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Mostrando entradas con la etiqueta La putada de ser piano [Carlos Serrano]. Mostrar todas las entradas
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23 de mayo de 2020

  • 23.5.20
Una radio tímida comienza: "Tratan de convencerle abuelo, las explosiones han terminado. Pero cuando sale a la calle, Madrid parece bombardeado. Y ve escritos en los muros gritos contra los que luchó…". Canta Ismael Serrano a los héroes de Madrid. Aquellos a los que Chaves Nogales escribiera y analizara, y criticara, con su única calidad literaria unida a su inimitable sentido del análisis en Los secretos de la defensa de Madrid.



Continua sensación de ahogo al oír los embustes cobardes de la mentira fabricada en los despachos opositores lejanos del ciudadano de a pie. No lucha, no padece. No representa. Y seguirán creando incertidumbre y nada les importa.

Perdió el llanto su valor en bolsa. Pero ya suenan otras canciones. Las del ignorante. Gritáis por la libertad, aunque si la usáis para perjudicar a los ciudadanos quizás no la merezcáis. No es un lujo que se pueda derrochar. Aunque lujo sobra en el Barrio de Salamanca. Y lo estáis haciendo con secuestro de bandera.

Sólo os interesa vuestra vida y comodidad. Así no avanza España. Hay varias, por eso es la de todos. Aunque os duela. No podéis imponer la Hispania vuestra a fuerza de golpes. Siento que no os guste lo elegido en las urnas democráticamente. Cual niño enrabietado formas tu pataleta. Y quieres que te dé las gracias debido a tu movimiento “rebelde y heroico”, según ciertos perfiles digitales con orgullosas banderas de antes de nuestra Constitución.

Los heroicos, los que no dan vergüenza ajena, son anónimos. Toman un mal café rápido y un bocadillo frío de máquina antes de acudir a la trinchera para seguir salvando vidas. Investigando en aquellos laboratorios y hospitales que luchan por un tiempo que es oro.

Tú mancillas su esfuerzo. Quiero creer que por inconsciencia de la marioneta bajo el titiritero que es la oposición cobarde. Ve en cada muerte una estrategia para ganar en la calle lo perdido con el voto. Y tú te dejas manejar como milicia de quienes no dan la mano al país, le clavan cuchillos en su débil espalda.

Y ahora, ahí estás. Tu rebelión de cazuela. Gritando, gastando el oxígeno. Ejerces tu derecho de ciudadano. Murieron auténticos patriotas para que pudierais hacerlo sin miedo. Aunque el miedo siempre pasa su factura, pagan los mismos en España. Es nuestro destino. Os habéis emborrachado de un temor visible a un enemigo invisible.

Tiran la piedra los deseosos de derrocar al Gobierno y esconden la mano. Muchos están sacrificándose por vosotros. Y se lo agradecéis rompiendo las reglas de seguridad. Tranquilos, sólo nos jugamos la vida. Quizás os comprareis otra nueva, los que no llegan a fin de mes y están siendo más castigados en esta crisis y que no viven en barrios VIP, no pueden aspirar a ello.

Vuestra rebeldía es usar la verdadera arma del voto, no la ridícula cacerola, en elegir a los recortadores oficiales de lo público y mimadores de privatizar a favor de sus amigos de la banca. Aquellos que solo ven en los españoles números y deudas que cobrar con reglas y comisiones asesinas. Desahucios, empleo precario, recortes en educación y cultura son sus armas. Toda facilidad con el fin de llenar el bolsillo empresarial y vaciar el del trabajador.

Los auténticos héroes son apuñalados por el egoísmo disfrazado de tu patriotismo de pandereta. Para ellos no hay confinamiento, solo la batalla sin cuartel a pecho descubierto en primera línea de fuego, que es la ciencia. También recortada y menospreciada por aquellos a los que dais voz en el Congreso.

Vosotros, con cánticos y golpeos, no os da para más. Sin reflexión. Guiados por los lobos disfrazados de demócratas. Ponéis en peligro a los españoles. Sal tú solo sin mi bandera. No se merece ser mancillada con egoísmos traidores. La radio suena de nuevo: "La última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo, iba matando canallas con su cañón de futuro". Así lo recita el bardo Silvio Rodríguez.

CARLOS SERRANO

25 de abril de 2020

  • 25.4.20
La vista desde el balcón deja una panorámica de bloques de viviendas antiguos de ladrillos rojos y blancos junto a un parque con unas cintas amarillas, con cuadros negros, rodeando sus columpios. El silencio no es total, pues el piar de algunos pájaros no entiende de pandemias mundiales. Tampoco el ruido lejano de coches y alguna moto de trabajadores indispensables en estos momentos. A ellos se une algún búho. Las ocho de la mañana deja un ambiente de calma extraña.



Se respira en el ambiente que, en cualquier momento, un ruido romperá el silencio de incertidumbre, de monotonía impuesta. ¿Cómo serán los silencios en la desconocida y exótica Wuhan? No parece ya el barrio de obras molestas, niños corriendo, carros de la compra hacia arriba y hacia abajo. De señoras hablando a voz en grito y señores discutiendo sobre polémicas futboleras que perjudicaron a sus respectivos equipos. Sobrevive el camión del butano anunciando que lleva su mercancía naranja. Algún vecino asomado y pidiendo su encargo hace tener contacto con la realidad diaria, todavía viva, de la plaza.

Es extraño. La falta de ruido llama a la reflexión sobre el caos urbano y las prisas. Da igual el lugar de este globo imperfecto llamado mundo. Toda gran ciudad comparte esta pausa a la misma vez. Cada titular leído habla al mismo tiempo de esa calle donde vive y del otro extremo del Pacífico. También de cercanas calles y monumentos de la vieja Europa. No hay pasaporte ahora mismo. Todos iguales de jodidos. Eso no entiende de regímenes políticos ni banderas. Todos estos detalles habitan su cabeza mientras bebe café y mira por la ventana.

Las palomas se saben dueñas de ese microcosmos que son los aires acondicionados. Al igual que los míticos planos de Hitchcock, forman su ritual de toma de posiciones estratégicas en algunos balcones. Dan su organizado golpe de estado del aire ante los impotentes relamidos de cazador de algún que otro gato.

Mientras tanto, la radio habla de cifras de muerte, de vacunas que están por llegar, de mascarillas y guantes, de geles desinfectantes. De discusiones inútiles en las altas esferas políticas. Un horizonte nebuloso de incertidumbre llena esa isla inexplorada que es el futuro.

Queda saber cuál es nuestro nivel de aprendizaje en estos momentos, cuando sea un recuerdo el conjunto de estos días cero. Cero debido a la parada en nuestro ritmo de vida, al paréntesis. Uno, seguirá cada uno de esos habitantes llamados ciudadanos preocupándose exclusivamente de llegar exclusivamente a cada día treinta, o treinta y uno menos febrero loco, con las facturas pagadas. Solo viven ellos y sus problemas. Dos, quizás hayamos ganado en sentido de globalidad y preocupe más cuando estalle la próxima guerra en un país desconocido de África, o el desastre natural que asole alguna isla muy lejana y pobre.

Filósofos del optimismo por cojones afirman en su doctrina que saldremos siendo mejores. Que el coronavirus nos hará valorar más las citas con la familia y las amistades. No dice nada bueno sobre aquel que necesita una pandemia mundial para valorar estos dos pilares de una vida plena. No son de fiar los que necesitan el caos para darse cuenta de lo que realmente importa.

Se tachan días del calendario y se hacen planes cuando estos días terminen. Es difícil imaginar que reinen los abrazos efusivos y los besos. A lo mejor gana el miedo. Muchos se pensarán acudir a según qué sitios mirando la cantidad del aforo.

Otros, quizás, se dejen llevar por su vena emprendedora y con todo ese papel higiénico que les ha sobrado, junto con chocolate y la cerveza acumulada en su búnker particular, abran pequeños comercios que escapen del control de la desbordada burocracia. Esa incertidumbre es quizás la mejor noticia. El no saber lleva a preguntar, y el preguntar, a pensar respuestas. Quizás más de uno haya leído más de un libro. Ha hecho más un virus por la cultura que muchos ministros.

El cielo afuera está despejado, la naturaleza está abriéndose paso en impensables escenarios. Hermosos ciervos hacen turismo en mitad de carreteras sin automóviles, tranquilos e inocentes. Si fuera paranoico, afirmaría que esta situación es un gran corte de mangas del planeta al ser humano. Argumentos no le faltan. Afortunadamente, quedan videollamadas, con sus respetivas rondas etílicas, que permiten tener conciencia que no somos astronautas perdidos en el espacio al igual que en aquella gran canción de David Bowie.

Terminado el café. Ya se pueden apagar las luces del salón. Entra suficiente luz natural. Esa no deja de ir a cotizar día a día. Y al igual que a policías, doctores, currantes de supermercados, camioneros, repartidores de comida y a tantos que se esfuerzan en hacernos ganar un valioso tiempo, le debemos que valga la pena despertar un nuevo día.

CARLOS SERRANO MARTÍN

8 de septiembre de 2017

  • 8.9.17
La anciana, Patria, escucha la radio en la cama. Deja el volumen bajo, para que pueda oír la puerta o el teléfono si sus hijos llaman. Hijos que de verdad la quieran. Ha dejado, sobre la mesita de noche, cartas de antiguos amantes que prometieron la luna. Lo único que dejaron fue un alunizaje contra la fría realidad. La que supone su habitación sucia de residencia abandonada. Cantaron las más bellas serenatas para dejarla con dolor en los ojos de tanta lágrima derramada.



Pero no han logrado arrebatar toda su belleza. Ha sido amada por sotanas, intocables por la gracia de Dios, más preocupadas por llenarse los bolsillos que de ayudar al afligido y al que moría de hambre. Militares con sed de sangre y venganza, armados con los fusiles del miedo al cambio, que lograron con golpes de Estado cuarenta años de cenizas, ignorancia y calaveras.

