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Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones [Miguel Ángel Moratinos]. Mostrar todas las entradas
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13 de diciembre de 2017

  • 13.12.17
Hay múltiples referencias al calificar a los grandes diplomáticos. Algunos como excelentes negociadores: Talleyrand y Metternich; otros como diplomáticos escritores: Juan Valera y Neruda; otros como embajadores intrépidos y aventureros o, como el caso de Ramón Villanueva: el diplomático narrador.



Es cierto que Ramón Villanueva realizó las distintas funciones diplomáticas de manera relevante pero todos aquellos que le conocimos más de cerca descubrimos en él una especial capacidad en ser capaz de trasladarnos a situaciones históricas y momentos claves de nuestro devenir u acontecimientos en el Mediterráneo y en Oriente Medio con un rigor, una riqueza narrativa, un sinfín de datos, fechas, anécdotas, citas y conclusiones dignas de los grandes historiadores.

Es verdad que los diplomáticos utilizamos generalmente la palabra para declarar, convencer, negociar y defender lo mejor posible nuestros intereses y, sin embargo, es la escritura la manera más habitual para transmitir nuestras actuaciones.

Desde las tabletas en piedra de escritas con caracteres cuneiformes de la época asiria, pasando por los pergaminos egipcios, las cartas de los zares, para llegar a los telegramas cifrados y confidenciales, a las cartas e informes a nuestros superiores para concluir en estos tiempos con la diplomacia del tuit, ésta última poco analítica y eficaz. La escritura es, por tanto, el medio más habitual de información y de trabajo de todo diplomático.

Sin embargo, la diplomacia no puede ni debe limitarse a los textos escritos: queda toda una serie de maneras de informar y trasladar análisis y reflexiones. Y para ello podemos acudir a la trasmisión oral. Creo que Ramón Villanueva debe ser reconocido como el gran diplomático narrador.

Gracias a su trabajo y a su memoria hemos podido conocer la evolución de Oriente Medio. Quién mejor que él para describir los relatos y telegramas del gran arabista español Emilio Garcia Gómez en sus embajadas de Irak, Líbano y Afganistán. Qué decir también de su contribución en Turquía para comprender la evolución hacia la modernidad del viejo imperio otomano.

Nadie puede olvidar, a su vez, el paso por Túnez y la manera en que nos hizo a todos constatar la superposición de distintas culturas y civilizaciones y su modelo de convivencia. Ramón Villanueva defendió siempre una diplomacia cultural para entender y ser capaz de sintetizar las causas profundas de los movimientos sociales y políticos de los países en los que estuvo acreditado.

No obstante, para mí, su mayor contribución fue su compromiso de defender sus ideas políticas y sociales sin que estas menoscabasen en ningún momento su labor profesional, que nadie pudo poner en tela de juicio, aunque sus posiciones ideológicas no le ayudasen a escalar merecidamente puestos de relevancia en su primera etapa como diplomático.

Pero él nunca renunció a servir los intereses de su país y trabajar a su vez por una España más democrática y europea. Sus educadas maneras y su suavidad explicativa no impedían que sus pensamientos y declaraciones defendieran con rotundidad planteamientos radicales.

Deseaba y luchaba por una España democrática y contribuyó de forma esencial para alcanzar este objetivo. Su paso por el Consulado de Burdeos dejó un sello imborrable y los españoles republicanos residentes en esa jurisdicción consular todavía le recuerdan con enorme cariño y estima.

Nuestra amistad fue creciendo con los años. Siempre le consideré una referencia indispensable. Durante mi etapa de ministro de Asuntos Exteriores me orientó y me aconsejó sabiamente. Recuerdo con mucho agradecimiento sus acertadas reflexiones con ocasión de mi primer viaje a Cuba, que me sirvieron para preparar adecuadamente ese desplazamiento necesario y complejo.

Últimamente, sus amigos le intentamos convencer de que debería grabar sus vivencias. Su gran amor y mujer, Vivi, también compartía este deseo. No lo conseguimos, pero estoy seguro de que muchas de sus historias y vivencias seguirán presentes en tantas personas y lugares de este mundo con los que compartió su vida y que él supo describir con tanta delicadeza y afecto.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

31 de octubre de 2017

  • 31.10.17
El pasado viernes fue un día triste para Cataluña, España y Europa. Es verdad que algunos catalanes celebraron con alegría y cánticos, enarbolando esteladas y senyeras, la equivocada declaración unilateral de independencia (DUI) pronunciada en un semivacío Parlament catalán. Para todos estos ciudadanos fue un momento emotivo y dichoso indudable pero quizás pocos entendieron que estaban viviendo un sueño irreal e ignoraban las consecuencias reales de esta declaración ilegal.



El sábado se levantaron por la mañana y lo lógico habría sido comprobar de forma inmediata el número de países que reconociesen la pseudodenominada República catalana. La sorpresa debió ser mayúscula. Nadie les había reconocido.

El 17 de febrero de 2008, Kosovo declaró unilateralmente su independencia. Con esa declaración se abrió la caja de pandora de las Declaraciones Unilaterales de Independencia (DUI) con unas consecuencias nefastas para el conjunto del sistema internacional.

Años más tarde, tras la crisis entre Georgia y Rusia, Osetia del Sur y Abjasia hicieron lo mismo y, finalmente, Crimea decidió separase de Ucrania y celebrar su referéndum de independencia. La DUI no era hasta entonces un instrumento conocido ni utilizado en el vocabulario político internacional. Se convirtió de la noche al día en un referente atractivo para todos aquellos sectores nacionalistas y separatistas.

Se podrá argumentar largo y tendido acerca de la singularidad de Kosovo, debido a las atrocidades padecidas por los kosovares a manos de los nacionalistas serbios, pero su precedente es el que ha servido como referente esencial para arropar la encantación irracional de un sector del nacionalismo catalán.

Los independentistas catalanes quizás no sepan, o no han querido saber, que declarar unilateralmente la independencia es relativamente fácil: es un nuevo ejemplo de política virtual donde la Generalitat ha sido hasta ahora maestra pero que, al despertar de un sueño irreal, exige como condición política ineludible que haya reconocimientos. Sin reconocimiento internacional, la DUI no vale nada: es papel mojado, son palabras que se las lleva el viento…

En este caso, el resultado es abrumador. Si Osetia del Sur consiguió cuatro reconocimientos, cómo deben sentirse los responsables del Govern sin ningún reconocimiento. 4-0: eso define claramente la imposibilidad y la realidad de una República catalana independiente.

Las DUI solo sirven para tensionar, violentar y hacer más difícil el camino hacia el entendimiento y la reconciliación. Lo señalé y lo dije en múltiples ocasiones frente a la alegría de muchos defensores de la independencia de Kosovo: esta sería un boomerang que nos golpearía con fuerza.

Ante esta situación solo queda una vía: la del respeto a la legalidad del marco constitucional, la de celebrar elecciones autonómicas y la de buscar a través del diálogo respetuoso y constructivo las aspiraciones de muchos catalanes dentro de una España federal. Dialogo sí, dentro del ordenamiento jurídico. DUI no: es un simple ejercicio virtual, rupturista, erróneo e irrelevante.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

30 de junio de 2017

  • 30.6.17
Recientemente participé en un coloquio sobre las negociaciones comerciales de la UE y el futuro del Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP), en la sede madrileña de la Comisión Europea. En ese acto participaron distintos portavoces de los diferentes partidos políticos españoles, incluido el PSOE. Todos coincidimos en las virtudes del Canada Comprehensive Economic and Trade Agreement (CETA) y en las enseñanzas que este nos había aportado para poder reiniciar en mejor posición las futuras negociaciones con EEUU sobre el TTIP.



En aquella intervención no solo defendí, con argumentos, la necesidad de alcanzar un acuerdo con EEUU que fuese justo y garantizase adecuadamente los principios, valores e intereses europeos, sino que me inspiré en los logros del CETA para delinear lo que iba a ser una nueva estrategia negociadora europea.

Cuál es mi sorpresa cuando, días después, observo por parte del actual liderazgo del PSOE que, sin argumentos –sí, subrayo que, hasta ahora, no he podido escuchar ningún argumento válido–, se cambia la posición del partido y se defiende la “abstención” sobre el CETA, un acuerdo esencial para el futuro diseño del marco comercial multilateral.

Tanto José Carlos Díez como Xavier Vidal-Folch han desgranado con brillantez las razones de fondo económicas y comerciales que justifican un claro apoyo al CETA. A mí solo me queda añadir que, con esta actitud, el PSOE renuncia a participar en el diseño de una nueva globalización política y solidaria apoyándose en supuestos argumentos simplistas, denuncias demagógicas, todas ellas fuera de la realidad política, social y económica y medioambiental del mundo que vivimos.

Conviene leerse el tratado y, sobre todo, mostrar respeto a los múltiples negociadores europeos, muchos de ellos socialistas, que han enriquecido este acuerdo innovador y que han sabido garantizar el ADN de las políticas europeas.

Xavier Vidal Folch, en uno de sus últimos artículos sobre esta materia, aludió a la fábula de la cigarra y la hormiga para defender el trabajo silencioso y eficaz de esta última que él identificaba con Europa. Sería un craso error que el nuevo PSOE escogiese el camino de las fábulas de La Fontaine y, sobre todo, se equivoque en buscar su inspiración en alguna de estas fábulas y nos dejase como al cuervo, sin llevarnos nada a la boca, por considerarse más zorro que los otros…

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

9 de junio de 2017

  • 9.6.17
La última vez que hablé con Juan Goytisolo fue hace tres meses, cuando intenté convencerle de que participase en las Trobades Literaries mediterráneas en homenaje a Albert Camus, en Sant Lluís (Menorca). Su voz me pareció débil y su tono vital un tanto apagado. Pero, como siempre, estuvo cariñoso y con esa amistad que te hacía sentir cómodo al hablar con él.



Sentí una cierta tristeza y decepción al no poder contar con él para que nos ayudase a entender mejor las claves del desencuentro mediterráneo de estos últimos tiempos, pero nunca me pude imaginar que sería la última ocasión que conversaría con esta gran personalidad.

Juan Goytisolo ha sido uno de los grandes escritores españoles y los críticos literarios ya le han ensalzado merecidamente, aunque su obra estoy seguro volverá a renacer y a extenderse aún más en un futuro inmediato, cuando nuestra memoria colectiva quiera acudir a comprender mejor nuestros orígenes y nuestras contradicciones como españoles.

Mi admiración y amistad vienen, por una parte, por todo lo que nos hizo sentir a esa generación española ansiosa de libertad y justicia y deseosa de recuperar nuestras señas de identidad, sin que tuviésemos que exiliarnos. Al leer su obra en mis años de juventud, me sentí muy identificado con sus dudas y sus sufrimientos en esa España franquista que nos tocó vivir.

