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29 de octubre de 2022

  • 29.10.22

Retiré la llave, di un empujoncito y la puerta se abrió con obediencia; cerré, sin prisa, y apoyé la espalda en ella. Enseguida me vino el silencio, amo de casa al que conocía bien: todo preparado para que nada suceda; aunque este, su carácter, era distinto, se presentaba confiado, inocente como un gatito desnutrido y con síntomas de sufrir una afección dolorosa: orfandad, abandono… Con amable indiferencia permitió que el ánimo del intruso le pasara su aliento por el lomo y en silencio le hablara de otros silencios, pretendía así sonsacarle hábitos, costumbres del que un día fuera su dueño. Le habló, por ejemplo, del silencio último de Lucía, la mimo blanca que mirabas de paso, cuando la casualidad lo imponía, sin que sus ojos inmóviles en la cara redonda, inexpresiva, embadurnada de blanco y remarcada por el negro del gorro y de la gola fúnebre, de payaso, miraran a nadie desde el satén que cubría la peana y se derramaba por el suelo, charquito rojo donde recibía pocas, muy pocas monedas; pensaba yo en su oficio de figurita blanca, inmutable, que a veces mostraba el tallo de una rosa o un fondo de espejo con su cara inerte: estética ofrenda en el cáliz de sus guantes blancos a todos y a nadie, los de siempre y los de nunca paseantes de la acera, su trozo de acera, escenario de su larguísima actuación inerte; imaginé largo días de desánimo y horas, atenta y concienzuda en consumir el futuro para componer la pose, el gesto sin vida, su vaga esperanza de aniquilar el movimiento para alzarse en estatua, simulado el aliento, sin variar, con fríos y veranos percutiendo en la figurita muda y tristísima, envejecida frente a los tilos, apartada contra el zócalo de piedra de un gran banco comercial, a la orilla, siempre a la orilla de la gente. –Leído en un periódico de la mañana, página interior, sección local, negrita: Adiós a Lucía, la mimo triste de la Gran Vía–. Y el silencio, armonizado con la pena del intruso, mostró dos clases de silencio: la ausencia de Castilla y la presencia de Lucía en mi recuerdo, y algo más, que la vida entraba conmigo, en su faceta curiosa, puede que diligente.

–Muy bien. Atento, a lo tuyo –me dije.

El piso era de modestas dimensiones, con modesto mobiliario, el aparejo adecuado para una vida modesta; las pretensiones, tan variadas como las personas, son otro cantar. Olía a algo indefinible, la suma de olores que emana el ajuar de cada casa, único, distinto, peculiar, tan sutil que pasa indiferente o desapercibido; ese algo contiene distintos ingredientes en dosis variable, la dejadez, tal vez algo más sofisticado: la desidia, puede que algo más trágico: la decepción, o más llevadero: conformidad… pero quién era yo para dármelas de fino husmeador, nada menos que saber distinguir las distintas materias de ese destilado: orden, sudor, colonia, detergente, alimentos, fibras de tejido, briznas y motas de cualquier cosa… que me llevarían a deducir actitudes, costumbres, miserias… En fin, lo cierto era que la fregona y la bayeta, desde hacía mucho tiempo, no lo visitaban.

Me despegué de la puerta. El tiempo, ocioso, sin rumbo, sin tener a quien endosarle fugacidad ni permanencia, parecía despistado. A la izquierda de la entrada, bajo la sombra de un perchero vacío como un árbol seco había una consola con aspiración a isabelina; entre sus patas torcidas se apilaban tres cajas transparentes con sendos pares de zapatos; sobre ella, un espejo ovalado delataba al andoba que examinaba con todo detalle el contenido de la hoja de cerámica que había junto a un jarroncito de barro pintado de blanco con ribete y flores azules: un recibo del servicio de aguas, un boleto de lotería del año anterior, la factura de un supermercado, con fecha de marzo, la cuenta de un restaurante (menú del día) y, oculto por estos papeles, un colgante con tres llaves: idénticas a las que yo había empleado. El tipo dejó todo tal y como estaba y se hurtó del espejo.

Las persianas estaban subidas y la luz algo pálida parecía aguardar algo, quizá un simple movimiento, pero sin prisa, aposentada y a sus anchas; y sí, también estaba, reposado y presente, delator de ausencias, el polvo, finísimo, apenas perceptible, que mencionara el abogado, en los numerosos estantes, en el sillón abatible de cuero marrón y bastante trotado, y en la mesa, cargada de libros, carpetas, agendas… Me giré para seguir escrutando aquel saloncito, cuarto de estar y de trabajo, agobiado por un sufrido sillón orejero de tela beis equipado con un cojín de color mostaza, dos sillas con los asientos de mimbre, la estantería metálica con baldas de madera comprimida… y la descubrí, en actitud tranquila, dueña y señora abarcándolo todo, el mismo aire, con sus cientos de ojos: la soledad, su rencor minucioso, paciente como un gusano. En su presencia, desfilé ante los lomos de los libros, ordenados por el apellido del autor, la gran mayoría encuadernados en rústica y lastimados por el uso, algunos había que conservaban el celofán; topé con una colección de once volúmenes: el formato era más ancho y sobresalía entre los otros. Cogí uno por uno y los fui hojeando; los pliegos estaban mal encolados y los dibujos en la portada, firmados por una tal Natalia, eran de alguien que no sabe dibujar; anoté la dirección de la imprenta porque el autor y editor no era otro que Castilla.

Continué mi rastreo y pasé al dormitorio, con balconcito tras los visillos y la persiana aquí también levantada; me acerqué a mirar: un trozo de fachada. Ordenado, olor neutro, la cama, holgada para una persona y cubierta con un edredón –me vino a la memoria que la primavera llegó con frío–, estaba hecha, y debajo, sobre la alfombrilla, aguardaba un par de zapatos bien lustrados. Sobre la mesilla de noche, junto una lamparita que imitaba a un quinqué, un despertador continuaba su tictac; en el hueco había dos libros, uno más grueso (el doble), Pretérito imperfecto de Carlos Castilla del Pino, y otro, Diario de un hombre humillado de Félix de Azua; en este había un trozo de papel, a modo de marcapáginas, que tenía escrito con lápiz medio borrado (y mancha de café) lo siguiente: «La muerte es una estupidez, palabras de Francis Bacon. Y no le falta razón: todo este enorme trabajo, diario, de siglos, de años a millaradas, para llegar a lo mismo, la suma de tanta idiotez acumulada: un nuevo nacimiento. Alguna vez será el último, por un motivo tan fútil como rápido y terrible: El progreso consiste en renovarse, palabras de Unamuno, no le falta razón» y, debajo, esta frase: «paciencia, que todo puede esperar». Sostuve el papelito sin entender nada, me pareció contradictorio o feroz, y lo devolví a su página. Me incliné para abrir el cajón; algunos papeles doblados, como facturas de hotel y del supermercado, tarjetas comerciales, una caja de paracetamol, otra de tiritas, un reloj de pulsera con una aguja suelta, dos libretas de ahorros, una perforada y la otra con varios apuntes de cuatro años atrás, un tubo de pegamento y dos chinchetas. Dejé aquello y me acerqué a la cómoda. En el cajón superior había carpetas con creaciones de letra grande y redonda, casi infantil, de las más diversas materias, alguna documentación bancaria y administrativa, las fechas eran diversas y ninguna del año en curso; en los otros, ropa de baño y de cama, una cubertería de plata en su maletín de cuero negro embutido en una funda de tela, y una caja para camisas llena de fotografías que me parecieron antiguas, familiares, y no las toqué. Seguí con el armario, de puertas correderas: ningún traje y sólo una chaqueta, el corte parecía anticuado; todo lo demás era, entre lo nuevo y lo gastado, escaso y práctico.

HG MANUEL

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8 de octubre de 2022

  • 8.10.22

Ponderó un momento sus palabras y volvió a escanciar, la botella de Pedro Ximénez se empobrecía a ojos vistas y sin alarma. Bebió, bebí. Quedó interrogante, parecía decirme: «Y después de esto, ¿qué? ¿Qué quiere usted?»

Yo solo quería saber. Así pues:

–¿Dónde puede estar el señor Castilla? –me propuse sorprenderla, ¡qué original!

