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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La putada de ser piano [Carlos Serrano]. Mostrar todas las entradas
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20 de noviembre de 2021

  • 20.11.21
Emilio Arrieta, de padre mexicano y madre afgana, se cagaba con fuerza en aquellos sujetos que, de manera tan alegre e inocente, afirmaban que la Guerra Fría finaliza cuando toca el suelo la última piedra de aquel Muro de Berlín en el frío noviembre de 1989.


Arrieta miraba con preocupación el avance talibán en Kabul en 2021. La memoria comenzaba a fallarle, pero Arrieta no podía olvidar que, en aquellos años en que Bin Laden era el mejor aliado estadounidense para derribar helicópteros soviéticos, la CIA dejó una cuenta abierta en su bar de más de mil cervezas y otras tantas raciones de su archiconocido guiso de cabra albanesa. Las pérdidas eran compensadas por las ventas producidas durante los partidos del Shaheen Asmayee Football Club. El bar de Arrieta era el único que tenía televisión en la zona desértica de Puli Alam.

Resumiendo, para Arrieta los norteamericanos eran únicos derrocando gobiernos, pero pésimos pagadores de deudas a largo plazo. A pesar de ello, consideraba que tenía suerte. Su tío jamás disfrutó de que le fuera pagada la enorme cantidad de dinero debida a su cantina tras la Primera Guerra del Golfo.

Su familiar cometió un error: pedir en persona el pago de la deuda al jefe de Operaciones Especiales, cliente asiduo. Misteriosamente, tras reclamar su dinero y montar todo un espectáculo en la base de Estados Unidos, no volvieron a ver a su querido tío.

Regresando al guiso, la receta la heredó de su abuelo. El truco consistía en alimentar la cabra con pienso bañado en licor casero de canela. Jamás indicará Arrieta desde dónde le enviaban el licor. Cuando fue torturado por los norteamericanos en Guantánamo, debido a que un mal día lo tiene cualquiera si no eres blanco en Estados Unidos, dicen las crónicas no oficiales que fue la única pregunta que le formularon los miembros de los Cuerpos Especiales: quién era su proveedor de licor de canela. Convertía la carne de cabra albanesa, animal huesudo y poco apetecible, en un manjar por el que matar, literal y no literalmente.

Arrieta era hostelero militar, en definitiva. Hostelero por lo obvio de su oficio. Militar debido a que, por razones que ignoraba, únicamente acudían soldados y espías a su local. Toda una incógnita. Su estudio de mercado presagiaba que, si te bombardean todos los días y te invaden norteamericanos y soviéticos, es difícil que acudan familias a degustar el menú familiar que tenía en oferta. Ignoraba si tener un aspecto rudo hacia creer a sus clientes que había servido alguna vez en el ejército. Nada más lejos de la realidad.

Pudo librarse del servicio militar obligatorio debido a que logró convencer al alistador de que era mucho más útil en la cantina. Su argumento era de peso: había escuchado de todo en su puesto de trabajo mientras limpiaba la barra y ordenaba las mesas vacías debido a que se acercaba la hora de cierre.

Desde los gustos de alcoba de la mujer del teniente coronel, hasta quién era el soldado culpable del robo de la cabra del embajador de Marruecos. Resumiendo, mejor chivato civil que el chivato del cuartel. Así fue como logró que hiciera la CIA la vista gorda ante ciertas irregularidades halladas entre sus libros de cuentas. Arrieta no necesitaba en Kabul chaleco antibalas: su alto conocimiento en chismorreos era el mejor escudo. Los marines tenían su punto de cotilleo, como todo hijo de vecino.

De guardar rencor Arrieta a los Estados Unidos, no era por destruir su país y cultura. Esa cabra robada al embajador marroquí fue una operación encubierta para plagiar su famoso plato. No tenía pruebas, pero tampoco dudas. Por un lado, desapareció la cabra. En segundo lugar, unos días después, su proveedor de canela –el misterio que guardó en sala de tortura, recordemos– le indicó que debía tener paciencia con el pedido. Algún comprador compulsivo de canela había agotado las existencias en el mercado.

Para finalizar, en una de las bases que le otorgaba mayor índice de clientela habían caído enfermos varios soldados y oficiales a causa del estómago. Si hay algo indigesto en este mundo es una mala copia de guiso de cabra albanesa con cabra marroquí. Y mucho más si lo cocina un inútil, de lo más profundo de los Estados Unidos, que lo más parecido que ha viso en técnicas de cocina es cambiar el aceite al tractor de una granja.

Intentando olvidar semejante falta de respeto, Arrieta ve a los refugiados huir en los aviones mientras disfruta de un café. No es optimista: la deuda seguirá sin saldarse. De nada sirvieron sus contactos con The New York Times y The Washington Post. Si no era un reportaje de los que dan Pulitzer, no interesaba a las grandes cabeceras de occidente.

Emilio Arrieta lamentó que en su problema no hubiera algún escándalo, político o social, que llamase más la atención de los periodistas. Tampoco les guardaba rencor. Mientras disfrutaba del confortante aroma cafetero que desprendía la taza de delicada porcelana, Arrieta dudaba mucho de que Robert Redford y Dustin Hoffman aceptaran protagonizar Todos los hombres de la cabra albanesa.

CARLOS SERRANO MARTÍN

3 de agosto de 2021

  • 3.8.21
El anciano está sentado en el centro del salón. La silla es de color marrón oscuro. Nuestro anfitrión tiene un montón de documentos encima de la mesa redonda, cubierta con un tapate de ganchillo blanco. Las cartas abiertas del banco, junto con las facturas y diversos informes médicos, forman una cascada de papel encima del antiguo mueble de madera.


Logra el hombre, finalmente, encontrar con esfuerzo el papel que justifica nuestra presencia en su casa. Con la mano temblorosa sostiene la factura de la luz entre sus manos. Al mismo tiempo, despotrica contra todos los órganos gubernamentales existentes. También los empresariales son dianas de sus improperios, causantes de la elevada cifra que habita al final del folio.

No queda más remedio que darle la razón. No es por cerrar una venta, es que la tiene. Es un elevado conjunto de números para un único usuario que habita con sus escasos muebles como compañeros de piso. El anciano enseña la casa para que veamos, mi compañero y yo, los pocos electrodomésticos que tiene el apartamento.

Una vez realizada la visita, nos ofrece café. Tras el primer sorbo, mi compañero se pone las manos encima de las rodillas y deja que lleve yo el peso de la oferta de nuestra compañía energética. Abrimos la carpeta y sacamos la tabla con nuestros precios junto al bolígrafo.

Es una coreografía para ganar tiempo. Siendo sincero, ignoro cómo vender al caballero que, tan amablemente, me abre las puertas de su casa. Me ayudo de dotes teatrales, heredadas de mi padre, para aparentar la seguridad que me falta en estos momentos.

Hablo de cifras e instalaciones como si me hubiese criado entre contadores y enchufes. Se hubiese agradecido mayor participación del compañero, aunque no puedo culparlo. Es una situación muy incómoda: violar la intimidad de varios hogares al día con la meta de que firmen un documento lleno de datos que, aunque hayas explicado, no dejan nunca de estar del todo claros.

De hecho, a modo de limpieza de conciencia, debes consultar el manual de la compañía para asegurar que has seguido todos los pasos y explicado todos los detalles. De lo contrario, corres el riesgo de que, al primer cobro, el cliente cause baja. Adiós comisión. Este es el trabajo. Puedes decir a los familiares y amigos que trabajas como asesor de una empresa importante, si así lo prefieres, pero eres recolector de firmas del enorme bloc de contratos que te dan en la oficina.

Alguien debe hacerlo. No es un trabajo del cual las madres presuman ante los vecinos y amistades. No es el sueño de cualquier crío ser comercial energético. Si existen casos, es señal inequívoca de que estamos condenados a la extinción como especie.

Pero no perdamos de vista al anciano, por favor. Dice que es su hija la que le organiza estos asuntos. Con cierto temor suelta las palabras. Da la sensación de que tiene miedo de faltarme al respeto negándose a firmar el trozo de papel amarillo que he colocado frente a él. En ese momento, es cuando noto algo que se revuelve dentro de mí.

En mi papel de representante de una importante compañía, para la que este señor no supone más que el número de su contador, debo evitar a los hijos. Pues él es el titular del contrato energético. Su firma es la que vale para que, en mi cuenta corriente, llegue algo parecido a un sueldo.

Hago uso de todo el repertorio del vendedor barato: las ofertas no son eternas; ante cualquier duda la centralita está 24 horas a su servicio; mi persona está a su disposición ante cualquier duda que pueda plantearse con los servicios contratados. Todo ello, entre bromas contra el Gobierno y mofas contra el equipo rival de fútbol.

Para la venta es mejor dejar tu personalidad en la entrada de cualquier hogar. Es agotador ser de todos los partidos políticos y de ninguno, de todos los equipos de fútbol y de ninguno. Siempre conoces a algún conocido, o tienes algún amigo, que vivió una situación parecida a la que describe el cliente a modo de protesta contra su actual empresa de servicios lumínicos.

Cuando llegas a casa y te quitas la americana, con la placa de identificación, te parece estar portando el sudor de miles de personas diferentes. Ninguna eres tú. Mi compañero comienza a ponerse nervioso: huele a impaciencia por salir de ahí cuanto antes.

Debo contener su cuerpo de pésimo jugador de póker que no deja de trasmitir malas sensaciones desde que hemos entrado por la puerta. Si yo las estoy percibiendo, no quiero pensar el cliente. El anciano me mira fijamente y firma al fin. No puede todavía cantarse victoria. Debemos apretarnos la mano, formalismo que ha sobrevivido a lo largo de los siglos para este tipo de transacciones comerciales, y luego compartiremos el último chascarrillo antes de salir de la vivienda.

Debemos llegar al despacho, a la mesa de Ikea blanca en la que depositamos nuestros contratos logrados a lo largo de la semana. Una telefonista debe llamar al anciano y verificar todos los datos logrados en nuestra breve visita. A modo de final feliz, el anciano no debe darse de baja al ver su primera factura enviada por la nueva compañía.

Pero todo esto puede venirse abajo en cualquier momento. Porque se ha rellenado mal un informe o con letra ilegible; porque el cliente no contesta al teléfono. Porque contesta al teléfono, pero es la hija o el hijo y echa para atrás toda la operación. O, en ocasiones, porque el hijo de la gran puta –con perdón de las putas– de tu compañero ha puesto a tus espaldas su código de vendedor en el contrato para que le ingresen a él exclusivamente la comisión correspondiente.

