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Mostrando entradas con la etiqueta In Memoriam [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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24 de octubre de 2022

  • 24.10.22
Ella mira por la ventana cómo se van las últimas nubes, cómo la tormenta amaina, y cómo con esas nubes se va todo un tiempo de ayer que, ahora que lo piensa, apenas le dio tiempo de degustar. Ella lo amaba. Posiblemente todavía piense en él cuando abre el armario y otea de soslayo sus camisas planchadas, sus corbatas, sus libros amontonados por doquier.


Tendría que comenzar a ordenar de nuevo el espacio, piensa, a tirar sus libros y sus camisas, a comprar otro ambientador, incluso a cambiar de apartamento. No lo quiere pensar, pero estas habitaciones le huelen a él. Por la noche, cuando se acuesta, lo siente de espaldas, profundamente dormido, apresurando el sueño antes de que el despertador le rompa las últimas esperanzas.

Se lo dijo tantas veces que él empezó por respetar sus principios desde el primer día y acabó por creerse hasta las últimas torpezas. Ella no quería anillos de compromiso, ni papeles firmados, ni ceremonias de traje largo, incluso le advirtió de posibles infidelidades y él aceptó solo por estar con ella.

Cuando estaban juntos, él se sentía completo, no necesitaba a nadie más. Vivían con el televisor apagado, con la música encendida, discos de unos años felices que ambos vivieron por separado. Así que, por las noches, antes de cenar, mientras él hacía la tortilla de gambas y ella descorchaba una botella de rioja que compraban sin etiqueta, ambos escuchaban canciones de mundos diferentes.

Ella se acordaba con nostalgia de aquel que la amó cuando no había cumplido los veinte años. Era alto, delgado, con un pelo algo rizado que le caía por los hombros, como la moda imponía, con una sonrisa medida que le erizaba la piel.

Un día dejaron de verse, se fue a trabajar a Burgos, allí abrió un comercio, vive con otra mujer algo mayor que él, le dijo una amiga. Cuando escuchaban la canción, la nostalgia le mordía los tentáculos más firmes, y entonces no quería tortilla de gambas, bebía vino y volvía a poner la canción hasta que las lágrimas le inundaban los ojos, y entonces salía a la terraza a contar las nubes que no había.

Él había aceptado de buena manera todas sus condiciones, sus horarios libres, las amigas con las que compartía una complicidad difícil, los veranos sentados en una hamaca pasando calor y leyendo novelas interminables que detestaba.

Allí también, mientras miraba la playa plagada de turistas y niños desagradables a los que seguro debían de odiar también los ecologistas, ella escuchaba por los auriculares la misma canción de todos los días. Era una canción triste como su vida, real como la vida misma, edulcorada, sin pasión alguna, que hablaba como todas de amores descarriados.

Al principio él le perdonó su manera cómoda de no pensar en nadie más que en ella misma, amaba incluso su rebeldía relativa y el ímpetu con que reivindicaba cuanto él ya le había ofrecido y aceptaba de buen grado.

Un buen día comenzó a cansarse de escuchar siempre la misma canción. La canción reivindicativa de sus principios alcanzados e inamovibles, pero también la canción que soltaba su monotonía de pasado estancando lejos incluso de los auriculares.

Ella vivía tan metida en su mundo, tan absorta de verdades maduras, que no se dio cuenta de que él ya no la molestaba, de que la dejaba a sus anchas ir y venir, salir con las amigas, volver a deshoras con cuatro copas de más. Él estaba ya allí, durmiendo de espaldas a ella, con un sueño sosegado de felicidad reconfortante.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que él ya no la quería, y fue entonces cuando percibió que la vida se le desmoronaba como si fuera una montaña de barro roto y seco. Empezó por decirle que tenían que cambiar, comprometerse, que no le importaría que le regalara un anillo con diamante, que no le parecía nada cursi que la besara al amanecer, antes de que se metiera en la cocina a estrujar naranjas frescas, que este verano podrían viajar a La Habana, una ciudad mítica para él, pasear por el malecón escuchando un son improvisado, beber ron, no sé, decía, todo aquello que tanto te gusta. Luego lo hablamos, decía él, pero nunca lo hablaban.

Una de aquellas tardes en que él se sentía solo, sentado a la mesa del mismo bar que frecuentaba todas las tardes, siempre con un vaso de ron y Coca-Cola en las manos, encontró a la otra.

También ella miraba a ninguna parte. Le pidió fuego, pero no tenía. Ella tampoco fumaba, le dijo, será por olvidar, por no aburrirme, no sé, tampoco sabía qué hacía allí. Él tampoco lo sabía, iba por costumbre, por matar cada tarde igual a otra.

Ella le preguntó si no se le ocurría nada para cambiar la vida. Él le dijo que sí, pero que estaba cansado de ir solo, y que ahora esperaba, no sabía, a alguien que llegue, alguien llegará algún día, le dijo. Claro, le dijo ella.

La miró y la vio distinta. Como si hubiese aparecido de pronto. Le dijo si quería beber con él otra copa en otro lugar, en qué lugar le dijo ella, no importa, no lo sé, acaso nunca lo sabré, pero quiero beber contigo. Sí, le dijo, pero no iré sólo para una copa. No importa cuántas sean, le dijo. Pagaron y salieron a una tarde que se había quedado sin nubes.

Ella, la primera mujer, lo esperó todas las noches, pero no volvió. Ya no salía, preparaba la cena, descorchaba la botella de vino, encendía unas velas, apagaba la música para escuchar la llave en la cerradura cuando entrara. Por las noches, creía verlo dormir, de espaldas a ella, sumido en un sueño profundo y feliz.

Un día despertó. Comprobó que no se había llevado las camisas ni los libros, ni la cartera del trabajo ni su agenda. Por primera vez sospechó con fundamento que nunca más volvería. Y lo peor: no sabía qué hacer con sus camisas y con la canción de otro tiempo que también se fue, pero mucho antes que él. Miró por la ventana, no llovía, y afuera la vida parecía más agitada que nunca.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 18 de abril de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 de octubre de 2022

  • 17.10.22
Me llamo Eugenio Flores. Yo soy quien mató los dos tigres en una finca de Badajoz. Por eso estoy entre rejas. Me acusaron de tres delitos: tráfico de especies protegidas, la muerte de los tigres y la liberación de especies de fauna no autóctona. Todo eso es cierto. No lo negaré. Pero debo decir en mi favor que la vocación por la caza supera con creces mi respeto a las leyes.


Desde pequeño soñaba con África. Recorría en sueños sus ríos: el Senegal, el Volta, el Zambebe, el Congo, el segundo más caudaloso del mundo, o el Nilo, el segundo más largo del mundo. Mi mundo naufragaba en esos ríos, en los Grandes Lagos, en el desierto de Kalahari, en el delta del Okavango.

Sueño con África desde niño, con la inmensidad de sus tierras, con la luz de sus noches, con sus animales salvajes y libres. No lo niego. Me gustan los safaris. Pero mis negocios no me dejan el tiempo libre que necesito para viajar a esas tierras doradas y calientes. Ésa es la razón que me llevó a montar mi propio safari.

Solo veníamos los amigos. En fin, no hacíamos daño a nadie. Nos reuníamos allí en la finca Luna Llena para organizar batidas contra tigres o leones o lobos, según. Ésa era nuestra diversión. No hacíamos mal a nadie. Todo ser humano, a su manera, consume los fines de semana, o los puentes, o las vacaciones. Para nosotros, ese rincón de 70 hectáreas era nuestro paraíso. Un paraíso prohibido para los intrusos, cercado para los animales y vallado con una verja electrificada de más de dos metros de altura.

Solo algunos agentes del Servicio de Protección a la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil lograron entrar en la finca e interrumpir una de las cacerías. Fue el día que matamos a aquel tigre, el que salió fotografiado sin vida en la prensa. Puede resultar cruel, lo sé. A veces lo pienso y sé que el juez lleva razón, pero la sangre me puede más que la razón.

Ése fue el día en que también encontraron corriendo a sus anchas por la Luna Llena a otro tigre, enjaulado a un león y cinco cadáveres de lobos. No se trataba de una matanza. Era el fruto de una batida. Eso sí, mucho más rudimentaria que aquellas otras de Kenia en las que a poco dejo mi vida. El safari es como los toros. El animal muere, pero el cazador también expone su vida hasta cobrar su trofeo.

Estos meses que he estado aquí enjaulado me he parado a pensar sobre la maldad que hay en esta tendencia mía a matar animales salvajes. Es un delito y con toda probabilidad sea un error por mi parte. Lo sé. Pero por las noches sueño con África, veo su luna enorme encima de mi cabeza, piso las huellas del león o del rinoceronte, huelo su presencia cuando mis ojos todavía no han alcanzado a definir su edad o su peso.

Antes de matarlos, te miran, como si adivinaran tu intención. Te miran dibujando en su mirada la imposibilidad de estar a la altura del rifle que atrapas entre sus manos. Es cuestión de segundos. La adrenalina se derrama a borbotones. No puedes hacer otra cosa sino apretar el gatillo.

Aquí, tendido boca arriba, entre estas estrechas paredes sueño con la inmensidad de África. Yo he construido en mi finca Luna Llena un pedazo de aquel continente. En aquellas hectáreas de tierra yerma he materializado mis sueños. Allí fui feliz hasta aquel inhóspito día en que un vecino se chivó a la Guardia Civil.

Sé quién es, lo buscaré y pagará por ello, porque los sueños son, como dicen ellos, como los animales. No se les debe tocar. Y él lo hizo. Él precisamente, él que cría toros bravos, negros, hermosos, y los condena a ser víctimas legales de la fiesta. Él que los vio nacer y los crio.

Yo, al menos, a los tigres, a los leones, los compro en Holanda, en Alemania, depende, los traigo, los suelto y les disparo. No les doy cariño, como él. Yo no los traiciono. Yo los dejo en libertad y los persigo hasta matarlos. Solo es un juego. Por eso estoy aquí encerrado, y no me importa. Ya me he arrepentido, pero nunca lo negaré.

