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Mostrando entradas con la etiqueta Desde la nostalgia [Juan Navarro Comino]. Mostrar todas las entradas
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9 de octubre de 2018

  • 9.10.18
Hace días leí, sin ningún asombro por mi parte, que en un local de mi pueblo, Santpedor (Barcelona), tienen 3.000 lazos amarillos para las personas que los quieran recoger y colgarlos por todas partes. A esto lo llamo yo dictadura. Sin embargo, hacerlo porque sí, porque a los independentistas les toca hacerlo, le llaman ellos "libertad de expresión". ¡Vamos hombre! ¡Que no nos hagan comulgar con ruedas de molino!



Esquerra Republicana ganó las últimas elecciones municipales en Santpedor y fue la tercera vez consecutiva que lo hacía. Eso les da pie a montar todos los actos reivindicativos que quieran porque, como nadie les dice nada, campan a sus anchas. Es lo que hay.

Días atrás, al salir de misa, me encontré con un antiguo amigo que también había sido compañero de trabajo y estaba eufórico por la situación actual que tenemos, a pesar de que es descendiente de castellanos. Yo le llamo "El catalán García y es miembro de Esquerra Republicana.

—Navarro, vamos a conseguir la república. Aquí en el pueblo se nota la labor y el trabajo de mi partido: cada día tenemos más calles arregladas y mayor bienestar –me comentó muy exaltado.

—En eso tienes razón –le contesté yo– porque, hace unos años, este pueblo dejaba mucho que desear. Tengo que reconocer que las cosas van cambiando, aunque poco a poco.

Entonces me remató diciéndome que, con Cataluña y con la República, iban a "hacer igual".

—¡Atiende, García, que acabamos de salir de misa! ¿Tú has bebido?

—Navarro, ¡no me ofendas!

—Yo no te ofendo –le aseguré–, pero no me compares este pueblo con Cataluña... Las infraestructuras son bien diferentes ¡y apañados iríamos! En las próximas elecciones autonómicas os vais a llevar una gran sorpresa, y no las vais a ganar.

—Como las ganemos, Navarro, montamos la República y prepárate para salir para tu tierra, así como todos los que no sientan la República ¡que se marchen! –me espetó mi amigo.

—Catalán García, como ya sabes, llevo más años que tú en Cataluña aunque tú hayas nacido aquí. Te recuerdo que Cataluña, en los años de esplendor en los que fue la envidia de Europa, la levantamos los que nos desplazamos de otras provincias, junto a muchos catalanes trabajadores. Nosotros no somos emigrantes porque esta tierra es España. Nosotros somos desplazados, en todo caso.

Entonces era cuando se daba el do de pecho –le señalé– y no recuerdo a ninguno de Esquerra, ni a sus palmeros de la CUP, pedir independencia ni República. Todos trabajábamos para levantar esta región de España y estábamos todos unidos. Entonces había unos políticos con sentimiento y amor a Cataluña.

Por cierto –le insistí–, yo, a mi manera, quizá quiera a Cataluña mas qué tú porque aquí me crié. Con catorce años comencé de aprendiz de mecánico y estudié como mucha gente de mi edad; aquí me casé y nacieron mis dos hijos, les dimos educación catalana y son catalanes pero no independentistas. Aquí nacieron mis seis nietos a los que, por cierto, les estáis haciendo en el colegio lo mismo que hizo el franquismo con vosotros: solo dan unas horas a la semana de castellano.

—¡Vale tío, vale! Ya veo que tú la situación no la vives como yo –acertó a responderme mi amigo.

—¡Ni la viviré, García!

—Navarro, seguimos siendo amigos.

—Y tanto García, nos conocemos desde la niñez.

JUAN NAVARRO COMINO

24 de julio de 2018

  • 24.7.18
¿Para qué sirve el dinero? Es cierto: con dinero se vive mejor y podemos comprar de todo, aspirando a ser más felices por tenerlo todo, abarcando en apariencia más que los demás. Pero ¿para qué? Si, al final, cuando se nos termine el periplo por esta vida no nos vamos a llevar nada…



Considero banal el hecho de querer poseer todo: de tener el mejor piso, la mejor cocina, los mejores muebles, el mejor coche… ¿Para qué? Si lo analizamos bien, ¿no seríamos más felices con menos cosas, con menos preocupaciones? Conozco a personas que no tienen ni para comer, a las que solo les preocupa el hecho de poder llevarse algo a la boca y que, sin embargo, en muchos aspectos de la vida derrochan mucha más alegría que otras que nadan en la abundancia y que, por supuesto, no se paran a pensar que hay gente que lo pasa muy mal.