Pero, además, mi acercamiento a su obra y a su personalidad vino dado por la pasión y la preocupación que siempre otorgó al legado árabe-musulmán y que me permitió, gracias a su claridad interpretativa, comprender mejor esa parte de nosotros mismos que llevamos todos los españoles pero que, en muchos momentos, tratamos de borrar u olvidar. Cuántas veces he escuchado en mi querida Córdoba: "nosotros somos romanos, senequistas, sí… Averroes y la influencia árabe también pasó por esta ciudad, pero no fue lo mismo".

Su avanzado multiculturalismo es hoy una realidad que se impone por su propio peso y que siempre Goytisolo supo describir con tanta fuerza y desgarro al retratar esa vida sórdida de los barrios periféricos parisinos en donde las distintas capas de inmigrantes van acumulándose en esas identidades asesinas, como diría Amin Maalouf.

Fue un enamorado de Marruecos: de su historia, de su cultura y de su gente. Le visitamos en varias ocasiones en su casa de Marrakech casi haciendo esquina con la histórica plaza de Yamaa el Fna. En el pasado, la pseudointeligencia española le criticó por su afecto por Marruecos pero tuvo al final que reconocer su acertada visión de futuro.

Juan Goytisolo apoyó y defendió la acertada Alianza de Civilizaciones cuando en nuestro país surgieron toda serie de críticas ante una iniciativa que consideraban innecesaria y sin razón de ser. Con su desaparición, el pensamiento y la creación literaria española pierden a uno de los grandes.

Nosotros, los que tratamos de seguir defendiendo una mayor y más intensa comprensión entre culturas y civilizaciones diferentes, perdemos ese mensaje tan valiente y visionario de un "mestizaje creador" que Juan Goytisolo siempre defendía. Descanse en paz en ese cementerio de Larache junto a Jean Genet. Le iré a visitar en mi próxima escapada a ese país vecino y amigo de España.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

26 de mayo de 2017

  • 26.5.17
El pasado 7 de mayo, la mayoría de franceses y de europeos respiraron aliviados ante la elección de Emmanuel Macron. Se cerraba así la puerta a un proyecto político populista, retrógrado y antieuropeo, y se apostaba por un candidato joven, comprometido y con un proyecto moderno y de refundación de Europa.



Para todos los europeístas, la elección del nuevo presidente francés es una buenísima noticia pues fue el único candidato que defendió durante la campaña electoral con valentía y determinación el proyecto europeo. Conviene recordar que si Macron ganó el decisivo debate final televisivo fue en gran medida gracias a su clara defensa del euro frente a la confusión e incongruencias de Marine Le Pen que no supo explicar las consecuencias de una salida de Francia de la zona euro.

El pasado lunes, el presidente de la República Francesa se desplazó en su primera visita a Berlín y allí se encontró con la Canciller alemana Angela Merkel. De ese primer encuentro los medios informativos han dado fiel cuenta del contenido y tono del mismo pero me imagino que en este primer contacto tête à tête los dos principales dirigentes europeos debieron sentir el peso de la responsabilidad y el carácter trascendental de esta primera cita. Podríamos decir que “60 años de historia europea les contemplaban…”.

Lo que está en juego es el futuro de Europa, de una Unión Europea en un mundo en plena mutación donde los nuevos equilibrios de poder están finalmente delimitándose. El histórico y necesario tándem franco-alemán sabe que el futuro de la nueva etapa de construcción europea depende en gran manera de sus decisiones y ambos dirigentes llegan a este rendez-vous histórico en un momento especialmente significativo.

La canciller alemana, con el viento a favor y con la experiencia de más de tres mandatos y la conciencia de haberse convertido en la indiscutible líder europea. La fuerza económica y financiera de Alemania no puede ni debe ignorase.

Hoy ha llegado la hora de replantearse el equilibrio de fuerzas en el seno de la Unión y esto, sobre todo, a raíz de la salida del Reino Unido de la UE. Francia y su presidente Macron llegan a esta cita paradójicamente mejor preparados de lo que los analistas políticos y económicos han pronosticado.

No sólo la voluntad, valentía y la capacidad del nuevo presidente pueden ser factores de cambio de actitud sino que, además en esta ocasión, Francia puede y debe hablar de tú a tú a su vecino del este por su nueva situación político-militar.

La Europa de este siglo XXI tiene dos objetivos ineludibles:

El primero, consolidar su capacidad económica y financiera y avanzar en un eventual Gobierno económico europeo más integrado como acertadamente acaba de proponer el Gobierno español. Pero, el segundo objetivo debe estar vinculado a impulsar su relevancia como actor indiscutible en el mundo, como potencia diplomática y militar.

Para el primer objetivo Alemania es indispensable pero para el segundo, Francia, hoy en día, es el único país de la UE que es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y es el único de la UE que posee la disuasión nuclear.

El tándem franco-alemán recupera así su equilibrio natural. Europa no se podrá construir sin avances económicos pero Europa no podrá contar en este nuevo mundo sin su relevancia en los centros de decisión diplomáticos y militares.

En definitiva, este nuevo ‘pacto franco-germano’ es el que espero haya podido ser abordado en la primera cena entre los dos máximos dirigentes europeos. Si esto ha ocurrido, el próximo paso es el de convocar a aquellos otros países verdaderamente europeístas como es el nuestro, España, para que apoyen este nuevo comienzo y aporten ideas y capacidades como las recientemente anunciadas por nuestra diplomacia.

España puede y debe, en esta ocasión, estar en el origen de este nuevo capítulo de la historia europea. Históricamente, las circunstancias internas de nuestro país no nos lo permitieron en el pasado. Hoy el Gobierno puede convocar a los principales partidos de nuestro país y diseñar una nueva hoja de ruta para el futuro caminar europeo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

14 de marzo de 2017

  • 14.3.17
Durante mi campaña a la Dirección General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en junio de 2011, me comprometí, en caso de ser elegido, a erradicar el hambre en el mundo. Algunos de los candidatos se sumaron a mi promesa y, finalmente, todos coincidieron en defender este objetivo. Esta meta se volvió a recoger como prioritaria en la nueva agenda de sostenibilidad aprobada el pasado 25 de septiembre de 2015. Entre los 17 objetivos, el segundo subraya la necesidad de eliminar el hambre en el mundo.



Han pasado ya cinco años de esa elección en la dirección de la FAO y, sin embargo, la hambruna y las crisis alimentarias siguen estando dramáticamente presentes en el mundo. De nuevo, recientemente hemos vuelto a asistir al anuncio oficial del Gobierno de Somalia declarando catástrofe nacional la situación en su país y la necesidad de actuar urgentemente ante la eventualidad de que más de 260.000 personas puedan morir de nuevo de hambre.

Según los datos que ha publicado la OMS entre Somalia, Yemen, Nigeria y Sudán del Sur más de 20 millones de personas están en riesgo de morir de hambre en estos cuatro países. Añade, además, que más de 6,2 millones de personas, la mitad de la población de Somalia, necesitan ayuda alimentaria y otros 3 millones están hambrientos.

En mi programa durante la candidatura a la FAO denuncié las prácticas e inacción de la antigua FAO. Su incapacidad absoluta de predecir y evitar crisis similares. La falta de liderazgo para prevenir esta situación humanamente inaceptable. Señalaba que de no actuar, las "crónicas de hambrunas anunciadas" seguirían repitiéndose en un futuro y se convertiría en el "pan nuestro" de esta organización y que, por lo tanto, después de más de 70 años desde su creación, era la hora de que la FAO finalmente evitara estos dramas humanitarios.

Parece que no aprendemos y cuando escuchamos estas terribles noticias, al mismo tiempo, se anuncia el aumento en un 10 por ciento del presupuesto militar norteamericano y se eleva este a 639.000 millones de dólares. Frente a este incremento militar, la llamada in extremis del nuevo secretario general de Naciones Unidas para atender las necesidades urgentes de más de 22 millones de personas hambrientas en el cuerno de África cae en el más indiferente vacío.

¿Dónde está la FAO? ¿Cuál ha sido su posición? Hoy no caben excusas. Esta organización debería reflexionar y asumir que al no ser capaz de prevenir, evitar y resolver estas catástrofes humanitarias, la razón de ser de la misma desaparece. Sería mejor dotar a otras agencias u organizaciones la tarea de garantizar que no haya más muertos por hambre en este mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

4 de octubre de 2016

  • 4.10.16
Conocí personalmente a Simón Peres con ocasión de la visita de Estado de Sus Majestades los Reyes de España a Israel en noviembre de 1993. Desde ese momento tuve el privilegio de mantener una intensa relación con el político israelí. Miles de horas de conversación, de negociaciones, de reuniones secretas y de propuestas imaginativas labraron una fuerte amistad y una gran admiración hacia su persona.



Muchos analistas describirán hoy al líder israelí como uno de los arquitectos fundamentales en la creación y consolidación del Estado de Israel. Recuerdo, como embajador de España en Israel, las palabras pronunciadas por Simón Peres, con ocasión de la celebración del XL Aniversario de la constitución del Estado de Israel, y el claro mensaje de que a partir de esa fecha el desafío de Israel sería lograr la paz y la reconciliación con sus vecinos árabes.

Los ciudadanos israelíes, sin duda, deben expresar el reconocimiento por su decisiva contribución a la construcción de su Estado. Los ciudadanos españoles debemos recordarle a su vez por haber sido el firmante del restablecimiento de nuestras relaciones diplomáticas entre España e Israel en enero de 1986.

Su larga carrera política, asumiendo las principales carteras ministeriales, así como la responsabilidad de primer ministro concluyeron durante su última etapa como presidente del Estado de Israel. Fue como un “Padre de la Patria”, otorgando a esa Jefatura de Estado unas funciones y una “Autoritas” más allá de las que le correspondían formalmente.

Pero su verdadera obsesión y contribución fue la paz con árabes y palestinos. Esta visión de paz en la región es la que en mi opinión debe prevalecer como su principal legado. Entendió inmediatamente la necesidad de negociar con los palestinos y tuvo la valentía y la imaginación de convencer al primer ministro Isaac Rabin, el otro gran héroe de la Paz, de negociar secretamente a espaldas de EEUU un principio de reconciliación entre israelíes y palestinos.

Oslo fue una iniciativa innovadora e inesperada que siguió a la conferencia de Paz de Madrid y que permitió imaginar que una paz era posible entre estos dos pueblos. Desde ese momento y hasta sus últimas actuaciones como presidente, Simón Peres buscó y defendió siempre, una solución política y negociada.