Ella tomó el vasito, le pasó un dedo por el borde y se lo llevó a los labios, como un beso.

Yo aguardaba.

‒¿Se lo pregunta a alguien que vive en otra ciudad? –fue su salida.

–Se lo pregunto a alguien que lo conoce –la rectifiqué.

Ella me midió con la mirada algo encendida: combustión instantánea.

–Él quería… no; él tenía fijación con ciertos lugares –suavizó la voz, conformada–. Y deseaba visitarlos, pronto, antes de que la evolución… o la civilización, o maldita lo que sea, termine por cambiarlos… o matarlos y queden en una pérdida irreparable. ¡Imagine! ‒suspiró‒. Revivir, y son sus palabras, en esos lugares, eso quería. Revivir, tome nota, una más de nuestras discusiones.

–¿Usted los conoce? ¿Los nombró?

–Son muchos, y tan dispares. Porque habla en general, teóricamente.

–Pero…

–Sí, teóricamente. Él piensa en algo y ya, ahí tiene: lo hizo, vivió la experiencia si mover un dedo, ¡resulta tan cómodo! Aunque, afortunadamente, a veces sufre de periodos aventureros, que yo le alabo. Me habló especialmente de un pueblecito y su playa, en Madagascar, el nombre es largo y enrevesado, no lo recuerdo. Había estado allí, colaborando con alguna ONG, o eso le entendí, y guardaba un recuerdo tan grato que estaba resuelto a volver, ¿otra de sus ideas peregrinas? –lo dejó en suspenso.

–¿Usted cree…?

–Mire, yo también tengo mi lugar de huida, al que siempre estoy yendo… con mis recuerdos: Civita di Bagnoregio. Hoy, para mí tristemente, parece ser que ya lo ha tomado el turismo. Allí me escondí de la vida, lo pretendía, cuando Mario se me murió. Hallé un pueblecito apartado, casi secreto; en él me consolaron su amabilidad, su belleza y su soledad, y también sus vinos, quizá en exceso, por qué no, y sus quesos y su pasta y mis largos paseos por aquella cuesta hermosa y terrible, remedios maravillosos que me ayudaron a soportarlo. Pero no hay escondite para el dolor, es imposible. Lo traes de vuelta, algo cansado, y se acomoda contigo, en tu rutina, en tus obligaciones, aunque tiene sus días de berrinche, sí…

La vi separar y unir las manos, como se hace para el rezo, cuando un resto de tristeza, evocadora, descendía por su cara hasta el silencio, breve, que yo respeté.

–Pepín es un ser tan esquivo y aburrido como interesante –continuaba su crítica–, ¿capta el oxímoron? Vagará ‒apuntó hacia el vano de la puerta‒ buscando algo, un no-sé-qué que solo existe en su cabeza. ¿Volverá? ¡Ah! –se encogió de hombros–. Y, la verdad, tampoco sé si lo deseo, estoy cansada. Mantuvimos una ficción, cada uno imaginando en el otro algo que no tenía; duró un tiempo que nos ha venido bien, alivió los malos tragos de lo que no debimos o tuvimos que beber, los dos, cada uno los suyos. Lo hablamos, lo aceptamos y desde entonces nos hacemos compañía. Yo soy una fuente seca y él, él… ¿se lo puedo decir?, sí porque anda desaparecido, ¡le es fiel a un amor de juventud! Se enamoró y enamorado sigue, ¡ángel mío! Nunca me habló de ella, pero…

Dio un par de palmaditas, insonoras, traviesas; me transmitía su admirada perplejidad.

–La edad, ¿qué cura la edad? ¡Ni los espantos! Una se los traga y los digiere o tiene mala digestión toda la vida. ¿Ha leído el Mairena? Pues hágalo, ¿sabe por qué?, porque anticipa paradojas y perplejidades que luego se tropezará, es inevitable. Verá, cómo lo diría… Yo padezco de conformidad, con sus fiebres, pero sé aplacarlas; él padece de nostalgia, y no sé qué es peor. De pronto le viene un acceso de nostalgia y sin encomendarse a Dios ni al diablo allá que se va, a donde esa perra loca lo lleve. Pero no se imagine exotismos. Puede ser una habitación o la mesa de una terraza o un viaje en autobús ¡Ah, los sueños!, un modo ¿cobarde?, no sé si lo es, creo que no, de viajar la vida. Pero no seré yo quien lo despierte. No tengo autoridad, ni fuerza, ni ganas.

–¿Discutieron ustedes?

–¿Cómo? ¿Discutir? ¡Ah, vaya! –se le fue la vista hacia un ángulo de las alturas–. ¿También le han dicho eso?

–Usted parecía muy enfadada –insistí.

–¡Cómo no iba a estar enfadada! Nosotros… –negó seguido con la cabeza–. Suelo leer lo que escribe, ¿sabe?, quiere oír las frases, comprobar de viva voz el ritmo, la cadencia, si el sonido confirma la propiedad de las palabras, si el tono se mantiene o decae… No es vanidad, ni lo imagine; es un modo de comprobar, de corregir. Para mí es un ejercicio que resulta placentero; me gusta leer, escucharme y que me escuchen, desde niña, ya le digo. Bien, él tiene una novelita, para mí de lo mejor, me encanta, que expone lo siguiente: Una mujer, casada con un rutinario y madre de dos preadolescentes egoistones y consentidos, siente que su vida es poco menos que la de una planta mustia. Desapercibida, mal cuidada, decide, en un impulso desesperado, liberarse, huir, perder de vista ese tedio que la ahoga, todo cuanto conoce y la sujeta. Bien, yo estoy muy interesada, y le pedí, le repetí, le insistí, le supliqué, vamos, a ese, el susodicho que usted busca, que la vertiera a monólogo y la adaptara a mi estilo, por no decir edad, para ser representada. Pepín aceptó, un poco a regañadientes, es verdad, y se puso a ello, al menos eso me dijo. Yo leía y releía la novela, y cuando venía aquí le hacía sugerencias que él anotaba o rechazaba, porque es tan, tan meticuloso… Admito que yo estaba confiada, ¡ah, so boba!, y me decidí, por mi cuenta y riesgo, salvando mis dudas, las tenía, es verdad, ¡como si no lo conociera!, a comentarle mi proyecto, con mucha precaución y mucho adorno, a un director de teatro, antiguo amigo y excelente persona, que se mostró dispuesto a recibir el texto. Texto que nunca llega, ni llegará. Él siempre me dice que sí, que ya, que está en ello, que lo está haciendo. ¡Y no lo hace! Aquel día, el de nuestro último encuentro, descubro… me dice que está entusiasmado con unas fotografías que le han enviado. Tenía que inventarle una historia a cada una de ellas, me parece. Y me trae su entusiasmo y lo mucho que trabaja en el proyecto y lo avanzado que lo lleva… ¿Y lo mío?, le pregunto, ¿para cuándo, eh?, ¿para cuándo? ¡Para nunca!, le grité, porque él ni sabes ni contestas.

Me parecía inverosímil, pero se le quebró la voz; vi, venía oyendo, el naufragio de la esperanza en la mujer. Se le humedecieron los ojos. Sacó un pañuelito de no sé dónde y se limpió con él.

–Qué amargura, ¿sabe?, qué amargura y qué decepción –tironeaba del pañuelo entre las manos–. Me levanté y me fui, para no decirle lo que me vino a la boca, lo que se merecía. Esto ocurrió en la cafetería del hotel.

Se le fue un suspiro, se sonó la nariz, desvió la mirada y la dejó flotar, cansada, en falso y entristecido arrobo.

–¿No volvió a verlo?

–¿Qué? Sí, después. Al rato, vino por aquí, nada, un minuto, no pasó del mostrador, y me dijo que seguiría trabajando en el texto. Ni le hice caso, ¿para qué? Entonces me salió con que posiblemente se iría de viaje; en fin, sus eternas dudas. Típico en él quitarse de en medio. Pero no importa, ¿sabe?, no me importa, la experiencia es buena consejera y yo tengo mucha… –se le apagó la voz, y la dureza del gesto se mudó en alarma, turbada quizá por lo que sus palabras, dichas a locas, insinuaban.

Se ahuecó el peinado, toque rápido, con las dos manos; su mirada zigzagueó por el despacho o salita de estar hasta posarse cerca de mi cabeza.