Ha sido despreciada por rastreros salvadores sociales de toda índole. Su única solución, tras enamorar al que nada tenía que perder, ha sido cortar la cabeza a todo aquel que formó resistencia a revoluciones. Las mismas que acabaron convirtiéndose en aquello contra lo que levantaron el puño.

Su boca habla de pueblo, unión, igualdad, mejora social y política. Justicia brilla en su armadura de caballero andante. Patria llora al recordarlos. Solo la querían para enriquecerse en su lecho y huir. Como los chacales.

Patria no pide mucho. No aguanta más dolor de huesos. Más manos que se levanten contra ella. Quiere algo de vergüenza en sus ahijados. Quiere ver que no sale barato ser tan miserable en el Gobierno a costa de exprimir a sus españoles. No tiemblan. Pues encima piden los exprimidos que sigan apretando un poco más. Sin inmutarse. Hagan lo que hagan, tienen todos los caminos libres. Patria necesita un pañuelo cuando piensa en ello.

Ríe, ya no quedan más lágrimas, cuando la amnesia gana en los colectivos para recordar sus hazañas. Pues Patria tiene Historia. Para estar orgullosa además. Algunos capítulos nadan en selectivas lagunas con niebla, según el que recuerde. Pues siempre hay ángeles y demonios en sus anécdotas.

Narran desde los altares para pedir una independencia por un pasado imaginario, la piden a golpe de disparos en la nuca. Defienden que entre la más cruel matanza entre hermanos, unos fueron miserables y otros no pegaron puñetazo alguno.

Traidores, que hablan ahora desde un yate con puro habano, siguen poniendo la palabra "obrero" en sus chapas. También traidores que afirman no subir impuestos y que todo en salud de Patria va muy bien. No hay explotación laboral, no hay puñaladas a los trabajadores, robándoles la pensión, para tomar unas vacaciones en Suiza. No hay hospitales con camas en los pasillos debido a que algún genio decidió jugar hacer negocio con la Sanidad.

No hay pobreza infantil y familias muriendo de hambre. No hay jóvenes abandonando sus estudios debido a que el mismo genio de la Sanidad vio que la Educación y Cultura no eran necesarias para que Patria llegase a una buena vejez.

No hay coronas oxidadas que nadie eligió. No escupen contra los bolsillos que los mantienen sin que se ganen el dinero. No tienen en casa de Patria su patio de juegos particular. Si eres socio, tienes barra libre sin que nunca conozcas cuarto de castigo. Si de ellos dependiera, desconectarían el oxígeno de esta mujer mayor. Llaman a la puerta. Patria se dirige abrir despacio, con mucho miedo.

CARLOS SERRANO

11 de noviembre de 2016

  • 11.11.16
Lorca no quiere ser encontrado. Desde donde solo él sabe llegar, sigue escribiendo. Es su manera de hacer un corte de mangas a los rifles y a las cadenas cobardes. Me lo dijo mientras yo pedía perdón. Me dirigí a él como maestro cuando, obviamente, por razones de nacimiento, no pudimos ni siquiera tomar un café o disfrutar de una cerveza bien fría mirando a la Alhambra. Cada vez que yo intentaba un verso, me disculpaba. La poesía, la literatura, en mi país perdió un poco de su magia, perdió oxígeno y sentido, cuando Federico cayó muerto al suelo.



No quiere ser encontrado en un país donde se echan de menos las oscuras manos que silenciaron su garganta. No es rencor. Para qué regresar de donde está, entre versos y vino, para volver a la salida. Mejor enterrado. Desde una torre de marfil, se comunica que quizás desaparezcan los esfuerzos de miles de españoles. Por el mantenimiento de los lujos del reino, la pensión es un lujo. Es dinero sagrado.

Una derecha cada vez más rancia, una izquierda que cree que la solución es insultar de manera más culta y gritar con más fuerza. Ahora mismo se emborrachan, para olvidar las caras con más poca vergüenza que parió madre alguna, toda una generación que no salió en ningún libro de literatura o historia, pero que pusieron sus prosas y sus versos al servicio de dejar en herencia una tierra mejor. De no agachar la cabeza y apretar los dientes.

Mientras Unamuno invita a rondas llorando su "venceréis, pero no convenceréis", se ríen ciertos fantasmas perdidos que, deambulando de bar en bar, gritan a voz en grito rasgado: "¿para esto perdimos una guerra?". Federico insiste en que lo llame por su nombre. Monta con ellos obras de teatro y revistas. Funda periódicos de titulares mudos y fotografías con pies de foto musicales. Hacen lo que les da la gana con los géneros. Hace tiempo que expulsaron a los banqueros y a los empresarios corruptos de las rotativas.

Siguen triunfando los mismos. Otras caras. Otros trajes. Otras melenas engominadas. Pero son ellos. Miguel Hernández prepara una sopa de cebolla bien caliente para tirársela a la cara cuando tenga ocasión. El miedo sigue siendo su cancerbero más eficaz. Todo aquello que inspire un ápice de cambio o presentar otra opción sobre la mesa será abolido de manera eficaz.

Un perfecto engranaje de represión sutil y censura. Es digno de elogio. Seguimos consumiendo el mismo producto de mierda, con envoltorio de flores. Lo llaman democracia. Seguimos tragando. "Para lograr eso hace falta talento: el más puro y puñetero talento", sentencia Buñuel mientras apura un cigarrillo.

Machado, Antonio, pilla una manta, mucho frio en Francia. Todavía recuerda su infancia en un patio con naranjos en Sevilla. Quiere dar clases, pero no encuentra alumnos dispuestos a expresar libremente su opinión por miedo a suspender si no ponen exactamente lo que dicta el malvado plan de estudios.

También fusilaron el perder el miedo a la capacidad de debate. El escuchar al otro. Contradecir siempre desde el máximo respeto a la persona. Suena ya a ciencia ficción. Es un yo gigante imponiéndose a otro yo gigante. No hay un lugar para un ellos o nosotros.

La jodienda reside en que desde que nos falta el último poeta se ha escrito mucho y mal. No se ha respondido nada. A mayor número de letras, no hay mayor información. Es un fallo muy común. Entre los que saben escribir y entre los que no tienen ni idea. No hace falta llenar titulares. Se ha construido un puente hacia el tesoro real al mayor ejército de piratas que se recuerda.

Lo más curioso es que ha sido el ejército defensor. Aunque mueran algunos aldeanos, ellos tendrán su buena bolsa de oro. No es mal negocio. Eso sí, les hubiese sido más fácil ir desde el primer día bajo la bandera negra con calavera. ¡¡Cuánto bello uniforme de soldado real nos hubiésemos ahorrado!!

Lorca apenas habla. Todas las líneas que no le dejaron volcar sobre papel en vida, las deposita delicadamente ahora. Nos pide que no gritemos tanto. Las musas tienen oídos delicados. Que no agotemos el vino. Es el único capricho que le queda. Rompió de pura rabia el piano por el trato persecutorio que sufre la cultura. Parece que fuera un criminal.

Deja la escritura. Federico está cansado. No quiere que la luz de la insensibilidad y de la falta de empatía, del sacar pecho por pisotear al prójimo, toque sus maltrechos huesos. De esconder tras bonitas palabras, la mayor de las puñaladas a la gente que necesitaba más que nunca que alguien diera un paso al frente y hablase por ellos. Ya son suficientes las balas.

CARLOS SERRANO

27 de mayo de 2016

  • 27.5.16
Llegó el momento en el que parece que todo da igual. Sólo vives por un objetivo, por un camino. No ves más allá por miedo a descubrir que tuviste que haber escogido otra opción. No se trata de correcto o incorrecto. La mayor parte de las mentes cerradas se esconden tras esta clasificación. Miró la hora una vez más. El reloj lo invitó a ello: salió a beber. Los minutos conocieron el segundero de su vida. Nunca más se supo. Conforme hablaba con la gente que se cruzaba en su etílico viaje, cobraba más fuerza la idea del sol tomando vacaciones al final de cada día. Nos descubrió mostrándonos más sinceros, más nosotros, por la noche.



Experimentar, caerte, herirte, llorar, triunfar, reír y perder. Ganar. No quiere ser oráculo. Nadie puede serlo. Le hicieron pensar que estaba en la edad de subir ciertos escalones. Si no, había fracasado. Pero esta noche, todo iba a cambiar. Aunque él lo ignoraba. ¿Quién conoce el fracaso o el éxito? Otra ronda.

Todo se paró, de repente, al verla bailar. Fue un momento en el que se debe creer en la buena suerte. Unos minutos en otro bar, unas copas menos, y se lo hubiera perdido. Le costaría olvidar aquellas eses que dibujaban sus caderas con el ritmo de la música. Parecía que la banda tocaba para ella. O que ella bailaba para la banda.

Quién fuese partitura. No cualquiera. La que fuese capaz de provocar semejantes movimientos. De cintura, de piernas. Las nalgas y los pechos dotados de una hermosa carga extra móvil de erotismo. Disfrutaba pensando que en la cama debía ser igual de eficiente que en el arte de la danza.

Le excitaba, y extrañaba, la ausencia de versos sobre esa presencia en aquellos lugares de la ciudad, oasis ocultos en cajones sin farolas. Pero observando su cuerpo fue consciente de que no sólo era testigo de un simple baile: los gritos de júbilo, el pelo indomable, la mano luchando para que la copa no tocara el suelo. Todo era una partitura de sudor, alcohol, falda y medias negras. Extraño caos.

Al carajo la posición de espectador, Hemingway de mierda. Apuró la copa y se acercó a la ninfa. Le entró el pánico. En su mente solo cabía la escena de hacérselo en cualquier callejón donde no llegasen las escasas luces de afuera. Añadir unas notas más, inspiradoras y lo más salvajes posibles, a la sonata nocturna.

Templó los nervios, se colocó a traición detrás de ella. Por sorpresa comenzó a decirle palabras lentas susurradas al oido. Fueron disparadas de sus labios con la suficiente confianza, volumen y precisión, para que la ninfa parase por unos segundos su danza urbana.

Hablaron de todo y de nada. Ella dio un giro a la conversación: "podrías invitarme a whisky". No era lo más llamativo que una mujer pudiera decir a un hombre en un antro como aquel, pero lo dejó unos segundos en fuera de juego. Eran casi las seis de la mañana.