Recordemos la propuesta de Simón Peres-Abu Alá que, en mi opinión, puede seguir siendo considerada como la base de cualquier acuerdo definitivo. No tuvo ninguna dificultad en negociar y conversar con Yasser Arafat con el que siempre mantuvo un mutuo respeto y reconocimiento al igual que con el actual presidente palestino Abu Mazen.

Incluso, en los momentos más difíciles de la segunda intifada, Simón Peres siempre trataba de encontrar soluciones como fue el caso que tuve el honor de negociar con él a raíz del asedio a la iglesia de La Natividad. Como presidente trató en múltiples ocasiones de convencer a los últimos primeros ministros en buscar soluciones y propuestas imaginativas.

Quizás el único defecto que podríamos atribuir a Simón Peres era su gran visión de futuro: era un adelantado a su tiempo. Su sueño era construir un Oriente Medio en paz y prosperidad similar a la experiencia europea en el que israelíes, palestinos, egipcios, jordanos, sirios y libaneses pudiesen vivir en una región integrada en donde el comercio, las ideas y los hombres pudiesen circular libremente.

Sus afirmaciones poseían siempre un carácter visionario. Son muchas sus citas famosas que han llegado a definirse como los “peresims”. Recuerdo una de sus más brillantes afirmaciones al señalar que “el siglo XXI sería el siglo final de la agricultura y de las fronteras. Nuestro siglo actual será el de las ideas, de la información y la comunicación que no podrán ser detenidos por barreras físicas”.

Como también, su clara convicción de que “las guerras en Oriente Medio nos serán guerras para recuperar tierra sino guerras por el agua”. Otra de sus citas favoritas que no expresaba públicamente es la de que “hay dos cosas que uno no puede hacer frente a la cámara: el amor y la Paz en Oriente Medio”.

Siempre sorprendía con su capacidad de utilización del lenguaje y su brillantez en los discursos y en sus intervenciones públicas. Tuve el honor de que me dedicase un adiós muy emotivo al término de mi misión como enviado especial de la UE en Oriente Medio. Durante mi misión como enviado especial, nos acostumbramos a vernos todos los viernes en su despacho de Tel Aviv antes del Sàbat para hacer balance de la semana transcurrida y planificar juntos algunas medidas constructivas.

Su empeño fue hasta el final ver la “Solución de Dos Estados” viviendo en paz y seguridad. Simón Peres nos abandona sin que su sueño se haya realizado finalmente. Sus últimos escritos los dedicó a la ciencia y, en particular, al estudio del cerebro al indicar que “la ciencia del cerebro es nuestra próxima gran frontera”. La ciencia no llegó a tiempo para curar su última enfermedad cerebral.

Concluyo estas líneas de reconocimiento y admiración con una de las citas que más me impresionaron cuando denunció el horror de la guerra y del terrorismo: “en la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos”. Enterraremos a Simón Peres pero no a sus ideas ni a su legado ni a su visión de paz y reconciliación entre israelís y palestinos.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

20 de julio de 2016

  • 20.7.16
Turquía ha vivido un intento de golpe militar que me trajo a la memoria la famosa declaración del secretario de Estado norteamericano Alexander Haig, con ocasión del frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: es un «asunto interno». La manifestación del representante norteamericano cayó como una losa sobre el pensar y el sentir de la opinión pública española, en un momento en el que el Rey Juan Carlos y los demócratas españoles estábamos empeñados en defender y hacer valer nuestra joven democracia.



En esta ocasión no ha habido un pronunciamiento similar por parte de ninguna cancillería occidental pero sí han sobrevolado dudas y reticencias a la hora de condenar rotundamente el intento fallido de golpe de Estado en Turquía; salvo las acertadas y valientes declaraciones de la Alta Representante de la Unión Europea, Federica Mogherini, que ha pedido desde el inicio de los acontecimientos «moderación y respeto a las instituciones democráticas de Turquía». Y el claro apoyo del presidente Obama al Gobierno legítimo turco en mitad de la noche.

Las cancillerías europeas y las organizaciones internacionales han mostrado una extraña tibieza, y una actitud sumamente pusilánime. Un golpe de Estado en Turquía no es y no puede ser nunca una «cuestión interna» para Occidente y sobre todo para Europa. ¿Cómo podemos ignorar su «status» formal de país candidato a la UE? ¿Cómo no se condena enérgicamente un golpe militar antidemocrático?

No se han escuchado voces ni se han leído declaraciones en los países europeos que «condenen» rotundamente el ruido de sables, como así lo han hecho todos los partidos de la oposición turca sin excepción. ¿Cómo la OTAN, que se presenta como el valedor de los principios y valores democráticos, no reaccionó con un comunicado de mínimos de inmediato y se limitó a señalar que se «siguen los acontecimientos de cerca y con preocupación», en la línea con lo que mantuvo el secretario general de Naciones Unidas, Ban ki Moon? ¿Cómo la Europa de los valores democráticos puede mantener un sospecho silencio en momentos decisivos cuando la balanza puede inclinarse a favor o en contra de la democracia?

Todo indica que las cosas vuelven a su sitio y que «el golpe» fracasó por la reacción patriótica y democrática de la población turca. A partir de ahora, los europeos deberíamos hacer autocrítica y, de manera clara, definir cuál es la posición real sobre el futuro de Turquía en la UE.

Las dudas, las largas esperas de una noche dramática y angustiosa demuestran cómo afloran los miedos atávicos sobre Turquía en la psicología colectiva europea. Resurgen los fantasmas sobre la incorporación a la UE de un país islámico, mientras asistimos perplejos a una progresiva ruptura entre Oriente y Occidente donde, desgraciadamente, toda representación del mundo musulmán e islámico se incluye en los estereotipos del rechazo y la exclusión.

Mi opinión ha sido siempre opuesta a estos lugares comunes divulgados por políticos poco responsables y medios de comunicación amarillistas, y los acontecimientos han demostrado la victoria de los demócratas. Hoy más que nunca Europa necesita una Turquía europea, democrática, fuerte y dinámica para defender adecuadamente los intereses globales presentes y futuros de una UE que quiere influir en el mundo.

Los acontecimientos del fallido golpe de Estado en Turquía deben estimular la negociación para su entrada en la UE. Y garantizar definitivamente su anclaje y presencia en las instituciones democráticas europeas para abandonar «sine die» el estereotipo del «hombre enfermo de Europa».

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

8 de julio de 2016

  • 8.7.16
Tuve el privilegio durante los últimos años de profundizar mi amistad con Michel Rocard. Le conocí cuando ya era eurodiputado y Oriente Próximo nos permitió trabajar conjuntamente en favor de la paz entre israelíes y palestinos. Desde entonces tuvimos ocasiones de encontramos frecuentemente y de reunirme con él en múltiples reuniones y disfrutar de su sentido vitalista en varios almuerzos.



El último no hace mucho, no hace más de dos meses. La enfermedad estaba ya muy presente pero la fuerza interna de Rocard seguía intacta y su ágil y profunda mirada seguía expresando su gran voluntad de compartir análisis y reflexiones sobre el momento actual de la socialdemocracia, de Europa y del mundo.

La prensa y los comentaristas franceses destacan merecidamente hoy de manera unánime su gran valía intelectual y política y con razón se le reconoce, finalmente, su gran aportación a la política francesa y europea. Sin embargo, la mayoría de las referencias se centran en subrayar su carácter pragmático y realista alejado de planteamientos utópicos de la socialdemocracia.

El rigor y la necesidad de resultados concretos en la gestión económica son los valores más destacados por todas las personalidades. Su vocación modernizadora de la socialdemocracia no era de ahora, sino que la intentó y logró aplicar durante sus años como primer ministro.

Se le cita acertadamente por su capacidad de reivindicar la necesidad de adaptar claramente una sociedad en cambio a unos nuevos postulados económicos alejados de lo que era la tradicional ortodoxia socialista y, por ello, se le intentó colgar en muchas ocasiones el “San Benito” de «neoliberal».

Y , sin embargo, Michel Rocard no se expresaba en absoluto en sus últimos años en favor de esta línea neoliberal. Rebosante de experiencia, de conocimiento y de perspectiva denunciaba con amargura las últimas políticas socialdemócratas desarrollada en Europa e incluso en su país. No hay más que leer uno de sus últimos libros, escrito junto al economista francés Pierre Larrouturou, La izquierda no tiene ya margen de error y que pensaba presentar aquí en España en septiembre para comprender su posición actual.

Sus propias palabras son suficientes para entender su posición: «Ya no nos atrevemos a hablar del capitalismo, cuando este sistema está viviendo una crisis fulminante y que a medio plazo es suicida para la humanidad. Nosotros los socialistas deberíamos estar en situación de explicar esta situación y responder a ella.»

Su crítica a la inacción de los últimos gobiernos socialdemócratas era total. Recuerdo con emoción como definió, con una gran visión conceptual, el camino que le queda por recorrer al socialismo en su última y más ambiciosa etapa: la de emancipar al ser humano una vez que las necesidades básicas estén garantizadas por el Estado de Bienestar.

Le corresponderá solo a la socialdemocracia crear una sociedad sostenible, respetuosa con el cambio climático y que sepa reducir las horas de trabajo para que los individuos dediquen su tiempo a una socialización creativa y cultural que les pueda elevar el espíritu y su sentido de solidaridad.

No, Michel Rocard no pertenece a aquellos socialdemócratas que pactan con el centro y las ideas neoliberales, Michel Rocard era un profundo defensor del verdadero socialismo y reclamaba en sus últimos días con fuerza el establecimiento de una nueva narrativa y un nuevo discurso en este comienzo del siglo XXI.

Para él, Europa era el mejor espacio para alcanzar tal sueño y por ello vivió los últimos años con una enorme frustración al contemplar cómo la UE sería incapaz de responder a los múltiples desafíos presentes. En nuestra última conversación se manifestó clara y contundentemente en favor del “Brexit” esperando que por fin los europeos pudiesen alcanzar su sueño federalista sin tener permanentemente que contar con el caballo de Troya británico.

Fue un gran amigo de España. Su contribución fue decisiva en las negociaciones agrícolas finales con Bruselas cuando fue ministro de Agricultura de Francia y como primer ministro desarrolló una extensa colaboración con Felipe González. Tuve el honor junto al ministro Solbes de condecorarle con una alta distinción por el reconocimiento de nuestro país a su labor en defensa de la integración de España en la UE.