–Se había informado en una agencia que está aquí, al doblar la calle –parpadeó antes de mirarme, directa–. Traía unos folletos.

–¿Usted pudo leerlos? –le pregunté.

–Ya ve que forma más tonta de, de… –continuaba ella–. Yo pensando, por su silencio, claro, es tan orgulloso el muy bobo, que cualquier relación entre nosotros había terminado, y resulta que está desaparecido. No me lo creo. Estará en un eclipse de los suyos, temporalmente indispuesto con todos sus amigos conocidos y agregados como yo.

Tomó la licorera, la inclinó, observó el escaso líquido oscuro y la sostuvo vertical sobre la falda; repasaba los dedos por sus finos relieves.

La sesión ha terminado, pensé.

El silloncito colaboró con el cuidado al levantarme y no crujió. Desde el suyo, Encarnita Centelles mantenía la mirada sobre mis zapatos; la fue elevando, despacio, cansadamente, hasta llegar a la mía: planteaba el temor de un interrogante.

Cuando salí de la mercería, el atardecer iba desprendiendo más tedio que tristeza desde el trozo de cielo desteñido entre el remate de los tejados. Caminé sin prisa, concreta o inventada, sorprendido por el silencio en la calle, tan contrario al desmañado tiroriro que discordaba en mi cabeza: los recuerdos y reflexiones de la actriz y el inherente cacareo de coincidencias y casualidades que tomaban vuelo; rebasé una farola que pugnaba por encenderse y di con la agencia de viajes; permanecía abierta, languidecía entre un café cerrado y el luminoso de una farmacia. Pregunté, di el nombre del señor Castilla; una breve consulta con el responsable. No debían tener mucha clientela, se acordaban de él; conservaban el presupuesto, aún sin respuesta, de un viaje a Antananarivo, para el último día de abril, solo ida.

Terminada la gestión y de regreso a donde estacioné mi coche di con una placita, mucho más modesta que la del hotel, por la que no había pasado antes; me gustó la hipnótica galería que ocupaba el centro de la fachada principal, los maderos barnizados de sus marcos oscuros, y el árbol frondoso con flores rojas, arracimadas, en el que se repetían los pájaros. Me senté en el banco largo y encalado situado enfrente y permití que el sosiego se adueñara de mi destino durante unos pocos minutos; que el tiempo fluyera y se derramara a su antojo.

HG MANUEL

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1 de octubre de 2022

  • 1.10.22

Tan repentino, la sacó de su recreo o ensoñación parlante. Quiso acudir, se incorporó con automática brusquedad, golpeó con el vasito en la bandeja; pero desistió: «Tendría que haber puesto el cartelito. Bueno, si tiene interés, ya volverá», recuperó la postura y quiso, también, el interrumpido compás de sus recuerdos.

Sin llegar a cohete, anduve oportuno, y en un tilín proveché la interrupción para intercalar una pregunta:

–¿Dónde conoció al señor Castilla? –amagué, ágil, la confidencia.

Se inclinó hacia mí; su cuerpo generoso exhalaba un tibio aliento dulce-amargo de madera verde y naranja confitada.

–¿Castilla? ¿Conocer al señor Castilla? –rememoraba en su despiste, parada en el «señor»–. Pero, pero… vamos a ver, ya me he cansado –apretó y soltó el collarón de pedrería ámbar que adornaba su escote; después, sus manos tontearon un poco en el aire. Se retrepó severa, muy erguida, con mucha rumazón en la cara–. Cuando usted dice desaparecido, ¿a qué se refiere? ¿Lo han secuestrado?, ¿se ha fugado?, ¿ha perdido la memoria y vaga por ahí como alma en pena? Y yo –soltó un par de abanicazos con la mano– echo el ratito con usted. ¡Todo esto…!

Se levantó, plantó el pie: ya le comenzaba a tronar la tormenta, y reunió las manos, el agudo filo de sus diez uñas nacaradas.

–Tanto tiempo sin hablar conmigo. ¿Para recibir una broma, esta broma? –creo que se le agolparon unas cuantas palabrotas en la boca, y el esfuerzo por contenerlas le arrugaba la frente; pero algo, un pensamiento oportuno, le enfrió los bríos–. No, que va, él no es de bromas; Pepín, no. ¿Entonces…? –preguntaba, me urgía.

Con calma me puse a su altura; bueno, algo más alto: ella no me alcanzaba a las cejas.

–Señora –pausado, con gravedad–, la última vez que alguien habló con el señor Castilla fue el quince de marzo, por teléfono. Desde entonces nadie sabe de él. Terminó su excedencia y no se ha reincorporado. Ni amigos, ni colegas, ni vecinos han vuelto a verlo. Por eso me han contratado. Por eso estoy aquí, molestando. Le ruego que me disculpe.

Me escrutó, severa, suspicaz. Descubrió que el asunto parecía grave, cualquier broma estaba fuera de lugar. Decidió sentarse y me ordenó con un gesto que yo también lo hiciera.

–¿Lo sabe la policía?

–Lo sabe.

–¿Y usted me pregunta dónde lo conocí? –sonaba a choteo.

–Sí, entre otras cosas –mantuve la seriedad.

Ella se lo pensó: evaluaba si merecía la pena continuar la conversación, y debió de concluir que al seguirme la corriente no perdía gran cosa, sobre todo después de la peripecia que con tanta ligereza me había contado.

–Pues, bueno… –carraspeó, tomó el vasito, bebió y recobró el tono–. Nos conocimos en el Instituto Italiano, en la proyección de una película que algún crítico evocaba como secuela, yo diría rémora, del anticuado spaghetti western: «Reúne sus valores», ponía en el folleto… ¿pero qué valores?, el muy cretino, y continuaba con la faramalla de frases hechas. Yo hacía un papelito muy mono en ella: me violaba el Malo. El Bueno mataba al Malo y a veinte o treinta de sus secuaces. Yo me colgaba de su cuello, lo besaba y Fin. Acudí por Aldo, el director, un encanto, siempre tan afectuoso, que se acordó de mí… –me miró con dudas–. ¿Sigo, esto le parece…?

–Por favor –me incliné hacia delante, con el mayor interés.

–Ya… Ejem… Mi importancia, en aquel acto, se agigantó porque fallaron los protagonistas: si uno estaba achacoso, el otro ya nos dejó para siempre. Pero, en fin, allí estaba yo y allí lo encontré, al buen señor que usted busca: un tímido que se atrevió a decirme que lo único reseñable de aquella película era yo. ¡Imagine! Semejante piropo era, directamente, un insulto. En vez de botarlo de mala manera, resulta que a la tonta aquella le gustó. Lo hallé tan culto, tan ponderado y tan… lamentable; iba tan a juego, ¡qué guapísima estaba yo!, con mi engreída insignificancia… que me fascinó. A él le fascinó, no mi fama, no mi belleza, no mis curvas, no el modelo exclusivo que me costó un dineral; a él lo fascinó que yo fuera ¡licenciada en historia del arte! Acompañaba al director de fotografía, muy amigo suyo y amigo también de Aldo, que tuvo con él una paciencia… Era tan, tan, tan detallista ese hombre que seguiríamos rodado todavía aquella lamentable película. A lo que Aldo veía con el ojo el otro le ponía una lupa; entraba en filigranas, en detalles que solo él veía, y la discusión resultaba interminable, de una pesadez… A mí me dijo algo que me agradó mucho, era un hombre curioso, siempre reconcentrado; tuve un aparte con él, quería explicarme… a ver si me acuerdo, que al girar la cara yo debía… le interesaba la cantidad de luz que absorbe un parpadeo cuando el sujeto a fotografiar la refleja en movimiento, o rareza parecida, no paraba de discutir con el segundo operador, bueno, y con todos los que dependían de él, no le entendí nada. ¡Ah!, y me dijo: «La luz se complace en tu cara, ofrécele tu expresión». Entre sus muchas indicaciones, casi todas incomprensibles, esta la consideré una delicadeza, me gustó y por eso la recuerdo, creo. Aldo, que es muy culto, admiraba el sentido estético de aquel individuo, lo consideraba un técnico excelente; pero lo impacientaba su minuciosidad repleta de pejigueras, ¡nunca terminaba de preparar la escena! Hasta que Aldo perdía la paciencia y lo voceaba como a un niño; entonces el amigo de Pepín ya era otra persona: disciplinado, competente, muy profesional… Soltaba su frase, «No estoy de acuerdo, pero tú respondes», y era mágica: ningún retraso, ya dirigía al equipo de carrerilla, sin ningún problema. Debo decirlo: película muy del montón, fotografía estupendísima.