La electricidad tiene muy mala prensa, pero el efecto de las puñaladas que provoca no solo es palpable en las cuentas corrientes de miles de pensionistas de este país: más de un comercial no ha podido apoyar la espalda en ninguna superficie debido a los navajazos traicioneros de sable luz.

CARLOS SERRANO MARTÍN

13 de julio de 2021

  • 13.7.21
La luz llama a tu casa. Toma muchos nombres y formas. No siempre responde a su nombre comercial. Le encanta responder al nombre de “asesoría de consumo”. Son tan nobles que quieren hacerte una comparativa en tu factura, de manera desinteresada, para lograr tu ahorro. Ellos no quieren dinero. Únicamente, tu comodidad. Les escandaliza que pagues de más. Con este loable sacrificio han multiplicado por ocho sus ganancias en 2020.


Dicho esto, damos el primer paso, querido desconocido: coges el teléfono. No sabes nada de mí. Yo tengo tú número de teléfono junto a dos apellidos y un nombre. En cuestión de segundos comenzaremos un baile dialectico. Normalmente, no dura mucho.

No tienes tiempo para atenderme: es natural. El día a día es demasiado duro para que yo venga a añadir una piedra más en el camino. Si tienes unos minutos para escuchar lo que tengo que decir, no me lo tengas en cuenta. A priori, te tengo a mi merced gracias a un guion pegado con celo a una pared blanca de una oficina.

Tiene una sala de descanso con mesas, sillas, sofá y una máquina expendedora. Una pequeña recepción es lo primero que ves tras atravesar un largo pasillo al salir del ascensor. Hay muchos carteles y flechas con logos de grandes multinacionales señalando en varias direcciones. Es una especie de El Corte Inglés del capitalismo. La recepcionista habla por unos auriculares mientras ojea el ordenador. Trabaja en una mesa con el logo de la empresa. Te invita a sentarte. Hay tres sillas pequeñas de color negro, tipo consulta médica, esperando a ser ocupadas.

Un cristal te separa de la jungla de llamadas. También tiene el logo de la empresa. Cada vez que se abre, el ruido de llamadas entrantes se mezcla con las voces de los trabajadores que bajan a fumar un cigarro o a por un café. Pasados unos minutos, te hacen pasar a una imitación de aula pequeña. Te dan una carpeta, folios y un bolígrafo. Estos objetos también están llenos de logos empresariales. Empieza a quedarse en mi cabeza la imagen de una res marcada a fuego.

Dentro de la carpeta está el modus operandi de cómo será tu día a día: cómo entrar en los ordenadores, cómo iniciar llamadas, los diferentes obstáculos que te separan de una venta. Ahí estás para vender y no dejar que lo olvides. Se inicia el curso. Normalmente, lo lleva un joven veterano. Te dice que es fácil el trabajo. Que él /ella era igual que tú y ahora vive bien gracias al maravilloso plan de promoción interna. Solo entra una duda: si es tan bueno el trabajo, ¿cuál es el motivo de que estén continuamente solicitando nuevo personal para exactamente los mismos puestos?

Cuando das el paso, del curso de ventas a los habitáculos con teléfono, lo entiendes todo. Durante el entrenamiento te explican con detalle qué decir en cada momento, cómo transformar una respuesta negativa en una venta. Pasados uno días, te colocan para llamar.

Coges el toro por los cuernos y lees el guion que tienes delante. Te han colgado cuando vas por la segunda línea. No culpas al cliente, tú haces lo mismo. En la siguiente llamada, el jefe se pega a tu puesto. Escucha la llamada a tu lado.

Aquella res marcada se ha trasformado en las películas policiacas en las que deben entretener al delincuente para localizar la llamada. Sinceramente, no sé quién sería el delincuente y quién ejercería el papel de defensor de la ley. La segunda llamada no sale mejor. El tono de voz falla, quizás es la sonrisa comercial. Es decir, seguir el guion con una sonrisa en la cara. Como si te hubiese tocado la lotería y fueras a repartir millones. Solo debes seguir el guion.

Los puestos comerciales, situados a tu izquierda y a tu derecha, tienen a su vez guiones pegados. Los puestos de llamadas pegados a ellos están unidos a más puestos de llamadas. Es un bosque desalmado cuyas aves son los teléfonos que nunca dejan de sonar.

Deben sumarse unos carteles con frases motivacionales y las clasificaciones de los compañeros que más ventas han realizado. Llama la atención pensar que hay fe, e inocencia, en creer poder encerrar miles de reacciones humanas posibles en una única guía. A esta idea se suma que no puedes colgar a menos que nadie responda la llamada. En ese caso, debes rellenar el informe pertinente.

Querido lector, querida lectora: si has llegado hasta aquí, debo informarte de que ese informe eres tú. No eres más que una ficha que se abre en mi pantalla, tras cada llamada, y en la que se debe indicar las respuestas obtenidas. Si no te interesa el producto, si ya eres cliente, si has pedido que no se te moleste más... Ignoro el motivo de que pongan esta opción, ya que nunca la respetan.

“Aquí se viene a vender. Da igual que estés ocho horas. Si no logras ventas, es como si no hubiese hecho nada”, expresa la voz de una coordinadora de equipos en tu cabeza. A veces, repito, simplemente cuelgas. Otras, aprovechas para desahogarte conmigo, aunque no me conozcas y esté llevando a cabo un trabajo en el cual ocupo el puesto más bajo del organigrama. Si no te llaman “ladrón” e “hijo de puta” tres o más veces a lo largo del día, estoy haciendo mal mi labor.

En ocasiones, en muchas, el baile acaba en una venta. Cada intento de huida del cliente ha sido contraargumentado por el vendedor. La competencia es la mala y nosotros somos el verdadero amigo del consumidor, el caballero andante del mercado energético. Mi kilowatio es más barato y mejor persona que el del vecino, aunque ambos usamos exactamente las mismas técnicas de ventas para engatusarte.

Por aquello de que hemos logrado hacernos amigos, te he introducido también un servicio de reparaciones de problemas técnicos muy barato y que está a tu disposición las 24 horas del día. Es un mero seguro que hace que crezca tu factura.

No tendrías que contratarlo, no va a solucionarte nada que no pueda arreglarte un digno seguro de hogar. Pero se te ha introducido en tu factura. Hay ocasiones en que se incluye en la contratación del servicio sin que el cliente tenga conocimiento. El cobrar por comisión deja muy callada la voz de la conciencia.

El caso de mayor silencio se produce en aquellos magos que, a golpe de tableta, van por los portales y te hacen firmar en ella sin saber que te están haciendo un cambio de compañía. Incluso, en ocasiones, logran hacerte renunciar al bono social que ofrece el Gobierno. Afortunadamente, esta práctica está prohibida. Pero hay comerciales que no distinguen ni a su padre para lograr al mínimo de ventas que pide la “asesoría energética”.

Que quede claro: no todos son así. Una gran mayoría no es así. La técnica conocida como “puerta fría”, ir puerta por puerta a la caza desesperada de una venta para poder cobrar algo de sueldo es el Vietnam particular de muchos licenciados que, tras la vida universitaria, nos dimos contra el puño férreo del mercado laboral.

CARLOS SERRANO MARTÍN

28 de noviembre de 2020

  • 28.11.20
El cartel es feo y da una fea orden. Tiene la razón sanitaria de su parte. Pero eso no le quita fealdad alguna. Fondo blanco y letras negras sobre la verja oxidada. Allí dan sus primeros pasos los felinos. Entre latas aplastadas, un viejo colchón y cascotes pertenecientes a lo que, antaño, fue una vivienda. Parece ser que los viandantes cayeron presos de un alfabetismo selectivo. Lo demuestra el pienso esparcido por el suelo. El más pequeño era de color negro, con ojos amarillos. La madre es blanca, de ojos azules, mientras una raya gris le atraviesa el rostro y cruza su ojo izquierdo.


Aquellos gatos tenían en su hábitat el poder de parar el tiempo. Los niños muestran su interés en aquellas bolas de pelo que asomaban sus temblorosos bigotes a la calle. Sus madres tiran de sus pequeñas manos. Algunas parejas, con toques de queda en su nuca que apagan los fugaces encuentros en los portales, interrumpían su paseo abrazados para observar cuál sería adoptado por ellos. Qué felino llenaría sus redes sociales. Incluso algún vehículo de las fuerzas del orden detiene su patrulla en vehículo para determinar que estuviera todo en orden y se siguiesen las instrucciones dadas en el letrero.

Algún que otro jubilado gastó algún euro de su pensión en humildes juguetes de cuerda que perecían ante las garras de sus destinatarios. Da que pensar cómo unos animales tan pequeños tienen como consecuencia tantas acciones. Llama la atención algunas mascarillas entre tanto felino. Ahí, abandonadas a su suerte. Un humilde trozo de tela con gomas blancas, destinado a salvar vidas, jubilada entre pelos y orines de gato. Ahora, servían de cama a uno de los inquilinos peludos. Duerme plácidamente. No es de extrañar su facilidad de sueño. Su única preocupación es levantarse y comer lo que pueda.

Su plan del día a día es llegar al día siguiente. Aquel gato era muy parecido a muchos de los peatones que se paraban para admirar unos segundos a la camada. Con la suerte de que, a la familia felina, no le afectaban los geles, distancias sociales, los políticos queriendo sacar partido de pandemias mundiales. Sólo el feo cartel sostenido con bridas negras. Y son más de seis hermanos gatunos.

Los maullidos piden compañía en la calle, que va vaciándose poco a poco. Y esperan la siguiente lata con comida húmeda, o un poco de agua. Aunque lo más seguro es que se repitan los carteles. Todos tenemos encima algún cartel en el que se indica que no nos den de comer. Aunque sean más de fiar los gatos de la casa abandonada que muchas personas. Eso seguro. Y ahí siguen. Entre la hierba, cazando moscas, hormigas. Todo lo que se arrastre o vuele ante sus pequeñas pupilas.

Lo que parecía ser un jardín de entrada es su coto de caza particular. Afuera, el caos y el ruido, el miedo. No tiene sentido cruzar la acera, seguir aquel olor de pan recién hecho de la panadería situada a cinco minutos. Cambiar un buen trozo de pan por un atropello no resulta buen negocio. Da igual la raza animal. Es difícil no acordarse de ellos cuando llueve o si el frío pasa tarjeta de visita.