Fui feliz mientras disparaba. Son solo unos segundos que llenas de vida y de muerte, de peligro y de tensión. Después de todo, eso es la vida. ¿Pero quién se lo dice al juez? Él hace su trabajo y puede que después se acueste soñando con África. Es imposible que nadie nunca no haya soñado con África.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 11 de abril de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

10 de octubre de 2022

  • 10.10.22
Tu cuerpo es la mariposa que revolotea mi vida incesantemente, es el agua que bebo con sed y sin sed, es el agua que me baña para calmarme la fatiga y la angustia. Tu cuerpo es el vino que necesito para sobrellevar la vida, el antídoto contra los horarios impuestos y las esperanzas truncadas. Tu cuerpo es el único paisaje que me pierde y me reconforta, que me ahoga y vivifica mi piel. Es sal y azúcar, abismo y vértigo, luz y sombra, fruta mordida. Por eso mis dientes buscan su olor a melocotón y a manzana, a agua de mar, poderosa y revuelta, y a agua de lago, tranquila y transparente.


Tu cuerpo es la casa que habito incluso cuando no estás. Cuando sueñas vigilo tus ojos cerrados que esconden un mundo inexplorado, conservo tus manos incrustadas en las mías como piezas creadas para encontrarse y adherirse las unas en las otras en su justa medida.

No puedo navegar por tus sueños cuando duermes a mi lado, porque despierto y observo tu cuerpo perfecto y ondulado, amoldado a mi cuerpo cansado de caminar sin rumbo, pero aquí recostado no necesito más calma que tu boca, ni más vida que la que me robas cuando respiras profundamente y te metes en mis pulmones como el mismo aire que respiro.

Quiero habitar tu cuerpo con mi cuerpo cuando abres los ojos, cuando todavía la luz del sol ignora si alumbrará un nuevo día. Entre penumbras buscas la mirada que te interroga, las manos que te llenan, los pies que juegan con tus pies siempre que me amas a esa hora en que el mundo duerme.

Quiero entrar en tu cuerpo y quedarme adentro para siempre, y desde allí abandonar la otra vida que tuve antes de conocerte, y decir adiós a los cielos que nuca más volaré, porque ahora tu cuerpo es el único paraje que quiero conquistar a cada instante, es el único paraíso que quiero explorar de punta a punta, empezar por tus orejas de espía y tu pelo de algas negras, avanzar por tu nariz viciada de adivinar el aroma de los vinos y tu boca especializada en besar labios no deseados, y moldear tu cuello de jirafa doméstica hasta desembocar en tus hombros atléticos y allí encontrar tus pechos de sirena que me zambullen en el océano del delirio, y agarrarme a tu cintura para no deslizarme por tus piernas antes de haber naufragado en tu sexo limpio y claro, abierto y jugoso como una breva madura y dulce.

Ahí me quiero quedar hasta que amanezca y cuando amanezca cerraré los ojos para no ver la luz del sol, porque no hay otro desayuno que supla con su pulpa esta naranja que he tomado de tu cuerpo prestado para siempre.

Quiero entrar en tu cuerpo como quien entra en una habitación que ya conoce y cerrarla porque no hay intención de volver atrás, porque aquí dentro el mundo no existe ni tiene sentido.

Me quiero quedar dentro de tu cuerpo hasta que la noche nos encuentre agotados de mordernos los ojos, exhaustos de absorber cada poro de la piel. No quiero pisar otra tierra que esté dos centímetros más allá de tu cuerpo, porque el mundo, lejos de tu piel, huele a monte quemado y a vainilla sin canela, y yo me he acostumbrado a los días con lluvia, a la tierra mojada que pisas cuando vuelves a casa, a tu pelo empapado de bailar bajo la lluvia, cuando ya nada importa sino abrazarte en mitad de la tempestad y beber el agua de la lluvia desde tu boca en cualquier tormenta.

Tu cuerpo es mi pasaporte y mi viaje, mi ciudad completa, la botella que bebo cada día, el libro que siempre tengo entre las manos y abro como si fuera un día nuevo o la posibilidad de cambiar todo por estar a tu lado, porque el mundo desde que te conozco tiene fronteras sinuosas y océanos abiertos al azar, pero yo me siento observando tu espalda mientras escribo estas palabras, te veo tendida en la cama esperando otro momento único y afuera las calles se diluyen, y las ciudades se tornan ríos intransitables, y los ascensores se detienen sin destino a mitad de su trayecto.

Alguien llama a la puerta o al teléfono, recibo cartas que indican claramente mi dirección y quién es el destinatario, pero allá afuera no conozco a nadie desde que vivo dentro de tu cuerpo, como un huésped que se ha apoderado de tu vida y ha perdido su propia vida entre tus piernas entregadas. No quiero apagar la luz, porque mis ojos sólo ven un cuerpo en el que vivo libremente atrapado.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 28 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

3 de octubre de 2022

  • 3.10.22
Siempre me quedo escuchando tu nombre cuando los campos pierden la luz del día y la noche lo impregna todo de una oscuridad necesaria y reconfortante. Miro el cielo estrellado cuando el sol se pone en lontananza y ya ha perdido el fulgor con el que arranca cada mañana.


A veces, me quedo esperando que tus ojos alumbren el camino que anduviste sola cuando me dijiste adiós sin paliativos. A mí también me gustan las despedidas breves, los actos sin justificaciones y los convencimientos sólidos como árboles arraigados a la tierra.

Sé que necesitabas abrir tu vida al mundo, dejar la casa vacía de sombras, entender que nadie es necesario para sobrevivir a los reveses de la vida. Sé que serás feliz, porque nunca más llamaste para desearme un feliz cumpleaños, para decirme que te gustó el último libro que leíste o que siempre bebes el mismo vino de nuestros encuentros cuando la nostalgia te sabotea el cuerpo de intenciones imposibles.

Yo no he cambiado de costumbres, porque uno se aclimata a mirar el río cuando llueve, a protegerse de los huracanes que nadie se atreve a anunciar, a derrochar horas sin sentido en las fiestas que no frecuento.

La soledad se ha adherido a mi piel como un gato fiel que no me abandona, y en esas horas en que tus ojos me persiguen por calles siniestras, yo acelero el paso para no perderme en lupanares de lujo o en conferencias donde cualquier entendido desentraña la magia del futuro como antes los brujos adivinaban el porvenir abriendo corderos en canal o decapitando enemigos o comiendo el corazón vivo de doncellas adolescentes.

Yo no quiero mapas que me confundan, ni guías turísticas que me entretengan, ni festivales que me diviertan o mesías que perdonen todas mis culpas o santones que inventen pecados que no tengo, ni ambiciones que no están hechas para mí, ni mujeres que pretenden esposarme sin amor.

Me he acostumbrando a recordar tu nombre de barco encallado en alta mar cuando la marea brama por romper los recuerdos que ya estaban rotos. Aquí sentado, observo que el mundo cabe en este paisaje que abarca la mirada de un hombre cansado que soy yo y que ya no tiene prisa por subirse al autobús que tiene programada su llegada cada media hora.

Aquí, en este paraje que es mi casa ahora, vivo un presente sin aditivos y sin sorpresas, solo pendiente de no alterar el silencio cuando el silencio se pone, o de no prolongar la noche cuando la noche claudica ante la impertinencia de los sueños más voraces.

No te he escrito durante todo este tiempo porque entiendo que no hay que llamar a ninguna puerta para que la puerta se abra, que no es necesario pedir perdón si en el ánimo no había ofensa cursada, porque si algún día vuelves será porque este paisaje también es tuyo y el mundo es inabarcable en una sola vida y a veces necesitamos detener nuestros pasos, sentarnos a la vera del camino, recostarnos a la sombra de un árbol milenario y pensar cuánto trecho hemos dejado atrás, si hay posibilidad de desandar lo andado, de resucitar lo vivido, porque a veces, aunque muy a poco, la vida confunde las direcciones, agota las zonas de recreo, invalida los viajes de ida y vuelta, y nos deja en lo más hondo una sensación de incertidumbre que nos aturde y se detiene en seco como un caballo desbocado.

Yo miro tus ojos consciente de que ya no serán los mismos, veo a través de ellos los acantilados que tú imaginas, los cielos a los que nunca subiste por miedo a que el vértigo desbaratara el encanto de la imprudencia.

Nada te reprocho. Miro ahora los ojos que tengo frente a mí que en nada se parecen a los tuyos, y sé que soy feliz porque me miran con la indolencia que necesito, y es ahí donde hallo la serenidad que me aleja del dolor y la felicidad que me empuja cada día a poder vivir sin tu ternura de mujer desvariada.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 21 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 de septiembre de 2022

  • 26.9.22
Se habían conocido tantos años atrás que ahora que la tenía delante no podía entender que aquella mujer no le reconociera. Hablaba aleteando con las manos, como si haciendo aire a su alrededor, las palabras alcanzaran un orden determinado y una armonía lograda.


Desde que la conoció, quizá veinte años atrás, siempre imprimía los mismos gestos al hablar. Era un método eficaz contra una timidez domesticada a base de horas ante el espejo y de convencimientos profundos aunque ineficaces que la hacían despegarse por momentos de una soledad adherida a la piel que le entristecía y cautivaba su mirada.

Era ya una mujer madura, había cumplido los cuarenta y seis, pero todavía mostraba una piel suave y una juventud salvaje que ningún hombre había logrado hasta entonces disfrutar por completo. Él ya venía de vuelta. Habitaba un desengaño cómodo que administraba con justicia y una alegría limpia que ella amaba sobre todas las cosas.

Había optado por una vida sin complicaciones con viajes constantes a países latinoamericanos, con amantes enamoradas pero sin compromiso y con un sueldo solvente que le devolvía una libertad que añoró en otros años en los que ellos se conocieron.

Ella vivía aún con la posibilidad ya marchita de que aquellos momentos que vivieron cuando eran tan jóvenes se repitieran como lo hacen los días de la semana, una ensoñación que no la dejaba estructurar un futuro a corto plazo con otros planteamientos donde no cupiera su vida pasada. No le gustaban los hombres vulgares con los que dormía, ni las noches de los viernes bebiendo hasta el amanecer en cualquier local de copas con gente de una vulgaridad que le podía.

Se había tropezado con él después de tantos años un día cualquiera. Compartieron un café con los amigos, y una copa los llevó a otra copa, y la última copa a su apartamento. Él olió en aquella pasión un tiempo que creía haber olvidado pero que estaba estancado allí, y toda la memoria de ese tiempo desquiciado se le vino de golpe a los ojos como si no hubiera posibilidad alguna de huir hasta el olvido.