Ella afirmó con seguridad, otro tanto para la bailarina que convirtió una noche de borrachera en algo interesante. Lo de poner tiempo a las cosas es una gran gilipollez. Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde. Todo es fruto de nuestra imaginación. De nuestra obsesión por poner leyes a todo. Nos hace sentir poderosos.

Sorprendido, afirmó: "esa cita me suena". La carcajada hizo que aquel bar de muerte cobrase vida durante unos instantes. "Debe sonarte. La saqué de tu último libro". No paró de reír al ver su cara de imbécil y cruzó las piernas. Jugada maestra.

Mentiría si no dijese que le dolió la espalda al chocar contra la pared del baño. Ella lo empujó adentro con tal decisión y fuerza que no iba a estropear el momento con protestas. Ahora. Era ahora. De un momento a otro, el local empezaría a vaciarse.

Sin palabras, comenzó el concierto carnal. Las manos, temblorosas, acariciaban los cuerpos que no tenían tiempo de ser desnudados. Como si dependiera la vida de ello, la ninfa tomó con fuerza la cabeza del amago de escritor. Susurró su orden de ruta clara y concisa. Rebelarse no era una opción.

Empujó hacia el sur de su vientre al marinero perdido con el objetivo de trasformar una orilla en un placentero océano tormentoso. Lo tiraba con fuerza del pelo. Arañó su nuca cuando aquel impulso eléctrico que subía por su espalda y salía por su boca en forma de gemido no podía evitar que arqueara la espalda. Con decisión, la mano del desconocido que se encontraba entre sus piernas se encargaba de nuevo de ponerla contra la pared.

Con su humedad reciente en los labios, tomó entre las manos fuertemente las nalgas, como una fruta madura a la que se impide tocar el suelo. Comenzó a escalar a golpe de pequeños mordiscos. La oreja, el cuello y la boca no pudieron escapar de los labios que parecieran tener vida propia.

Cuando parecía el fin del combate, exhausto se retiró unos pasos a tomar aliento. Fue obligado a tomar asiento en el incómodo inodoro. Fue una montaña rusa. Parecía imposible, pero su cintura no dejaba tregua a su hombría moviéndose con igual, o mayor agilidad, que en la pista de baile. Era difícil mantener el aliento dentro de los pulmones y seguir saboreando como pedían aquellos dos bellísimos pezones. La miró a ella. Su sonrisa mordiéndose el labio inferior anunciando el final quedó grabada en su retina.

Al salir del habitáculo, tenía la extraña sensación de haber comenzado un juego de ajedrez con aquella desconocida. Ella salió a fumar. Con el cigarro en los labios, le guiñó un ojo a modo de despedida.

Creía que todo encuentro de nuestra vida era una eterna partida. Se tarda demasiado en mover ficha dado el tamaño del tablero. Sin embargo, poseía el convencimiento de poder ganar aquella mano en pocos minutos. Pidió la última copa de la noche. Mientras el alcohol bajaba lentamente por su garganta, anduvo hacia la salida. Soñaba con la próxima jugada. Nunca tendrá lugar. Le recibió la lluvia con los húmedos abrazos abiertos para devolverlo a la realidad. Resaca, frío y bares cerrados.

CARLOS SERRANO

27 de junio de 2015

  • 27.6.15
Estaba en el bar solo. Su particular jornada de reflexión comenzó hace aproximadamente dos cervezas. Todos querían sus mimos en forma de papel en la urna. ¡Vaya frases más bonitas susurraban en su oído las noches de insonmio! A veces, parecía que todos querían lo mismo. O él era muy desconfiado, o solo le querían para meterse en su cuenta corriente. No se fiaba del todo. Pero cómo resistirse a esos trajes y peinados, esos movimientos de manos seductores, esas frases amorosas para la tierra. Difícil decidir.



Pero tenía claro que no era un votante fácil. No le valían tantas carantoñas si luego acababan en una mierda de polvo. Si te he visto, no me acuerdo. Encima luego vienen los pactos, los tríos, las manitas a escondidas. Se sentía sucio.

El último en llegar no parece como los demás. Sus pelos al viento y el desprecio a la hispano y a la figura del macho alfa. Le costaba admitirlo, ese y el del cartel en pelota picada, le ponían muchísimo. Le habían roto la pensión, el sueldo y sus derechos. Pidió otra cerveza.

Son tratos para demasiado tiempo. ¿Estaba hecho para ataduras? Con lo sano que es el picoteo de lo mejor de cada casa. Le hablaban por televisión, cartas, le daban la mano por la calle. Estuvo a  punto de denunciarlos por acoso. Al mismo tiempo, le gustaba tanta atención. Otra cerveza.

Debía dejarse de amantes y sentar la cabeza. Era necesario. Si no probaba, no podría despotricar luego de la vida en pareja. Tenía mucho miedo. Otro desengaño sería doloroso. "Hay que tener fe en algo", dice entre sorbo y sorbo. No sabía el motivo, pero iría a la cita con su mejor traje. Era un día grande. Notaba el nerviosismo en el ambiente, no le extrañó. Se sorteaba la pareja más sexy de baile.

Por poner un pero, no le llamó la atención el menú para el evento. El menú de siempre no era de su agrado. Le daba gases, se repetía mucho. Luego estaba el que era lo de siempre, pero llevado por otro catering. Le gustó aquello de que tuvieran también un vivero con rosales. Disfrutaba en su tiempo libre de la jardinería. Causó un ligero furor la propuesta de nueva cocina. Aunque jugaba con ingredientes de toda la vida. Eso sí, la presentación de platos, sobresaliente.

Luego estaba la oferta vegetariana. Aunque en el fondo, no sabía qué pintaba ahí, si todos se morían por un buen chuletón de buey. Nadie le quitaba el mérito de lo bien que cuidaban su huerto. Qué hermosura de coles de bruselas, repollos, tomates y berenjenas. Algún patatal se notó. Los del viejo restaurante les pisoteaban costantemente la mercancía. Lo vió con sus propios ojos. Qué local más sucio. Aunque se entendía su éxíto por su amistad con Sanidad.

Al día siguiente, con un ligero dolor de estómago, se puso al día de quién mandaba en la cocina. Para su sopresa, los vegetarianos se pusieron tibios de buen solomillo. Los de siempre empezaron a cambiar menús; los de los rosales empezaron a ofrecer comida vegetariana; el de Sanidad empezó hacerse ya amigo de todo dios.

Regresó al bar, y con la cerveza fría recorriendo el gaznate, casi muere de la risa cuando un camarero, habitante asiduo de la parra, le comentó entusiasmado que la tapa del día era gazpacho.

CARLOS SERRANO

10 de enero de 2015

  • 10.1.15
Iba a escribir sobre unos lápices que jamás volverán a dibujar. Mi relato tenía como protagonista un arma reivindicativa. La sátira, azúcar a la amarga realidad. Algunos papeles manché sobre la hermosura encerrada en la palabra "paz".

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Me documenté sobre si los dioses y profetas tenían sentido del humor. Deben de tener uno muy propio. Tan único y diferente que muchas veces no entendemos sus chistes. No por ignorancia: es que no estamos preparados al ser simples mortales. Tener solo la fe como herramienta de traducción no ayuda.

El primer párrafo hablaba de unos ciudadanos que iban a trabajar. Durante el trayecto desde su domicilio hasta su puesto laboral, otros personajes deciden que su vida no vale nada. Que es incluso sacrificable. El motivo no lo tenía claro.

En un primer borrador, puse que asesinaron en nombre de su deidad, por osar las víctimas a poner su cara en un dibujo de una revista. No sé si sonará creíble. Borré de inmediato esa idea. Debía encontrar otro motivo más razonable, para no preocupar en exceso al lector.

No dormiría tranquilo trasmitiendo la idea de que hay humanos, al menos tienen forma humana, que asesinan en nombre de una religión determinada. En vez de tolerar y convivir con la del vecino, le vuelan los sesos al prójimo que es más rápido. Qué cosas tenemos los escritores.

El relato tenía también algo de ensayo. Sobre si existen esos dioses y profetas por los que tantas veces se aprietan gatillos. Unos asesinos no representan a todo un conjunto de creyentes en una fe determinada.

No tiene nada que ver aportar conocimientos vitales en Matemáticas, Agricultura o Medicina a toda una civilización o predicar que hay que ayudar al prójimo por encima de todas la cosas, con rebanar pescuezos o volar por los aires a aquel que no coincida con tu visión del Ser que está por encima de nuestras cabezas.

Me negué añadir en el ensayo la palabra "santa" a estos actos de guerra, como los llaman estos cobardes. Da igual el nombre por el que se manchen las manos de sangre los fanáticos, el nombre de la religión, si viene de Oriente u Occidente, es vomitivo.

La santidad, no sabía muy bien cómo definirla, estaba muy alejada de todo esto. Tenía que poner esta reflexión en el ensayo para indicar que no se generalizara. "Generalizar" es un verbo muy peligroso. Puede hacer más daño que una bomba.

El segundo párrafo iba a describir la profesión de los ciudadanos que son abatidos a tiros. Iba a pasarlo muy mal tratando de aproximarme un poco a la ironía que supone pertenecer a un gremio, que en teoría está protegido con la bandera libertad, constantemente pisoteado.

Supongo que hay quien se descojona con palabras como "libertad de expresión", "verdad", "información veraz", etcétera. El relato pedía que algún día explicaran la broma. Secretos en reunión son de mala educación.

Más adelante, tenía guardadas unas líneas acojonantes. Sobre que un cuerpo puede ser mutilado o acribillado, pero las ideas de los dueños de los cuerpos mutilados y acribillados no entienden de biología. No ceden a la violencia. Pero las eliminé.

Me imaginé a un familiar cercano estando hasta los cojones. Imaginé a un hijo gritando que a las ideas de su padres no podía darles los buenos días, un abrazo. Regalarles un buen libro por su cumpleaños.