–¿Cómo se llamaba el amigo?

–¡Para olvidarlo! Hernández, se llamaba Hernández. Por aquella época salía con una chica imponente, puertorriqueña, creo. No he vuelto a verlo.

–¿El señor Castilla le habla de él?

–¿Por qué? ¿Tendría que hacerlo?

–Son amigos, usted lo ha dicho.

Eran amigos, si lo siguen siendo no lo sé. Pero yo no le hablo de los míos.

–Entonces, ustedes se conocieron…

–¿Quiere que lo repita? Pues lo hago. En el Instituto Italiano de Cultura.

–Y hace de esto…

–¿No se lo he dicho? Ahondaré en la herida: más de quince años. Y ya puestos, sigo; porque usted es detective, ¿no?, y discreto, supongo, y quiere saber. Bien, pues tuvimos nuestro affaire: un espejismo. Yo enviudé bastante antes de conocerlo, mi marido murió muy joven, era arquitecto; y Pepín tenía, y lo conserva, un amor imposible: platónico, otra forma de viudez. Descubrimos que él guarda su esperanza para un imposible y la guardo yo para el más allá. ¿Advierte la broma, su perspicacia da para tanto? –ideé comprensivo el origen de su sarcasmo y me mantuve obsecuente, dispuesto a colaborador–. Pue eso. Lo comprendimos, nos entendemos y somos amigos, muy amigos. Aunque, hay veces, ¡me da una conversación!, yo le cruzaría la cara. La vida es inercia, pura inercia imaginada, según él. Yo coincido en «inercia», discrepo en «imaginada»… –de una palmada se cogió las manos y ponderó con ellas. Yo aparenté que una mosca se me plantaba delante y hacía piruetas. Ella me señaló–: ¿Usted se imagina charlitas y más charlitas de sustancia semejante? Pues la hemos repetido, con muchas variantes, porque, ¿sabe?, tiene razón. Yo creo que es la pérdida del cariño, los dos lo sufrimos. Porque lo que tuvimos mantiene su realidad en la caída, en el seguir cayendo dentro de nosotros, lo dice él y yo lo comparto, y no añado más. Enseguida lo sentí ingenuo, como desvalido, muy perjudicado por esos pensamientos, y me dio ternura, a mí, la otra pata suelta. Pero no se lo puse fácil, le hice sudar la gorda –suspiró

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24 de septiembre de 2022

  • 24.9.22

Así lo hice; ella sirvió hasta el borde. Alzó el suyo y me invitó a beber. Obedecí.

–No comparo mi carrera con la de nadie: es salud. Nunca, no y no, ni pensar en los «yo podría». A las mujeres de cierta edad ya no nos ocurre nada, no sé decirlo mejor, si soy vulgar lo soy, pero esa manoseada sandez lo explica todo. Nunca más. ¡Nunca! Renuncié a las colas tristísimas de los cutre castings, horrible palabra para algo terrible. En esas pruebas te tratan como a una fruta de calidad sospechosa, ni mención de tu carrera: les importa una caquita. Te veo, no te veo –amaneró la voz, flameaba las manos–; me encajas, no me encajas; que si el perfil, que si la edad… ¡A la mierda! ¡Qué humillación, por Dios! No se altere –a mí–, el desahogo sienta bien, te deja tan a gusto… Y como usted quiere que hable, pues yo hablo. Compañeras, qué palabra: compañeras, no me quedan; unas, las más, desaparecidas: el mar de la vida las dispersó, ¡oh, qué cursilada! –se escandalizó, mano al moflete, de mentirijillas–; otras, las menos, pero muuucho más lejanas, andan colocaditas, cada una en su caja, en su baldita, con la artística etiquetita bien puesta: tú, pingo; tú, rectada; tú, graciosilla; tú, dramática…–iba señalando, en círculo, las distintas estampas invisibles.

Se largó un trago; y endulzó el rencor, si lo era. Yo me había largado dos: tanta cháchara, y el dulce entraba bien. Al parecer, el tema Castilla había echado el cierre ante mis propias narices.

–Yo imagino lo inimaginable: mi vida de otra manera, sin el ejercicio de optimismo, diario, a pie firme, que exige esta o cualquier tienda; aunque, en el fondo, se trata de algo muy simple –ironizó–: que la gente acuda y entre, como en el cine y en el teatro, sí, ya ve, la paradoja puede llegar a ser un consuelo. ¡Ay, Jesús!, malgasto el tiempo en melancolías –se quejó, y negaba, pensativa–. Renuevo etiquetas, clasifico pedidos, echo números o leo una revista detrás del mostrador mientras llega la clientela o se me colma la paciencia con la fantasía de recuperar lo que murió. ¡Habrá mayor necedad! Por fortuna me ayuda mi sobrina, que ahora está de exámenes, quiere ser puericultora, ¿sabe?, profesa el optimismo. Sin ella no podría volar de vez en cuando a donde se me ocurra.

Calló y me miró, suspendida; recién llegada de alguna íntima lejanía, no muy amable.

–Usted no me encaja como detective, ¿será su juventud?

Me sorprendió la salida, el esguince de su discurso; admití su ambigua indiferencia como excusa para responderle con media sonrisa, y creo que perdí un par de puntos en su evaluación, Pero, lo importante, continuaban sus ganas de hablar.

–Estuve impartiendo clases de dicción y de historia del arte en el nocturno, después de cumplir el horario de la tienda, que es sagrado, aquí cerquita, en las adoratrices –rememoraba–. Pero esta mercería es mi amor, mi gran amor. La fundó mi padre y la embelleció mi madre, ella era muy estricta, muy ordenada enderezó tanto torcido… Me ha quitado tanta angustia, tanta incertidumbre, tanta desazón, a pesar de la cargantísima machaconería: «¿No tendría usted por casualidad…?», la gente es tartamuda y repite y repite el latiguillo: «¿No tendría usted por casualidad?» –gangueó–. Pero, pero… ¡cómo voy a tener yo aquí algo por casualidad! Porque iba por los treinta y me dije no, basta, no es tu camino, estás mayor, busca otra cosa –fue bajando la escala de la voz, aumentaba su intensidad–. Se terminaron el destape, esos guiones pseudointelectuales que concluían su mensaje: la oportuna reivindicación, yo diría oportunista, resumida en la apoteosis de tu cuerpo con todo su muestrario al desnudo –y esbozó ella, para que la imaginara, mano en la nuca, una estampa de revista licenciosa–. Sume una película de estas, profunda, a mi «fértil senda interpretativa», lo leí, un periodista cursi; otra equivocación, inútil como las demás. Luego, nada, promesas, algún jijí-jajá, el tonto nos vemos, el clásico te llamaremos…. A mí me echó del cine, como a tantas y a tantísimas, el silencio, que se te llena de espera, la maldita espera: te muerde las uñas y te remuerde en el alma –se apretaba el pecho con el puño, adornado con sortija de oro–, te consume, embarrada en la necesidad, o bebiendo, o… algo peor, mientras te enceniza el olvido. Lo he visto, no hablo de mí, ¿eh? –algo fugaz, un grito pequeño, en el desvío de los ojos, en el modo de verter el vino entre los labios–. Me surgió una cosita: una telenovela, al otro lado del charco, un ritmo de locos; me mataron en un accidente de coche y volví rápido. Tocó aguantar, fuera del ruedo, sentadita, por si alguien se acordaba de ti y sonaba ese maldito trasto –cargaba el gesto desdénico contra un símbolo: el aparato antiguo, negro, parecía de adorno, colgado en la pared como una araña gigante–. Hice teatro, poco, espaciado. Cambiar una tarde al aire libre por acudir a encerrarte en la tiniebla del teatro, pues sí, ya ve, compensa, es la vocación. Fui la Maribel de Mihura, gran éxito, y la Sirena de Casona, menos éxito. Alguien dijo una vez que el fracaso salva y renueva. ¡Qué tontería! El fracaso te acorrala y te quita de en medio, ¡plas! –le arreó un guantazo al aire–. Pero también le digo que el teatro, a pesar del continuo manoseo: la eterna nuevas tendencias –dibujaba con dos dedos un cartelito, seguramente luminoso– generadora de soplos y más soplos de «aire nuevo» para insuflárselos al eterno muertecito, siempre te guarda el sitio. El espectador de teatro olvida… menos; lo puedes retener con tu estilo, no depende de modas, depende de ti y de la obra que te acomode: eres lo más parecido al personaje que has ido buscando, él te da la gloria o el infierno, o los dos sumados: nada de nada. Aunque muchas veces, o casi siempre, el público no sabe distinguir entre la vida y la ficción. Recuerdo a una cómica, qué bonita palabra, ¿verdad?, actriz muy prolífica y querida, la recuerdo al final de su carrera, ella todavía joven, en una entrevista por televisión, contaba su desgracia: la falta de trabajo, sus estrecheces, algo impensable, tan famosa, con tantos éxitos, y la gente se reía. ¿Los llamaría estúpidos? Por ganas, sí. Pero no hay actor sin personaje. Y el personaje es la persona, tiene la talla del que mira: la que íntimamente busca y necesita, ¿comprende?, en esto coincidimos Pepín y yo. El personaje encuentra a su actor, siempre; si no, malo, malo malísimo. Usted como espectador lo confirmará, ¿no?, lo del personaje me refiero –no me atreví a negarlo–. Cuando esto ocurre, lo recibes, lo traes a tu terreno porque entras en el suyo, y le entregas tu cara, tu cuerpo, tus maneras, tus andares… todos recreados, y después ya le ajustas el ritmo y le das el tono, igual, igual que a una canción, no importa si eres tú o es el director quien se los descubre. Hay métodos, archisabidos, más la clásica técnica nueva que alguien trae como la novedad de las novedades, para marearte, con el añadido, no es broma, de alguna perturbación psiquiátrica disfrazada de arte lo-que-sea, un mote. A mí, el de Stanivslasky, por ejemplo, nunca me resultó. Yo, ensayo y repetición, ¡va, va!, con mucho orden, y la vida, porque la vida lo inventa todo, y si quieres aprender, no te preocupes, es generosa, tú le pones atención y ella le abre a tus sentidos todo el muestrario de las emociones –lo desplegaba sobre el regazo abriendo los brazos–. Porque, al final, como decía Pepín, todos somos figuras que impresionan la retina de las otras, y el truco consiste en saber componerlas…