Pero su piel no era ya su piel ni su pelo aquella enredadera de deseo que lo hacía extraviarse en los sueños y andar solo por las calles con una sensación de angustia densa que nunca pensaba que pudiera doblegar para siempre. En cualquier caso, lo logró, y ahora aquel cuerpo que buscaba su cuerpo le parecía un barco a la deriva, un viaje sin retorno a ninguna parte.

No obstante, hicieron el amor con una técnica depurada y una necesidad que zanjaron con pericia y que le permitió a él no mostrar a todas luces un sentimiento de enajenación que ella no percibió. Es cierto que ella lo sintió diferente a otras veces pero quiso pensar que los años lo habían hecho más vulnerable a la vida y menos intenso en sus intenciones.

A ella le gustaban los hombres apasionados, porque pensaba que era una mujer apasionada, pero en el fondo escondía un desengaño entero que no le impedía mostrarse a las claras tal como era. Él, por su parte, había dado por clausurado aquel congreso del reencuentro. No le dijo adiós, sino hasta luego, hasta mañana o ya veremos, pero en su despedida no había el entusiasmo que ella buscaba.

Se vieron muchas más veces, claro está. Ella consumía los últimos días con un hombre al que no amaba, y él volvía a una vida que había inventado a su medida. Y en esa distancia abierta entre los dos, ella no quería entender que el tiempo compartido con él había acabado, así que intentó reconstruir su felicidad con otros hombres que no amaba, y aquel vía crucis de desenfreno la sumió en un abandono compacto del que no podía salir.

A veces lo llamaba para comer o tomar una copa, y él de vez en cuando accedía con el convencimiento de que ella sabría ya que no había posibilidad alguna de reavivar el pasado. Ella lo sabía, obviamente, y esa sensación le atenazó de tal manera a la tristeza que pensó que los días perdidos eran un regalo que no supo valorar en su medida entonces, cuando la juventud te lleva a otro camino que te extravía, porque piensas que el cielo azul que hoy ves mañana también se pondrá sobre tu cabeza.

Y ése fue su mayor error: ignorar que ningún día se parece a otro, y que una mirada nada más te puede cambiar la vida de un solo golpe. Y lo peor de todo: no llegar a entenderlo sino tantos años después.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 14 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

19 de septiembre de 2022

  • 19.9.22
La mujer que un día vio cómo un hombre asesinaba a otro en plena calle está sentada en un café céntrico de cualquier ciudad. Cada tarde desde hace unos meses repite la misma ceremonia. Se sienta a la misma mesa, pide una leche tibia manchada y abre un libro, siempre diferente. Lee, o aparenta leer, pero en realidad espera. No se sabe a quién.


Mira en torno suyo. Nadie se le acerca. Ella observa como si vigilara en secreto la vida de alguien que nunca llega. O viene, y ella no le dice nada. Abre el libro por cualquier página. Da igual. Y escudriña por arriba de las gafas el ambiente tranquilo y hosco del lugar.

Ha cruzado la frontera de los cuarenta, pero tiene en su mirada un aire estancado en la juventud que no ha logrado olvidar, un tinte de nostalgia enjaulada en sus ojos grises, profundos, desafiadores. Es tierna y fuerte a la vez, de una elegancia austera aunque provocadora, libre y arrogante, obsesiva y sensual.

Todos la miran, porque aunque discreta es llamativa y sobre todo bella, de una belleza inusual, única, transparente. Ahora mira a un hombre que se ha sentado en la otra esquina del local. El hombre tiene el rostro triste y frío, pero encuentra en su expresión lo que tanto ha buscado durante años.

Ella se acerca al hombre, le dice si se puede sentar a su mesa. El hombre asiente. No es mudo, si bien no sabe qué decir. La mujer que hace meses vio cómo un hombre mataba a otro sabe que es él. Se lo dice. El hombre pierde la expresión. La mujer le dice que lleva meses siguiéndolo, observándolo, como él hizo con su víctima.

No tema, le dice, no le delataré. Le dice que está enamorada, que no sabe por qué, pero que está enamorada, dice que no tiene miedo, que no le importa qué le pueda ocurrir. Solo le confiesa que lo ama. Sé que usted es un asesino, le dice. Desde que le vi sacar la pistola y disparar comencé a quererle, por su frialdad, por su decisión.

Lo único extraordinario que me ha pasado en la vida ha sido conocerle, añade ella, por eso no lo puedo olvidar, por eso ha pasado usted a formar parte de mi vida. Quiera o no quiera es así, le guste o no le guste no tiene ninguna posibilidad de deshacerse de mí, concluye.

El hombre no da crédito a cuanto escucha. Bebe un largo trago de coñac. Ha clavado sus ojos en los ojos grises de esta mujer. No dice nada. No sabe qué decir. Está anocheciendo. La temperatura es agradable, vale la pena caminar. El hombre deja unas monedas en la mesa y sale con ella sin dirección alguna.

Él no dice nada, pero ella sugiere que después de pasear un rato podrían ir al cine, no sabe qué hay en la cartelera, pero no importa, cualquier película es buena. Después del cine, no dudan en tomar un trago. Coñac y ron con Coca-Cola. Se han besado, ninguno sabe cómo ha ocurrido, se entrecruzaron las miradas, las manos cada vez más cerca, como siempre ocurre.

No me delatarás, le pregunta a la mujer. Siempre que me ames, no te delataré. Es el primer hombre a quien ha besado desde que murió su marido cuando ella aún era muy joven. Esa jodida enfermedad que acabará con todos nosotros, le dice. Él no sabe si tiene miedo o si comienza a estar enamorado, le dice. Poco importa, le dice, no tiene usted más alternativa que amarme. Somos dos condenados a entendernos. Joder, con la tipa, piensa el hombre mientras la mira, mientras la besa, mientras comienza a amarla indefectiblemente.

Al lado un hombre apura su segundo whisky. Siempre quiso ser policía de la secreta. Lleva el oficio con mucha dignidad, le gusta dar vueltas a los casos que lleva. Por ejemplo, el de aquel hombre que apareció tiroteado en plena vía pública. Saca un cigarrillo de la cajetilla. No encuentra el mechero y le pide fuego al hombre que tiene al lado.

El hombre, que es a quien él busca, le ofrece una caja de cerillas. Muchas gracias, le dice. De nada, le responde. Antes de pedir un tercer whisky, mira a la mujer. Ahora lo sé, piensa, esos ojos grises son una buena razón para tomar otro trago. Y una buena razón, quiere pensar, para matar a un hombre.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 7 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 de septiembre de 2022

  • 12.9.22
Lo ve tras los cristales de la cafetería, y entonces paga y lo sigue. Desde hace casi un año repite esta ceremonia diariamente. Hoy la mañana es luminosa. Es un tiempo de primavera anticipada en un año que ha llovido poco. Será verdad, piensa, eso del cambio climático, el deshielo, la sequía, los temporales incontenibles que rompen con sus ventoleras la monotonía de un invierno que se repite sin novedades año tras año. Lo ve de perfil cuando toma la segunda bocacalle para dirigirse a la oficina como cada mañana durante todo un año.


No lo conoce personalmente, pero piensa que es un hombre afable, un buen padre de familia, severo y cariñoso en la educación de los hijos, creativo y solidario en el trabajo, ingenioso con los amigos cuando apura la última copa antes de volver a casa.

Debe tener la mirada profunda, piensa, el gesto sereno, la voz grave y bien modulada. A estas alturas, cada mañana se atreve a adivinar su vestuario, de calidad y buen gusto y muy poco variado. Alegre solo en el color de las corbatas, reincidente en los calcetines y los zapatos, elegante y monótono en el traje de vestir. Los fines de semana viste vaqueros y deportivas, jersey de cuello redondo llamativo que desdice de sus chaquetas oscuras y discretas.

Entendido en vinos, amante de las películas de cartelera, tertuliano ingenioso. En su día, piensa, debió ser un donjuán exitoso. Todavía hoy debe andar con secretos de alcoba, con secretaria de toda confianza, con dudas sobre su futuro profesional y su ideología política.

Hay algo enigmático en su porte que le perturba, algo atractivo en su caminar que lo desvela, algo mágico en el movimiento de sus manos cuando gesticula al hablar. Conoce todo su pasado. Sus amores enconados, sus alardes profesionales, su vacío existencial.

Le gusta seguirlo cuando cruza la ciudad porque le gusta andar para mantener el cuerpo a tono. Sería un lujo poder robar dos horas a la empresa para acudir al gimnasio. Cuando camina, observa los edificios, los árboles, los perros que mean en los árboles de todos, los perros que mean en los coches de cada uno. Odia a los perros urbanos. Compadece a los perros urbanos y maldice a sus dueños.

Como cada mañana, le gusta tomar café cortado antes de subir a la oficina. Mientras le atiende el camarero, abre una pequeña agenda de color beis. Es un listín telefónico. Todos son teléfonos de mujeres. Compañeras de curso de cuando estudiaba en la Universidad, compañeras de trabajo, vecinas, mujeres de amigos.

El hombre que lo observa desde la calle sabe que uno de esos teléfonos corresponde al móvil de su mujer. Cuando marca el número, el hombre que lo observa no sabe si se trata del teléfono de su mujer. Tampoco le preocupa. Él ha tomado una decisión.

Lo observa mientras sonríe. La conversación con esa mujer le ha cambiado el rostro. Una mueca de felicidad se dibuja en sus labios. Si lo tuviera al lado, podría escuchar la conversación del padre con la hija, que la recogería a la dos para ir a casa, que se cuidara, que la quiere mucho, muchísimo.

Paga el café, que apura de un sorbo. Y sale sin mirar a quien lo observa ahora tan cerca, camina sin percatarse de quien lo sigue a una distancia de tres metros. El hombre que lo sigue lo llama por su nombre, él se vuelve con toda naturalidad, muestra sorpresa porque no conoce a quien tiene delante.

Ve que saca la mano del bolsillo de la cazadora, la mano empuña un arma, le apunta a la sien y le dispara dos tiros. Cae como un saco lleno de legumbres. El hombre que lo observaba tomar café y que le ha disparado guarda el arma en la cazadora y sigue su camino.