En definitiva, el relato se me iba de las manos. Suele pasar. Luego quise añadir pequeñas reflexiones personales. Si nosotros mismos nos poníamos la mordaza por miedo, indirectamente habremos apretado el gatillo en cualquier ciudad donde el terrorismo haya dejado tarjeta de visita. Además, mezclaba las palabras "religión" y "política" aposta. Indicando que esta palabras pequeñas podían llegar a ser grandes hijas de puta. No siempre. Pero demasiadas veces. Sobredosis.

No dormía pensando en nombrar cosas. Me invadieron la cama "hipócrita", "sangre", "guerra", "muerte", "fanatismo", "gritos", "dolor". Todas ellas a la vez. Lógico que sudara frío. Tomé mi café en un descanso tras escribir durante un buen rato.

Mirando por la ventana, con la radio de fondo, creía que sería genial poder trasmitir todo el sentimiento de repulsa hacia el asqueroso acto. Lástima que tuvieran que pasar desgracias para que nos pusiéramos de acuerdo en algo. Pero dejé de ser cínico, por un momento, e intenté seguir escribiendo.

El relato iba a tener un final apoteósico. Un puñetazo sobre la mesa. Era más violencia. Cagarte en los muertos de la violencia con violencia, puede ser gracioso, pero estúpido. No era necesario en estos momentos. Aunque sea en forma de dicho popular o literario.

Lo que más me preocupaba era escribir mucho y no decir nada. Eso se lo dejo a los que intentarán acaparar portadas, los que quieran aprovechar la situación para que gane su discurso de odio y de miedo en las urnas, los que quieran hacerse ricos con estas situaciones. Para ellos cedo mi parte de mierda.

En definitiva, el relato trataba de muchísimas cosas. Algunas muy importantes. Iba a ser escrito de tal forma que la única manera en que podía leerse era a gritos. Quizás era un proyecto demasiado ambicioso. Quizás no cabe tu granito de arena contra la barbarie en un solo relato. Quizás por eso nunca tuve los cojones de escribirlo.

CARLOS SERRANO

6 de diciembre de 2014

  • 6.12.14
Llueve. Es una putada. Según algunos, claro está. El olor a tierra mojada, la sidra bien echada –un arte muy infravalorado– ayudan a ordenar ideas. Estas líneas podrían haber nacido en Madrid, Barcelona, Roma, Cádiz. Pero han empezado a existir bajo la lluvia asturiana.

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El objetivo, si lo hubiese, no está muy definido. Dejad que disfrute viendo hasta dónde puedo llegar. Tomadlo como un juego. No esperéis un argumento elaborado ni grandes personajes. Solos tú y yo. Mis bombillas explotando en un pedazo de papel. Viendo, quien sea, su último brillo. Perdón si no suena emocionante.

Si decides participar, felicidades. Pero advierto que no hay un itinerario fijo. Solo sé que partimos de una aldea del norte de España. Llueve. Empiezo la partida. Bienvenido. Lo jodido muchas veces es cumplir ciertas expectativas. Muchas personas me han regalado bonitos elogios que en verdad me tienen fascinado y preocupado: en teoría, triunfaré.

¿Triunfaré bajo sus condiciones de lo que es el triunfo en la vida o bajo los mios propios? Puede que me choque contra un muro y caiga al suelo, pero el mero hecho de intentar atravesarlo es un éxito. Para ellos, simplemente, es que opté por la vía fácil. ¿Desde cuándo partirte la cara es fácil?

La vida son criterios. Buenos, malos, erróneos, jodidos, esquivos, puteantes. Altos, bajos, violentos. Sin darnos cuenta, estamos superándolos o no cumpliéndolos. Solo cabe averiguar quién es nuestro arbitro particular y preguntarle cuál es nuestra puntuación. Criterio sobre cómo debes vestir, hablar, pensar, beber, follar. Todo momento que creamos exclusivamente nuestro es un jodido examen. Nunca habrá aprobado general.

Con tus acciones puedes contentar a A o B, olvídate de C. A veces C y B, pero jodiste a A. El peor tipo de esclavitud es la de estar encadenado a la visión ajena. Si te importa mucho cómo eres visto por el prisma de otro, deberías pensar seriamente en coger unas buenas piedras. Cada cristal roto será una gran victoria en tu condición de individuo.

No seamos ilusos. Odio a la gente antitodo que en el fondo son quiero-todo. La hipocresía –o para ser más exactos, la ignorancia de ser una paradoja con patas– me llama la atención en el mundo en que nos tocó vivir.

Por cojones ser el más alejado del sistema, sin dejar de desear lo mejor del puto sistema. Adoro a las personas coherentes. Son una verdadera especie en peligro de extinción. Aunque, hasta cierto punto, llega mi adoración.

No creo que deba tener cabida la coherencia de quienes ven todo a su alrededor reunido en un solo camino. Aunque los lleve a un precipicio, lo seguirán hasta las últimas consecuencias. Todo planificado hasta el último detalle. Solo tiene una grieta semejante filosofía: la vida es lo más decididamente caótico que existe. Intentar ponerla en orden es perder el tiempo.

Por eso creo que las ciencias tienen un defecto: todo debe tener clasificación y explicación. Explicar el mundo al mismo tiempo que lo aíslas en una gran urna de cristal. Podría seguir, pero no es bueno gastar toda la munición en el primer combate. Afuera, en un pueblecito asturiano, sigue lloviendo. Mañana, quizás, continuará la guerra. Ten paciencia con mis palabras. Salieron a ver la noche de un escrito sin pedir permiso a nadie.

CARLOS SERRANO

20 de septiembre de 2014

  • 20.9.14
El recién llegado miró con desconfianza al anciano cuando dijo que había un problema grave que resolver. No daba crédito. Según él, su oferta era del todo legítima, teniendo en cuenta las condiciones actuales del mercado. El anciano le explicó, con la mayor de las paciencias, que él no se movía por las condiciones de ningún mercado o bolsa de valores.

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No salía de su asombro. Tantos kilómetros recorridos para recibir una negativa. Estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quisiera a la primera. Aquella negativa era toda una novedad para él. Así que optó por la estrategia que han seguido todos los hombres como él a lo largo de la Historia: empezar a gritar creyendo que sus argumentos eran mejores si eran gritados.

—No grite cuando hable conmigo– suplicó el hombre mayor, mientras jugaba nervioso con un manojo de llaves oxidadas.

—No me esperaba un recibimiento así, eso es todo. Estoy acostumbrado a que se reconozca mi valía.

—Le tendrían que haber dado un señor puñetazo hace tiempo, me parece.

Aquella frase dejó al viajero fuera de juego. Jamás le habían hablado así en su vida. En su tierra, su persona era recibidora de palmaditas en la espalda, elogios por doquier, lametazos en el culo.

—Ya caigo. Usted no sabe con quién habla.

—Sí lo sé. Lo que pasa es que me da igual.

Era imposible. Él, que había levantado un imperio. Él, que había llevado su país como marca por el mundo entero. Estaba siendo vencido por un hombre que, como mínimo, le triplicaba la edad.

—Señor, va a aceptar mi oferta. Por su bien. Mis amigos pueden darle fe de que soy un buen tipo. Llevo mucho tiempo en este negocio, lo conozco bien. Si vende, estará el negocio familiar en buenas manos. Las mejores.

El anciano empezó a reírse tan fuerte que la mandíbula se le salió de la boca. La recogió del suelo, le quitó dos pelusas y se la volvió a meter en la boca si ni siquiera soplar. Con dos cojones. El viajero no pudo contener su cara de asco.

—Perdone mi reacción, pero ni incluso muerto puedes dejar de pensar en hacer dinero. Lo normal en estos casos es preguntar por el sentido de la vida, qué mínimo. Nos faltas al respeto.

Era la gota que colmaba el vaso. Dejó atrás su país, sus bancos, sus medios de comunicación, a su buen amigo Mariano. Todo para que un viejo chocho le diera lección de modales.

—Está usted hablando con el hombre cuya gestión logró que su negocio se convirtiera en el mejor banco del mundo.

—Y usted habla con el ojito derecho de Jesús de Nazaret, o lo que es lo mismo, el hijo del dueño de su mierda de negocio.

—Con hombres más poderosos he tratado.

—Emilio, están ahora vivos y contentos de no tener que hacer negocios contigo.

Eso fue un golpe bajo para el pobre Emilio. Podía soportar cualquiera cosa. Que su banco haya dejado a miles de personas sin hogar, que fuera ayudado por políticos para obtener perdones judiciales, pero que se dudase que la gente disfrutaba haciendo negocios con él, eso no cabía en la cabeza del gran banquero español.

—Pues todos los periódicos hablan maravillas de mí.

—Queda feo morder la mano que te da de comer. También hablan siempre maravillas de El Corte Inglés y no por eso será mi primera opción para ir de compras.

Emilio no dijo nada. Dejó atrás a Pedro y empezó a caminar. Tras un buen rato a solas con sus pensamientos de todopoderoso gigante financiero, demasiados complejos para los simples mortales, fue consciente de que su plan había fracasado. Tendría que esperar ocasión más propicia para hacer negocios. Un cambio de rumbo en la dirección de la empresa donde ahora mismo se encontraba quizás, quién sabe.

—Emilio, no te me vengas abajo. Aquí alegría por encima de todo.

—Creo que tienes razón, Pedro. No todos los banqueros pueden decir que han hablado cara a cara con el primer Papa, aunque luego acabases de cerrajero.

—No te pases.

—Lo siento. ¿Cuál es mi nube? Como español y buen católico, supongo que una con vistas al lado de la del creador. Vamos, digo yo…

—De eso quería yo hablarte. Estamos un poco justos de aforo, creo que tendrás que irte al piso de abajo, con vistas inmejorables, eso sí.

—Pedro, no me jodas.

—Emilio, sí jodo. No puedes permitirte la hipoteca de una nube. Además, allí harás amigos enseguida. También se lleva mucho el rojo, te gustará.

No podía ocultar su frustración nuestro viajero. Mientras bajaba y sudaba como nunca había hecho en vida, pensaba que igual en el fondo no estaría de más tratar con otro cliente potencial. Sobre todo, si era un aliado de tantos años.