Michel, descansa en paz con la satisfacción de haber logrado construir un verdadero legado político. «La politique politicienne» no era lo tuyo. La intriga, el regate corte, las conspiraciones, no formaban parte de tus prioridades y por ello tu herencia descansa con mayor justicia en el Panteón de los grandes hombres de Estado.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

5 de julio de 2016

  • 5.7.16
He tenido pocas ocasiones de vivir, en primera persona y en directo, momentos cruciales de la historia de un país europeo salvo aquellos vividos en mi propio país. Sin embargo, estos días he podido seguir in situ el apasionado debate que se ha desarrollado en el Reino Unido acerca de su permanencia o salida de la UE y el tsunami producido por la decisión final de salir de Europa. Las razones para comprender este resultado son múltiples y complejas, tanto en clave de política interior como exterior, pero me voy a referir a tres causas esenciales que en mi modo de ver decidieron este resultado.



La primera, me llevaría a denunciar la falta de visión política de todos aquellos que queriendo oponerse a la salida de Gran Bretaña de la Unión aceptaron ingenuamente el «eslogan» político del «Brexit» sin darse cuenta que, de hecho, legitimaban inconscientemente la posibilidad real de salida. Aquí incluyo a todos los responsables políticos tanto europeos como británicos que adoptaron el «Brexit» como lema de campaña de manera ingenua. Todos ellos, fueron incapaces de contraponer otra denominación positiva que movilizase a los electores británicos en favor de mantenerse dentro de la UE.

Esta incapacidad de proponer en positivo la permanencia en Europa se veía además lastrada por el tradicional euroescepticismo inculcado de manera regular por parte de la mayoría de la clase política británica. Es muy difícil entusiasmar a una población cuando se ha criticado cotidianamente y se ha demonizado a Bruselas y a sus instituciones; incluso el pacto europeo sobre el «Brexit», conseguido por Cameron, llevaba en su esencia dudas e incertidumbres sobre el verdadero ser europeo.

La segunda causa me lleva a comentar la intensidad emocional con la que se ha desarrollado el debate político sobre esta cuestión. Los británicos han vivido jornadas que muchos han comparado con aquellos días críticos de su historia en la que tuvieron que adoptar decisiones transcendentes. El Reino Unido es un país con una población con sentido de la historia y conocen y sienten con responsabilidad cuándo se enfrentan a una cita de tanta envergadura.

En los intercambios dialécticos no faltaron referencias a las experiencias vividas en los años de las dos guerras mundiales y el sentimiento patriótico se utilizó, sobre todo por los defensores de la salida de la UE, para recordar viejas polémicas entre ellas, y en particular, la que surgió entre la política de apaciguamiento de Chamberlain frente la firmeza y la intransigencia de Winston Churchill. Sus sueños imperiales y sus actitudes tradicionales aislacionistas volvieron a entonarse como cantos de sirena de un pasado que les gustaría recuperar inconscientes de los múltiples y profundos cambios que se han producido en su propia sociedad y en el mundo exterior.

Los defensores de la permanencia se encontraron, en este aspecto emocional, desvalidos y sin propuestas imaginativas. En la pasión y la emoción el gana «Brexit», pues enciende sentimientos y nostalgias afectivas que los favorables a permanecer en Europa son incapaces de contraponer con nuevos horizontes de gloria y esplendor para su país en futuros episodios europeos. Las estrellas de la bandera azul no emocionan a la gente y el himno de la alegría de Beethoven no llega al corazón de los británicos. Al contrario, la «Unión jack» y el «God save the Queen» siguen siendo elementos esenciales del ser y el sentir británico.

La tercera causa que hubiera podido contraponer los elementos favorables para los defensores del «Brexit» no fue explicada ni desarrollada adecuadamente: las consecuencias económicas y sociales de la salida. Se dice continuamente que los británicos son realistas y pragmáticos y que sus decisiones se mueven en torno a garantizar su nivel económico y social de vida, sin embargo, los líderes políticos británicos no supieron convencer a su electorado del impacto negativo que todas las clases sociales van a sufrir por la retirada de la unión. Es paradójico que las clases trabajadores y los que se verán más afectadas por la falta de protección social al no tener la red de garantías europeas sean las que se adhirieron al «Brexit» sin contemplar racionalmente su futuro.

Es cierto que los defensores del «Brexit» introdujeron de manera falaz varias obsesiones y nuevos fantasmas. Y entre ellos, la inmigración. Este es el gran problema que va a estar presente cada vez más en el debate político europeo del siglo XXI. Las previsiones del FMI, del Banco Mundial y de los grandes analistas financieros no calaron en la ciudadanía británica y demostraron la ruptura cada vez más flagrante entre la «clase media» y el «establishment». Los británicos no saben o no quieren saber que el Reino Unido, creador de la revolución industrial, ya no tiene industria, ni pesada, ni textil, ni automovilística.

Los británicos parecen ignorar que 13.000 doctores europeos les cuidan en sus hospitales y que toda su economía dinámica y ágil de los últimos años se sustenta gracias a una mano de obra joven y emprendedora europea. Los británicos no se dieron cuenta que al votar NO a Europa hayan podido abrir la puerta a la independencia de Escocia y a la pérdida del petróleo del gas del norte. Los británicos quisieron ignorar la posibilidad de que el problema de Irlanda del norte pudiera reabrirse al votar ésta su permanencia en Europa frente a la mayoría negativa de los restantes ciudadanos del Reino Unido.

Por último, los británicos creyeron que su principal base económica y financiera la «City» seguirá siendo el centro de atracción de capitales e inversiones extranjeras sin comprender que los vientos especulativos y la falta de confianza en estos mercados se mueven con una extremada volatilidad.

Todos estos problemas y realidades son los que no terminaron de calar en el electorado del Reino Unido y se convertirán a corto y medio plazo en los grandes desafíos del futuro gobierno de Gran Bretaña. Pero si estas son las razones y las consecuencias del «Brexit» para el Reino Unido, lo que nos debe preocupar a nosotros como españoles y europeos es cómo reaccionar ante esta nueva realidad . La UE debe, a mi modo de ver, proponer una nueva refundición de Europa.

El «Brexit» no solo es una simple salida de un estado miembro en el que se aplica el artículo 50 del Tratado de Lisboa, como si todo siguiese igual, «business as usual», como si nada grave hubiera pasado sino que tenemos, por el contrario, que aprovechar esta oportunidad para que esta vez, los países verdaderamente europeístas con vocación profunda de integración, ahora ya sin cheque y veto británico, sin «in and out» del Reino Unido podamos proponer un nuevo tratado en torno a la zona euro con un parlamento y unas reglas fiscales, económicas y presupuestarias, que se acompañen con un ejército europeo y un verdadera política exterior europea a cuyo frente se nombre un verdadero Ministro de Exteriores de la Unión.

En definitiva, el “«Brexit» habrá detenido el proceso de europeización que estaba viviendo el Reino Unido. El 64% de los jóvenes británicos entre 18 y 24 años votaron por permanecer y, a ellos, les quedan todavía casi 69 años de vida, los mayores, el 58%, decidieron salir, cuando solo les quedan de media 15 años de vida. Los europeos debemos seguir tendiendo la mano a la juventud británica para que revisen la decisión actual, pero le corresponderán a ellos democráticamente defender su causa.

En cualquier caso, el «Brexit» puede que inicie el comienzo de lo que será una nueva etapa del Reino Unido. Les deseamos lo mejor pero todo parece indicar que la Gran Bretaña del siglo XIX y XX caminará hacia una Pequeña Bretaña como dicen algunos analistas. Nosotros, los europeos, aprovechemos desde hoy el «Brexit» para acelerar el proceso de construcción de forma urgente de una «gran Europa» integrada al máximo y dispuesta a ser un actor esencial y relevante en el nuevo mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

24 de junio de 2016

  • 24.6.16
La situación política de Venezuela se ha convertido en un asunto de política internacional, regional y española y, lógicamente, está presente en la campaña de nuestras elecciones generales, tanto en la pasada convocatoria del 20 diciembre, como en la del próximo domingo. Dicha situación se ha convertido en un arma arrojadiza entre las nuevas y viejas formaciones políticas españolas y, de manera interesada e irresponsable, se utiliza para desacreditar al adversario sin tener en cuenta la complejidad de la situación venezolana, así como los intereses generales de sus ciudadanos; entre los que se hallan cerca de 200.000 españoles.



Las visitas realizadas por algunos de nuestros líderes a Caracas sólo han perseguido efectos mediáticos y, en vez de contribuir a relajar la tensión, han exacerbado aún más los ánimos y el ruido, al tiempo que han contribuido a elevar el desánimo de muchos ciudadanos venezolanos de buena fe de uno u otro signo.

La República Bolivariana de Venezuela atraviesa una grave crisis social y política, que se ha acompañado de una espiral de deterioro económico que parece no tener fin, que se ha visto agravada por la caída de los precios del petróleo y de la productividad en todo el país.

No hay que olvidar que Venezuela es también sujeto de un bloqueo político-económico que erosiona aún más la calidad de vida ciudadana, las instituciones y la política. Por ello, las presiones y amenazas al actual Gobierno y las vendettas partidarias sólo profundizan en la crisis, que no puede culminar con la violencia y un futuro político incierto.

En este contexto se enmarca la misión mediadora del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, llamado por Unasur para facilitar una vía de diálogo y entendimiento entre venezolanos. Su objetivo no es otro que el buscar un acuerdo que estabilice la situación de Venezuela y logre la convivencia pacífica de sus ciudadanos en un marco de legalidad democrática. A lo largo de los mandatos de Zapatero, éste defendió principios y valores fundamentales para la resolución de crisis: el diálogo político y diplomático, y el respeto a la Ley y a las instituciones.

Así se entienden algunas de las propuestas políticas nacionales e internacionales de sus mandatos, y su voluntad de contribuir ahora a la resolución de la crisis venezolana, donde sobran declaraciones retóricas ampulosas, agresiones al marco democrático y violencia callejera. El acercamiento de posturas entre la oposición y el Gobierno, unido a un enfriamiento del clima de crispación y violencia, son los objetivos prioritarios de la propuesta de Zapatero que se orienta a reforzar la democracia venezolana y su institucionalidad, así como a afianzar la convivencia pacífica en el país.

Su iniciativa recibió todo tipo de críticas y descalificaciones en su comienzo, pocos daban algún crédito a sus posibilidades de éxito y, sin embargo, todos aquellos incrédulos se han sorprendido al ver que el trabajo paciente y perseverante de su labor mediadora empieza a dar frutos. Entre ellos, la sorpresa que supuso el que haya sido la primera personalidad internacional que ha podido visitar y dialogar en la cárcel con el máximo símbolo de la oposición venezolana, Leopoldo López.

Tanto Unasur, como los expresidentes Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, cuentan con el respaldo de la comunidad internacional, de ahí la importancia de que el diálogo fructifique y obtenga resultados tangibles, mientras se estimula el abandono de posiciones enrocadas y condiciones previas para que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) vuelva a las negociaciones con el Gobierno legítimo de la República, y no se ahonden las fracturas.