El cielo se ha cubierto. Comienza a lloviznar. Ni esto es primavera ni esto es nada, piensa. Una mujer a quien no conoce lo ha visto todo, pero no sabe qué hacer. El cambio climático nos trae a todos como locos, dice ella.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 28 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 de septiembre de 2022

  • 5.9.22
No le quedó otro consuelo que pensar que todo había sido un sueño. Lo quiso pensar tantas veces que la imaginación no alcanzó a más escaramuzas cuando el tiempo, contundente como una piedra, le dio a entender que no se puede abrir una roca con la sola sospecha de esa posibilidad. A partir de entonces, aceptó los demás días como una prolongación inexplicable de la desdicha y con el convencimiento tardío de que la felicidad es tan embriagadora como aquella droga cuyo dopaje necesitamos para cruzar sin tropiezos la vida que queda por vivir.


Hasta entonces había agotado una existencia sin estridencias y en abundancia, pero ciertamente también sin otros alicientes que no estuviesen al alcance de cualquiera. Supo a partir de entonces que la diferencia entre los seres humanos va más allá de las propiedades materiales y que algunos objetos o personas inalcanzables cualquier día entran en tu vida sin otro aviso que la sorpresa. Cuando la conoció, pensó eso mismo: que nadie podría tener entre sus brazos tanta belleza.

Ya no recuerda los pormenores porque el alcohol adormece la memoria y despabila los engaños más recónditos. Sabe que comenzaron a hablar sobre hechos cotidianos o intrascendentes: no para de llover, mañana será otro día igual, me gustaría cambiar de oficio, ahora mismo me gustaría estar en tal lugar.

Hablaron también del porvenir: esos viajes nunca realizados, aquel paisaje que nunca vimos, esa anécdota siempre útil en estos litigios. Después se adentraron en temas más personales: películas que no les gustaron, libros que nunca leerán, el tiempo que corre inexorable. Y antes de darse cuenta, habían bebido varias copas bien cargadas y se encontraban desentrañando los riesgos del amor libre, las traiciones pesarosas, los amores truncados, la vida por vivir.

Él lucía una timidez bien dominada que combinaba con rasgos de humor y algunas lecturas propicias para vencer momentos nunca imaginados. Lo que nunca pudo ni tan siquiera sospechar fue que una mujer como aquélla clavara sus ojos y sus intenciones en un tipo como él: ni grueso ni delgado, ni alto ni bajo, ni inteligente ni imbécil; es decir, un tipo normal, sin más encanto que sobrevivir sin demasiados rasguños a los reveses de la vida.

Ella, sin embargo, era desenvuelta y alegre, con una picardía invulnerable que ponía a cualquier hombre a raya. Tenía una belleza mundana y difícil, pero sobre todo sobrecogedora y única: un pelo enroscado y suave, ojos de gacela indomable, manos suaves como algunos sueños y una piel en la que estaba de más cualquier equipamiento para deslizarse desde sus hombros hasta sus rodillas y perderse por un tiempo en cualquier recoveco de aquel cuerpo aún por descubrir.

Sin saber cómo, ella le dijo que si le pedía ir a su apartamento iría, pero tenía que ser convincente en sus argumentaciones y después no derrapar con técnicas vulgares y conocidas por los acantilados del amor. Se lo dijo más o menos, o incluso fue más cursi o más romántica, porque a él ya la memoria empezó a fallarle desde ese mismo momento.

Recuerda, eso sí, que después abría la puerta de la casa y la invitaba a una copa, y que mientras tanto ella se había descalzado y tendido en el tresillo, y que hablaba de los hombres, de su inexperiencia y de sus celos, etcétera.

A partir de aquí los recuerdos se le ensombrecen todavía más y nunca llegó a saber qué le dijo para convencerla de su eficiencia amatoria o nunca lo quiso adivinar, así que se puso manos a la obra y a resolver con buena letra esta asignatura que siempre creyó pendiente.

Sus técnicas y conocimientos sobre el particular debió reservarlos para otra ocasión en la que él pudiera conducir el timón del barco con menos virajes que en aquella tormenta incontrolada. Ella lo llamó al tresillo como el sargento llama a la tropa, y le ordenó aquí y luego allí, y después se dejó llevar por los impactos contundentes de las armas enemigas.

No dejó de oír balaceras imparables durante toda la noche y él, como el soldado primigenio en la guerra, se dejó llevar allá donde mayor resguardo hallaba y donde menos dolieran las heridas de la contienda.

De golpe despertó, se encontraba solo en la cama y con un dolor de cabeza que no pudo doblegar durante toda la jornada. No había ni rastro de la mujer, solo un halo de perfume en las sábanas que le ayudaron a reconstruir la mejor noche de su vida.

No quiso entrar en detalles que le hicieron esbozar una sonrisa cómplice ni tampoco buscó las causas que motivaron un litigio de tan alto nivel, ni tampoco buscó en la memoria rincones concretos de un cuerpo que ya nunca lograría olvidar. En su partida, a saber a qué hora, no dejó nombre, dirección o número de teléfono.

Había sucedido con tal imprevisión y fortuna, que él solo podía decir que no fue un sueño y que para algunos regalos, como fue aquella noche, antes de aceptarlos, convenía estudiar con detenimiento su manual de uso. Porque después nadie puede reclamar daños, perjuicios ni que le devuelvan el objeto intacto de sus desvaríos.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 21 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 de agosto de 2022

  • 29.8.22
Cuando subió al AVE, coche 8, asiento 9B, iba tan ensimismado en sus pensamientos que no reconoció a nadie. Siempre que viajaba, pedía un asiento aislado, junto a la ventana, para no molestar y para que nadie le molestara. Le gustaba pegar la mirada al cristal y observar sin pensar en el paisaje efímero que se ponía delante de sus ojos, imaginar con detalle los rincones irreconocibles de aquellas casas rurales, los árboles que se alzaban en lontananza en aquella tierra parda, los arroyos siniestros por donde corría un agua escasa y cristalina, la tierra troceada caprichosamente por la mano del hombre, el cielo azul que cubría poderoso todos los campos.


Pero aquel día no tuvo acceso a ese privilegio caprichoso y hubo de compartir asiento con una dama bañada en colonia y, para colmo, su asiento y el de su acompañante estaban enfrentados a los dos pasajeros de los asientos anteriores. Era ya el colmo de los colmos. No solo soportar a su lado a una señora que era una perfumería ambulante sino, además, huir de cuatro ojos escrutadores que le miraban como si le reconocieran. Desde siempre.

A él, por el contrario, le gustaba evadir su mirada de miradas ajenas y, por esta razón, pocas veces entablaba conversaciones con otros pasajeros. Para llevar a cabo tales propósitos abría un libro que no siempre leía pero que le permitía concentrarse no solo en sus pensamientos sino soñar más allá de las palabras que no leía.

En un momento que alzó la mirada para buscar el móvil en el bolsillo y apagarlo fue cuando la reconoció. No le dijo nada. Ella, tampoco. Después de tantos años, pensó que tal vez ella no sabría quién era. Pero no. Ella lo vio antes y antes lo reconoció.

Iba acompañada de un hombre educado que no decía palabra. De vez en cuando le cogía la mano, la miraba con sospechosa melancolía, como hacen los enamorados las dos primeras semanas, sin parpadear, y sonreía levemente, como si esa mueca le pudiera borrar el hechizo de su mirada.

Él la observó disimuladamente, después la miró fijamente, sin miedo y sin nostalgia. La vio más madura, con los ojos más hundidos, como si hubiese llorado durante años, con los labios sensuales, como si no hubiese pasado el tiempo por ellos. Tenía las manos sarmentosas, y la piel blanca como la de aquellos días en que se amaban sin tregua.

Debajo de la blusa azul, él adivinó sus tetas grandes y redondas, su cintura certera, sus formas bien definidas que le llevaban a sus piernas y de sus piernas a sus recuerdos clausurados hasta entonces. Solo fueron unas semanas, un amor de verano, escurridizo como el agua de la ducha o como las horas cuando alguien espera el autobús.

No sabe si se amaron, porque nunca se lo dijeron con palabras. Sencillamente se desnudaban sin anunciarlo previamente y entrelazaban sus cuerpos con una angustia que ambos necesitaban sin explicación alguna. Después bebían con los amigos hasta altas horas de la madrugada, se decían adiós con un beso prolongado, como si fuese a ser el último.

Un día lo fue. Ella no volvió nunca más. No tenía su teléfono ni conocía su paradero. Desapareció como la lluvia después de la tormenta y con el cielo azul todos los recuerdos se desvanecieron como si el sueño tocara a su fin. Lo aceptó con la misma sorpresa con la que detectamos que nos han robado la cartera o con esa sensación indefinida que nos conduce inexorablemente al olvido.

Pero no. El olvido es como la humedad. Vuelve siempre con las primeras lluvias y con éstas el invierno y los días breves y los días desquiciados. Donde no hubo amor no puede haber recelos. Donde no hubo contrato no puede haber reproches tampoco.

Se le atascó la vida en la garganta como si una espina de pescado se le hubiese atravesado en el paladar. La vio distinta pero con la misma belleza fugaz de las estrellas. Se levantó y salió al pasillo. Se dirigió al bar y pidió un whisky. Ella le siguió, agarró su vaso y sorbió un trago largo.

Después le besó sin mediar palabra. Lo miró como entonces lo miraba. Le dijo que entonces no pudo despedirse, que tampoco hubiese sabido qué decirle, que nunca le quiso, le dijo, pero que se acordaba todas las noches de él, como si el olvido le estuviese vetado. Volvió a besarlo y salió del coche. Él miró el paisaje inamovible de siempre apoyado en la barra del bar, y sonrió. Todavía no sabe por qué.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 14 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 de agosto de 2022

  • 22.8.22
Cuándo fue el último día, quién anunció la despedida si ninguno sabía que el final tenía fecha fijada, si ninguno tenía billete de partida y mucho menos pasaje de vuelta. Lo supieron en ese mismo instante inevitable, ese instante en que los tragos y los estragos amenazan sin titubeos. Era un día cualquiera con sus horarios preestablecidos, su monotonía de mañana limpia y frágil, con su lentitud de piedra inamovible.


