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16 de marzo de 2014

  • 16.3.14
Una de las costumbres que tengo desde que comencé a trabajar en la docencia es la de aprenderme el nombre de mis alumnos y alumnas. En la actualidad no es tarea fácil, puesto que la mayor parte de las asignaturas son cuatrimestrales lo que da lugar a que el tiempo con los estudiantes sea relativamente corto, por lo que finalmente memorizo la mayor parte que me es posible. Una situación distinta se produce con las asignaturas que son anuales, en las que hay tiempo suficiente para conocer los nombres de la clase.

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El saberse cómo se llaman los estudiantes tiene la ventaja de proximidad y cercanía con ellos, ya que no es lo mismo señalar o tratar de usted, como en algunas facultades se hace, que citar por el nombre propio a quien quieres realizarle alguna pregunta.

Dada la diversidad de nombres y apellidos, en ocasiones suelo comentarles que me resulta más fácil memorizar los nombres simples que aquellos que son compuestos, si exceptuamos los que ya son muy tradicionales y que todos conocemos.

Dentro de este debate abierto, también suelo señalarles cómo los de herencia familiar son ya menos frecuentes, dado que se suele optar por la búsqueda de aquellos que a los padres les gustaría para su futuro retoño.

Por otro lado, ya sabemos que actualmente no es necesario acudir al santoral cristiano, que hay libertad para la denominación que se desee. Por cierto, hay nada menos que unos diez mil nombres en el santoral, en los que caben desde raros hasta verdaderamente insólitos.

Pues bien, recientemente estaba comentando este tema en la clase cuando una alumna me indica que en un colegio escuchó el nombre de un niño que le había llamado mucho la atención. “¿Y cuál era ese nombre?”, le pregunto con curiosidad. “Pues se llamaba Iloveny”, me responde.

Como no termino de entender lo que me dice, me acerco a la pizarra para escribirlo a partir de cada una de las letras que me vaya dictando.

Una vez que lo he acabado, lo miro despacio. Pienso que está relacionado con algo que conozco. Se me alumbra el piloto: “¡Pero si eso es la contracción de ‘I love New York’!”, suelto de forma espontánea. Inmediatamente le aclaro que la frase se obtiene a partir del logotipo que creara Milton Glaser para la muy internacional ciudad estadounidense. Al momento dibujo en la pizarra el afamado logotipo de este diseñador, en el que aparece un corazón rojo en sustitución de la palabra “love”.

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No salgo de mi asombro, pues no podía imaginarme que un diseño que ha dado la vuelta al mundo, y que se convertiría en el mayor reclamo visual y simbólico de la ciudad de los rascacielos, acabaría transformándose en un nombre propio.

Bien es cierto que en ocasiones he bromeado en clase con la sociedad de consumo en la que estamos inmersos, aunque en la actualidad nos encontramos mirando escaparates y con los bolsillos vacíos. Y bromeaba con mis alumnos indicándoles que no era de extrañar que ahora los niños portaran nombres como “Sony”, “Nike”, “Casio” o “Samsung”, y las niñas los de “Nokia”, “Adidas” o “Gucci”.

Pero mira por dónde ya han comenzado a introducirse las marcas publicitarias en el patronímico sin que a los progenitores se les haya abonado nada porque sus retoños porten el nombre de un afamado logotipo.

No sé si ese gran diseñador neoyorquino que es Milton Glaser, muy conocido por sus trabajos en portadas de discos, de libros o de carteles, tenga conocimiento de que el trabajo que realizaría para su ciudad natal lo acabarían llevando a lo largo de su vida como nombre propio las criaturas de la era digital, a las que me imagino explicarán con orgullo que ellos no portan nombre tan vulgares como “Juan”, “Pepe”, “Francisco”, “Manolo”, “María”, “Carmen” o “Rosario”, por poner unos ejemplos.

Ellos son el futuro. Y el futuro que nos viene es un puzle mezcla de precariedad, consumo, maquinitas digitales, grafitis, televisiones a la carta y mucha, mucha publicidad para alimentar la fantasía de los parados y precarios que poblarán las calles de las urbes. Eso sí, al menos tendrán la posibilidad de llamarse como esas marcas a las que tanto admiran y soñarán que algún día pueden acudir a un plató televisivo para participar en alguno de esos programas que encandilan y entretienen al personal.

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No quiero despedirme en esta ocasión sin hacer un pequeño homenaje a Milton Glaser, ese autor al que he admirado en bastantes de sus trabajos. Pues, aunque parezca mentira, a mí me gusta mucho el diseño gráfico y la publicidad bien hecha; es decir una publicidad inteligente que respete a los ciudadanos y les trate como adultos y no como niños caprichosos e insaciables.

Para ello, muestro el cartel que hace años realizó sobre la figura de Bob Dylan, en la que aparece de perfil el cantautor en negro y un revoltijo de formas de diversos cromatismos coronando su cabeza. Cartel muy apreciado por la generación de los sesenta y de los setenta en los que la estética flower power del mundo hippy dominaba la escena musical. Y es que en esas décadas se crearon maravillosos carteles con una estética de gran potencia y creatividad visual.

Vuelvo de nuevo al tema central y cierro avisando a los padres digitales en el sentido de que si sus hijos van a llevar pegada a la piel toda su vida una marca publicitaria lo más razonable es que pidan una compensación económica, algo así como una asignación mensual. Es lo menos que pueden hacer para compensar a los futuros “Ilovenys” que veremos poblando las calles de las inquietantes urbes de un futuro no muy lejano.

AURELIANO SÁINZ



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