Los enfrentamientos en Venezuela no pueden hacer del caos un medio de transformación social y política pues, en última instancia, la política está para promover soluciones consensuadas en el espacio público y el bienestar de los ciudadanos.

François de Callières, el gran maestro de la negociación diplomática escribió en 1717 que "todo Príncipe debe tener como máxima principal no emplear la vía armada para apoyar y hacer valer sus derechos salvo que haya tentado y agotado la vía de la razón y de la persuasión". Esa es la vía que el expresidente trata de agotar para evitar una confrontación civil en Venezuela, que sería nefasta para todos.

Como amigo de muchos venezolanos de distinto signo y promotor de resoluciones de conflictos, sólo deseo que la iniciativa del expresidente Zapatero llegue a buen puerto y que la legalidad y la convivencia devuelvan la normalidad a Venezuela.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

24 de febrero de 2016

  • 24.2.16
Con o sin ti (with or without you) es el estribillo de una conocida canción del grupo británico U2 que viene al hilo de la dramatización del Brexit en el último Consejo Europeo de Bruselas. Londres, en función de sus apetencias gubernamentales, ha pretendido alterar las reglas del juego europeo en vez de aceptarlas y de profundizar en ellas.



Con ello se ha podido desandar el camino recorrido hasta ahora con gran esfuerzo e importantes concesiones, y despojar a la UE de su matriz política. Lo realmente grave ha sido que el pulso del Reino Unido a la UE ha podido condicionar aún más el futuro de Europa en vez de explorar un acomodo en el proceso de construcción, como finalmente se ha hecho

Downing Street propuso estar a medio gas en la UE y ampliar su margen de influencia, algo que carece de lógica política y, más aún, en el horizonte del referéndum sobre la permanencia en la UE, previsto para finales de junio. El Reino Unido ha ganado parcialmente la batalla en Bruselas, porque se sientan las bases de un peligroso precedente que puede ahondar la brecha del debilitamiento político-institucional y frenar el proceso creador de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa, como recoge el artículo 1 del Tratado de la UE. Y se empobrece el espíritu de la Unión como comunidad de derecho.

El Estado de la sempiterna excepción europea, que llamó hasta tres veces a la puerta para su ingreso en Europa, ha abierto la discriminación por razón de la nacionalidad en lo referente al empleo y las condiciones socio-laborales. En cierto sentido, la UE ha mirado para otro lado por mantener al Reino Unido en el proyecto europeo y ha rebajado a 7 años esta condicionalidad, aunque el acuerdo parece ignorar que esa discriminación contraviene la Carta Europea de Derechos Fundamentales y que lo acordado esta semana en Bruselas deberá pasar aún el filtro del Parlamento Europeo y, en última instancia, el del Tribunal Europeo de Justicia, pues los europeos no queremos ser extranjeros en Europa.

Afortunadamente, Bruselas ha cerrado el paso a que el Reino Unido condicione también el desarrollo de la Unión Económica y Monetaria, lo que facilita una mayor integración de la eurozona. Y como he mantenido en los últimos años, podría permitir a la eurozona avanzar más rápidamente en procesos de integración política, fiscal y económica; es decir, el Brexit puede ser una oportunidad para abrir la puerta a una Europa de dos velocidades, donde los Estados euroconvencidos podrían acelerar el ritmo de integración.

Esto incidiría también en el fortalecimiento de las instituciones europeas y en la creación de otras nuevas y, lo más importante, se abandonaría el impasse permanente en el que ha estado inmersa la UE en los últimos años. Y permitiría superar el pesimismo y las dudas que han puesto de relieve que la vieja Europa tiene dificultades para renovarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Desde esta perspectiva, Europa puede ganar el espacio perdido en la comunidad internacional, afrontar la globalización sin complejos y recuperar su papel de actor global.

David Cameron es consciente de que el estatus de Londres como principal centro financiero de Europa es inviable fuera de la UE. David Cameron ha forzado la máquina en un momento de debilidad político-institucional, pero es consciente de que el estatus de Londres como principal centro financiero de Europa es inviable fuera de la UE; sabe que el Reino Unido necesita 140.000 inmigrantes-año para mantener los costes de una población envejecida y que la salida causaría un gran impacto en la inversión y el comercio a ambos lados del Canal de la Mancha, así como asimetrías y tensiones en materia de política exterior y de defensa.

Con el Reino Unido en la UE y las perspectivas favorables de permanencia que apuntan los sondeos sobre el referéndum se clarificará un poco más el panorama europeo y podremos vivir en una Europa más articulada e integrada, y con mayor influencia en el mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

16 de septiembre de 2015

  • 16.9.15
Los últimos acontecimientos a los que Europa asiste con la denominada crisis humanitaria de los refugiados sirios nos llevan a considerar que Europa podría estar perdiendo su corazón y su alma. Parece que la guerra y la tragedia siria son algo ajeno y lejano a la vida y a los intereses europeos. No hay corazón, no hay sentimiento alguno de horror y de rechazo a una de las crisis más graves que vive Oriente Medio. Son más de cuatro años de guerra, más de 200.000 muertos, más de 12 millones de desplazados y miles de desaparecidos.



Los países vecinos ya no soportan más el peso de los refugiados; Turquía ha recibido más de 1.590.000, Líbano 1.300.000, Jordania 654.000 y la ilustrada Europa, la misma que en 2012 recibió el Nobel de la Paz, se debate en el acogimiento de poco más de 120.000. Se debate y por fin se despierta de su letargo, cuando el drama humanitario alcanza a las capitales de Europa Central, del Este e incluso a las islas británicas. Los países centroeuropeos empiezan a sentir la misma presión y presencia que sufren los países del Sur.

Lo realmente grave no es debate actual sobre el reparto de refugiados y el cupo que Europa está dispuesta a admitir, sino la falta de corazón y de visión política para hacer frente a esta crisis humanitaria. Paradójicamente, Europa está viviendo y reaccionando ante ella de la misma manera tardía e ineficaz que lo hizo en relación a la crisis financiera griega. Parece que Europa se enfrentase a una profunda crisis existencial y que los dos pilares que le dieron fortaleza y orgullo en su proceso de constitución, su moneda, es decir, ¨su economía y la libre circulación de personas¨, se ponen de nuevo en cuestión.

¿Qué hizo la UE ante la crisis griega? Tardó en decidir y, cuando lo hizo, fue tarde y mal. ¿No hubiese sido mejor ofrecer un rescate sustancial y lógico a Grecia en mayo 2010 y no esperar casi 5 años en otorgar un tercer rescate sin ninguna garantía de éxito? Seguramente nos hubiese costado menos a los europeos y se hubiese resuelto la crisis del Euro con mayor facilidad. Pero Alemania retrasó las decisiones. ¿Qué vamos a hacer con la crisis migratoria y humanitaria? ¿Seguiremos el mismo modelo?

El Gobierno del presidente Zapatero ya pidió en 2007 una política común de migración y ahora nos volvemos a encontrarnos con Consejos Europeos extraordinarios que pretenden dar respuestas a crisis anunciadas. ¿Es que hemos olvidado que en julio, hace menos de dos meses, se cerraron en falso unas conclusiones de un Consejo extraordinario de la UE y sólo se aprobó la aceptación de 22.000 refugiados, cuando todos sabíamos que estas cifras serían totalmente insuficientes e inaceptables éticamente?

Ayer se aprobó una cifra de 120.000 asilados que sigue siendo pobre e insuficiente para resolver esta crisis. Y es que la UE se esconde tras ella y le falta liderazgo político para resolverla. Este es el caso de la crisis siria. La UE se moviliza a través de un tweet de un padre sirio con su hija vendiendo bolígrafos en el mercado de Beirut y recoge 200.000 dólares y se espanta por la foto de un niño muerto en la playa, pero es incapaz de liderar una iniciativa de paz.

Por ello, los dirigentes europeos deberían convocar urgentemente una Ginebra III bajo su liderazgo y forzar el inicio de un proceso político y diplomático de reconciliación. La alianza ¨militar¨ ha fracasado y las intervenciones militares selectivas no han dado resultado. El estado islámico Daesh avanza y la histórica Siria sufre la destrucción y la división.

¿Qué hemos hecho para salvar el templo de Bel en la histórica ciudad de Palmira Patrimonio de la Humanidad y cuna de nuestra civilización? Esa es la tarea que debería llevar a los dirigentes europeos a movilizarse y a exigir a todos los actores implicados un nuevo compromiso de paz. ¿A qué esperamos para la convocatoria de un Ginebra III donde tendría que estar presente Irán? Y otorgar a Naciones Unidas un papel más relevante. Habría que blindar y sellar todas las transacciones financieras que alimentan las actividades de ISIS y pedir a los países del Golfo una mayor responsabilidad para controlar a los mecenas y responsables radicales.

Ese es el verdadero problema de la UE, porque si no tiene corazón para actuar perderá su alma porque Europa no es sólo ¨un mercado¨, sino un proyecto donde los valores humanos y el respeto a las personas son parte de su vocación política. El presidente Hollande y la canciller Merkel reclaman responsabilidad y solidaridad. Estamos de acuerdo. Pero este respeto y solidaridad deben respetar los principios y valores europeos y movilizarse en favor de la protección de las personas, la paz y la seguridad de nuestro entorno más próximo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

20 de agosto de 2015

  • 20.8.15
En Asilah, en el Marruecos de influencia española, me llegó hace unos días la triste noticia de la desaparición de un gran hispanista amigo de España: Larbi Messari. Hace casi 30 años que le conocí. Acababa de llegar a Marruecos a una nueva misión como joven diplomático y me asignaron la tarea de ocuparme de la política interior del país. Esa fue la razón que me brindó la oportunidad de encontrarme con él. Era un editorialista ilustrado de los periódicos El Alam y L’ opinion y un claro defensor de las relaciones con España.



En nuestras conversaciones puso de manifiesto de inmediato la dialéctica en la que se mueven la mayoría de los hispanistas marroquíes: por una parte, un deseo intenso de reforzar las relaciones con nuestro país y, por otra, una clara defensa de los intereses y derechos marroquíes en sus contenciosos con España.

Larbi Messari fue el que denunció de una manera más gráfica algunas de las cuestiones que siempre han hipotecado nuestras relaciones bilaterales. Suya fue la divulgación de la afirmación "hay que desardinizar las relaciones hispano marroquíes". Sí, en aquel entonces, en las décadas de los años 70, 80 y 90 del pasado siglo los acuerdos de pesca eran uno de los principales obstáculos que impedían la fluidez y normalización de nuestros contactos.