Nada había en el ambiente que delatara una conspiración contra los sentidos, no había ni una sinuosa sospecha de que sus ojos ya miraban hacia la otra vía del tren. Ella lo supo en ese mismo instante. Se trataba solo de una décima de segundo, de una porción de tiempo incontable, intangible a simple vista, pero que escondía toda una secuencia de aconteceres posibles.

Ella no dijo nada, porque ignoraba que cuando los ojos han dejado de mirar ya llevan tiempo observando otro paisaje y que cuando las manos no buscan las tuyas es porque ya llevan tiempo abrazando otro cuerpo y que cuando esperas una llamada telefónica que no suena es porque la palabra se apagó muchas madrugadas atrás.

Ella no lo sabía. Lo intuía, por supuesto, porque la intuición es la sospecha certera de la catástrofe. Después, sin que ella se dé cuenta del paso del tiempo, todo se confirma en un instante. Se trata de un momento intrascendente en el que nada sucede pero en el que todo puede ocurrir. Ocurre, por supuesto, también con la fortuna, pero sobre todo con el infortunio. Uno lo adivina antes de que acontezca y, cuando se materializa, ya es tarde para rebobinar los días masticados de la vida.

Cualquiera se puede equivocar, pero más que nadie incurren en este error aquellos que no dejan un lugar a la duda, que no abren el abanico a los vientos encontrados del azar. En ocasiones, nadie es culpable y nadie es la víctima. Solo se abre la ventana y por allá a lo lejos entra un aire fresco que anuncia un día azul.

Ella no sabía nada de cuanto le iba a ocurrir pero cuando el viento comenzó a soplar los cabellos le dejaron el rostro desnudo y para ella fue como un espejo que se apagó en ese mismo instante. Ella no sabe si fue un segundo o tal vez menos, pero se vio reflejada en otro cuerpo y postergada en un tiempo futuro que no reconoció como propio. En cualquier caso, era ella. Lo sabía, y no dudó en aceptar los estragos del instante y las secuelas de su desconsuelo.

Después lo vio a él como a un desconocido viviendo una vida que no le cuadraba. Hasta que lo recordó joven y lo identificó como el hombre que siempre quiso ser: liviano, discreto, invisible. Lo vio cruzar la casa de esquina a esquina sin hacer ruido, sin manchar las baldosas con sus botas embarradas de montar, lo vio abrir la cerradura sin llave y cerrar la puerta como quien atraviesa las paredes de un sepulcro.

Apenas le sobró tiempo para confirmar que desde hacía mucho tiempo había construido otra vida ajena a la suya y que, aunque estaba a su lado, en realidad navegaba por otros mares y conquistaba otras arenas.

Más tarde volvió a mirarse en el espejo y vio su belleza intacta de mujer madura, su felicidad compacta de no haberla usado, se buscó las arrugas que no había y las posibilidades prematuras de los desencantos desflorecidos. Pero solo halló un rostro deshabitado, una mirada huida, unas manos que nunca apretaron sus manos y, sobre todo, la certeza de que ya era tarde para decirle cuanto había callado hasta entonces.

Se recostó en el sofá compartido de sus soledades efervescentes y descubrió media vida trastocada por los estragos del amor, pero en realidad se trataba de media vida vivida sin amor, y eso la perdió en el desasosiego. Le quedaba todavía otra media vida para usar a su antojo, pero ya era tarde para arrastrar tantos años inútiles y sin uso. Podía más la propia inercia del miedo que los vendavales inmisericordes de una pasión mancillada.

Ella ya no podía componer media vida con proyectos legítimos cuando tanto pesaban las ilusiones marchitas. Se sentó a la mesa para cenar, sola, como tantas noches, pero ahora con la clarividencia aterradora de que así sería para siempre. Antes rompió el espejo y quiso pensar que no era bella y que la belleza que su imagen le ofrecía sólo eran rastrojos del pasado.

Sabía que se equivocaba, pero tanta tierra quemada es mucha tierra para cruzarla de nuevo en otra dirección. De pronto dejó de pensar en él. No sabe cómo sucedió. Después se tocó la prolongación de los párpados y percibió en sus dedos las primeras huellas de una vejez enamorada y atenazadora.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 7 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

15 de agosto de 2022

  • 15.8.22
Por las noches, cada noche de cada sábado, durante catorce años, acudió al mismo bar con la sensación irrenunciable de que allí conocería a la mujer de su vida. Nos lo contaba con esa naturalidad de quien está convencido que subirá al árbol aunque sus manos no alcancen las primeras ramas.


Siempre fue un hombre cuerdo, discreto, con una educación elegante que gustaba a las mujeres y, tal vez por ello, siempre disfrutó de sus favores y de su aceptación. Sin embargo, él solo vivía para una mujer que no existía, o que solo existía en sus sueños. Los sábados nos despedíamos de él hasta el lunes. Se venía a este bar a esperarla y el domingo lo dedicaba a descansar y leer los periódicos de la semana.

Los amigos comenzábamos a preocuparnos, porque nunca nos dijo qué local frecuentaba los sábados por la noche, así que un día decidimos seguirlo sin que él lo supiera. Lo hicimos varias veces y siempre lo veía detrás de los cristales sentado a la barra con un whisky en la mano, hablando con la camarera o sin hablar. Se bebía varios vasos y después se iba andando a su apartamento.

Le gustaba pasear de noche, incluso con lluvia o frío. Nunca fumaba, pero en esos paseos nocturnos encendía algún cigarro. A veces se paraba a observar el cielo o los árboles o las calles vacías o a las parejas que huyen del bullicio de las fiestas.

Pudiera parecerlo, pero en absoluto era un hombre solitario o triste, depresivo o introvertido. Sin embargo, en ocasiones le gustaba estar solo o necesitaba estarlo algunos fines de semana, y entonces se recluía entre libros y botellas para matar las horas que le quedaban libres.

Había tenido escarceos con bastantes mujeres y después de meses o años de relaciones lograba mantener viva con ellas una misteriosa amistad que siempre sobrevivía al tiempo. Todo fue así hasta que un día apareció la mujer que no existía.

Él cuenta que estaba sentado a la barra bebiendo como siempre hacía y llegó ella, con un humor de perros, pidió un whisky y empezó a hablarle como si le conociera de toda la vida. Le dijo que los hombres todos éramos iguales, que pensábamos con la bragueta, que estábamos hechos con el mismo molde y que ya estaba cansada de buscar donde no había nada.

Él asentía sin decir nada más, porque el carácter bronco de la señora, al parecer, no era para contradecirla. Poco a poco se fue serenando, eso sí. Le preguntó cómo se llamaba, le pidió perdón por sus modales, pero le confesó que estaba muy cansada de la vida, le dijo que la noche era preciosa, que había estrellas en el cielo y que cuando las noches están así a ella le gusta pasear sin rumbo.

Él le dijo que siempre paseaba, todas las noches de todos los sábados desde hacía bastantes años. Ella le preguntó qué buscaba o qué quería encontrar en un local como aquél durante tantas noches de tantos sábados. “No lo sé”, le dijo, “creo que encontraré a una mujer”. “¿Y cómo sabrás que es ella?”, le preguntó. “No sé”, dijo, “posiblemente ella me lo dirá”.

La mujer había cruzado la frontera de los cuarenta, de estatura media y bien proporcionada, tenía los labios gruesos y la voz de cantante de blues y un escote generoso que anunciaba una juventud todavía enhiesta. Había sobrevivido a un matrimonio equivocado y a varios amantes que nunca estuvieron a la altura de las circunstancias. Le gustaban los hombres románticos y varoniles, una mezcla difícil de encontrar, según decía.

Salieron a pasear como él hacía cada sábado, bebieron en otro local nocturno y en otro más. Nunca supo cuánto bebieron y rieron aquella noche, y cuánto hablaron. El amanecer los encontró abrazados en algún parque apurando las últimas cervezas de una cogorza bien merecida.

Se retiraron al hotel más próximo, durmieron desnudos y abrazados y solo lograron hacer el amor unas horas después, bañados en sudor y con el aliento agrio secuela del alcohol. Después se ducharon y pidieron un almuerzo opíparo, y volvieron a dormir.

El lunes los despertó felices. Quedaron en verse el sábado en el mismo bar. Solo se ven los sábados. Desde hace varios años, no sé cuántos. Y son felices. No lo dice. Lo decimos los amigos. Algún fin de semana oteamos a la pareja por la ventana del bar y los vemos reír y beber.

No sé si él se habrá dado cuenta de que ésta puede ser la mujer que tanto esperaba. Un día se lo preguntaré, pero no sé cuándo. Porque siempre anda preparando la noche del sábado, como si en ella se le fuera la vida.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 31 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

8 de agosto de 2022

  • 8.8.22
A sus 34 años se dio cuenta de que la vida no había valido la pena, de que tenía pocos recuerdos para colgar en un marco, de que los hombres le habían rehuido sin entender bien las razones, porque se miraba en el espejo y adivinaba un cuerpo aún joven, algo entrado en carnes, pero todavía seductor en sus curvas.


Se miraba entonces los párpados algo caídos y las primeras raíces de unas arrugas que anunciaban una trayectoria acentuada todavía apenas imperceptible. Miraba sus ojos a través de sus ojos y descubría un rastro de tristeza persistente que le nublaba el encanto de la mirada. Supo ahora por qué aquel hombre no la había reconocido.

Cada tarde entraba a la cafetería a la misma hora, se sentaba a la misma mesa y comenzaba a hojear el mismo libro hasta que llegaba la mujer que esperaba. La recibía con un beso tierno, como si apretara entre los labios un pedazo de bizcocho. Ella se sentaba a su lado. Ella los veía reír, hablar con gestos resueltos, percibía cómo sus miradas se entrecruzaban más allá de la simple mirada y cómo sus manos se entrelazaban. Primero pedían un café y después una copa de trago largo: generalmente un gintonic.

A sus 34 años tenía un trabajo fijo, pero por las tardes echaba unas horas de camarera en esta cafetería. Por ahorrar algo, pero también por consumir las horas muertas sin nadie. Mejor que no lo hubiera hecho. Desde que lo vio por primera vez, ya no pudo conciliar el sueño.