Quizás, se muden mañana. No es problema el aval o la nómina. Es cuestión de llegar e invadir. Y volverán a parar el tiempo. Volverán los carteles feos. En ocasiones, siguen unos pasos detrás de ti esperanzados de que, por arte de desearlo, caiga de la bolsa de la compra algo que llevarse al colmillo. O, simplemente, que te pares a rascar su cansada oreja de ruido urbano: coches, sirenas, radios demasiado altas... Entiendo que gasten tanto tiempo en dormir: tienen siete vidas. Si en una la joden, tienen seis comodines. Así sucesivamente.

Dudo que les preocupe si su labor es indispensable. Por lo tanto, pueden cazar, maullar y lamerse hasta tarde. Es nuestro lujo como especie. Verlos correr por la calle, escondiéndose debajo de algún automóvil mientras nos observan. Luego, volver a casa y tirar las llaves. Abrir una cerveza.

Nosotros, los afortunados, tenemos el techo y la nevera llena. Ellos deben explorar la ciudad cada día y cada noche, adaptarse a ella. A la larga, la conocerán mejor que muchos mapas y guías virtuales. Pues saber en qué rincón no cae agua, ni se abre paso el calor, la comida abunda y nadie moleste, no es fácil de hallar en Google. Son unos supervivientes. 

CARLOS SERRANO

23 de mayo de 2020

  • 23.5.20
Una radio tímida comienza: "Tratan de convencerle abuelo, las explosiones han terminado. Pero cuando sale a la calle, Madrid parece bombardeado. Y ve escritos en los muros gritos contra los que luchó…". Canta Ismael Serrano a los héroes de Madrid. Aquellos a los que Chaves Nogales escribiera y analizara, y criticara, con su única calidad literaria unida a su inimitable sentido del análisis en Los secretos de la defensa de Madrid.



Continua sensación de ahogo al oír los embustes cobardes de la mentira fabricada en los despachos opositores lejanos del ciudadano de a pie. No lucha, no padece. No representa. Y seguirán creando incertidumbre y nada les importa.

Perdió el llanto su valor en bolsa. Pero ya suenan otras canciones. Las del ignorante. Gritáis por la libertad, aunque si la usáis para perjudicar a los ciudadanos quizás no la merezcáis. No es un lujo que se pueda derrochar. Aunque lujo sobra en el Barrio de Salamanca. Y lo estáis haciendo con secuestro de bandera.

Sólo os interesa vuestra vida y comodidad. Así no avanza España. Hay varias, por eso es la de todos. Aunque os duela. No podéis imponer la Hispania vuestra a fuerza de golpes. Siento que no os guste lo elegido en las urnas democráticamente. Cual niño enrabietado formas tu pataleta. Y quieres que te dé las gracias debido a tu movimiento “rebelde y heroico”, según ciertos perfiles digitales con orgullosas banderas de antes de nuestra Constitución.

Los heroicos, los que no dan vergüenza ajena, son anónimos. Toman un mal café rápido y un bocadillo frío de máquina antes de acudir a la trinchera para seguir salvando vidas. Investigando en aquellos laboratorios y hospitales que luchan por un tiempo que es oro.

Tú mancillas su esfuerzo. Quiero creer que por inconsciencia de la marioneta bajo el titiritero que es la oposición cobarde. Ve en cada muerte una estrategia para ganar en la calle lo perdido con el voto. Y tú te dejas manejar como milicia de quienes no dan la mano al país, le clavan cuchillos en su débil espalda.

Y ahora, ahí estás. Tu rebelión de cazuela. Gritando, gastando el oxígeno. Ejerces tu derecho de ciudadano. Murieron auténticos patriotas para que pudierais hacerlo sin miedo. Aunque el miedo siempre pasa su factura, pagan los mismos en España. Es nuestro destino. Os habéis emborrachado de un temor visible a un enemigo invisible.

Tiran la piedra los deseosos de derrocar al Gobierno y esconden la mano. Muchos están sacrificándose por vosotros. Y se lo agradecéis rompiendo las reglas de seguridad. Tranquilos, sólo nos jugamos la vida. Quizás os comprareis otra nueva, los que no llegan a fin de mes y están siendo más castigados en esta crisis y que no viven en barrios VIP, no pueden aspirar a ello.

Vuestra rebeldía es usar la verdadera arma del voto, no la ridícula cacerola, en elegir a los recortadores oficiales de lo público y mimadores de privatizar a favor de sus amigos de la banca. Aquellos que solo ven en los españoles números y deudas que cobrar con reglas y comisiones asesinas. Desahucios, empleo precario, recortes en educación y cultura son sus armas. Toda facilidad con el fin de llenar el bolsillo empresarial y vaciar el del trabajador.

Los auténticos héroes son apuñalados por el egoísmo disfrazado de tu patriotismo de pandereta. Para ellos no hay confinamiento, solo la batalla sin cuartel a pecho descubierto en primera línea de fuego, que es la ciencia. También recortada y menospreciada por aquellos a los que dais voz en el Congreso.

Vosotros, con cánticos y golpeos, no os da para más. Sin reflexión. Guiados por los lobos disfrazados de demócratas. Ponéis en peligro a los españoles. Sal tú solo sin mi bandera. No se merece ser mancillada con egoísmos traidores. La radio suena de nuevo: "La última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo, iba matando canallas con su cañón de futuro". Así lo recita el bardo Silvio Rodríguez.

CARLOS SERRANO

25 de abril de 2020

  • 25.4.20
La vista desde el balcón deja una panorámica de bloques de viviendas antiguos de ladrillos rojos y blancos junto a un parque con unas cintas amarillas, con cuadros negros, rodeando sus columpios. El silencio no es total, pues el piar de algunos pájaros no entiende de pandemias mundiales. Tampoco el ruido lejano de coches y alguna moto de trabajadores indispensables en estos momentos. A ellos se une algún búho. Las ocho de la mañana deja un ambiente de calma extraña.



Se respira en el ambiente que, en cualquier momento, un ruido romperá el silencio de incertidumbre, de monotonía impuesta. ¿Cómo serán los silencios en la desconocida y exótica Wuhan? No parece ya el barrio de obras molestas, niños corriendo, carros de la compra hacia arriba y hacia abajo. De señoras hablando a voz en grito y señores discutiendo sobre polémicas futboleras que perjudicaron a sus respectivos equipos. Sobrevive el camión del butano anunciando que lleva su mercancía naranja. Algún vecino asomado y pidiendo su encargo hace tener contacto con la realidad diaria, todavía viva, de la plaza.

Es extraño. La falta de ruido llama a la reflexión sobre el caos urbano y las prisas. Da igual el lugar de este globo imperfecto llamado mundo. Toda gran ciudad comparte esta pausa a la misma vez. Cada titular leído habla al mismo tiempo de esa calle donde vive y del otro extremo del Pacífico. También de cercanas calles y monumentos de la vieja Europa. No hay pasaporte ahora mismo. Todos iguales de jodidos. Eso no entiende de regímenes políticos ni banderas. Todos estos detalles habitan su cabeza mientras bebe café y mira por la ventana.

Las palomas se saben dueñas de ese microcosmos que son los aires acondicionados. Al igual que los míticos planos de Hitchcock, forman su ritual de toma de posiciones estratégicas en algunos balcones. Dan su organizado golpe de estado del aire ante los impotentes relamidos de cazador de algún que otro gato.

Mientras tanto, la radio habla de cifras de muerte, de vacunas que están por llegar, de mascarillas y guantes, de geles desinfectantes. De discusiones inútiles en las altas esferas políticas. Un horizonte nebuloso de incertidumbre llena esa isla inexplorada que es el futuro.

Queda saber cuál es nuestro nivel de aprendizaje en estos momentos, cuando sea un recuerdo el conjunto de estos días cero. Cero debido a la parada en nuestro ritmo de vida, al paréntesis. Uno, seguirá cada uno de esos habitantes llamados ciudadanos preocupándose exclusivamente de llegar exclusivamente a cada día treinta, o treinta y uno menos febrero loco, con las facturas pagadas. Solo viven ellos y sus problemas. Dos, quizás hayamos ganado en sentido de globalidad y preocupe más cuando estalle la próxima guerra en un país desconocido de África, o el desastre natural que asole alguna isla muy lejana y pobre.

Filósofos del optimismo por cojones afirman en su doctrina que saldremos siendo mejores. Que el coronavirus nos hará valorar más las citas con la familia y las amistades. No dice nada bueno sobre aquel que necesita una pandemia mundial para valorar estos dos pilares de una vida plena. No son de fiar los que necesitan el caos para darse cuenta de lo que realmente importa.

Se tachan días del calendario y se hacen planes cuando estos días terminen. Es difícil imaginar que reinen los abrazos efusivos y los besos. A lo mejor gana el miedo. Muchos se pensarán acudir a según qué sitios mirando la cantidad del aforo.

Otros, quizás, se dejen llevar por su vena emprendedora y con todo ese papel higiénico que les ha sobrado, junto con chocolate y la cerveza acumulada en su búnker particular, abran pequeños comercios que escapen del control de la desbordada burocracia. Esa incertidumbre es quizás la mejor noticia. El no saber lleva a preguntar, y el preguntar, a pensar respuestas. Quizás más de uno haya leído más de un libro. Ha hecho más un virus por la cultura que muchos ministros.

El cielo afuera está despejado, la naturaleza está abriéndose paso en impensables escenarios. Hermosos ciervos hacen turismo en mitad de carreteras sin automóviles, tranquilos e inocentes. Si fuera paranoico, afirmaría que esta situación es un gran corte de mangas del planeta al ser humano. Argumentos no le faltan. Afortunadamente, quedan videollamadas, con sus respetivas rondas etílicas, que permiten tener conciencia que no somos astronautas perdidos en el espacio al igual que en aquella gran canción de David Bowie.

Terminado el café. Ya se pueden apagar las luces del salón. Entra suficiente luz natural. Esa no deja de ir a cotizar día a día. Y al igual que a policías, doctores, currantes de supermercados, camioneros, repartidores de comida y a tantos que se esfuerzan en hacernos ganar un valioso tiempo, le debemos que valga la pena despertar un nuevo día.

CARLOS SERRANO MARTÍN

8 de septiembre de 2017

  • 8.9.17
La anciana, Patria, escucha la radio en la cama. Deja el volumen bajo, para que pueda oír la puerta o el teléfono si sus hijos llaman. Hijos que de verdad la quieran. Ha dejado, sobre la mesita de noche, cartas de antiguos amantes que prometieron la luna. Lo único que dejaron fue un alunizaje contra la fría realidad. La que supone su habitación sucia de residencia abandonada. Cantaron las más bellas serenatas para dejarla con dolor en los ojos de tanta lágrima derramada.