No hubo respuesta cuando exigió ver al dueño, le dieron un pico y una pala. Lo encadenaron a una gran roca en la que podía leerse "fin de mes" y le explicaron, con todo lujo de detalles, su nueva función corporativa: picar y picar. Si bajaba un solo segundo el ritmo, la roca lo aplastaría.

Entre gritos de dolor y angustia, chasquidos de látigos y un penetrante olor a sudor y azufre, una nueva voz se oye a lo lejos susurrando a todo el que pone el oído: "¿cuándo nos dan el despacho y el coche oficial?".

CARLOS SERRANO

12 de julio de 2014

  • 12.7.14
Se levantó tarde y arrepentido. Había perdido la mañana. Aunque despertó descansado. Pero eso no compensaba el hecho de que ya no le daba tiempo a realizar las múltiples y tediosas tareas que tenía programadas para el día. El despertador corría gran peligro de perder su trabajo. Odiado por todos. Nunca agradecidos los servicios prestados. Pero seguía fiel en la mesita de noche.

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Ducha rápida, tomó café, para ponerse a escribir de nuevo cuando antes. Dejó colgado anoche aquel escrito que tarde o temprano debería de visitar el mail de la redacción. No era un escrito bueno ni malo. Hacía tiempo que no enviaba nada y no quería recibir una reprimenda.

No era de esos escritores que escriben todos los días. En su caso, eso solo serviría para escribir basura. Trabajaba cuando el cuerpo lo empujaba a ello. Cuando la cabeza le estallaba en frases que inmediatamente debían ser depositadas en el folio. Cuando le inspiraban unos ojos verdes, marrones o azules, una copa bien servida. Simplemente el hecho de que era mejor escritor que orador. Sin señal, no merecía la pena ponerse frente al ordenador.

Llevaba unos dos folios. Pero, tras leerlos, decidió borrarlos. Empezar de nuevo. Una cosa es no enviar una obra maestra y otra enviar mierda. Pero no podía evitarlo. Nada le inspiraba últimamente. Eso afectaba a su escritura. Habían cambiado muchas cosas desde su última entrega. Pero las consecuencias de dichos cambios parecían conducir a que todo seguiría igual irónicamente.

La prensa hablaba de verdades erróneas. Coronas que cambiaban de cabeza. Nuevas caras, con nuevas voces, nacidas con una maldición. Mientras gritaban bellas ideas en los altares dorados de la vieja Europa, eran a la vez las nuevas dianas de los dardos lanzados por los de siempre. Aquellos que escalaban en la mierda en que se convertía la calidad de la vida ajena.

Todo seguía con aquel olor a rancio que tardará años en ser ventilado. Lo más irónico de todo era que esas nuevas voces no concretaban nada por el momento. Gritaban preciosos principios, sin vocalizarlos. No se diferenciaban, por el momento, de sus predecesoras. Era irónico de cojones. Merecía un brindis.

Por ello, dejo el café y se paso a una cerveza bien fría. El cursor seguía inmóvil en el mar blanco que era la pantalla. Siempre hay algo que merece la pena de ser contado. Pero en estos precisos momentos parecía que la excepción de toda regla llamaba a su cabeza y sus dedos sin teclear.

Quizás su pequeño apartamento no era el mejor lugar para trabajar. Las vistas eran inmejorables, de eso no cabía duda. Pero los espacios pequeños ponen nervioso a cualquiera. Si tuviese la capacidad de atención de su gato, todo sería distinto. El felino no hacía otra cosa que mirar por la ventana. Las personas, las aves, los coches, las nubes. Nada escapaba de su pequeña esfera ocular amarilla.

Él por el contrario, no podía estarse quieto. Demasiado inquieto. Le quemaba el culo en la silla. Con la capacidad de observación de su peludo compañero de piso, sería mucho mejor escritor.

Abrió la ventana para airear el caos que gobernaba su cabeza. Por nada del mundo dejaría que se reflejase en su trabajo. Puso el televisor. Un político, de perdida izquierda, dimitía de su cargo de Diputado. Salió a la luz que su fondo de pensiones estaba en manos de ciertas empresas que eran atacadas en su programa electoral. O algo así.

No prestaba mucha atención a lo que se decía. Pero algo le llamó. Todos los que salían en la pequeña pantalla opinando sobre el hecho, alababan aquel gesto como un ejemplo de coherencia y dignidad política. Sonrió al pensar que es muy fácil hacerse el digno y el coherente cuando te han pillado con las manos en la masa. Puedes defenderte con un triste “yo no sabía , debo hacer…”.

Bien es cierto que por cosas más graves otros seguían en cargos mucho más altos. Pero eso era otra historia y odiaba escribir de política. La política jode el buen humor y convierte en agua el hielo de las copas. Una cena con amigos es situación ideal para sabotear si se saca el tema de la política. O la religión. El futbol está entre ambas.

De nuevo se encontraba sentado frente al vacío, que se convertiría en su próxima entrega de los domingos. Tomó aire, dio un buen buche a su botellín. Escribió durante el resto del día y de la tarde. Invadido por un demonio de las letras que lo devoraba, lo quemaba por dentro, le hacía vomitar mil palabras y pensamientos por minuto.

Mientras maullaba el gato, en los deportes analizaban la humillación española en el Mundial. Siempre defendía que la verdadera humillación era que otra vez tomándonos por gilipollas, nos dijeran que en junio, julio y agosto bajó el paro.

Nada tiene que ver que la gente fallezca, haya huido de su país buscándose la vida, y sean contratados con contratos basura. Entre descojone, cervezas y maullidos, pensaba que el Gobierno sí que era un crack y no los que nos representaron en Brasil.

Pero necesitaba aire y más cerveza. Andar cerca del río; pensar en las coronas que cambian de cabeza; los que están a favor de ello, en contra; las nuevas voces, las viejas; recapacitar en sus argumentos sobre cómo impedir que el mundo se vaya del todo al carajo; si necesitaba cambiar pronto su estrategia para encontrar pronto un trabajo fijo en vez de pequeñas chapucillas para ir tirando; cómo le diría a ella llegado el momento que la ciudad se le quedó pequeña. Necesitaba pensar todo eso. Necesitaba salir del piso. Y más cerveza.

CARLOS SERRANO

3 de mayo de 2014

  • 3.5.14
Estaba hasta los cojones de gilipolleces. De aquellas mentes mezquinas que veían la realidad desde un prisma dorado y confortable que les enseñaba lo que ellos querían ver en cada momento. Normalmente, era mejoría en las cifras a la hora de analizar datos que helarían a cualquiera. Pero no a ellos.

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Ellos estaban por encima de cualquier sentimiento de empatía con los que cada día estaban más jodidos. La gota que colmó el vaso fue cuando aquella vocecita insignifante, aunque su dueña creía que era digna de decir cosas importantes, le acusó de no ser buen patriota por no gustarle los toros.

Barral escuchó la noticia y no pudo evitar la carcajada. Él, en su ignorancia, usaría la palabra "antiespañol" para aquellos personajes que joden cada día más a España. País que ya estaba jodido de antes, pero ellos se encargaron de darle el tiro de gracia. Su último día de profesor chafado por aquella clase magistral de poca vergüenza.

Para él, ser antiespañol es asesinar la Sanidad, la Educación, la Cultura, el trabajo de España. Pero Barral era un simple profesor. No era un genio de los números que es lo que se valora ahora. Cifras. Cuadrarlo todo. Todo lo que fabrique pensamiento libre o algo similar, mejor a la cloaca.

Barral salió a la calle. Anduvo durante horas. No llegó a ninguna parte. Su sistema nervioso atrapaba por siempre el sabor de aquel recuerdo de juventud que cada noche le impedia dormir. No era bueno ni malo. Simplemente era.

Verbo corto pero intenso el verbo "ser". Barral era, pero ya no. Verbo algo más largo, pero igual de complejo el verbo "estar". Barral no estuvo, pero ahora sí. Estaba ahí, donde tanto deseó tardar en acudir.

Intentaba de mil maneras no pensar en que sus mejores momentos habían pasado ya. El tiempo se los robó sin pedir permiso, el muy cabrón. Costaba decir adiós a cuarenta años de horario fijo. Entradas y salidas. El arrojar luz a las mentes. Buenos días y hasta mañana. Ahora reinaba el vacio de las horas muertas.

No tuvo un minuto para él desde que, siendo un adolescente, abandonara su pueblo natal. Tenía el mundo servido en buffet libre. Pero pasó de ser devorador a devorado. No le perdonó la vida. Muchos planes se trasladaron de fecha hasta convertirse en niebla y desaparecer. Quizás, era el momento de rescatarlos del limbo.

El anciano que lo miraba desde el espejo del baño parecía gritar que el cansancio ganó la partida. Pero en su cabeza el optimismo y el pesimismo vivían cogidos de la mano. El estar sin trabajo era el miedo al vacío para Barral.

Dedicó demasiado tiempo a analizar el miedo, a escribir sobre él, a dar conferencias por todo el mundo. Los libros, los artículos. Cuarenta años para darse cuenta de que la única esfera sobre la que habría que hacer un estudio a fondo no era el planeta Tierra. Merecían más las pena aquellas pequeñas circunferencias llenas de luz, de vida. Llenas de hoy. El futuro es un producto demasiado inestable como para preocuparse por él en exceso.

A pesar de ser antiespañol, era afortunado de tener aquellos ojos verdes a su lado. La verdad curvilínea de su cintura, afrutada de su boca. Era todo lo que quería y nesitaba estudiar a fondo. Sin burocracia pendiente para septiembre. Se dio de cabeza muchas veces por no haberse preparado mejor para este examen de anatomía.

Verdad dulce y carmín. Mientras ella le pregunta que hará ahora, Barral pide otra ronda. Brindaría por su falta de patriotismo. Dormir solo no es una opción.