El hombre había sido su profesor de Literatura en el instituto y desde el primer momento en que lo vio se enamoró de su voz, de sus lecciones, de su porte de hombre tranquilo y magnético. Le ocurrió a ella, pero también a prácticamente todas sus compañeras.

En las horas de recreo, ella recitaba a las amigas los versos que él les había recitado en clase y todas sucumbían a su manera entender y enseñar literatura. Cuando lo vio entrar en la cafetería la primera tarde, su primera sensación fue recitar en voz baja los versos de Juan Ramón Jiménez, y esa sensación nada más la devolvió a una juventud que siempre añoró.

Le pareció que el tiempo de golpe se había estacando en un momento que nunca había sucedido y que todo el futuro por venir no era nada más que un pasado que abominaba y que siempre quiso olvidar. Después ya en casa, como cada noche, se miró en el espejo y percibió sin fisuras el paso inexorable de los años. Lo supo sobre todo unas horas antes. Cuando ella se acercó a la mesa con ánimo de descubrirle su identidad inescrutable y él solamente acertó a saludar y a pedir un gintonic.

No le defraudó que no la reconociera en un primer momento, sino el hecho permanente e injustificado de que tantas tardes después no percibiera en él un atisbo de atracción. Las tardes se le hicieron indigestas y la vida se le atascó en la garganta como una espina de pescado que no la dejaba respirar.

Después del trabajo en la cafetería se iba a un cibercafé cercano y buscaba en Google alguna fórmula efectiva para paliar su desgracia. Escribía en búsquedas: "Cómo cometer un asesinato", "veneno instantáneo indetectable", "niveles de insulina tóxicos", "consejos para suicidarse", "cómo comprar un arma ilegal", "cómo matar a un cabrón", etcétera.

Un día cualquiera acertó con el bálsamo de la venganza. Siempre en pequeñas porciones se lo diluía en el café de cada tarde y día a día iba percibiendo en su rostro los rasgos de aquella sustancia indetectable que iba erosionando su vida con pasos certeros.

Después de una semana venía ya de manera intermitente y en su mirada ida escrutaba las horas de vida que lo arrastraban irremisiblemente al final. Una tarde el hombre dejó de venir a la cafetería y la sorpresa esperada le llenó los pulmones de un aire espeso que no deseó.

Esa misma tarde se despidió del trabajo, sintió el vacío de la vida al borde del abismo y supo mirándose al espejo que la juventud se había marchitado en ese mismo instante, aunque en realidad huyó sin ella saberlo muchos años atrás. Se preparó un café con otro sedante: hidrato de cloro. Y bebió sin gustarle un café tras otro, hasta que la vida se le fue de las manos.

Unos días después el hombre, ya con mejor semblante, volvió a ir al café cada tarde, se reunía con la misma mujer de antes y la nueva camarera que les atendía ahora veía en ellos una felicidad tan honda que descubrió en ellos la profunda razón que nos empuja a vivir a casi todos.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 24 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

1 de agosto de 2022

  • 1.8.22
Juan Pablo II y Benedicto XVI eran muy amigos. Durante décadas compartieron complicidades y ambiciones. Ambos querían ser papas, y lo consiguieron. Ambos detestaban la ideología marxista y cualquier emblema que oliera a justicia social, y la persiguieron como si se tratara de una peste. Ambos se sintieron siempre muy cerca del cielo. Y tal vez por esa misma razón no supieron o no quisieron ver por qué la miseria humana pone sus huevos en cualquier escondrijo o en cualquier palacio.


El primero se atrevió a decir que el limbo no existe, y su sucesor, no queriendo ser menos original, proclamó que el purgatorio no es un lugar físico. Vamos, como si todos los lugares ideados por el Vaticano fuesen menos físicos que el limbo o el purgatorio.

En fin, muerto el papa polaco, que reinó para romper el telón de acero, para dinamitar el muro de Berlín, para hacer añicos cualquier revolución, a Benedicto XVI le sobró tiempo para promulgar el decreto de beatificación de Wojtyla.

Curiosamente, este proceso de beatificación comenzó pocas semanas después de su muerte, cuando Benedicto XVI derogó las normas canónicas que obligaban a esperar cinco años desde el momento de la muerte para abrir una causa de canonización.

Esta decisión no ha pasado inadvertida en los medios de comunicación. Al parecer el argumento para esta beatificación no resulta demasiado consistente, pues el ya fallecido solo cuenta con un milagro en su haber. Con ese currículum y en la crisis en que andamos metidos, nunca obtendría una plaza de contratado doctor en la universidad española.

Se ve, claro, que las cosas del cielo se rigen por normas más volubles. El milagro aludido consiste, al parecer, en la curación de la monja Marie Simon Pierre, que padecía desde 2001 la enfermedad de Parkinson, mal que también sufrió Juan Pablo II. La religiosa superó todos los síntomas dos meses después de la muerte del Papa, y según los médicos del Vaticano lo hizo de forma “inexplicable”.

Hasta ahí, valga. Pero se ve que en el Vaticano a uno no le tienen en cuenta los descuidos o los encubrimientos. Por ejemplo, cuesta creer que el papa polaco y sus más íntimos asesores no tuviera conocimiento de los crímenes y de las tropelías cometidos por Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, de quien hoy se sabe con pormenores necesarios su perfil de pederasta y corruptor.

Tradicionalmente, la Iglesia católica ha encubierto a los pederastas. Son tantos los casos documentados y los testimonios hechos públicos en los últimos años, que me niego a entrar en detalles escabrosos. El sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal se ha hecho una pregunta que otros muchos cristianos también se han formulado: “¿Cómo va a ser declarado santo el que protegió a Maciel y su orden los Legionarios de Cristo?”.

Hay otro aspecto a destacar en contra el papa fallecido. En 2007, Wojtyla beatificó a 498 mártires de la Guerra Civil. La Iglesia puso esmero en explicar que esta beatificación se justificaba no porque fueran víctimas de la Guerra Civil, sino porque murieron como mártires de la persecución religiosa.

No dijo entonces la Iglesia que muchos de sus mártires fueron delatores en este conflicto bélico y que muchas personas inocentes murieron como consecuencia de su fiebre religiosa. El papel de algunos de estos delatores en la guerra y en la posguerra está suficientemente documentado como airearlo una vez más.

Por cierto, algunos de estos mártires, o una buena parte de ellos, fueron desenterrados de cunetas y cementerios y enterrados con sus familiares o en edificios religiosos. Es curioso también que el papa no se acordara entonces de algún cristiano del bando republicano para alzarlo a los cielos. Se ve que hay sitios reservados solo para algunos.

Juan Pablo II hizo tantos beatos y santos como todos sus precedentes juntos. Suprimió en los procesos de beatificación la figura del abogado del diablo, que era la figura que imponía rigor en las causas y revisaba con lupa las virtudes y los defectos de los aspirantes a ser ciudadanos escogidos del cielo.

Y es curioso. Hace más de mil años que un papa no beatifica a su antecesor en el cargo. Pero, claro, por un amigo, lo que haga falta, es lo que se dirá Josep Ratzinger para sus adentros. Un enchufe allá arriba no lo tiene cualquiera. Y si no, que se lo pregunten a los fallecidos de la Guerra Civil que todavía habitan algunas cunetas que las nuevas autovías cualquier día se llevarán por delante. Hoy en día, todo nos parece normal, porque sencillamente no alcanzamos a comprender cuándo detectamos un milagro encubierto.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 17 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

25 de julio de 2022

  • 25.7.22
La vida nos hace diferentes aunque, en ocasiones, algunas coincidencias nos pueden cambiar el rumbo de nuestras vidas: el color de los ojos, un apellido que no es único, una virtud o un defecto que son transferibles. Nacemos y vivimos con la pretensión insalvable de que nuestra individualidad no se parezca a ninguna otra, de ser distintos, en ocasiones, sin ningún otro propósito que alimentar nuestra vanidad.


Pero también los hay, como es lógico, que quieren perderse en el maremágnum del rebaño. Encuentran su felicidad a la sombra que los demás le han diseñado y no alientan otra ilusión si para alcanzar tal fin tienen que emprender una carrera en solitario. En todo caso, aspiremos a ser unos u otros, siempre vale la pena no ser un clon de cualquiera de los demás y tener al menos en nuestras manos unas huellas dactilares que nos diferencien de los otros.

Flavio Silva Moreira nunca quiso ser de uno o de otro grupo hasta aquella tarde que paseaba tranquilo por las calles de Bilbao y una dotación policial le pidió que se identificase. Cuando los policías introdujeron sus datos en el ordenador central, se tropezaron con una orden de búsqueda, captura e ingreso en prisión contra él. La orden procedía de la Audiencia Provincial de Almería.

Flavio Silva era sincero cuando dijo a la policía y al juez que él era inocente, que no había hecho nada, que nadie en el mundo le buscaba, desgraciadamente. Ni para bien ni para mal. Le esposaron, le subieron a un furgón policial y acabó en la cárcel de Bissauri (Vizcaya).

En efecto, se trataba de un error. Pero hasta que todo se aclaró pasaron 173 días entre rejas. La burocracia judicial alimentó la espera. Comenzaba agosto y tuvo que esperar hasta febrero de 2008 para abandonar la prisión.

Un buen día, el juez de Bilbao se cercioró de que, en efecto, las huellas dactilares de Flavio Silva no coincidían con las del presunto delincuente. El juez pudo haber cotejado las huellas unos meses antes, la Policía le podía haber escuchado, aunque solo fuese por una vez, se decía él mismo.

Para su consuelo, la Policía le entregó un informe que acreditaba “sin lugar a dudas” que el Flavio Silva encarcelado no era el Flavio Silva buscado en Almería por quebrantamiento de condena. El día que salió de la cárcel encontró un frío de febrero que en nada se parecía a aquel 3 de agosto que a partir de entonces siempre quiso olvidar en sus adentros.

Caminó con la sensación confirmada de que cualquier error insignificante cambia el rumbo de una vida para siempre. Afuera nadie le esperaba, pero temía que nadie más le esperase en ninguna parte del mundo que él conocía.

Un informe del Consejo General del Poder Judicial advierte de que la estancia de Flavio Silva en la cárcel le ha generado “graves trastornos psicológicos y ha cercenado su vida laboral”. Desde entonces, deambula por las calles de Bilbao sin trabajo y huyendo de la presencia policial, y no porque se sienta culpable de ningún acto delictivo, sino porque sabe que el ser humano está incapacitado para escuchar cualquier lamento que no entiende y porque la burocracia es tan seria y firme en sus actuaciones que no altera el orden de sus funciones aunque en ello vaya el pecado.