Messari siempre militó por un diálogo franco y sincero. No ocultó sus claras reivindicaciones y siempre criticó con razón la falta de interés y de visión de muchos sectores españoles hacia el reino alauí. Larbi Messari fue el que me abrió los ojos para comprender muchos de los malentendidos históricos entre nuestras dos naciones.

En él se descubría la pasión por España y, sin embargo y como contrapartida, en múltiples ocasiones sólo recibía críticas o silencios. Luchó siempre para que el espacio hispano-marroquí ocupase el lugar adecuado en la historia de nuestros países y nunca cesó de trasladar su mensaje de hispanidad en los ejercicios docente, investigador y político.

Mi último encuentro con él fue hace dos años, con ocasión de unas jornadas hispano-marroquíes, donde pasamos revista a las últimas décadas de nuestra historia común. Fue en Rabat. Guardo en mi memoria su elaborada y rigurosa intervención en la que supo sintetizar su afecto por lo español y sus legítimas aspiraciones de defensa de los intereses marroquíes.

No obstante, creo que a pesar de los malentendidos que lo rodearon, hoy Larbi Messari, el hispanista marroquí, puede descansar en paz ya que muchos de sus sugerencias, propuestas y sueños de mejora de las relaciones hispano-marroquíes se han hecho realidad.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

22 de julio de 2015

  • 22.7.15
En primer lugar, un cobarde alivio: Europa ha estado tan cerca del abismo que hemos preferido no mirar los detalles del acuerdo. Lo peor ha sido evitado: Grecia no ha sido expulsada de Europa y la zona euro no ha estallado; las consecuencias geopolíticas de la salida de Grecia ya no tienen por qué temerse. Pero, ¿a qué precio? ¿Cómo no compartir las preocupaciones del Spiegel que describe este acuerdo como «un catálogo de agravios» impuesto a Grecia y «un retroceso para Europa»? ¿Cómo no compartir la ira de miles de griegos que tienen la impresión de que su voto ha sido pisoteado?



Sabiendo que los dos primeros planes de rescate, aprobados por «unanimidad», han llevado a un desplome de un 25% de la actividad del país y a que se disparen el paro y la pobreza sin que jamás disminuya la ratio deuda-PIB ¿quién puede pensar que este tercer plan puede sacar a Grecia de la crisis? ¿Cómo no ver el sufrimiento del pueblo griego cuando uno mira a esos jubilados cuyos ingresos han disminuido de un 30 ó 40% e intentan ayudar a sus hijos y a sus nietos sin tener con qué vivir dignamente?

¿Cómo aplaudir un acuerdo de contables cuando vemos a hombres y mujeres sufrir en carne propia la falta de acceso a la sanidad? Tras varios años de sacrificio que han permitido pasar de un déficit presupuestario de un 12% a un leve superávit, ¿cómo no compadecerse de los sufrimientos y de la ira del pueblo griego?

Pero también, ¿cómo no entender a los alemanes que ya están hartos de pagar? Porque los alemanes ya han pagado, y mucho; pagaron por la reunificación: cuando cayó el muro de Berlín, todos los dirigentes europeos manifestaron una inmensa alegría y su apoyo total…, pero Alemania se quedó sola a la hora de pagar las consecuencias de una división impuesta por los vencedores en 1945. Y a mediados de los años 2000, los alemanes también pagaron por las reformas Hartz 4 para impulsar el crecimiento de una Europa paralizada por una gobernanza anticuada.

Desde 1989, los dirigentes alemanes, tanto de derechas como de izquierdas, han declarado de forma regular que tenemos que cambiar radicalmente nuestras instituciones y construir una Europa política. Ahora, una Europa paralizada, donde cada uno piensa en sí mismo, el único instrumento del que dispone un país que busca relanzar su crecimiento a corto plazo es el dumping fiscal o salarial.

Con Hartz 4, los asalariados alemanes sucumbieron en pocos años a una bajada de su salario real de 7% de media… Reunificación y Hartz 4: los alemanes ya han pagado dos veces la carencia de Europa. Por tanto, se puede entender que ya no quieran pagar por los griegos. Pero, ¿y nosotros? ¿Estamos seguros de que los franceses, los españoles o los belgas queramos pagar?

Todos somos griegos alemanes. Todos queremos ser solidarios pero no queremos pagar. ¿Cómo salir de semejante esquizofrenia? Primero, explicando a los ciudadanos que la contabilidad de los Estados no es la de una familia y, luego, construyendo cuanto antes una nueva Europa.

Durante esta crisis nos han dicho durante que debíamos hacer un esfuerzo de solidaridad y también de responsabilidad. Estamos de acuerdo si sabemos utilizar correctamente estos dos conceptos.

Sí, fuimos solidarios con Alemania en 1953, cuando este país pidió que se reestructurase su deuda y el conjunto de los acreedores aceptó una quita del 62%. Alemania se benefició también de un plazo de 5 años para pagar los intereses y de un período de 30 años para reembolsarla, sabiendo que se podían suspender los reembolsos si representaban más de un 5% de los ingresos debidos a las exportaciones. Y fuimos también responsables y nadie le pidió a Alemania que saliera de la Europa naciente. Y ningún contribuyente francés o italiano tuvo que pagar más impuestos por ello.

¿Por qué lo que fue posible en 1953 para Alemania no es posible en 2015 para Grecia? Ser responsable hoy exige ser solidario y proponer soluciones. Una situación aún más fácil hoy ya que, desde principios de año, el BCE compra deuda pública por 60 mil millones de euros al mes. &0 mil millones de euros creados ex profeso y puestos a disposición gratuitamente de los bancos privados. En total, el BCE prevé inyectar al menos 1 billón 200 mil millones. ¿No se podría coger de esa canasta los 80 mil millones necesarios para que Grecia satisfaga sus compromisos los próximos 3 años?

Vemos claramente que el problema no es financiero sino, sobre todo, político: ¿es posible aún que un pueblo de Europa elija una política que rompa con las políticas neoliberales que guían el mundo desde hace unos treinta años? Si queremos liberar a Europa del «rapto» de los mercados y del «dictado» financiero, si queremos sacar a Europa del oscurantismo fatalista, de su noche profunda, sólo tenemos que recuperar de nuevo el impulso, la visión y la metodología de los «padres fundadores». Jean Monnet y Robert Schuman cuando se propusieron crear la CECA tomaron una decisión política, con un programa económico pero, sobre todo, con un compromiso político fuerte. Sí, es la política la que ha imaginado y concebido la Unión Europea de hoy.

Grecia tiene que emprender reformas de gran calado. Nadie lo cuestiona. Es inaplazable modernizar el Estado, luchar contra el clientelismo y la corrupción, hacer más sostenible el sistema de pensiones e instaurar una fiscalidad eficiente. A primera vista es lo que quiere emprender el nuevo gobierno griego. En vez de provocar un caos político y social en el país dejémosle un año o dos para llevar a cabo esta modernización y busquemos el modo de ayudarlo.

Europa se encuentra en una encrucijada. Desde 2008, se ha dado mucho a los bancos mientras que los pueblos se siguen apretando el cinturón. La vieja Europa ha muerto. Más allá de algunas medidas de urgencia para evitar el caos en Grecia, es prioritario construir una nueva Europa, empezando con un número restringido de países que compartan la misma ambición social y democrática, y por qué no con el Eurogrupo.

Una Europa que luche contra los paraísos fiscales y contra el “dumping” fiscal (¿saben que la tasa media de impuestos sobre beneficios ha caído de un 25% en Europa mientras que alcanza un 40% en EEUU?); una Europa que deje de oponer a unos pueblos contra otros y que alimente una caja de solidaridad mediante la tasa Tobin (una estrecha cooperación fue lanzada por 10 países en 2013 y pretendió implantar esta tasa sobre las transacciones financieras, aunque está bloqueada por los lobbies bancarios. Ésta podría reportar cada año entre 50.000 y 80.000 millones de euros según datos de la Comisión).

Una Europa que luche contra las deslocalizaciones con un Tratado de Convergencia Social; una Europa en la que los 1.200.000 millones que el Banco Central Europeo ha previsto inyectar al sistema en los próximos años se utilicen para financiar la economía real y, en particular, la transición energética, lo que permitiría reactivar la actividad en Francia y Alemania, así como en Grecia, en vez de alimentar la especulación; una Europa con menos competencias pero dotada de una diplomacia y defensa propias que la conviertan en una fuerza de paz; una Europa democrática en la que el poder no esté a manos de los lobbies y los tecnócratas, sino en el voto ciudadano que determine cada cinco años las políticas implementadas por un gobierno responsable ante el Parlamento… Pensamos que ha llegado el momento de reforzar políticamente el Eurogrupo. Necesitamos de nuevas instituciones políticas que puedan «federar» los estados miembros.

En mayo de 2012, François Hollande dijo que lucharía por cambiar Europa. En su alocución del 14 de julio de 2015, afirmó que era necesario construir «a plazos» un gobierno económico de la zona euro. ¿A plazos? Dada la gravedad de la situación, no hay tiempo que perder.

Si Europa es una familia, tenemos que ser capaces, como en una familia, de hacer las paces y de reanudar el diálogo cuando el cansancio y los nervios han llevado a la discusión. Todos los que han seguido las negociaciones desde hace 6 años y desde hace sólo 6 meses pueden establecer una lista de los errores cometidos por unos y otros. Miles de griegos se sienten humillados, pero miles de alemanes también fueron humillados cuando algunos hablaron de la deuda de los nazis.

Igualmente, miles de europeos, confusos y atolondrados, miran este partido de ping-pong griego-alemán… En vez de rumiar esas humillaciones, en vez de grabarlas en los tratados, es urgente completar el acuerdo con Grecia para reestructurar su deuda e impulsar una negociación para fundar de nuevo Europa con los ciudadanos.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS, MICHEL ROCARD
PIERRE LARROUTUROU Y PHILIPPE MAYSTADT

17 de julio de 2015

  • 17.7.15
El fallecimiento del ex ministro de Asuntos Exteriores, Saud El Faisal, ha pasado casi inadvertido para la opinión pública por la hiperinflación de noticias y las crisis que afectan a la comunidad internacional. Y sin embargo, la desaparición del ministro saudí, decano de la diplomacia mundial durante varias décadas, requiere de un merecido testimonio de reconocimiento por la labor ingente que despeñó durante sus 40 años como jefe de la diplomacia de Arabia.



Nadie puede negar el carisma y la capacidad diplomática de Saud El Faisal. Y difícilmente podemos entender la historia de Oriente Medio sin referirnos a su visión y a la labor realizada por este brillante político que concilió inteligencia y “savoir faire”, tradición y modernidad. No le fue fácil abrirse camino en los tortuosos senderos de la diplomacia medio-oriental y consolidarse como uno de los valores inequívocos de la política exterior de su país y de todo el mundo árabe. Saud El Faisal lo consiguió; y su mirada aguileña y perspicaz lograba primero atraer la atención de sus interlocutores para después convencerles con sólidos argumentos que sorprendían por su originalidad.