CARLOS SERRANO

15 de marzo de 2014

  • 15.3.14
Se dice pronto. Cien años. Tres cifras. Rápidas de recordar. Por desgracia, soy de memoria frágil. No me lo tomen en cuenta, por favor. Pasó todo muy rápido. De aquellos días poco queda ya en las calles. Las gentes, el aire. Quizás algún grito de horror, alguna trinchera que algún soldado anónimo defendió hasta que el aire dejó de serle útil en los pulmones.

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Sangre, polvo y humo. Familia y amigos de la barbarie. Por un trozo de tierra que cambiará su presunto valor por vidas humanas. El trueque que define al macabro siglo XX. Realizado por cómodos oficinistas que parecen disfrutar aumentando mi trabajo en un despacho alejado de su creado caos.

Avanzó el tiempo, pasando por supuesto factura, pero no limpió bien algunos rincones. Las cornetas, los viejos uniformes. Banderas y fronteras, excusas burocráticas para apretar el gatillo. Se aprieta fácil, limpiar su trabajo no lo es tanto. Alguien señalará un punto en un mapa determinado, por arte de magia, ese pequeño punto cobrará vida propia.

Pero no se engañe, querido desconocido, la calidad de esa vida no invita a ser vivida. Todo lo contrario. De inmediato, se moverán los hilos. Se jugará el vender las mejores intenciones a la opinión pública. Antes de que si siquiera piense en lo publicado en las portadas de juguete, caerá la primera bomba.

De nuevo, vuelta a empezar. Aún no cicatrizaron las últimas heridas. Se abren otras nuevas. Nunca entrará en crisis el fructífero negocio de dolor por petróleo, poder, ventajas territoriales, etc. El etcétera más grande del mundo. Llevó de masiado tiempo dedicándome a lo mismo. Me gustaría ser un gran ignorante en este campo.

Las únicas carcajadas que salen de mi boca son las provocadas por las declaraciones de aquellos ignorantes que afirman que esta vez, será la última, que todo lo perteneciente al pasado está cerrado, que al igual que en los cuentos infantiles hay buenos muy buenos y malos que recibirán su castigo. Parecen disfrutar de mi labor.

Cierto es que si tanto me llaman y me provocan, será que soy muy bueno en mi trabajo. De ser así, de creer que soy muy bueno, jamás entenderé el motivo de que me obliguen a demostrarlo. Nunca tuve vacaciones. No creo que las tenga nunca. Cien años. Creí, iluso de mí, que bajarían las llamadas tras mi gran trabajo hace cien años. Pero no fue así. Qué pocas ganas de visitar Crimea.

CARLOS SERRANO

25 de enero de 2014

  • 25.1.14
Cuando la vio le entró el pánico. En su mente solo cabía la escena de hacérselo en cualquier callejón donde no llegasen las escasas luces que iluminaban la estación aquella mañana. Solo alcanzó a ponerle por sorpresa su abrigo y decirle que las Navidades están para pasarlas con la familia y los amigos, no para coger una pulmonía. El gilipollas esperaba una sonrisa por su ocurrencia. Recibió un guantazo. No habían empezado con buen pie.

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"Perdona, pensé que tendrías frío". Esto fue lo único que pudo balbucear mientras se llevaba la mano temblorosa a la mejilla. Ardía.

—¿Qué te hizo pensar eso?

—Llevas muy poca ropa encima.

—¿Eso te incomoda? ¿Querías taparme por eso?

—No me incomoda, me gusta mucho, pero pensé que podías pasar frío, por eso intenté ponerte el jodido abrigo.

—Qué gentil y amable. No sabría qué hacer sin hombre como tú.

"Genial", pensó él. "Preciosa y sarcástica. Me ha tocado el gordo".

—Supongo que te las arreglarías muy bien.

"No lo pongas en duda", afirmó, mientras se colocaba con sumo cuidado el pelo detrás de las orejas. Tenía la extraña sensación de haber comenzado una partida de ajedrez con aquella desconocida. Tenía que ganar tiempo para ver el juego de su adversaria.

Creía que todo diálogo de nuestra vida era una eterna partida de ajedrez. Se tarda demasiado en mover ficha dado el tamaño del tablero. Sin embargo, poseía el convencimiento de poder ganar aquella mano en pocos minutos.

Hablaron de todo y de nada. Ninguno parecía dispuesto a compartir nada interesante. Llegó a pensar que le hubiese cundido más dejarse puesto el abrigo. Hacía una humedad en el ambiente, aún estando a cubierto en Atocha, que cortaba el cuerpo. En un momento dado, ella dio un giro a la conversación. "El café está bien para el desayuno, pero podrías invitarme a whisky".

No era lo más llamativo que una mujer pudiera decir a un hombre en una estación de tren, pero le dejó unos segundos en fuera de juego. Eran solo las nueve de la mañana. "Un poco pronto para mí", pudo decir mientras tragaba saliva.

—Lo de poner tiempo a las cosas es una gran gilipollez. Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde. Todo es fruto de nuestra imaginación. De nuestra obsesión por poner leyes a todo. Nos hace sentir poderosos.

Sorprendido, afirmó: "Esa cita me suena". La carcajada hizo que aquella cafetería cobrase vida durante unos instantes.

—Debe sonarte. La saqué de tu último libro, Guillermo.

Paró de reir y cruzo las piernas. Jugada maestra.

CARLOS SERRANO

4 de enero de 2014

  • 4.1.14
No era diferente de las demás. Cuatro patas, colchón, almohada. Ikea iría más lejos: la nombraría sin dudarlo, junto con el resto de los muebles del dormitorio, República. Aunque nadie en la historia le dio por preguntarle su ideología política. No iba su forma de ver el mundo tan lejos como los suecos, pero la tenía en alta estima. Una vez fuera de sus fronteras, todo era confuso. Sin tener prueba alguna, en más de una ocasión tuvo la certeza de que únicamente estábamos despiertos en la cama.

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Los periódicos no hacían otra cosa que darle la razón. En Internacional, en un país muy lejano, tierra de oportunidades y hamburguesas, su presidente no ponía mucho empeño en ayudar a la población que carecía de los derechos básicos: trabajo o un hogar digno. Eso sí , era muy concienzudo en meter un pepino nuclear a otro presidente que vivía en la otra punta de ese extraño planeta al que cariñosamente llamaban "El Globo".

El recibidor del regalo, Bashar al-Asad el del pepino, masacraba a su población con ataques químicos. Ellos, hamburgers soldiers, son expertos, reconocidos mundialmente en localizar a ese tipo de criminales contra la humanidad. Se lo han ganado a pulso después de su gran ayuda humanitaria a Hiroshima y Nagasaki. Todo esto, años después de ganar un Nobel de la Paz. Muy bien ganado, ya que Nobel inventó la dinamita.

Dentro de las páginas de Nacional, aunque pasaba por su cabeza el cambiarse de nacionalidad, no es que fueran más coherentes las informaciones diarias. Esto hacía más divertido el despertarse, era el mayor videojuego del mundo. Eso sí, nunca supo de nadie que logrará pasárselo entero sin perder todas la vidas disponibles en el intento.

Millones gastados en el premio gordo de un sorteo olímpico que no tocó. Si no le fallaba la memoria, era la tercera vez que pasaba. Pero son humanos, es de cajón. Si te toca el premio gordo, estás a prueba de desastres de todo tipo. Que le pregunten a la potencia europea ateniense, empezaron en 2004 y no han parado. Leyes de aborto y de seguridad ciudadana al gusto de cierto gallego ilustre de profesión carnicero.

No sabía si felicitar a sus dirigentes por su empeño, o sentir pena por ellos por no saber coger una simple indirecta del destino, karma o cosmos: cada uno que escoga la terminación que prefiera. Él amaba la de tener dos dedos de frente.

Gran parte de la población no tenía asegurado poder comer mañana, las estadísticas dirán que no son tantos, pero el que hace las estadísticas come de tres a cinco comidas diarias. Juraría que es el mismo autor de "36 personas con trabajo en agosto supone mejorar el problema del paro en España". La próxima entrega "un imputado de Gürtel en la cárcel supone un duro golpe para la corrupción en España".

Lágrimas por el único gigante –llamarlo "hombre" disminuye su importancia- a favor de un mundo mejor. Impresionados no ante la importancia del hombre que yace inerte ante ellos, es un momento emocionante ya que cierta selección de fútbol ganó en ese mismo escenario un importante trofeo de hojalata dorada. Esos mismos llorones se pasarán en cuestión de segundos por el forro todo por lo que luchó el homenajeado. Perdónales Mandela, saben perfectamente lo que hacen.

Cada vez que cerraba el periódico, lo tenía claro: su futuro estaba en la cama. Lástima que no hubiese carrera universitaria para ello. Rey estaba fuera de sus posibilidades y diputado lo veía rizar el rizo: irse al sobre después de coger el sobre le parecía muy rebuscado.

Todo lo que ocurría en aquel rectángulo de matrimonio –le gustaba tener espacio de sobra- tenía mucho más sentido que lo anunciado en aquellos ríos de tinta. Si el cuerpo humano era una mayor parte agua, aquel mundo en 3D era mayor parte ironía y paradoja.

CARLOS SERRANO

16 de noviembre de 2013

  • 16.11.13
Ana creía que no era verdad. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Desconocía el camino que la llevó a esa situación. No lo vio venir. Ni ella ni tantos otros en su misma situación. Tres días. Se dice pronto. Nueve letras. En tres días vendrían las terribles nueve letras de "desahucio".

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Entrarán a la fuerza para saciar el hambre de la bestia. Una hambruna provocada por ella misma. Cuando el monstruo tenía suficientes alimentos, todo eran falsas sonrisas y palmaditas en la espalda. FirmaS, estaban entre amigos. Puto sentido del humor de los buitres.

Se comieron el pastel. Quieren las migajas. Ella guarda lo que puede en cajas de cartón donde no cabe lo más importante: lo vivido entre esas cuatro paredes. Algunas fotos, un par de libros y ropa. Ojalá pudiera dejar de sentirse como una marioneta en manos de unos titiriteros sin escrúpulos. Bailando al son de su horrible música.