Sonó un timbrazo.

HG MANUEL

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17 de septiembre de 2022

  • 17.9.22

–¿Me conocen? –cesó el palmoteo; esto era peor–. Él nunca me presentó amistad alguna. Miento; sí, a la familia de una profesora, una vez, hace mucho tiempo. Cenamos en su casa. Recuerdo a una mujercita sabionda, con un adolescente muy educadito, le reconozco el mérito, ¿eh?, y un marido hogareño que se empeñó en ser amable; pero de cocinar…

–Es usted muy popular –se me derramó el almíbar.

–¡No me diga! –le faltó reírse–. ¡Y él les presume…! –se alborotó, sumamente incrédula.

–En absoluto. Los han visto juntos, nada más.

–¡Sus amigos, no! ¡Imposible!

–No. Aquí.

–Ya me extrañaba. ¿Aquí? ¿En mi ciudad? ¡Qué va! Tan rápidos y amenos y cargaditos de novedades que corren los días; unos limpian a los otros, como a la mancha de mora. Nadie se acuerda de mí –categórica, sin dolor.

–La admiran –lisonjeé–. Estuve en el hotelito donde se suele alojar el señor Castilla –insistí, por ver a dónde me llevaba.

Ella, incrédula, se admiró a su vez de lo que yo afirmaba.

–Ya, ya… Nos vieron… En el hotelito… –¿me tiraría algo a la cabeza? No, le dio la risa–. Nunca tendré suficiente –la risa mudó en ironía–. La salacidad no se extingue, ¡mal pensados!, aunque el objeto del deseo se haya convertido en saco de huesos reumáticos o bese la tierra en paz. Si usted siente curiosidad y quiere verme el culo y las tetas, con su frescura, en sazón, ¡vaya!, dispone de ocho o nueve películas que yo llamo «de media luz» porque hay mucha alcoba.

–Señora, se confunde. Yo… –era cómoda la indiferencia, pero intenté aclarar el malentendido.

–¡Qué yo ni yo! –me cortó–. Los hombres lo necesitan, vienen con esa carencia, y subsanar el remedio… –agitó revolante la mano– siempre le reporta dinero a alguien; si hay tontos, habrá listos. Nadie me engañó, es verdad, ni dijo que con esas películas hechas a toda prisa yo tocaría las almas; pero es seguro que provoqué otra clase de toques… –me miró con sospecha, mientras se esponjaba con toques ligeros su media melena; poseía la actriz, era innegable, el atractivo de la espontaneidad–. Me ilusioné con alcanzar un nombre, reconocimiento suficiente para elegir no ya mis películas, sino qué tipo de cine haría. Nada más peregrino. Además, se le entrega al físico lo que se le niega al talento. Esto lo comprenderá usted muy bien, ¿no?

Lo comprendí, cómo no.

–El espacio que te dejan es tan pequeño, tan miserable, que asfixia –continuó soltando carrete–. Y tienes que huir. Como sea –se acarició las manos–. Yo me refugié en el teatro. Un refugio maravilloso y… precario. ¿Por qué? Las ciudades crecen y los teatros disminuyen. Curioso, ¿no lo ha pensado? Los cines, también; pero la imagen, codificada y descodificada, es como el fiambre: bien conservada se puede consumir a cualquier hora. Te la sirven a domicilio, divinamente. Eso de abandonar el sofá y ponerte de tiros largos para salir, ¡ja! Entonces, ¿qué está mal? –las manos se abrieron para encauzar la pregunta.

Ni intenté responder. Lo hizo ella:

–Solo para empezar, digo que la cultura –aseveró, apuntándome–. A cualquier cosa, un juego o una costumbre, por estúpidos que sean, se le llama cultura, sépalo usted, señor detective. ¡Cuánto bobo! Y la educación, abandonada; un campo de cebollas. ¡Sin ella, la cultura es un imposible! ¿No lo comprenden? Pues no –y admitía incrédula, negando con la cabeza, lo irremediable–. El teatro –palmadita–. El teatro, a mí me dio pausa y modo y vocabulario –esto me lo ofrecía a dos manos–. De pequeñita, yo leía Platero en voz alta, cuidaba la dicción, entonaba, y a mi madre, que tenía un oído estupendo, le encantaba, después vinieron mis estudios de canto y declamación que conjugué con la universidad porque ella, mi previsora madre, avenida cómplice de mi padre, me quería universitaria. Hoy se farfulla, no se acentúa, no se vo-ca-li-za, se atropellan las palabras, que son nuestro pan. Claro, si… si a la urbanidad, es un ejemplo, se la considera retrógrada y con peligro de carcoma, pues… pues… ¿qué va a quedar en pie? En esto, es cierto, coincidí con aquella chica, la profesora, la colega de Pepín. Yo llamo Pepín a quien usted llama señor Castilla. ¡Ah!, disculpe.

Se giró hacia una licorera de caoba, situada al alcance de la mano. Extrajo una botella y dos vasitos de cristal tallado; los fue depositando sobre la bandeja del mueble y sirvió con generosidad.

«Tengo que conducir», me iba a excusar, pero no me dio tiempo.

–Pedro Ximénez, treinta años –me entregó un vaso–. Si me dice que no le gusta, lo pongo a usted en mitad de la calle.

Ni rechisté.

–Es broma –debió notarme el susto–. Le ofrecería algo más fuerte, más varonil, digno de un resuelto detective: güisqui, gimlet, cualquier combinado, pero no tengo, lo siento, estamos en una mercería, ¡por Dios!

Ni comenté.

Bebimos.

Ella paladeó. Yo paladeé. Ella me escrutó. Yo me relamí, en plan tontuelo.

–También hice dos de vaqueros –prosiguió con el currículum–. Siempre me besa un tipo alto y rubio con sombrero stetson lleno de mugre, que masca tabaco y escupe igual que dispara. Soy una actriz muy completa, ya ve. Nadie me felicitó, pero se alegraban de trabajar conmigo. Debió ser por esto –dijo, y se palmeó los muslos–. ¡Ea, ya le hecho el resumen de mi vida artística! –se lo quitó de en medio con un barrido de mano.