Pero no han logrado arrebatar toda su belleza. Ha sido amada por sotanas, intocables por la gracia de Dios, más preocupadas por llenarse los bolsillos que de ayudar al afligido y al que moría de hambre. Militares con sed de sangre y venganza, armados con los fusiles del miedo al cambio, que lograron con golpes de Estado cuarenta años de cenizas, ignorancia y calaveras.

Ha sido despreciada por rastreros salvadores sociales de toda índole. Su única solución, tras enamorar al que nada tenía que perder, ha sido cortar la cabeza a todo aquel que formó resistencia a revoluciones. Las mismas que acabaron convirtiéndose en aquello contra lo que levantaron el puño.

Su boca habla de pueblo, unión, igualdad, mejora social y política. Justicia brilla en su armadura de caballero andante. Patria llora al recordarlos. Solo la querían para enriquecerse en su lecho y huir. Como los chacales.

Patria no pide mucho. No aguanta más dolor de huesos. Más manos que se levanten contra ella. Quiere algo de vergüenza en sus ahijados. Quiere ver que no sale barato ser tan miserable en el Gobierno a costa de exprimir a sus españoles. No tiemblan. Pues encima piden los exprimidos que sigan apretando un poco más. Sin inmutarse. Hagan lo que hagan, tienen todos los caminos libres. Patria necesita un pañuelo cuando piensa en ello.

Ríe, ya no quedan más lágrimas, cuando la amnesia gana en los colectivos para recordar sus hazañas. Pues Patria tiene Historia. Para estar orgullosa además. Algunos capítulos nadan en selectivas lagunas con niebla, según el que recuerde. Pues siempre hay ángeles y demonios en sus anécdotas.

Narran desde los altares para pedir una independencia por un pasado imaginario, la piden a golpe de disparos en la nuca. Defienden que entre la más cruel matanza entre hermanos, unos fueron miserables y otros no pegaron puñetazo alguno.

Traidores, que hablan ahora desde un yate con puro habano, siguen poniendo la palabra "obrero" en sus chapas. También traidores que afirman no subir impuestos y que todo en salud de Patria va muy bien. No hay explotación laboral, no hay puñaladas a los trabajadores, robándoles la pensión, para tomar unas vacaciones en Suiza. No hay hospitales con camas en los pasillos debido a que algún genio decidió jugar hacer negocio con la Sanidad.

No hay pobreza infantil y familias muriendo de hambre. No hay jóvenes abandonando sus estudios debido a que el mismo genio de la Sanidad vio que la Educación y Cultura no eran necesarias para que Patria llegase a una buena vejez.

No hay coronas oxidadas que nadie eligió. No escupen contra los bolsillos que los mantienen sin que se ganen el dinero. No tienen en casa de Patria su patio de juegos particular. Si eres socio, tienes barra libre sin que nunca conozcas cuarto de castigo. Si de ellos dependiera, desconectarían el oxígeno de esta mujer mayor. Llaman a la puerta. Patria se dirige abrir despacio, con mucho miedo.

CARLOS SERRANO

11 de noviembre de 2016

  • 11.11.16
Lorca no quiere ser encontrado. Desde donde solo él sabe llegar, sigue escribiendo. Es su manera de hacer un corte de mangas a los rifles y a las cadenas cobardes. Me lo dijo mientras yo pedía perdón. Me dirigí a él como maestro cuando, obviamente, por razones de nacimiento, no pudimos ni siquiera tomar un café o disfrutar de una cerveza bien fría mirando a la Alhambra. Cada vez que yo intentaba un verso, me disculpaba. La poesía, la literatura, en mi país perdió un poco de su magia, perdió oxígeno y sentido, cuando Federico cayó muerto al suelo.



No quiere ser encontrado en un país donde se echan de menos las oscuras manos que silenciaron su garganta. No es rencor. Para qué regresar de donde está, entre versos y vino, para volver a la salida. Mejor enterrado. Desde una torre de marfil, se comunica que quizás desaparezcan los esfuerzos de miles de españoles. Por el mantenimiento de los lujos del reino, la pensión es un lujo. Es dinero sagrado.

Una derecha cada vez más rancia, una izquierda que cree que la solución es insultar de manera más culta y gritar con más fuerza. Ahora mismo se emborrachan, para olvidar las caras con más poca vergüenza que parió madre alguna, toda una generación que no salió en ningún libro de literatura o historia, pero que pusieron sus prosas y sus versos al servicio de dejar en herencia una tierra mejor. De no agachar la cabeza y apretar los dientes.

Mientras Unamuno invita a rondas llorando su "venceréis, pero no convenceréis", se ríen ciertos fantasmas perdidos que, deambulando de bar en bar, gritan a voz en grito rasgado: "¿para esto perdimos una guerra?". Federico insiste en que lo llame por su nombre. Monta con ellos obras de teatro y revistas. Funda periódicos de titulares mudos y fotografías con pies de foto musicales. Hacen lo que les da la gana con los géneros. Hace tiempo que expulsaron a los banqueros y a los empresarios corruptos de las rotativas.

Siguen triunfando los mismos. Otras caras. Otros trajes. Otras melenas engominadas. Pero son ellos. Miguel Hernández prepara una sopa de cebolla bien caliente para tirársela a la cara cuando tenga ocasión. El miedo sigue siendo su cancerbero más eficaz. Todo aquello que inspire un ápice de cambio o presentar otra opción sobre la mesa será abolido de manera eficaz.

Un perfecto engranaje de represión sutil y censura. Es digno de elogio. Seguimos consumiendo el mismo producto de mierda, con envoltorio de flores. Lo llaman democracia. Seguimos tragando. "Para lograr eso hace falta talento: el más puro y puñetero talento", sentencia Buñuel mientras apura un cigarrillo.

Machado, Antonio, pilla una manta, mucho frio en Francia. Todavía recuerda su infancia en un patio con naranjos en Sevilla. Quiere dar clases, pero no encuentra alumnos dispuestos a expresar libremente su opinión por miedo a suspender si no ponen exactamente lo que dicta el malvado plan de estudios.

También fusilaron el perder el miedo a la capacidad de debate. El escuchar al otro. Contradecir siempre desde el máximo respeto a la persona. Suena ya a ciencia ficción. Es un yo gigante imponiéndose a otro yo gigante. No hay un lugar para un ellos o nosotros.

La jodienda reside en que desde que nos falta el último poeta se ha escrito mucho y mal. No se ha respondido nada. A mayor número de letras, no hay mayor información. Es un fallo muy común. Entre los que saben escribir y entre los que no tienen ni idea. No hace falta llenar titulares. Se ha construido un puente hacia el tesoro real al mayor ejército de piratas que se recuerda.

Lo más curioso es que ha sido el ejército defensor. Aunque mueran algunos aldeanos, ellos tendrán su buena bolsa de oro. No es mal negocio. Eso sí, les hubiese sido más fácil ir desde el primer día bajo la bandera negra con calavera. ¡¡Cuánto bello uniforme de soldado real nos hubiésemos ahorrado!!

Lorca apenas habla. Todas las líneas que no le dejaron volcar sobre papel en vida, las deposita delicadamente ahora. Nos pide que no gritemos tanto. Las musas tienen oídos delicados. Que no agotemos el vino. Es el único capricho que le queda. Rompió de pura rabia el piano por el trato persecutorio que sufre la cultura. Parece que fuera un criminal.

Deja la escritura. Federico está cansado. No quiere que la luz de la insensibilidad y de la falta de empatía, del sacar pecho por pisotear al prójimo, toque sus maltrechos huesos. De esconder tras bonitas palabras, la mayor de las puñaladas a la gente que necesitaba más que nunca que alguien diera un paso al frente y hablase por ellos. Ya son suficientes las balas.

CARLOS SERRANO

27 de mayo de 2016

  • 27.5.16
Llegó el momento en el que parece que todo da igual. Sólo vives por un objetivo, por un camino. No ves más allá por miedo a descubrir que tuviste que haber escogido otra opción. No se trata de correcto o incorrecto. La mayor parte de las mentes cerradas se esconden tras esta clasificación. Miró la hora una vez más. El reloj lo invitó a ello: salió a beber. Los minutos conocieron el segundero de su vida. Nunca más se supo. Conforme hablaba con la gente que se cruzaba en su etílico viaje, cobraba más fuerza la idea del sol tomando vacaciones al final de cada día. Nos descubrió mostrándonos más sinceros, más nosotros, por la noche.



Experimentar, caerte, herirte, llorar, triunfar, reír y perder. Ganar. No quiere ser oráculo. Nadie puede serlo. Le hicieron pensar que estaba en la edad de subir ciertos escalones. Si no, había fracasado. Pero esta noche, todo iba a cambiar. Aunque él lo ignoraba. ¿Quién conoce el fracaso o el éxito? Otra ronda.

Todo se paró, de repente, al verla bailar. Fue un momento en el que se debe creer en la buena suerte. Unos minutos en otro bar, unas copas menos, y se lo hubiera perdido. Le costaría olvidar aquellas eses que dibujaban sus caderas con el ritmo de la música. Parecía que la banda tocaba para ella. O que ella bailaba para la banda.

Quién fuese partitura. No cualquiera. La que fuese capaz de provocar semejantes movimientos. De cintura, de piernas. Las nalgas y los pechos dotados de una hermosa carga extra móvil de erotismo. Disfrutaba pensando que en la cama debía ser igual de eficiente que en el arte de la danza.

Le excitaba, y extrañaba, la ausencia de versos sobre esa presencia en aquellos lugares de la ciudad, oasis ocultos en cajones sin farolas. Pero observando su cuerpo fue consciente de que no sólo era testigo de un simple baile: los gritos de júbilo, el pelo indomable, la mano luchando para que la copa no tocara el suelo. Todo era una partitura de sudor, alcohol, falda y medias negras. Extraño caos.

Al carajo la posición de espectador, Hemingway de mierda. Apuró la copa y se acercó a la ninfa. Le entró el pánico. En su mente solo cabía la escena de hacérselo en cualquier callejón donde no llegasen las escasas luces de afuera. Añadir unas notas más, inspiradoras y lo más salvajes posibles, a la sonata nocturna.