Creía que sería eterna aquella nube conseguida con sus ahorros que estaban a salvo en sus manos. Fueron años buenos al principio. Trabajo y viajes, pensando la posibilidad de traer un nuevo miembro a la familia. De repente, rumores. Noticias vagas sobre caÍda de acciones. No había que preocuparse. Otras veces habían llegado informes semejantes sin que pasara nada finalmente.

Aquella vez fue diferente. Un despido, el bebé tendría que esperar. Ante la situación, se hablaba de revoluciones, de cambiar el mundo. Ana solo quiere su casa. Ha leÍdo mucho sobre el tema, escuchó muchas opiniones. El motivo de que se quede en la puta calle es un misterio.

Cierra otra maleta. Otro poco de su vida. No quitan una casa, quitan un pedazo de persona que habita en ella. Las risas, los llantos, las comidas con amigos y los polvos echados por los rincones. El más leve susurro, los gritos. Cajones y estanterías desnudas. No termina el ataque demencial. Después de los recuerdos, cual matón de instituto, igual de cobarde, te agarran de los tobillos, todo lo que salga de tus bolsillos es suyo. La dignidad de Ana, también.

Por fin, toma la carretera. Mira por la ventana. El rudo paisaje urbano deshumanizado. Ni una pizca de verde. Lo arrancó el hormigón mientras el azul del cielo era asesinado por antenas parabólicas. Toma aire y suspira. Que le aproveche al banco el dióxido de carbono de su respiración.

CARLOS SERRANO
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5 de octubre de 2013

  • 5.10.13
No era posible. Eran las mismas gentes, las mismas caras. Ambrosio seguía preocupado. Eran las mismas calles, los mismos olores. El mismo banco en el cual se sentaba y daba de comer a las palomas que por allí pasaban para conseguir algunas migajas. Miró a la catedral y observó con desilusión, con miedo, que aquel edificio no podía ser el mismo en que fue bautizado y en el que hizo la primera comunión.

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Miró a su derecha. No estaba el viejo taller de su padre. Había sido sustituido por un hipermercado o algo así. Miró a su izquierda. No estaba el cine de barrio donde probó por primera vez los carnosos labios de Susana. Lo habían derribado hace un mes.

Dejó a las palomas y se fue a su casa arrastrando los pies. Tenía la impresión de que se había mudado a una cuidad lejana que nada tenía que ver con aquella donde pasó toda su vida.

Tras atravesar aquellas calles, en otros tiempos abarrotadas de gente, llegó a su casa. Tenía tres habitaciones, una de ellas cerrada siempre con llave. Cualquier día de estos Ambrosio la abriría.

Decidió sentarse tranquilamente a ver las noticias. Con desilusión observaba que siempre pasaba lo mismo. Otra mujer era asesinada por el bestia de su marido, otra guerra en un país lejano, aunque Ambrosio tenía la impresión de que se desarrollaba a unos pasos de su casa.

Un partido político que dice esto y luego hace lo otro. Esas cosas que pasan en la vida diaria y que mucha gente se niegan a ver. Pero Ambrosio tenía puestas la gafas, no podía huir de la realidad. Apagó la televisión y comprobó que un silencio oscuro y molesto se había apoderado de la vivienda.

No podía seguir viviendo así. ¿Dónde estaban metidos sus ideales de juventud?. ¿Tal vez habían sido fusilados sus sueños de viajes, sus huidas amorosas, sus escritos sobre la vida que siempre quiso vivir y no pudo? Esta era la oportunidad, iba hacerlo.

Tembloroso cogió la llave que colgaba de su cuello, se dirigió a la puerta cerrada... Otra vez lo mismo. No podía. ¿De qué tenía miedo? La solución a sus problemas estaba delante de sus narices, solo tenía que empujar esa puerta y sería libre.

Libre de un lugar que desprecia, de unas gentes hipócritas que lo saludaban por lo que había sido. De unos hijos que abandonaron a su padre, a los sueños y esperanzas que éste tenía en ellos.

Respiró profundamente. Miró aquella puerta que, a pesar de estar hecha de madera, parecía ser de hierro. Con una fuerza que jamás creyó poseer, la rompió de una patada. Allí estaba su preciada maleta. Encima de un escritorio que nunca debió abandonar. Bajó los escalones de dos en dos, como si volviera a tener veinte años. Cogió el primer tren que salió de la estación para no volver.

CARLOS SERRANO
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17 de agosto de 2013

  • 17.8.13
Tras el intercambio de provocaciones y declaraciones, ha ocurrido lo inevitable. Recién nacida la madrugada, los valientes soldados de nuestra Armada lograban interceptar a la fragata británica HMS Westminster. "No permitiremos más provocaciones", ha declarado un miembro del Alto Mando a este cronista.

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"Tenemos pruebas más que suficientes para sospechar que el Gobierno británico está preparándose para llevar a cabo acciones para mantener Gibraltar a la fuerza. Sin ir más lejos, hemos conseguido averiguar mediante informes de los Servicios de Inteligencia, que el Gobierno británico ha cambiado los nombres de su puertos por nombres clave".

El agente de los Servicios de Inteligencia, Secretos Susurro, nos amplía esta preocupante declaración: "La fragata británica HMS Westminster salió del puerto de Portsmouth. Han cambiado los nombres de sus ciudades por nombres de equipos de fútbol. Muy sospechoso".

El HMS Westminster partió de la base naval de Portsmouth, Inglaterra, a las nueve de la mañana para unas maniobras en el Mediterráneo que incluyen una visita a Gibraltar, ha informado el Ministerio de Defensa del Reino Unido. "Nos pillaba de paso", han afirmado.

Según los primeros informes de la operación S.T.W.B. (acrónimo que alude a "Se nos acabó el chollo del Tabaco y el Whisky Baratos"), el navío de combate de 133 metros de eslora y 4.900 toneladas es el último miembro de la operación Cougar 13 que ha zarpado de la isla, después de que el portahelicópteros de la Armada británica HMS Illustrious abandonase el mismo puerto el lunes a las 10.30, despedido por efusivas muestras de entusiasmo.

"Traednos paella y sangría", gritaban emocionadas las madres británicas a sus hijos sin saber si volverían a verlos. "Tened mucho cuidado", gritaban llorando. Una escena sobrecogedora. Ninguna madre británica desconoce el poder de las armas más poderosas del Ejército español: las playas y la cerveza. Muchos británicos han caído en combate tras probar la peligrosa combinación de tomar mucho sol sin protección, arena y mucho zumo de cebada.

El Cuerpo de Mando del HMS Westminster ha reconocido que "nada hemos podido hacer contra las superiores fragatas españolas". Obviamente, lo dijeron en inglés. Este periodista se lo ha traducido. De nada. La operación para interceptar el navío fue preparada por el mismísimo jefe del Estado Mayor de la Armada, Pedro Olivares.

El mismo hombre que haciendo oídos sordos a sus colegas de profesión, logró tomar Perejil con solo un helicóptero de combate y una mísera lancha de reconocimiento, teniéndose que enfrentar a las poderosas tropas que defendían el islote: un experto tirador de ochenta años con escopeta oxidada y sus mortales cabras.

"No es el momento de vivir de glorias pasadas, lo importante es que la operación S.T.W.B. ha sido un éxito. No hemos perdido ningún efectivo y hemos logrado enviar un claro mensaje". Cuando iba a explicar cuál era, a Olivares le sonó el móvil. "Un WhatsApp del presidente de Gobierno felicitándonos por la hazaña".

Llevar a cabo el plan de Olivares no fue nada fácil. El HMS Westminster salió a las nueve de la mañana, hora vital para nuestro héroe. Cuando supo de la noticia, estaba leyendo el Marca y tomando su café, como siempre. "Era imprescindible saber cuándo fichaban a Gareth Bale".

Cuando se produjo el contacto entre las tropas españolas y británicas, fue clave el factor sorpresa. "No contaban con que los recortes en Defensa jugaban a nuestro favor. Contábamos con expertos tiradores con tirachinas capaces de dejar tuerto a un mirlo a veinte metros. Al primer ojo perdido, corrió el pánico entre el enemigo", afirma orgulloso el capitán de la Fragata Fritanga, Arsénico Pezón.

Ante los rumores de que el ataque español prosiguió incluso habiéndose rendido de manera oficial el navío enemigo responde: "Vamos a ver, vienen a tocarnos las narices a las diez de la mañana, la hora del desayuno. Nos levantan de la cama a bocinazo limpio, violando el Tratado de Ginebra sobre no tocar los cojones hasta después del primer café y cigarro. No me arrepiento de nada".

Varios soldados británicos supervivientes afirman que no entienden las hostilidades de la Armada Española. "Nosotros sólo somos erasmus. Se lo explicamos por los altavoces, que nuestro destino inicial era Rota, para pasar el puente del 15 de agosto, que parasen de disparar".

Arsénico Pezón recuerda vagamente este hecho: "Es cierto: un extraño dialecto salió de sus altavoces. Al no ser español, nuestras últimas dudas sobre el plan de Olivares quedaron disipadas: había que actuar". Estas actividades se producen en plena tensión diplomática entre Londres y Madrid en torno a Gibraltar por un conflicto que comenzó cuando las autoridades del Peñón colocaron bloques de hormigón en la Bahía de Algeciras para poner fin a las actividades de los pescadores españoles.

"Si encima nos dejan sin material para el pescaíto frito... El hormigón va fatal para las piedras del riñón", solloza Pedro Crespo, pescador de Algeciras. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, anunció que tomará "todas las medidas necesarias" para defender los intereses de España. Reino Unido se frota las manos.

CARLOS SERRANO
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29 de junio de 2013

  • 29.6.13
El único ruido en la minúscula habitación era el de los múltiples dedos aporreando las teclas. Era música para sus oídos. Todo estaba bajo control en aquel edificio. Por eso se sentía seguro entre sus paredes. Nicolás no podía evitar sonreír mientras el resto de compañeros suspiraban por un aumento de la velocidad en aquel reloj tan feo que, sobre sus cabezas, controlaba cada movimiento con sus minuteros y segunderos. Tic Tac.