¿Saben? Si yo tuviera mucho dinero, intentaría comprar la juventud y, también, el tiempo. La juventud porque es el momento de nuestras vidas más bonito e inolvidable; y el tiempo porque puedes con todo, te sientes con mucho valor ante cualquier situación y nada te parece imposible, ni siquiera esos amoríos inolvidables.

Pero, lamentablemente, ni una cosa ni la otra se pueden comprar: es imposible volver a la juventud y el tiempo tampoco se puede comprar. Sería fantástico poder revivir esos ratos inolvidables de nuestras vidas que ya han pasado… Si se pudieran comprar con dinero lo haría para poder volverlos a pasar con felicidad y no volverme mayor porque, al verme cumplir años, siento que la vida se va acortando o apagando. Es como si la vela se fuera consumiendo.

De todas formas, una vez asumo que ni tiempo ni juventud pueden adquirirse, me viene un pensamiento positivo y me alegro de ser mayor. “Que me quiten lo bailado”, pienso para mis adentros frecuentemente… Y es que prefiero acordarme de los ratos felices de mi juventud que lamentarme por no poder volver a comprarlos con dinero. ¡Viva la vida!


JUAN NAVARRO COMINO

7 de junio de 2018

  • 7.6.18
“Reposa, come, bebe y diviértete”. Esta consigna del hombre rico, que recoge la parábola evangélica, no es nueva. Ha sido el ideal de no poca gente a lo largo de la historia, pero hoy es vivida a gran escala, debido a la gran presión social que existe, y que hace difícil crear un estilo de vida más sobrio y más sano.



Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo. Todo se orienta a disfrutar de productos, de servicios y de experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: diviértete. Lo que nos ofrecen a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, poder, bienestar y felicidad. Por eso tenemos que basar nuestra vida en el consumo.

Otro factor decisivo en el funcionamiento de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos gustos fluctuantes pero, para la sociedad moderna, el imperio de la moda se ha convertido en la guía principal.

Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan el comportamiento de la mayoría. La publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, a la familia y a la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir satisfaciendo las necesidades artificiales del momento.

Otra cosa que marca el estilo de vida moderna es la seducción de los sentidos y la obsesión por mirar nuestro cuerpo. La línea, el peso, el gimnasio y los consejos médicos y culinarios para mantener nuestra mejor versión se suman a la aparición de nuevas terapias y remedios.

Tenemos que aprender a sentirnos bien con nosotros mismos, y también con los demás. Hemos de aprender en movernos de manera hábil en el campo del sexo, conocer todas las maneras de pasarlo bien y de acumular experiencias nuevas.

Sería un error satanizar esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desenvolver una vida integral e integradora; pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a un puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que puede esconder en este planteamiento de la vida.

Para acertar en la vida no basta con pasárselo bien. El ser humano es más que un animal afanado en el placer y el bienestar; el ser humano debe trabajar también el espíritu, conocer la amistad, experimentar el misterio trascendente, agradecer la vida o vivir la solidaridad. Es inútil quejarnos de la sociedad actual: lo que es importante es actuar de manera inteligente. El hombre no podrá jamás perfeccionarse ni lograr el éxito del mundo si no encuentra a Jesucristo.

JUAN NAVARRO COMINO

11 de abril de 2018

  • 11.4.18
Como decía Joan Maragall, uno de los padres de la poesía modernista catalana, “la sardana és la dansa més bella de totes les danses que es fan i es desfan”. Se trata de un baile popular que es símbolo de Cataluña y que, curiosamente, fue modernizado por un jiennense de Alcalá La Real, José María Ventura Casas, Pep Ventura, que compuso muchísimas sardanas, entre las que destacó Per tu ploru, dedicada a su esposa fallecida.



La sardana es la danza nacional de Cataluña y se baila en todas las festividades. Sin embargo, este año, para sorpresa de muchos, ha pasado inadvertida en Pueblo Nuevo, el barrio más popular de Manresa, en el cual pasé parte de mi infancia y de mi juventud, hasta que contraje matrimonio con mi esposa.

En este barrio siempre tienen lugar las mejores fiestas populares de Manresa. Cada año, coincidiendo con la festividad de San José, se celebraban muchos actos populares, entre los que destacaba la gran Ballada de Sardanes, un concurso al que acudían collas de toda Cataluña y en el que se entregaban muy buenos premios.

Sin embargo, este año me ha sorprendido saber por Radio Manresa que en la fiesta del Pueblo Nuevo no habría sardanas, ya que se le ha olvidado a los independentistas, que están metidos de lleno en esta batalla absurda que no van a ganar por mucho que se empeñen.

Y ahora recuerdo que cada año se nombraba en este barrio una Comisión de Fiestas encargada de montar el programa. Mis hermanos mayores participaron varias veces pero, en una ocasión, votaron a mi hermano mayor, Salvador, que impulsó unas de las mejores fiestas que se recordaban. Por ello, le propusieron seguir varios años al frente de la Comisión.