El sarcasmo no me movió a la risa, ella tampoco la esperaba. Volvimos al tiento del Pedro Ximénez, y el olor a pasas bajó el sulfuro, empalagó el ambiente y admitió la confidencia.

–Mire, ahí –hice lo que me indicaba–. En ese armarito guardo mis pocas películas, en formatos que ni existen. Se imaginará la ilusión que me hacen –se mofó.

Me fijé en un curioso certificado testimonial, enmarcado y colgado en la pared, en el que el gremio de periodistas especializados en espectáculos consideraba a la actriz, Encarnita Centelles, Diosa Ausente en el Juicio de Paris. Ella captó mi lectura.

–Una gracia de aquellos idiotas –explicó–, salvo uno, un crítico serio, padecía asma y bufaba: alguna maldición por su afilada lengua, tan categórica; él nunca, ni de broma, otorgaría un diploma a quien no hubiera representado a los clásicos, y la pena era que yo, «una actriz con tan buenas cualidades…». ¡Cretino! Lo conservo porque me recuerda que siempre anduve a la expectativa del qué pasará. Y cuando pasó el «qué pasará» me di cuenta de que solo pasa la vida con sus cositas, todas pequeñas. O no; como que ya no sé si queda convento alguno que le interese a una inmobiliaria –aquí me despisté–. Esta reflexión me la despertó sin querer, en plena función, la Inés desabrochada. «Me estoy haciendo mayor, muy mayor si digo la verdad…», decía ella en plan de broma, un error en la intención y en el tonito, siempre dije porque lo pensé, y así se lo tomaba el público. La concluyó después, a modo de no se consuela el que no quiere, un poema de Amado Nervo, En Paz, muy conocido, muy recitado, como yo también lo he hecho sin otra respuesta que la boca abierta de un bobo que no se entera –me miró, acusadora–. Inicia así –unió las manos, elevó el perfil, solemne, bello, y sonó la voz, clara, acompasada, muy limpia–:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida
.

Y termina:

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Para mí es casi una oración. Porque después del teatro hubo un tiempo, breve, por supuesto, en que me dediqué al recitado poético: otra loquinaria salida a mi desempleo artístico. Ahora me contento con amenizarles las tardes, cuando puedo y me da la gana, a los ancianos de las monjitas. Se admiraría usted de verlas: cosen sus papeles de colores y confeccionan un vestuario precioso, se aprenden los recitados y saben escuchar. Ellos, uno hay que colabora: toca el piano y la bandurria, es la excepción; los otros se dedican a vegetar mientras se apagan. Vamos, acérqueme el vaso.

HG MANUEL

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10 de septiembre de 2022

  • 10.9.22

La tienda, según las señas que me había dado, ocupaba los bajos de un estrecho edificio modernista de color verde lima, apretado entre dos jóvenes adefesios de construcción banal. Este desgraciado choque, su contraste, sintetizó de pronto en una frase el zumo ocurrente de sensaciones y lecturas: «Es la globalización, el efecto invernadero, la flotante nadería que todo lo asfixia». Me desquité admirando los balcones, redondeados y en forma de concha: ofrecían manojos de flores grises, de bello aspecto mortuorio, en las barandillas abombadas; y los vidriados azulejos, las curvadas nervaduras en los dinteles, los floripondios de estuco. La presencia alimonada, inaudita, en la antigua, retorcida y sombrosa calle: un relente húmedo de orines de gato vagaba desconsolado por sus aceras, provocaba añoranza del respeto a la belleza y dolor por el destrozo irremediable. Deprimía –me hacía eco de las palabras de don Mariano– lo que aquellas fachadas, con rosario de pequeños negocios cerrados, gritaban.

La puerta de la mercería (no «corsetería»), con una graciosa doble curva sobre la cenefa de vidrios floreados, quedaba tímidamente a un lado del pulcro muestrario del escaparate; presentaba un vistoso tirador que adornaba su altura al descender en forma de rizado pañuelo de color amarillo pálido (en algún tramo el desgaste mostraba el brillo del metal). La empujé con suavidad, sin chirrido, y sonó una campanita.

Me presenté a la mujer alta, de buen porte, que alzó la cabeza, la barbilla imperiosa, y se amohinó: entraba un despistado; leía una revista, rosa, de moda o lo que fuera, sobre los muestrarios de botones, broches, fornituras y la multitud de distintos objetos que se había cobijado como una colorida bandada de mariposas bajo el cristal del mostrador exhibidor, ancho y de madera obscura. Tras ella se alzaba la alegría de un no menos multicolor surtido de lanas, hilos y pasamanería distribuidos en cajas numeradas, cajoncitos y estantes venerables. Nombré a Castilla y expliqué sin detalle el motivo de mi visita. Hubo sorpresa, intento de despido, duda, reconsideración y, por último, interesada acogida: todo el repertorio ofrecido en unos segundos de mirada intensa con doble destello castaño dorado.

La actriz, media melena a juego con el de sus ojos gatunos, mediana edad cercana al olvido, gesto medido, significante, abandonó renuente la lectura y el mostrador, dio con llave y me condujo a la trastienda.

–Si alguien viene, llamará.

Un cuadro al óleo de la protagonista: belleza morena colocada, no ambientada, ante un horizonte azulado con resplandor que esmorece, ojos soñadores, nada absortos, muy vivos, perfil nacarado y melena azabache recogida en moño bajo que realza la esbelta desnudez del cuello, largos pendientes de engarzadas lágrimas turquesa, aguamarina y rubí sobre la fina sombra en tono oliva de los de hombros…

–Soy yo –interrumpió mi atención la voz malhumorada–. Con veinte años.

Desvié la mirada y di con el original: ella, la verdadera, la que aguarda molesta algo trivial: el resultado de mi instantáneo viaje entre dos fechas, la comparación inclemente; pero mi expresión no le dijo que el lozano poder en la muchacha del cuadro era la decepción imperiosa en la mujer de la tienda, que «el todo por hacer» de los «veinte años» ahora quedaba en el «está hecho» de los cincuenta y muchos.

Quizá opuse insolencia a su aparente antipatía, pero seguí curioseando. Algunas fotografías en marcos de plata y de madera distribuidas por muebles y paredes; dos silloncitos de terciopelo verde, sobre uno de ellos una suave colcha de mohair que la actriz se apresuró a recoger, doblar y depositar sobre el respaldo; un busto femenino de cerámica con flores de girasol, el caracol de una escalera que ascendía hasta un atiborrado altillo y descendía hasta la luz de un sótano, una agobiada mesa escritorio decorada con hojas y palmas de marquetería que habían perdido el dorado, amén de cajas y cachivaches, se disputaban el escaso espacio; se respiraba a otoño encerrado sin remedio, a perfume de anisette y tristeza de regaliz, mientras desenvolvía un rencor minucioso bellamente guardado en papel seda. Todo esto recibieron mi olfato, mi tacto, mi vista.

–¡Siéntese! –me ordenó para ofrecer, con patente disgusto, el otro silloncito. Aguardé a que ella lo hiciera.

Abrió un bolsito de piel que cogió de la mesa y sostenía sobre el regazo, sacó un blíster y extrajo una pastilla que se llevó a la boca; el labio inferior, levemente distendido al hablar, descubría dientes blancos parejos y menudos.

–Si la conversación es larga, se me cansa la voz –explicó–. Antes de salir a escena chupaba limón, se me secaba la boca, es distinto, claro. Entonces… ¿usted me dice que Él ha desaparecido?

–Sí.

–¿Pero así, sin más ni más? –insistía, incrédula.

–Eso perece.

–¡Pero ese hombre está loco! –exclamó, resonaba el desdén; su uña nacarada enredaba la cadeneta del tapete sobre el brazo del silloncito–. ¿Cómo se le ocurre? –le preguntó a alguien ausente–. ¿No será que usted no ha ido a su casa? –me preguntó–. Porque él está excedente. ¿No se lo han dicho?

–Me lo han dicho –respondí, sin entrar en detalles.

–¿Entonces? Usted es detective –me lo dijo muy seria.