Era un “privilegio” escuchar sus intervenciones en las conferencias internacionales pero, sobre todo, lo más sorprendente eran sus intervenciones improvisadas, cuando se adentraba en el juego dialéctico de la negociación internacional. Conocía muy bien la mentalidad árabe y también la occidental, y en particular la anglosajona, pues fue alumno de Princeton. Cuántas veces admiré cómo extraía las contradicciones y el doble rasero de la política occidental en Oriente Medio.

Su porte y elegancia se hacían sentir de manera casi inevitable en las salas de conferencias y eran inmediatamente percibidas por la mayoría de las delegaciones; su presencia emanaba una “autoritas” especial que lo distinguía de entre los jefes de delegación.

Para todo el mundo, y también para España, su pérdida es muy sentida y el mejor homenaje a su figura debería ser desarrollar su legado. Tuve la oportunidad de participar en algunas de las páginas escritas a lo largo de su dilatada trayectoria. Fueron muchos los encuentros y reuniones que mantuve con él a lo largo de los últimos 25 años. Recuerdo las audiencias en Riad o Yeddah, o cuando quiso conducir el vehículo desde el aeropuerto al ministerio, o cuando me recibía en el Waldorf Astoria vestido a la occidental, con una elegancia y naturalidad sorprendentes.

Fueron muchas las batallas diplomáticas que libró y ganó pero quizás su máxima contribución fue los Acuerdos de Taef (ciudad en la que nació), así como la iniciativa de Paz Árabe presentada en Beirut en 2002. Esta no era más que una propuesta renovada de lo que fue la iniciativa del Rey Fahd, presentada en la Cumbre de la Liga Árabe en la ciudad de Fez, denominada “Plan Fahd”, que persiguió la solución al problema palestino. Probablemente este haya sido uno de sus sueños incumplidos, pero su última propuesta y los esfuerzos que realizó durante los últimos años podrían ser la base de una solución definitiva al conflicto israelo-palestino.

Su liderazgo en el mundo árabe no tenía parangón y su decidida voluntad de reforzar la unidad árabe y dotarla de un futuro mejor no le impidió nunca ser claro y sincero: denunció el liderazgo de Bachar el Assad o el del primer ministro irakí Al-Maliki. Recuerdo, como si fuera ayer, las palabras de Saud el Faisal unos días después de la caída de Bagdad, que me alertaron de los peligros y desafíos de apoyar unos nuevos liderazgos sectarios en Irak, pues serían incapaces de devolver la estabilidad y la seguridad a la antigua Mesopotamia.

Al renunciar hace dos meses a la dirección de la diplomacia saudí comprendí que mi amigo Saud quería decir adiós a su misión en el mundo. No debería extrañarnos que su desaparición coincida con el final de una etapa. Una etapa que se inició hace más de 40 años y que logró conducir a su pueblo y a un país, a pesar de una historia nómada y olvidada, en uno de los principales actores del orden internacional. En esta hercúlea tarea el príncipe Saud El Faisal tuvo mucho que ver y realizó importantes contribuciones.

Paradójicamente, en la misma semana desaparecen dos mitos de la reciente historia de Fenix-Arabia. El diplomático saudí y el actor de cine Omar Sharif, que representó de manera magistral a Alí Idn El Harish, uno de los líderes de la revuelta árabe en “Lawrence de Arabia”. Esa revuelta árabe incorporada al imaginario colectivo ha perdido a dos de sus máximos referentes.

España debe mucho a Saud El Faisal. Su designación como ministro coincidió con la España democrática y tuvo su primer colega en Marcelino Oreja. Todos los ministros de Asuntos Exteriores de España tuvimos múltiples ocasiones de reforzar nuestras relaciones con él y con su país. Su amistad con el Rey Juan Carlos I fue un plus que favoreció el trabajo de la diplomacia española.

Siempre siguió muy de cerca la vocación arabista española y, por elle le invité a participar en la inauguración de Casa Árabe. Ahora esta institución podría organizar en su honor unas jornadas en memoria y reconocimiento de su amistad y cooperación con nuestro país. Adiós al Príncipe Saud El Faisal, adiós a un político comprometido con la comunidad internacional, adiós a un aliado de España y a un amigo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

3 de julio de 2015

  • 3.7.15
Cuando todos creíamos que la Guerra Fría era cosa del pasado y los espías meros personajes de ficción de las novelas de John le Carré, he aquí que en estos últimos años nos hemos visto envueltos en las viejas prácticas de la antigua y denostada diplomacia. Todo parecía bien regulado y los servicios de inteligencia, necesarios en todo país moderno respetuoso con el estado de derecho, cumplían fielmente y con eficacia sus labores de información y protección de los intereses nacionales. Hasta aquí nada que objetar.



Sin embargo, cuando estalló el caso Snowden, se reveló con claridad el grado y la intensidad de las actuaciones de los servicios y agencias de información norteamericanas que espiaron a todo el mundo, incluidos a los países aliados. En este sentido, habría que haber puesto en marcha algunas medidas y mecanismos para frenar y exigir responsabilidades por las violaciones de uno de los principios sagrados de las democracias occidentales: el respecto a la privacidad e intimidad de las personas.

Cuando estalló este caso se afirmó, y así se sigue haciendo hasta ahora, que la razón que justifica estas acciones es el establecimiento de garantías de seguridad para la ciudadanía y para incrementar la eficacia de la lucha contra el terrorismo; surgida a raíz del 11 de septiembre y prolongada hasta hoy por las amenazas del mal llamado Estado Islámico (ISI).

Aunque estas explicaciones sean lógicas y puedan calificarse de aceptables, la opinión pública europea no entiende por qué es necesario escuchar y espiar a líderes aliados, salvo que la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana estime que la canciller Merkel es una peligrosa radical islamista o el presidente Hollande, un fanático miembro del ejército del ISI.

Las recientes revelaciones del espionaje a los últimos presidentes de la República francesa no debieran extrañarnos pero sí requerirían de una reacción enérgica y contundente de los políticos europeos. Parte de esta situación se debe a que no se reaccionó adecuadamente cuando se conocieron las actuaciones reveladas por Snowden. La Unión Europea debería haber exigido explicaciones y reparaciones a su aliado norteamericano.

No creo que el presidente Obama fuese consciente de la gravedad de esta situación, pero los europeos no deberían haberse quedado satisfechos con unas simples declaraciones de que EE.UU. ya no realizaría más acciones de este tipo en el futuro. Lo que hace falta es un compromiso real y vinculante para que esta situación no se vuelva a repetir. Y hasta que no se logre, los europeos deberían ralentizar las negociaciones del TTIP, el Tratado de Comercio e Inversiones entre EE.UU. y la Unión Europea.

No se puede firmar un Tratado de tanta transcendencia con un aliado que escucha y espía a sus más próximos socios e interlocutores. ¿Cómo podríamos negociar nuestros intereses comerciales si somos incapaces de defender nuestros valores esenciales de ética democrática? ¿Cómo EE.UU nos tomará en serio si no somos capaces de exigir la reparación de aquello que forma parte de nuestra ciudadanía democrática?

Y, en este sentido, podríamos además preguntarnos ¿qué hubiese ocurrido si las escuchas y las actuaciones hubiesen sido ejecutadas por la Federación de Rusia y dirigidas por los herederos de la siempre opaca KGB? Estoy seguro que la Unión Europea y los Estados miembros habrían llamado a consultas a todos sus embajadores en Moscú y se hubiesen reforzado aún más las sanciones contra Rusia. Todo el imaginario colectivo de la «guerra de espías» se hubiera desencadenado sin duda alguna.

Es por ello que antes de ampliar el campo de actuación de las escuchas para prevenir y luchar contra el terrorismo convendría actuar siempre dentro de un marco legal y de respeto al estado de derecho. Paradójicamente, Francia se queja de las escuchas de los norteamericanos y, ese mismo día, decide cambiar su legislación y permitir que se controlen las comunicaciones de los extranjeros en su país. Todos tenemos que ser solidarios en la lucha contra el terrorismo; todos debemos condenar sin paliativos los actos de barbarie que se han producido en Francia, pero hay que recordar que los autores eran franceses y no extranjeros.

Todos estamos de acuerdo en que el Estado y el Gobierno francés deben movilizar sus recursos para erradicar esta amenaza, pero todos debemos defender también que la mayor y mejor arma de la que disponemos los demócratas frente al fanatismo es profundizar y defender sin fisuras el Estado de Derecho y los principios y valores de nuestro sistema democrático.

La cooperación internacional es necesaria y el conocimiento de las redes yihadistas también, como lo prueban los atentados en países musulmanes y la última tragedia de Túnez, aunque no se deben aplicar indiscriminadamente medidas contra extranjeros cuando los autores de los atentados son tus propios nacionales. No podemos caer en la incitación de abrir una guerra entre culturas y civilizaciones.

La patria de la libertad ha caído en la trampa de la insaciable sed de conocer más y más información; se puede comprender por los horribles y abyectos atentados sufridos contra Charlie Hebdo y los últimos perpetrados en territorio francés, pero difícilmente se pueden justificar si defendemos los valores y principios de sociedades democráticas avanzadas. Si se sigue en esta dirección y se cae en esta trampa volveremos peligrosamente a los tiempos denunciados por Émile Zola: j’accuse, y se acusará antes de tiempo a extranjeros que no siempre contarán con garantías legales suficientes para sus defensas.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

3 de junio de 2015

  • 3.6.15
La destrucción de la historia se ha convertido en una obsesión fanática del mal llamado Estado Islámico (EI) y de su torcida versión del Islam, que ataca deliberadamente el patrimonio cultural de la humanidad y de sus civilizaciones. Pretende borrar los símbolos monumentales de Oriente Medio que es lo mismo que reducir a polvo las culturas de Oriente y Occidente, de Persia y el Mediterráneo. La destrucción de los vestigios históricos es un ataque frontal del fanatismo contra la civilización y, por ello, la Unesco lo califica de crimen de guerra y solicita, con poco éxito, la intervención de la comunidad internacional.



Por ello, creo que estos delitos debieran juzgarse por tribunales internacionales como crímenes contra la humanidad, porque la historia y la cultura forman parte de ella. La opinión pública internacional debe movilizarse con rapidez y sin titubeos para detener esta espiral de odio y de destrucción contra las civilizaciones, así como exigir a los Estados y a los organismos multilaterales una intervención rápida que detenga la demolición de la historia y preserve el patrimonio de toda la humanidad.