Templó los nervios, se colocó a traición detrás de ella. Por sorpresa comenzó a decirle palabras lentas susurradas al oido. Fueron disparadas de sus labios con la suficiente confianza, volumen y precisión, para que la ninfa parase por unos segundos su danza urbana.

Hablaron de todo y de nada. Ella dio un giro a la conversación: "podrías invitarme a whisky". No era lo más llamativo que una mujer pudiera decir a un hombre en un antro como aquel, pero lo dejó unos segundos en fuera de juego. Eran casi las seis de la mañana.

Ella afirmó con seguridad, otro tanto para la bailarina que convirtió una noche de borrachera en algo interesante. Lo de poner tiempo a las cosas es una gran gilipollez. Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde. Todo es fruto de nuestra imaginación. De nuestra obsesión por poner leyes a todo. Nos hace sentir poderosos.

Sorprendido, afirmó: "esa cita me suena". La carcajada hizo que aquel bar de muerte cobrase vida durante unos instantes. "Debe sonarte. La saqué de tu último libro". No paró de reír al ver su cara de imbécil y cruzó las piernas. Jugada maestra.

Mentiría si no dijese que le dolió la espalda al chocar contra la pared del baño. Ella lo empujó adentro con tal decisión y fuerza que no iba a estropear el momento con protestas. Ahora. Era ahora. De un momento a otro, el local empezaría a vaciarse.

Sin palabras, comenzó el concierto carnal. Las manos, temblorosas, acariciaban los cuerpos que no tenían tiempo de ser desnudados. Como si dependiera la vida de ello, la ninfa tomó con fuerza la cabeza del amago de escritor. Susurró su orden de ruta clara y concisa. Rebelarse no era una opción.

Empujó hacia el sur de su vientre al marinero perdido con el objetivo de trasformar una orilla en un placentero océano tormentoso. Lo tiraba con fuerza del pelo. Arañó su nuca cuando aquel impulso eléctrico que subía por su espalda y salía por su boca en forma de gemido no podía evitar que arqueara la espalda. Con decisión, la mano del desconocido que se encontraba entre sus piernas se encargaba de nuevo de ponerla contra la pared.

Con su humedad reciente en los labios, tomó entre las manos fuertemente las nalgas, como una fruta madura a la que se impide tocar el suelo. Comenzó a escalar a golpe de pequeños mordiscos. La oreja, el cuello y la boca no pudieron escapar de los labios que parecieran tener vida propia.

Cuando parecía el fin del combate, exhausto se retiró unos pasos a tomar aliento. Fue obligado a tomar asiento en el incómodo inodoro. Fue una montaña rusa. Parecía imposible, pero su cintura no dejaba tregua a su hombría moviéndose con igual, o mayor agilidad, que en la pista de baile. Era difícil mantener el aliento dentro de los pulmones y seguir saboreando como pedían aquellos dos bellísimos pezones. La miró a ella. Su sonrisa mordiéndose el labio inferior anunciando el final quedó grabada en su retina.

Al salir del habitáculo, tenía la extraña sensación de haber comenzado un juego de ajedrez con aquella desconocida. Ella salió a fumar. Con el cigarro en los labios, le guiñó un ojo a modo de despedida.

Creía que todo encuentro de nuestra vida era una eterna partida. Se tarda demasiado en mover ficha dado el tamaño del tablero. Sin embargo, poseía el convencimiento de poder ganar aquella mano en pocos minutos. Pidió la última copa de la noche. Mientras el alcohol bajaba lentamente por su garganta, anduvo hacia la salida. Soñaba con la próxima jugada. Nunca tendrá lugar. Le recibió la lluvia con los húmedos abrazos abiertos para devolverlo a la realidad. Resaca, frío y bares cerrados.

CARLOS SERRANO

27 de junio de 2015

  • 27.6.15
Estaba en el bar solo. Su particular jornada de reflexión comenzó hace aproximadamente dos cervezas. Todos querían sus mimos en forma de papel en la urna. ¡Vaya frases más bonitas susurraban en su oído las noches de insonmio! A veces, parecía que todos querían lo mismo. O él era muy desconfiado, o solo le querían para meterse en su cuenta corriente. No se fiaba del todo. Pero cómo resistirse a esos trajes y peinados, esos movimientos de manos seductores, esas frases amorosas para la tierra. Difícil decidir.



Pero tenía claro que no era un votante fácil. No le valían tantas carantoñas si luego acababan en una mierda de polvo. Si te he visto, no me acuerdo. Encima luego vienen los pactos, los tríos, las manitas a escondidas. Se sentía sucio.

El último en llegar no parece como los demás. Sus pelos al viento y el desprecio a la hispano y a la figura del macho alfa. Le costaba admitirlo, ese y el del cartel en pelota picada, le ponían muchísimo. Le habían roto la pensión, el sueldo y sus derechos. Pidió otra cerveza.

Son tratos para demasiado tiempo. ¿Estaba hecho para ataduras? Con lo sano que es el picoteo de lo mejor de cada casa. Le hablaban por televisión, cartas, le daban la mano por la calle. Estuvo a  punto de denunciarlos por acoso. Al mismo tiempo, le gustaba tanta atención. Otra cerveza.

Debía dejarse de amantes y sentar la cabeza. Era necesario. Si no probaba, no podría despotricar luego de la vida en pareja. Tenía mucho miedo. Otro desengaño sería doloroso. "Hay que tener fe en algo", dice entre sorbo y sorbo. No sabía el motivo, pero iría a la cita con su mejor traje. Era un día grande. Notaba el nerviosismo en el ambiente, no le extrañó. Se sorteaba la pareja más sexy de baile.

Por poner un pero, no le llamó la atención el menú para el evento. El menú de siempre no era de su agrado. Le daba gases, se repetía mucho. Luego estaba el que era lo de siempre, pero llevado por otro catering. Le gustó aquello de que tuvieran también un vivero con rosales. Disfrutaba en su tiempo libre de la jardinería. Causó un ligero furor la propuesta de nueva cocina. Aunque jugaba con ingredientes de toda la vida. Eso sí, la presentación de platos, sobresaliente.

Luego estaba la oferta vegetariana. Aunque en el fondo, no sabía qué pintaba ahí, si todos se morían por un buen chuletón de buey. Nadie le quitaba el mérito de lo bien que cuidaban su huerto. Qué hermosura de coles de bruselas, repollos, tomates y berenjenas. Algún patatal se notó. Los del viejo restaurante les pisoteaban costantemente la mercancía. Lo vió con sus propios ojos. Qué local más sucio. Aunque se entendía su éxíto por su amistad con Sanidad.

Al día siguiente, con un ligero dolor de estómago, se puso al día de quién mandaba en la cocina. Para su sopresa, los vegetarianos se pusieron tibios de buen solomillo. Los de siempre empezaron a cambiar menús; los de los rosales empezaron a ofrecer comida vegetariana; el de Sanidad empezó hacerse ya amigo de todo dios.

Regresó al bar, y con la cerveza fría recorriendo el gaznate, casi muere de la risa cuando un camarero, habitante asiduo de la parra, le comentó entusiasmado que la tapa del día era gazpacho.

CARLOS SERRANO

10 de enero de 2015

  • 10.1.15
Iba a escribir sobre unos lápices que jamás volverán a dibujar. Mi relato tenía como protagonista un arma reivindicativa. La sátira, azúcar a la amarga realidad. Algunos papeles manché sobre la hermosura encerrada en la palabra "paz".

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Me documenté sobre si los dioses y profetas tenían sentido del humor. Deben de tener uno muy propio. Tan único y diferente que muchas veces no entendemos sus chistes. No por ignorancia: es que no estamos preparados al ser simples mortales. Tener solo la fe como herramienta de traducción no ayuda.

El primer párrafo hablaba de unos ciudadanos que iban a trabajar. Durante el trayecto desde su domicilio hasta su puesto laboral, otros personajes deciden que su vida no vale nada. Que es incluso sacrificable. El motivo no lo tenía claro.

En un primer borrador, puse que asesinaron en nombre de su deidad, por osar las víctimas a poner su cara en un dibujo de una revista. No sé si sonará creíble. Borré de inmediato esa idea. Debía encontrar otro motivo más razonable, para no preocupar en exceso al lector.

No dormiría tranquilo trasmitiendo la idea de que hay humanos, al menos tienen forma humana, que asesinan en nombre de una religión determinada. En vez de tolerar y convivir con la del vecino, le vuelan los sesos al prójimo que es más rápido. Qué cosas tenemos los escritores.

El relato tenía también algo de ensayo. Sobre si existen esos dioses y profetas por los que tantas veces se aprietan gatillos. Unos asesinos no representan a todo un conjunto de creyentes en una fe determinada.

No tiene nada que ver aportar conocimientos vitales en Matemáticas, Agricultura o Medicina a toda una civilización o predicar que hay que ayudar al prójimo por encima de todas la cosas, con rebanar pescuezos o volar por los aires a aquel que no coincida con tu visión del Ser que está por encima de nuestras cabezas.

Me negué añadir en el ensayo la palabra "santa" a estos actos de guerra, como los llaman estos cobardes. Da igual el nombre por el que se manchen las manos de sangre los fanáticos, el nombre de la religión, si viene de Oriente u Occidente, es vomitivo.

La santidad, no sabía muy bien cómo definirla, estaba muy alejada de todo esto. Tenía que poner esta reflexión en el ensayo para indicar que no se generalizara. "Generalizar" es un verbo muy peligroso. Puede hacer más daño que una bomba.

El segundo párrafo iba a describir la profesión de los ciudadanos que son abatidos a tiros. Iba a pasarlo muy mal tratando de aproximarme un poco a la ironía que supone pertenecer a un gremio, que en teoría está protegido con la bandera libertad, constantemente pisoteado.

Supongo que hay quien se descojona con palabras como "libertad de expresión", "verdad", "información veraz", etcétera. El relato pedía que algún día explicaran la broma. Secretos en reunión son de mala educación.

Más adelante, tenía guardadas unas líneas acojonantes. Sobre que un cuerpo puede ser mutilado o acribillado, pero las ideas de los dueños de los cuerpos mutilados y acribillados no entienden de biología. No ceden a la violencia. Pero las eliminé.

Me imaginé a un familiar cercano estando hasta los cojones. Imaginé a un hijo gritando que a las ideas de su padres no podía darles los buenos días, un abrazo. Regalarles un buen libro por su cumpleaños.