Asentí: lo era.

–Y si usted ha ido a su casa y él, casualidad, ha salido, ¿cómo sabe…? –se frotó los brazos–. ¿No se le ha ocurrido que si usted vuelve, por ejemplo, a la hora de cenar, él acostumbra a cenar en casa, tan aburrido como es, le cuesta salir, no le quepa la menor duda, lo sé muy bien, lo encontrará allí? ¿Ha probado?

–No.

–¿Lo ve? –dio una palmadita: solucionado–. ¿Por qué no se marcha y prueba esta noche?

–Ha sido un largo viaje –argumenté, con reminiscencia teatral o peliculera.

–Ya, ya –me observó como si estuviera majareta–. Usted está aquí, claro –constataba la obviedad–. En fin, si no queda más remedio… –comenzaba su lento palmoteo al lomo del silloncito–. Y dice que ha hablado con sus amigos y ellos le han dicho… –palmoteo, palmoteo.

–Sí, han sido ellos –los culpé.

HG MANUEL

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27 de agosto de 2022

  • 27.8.22

Superé la pronunciada curva en rampa del aparcamiento para desembocar en la deslumbrante intensidad de la luz. La tarde, algo acalorada, se encaminaba hacia su madurez; y yo, una piececita más de aquel transitar fluido, salía de la ciudad. Conducía pensando en el grupo de viejos amigos navegando beodos y satisfechos por el calmo azul de la bahía. Por distraer la hora larga que me llevaría el viaje, até, desaté y volví a atar los cabos del mismo nudo. Un empresario farmacéutico, un biólogo, directivo de una empresa de investigación biomédica, un militar de alta graduación, un arquitecto metido a constructor, y el estirado Perals, fundador del prestigioso bufete, cultivan una amistad entrañable, de toda la vida. Son el núcleo; cercanos, podría añadir con más o menos tino, al señor Flores y a doña Elvira; Castilla quedaba en la corteza, indiferentes a su inocua veleidad literaria. Hernández, un satélite aparte, me había hablado de siete libros, «edición privada», que los demás ignoraban. Era extravagante esta faceta de Castilla: silenciar unas obras que él se pagaba. Individuo peculiar, muy peculiar; era razonable interpretarlo así. Todos los Castellae, de no ser por la profesora, lo seguirían imaginando en lo de siempre: una vida corriente, de funcionario, como la había calificado el periodista; aparte, resultaba chocante que en todas sus historietas, tal vez por no venir a cuento, ninguno mencionara que lo echaba de menos. Por esto sufrí un principio de melancolía: a la pamema de la vida la trocean los relojes, los calendarios; si echamos cuentas, solo nos da para contar sensaciones, dulces o amargas, unas más fuertes que otras si depuramos letargos y basurillas varias. La afinidad, la simpatía inician el grupo, la amistad lo cultiva; a los episódicos, a los conocidos, revueltos con otros que llegaron a íntimos, el tiempo los arrastra y la corriente se los llevó. «Y todo esto, fuera de lo que persigues, ¿a qué viene, a ti qué te importa? Y si te importa, ¿qué?». Terminé preguntándome si sería aconsejable preparar una tanda de entrevistas por separado. No, seguramente no.

Cuando llegué, casi en el tiempo previsto, el hambre, azuzada por el espumoso y mi estoica renuncia a las quisquillas y el salpicón, mantenía su exigencia. Cielo alto, sol espléndido, arbolitos y piar de pájaros cuando abandoné mi coche y caminaba hacia el hotel, situado en una plaza recoleta con sombra de acacias en el piso adoquinado. Me identifiqué y conseguí dar pausa a las preguntas que le hice al correcto joven de recepción. Quedó indeciso, prendado de algo en la pantalla que tenía delante; «Un momento, por favor» me pidió, y se fue con la foto que le había entregado a consultar con un señor vestido de oscuro que, unos pasos más allá, informaba a un cliente garabateando redondeles en un folleto turístico. Aguardó respetuosamente a que su jefe, así lo supuse, terminara la función.

Yo me estiré un poquito, acerqué mi expresión a la sonrisa, coloqué las manos sobre el mostrador y esperé también.

Hubo coloquio entre ellos, el hombre inclinó la cabeza sobre el hombro para avizorarme; se desplazaron hasta una mesa, el jefe tecleó ante una pantalla, contempló el resultado y se lo comunicó al joven. Este me informó con palabras de segunda mano que el señor Castilla no disfrutaba los servicios del hotel en aquel momento, pero solía hacerlo varias veces al año, la última entre finales de enero y principios de febrero: tres noches.

–¿Tenía coche el señor Castilla?

Se aproximó a la pantalla y tecleó.

–Nunca se le ha facturado por ese concepto.

Natural: carecía de carnet de conducir, según la profesora; pero hay que preguntar.

–¿Estaba acompañado?

Deshizo el amago de consulta al jefe.

–Ocupó una habitación individual.

–¿Siempre?

Se lo pensó; volvió a teclear.

–Individual, sí

Le di las gracias.

Fui a sentarme en la terraza, situada en la trasera del hotel; la cafetería ocupaba una esquina del salón que prolongaba el vestíbulo, frente al prado con blancos y rosados arbustos de azalea, limitado por setos de aligustre; en lo hondo, el tremor de la alameda bordeada por el río. Llegaba un airecillo que comenzaba a insolentarse, traía desde la ribera un olor amargo, húmedo de barro, vegetal. Comí con ganas lo que me pudieron ofrecer a esas horas: una ración de ensaladilla rusa y algo de paté con mermelada; el café lo reservé para pretextar conversación acodado en la barra.

Probé mis argumentos, café y algún aguardiente por medio, en el alfombrado saloncito con veladores y vitrinas que procuraba intimidad si te acomodabas en el pinturero rinconcito a la vista del hipnótico movimiento de los árboles. El camarero, un veterano de maneras blandas y tendencia alcohólica, agradeció la compañía con algún chisme; se extrañó de que aquel señor Castilla, cliente «bastante habitual» al que había visto en febrero, cuando la Feria de la Gastronomía, «Hubo mucho negocio», se dedicara a temas de restauración; a él la había dicho que era profesor «pero no de qué». La conversación fue dando tumbos, hasta que referí de cierta actriz: le bizquearon los ojos. Me dijo que la «hermosa señora» era dueña, por herencia materna, de una corsetería con escaparate a una concurrida callecita anexa a la avenida principal.

–Cinco meses, desde la feria. El señor, muy correcto, la espera siempre allí –señalaba el rinconcito– y ahí tienen su conversación, muy amena, leen y todo. Ella sigue siendo un monumento –y la antigua visión lo alumbró más que el alcohólico perfume del brandy que «a su salud», la mía, se estaba tomando–. Los jóvenes ni la conocen, ¡brutos…!

Yo pretendía la confidencia y fingía acompañarle, hasta que:

–Una señora elegante, es su natural; pero se la veía enfadada. La única vez, siempre tan avenidos, pero enfado, enfado, enfado. ¿Sabe usted esas miradas que te cuajan? –se le desmayó la mano sobre el mostrador–. Ella no levantó la voz, es muy discreta, muy señora, pero el carácter, que debe ser de aúpa, le salía por los ojos –graficaba el flujo con los suyos removiendo los dedos como si hipnotizara–. Él ni se diga: igual pero en pacífico. Hombre de pocas palabras, muy amable, simpático de esa manera. Le he comentado cosas bonitas de ver en la ciudad y en sus alrededores, ha debido viajar mucho, no presume pero se le nota. Se quedó a comer en la cafetería, me agradeció que le recomendara el vino.

–¿Solo?

Tomó su copa y se calzó un trago; se le amargó la boca y registraba mirando el salón vacío.

–¿Aquí, en la cafetería? –imprimió en el sobado posavasos la yema del pulgar–. También, en cualquier sitio que lo haya visto. Sí, solo; la última vez, allá por febrero. Ella se marchó, no se lo había dicho.

El hombre ya se explayaba en lo que no venía a cuento. Le aboné las consumiciones más propina. Agradeció pero me torció la jeta: no le gustó quedarse a mitad del soliloquio, tan ameno.

HG MANUEL

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20 de agosto de 2022

  • 20.8.22

–El terreno está en Las Cañadas, cerca de la playa –me informó don Hugo–. Pero no se moleste, mandaré a alguien del estudio.

