad para mover la máquina del dinero y comenzar la senda del crecimiento económico, es más que probable que dentro de unas décadas seamos la nueva África de Europa. Un país empobrecido y con graves problemas para recuperar su higiene democrática. Atentos.

ABEL ROS
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