Tras los graves destrozos en el museo de Mosul del pasado mes de febrero y la destrucción de los yacimientos asirios de la ciudad de Nimrud (siglo XIII a.C.), donde los autoproclamados yihadistas utilizaron maquinaria pesada para demoler hasta los cimientos, le toca el turno ahora a La Perla del desierto: Palmira. La inquietud y los llamamientos del jefe de arqueología de Siria, Abdel Karim, para preservar Palmira no deben caer en saco roto, pues se perdería una de las más importantes ciudades de la Ruta de la Seda donde han recalado caravanas desde tiempos inmemoriales.

La inspiradora Palmira, rodeada por el árido desierto sirio, debe permanecer impertérrita ante la historia y ante los ataques de aquellos que promueven la barbarie con la destrucción de la cultura. Palmira debe lucir orgullosa su avenida de columnas, sus teatros, sus baños y sus enterramientos, y debe conservarse para las generaciones futuras su figura esbelta y misteriosa, y su atmósfera serena.

La comunidad internacional pero, sobre todo, desde Europa y el mundo árabe deberíamos emprender campañas y movilizaciones ciudadanas para preservar la vieja Tadmor. Y para estudiar y visitar este enclave estratificado de historia y de leyendas. Palmira debe convertirse en un símbolo de la defensa de las civilizaciones y de la resistencia frente a los fanáticos que pretenden demoler la historia en su lucha por el control de los yacimientos de petróleo y de gas del Saher.

Y desean apoderarse también de las plantas de bombeo de Sujna, al sur de la estratégica ciudad que abre el camino hacia el valle del Éufrates. Si Palmira se salva de la piqueta delirante del EI y se convierte en un símbolo de defensa de las civilizaciones y de las culturas, no escucharemos los gritos de socorro de la historia.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

20 de noviembre de 2014

  • 20.11.14
Las últimas semanas nos han traído noticias sobre el reconocimiento del Estado Palestino. Desde el anuncio formal de Suecia de su pleno reconocimiento hasta las decisiones de algunos parlamentos europeos de instar a sus gobiernos a ese paso, junto a las declaraciones de la Alta Representante de la UE, brindan posiciones y decisiones esperanzadoras en favor de una cuestión que debería haberse resuelto hace años.

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El Parlamento español votó este martes una resolución en este sentido, a propuesta del Grupo Socialista, que contó con el apoyo prácticamente unánime de la Cámara. No obstante, el reconocimiento del Estado Palestino no es algo nuevo y, por ello, la opinión pública española y europea deben recordar que, en mayo de 1999, Europa adoptó la Declaración de Berlín en la que se comprometió a reconocer el Estado Palestino en su momento.

Pues bien, parece que el momento ha llegado y que esta decisión política de gran trascendencia puede adoptarse en los próximos meses. Recuerdo que me correspondió negociarla como enviado de la Unión Europea para el Proceso de Paz en Oriente Medio y no puedo olvidar las dificultades y obstáculos con los que me encontré en aquel entonces; años en los que los Estados europeos sólo declararon su compromiso de reconocer un Estado Palestino sin fijar fecha límite y una decisión final.

Hoy las circunstancias han cambiado y merece la pena explicar por qué ha llegado ese momento, y por qué todos los actores implicados en el proceso deben acoger y defender esta decisión de forma favorable, como un paso esperanzador hacia la paz.

Pienso que hay que desmantelar los argumentos contrarios y defensivos que entorpecen el reconocimiento. Principalmente, Israel, apoyado por Estados Unidos y por algunos países europeos sumisos, reitera con firmeza, aunque sin razón, que el reconocimiento del Estado Palestino representa una acción unilateral que contraviene el espíritu y la letra de las negociaciones de paz.

Para estos interlocutores, el Estado Palestino sólo se creará y se reconocerá como resultado final de la negociación. Este razonamiento es inexacto tanto en el fondo como en la forma. Si todas las partes, incluidos Israel, Estados Unidos, la UE y el Consejo de Seguridad, han abogado por la solución de los dos Estados. ¿No fue unilateral la decisión inesperada y valiente, del 14 de mayo de 1948, del primer ministro israelí Ben-Gurión por la que se estableció el Estado de Israel y se solicitó su reconocimiento internacional? ¿Por qué esta decisión no fue unilateral y, en cambio, sí lo es el reconocimiento del Estado Palestino? ¿Por qué no votar y legitimar las aspiraciones de todo un pueblo otorgándoles sus derechos de estatalidad con sus respectivos deberes y obligaciones?

Por el contrario, pienso que la declaración del Estado Palestino puede ayudar a resolver las negociaciones pendientes en pie de igualdad. ¿Qué necesita el pueblo palestino para que se le reconozca su “estatalidad”? ¿No son suficientes los miles de documentos, resoluciones y declaraciones acumuladas en los archivos de Naciones Unidas y en todas las cancillerías del mundo para resolver definitivamente la causa palestina?

Aquellos que se oponen al reconocimiento arguyen la división entre Cisjordania y Gaza, y entienden que esta separación no garantiza la cohesión y la unidad palestina. ¿Pero no percibimos cómo el presidente Mahmund Abbás está haciendo todo lo posible por unificar y controlar todos los movimientos y fuerzas palestinos? ¿Por qué no ayudarle en esta tarea de trasfondo histórico?

Algunos afirman que si no existe una definición clara de fronteras no se puede reconocer un Estado. Pero, ¿es que el Estado Israel tiene una delimitación clara de fronteras? ¿Es que esa indefinición sobre su territorio le ha impedido el reconocimiento internacional?

Es cierto que los palestinos quieren garantías sobre cuáles serán sus fronteras definitivas y, por ello, ha presentado una resolución ante el Consejo de Seguridad en la que se ponga fecha final a la ocupación de los territorios ocupados en 1967, porque entiende que es un elemento complementario al proceso de reconocimiento del Estado Palestino.

No todas estas razones son suficientes porque hay muchas otras que también favorecen a Israel. Su Estado saldría ganando si reconoce a Palestina y si se fijan definitivamente sus fronteras. Esta negociación con Israel es la que se echa en falta en las resoluciones que se adoptaron en Londres o pueden tomarse en Madrid y París.

El reconocimiento del Estado Palestino puede constituir un instrumento diplomático esencial para desbloquear el dramático impasse. Hay que ofrecer a Israel lo que denomino proceso de doble reconocimiento. Europa, Estados Unidos e Israel deben reconocer al Estado Palestino y el mundo árabe el Estado de Israel.

Esta sería la propuesta diplomática para sentar a las partes a la mesa de negociación. Para ello, habría que resucitar la Iniciativa Árabe de Paz y promover una negociación seria durante los próximos meses, máximo un año.

Al término de ésta, bien se habría alcanzado la paz y se procedería al doble reconocimiento o, si fracasa, cada Estado tomaría libre y soberanamente la decisión de reconocer a un pueblo que lleva casi 100 años luchando por su dignidad histórica, y se establecería libremente un Estado Palestino y su reconocimiento internacional. Probablemente, la vía del reconocimiento conduzca a Israel y Palestina a la paz.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

5 de noviembre de 2014

  • 5.11.14
Un año más, y con éste son 23 consecutivos, la Asamblea General de Naciones Unidas ha pedido a los Estados Unidos el fin del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a Cuba. De los 193 Estados miembros de la Asamblea, 188 han apoyado la supresión del embargo, algo que está en línea con las opiniones que se extienden a lo largo y ancho de ese gran país, en el Estado de La Florida y también en Washington.

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Y así lo recoge la macroencuesta realizada por el Atlantic Council a principios de año, donde se aprecia un rechazo mayoritario al embargo más largo de la historia, que acumula no sólo sufrimiento entre la población cubana, sino también un coste económico superior al billón de euros.

Muchos son los medios de comunicación y las voces que se alzan en Estados Unidos contra el embargo a Cuba y ello obedece fundamentalmente a dos razones; la primera, la ineficacia del bloqueo, y la segunda, el perjuicio mutuo, pues no es sólo la Isla, sus autoridades y ciudadanos los que sufren sus efectos, sino también los norteamericanos.

Como ha reconocido en diversos foros, y en sus propias memorias, la antigua secretaria de Estado, Hillary Clinton, el embargo cubano es un escollo para el desarrollo y el crecimiento de las buenas relaciones político-diplomáticas del hemisferio americano, así como para los intercambios de todo tipo.

Es el momento de suprimir esta vieja figura de la política internacional y de iniciar una nueva era de colaboración entre Estados Unidos y Cuba. Sería muy recomendable que Washington siguiera los pasos de Bruselas y desmantelara el bloqueo; sería deseable que Estados Unidos cogiera la mano tendida y respetuosa que le ha ofrecido Cuba, y se iniciara una política de cooperación entre ambos Estados.

Como todos los países miembros de la comunidad internacional, Cuba y Estados Unidos se enfrentan a retos y desafíos que, como el cambio climático o la seguridad en todas sus dimensiones, requieren de colaboración y confianza mutua en un plano de soberanía e igualdad.

Estoy convencido que las sinergias entre ambos países serían muy variadas y creativas, pues tienen un gran potencial de desarrollo. La colaboración entre ambos Estados tendría repercusiones inmediatas en toda América Latina y en buena parte del mundo, pues la diplomacia sanitaria impulsada por La Habana tiene el reconocimiento de los organismos multilaterales y de muchos Estados miembros de la comunidad internacional.

La crisis del ébola así lo atestigua. Los beneficios que supone el envío de personal sanitario a Liberia, Sierra Leona y Guinea, no sólo incidirá en el control de la propagación del virus, sino también muestra a una Cuba humanitaria y solidaria que capta y suma voluntades en la comunidad internacional, como lo prueban las votaciones sobre el embargo de la Asamblea General de Naciones Unidas.

Desde 1963, la diplomacia de las batas blancas ha situado en América Latina y África a más de 130.000 profesionales cubanos que, al margen de las divisas que ingresan, prestigian a Cuba y muestran su solidaridad internacional a pesar del sufrimiento y las carestías que provoca el bloqueo.

Los sanitarios cubanos que combaten hoy el ébola en el Áfica Occidental trabajan con el ánimo de reducir las previsiones de la OMS que señalan que en dos meses habrá 10.000 infectados por semana. Ellos saben que la colaboración es la mejor arma para luchar contra el virus y para reducir las cifras de muertos.

Creo que el espíritu colaborativo impulsado por Cuba debe trasladarse, con el refrendo de la Asamblea General, a un escenario de diálogo con Estados Unidos, que toma conciencia de la ineficacia del embargo. De este modo, se podrá abrir el bloqueo y dar paso a la colaboración.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS



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