En definitiva, el relato se me iba de las manos. Suele pasar. Luego quise añadir pequeñas reflexiones personales. Si nosotros mismos nos poníamos la mordaza por miedo, indirectamente habremos apretado el gatillo en cualquier ciudad donde el terrorismo haya dejado tarjeta de visita. Además, mezclaba las palabras "religión" y "política" aposta. Indicando que esta palabras pequeñas podían llegar a ser grandes hijas de puta. No siempre. Pero demasiadas veces. Sobredosis.

No dormía pensando en nombrar cosas. Me invadieron la cama "hipócrita", "sangre", "guerra", "muerte", "fanatismo", "gritos", "dolor". Todas ellas a la vez. Lógico que sudara frío. Tomé mi café en un descanso tras escribir durante un buen rato.

Mirando por la ventana, con la radio de fondo, creía que sería genial poder trasmitir todo el sentimiento de repulsa hacia el asqueroso acto. Lástima que tuvieran que pasar desgracias para que nos pusiéramos de acuerdo en algo. Pero dejé de ser cínico, por un momento, e intenté seguir escribiendo.

El relato iba a tener un final apoteósico. Un puñetazo sobre la mesa. Era más violencia. Cagarte en los muertos de la violencia con violencia, puede ser gracioso, pero estúpido. No era necesario en estos momentos. Aunque sea en forma de dicho popular o literario.

Lo que más me preocupaba era escribir mucho y no decir nada. Eso se lo dejo a los que intentarán acaparar portadas, los que quieran aprovechar la situación para que gane su discurso de odio y de miedo en las urnas, los que quieran hacerse ricos con estas situaciones. Para ellos cedo mi parte de mierda.

En definitiva, el relato trataba de muchísimas cosas. Algunas muy importantes. Iba a ser escrito de tal forma que la única manera en que podía leerse era a gritos. Quizás era un proyecto demasiado ambicioso. Quizás no cabe tu granito de arena contra la barbarie en un solo relato. Quizás por eso nunca tuve los cojones de escribirlo.

CARLOS SERRANO

6 de diciembre de 2014

  • 6.12.14
Llueve. Es una putada. Según algunos, claro está. El olor a tierra mojada, la sidra bien echada –un arte muy infravalorado– ayudan a ordenar ideas. Estas líneas podrían haber nacido en Madrid, Barcelona, Roma, Cádiz. Pero han empezado a existir bajo la lluvia asturiana.

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El objetivo, si lo hubiese, no está muy definido. Dejad que disfrute viendo hasta dónde puedo llegar. Tomadlo como un juego. No esperéis un argumento elaborado ni grandes personajes. Solos tú y yo. Mis bombillas explotando en un pedazo de papel. Viendo, quien sea, su último brillo. Perdón si no suena emocionante.

Si decides participar, felicidades. Pero advierto que no hay un itinerario fijo. Solo sé que partimos de una aldea del norte de España. Llueve. Empiezo la partida. Bienvenido. Lo jodido muchas veces es cumplir ciertas expectativas. Muchas personas me han regalado bonitos elogios que en verdad me tienen fascinado y preocupado: en teoría, triunfaré.

¿Triunfaré bajo sus condiciones de lo que es el triunfo en la vida o bajo los mios propios? Puede que me choque contra un muro y caiga al suelo, pero el mero hecho de intentar atravesarlo es un éxito. Para ellos, simplemente, es que opté por la vía fácil. ¿Desde cuándo partirte la cara es fácil?

La vida son criterios. Buenos, malos, erróneos, jodidos, esquivos, puteantes. Altos, bajos, violentos. Sin darnos cuenta, estamos superándolos o no cumpliéndolos. Solo cabe averiguar quién es nuestro arbitro particular y preguntarle cuál es nuestra puntuación. Criterio sobre cómo debes vestir, hablar, pensar, beber, follar. Todo momento que creamos exclusivamente nuestro es un jodido examen. Nunca habrá aprobado general.

Con tus acciones puedes contentar a A o B, olvídate de C. A veces C y B, pero jodiste a A. El peor tipo de esclavitud es la de estar encadenado a la visión ajena. Si te importa mucho cómo eres visto por el prisma de otro, deberías pensar seriamente en coger unas buenas piedras. Cada cristal roto será una gran victoria en tu condición de individuo.

No seamos ilusos. Odio a la gente antitodo que en el fondo son quiero-todo. La hipocresía –o para ser más exactos, la ignorancia de ser una paradoja con patas– me llama la atención en el mundo en que nos tocó vivir.

Por cojones ser el más alejado del sistema, sin dejar de desear lo mejor del puto sistema. Adoro a las personas coherentes. Son una verdadera especie en peligro de extinción. Aunque, hasta cierto punto, llega mi adoración.

No creo que deba tener cabida la coherencia de quienes ven todo a su alrededor reunido en un solo camino. Aunque los lleve a un precipicio, lo seguirán hasta las últimas consecuencias. Todo planificado hasta el último detalle. Solo tiene una grieta semejante filosofía: la vida es lo más decididamente caótico que existe. Intentar ponerla en orden es perder el tiempo.

Por eso creo que las ciencias tienen un defecto: todo debe tener clasificación y explicación. Explicar el mundo al mismo tiempo que lo aíslas en una gran urna de cristal. Podría seguir, pero no es bueno gastar toda la munición en el primer combate. Afuera, en un pueblecito asturiano, sigue lloviendo. Mañana, quizás, continuará la guerra. Ten paciencia con mis palabras. Salieron a ver la noche de un escrito sin pedir permiso a nadie.

CARLOS SERRANO

20 de septiembre de 2014

  • 20.9.14
El recién llegado miró con desconfianza al anciano cuando dijo que había un problema grave que resolver. No daba crédito. Según él, su oferta era del todo legítima, teniendo en cuenta las condiciones actuales del mercado. El anciano le explicó, con la mayor de las paciencias, que él no se movía por las condiciones de ningún mercado o bolsa de valores.

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No salía de su asombro. Tantos kilómetros recorridos para recibir una negativa. Estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quisiera a la primera. Aquella negativa era toda una novedad para él. Así que optó por la estrategia que han seguido todos los hombres como él a lo largo de la Historia: empezar a gritar creyendo que sus argumentos eran mejores si eran gritados.

—No grite cuando hable conmigo– suplicó el hombre mayor, mientras jugaba nervioso con un manojo de llaves oxidadas.

—No me esperaba un recibimiento así, eso es todo. Estoy acostumbrado a que se reconozca mi valía.

—Le tendrían que haber dado un señor puñetazo hace tiempo, me parece.

Aquella frase dejó al viajero fuera de juego. Jamás le habían hablado así en su vida. En su tierra, su persona era recibidora de palmaditas en la espalda, elogios por doquier, lametazos en el culo.

—Ya caigo. Usted no sabe con quién habla.

—Sí lo sé. Lo que pasa es que me da igual.

Era imposible. Él, que había levantado un imperio. Él, que había llevado su país como marca por el mundo entero. Estaba siendo vencido por un hombre que, como mínimo, le triplicaba la edad.

—Señor, va a aceptar mi oferta. Por su bien. Mis amigos pueden darle fe de que soy un buen tipo. Llevo mucho tiempo en este negocio, lo conozco bien. Si vende, estará el negocio familiar en buenas manos. Las mejores.

El anciano empezó a reírse tan fuerte que la mandíbula se le salió de la boca. La recogió del suelo, le quitó dos pelusas y se la volvió a meter en la boca si ni siquiera soplar. Con dos cojones. El viajero no pudo contener su cara de asco.

—Perdone mi reacción, pero ni incluso muerto puedes dejar de pensar en hacer dinero. Lo normal en estos casos es preguntar por el sentido de la vida, qué mínimo. Nos faltas al respeto.

Era la gota que colmaba el vaso. Dejó atrás su país, sus bancos, sus medios de comunicación, a su buen amigo Mariano. Todo para que un viejo chocho le diera lección de modales.

—Está usted hablando con el hombre cuya gestión logró que su negocio se convirtiera en el mejor banco del mundo.

—Y usted habla con el ojito derecho de Jesús de Nazaret, o lo que es lo mismo, el hijo del dueño de su mierda de negocio.

—Con hombres más poderosos he tratado.

—Emilio, están ahora vivos y contentos de no tener que hacer negocios contigo.

Eso fue un golpe bajo para el pobre Emilio. Podía soportar cualquiera cosa. Que su banco haya dejado a miles de personas sin hogar, que fuera ayudado por políticos para obtener perdones judiciales, pero que se dudase que la gente disfrutaba haciendo negocios con él, eso no cabía en la cabeza del gran banquero español.

—Pues todos los periódicos hablan maravillas de mí.

—Queda feo morder la mano que te da de comer. También hablan siempre maravillas de El Corte Inglés y no por eso será mi primera opción para ir de compras.

Emilio no dijo nada. Dejó atrás a Pedro y empezó a caminar. Tras un buen rato a solas con sus pensamientos de todopoderoso gigante financiero, demasiados complejos para los simples mortales, fue consciente de que su plan había fracasado. Tendría que esperar ocasión más propicia para hacer negocios. Un cambio de rumbo en la dirección de la empresa donde ahora mismo se encontraba quizás, quién sabe.

—Emilio, no te me vengas abajo. Aquí alegría por encima de todo.

—Creo que tienes razón, Pedro. No todos los banqueros pueden decir que han hablado cara a cara con el primer Papa, aunque luego acabases de cerrajero.

—No te pases.

—Lo siento. ¿Cuál es mi nube? Como español y buen católico, supongo que una con vistas al lado de la del creador. Vamos, digo yo…

—De eso quería yo hablarte. Estamos un poco justos de aforo, creo que tendrás que irte al piso de abajo, con vistas inmejorables, eso sí.

—Pedro, no me jodas.

—Emilio, sí jodo. No puedes permitirte la hipoteca de una nube. Además, allí harás amigos enseguida. También se lleva mucho el rojo, te gustará.

No podía ocultar su frustración nuestro viajero. Mientras bajaba y sudaba como nunca había hecho en vida, pensaba que igual en el fondo no estaría de más tratar con otro cliente potencial. Sobre todo, si era un aliado de tantos años.

No hubo respuesta cuando exigió ver al dueño, le dieron un pico y una pala. Lo encadenaron a una gran roca en la que podía leerse "fin de mes" y le explicaron, con todo lujo de detalles, su nueva función corporativa: picar y picar. Si bajaba un solo segundo el ritmo, la roca lo aplastaría.

Entre gritos de dolor y angustia, chasquidos de látigos y un penetrante olor a sudor y azufre, una nueva voz se oye a lo lejos susurrando a todo el que pone el oído: "¿cuándo nos dan el despacho y el coche oficial?".