Ahora Flavio Silva, que siempre escucha, pone oídos a su abogado, quien le sugiere que reclame al Estado 175.000 euros por esos 173 días que vivió privado de libertad. Así lo ha hecho. No sabe si lo escucharán algún día, si algún día le darán la razón en esta historia que sufrió en sus propias carnes. Pero algo sabe a ciencia cierta. Que haya sentencia cuando la haya, aún falta mucho tiempo, y que mientras tanto prefiere no pensar en un futuro que le parece demasiado frágil.

Vive ahora como un fugitivo sin causa, como un niño autista que no quiere escapar de su propio laberinto, porque sabe que más allá de sus oídos el silencio se abre como una epidemia sin límites.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 10 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 de julio de 2022

  • 18.7.22
Las noticias se las puede calificar como "sorprendentes" o "extraordinarias", como "insólitas" o "inauditas". Depende, claro está, del grado de sorpresa que arranque en el público, del recorrido que el titular arrastre desde el día de su publicación hasta el último comentario que el texto desbroce en el lugar más insospechado. Algunas noticias lo llegan a ser no porque su grado de novedad esté en el hecho mismo, sino en cómo su naturaleza es capaz de transmutar la convivencia en cualquier núcleo de población.


Algo así le ha ocurrido al profesor José Reyes Fernández, del IES Menéndez Tolosa de La Línea de la Concepción (Cádiz). El buen hombre dedicó algunos minutos en su clase de Geografía para explicar las bondades del clima de Trevélez para curar el jamón. Las crónicas no dicen si el citado profesor pasó de los beneficios del clima directamente a detallar otros pormenores de este producto del cerdo que nosotros tanto apreciamos en una buena mesa.

El caso es que un alumno musulmán lo acusó de actitud racista. No sabemos tampoco si este docente se detuvo en detalle en explicar la geografía del cerdo, de la que ya se sabe que se come toda, incluso los andares. Algo vio este alumno en el profesor, llámese deseo o gula, placer en cualquier caso, que confundió las creencias religiosas con las cosas del comer.

Nunca he entendido por qué las religiones no hacen más hincapié en los beneficios de sus propios catecismos y dejan las recetas gastronómicas para los entendidos en las artes culinarias. El niño que denunció a este profesor se habrá ganado el cielo con su denuncia, pero también ha demostrado una vez más que el paladar lo tiene menos desarrollado que el cerebro.

El problema, obviamente, es de los padres, que se piensan que han ganado el paraíso dejándonos a otros el placer de hartarnos de jamón. Nuestra religión, algo más cauta en estos menesteres del estómago, ha encontrado soluciones convincentes a aquellos requerimientos religiosos que un simple inmortal está incapacitado para comprender.

Un Viernes Santo, por ejemplo, en el que la Iglesia nos obliga a desentendernos de la carne, encontramos en la ensaladilla rusa –que nunca supe por qué era rusa, y menos en los tiempos de Franco– y en las albóndigas de atún o en los buñuelos de bacalao una fórmula mágica para no pecar en día tan señalado sin una necesidad obvia.

Ahora la Fiscalía de Algeciras ha remitido al Juzgado de Primera Instancia número 1 de La Línea de la Concepción el escrito en el que insta al archivo de las diligencias abiertas por la denuncia de este alumno musulmán por una razón que resulta obvia a todas luces: “por no existir el más mínimo indicio de la existencia de ningún tipo de infracción penal”.

En su escrito, el fiscal jefe de Algeciras, Juan Cisneros, asegura que “la jurisdicción penal es algo muy serio y su utilización no puede quedar al capricho de nadie, cuando no existe justificación jurídica para ello”.

Uno, independientemente de que defiende el jamón por principio, no alcanza a entender qué mal puede haber en hablar del jamón y su geografía si el momento se presta a ello. Entiendo que cualquier criatura escuchando, nada menos que a su profesor, alabar un manjar que sus creencias se lo tienen prohibido, no puede menos que haber caído en una profunda contradicción o, al menos, en una sensación insana de que algo se está perdiendo en esta vida.

El problema no está en esta criatura, que no sabe nada del mundo en el que lo han metido. Tampoco es de los padres, que asumen por principio que cualquier ser humano puede nacer y morir sin haber probado el jamón, lo cual no es una barbaridad, sino una estupidez.

Las religiones siempre meten la cuchara en el plato y en el sexo; es decir, en todo aquello que pueda hacer indigesta una buena vida, según sus patriarcas. Cisneros advierte en su escrito que “escuchar una referencia indirecta al jamón en el marco de una clase de Geografía en nada violenta a los practicantes de la religión musulmana y, menos aún, convierte al profesor en racista, xenófobo o algo parecido”. Por supuesto que no pero, incluso aunque este profesor hablara de las bondades del jamón, nadie debe sentirse herido en sus más profundas convicciones.

Cuando comenzamos a escribir y a dudar sobre las bondades del jamón, algo no está en su sitio. A estas alturas, cuántas actitudes que hieren mis más profundas convicciones debería denunciar. Y no estoy hablando de gastronomía. Dios me libre. Que cada cual coma lo que le dé la gana. Y a quien no quiera jamón por la razón que fuere, que haga igual que con las lentejas. Lo dejas, que para eso estamos los demás. Y que cada cual aguante su vela y aquellas creencias que confunden la fe con el paladar.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 27 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

11 de julio de 2022

  • 11.7.22
Cuenta Juan Cruz que Mario Vargas Llosa lloró e hizo llorar al auditorio cuando leyó el discurso de agradecimiento por la concesión del Premio Nobel de Literatura. En efecto, así lo pudimos comprobar en las imágenes que las televisiones emitieron en todo el mundo. Se le atravesó un nudo en la garganta que le entrecortó la voz cuando mencionó a su prima –es decir, a Patricia, su mujer–.


Posiblemente, en aquel momento, toda su vida de repente se le concentró en la memoria, como cuando acecha la muerte inexorablemente, y entonces vio tal vez todos los años dedicados a la escritura no como si fuese su propia vida comprimida en un solo instante, sino la vida de aquel otro que siempre fue a su lado, que siempre va a nuestro lado, para indicarnos el camino que nunca debemos abandonar.

Tantos años después, cuando ya no era el candidato de unas quinielas que siempre le obviaban, el escritor peruano alcanzó el sueño dorado que siempre anheló. Somos muchos los que siempre creímos que esta posibilidad nunca caería en saco roto. Ahora descansa después de una semana agotadora de agasajos que le devolverán a la paz de su ingenio intransferible y de sus agotadoras jornadas de trabajo. Sólo así se puede alcanzar a comprender una obra tan extensa y portentosa.

Cuando un hombre a solas consigo mismo se abre en canal las vísceras, para sacar todo lo mejor que su imaginación puede aportar, asiste al acto más desolador y más asombroso y más demoledor al que un ser humano quisiera aspirar. Así que aquel día de la lectura del discurso, Vargas Llosa recordó, no los libros escritos en incansables jornadas de trabajo, sino el inmenso placer y la soledad más contumaz en que un escritor vive para poder alcanzar la posteridad cuando el corazón aún le palpita.

Acaso estos momentos de los que los creadores nunca hablan, estas horas extraviadas a lo largo de toda una vida, aquellas dudas recurrentes que vacían el alma de valor y de valores, que enmudecen por días y por semanas y por meses la capacidad creadora, que nos hacen vacilar después de tantos años sometidos a una disciplina castrense –después de que aquello que un día creíamos dotado de un cierto valor lo pongamos entonces en duda y en cuarentena–, ahora se resquebraja en un instante.


Y es ahí, de nuevo solo ante su auditorio, leyendo este discurso de agradecimiento por un premio Nobel, cuando todo comienza a tener sentido de nuevo, cuando sabemos que valió la pena tanto esfuerzo y que, no haber abandonado aquel camino en el que solo nosotros creíamos, hoy nos llena de plenitud y satisfacción.

Hay riachuelos en la vida que se asemejan a océanos bravíos, a tempestades perfectas en las que no queremos naufragar, porque nos fueron dadas por nuestra pertinaz dedicación de cada día a una profesión que no tiene parangón con ninguna otra, como es ésta de la lectura y de la ficción.

Antes o después, cualquier día, abrimos la puerta de casa y afuera no está la vida cotidiana sino esta otra que inventamos en lo más profundo de nuestro ser, como una criatura que le cuesta andar sola en las primeras páginas pero que, poco a poco, muestra su carácter indomable, su porfía frente a los detractores de la imaginación, su capacidad de moverse a sus anchas en un espacio que solo anida dentro de nosotros y que es para nosotros parte imprescindible de nuestra identidad.

Es ahí donde la realidad y la fantasía se confunden, donde lo veraz y lo verosímil se aúnan para conformar un todo indivisible. Posiblemente fue este pensamiento el que se le puso delante de sus narices a Mario Vargas Llosa la tarde que andaba desglosando su fortuna de escritor consistente, sus delirios de creador convencido, sus miedos siempre presentes de fabulador arriesgado y trasgresor.

Fue entonces cuando sintió el manotazo de la inmortalidad, la confabulación del lector comprometido, el zarpazo que da en el pecho el haber recibido un reconocimiento grande por una obra sin igual. Y fue entonces cuando la emoción pudo a las palabras tantas veces utilizadas para dar sentido al llanto. Eso sí: esta vez, insustituible.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 20 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

4 de julio de 2022

  • 4.7.22
Hace más de treinta años, Gabriel Janer Manilla conoció a Marcos Rodríguez cuando se documentaba sobre su tesis doctoral basada en los niños que han vivido en estado salvaje. En 1970 se licenció en Pedagogía por la Universidad de Barcelona, y ocho años más tarde leyó la tesis sobre La problemàtica educativa dels infants selvàtics. El caso de Marcos, un estudio sobre un caso de marginación social.


La tesis trata la historia de un niño que vivió abandonado durante 13 años (de los 7 a los 19) en las montañas de Sierra Morena, después de que su padre le vendiera a un pastor para que le ayudara a hacerse cargo del rebaño de cabras. Después de morir el pastor, Marcos se queda solo en compañía de los animales.