–Si puede ser pronto… –sugerí.

–Claro, mañana mismo.

–Pero ¿quién iba a estar al tanto de eso? –objetó don Mariano.

–Cualquiera de ustedes –respondí rápido, quizá demasiado.

No se lo tomaron muy bien.

–Pero… –se enojaba el militar.

–Tiene razón. Es lógico y es su trajo: sospechar de todos los que rondan a la víctima –atenebró la guasa don Fernán.

–Y va por derecho: entra, vivo, diligente… –intervino, siempre jovial, el señor Alatorre–. Joven, con trapío… Este señor encontrará a Castilla, lo reafirmo, ya lo he dicho.

Entre la burla y el optimismo, ambos contribuyeron a disipar el malestar.

–Oye, no se te habrán pasado las ostras –se alarmó el farmacéutico ante el militar.

–¿Por qué? ¿Crees que me flojea la memoria, pesado? Comenté tu inútil recado con el experto –don Mariano se refería a don Fernán.

–Nada mejor que un militar recadista –se cachondeó.

–¡Si te arreo un guantazo, recluta de intendencia…! –amenazó de mentirijillas, el brazo a la altura de la barbilla.

–Mejor una torta, la guardaré para el desayuno –se burló el señor Alatorre.

–Por más que te repitas Juanín… Ni me he molestado. A Gerardo le basta una llamada para encontrar lo mejor –aclaró, con gesto cansino, don Fernán.

–Me voy a buscarlo –se ofreció don Hugo.

Camisa a rayas abolsada por la floja barriguita, los puños remangados, el hombre presentaba surcos de gomina en el escaso pelo, papada bien rasurada y un aire amargo con ojeras que le decaía el rostro. Observaba yo todo esto cuando abandonó trabajoso la silla para dirigirse, a paso blando de zapatillas, hacia la puerta cristalera por donde entraba y salía el camarero.

–Presumir de memoria… Cuanto recuerdo inútil… –iba refunfuñando.

Con el manso reniego del arquitecto, y en cuanto a mi propósito, yo estaba de acuerdo…

–Ese señor, ahí donde lo ve, ha sido un gran atleta. Y en cuestión de juerga, si hay que arrancarse, nadie le llega –desde su silla, mal me miraba don Mariano; al parecer y sin que yo lo notara, me debió captar alguna conjetura inadecuada cuando la silueta del arquitecto se traslucía hasta desaparecer.

Le devolví la mirada, inocente como la de un querubín, y abandoné mi copa vacía sobre la mesa.

Parece que esto, mi dócil disposición, le dio confianza. Me ofreció la botella, que le acepté.

–El señor Castilla tiene suerte con los amigos –comenté, quizá se me notó algo de envidia.

No se hizo esperar la siguiente anécdota; comenzó a referirla el militar:

‒Estábamos en el descampado aquel, cerca del instituto. Allí se levantaron unos bloques de edificios…

–Donde tiene el bufete Perals –localizó don Fernán.

–…Exacto, eso es. Jugábamos un partido futbol, y unos capulletes de un curso superior que se habían fumado las clases…

–Como nosotros.

–…como nosotros, nos quisieron echar de allí para jugar ellos. Entonces, os acordáis, me enganché con el que llevaba la voz cantante…

–¡Qué tío! –se burlaba el señor Alatorre.

–…La pelea empezaba a ir mal, porque después de tanto correr yo estaba cansado. Y vosotros, sí, vosotros –acusó–, con el resto de gallinas os quedasteis en el cacareo.

–¡Kikiriquí! –se rio el farmacéutico.

–¡Hace el gallo, gallina idiota! Fue Castilla, el cegato Castilla, el único que arriesgó sus gafas por unir sus fuerzas contra el enemigo ventajista…

–¡Tararííí! –clarinazo del farmacéutico.

–…Desde entonces, aparte de amistad, siempre ha tenido mi respeto.

‒Bah, exageras ‒intervino don Fernán‒. Tú batallas huelen a trementina, irritan los oídos, como las de aquel profesor de historia que tuvimos en primaria. Cuando narraba las hazañas del Cid, nunca eran menos de doce por lanzada los enemigos ensartados.

–Sí, don José, lo acuerdo. Con su panza y echado hacia atrás –evocó alegre, mano en la barriga, el señor Alatorre–. Un profesor entrañable. Por cierto, ese que dices, el de la pelea, no me viene ahora su nombre, se hizo maestro, después lo traté, porque fue amigo de Castilla, resulta que también padecía la vocación poética. Pues a ese le dieron un premio por una oda a Pasionaria, lo leí en un dominical; para mí que se la inspiró Miguel Hernández. Pero el meollo de la noticia, no te lo pierdas, era que tanto él como su señora, otra infectada con la fiebre poética: anterior ganadora del mismo certamen, ya digo, se atribuían propiedades magnéticas ¡innatas! Aparecían fotografiados con unas cucharas colgándoles de la frente, de las orejas, de los brazos, de las solapas… ¡Lo que regala la edad!

Seguían con nuevos «¿Te acuerdas?» cuando decidí despedirme. Pero regresó don Hugo. Lo acompañaba un señor obeso, de estatura mediana, vestido con chaquetilla abotonada y pantalón blancos. Cara redonda y mofletuda, de riente simpatía; le brillaban la calva, los apuros del sudor y el bigotillo negrísimo.

–¡Muy buenas tardes, señores! ¡Todo listo! –anunció–. Imposible terminar antes. Los retrasos en la entrega, ¡no les quiero ni contar! Les acompaña Nené, que ya está a bordo. Y nada, ya saben, lo que ustedes dispongan.

–Gracias, Germán, gracias –agradecía don Fernán.

–¿Y las ostras? –se interesó el señor Alatorre.

–¡Ah, qué pregunta, don Juan! –se dolió el cocinero–. Planas, la mejores, de Arcade, y las gillardeau francesas; algunas le he puesto escabechadas y para las otras su salsa de cítricos o con aliño japonés. Elijan ustedes. Ha habido suerte, don Fernán, le he conseguido unas pocas fine de claire verte.

–¡Que grande eres, Gerardito! –se alegró–. ¡Venga, escapa de los fogones y embarca con nosotros!

–¡Ah, ja, ja! –rio encantado–. Imposible, ya quisiera. Aparte, ustedes lo saben, me pongo borrachito perdido. ¡Ah!, la botellita de sake, casi helada, también la llevan.

–¡Maravilla de las maravillas! –se regodeó Alatorre.

–Me sientan mal –encenizó don Hugo.

–¡Joder! –se desesperó el militar–. ¿Aviaste mi consomé, Gerardito?

–Ni se pregunta. De solomillo de buey, don Mariano.

–Dios te lo pague, so genio.

–Mejor ustedes, que ya tienen la costumbre. Hoy son menos, ¿no? –se extrañó el cocinero–. No veo a don Francis. Don Julio Perals tiene reserva en el salón Coral para esta noche. Por el señor Castilla ni les pregunto; aunque me dice aquí don Hugo que anda desaparecido.

–Así es, querido Germán. Voló. No sabemos de él y estamos preocupados –le aclaró don Fernán.

–Si no está de escapada en vete a saber dónde –aportó su parecer el arquitecto.

–Este señor tiene el encargo de encontrarlo –me presentó don Mariano.

–Lo lamento –se frotaba el cocinero las manos como si las tuviera bajo el grifo–. Tuve el placer de saludarlo allá por febrero. Lo acompañaba una señora muy vistosa, muy elegante. Su cara, fíjense, me sonaba…

–¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Cuenta, cuenta! –se sucedieron las voces sin que yo abriera la boca.

Resultó más productiva la declaración del cocinero que la incesante charla del grupo de amigos. Visitaba una feria gastronómica invitado por uno de sus proveedores y, casualidad, había coincidido con el señor Hernández en el hotel donde se hospedaba, y se explayaba con las virtudes de sus productos…

Fue el momento –ya les había proporcionado un buen tema de conversación que en el mapa de la memoria se había desmigado por aquí y por allá.

Entre las populares aclamaciones «¡Qué callado!», «¡No puede ser!», «¡Golfante!», «¡Adonis disfrazado!», me levanté, prometí, agradecí, me largué, creo que desapercibido.

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