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Afiló cada lápiz minuciosamente. Colocó el folio en su Olivetti. Llenó de aire sus pulmones con fuerza, empezó a rellenar el impreso veintisiete barra dos. Una ligera brisa soplaba en su nuca, le causaba escalofríos. Alguien se había dejado una ventana abierta.

Cuando terminase el informe que lo mantenía ocupado, rellenaría otro formulario para presentar la queja pertinente por aquel descuido. Era muy fácil para él pillar un catarro. No podía permitirse caer enfermo. Eso supondría rellenar el papeleo para obtener la baja, lo que le mantendría unos días alejado de su amada mesa. Estornudó con fuerza, empezó a sentir miedo.

Una vez hallada, cerró violentamente la ventana. Cuando volvió a su silla, creía que iba a darle un infarto. Todos los compañeros se atrincheraron bajo sus escritorios. Gritaban histéricos. Un enorme león estaba en su mesa. Destrozaba con sus zarpas su preciosa máquina de escribir y se daba un festín devorando la montaña de informes ya redactados.

Se agazapó y se refugió debajo del mueble más cercano, descolgó el teléfono. No había línea. Empezó a reírse sin poder evitarlo. En el periódico, en la parte del horóscopo, advertía que sería “una jornada llena de sorpresas”. Joder, pensaba, incluso por estadística, algunas veces aciertan.

Si lo siguiente que veía era un oso atacando la fotocopiadora, llamaría al autor de aquellas escasas líneas y le pediría, con la mayor cortesía, que le permitiese el pánico, que esas cosas se avisaban más explícitamente “Piscis, quédate en casa mañana o un león te arrancará la cabeza de un puto zarpazo”. Lo de “jornada de sorpresas” era un aviso muy vago, una mierda de aviso, en comparación con lo que estaba ocurriendo.

El león estaba furioso. “Seguro que no le han gustado los impresos: el papel es de escasa calidad”, pensaba Nicolás. Se compadecía de aquel enorme felino. Se acordó de aquella vez en el baño de la tercera planta, cuando agotándose el papel higiénico, tuvo que recurrir a uno de aquellos papeles. Si a esta fiera le han dejado el mismo escozor al comer que al limpiarme el culo, estamos jodidos. Así era Nicolás. Siempre pensando en el prójimo.

El visitante se había hecho fuerte en la sala de descanso reservada a los empleados. Constaba de una mesa alargada, sillas incómodas, cafetera, y una nevera donde cada miembro del personal tenía que etiquetar su comida. Como se coma mi tupper de lasaña, me lo cargo. Según Nicolás, eso es abusar de la hospitalidad.

Tras destrozar cincuenta máquinas de escribir, tres televisores, y la nevera, según fuentes policiales la lasaña salió ilesa, el minino quedó dormido en medio del pasillo. Nicolás respiró aliviado. Dudaba sobre si aquello contaba como horas extras. Hacia dos horas que su jornada había terminado. Con mucho cuidado encendió el ordenador portátil que tenía a su lado y empezó a enviar emails a todo el mundo avisando de la situación.

Reconocía que llegar tarde a un par de sitios y en la disculpa decir “estoy atrapado en la oficina con un león. Avisad a la policía, a los bomberos o a quien proceda”, sonaba un poco ridículo, pero ante todo estaba orgulloso de su sinceridad.

Con asombro vio en Facebook que todos habían colgado entradas sobre lo que estaba sucediendo. Twitter echaba humo. Incluso habían subido fotos a la red con el título “Etiquetad a la peña. León en la oficina”. Tenía, en media hora, doscientos comentarios. Algunos de ellos del personal de Seguridad. Era oficial. Estaba rodeado de gilipollas.

Antes de que pudiera darse cuenta, se quedó dormido. Despertó sobresaltado y bañado en un sudor frio. Soñó que el león hacía mejor su trabajo. Incluso lo nombraban empleado del mes. Si había algo que no aguantaba era a los trepas. Estaba solo.

Dudaba si todos habían sido presas del visitante. De ser así, era el único superviviente. Era horroroso. Si estaba en lo cierto, tenía que hacer él todo el trabajo. El final del primer cuatrimestre económico estaba a punto de cerrarse y había mucho papeleo atrasado.

Con mucho cuidado elevó la cabeza. Nada. El feroz visitante había desaparecido. No sabía cómo sentirse. Por una parte, por motivos desconocidos, se había encariñado con aquel animal. ¿Quién no ha soñado con arrasar con todo en su oficina? Por otra, odiaba a sus compañeros. Ninguno de esos cabrones se había tomado la molestia de despertarle. Avisarle de que ya pasó el peligro. Salió afuera.

Le molestaba la luz solar. Ignoraba la hora. Antes de que pudiera ponerse las gafas de sol, un ejército de médicos, periodistas y policías se abalanzó sobre él para curarle y hacerle todo tipo de preguntas. En su cabeza solo había espacio para una pregunta: ¿Se enfadarían muchos los directivos de la planta quince por no haber terminado el impreso veintisiete barra dos? Respiró aliviado. Por fin, tras años fallidos en el colegio, funcionaría la excusa de “lo siento, el gato se comió los deberes”.

CARLOS SERRANO
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25 de mayo de 2013

  • 25.5.13
En su cabeza, a fuego, estaba el consejo que su madre le regaló de pequeño: "tú sólo júntate con los niños buenos". Su madre pasó por alto un hecho que, aunque parezca insignificante, nos marca de por vida. Los mayores cabrones fueron alguna vez, en mayor o menor medida, niños buenos. Sin preocupaciones, sólo la de con quién jugarían en el recreo o en la calle. Por cuántos cromos cambiaría su cromo de edición limitada. Si arriesgaría su canica favorita; qué pondría su madre para merendar.

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La vida es una peligrosa mezcla de coincidencias y suerte. Sobre todo, suerte. Quizás aquel amigo de la infancia sea hoy en día dueño de un banco. Miembro de un Gobierno que se empeña en tener una venda en los ojos, negar la realidad del país que día a día asesinan, cortándole libertades y derechos. Cortándole educación y sanidad.

Declarando ante los medios sin vergüenza alguna que luchar por la dignidad es comparable a las actividades de los psicópatas que asesinaron a más de seis millones de personas en una no muy lejana Europa.

O quizás aquel amigo formaba parte de la oposición. La formada por quienes tienen soluciones para todo, pero que se callaron misteriosamente cuando tenían el poder y la oportunidad de llevarlas a cabo. Quizás, aquel amigo “sólo” sea empresario. Empeñado en salir del barco que se hunde con la mayor cantidad de riquezas en los bolsillos, mientras la tripulación se ahoga sin remedio.

Tal vez, nada de eso, todo lo contrario. Podía haber llegado a ser una pequeña parte de las escalofriantes cifras que dan los telediarios de paro, pérdida de calidad de vida, salir al extranjero a perseguir lo que se negaba en su propia casa...

Todo ello invadía su cabeza mientras cogía el autobús para ir a trabajar. Mientras aceptaba todo tipo de abusos en aquel habitáculo llamado oficina. Debía pagar las facturas. Había que dar las gracias a que convirtieran un derecho en un favor. Era un afortunado comemierda.

No podía levantar la voz, había muchos en peor situación que él. En dos segundos, su silla estaría ocupada por otra persona que aceptaría un sueldo aún más bajo. Después de los años de vida del carajo, llegaron los días de la vida en la jungla. Cuando la jornada laboral daba un suspiro, miraba en su cartera. Lo hacía por ellos. Por aquellas sonrisas que atrapadas en una fotografía, le daban las fuerzas para aparentar los dientes y seguir adelante. Él ya estaba jodido, pero ellos nos tenían que heredar toda esta mierda.

Tenían en común todos aquellos elementos, el político, el banquero, el empresario, el indignado, que alguna vez tuvieron infancia. La época donde la bondad, las ganas de conocer lo que nos rodea, la inocencia, toman protagonismo. Todo problema era vencido por un beso en la rodilla raspada, un consejo, una canción.

Comía y recordaba. "Tú sólo júntate con los niños buenos". No podía evitar la risa. Como si hubiese uniforme especial que separase aquellos niños que se convertirán en buenas personas de aquellos que, por desgracia, serán los hijos de puta del mañana.

Podía dejarse la piel como padre o madre, pero hay algo que por mucho que se sacrificara no podía controlar. En qué personas se convertirán sus hijos. De los mejores padres nacen las mayores decepciones en seres humanos. Y viceversa. Es de esas bromas macabras de las que está llena la vida. Sólo podía asegurar dejar los mejores cimientos posibles. Lo que se apoyará en ellos, sólo lo sabrá el tiempo.

Por fin llega a casa. Ellos salen a su encuentro. Llenan su cara cansada de besos. Sus oídos de las anécdotas del colegio, de cómo han hecho los deberes. De a qué han jugado por la tarde. Llega la noche, se han acostado. Mientras los ve dormir, siente que llegará el momento en que todo mejorará, ellos son su mejor pastilla de optimismo.

Durante demasiado tiempo todo ha estado en manos de antiguos niños convertidos en todo lo contrario que representaba su olvidada infancia. No mañana, ni el año que viene, llegará una generación que conserve esa risa de disfrutar de las pequeñas cosas, de la sana curiosidad de abrir cualquier puerta, sin perder la capacidad de asombrarse por todo descubrimiento. De a pesar de los inevitables encontronazos, pueda más el deseo de estar bien con el prójimo que el orgullo estúpido.

Piensa en ello mientras se mete en la cama. Pone orgulloso su despertador a las seis de la mañana, que les den a esos niños frustrados. Al presidente de Gobierno, a la monarquía, a la prima de riesgo, al Euribor, al IVA, a los impuestos, a las cifras de desempleo, a los bancos, a la hipoteca...

Mañana será otro día. Por muchos tijeretazos y empeños en hacerle creer que todo está perdido, que sólo queda esperar que pase la tormenta a fuerza de sacrifico de unos pocos para que todo vuelva a ser como antes para los responsables del caos actual, sabe que no pueden con las ganas de luchar que le dan esas dos pequeñas personas que duermen tranquilamente en la habitación de al lado.

CARLOS SERRANO
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