CARLOS SERRANO

12 de julio de 2014

  • 12.7.14
Se levantó tarde y arrepentido. Había perdido la mañana. Aunque despertó descansado. Pero eso no compensaba el hecho de que ya no le daba tiempo a realizar las múltiples y tediosas tareas que tenía programadas para el día. El despertador corría gran peligro de perder su trabajo. Odiado por todos. Nunca agradecidos los servicios prestados. Pero seguía fiel en la mesita de noche.

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Ducha rápida, tomó café, para ponerse a escribir de nuevo cuando antes. Dejó colgado anoche aquel escrito que tarde o temprano debería de visitar el mail de la redacción. No era un escrito bueno ni malo. Hacía tiempo que no enviaba nada y no quería recibir una reprimenda.

No era de esos escritores que escriben todos los días. En su caso, eso solo serviría para escribir basura. Trabajaba cuando el cuerpo lo empujaba a ello. Cuando la cabeza le estallaba en frases que inmediatamente debían ser depositadas en el folio. Cuando le inspiraban unos ojos verdes, marrones o azules, una copa bien servida. Simplemente el hecho de que era mejor escritor que orador. Sin señal, no merecía la pena ponerse frente al ordenador.

Llevaba unos dos folios. Pero, tras leerlos, decidió borrarlos. Empezar de nuevo. Una cosa es no enviar una obra maestra y otra enviar mierda. Pero no podía evitarlo. Nada le inspiraba últimamente. Eso afectaba a su escritura. Habían cambiado muchas cosas desde su última entrega. Pero las consecuencias de dichos cambios parecían conducir a que todo seguiría igual irónicamente.

La prensa hablaba de verdades erróneas. Coronas que cambiaban de cabeza. Nuevas caras, con nuevas voces, nacidas con una maldición. Mientras gritaban bellas ideas en los altares dorados de la vieja Europa, eran a la vez las nuevas dianas de los dardos lanzados por los de siempre. Aquellos que escalaban en la mierda en que se convertía la calidad de la vida ajena.

Todo seguía con aquel olor a rancio que tardará años en ser ventilado. Lo más irónico de todo era que esas nuevas voces no concretaban nada por el momento. Gritaban preciosos principios, sin vocalizarlos. No se diferenciaban, por el momento, de sus predecesoras. Era irónico de cojones. Merecía un brindis.

Por ello, dejo el café y se paso a una cerveza bien fría. El cursor seguía inmóvil en el mar blanco que era la pantalla. Siempre hay algo que merece la pena de ser contado. Pero en estos precisos momentos parecía que la excepción de toda regla llamaba a su cabeza y sus dedos sin teclear.

Quizás su pequeño apartamento no era el mejor lugar para trabajar. Las vistas eran inmejorables, de eso no cabía duda. Pero los espacios pequeños ponen nervioso a cualquiera. Si tuviese la capacidad de atención de su gato, todo sería distinto. El felino no hacía otra cosa que mirar por la ventana. Las personas, las aves, los coches, las nubes. Nada escapaba de su pequeña esfera ocular amarilla.

Él por el contrario, no podía estarse quieto. Demasiado inquieto. Le quemaba el culo en la silla. Con la capacidad de observación de su peludo compañero de piso, sería mucho mejor escritor.

Abrió la ventana para airear el caos que gobernaba su cabeza. Por nada del mundo dejaría que se reflejase en su trabajo. Puso el televisor. Un político, de perdida izquierda, dimitía de su cargo de Diputado. Salió a la luz que su fondo de pensiones estaba en manos de ciertas empresas que eran atacadas en su programa electoral. O algo así.

No prestaba mucha atención a lo que se decía. Pero algo le llamó. Todos los que salían en la pequeña pantalla opinando sobre el hecho, alababan aquel gesto como un ejemplo de coherencia y dignidad política. Sonrió al pensar que es muy fácil hacerse el digno y el coherente cuando te han pillado con las manos en la masa. Puedes defenderte con un triste “yo no sabía , debo hacer…”.

Bien es cierto que por cosas más graves otros seguían en cargos mucho más altos. Pero eso era otra historia y odiaba escribir de política. La política jode el buen humor y convierte en agua el hielo de las copas. Una cena con amigos es situación ideal para sabotear si se saca el tema de la política. O la religión. El futbol está entre ambas.

De nuevo se encontraba sentado frente al vacío, que se convertiría en su próxima entrega de los domingos. Tomó aire, dio un buen buche a su botellín. Escribió durante el resto del día y de la tarde. Invadido por un demonio de las letras que lo devoraba, lo quemaba por dentro, le hacía vomitar mil palabras y pensamientos por minuto.

Mientras maullaba el gato, en los deportes analizaban la humillación española en el Mundial. Siempre defendía que la verdadera humillación era que otra vez tomándonos por gilipollas, nos dijeran que en junio, julio y agosto bajó el paro.

Nada tiene que ver que la gente fallezca, haya huido de su país buscándose la vida, y sean contratados con contratos basura. Entre descojone, cervezas y maullidos, pensaba que el Gobierno sí que era un crack y no los que nos representaron en Brasil.

Pero necesitaba aire y más cerveza. Andar cerca del río; pensar en las coronas que cambian de cabeza; los que están a favor de ello, en contra; las nuevas voces, las viejas; recapacitar en sus argumentos sobre cómo impedir que el mundo se vaya del todo al carajo; si necesitaba cambiar pronto su estrategia para encontrar pronto un trabajo fijo en vez de pequeñas chapucillas para ir tirando; cómo le diría a ella llegado el momento que la ciudad se le quedó pequeña. Necesitaba pensar todo eso. Necesitaba salir del piso. Y más cerveza.

CARLOS SERRANO

3 de mayo de 2014

  • 3.5.14
Estaba hasta los cojones de gilipolleces. De aquellas mentes mezquinas que veían la realidad desde un prisma dorado y confortable que les enseñaba lo que ellos querían ver en cada momento. Normalmente, era mejoría en las cifras a la hora de analizar datos que helarían a cualquiera. Pero no a ellos.

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Ellos estaban por encima de cualquier sentimiento de empatía con los que cada día estaban más jodidos. La gota que colmó el vaso fue cuando aquella vocecita insignifante, aunque su dueña creía que era digna de decir cosas importantes, le acusó de no ser buen patriota por no gustarle los toros.

Barral escuchó la noticia y no pudo evitar la carcajada. Él, en su ignorancia, usaría la palabra "antiespañol" para aquellos personajes que joden cada día más a España. País que ya estaba jodido de antes, pero ellos se encargaron de darle el tiro de gracia. Su último día de profesor chafado por aquella clase magistral de poca vergüenza.

Para él, ser antiespañol es asesinar la Sanidad, la Educación, la Cultura, el trabajo de España. Pero Barral era un simple profesor. No era un genio de los números que es lo que se valora ahora. Cifras. Cuadrarlo todo. Todo lo que fabrique pensamiento libre o algo similar, mejor a la cloaca.

Barral salió a la calle. Anduvo durante horas. No llegó a ninguna parte. Su sistema nervioso atrapaba por siempre el sabor de aquel recuerdo de juventud que cada noche le impedia dormir. No era bueno ni malo. Simplemente era.

Verbo corto pero intenso el verbo "ser". Barral era, pero ya no. Verbo algo más largo, pero igual de complejo el verbo "estar". Barral no estuvo, pero ahora sí. Estaba ahí, donde tanto deseó tardar en acudir.

Intentaba de mil maneras no pensar en que sus mejores momentos habían pasado ya. El tiempo se los robó sin pedir permiso, el muy cabrón. Costaba decir adiós a cuarenta años de horario fijo. Entradas y salidas. El arrojar luz a las mentes. Buenos días y hasta mañana. Ahora reinaba el vacio de las horas muertas.

No tuvo un minuto para él desde que, siendo un adolescente, abandonara su pueblo natal. Tenía el mundo servido en buffet libre. Pero pasó de ser devorador a devorado. No le perdonó la vida. Muchos planes se trasladaron de fecha hasta convertirse en niebla y desaparecer. Quizás, era el momento de rescatarlos del limbo.

El anciano que lo miraba desde el espejo del baño parecía gritar que el cansancio ganó la partida. Pero en su cabeza el optimismo y el pesimismo vivían cogidos de la mano. El estar sin trabajo era el miedo al vacío para Barral.

Dedicó demasiado tiempo a analizar el miedo, a escribir sobre él, a dar conferencias por todo el mundo. Los libros, los artículos. Cuarenta años para darse cuenta de que la única esfera sobre la que habría que hacer un estudio a fondo no era el planeta Tierra. Merecían más las pena aquellas pequeñas circunferencias llenas de luz, de vida. Llenas de hoy. El futuro es un producto demasiado inestable como para preocuparse por él en exceso.

A pesar de ser antiespañol, era afortunado de tener aquellos ojos verdes a su lado. La verdad curvilínea de su cintura, afrutada de su boca. Era todo lo que quería y nesitaba estudiar a fondo. Sin burocracia pendiente para septiembre. Se dio de cabeza muchas veces por no haberse preparado mejor para este examen de anatomía.

Verdad dulce y carmín. Mientras ella le pregunta que hará ahora, Barral pide otra ronda. Brindaría por su falta de patriotismo. Dormir solo no es una opción.

CARLOS SERRANO

15 de marzo de 2014

  • 15.3.14
Se dice pronto. Cien años. Tres cifras. Rápidas de recordar. Por desgracia, soy de memoria frágil. No me lo tomen en cuenta, por favor. Pasó todo muy rápido. De aquellos días poco queda ya en las calles. Las gentes, el aire. Quizás algún grito de horror, alguna trinchera que algún soldado anónimo defendió hasta que el aire dejó de serle útil en los pulmones.

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Sangre, polvo y humo. Familia y amigos de la barbarie. Por un trozo de tierra que cambiará su presunto valor por vidas humanas. El trueque que define al macabro siglo XX. Realizado por cómodos oficinistas que parecen disfrutar aumentando mi trabajo en un despacho alejado de su creado caos.

Avanzó el tiempo, pasando por supuesto factura, pero no limpió bien algunos rincones. Las cornetas, los viejos uniformes. Banderas y fronteras, excusas burocráticas para apretar el gatillo. Se aprieta fácil, limpiar su trabajo no lo es tanto. Alguien señalará un punto en un mapa determinado, por arte de magia, ese pequeño punto cobrará vida propia.