Basándose en aquel estudio, a su autor la historia le pareció sorprendente pero también creíble para adaptarla a la novela. Existen, en cualquier caso, no pocos precedentes en los que la fábula ha pretendido suplantar a la realidad en historias inverosímiles pero que han logrado anegar de fantasía el mundo insobornable de los más jóvenes.

Uno de los casos más conocidos es El libro de la selva, también conocido como El libro de las tierras vírgenes, publicado en 1894 por Rudyard Kipling. Esta serie de relatos cuenta cómo Mowgli es acogido por unos lobos como si fuera su propio hijo.

Más sorprendente incluso puede ser Tarzán, el personaje ficticio creado por Edagr Rice Burroughs, un niño que es educado por una manada de monos mangani, una especie no conocida por la ciencia. Tarzán vio la luz por primera vez en la revista All Story Magazine en octubre de 1912. Después, Bourroughs adaptó el personaje a la novela, a la que sucedieron 23 secuelas, y con el paso del tiempo han sido múltiples las adaptaciones al cómic, al cine y a la televisión.

Fue así como Janer Manilla se atrevió a escribir He jugado con lobos, la novela en la que se inspiró la película Entre lobos, dirigida por Gerardo Olivares. Desde luego, como suele ocurrir a veces, la literatura resultó ser más creíble que el cine.

El libro está escrito en primera persona, con un lenguaje desprovisto de todo exorno, casi sintético. Como si fuese la historia de vida en la que basó su tesis doctoral. En el Post scriptum, el autor advierte sobre la realidad de los hechos: “La respuesta es: no es tan importante lo que vivió, sino lo que creyó que vivía. Quizás, la imaginación lo salvó de la soledad. Mientras, jugaba con los lobos y se dejaba guiar por una culebra”. Fuera como fuese, lo cierto es que el libro, que se mueve entre una dureza extrema y una ternura sutil, me parece más creíble que la película.

Cuenta en la novela Marcos Rodríguez que le hubiera gustado haber nacido lobo y piensa que el hombre no nace lobo, pero que puede acabar convirtiéndose en uno de ellos. Se acostumbró a convivir y a comunicarse con los animales: “No era tan difícil como hacerlo con los hombres”.

Cuenta que el jabalí es el único animal que no tiene amigos y que por eso no puedes acercarte a él, y por eso nunca levanta la cabeza del suelo y nunca mira a las estrellas. Comía patatas porque veía que los cerdos comían patatas. Damián, el cabrero, le había aconsejado: “Si siempre haces lo mismo que los cerdos, no te equivocarás nunca”.

Marcos aullaba como los lobos, gañía como la zorra, hacía los mugidos de los ciervos. Aunque iba medio desnudo, nunca sintió frío. Y confiesa: “Yo sé que se aprende a tener frío. La vida es la escuela donde se aprende a tener frío. Pero allí, en medio del valle, aprendí a no sentirlo”.

Con el paso de los años, cada vez le resultaba más difícil pronunciar los vocablos y expresarse como un hombre. Se entendía mejor con las bestias. Despertaba antes que amaneciera para ver cómo, al llegar la luz, se abrían las flores a medida que el alba crecía. Inventaba palabras y música. Le gustaba cantar. Cantaba al estilo de las bestias, levantando un aullido en el bosque. Gritaba como si cantara una canción salvaje. No recuerda si alguna vez estuvo enfermo. Y pensaba que morir es cerrar los ojos. Se diferenciaba de los animales en que podía usar las manos y era consciente de que su inteligencia era más poderosa, excepto si se trataba del águila.

A veces andaba con los pies y las manos, descalzo, como los lobos o las cabras, pero no lograba hacerlo igual que ellos. Saltaba cercados, se encaramaba por las rocas y se subía a la última rama de los árboles. Llevaba el pelo hasta las rodillas y, sin embargo, se preguntaba por qué su cuerpo no se cubría también de pelo como los demás animales. Frecuentaba la cueva de los lobos y hablaba con el águila y se entendía con la culebra.

Durante todo ese tiempo, Marcos pensó por qué su padre lo había vendido a aquel hombre y cuánto dinero le pusieron en las manos. Y dice: “Mi padre no me vendió para hacerme daño. Solo porque era pobre. Porque era muy pobre, me vendió”.

Cuando la Guardia Civil lo encontró en el verano de 1956, había vivido trece años perdido en el bosque desde que su padre lo vendió. La gente creó la leyenda. Decían que era hijo de una loba y un pastor y que solo comía bellotas y raíces. Su indumentaria alimentó la fábula. Iba vestido con una piel y llevaba unas alpargatas que él mismo se había hecho con corcho y alambres.

No sabía andar con zapatos ni usar la cuchara y el tenedor. Comía con las manos. Cogía el plato y se lo llevaba a la boca. Le costaba dormir en una cama, porque estaba acostumbrado “a la dureza del suelo, al calor difícil de las piedras”. Le dijeron que las cosas que decimos se pueden escribir en un papel. Pero él prefería, antes que las palabras, imitar el canto de la perdiz o de la zumacaya, del mochuelo o del águila.

Cuando después de aquel tiempo perdido reconoció al padre, lo encontró más viejo, pero el carácter no le había cambiado. Y éste, cuando observó al hijo vestido con una piel medio destrozada, solo alcanzó a decir después de trece años: “¿Dónde está la chaqueta que llevabas? ¿Qué has hecho con la chaqueta? Te compré una chaqueta, ¿qué has hecho con ella?”.

Todos estos pequeños detalles que hacen creíble la historia, incluso verídica por momentos, se pierden en la película. Y es precisamente en esos imperceptibles e inequívocos pormenores en los que la fantasía no se detiene pero donde la realidad es pertinaz y la memoria es encubridora.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 13 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

27 de junio de 2022

  • 27.6.22
Mira uno la vida desde la ventana y le da pereza abrir las puertas y salir a la luz o a las tinieblas. Todo depende cómo se mire. Si ahora miramos el mundo sin telescopio, vemos un paisaje que abruma en lontananza y aquí al lado buscamos las ascuas del fuego apagado y del futuro que nos dibujaron y fabricaron a la medida, sin brechas y sin vacíos significativos. Y ahora, de golpe, nos da la impresión de que alguien nos vendió gato por liebre, que aquel traje hecho a medida nos viene estrecho para esta crisis, que le quedan cortas las mangas y el color se ha desteñido por momentos.


Miramos afuera y los días se insinúan sinuosos y hostiles, y la noche es un pantano de dudas y deudas sin solución posible. Y es así que vamos pasando las páginas de los periódicos buscando un titular que no está y una noticia que alguien ha usurpado de sus páginas sin nuestro consentimiento.

No hay respuesta que apague nuestras convulsiones internas ni que infle la nómina como si fuera un chicle. No hay respuesta a este momento de incertidumbre. Porque nadie dice nada ni sabe de esta verdad que nos asoma al cataclismo, ni le pone nombre a las mentiras en las que queremos seguir creyendo.

Ahora sabemos que la sociedad del bienestar se va al carajo, ahora sabemos que nunca fuimos ricos ni lo seremos nunca más y que los inmigrantes han comenzado a regresar a sus países porque no se quieren comer nuestra miseria.

Sabemos también que la Embajada de EE.UU. en Madrid mostraba un especial interés por el expresidente del Gobierno José María Aznar. Y él que pensaba que Bush le amaba con fruición y desinterés, como si aquello fuera un amor de primavera. Y ahora los papeles secretos del Departamento de Estado nos muestran las dudas que Aznar tenía sobre la entereza y capacidad de Mariano Rajoy de conducir a este país por el camino de la unidad nacional, tal como él lo hubiera hecho sin pestañear, aunque se le metiera un enjambre de abejas en el ojo. De ahí la frase que nos ha hecho esbozar una mueca que no llegó a tal porque se nos quedó la sonrisa congelada: “Si veo a España desesperada quizá tendría que volver a la política”.

Uno se cansa de tanto mesías enano y con bigote, inflado de vanidad y escaso de conocimiento. No sé qué tiene este país que amamanta con sus ubres a tantos salvapatrias y después nos los pone en la poltrona para abrir un paréntesis vergonzoso en nuestra historia más reciente.

Sabíamos que éstos eran malos tiempos para la lírica, pero estos otros que empezamos a pisar son malos también para bolsillos propios y ajenos. Nadie nos salva de morder este fuego que alguien atiza sin contemplaciones desde otra finca a la que no tenemos acceso.

Lo peor es que los periódicos se han quedado mudos y no atisban a anunciar las catástrofes previsibles porque andan preocupados midiendo su ideología interna. No les preocupa ya tanto qué piense o sienta el lector, como tampoco les preocupa de qué materia están hechos sus periodistas, porque hoy la profesión son piezas desconectadas entre sí y componen un puzle que nadie acierta a componer de modo que todo tenga sentido.

Este periodismo programado y de declaraciones que vive una vida frugal y efímera morirá pronto a nuestros pies, cuando ya todos volvamos a calzar alpargatas y sepamos definitivamente que los derechos humanos, sean cuales sean, del trabajador o del menor, de la mujer o del gay, hay que conquistarlos cada día, porque si no alguien vendrá a arrebatárnoslos. Porque los lobos hoy habitan las ciudades y han dejado los montes libres para las liebres y los jilgueros.

A veces, todos nos cansamos de soñar, porque los sueños, como las nubes, vienen y van sin rumbo, y los días grises nos devuelven una nostalgia que habíamos desechado en el paragüero y que ahora necesitamos sin titubeos y sin compasión.

Después, sin embargo, la mañana anuncia un día luminoso y de pronto olvidamos que el invierno es fugaz y que, pese a todas las circunstancias esquivas que nos atenazan, no nos queda otro remedio que salir a la calle a gritar o a beber, a saber que los malos tiempos tienen los días contados y que solo depende de nosotros enderezar la curva del camino.

A veces, miro la primera página del periódico y no encuentro la noticia que buscaba, y sé que, en parte, también yo soy culpable de no hallar el titular que quiero y que otros como yo no hemos escrito. Porque todos sabemos y hemos olvidado que algunos titulares deben ser colectivos e indelebles.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 6 de diciembre de 2010.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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