Pero no se engañe, querido desconocido, la calidad de esa vida no invita a ser vivida. Todo lo contrario. De inmediato, se moverán los hilos. Se jugará el vender las mejores intenciones a la opinión pública. Antes de que si siquiera piense en lo publicado en las portadas de juguete, caerá la primera bomba.

De nuevo, vuelta a empezar. Aún no cicatrizaron las últimas heridas. Se abren otras nuevas. Nunca entrará en crisis el fructífero negocio de dolor por petróleo, poder, ventajas territoriales, etc. El etcétera más grande del mundo. Llevó de masiado tiempo dedicándome a lo mismo. Me gustaría ser un gran ignorante en este campo.

Las únicas carcajadas que salen de mi boca son las provocadas por las declaraciones de aquellos ignorantes que afirman que esta vez, será la última, que todo lo perteneciente al pasado está cerrado, que al igual que en los cuentos infantiles hay buenos muy buenos y malos que recibirán su castigo. Parecen disfrutar de mi labor.

Cierto es que si tanto me llaman y me provocan, será que soy muy bueno en mi trabajo. De ser así, de creer que soy muy bueno, jamás entenderé el motivo de que me obliguen a demostrarlo. Nunca tuve vacaciones. No creo que las tenga nunca. Cien años. Creí, iluso de mí, que bajarían las llamadas tras mi gran trabajo hace cien años. Pero no fue así. Qué pocas ganas de visitar Crimea.

CARLOS SERRANO

25 de enero de 2014

  • 25.1.14
Cuando la vio le entró el pánico. En su mente solo cabía la escena de hacérselo en cualquier callejón donde no llegasen las escasas luces que iluminaban la estación aquella mañana. Solo alcanzó a ponerle por sorpresa su abrigo y decirle que las Navidades están para pasarlas con la familia y los amigos, no para coger una pulmonía. El gilipollas esperaba una sonrisa por su ocurrencia. Recibió un guantazo. No habían empezado con buen pie.

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"Perdona, pensé que tendrías frío". Esto fue lo único que pudo balbucear mientras se llevaba la mano temblorosa a la mejilla. Ardía.

—¿Qué te hizo pensar eso?

—Llevas muy poca ropa encima.

—¿Eso te incomoda? ¿Querías taparme por eso?

—No me incomoda, me gusta mucho, pero pensé que podías pasar frío, por eso intenté ponerte el jodido abrigo.

—Qué gentil y amable. No sabría qué hacer sin hombre como tú.

"Genial", pensó él. "Preciosa y sarcástica. Me ha tocado el gordo".

—Supongo que te las arreglarías muy bien.

"No lo pongas en duda", afirmó, mientras se colocaba con sumo cuidado el pelo detrás de las orejas. Tenía la extraña sensación de haber comenzado una partida de ajedrez con aquella desconocida. Tenía que ganar tiempo para ver el juego de su adversaria.

Creía que todo diálogo de nuestra vida era una eterna partida de ajedrez. Se tarda demasiado en mover ficha dado el tamaño del tablero. Sin embargo, poseía el convencimiento de poder ganar aquella mano en pocos minutos.

Hablaron de todo y de nada. Ninguno parecía dispuesto a compartir nada interesante. Llegó a pensar que le hubiese cundido más dejarse puesto el abrigo. Hacía una humedad en el ambiente, aún estando a cubierto en Atocha, que cortaba el cuerpo. En un momento dado, ella dio un giro a la conversación. "El café está bien para el desayuno, pero podrías invitarme a whisky".

No era lo más llamativo que una mujer pudiera decir a un hombre en una estación de tren, pero le dejó unos segundos en fuera de juego. Eran solo las nueve de la mañana. "Un poco pronto para mí", pudo decir mientras tragaba saliva.

—Lo de poner tiempo a las cosas es una gran gilipollez. Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde. Todo es fruto de nuestra imaginación. De nuestra obsesión por poner leyes a todo. Nos hace sentir poderosos.

Sorprendido, afirmó: "Esa cita me suena". La carcajada hizo que aquella cafetería cobrase vida durante unos instantes.

—Debe sonarte. La saqué de tu último libro, Guillermo.

Paró de reir y cruzo las piernas. Jugada maestra.

CARLOS SERRANO

4 de enero de 2014

  • 4.1.14
No era diferente de las demás. Cuatro patas, colchón, almohada. Ikea iría más lejos: la nombraría sin dudarlo, junto con el resto de los muebles del dormitorio, República. Aunque nadie en la historia le dio por preguntarle su ideología política. No iba su forma de ver el mundo tan lejos como los suecos, pero la tenía en alta estima. Una vez fuera de sus fronteras, todo era confuso. Sin tener prueba alguna, en más de una ocasión tuvo la certeza de que únicamente estábamos despiertos en la cama.

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Los periódicos no hacían otra cosa que darle la razón. En Internacional, en un país muy lejano, tierra de oportunidades y hamburguesas, su presidente no ponía mucho empeño en ayudar a la población que carecía de los derechos básicos: trabajo o un hogar digno. Eso sí , era muy concienzudo en meter un pepino nuclear a otro presidente que vivía en la otra punta de ese extraño planeta al que cariñosamente llamaban "El Globo".

El recibidor del regalo, Bashar al-Asad el del pepino, masacraba a su población con ataques químicos. Ellos, hamburgers soldiers, son expertos, reconocidos mundialmente en localizar a ese tipo de criminales contra la humanidad. Se lo han ganado a pulso después de su gran ayuda humanitaria a Hiroshima y Nagasaki. Todo esto, años después de ganar un Nobel de la Paz. Muy bien ganado, ya que Nobel inventó la dinamita.

Dentro de las páginas de Nacional, aunque pasaba por su cabeza el cambiarse de nacionalidad, no es que fueran más coherentes las informaciones diarias. Esto hacía más divertido el despertarse, era el mayor videojuego del mundo. Eso sí, nunca supo de nadie que logrará pasárselo entero sin perder todas la vidas disponibles en el intento.

Millones gastados en el premio gordo de un sorteo olímpico que no tocó. Si no le fallaba la memoria, era la tercera vez que pasaba. Pero son humanos, es de cajón. Si te toca el premio gordo, estás a prueba de desastres de todo tipo. Que le pregunten a la potencia europea ateniense, empezaron en 2004 y no han parado. Leyes de aborto y de seguridad ciudadana al gusto de cierto gallego ilustre de profesión carnicero.

No sabía si felicitar a sus dirigentes por su empeño, o sentir pena por ellos por no saber coger una simple indirecta del destino, karma o cosmos: cada uno que escoga la terminación que prefiera. Él amaba la de tener dos dedos de frente.

Gran parte de la población no tenía asegurado poder comer mañana, las estadísticas dirán que no son tantos, pero el que hace las estadísticas come de tres a cinco comidas diarias. Juraría que es el mismo autor de "36 personas con trabajo en agosto supone mejorar el problema del paro en España". La próxima entrega "un imputado de Gürtel en la cárcel supone un duro golpe para la corrupción en España".

Lágrimas por el único gigante –llamarlo "hombre" disminuye su importancia- a favor de un mundo mejor. Impresionados no ante la importancia del hombre que yace inerte ante ellos, es un momento emocionante ya que cierta selección de fútbol ganó en ese mismo escenario un importante trofeo de hojalata dorada. Esos mismos llorones se pasarán en cuestión de segundos por el forro todo por lo que luchó el homenajeado. Perdónales Mandela, saben perfectamente lo que hacen.

Cada vez que cerraba el periódico, lo tenía claro: su futuro estaba en la cama. Lástima que no hubiese carrera universitaria para ello. Rey estaba fuera de sus posibilidades y diputado lo veía rizar el rizo: irse al sobre después de coger el sobre le parecía muy rebuscado.

Todo lo que ocurría en aquel rectángulo de matrimonio –le gustaba tener espacio de sobra- tenía mucho más sentido que lo anunciado en aquellos ríos de tinta. Si el cuerpo humano era una mayor parte agua, aquel mundo en 3D era mayor parte ironía y paradoja.

CARLOS SERRANO

16 de noviembre de 2013

  • 16.11.13
Ana creía que no era verdad. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Desconocía el camino que la llevó a esa situación. No lo vio venir. Ni ella ni tantos otros en su misma situación. Tres días. Se dice pronto. Nueve letras. En tres días vendrían las terribles nueve letras de "desahucio".

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Entrarán a la fuerza para saciar el hambre de la bestia. Una hambruna provocada por ella misma. Cuando el monstruo tenía suficientes alimentos, todo eran falsas sonrisas y palmaditas en la espalda. FirmaS, estaban entre amigos. Puto sentido del humor de los buitres.

Se comieron el pastel. Quieren las migajas. Ella guarda lo que puede en cajas de cartón donde no cabe lo más importante: lo vivido entre esas cuatro paredes. Algunas fotos, un par de libros y ropa. Ojalá pudiera dejar de sentirse como una marioneta en manos de unos titiriteros sin escrúpulos. Bailando al son de su horrible música.

Creía que sería eterna aquella nube conseguida con sus ahorros que estaban a salvo en sus manos. Fueron años buenos al principio. Trabajo y viajes, pensando la posibilidad de traer un nuevo miembro a la familia. De repente, rumores. Noticias vagas sobre caÍda de acciones. No había que preocuparse. Otras veces habían llegado informes semejantes sin que pasara nada finalmente.

Aquella vez fue diferente. Un despido, el bebé tendría que esperar. Ante la situación, se hablaba de revoluciones, de cambiar el mundo. Ana solo quiere su casa. Ha leÍdo mucho sobre el tema, escuchó muchas opiniones. El motivo de que se quede en la puta calle es un misterio.

Cierra otra maleta. Otro poco de su vida. No quitan una casa, quitan un pedazo de persona que habita en ella. Las risas, los llantos, las comidas con amigos y los polvos echados por los rincones. El más leve susurro, los gritos. Cajones y estanterías desnudas. No termina el ataque demencial. Después de los recuerdos, cual matón de instituto, igual de cobarde, te agarran de los tobillos, todo lo que salga de tus bolsillos es suyo. La dignidad de Ana, también.

Por fin, toma la carretera. Mira por la ventana. El rudo paisaje urbano deshumanizado. Ni una pizca de verde. Lo arrancó el hormigón mientras el azul del cielo era asesinado por antenas parabólicas. Toma aire y suspira. Que le aproveche al banco el dióxido de carbono de su respiración.

CARLOS SERRANO
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