¡Qué curioso! Un andaluz de Montilla organizando la fiesta mayor de San José del Barrio de Pueblo Nuevo de Manresa. Claro que, por aquellos años, no había tanto separatismo ni se nombraba la independencia. Todo era más tranquilo y la convivencia era mejor que ahora. Y es que esta gente ha separado familias y amigos. Pero hay que conformarse hasta que cambie la cosa. Esperemos que sea pronto.

JUAN NAVARRO COMINO
ILUSTRACIÓN: PEP SANZ

8 de marzo de 2018

  • 8.3.18
Durante mi larga vida laboral estuve al frente de equipos de operarios en los que había algunas mujeres. Y, en honor a la verdad, debo decir que siempre demostraron ser responsables, eficaces y cumplidoras con las tareas que se les encomendaban. Por eso chirría que, a estas alturas de siglo XXI, siga habiendo trabajadoras que perciben un salario inferior al de los hombres pese a realizar las mismas labores.



Aparte de la brecha salarial, el gran reto que tenemos como sociedad es el de la erradicación de la violencia hacia las mujeres. ¿Cómo puede haber hombres capaces de maltratar y asesinar a sus parejas que, en muchos casos además, son las madres de sus hijos?

¿Es que estos individuos no se paran a pensar en el daño que causan? Parece que se rigen por el pensamiento prehistórico que propugna el “para mí o para nadie más”. Abusan de ellas, les dan palizas, las humillan… ¡No podemos permitir tanta barbarie!

Pienso que la sociedad en su conjunto tendría que dotarse de herramientas eficaces para frenar esta violencia hacia las mujeres. Yo, como católico, pido a Dios que no haya ninguna víctima más por violencia machista. Es una lacra con la que tenemos que acabar.

JUAN NAVARRO

28 de febrero de 2018

  • 28.2.18
En Cataluña estamos esperando a que el señor Puigdemont deje de hacer comedia de una vez y permita formar Gobierno. Y si se considera tan listo, que venga a España y se someta a la acción de la Justicia, que es lo que cabría esperar de cualquier responsable político con un mínimo de decencia.



La situación no se circunscribe solo al terreno político. Y me explico: hace unos días acompañé al ambulatorio a mi nieta mayor, que tiene 16 años. Al solicitar la cita, el celador nos dijo, de manera muy arrogante, que no podrían atenderla ya que todos los médicos estaban con la gripe. Ante mi indignación, el celador nos invitó a dirigirnos a otro centro de salud situado a unos cinco kilómetros de donde residimos. Y se quedó tan pancho.

A mí me ocurrió algo parecido hace unas semanas: tenía revisión médica para febrero y unos días antes de la consulta con el especialista me envían una carta aplazando la visita a mediados del mes de marzo. Como ya se demoraba el control más de dos meses, decidí llamar a Atención al Paciente y me indican que si no me viene bien la nueva fecha, ya debo esperar hasta el mes de septiembre porque están faltos de personal.

¿Y saben qué les digo? Que no hace tantos años, la sanidad en Cataluña funcionaba divinamente pero, ahora, los políticos solo se preocupan de cuestiones que no sirven para resolver el día a día de los ciudadanos.

Por eso les pediría que dejen al margen al señor Puigdemont, que siga en su retiro de Bélgica, y que formen Gobierno, ya que, por poco que hagan las cosas, se comenzarán a arreglar un poco muchos de los problemas que constituyen la realidad palpable de esta tierra y que, la verdad, me da mucha pena.

JUAN NAVARRO COMINO

17 de enero de 2018

  • 17.1.18
Los hombres suelen comentar de vez en cuando que las mujeres son “de lágrima fácil” o que “lloran por nada”. También se suele decir que el llanto solo es propio de ellas y que nosotros no lloramos porque nos creemos más fuertes. Pero no es así. Tal vez, si los hombres lloráramos en alguna ocasión, seríamos más condescendientes.



Para mí, la mujer es el mejor ser que creó Dios Nuestro Señor. Y pienso que es una realidad palpable. Prueba de ello, la parábola que paso a compartir con ustedes.

Un día, un niño preguntó a su madre: “Mamá, ¿por qué lloras?”, a lo que ella respondió: “Porque soy mujer, hijo”. Ante aquella respuesta, el pequeño reconoció que no llegaba a comprender lo que quería decir y ella le cogió por los hombros dulcemente y le comentó: “¡Nunca llegarás a entenderlo!”.

Pasados unos días, el chico le preguntó a su padre: “¿Por qué llora mamá?”, a lo que su progenitor respondió: “Todas las mujeres son de lágrima fácil y lloran muchas veces sin razón”.

Después de unos años, el chico hizo la misma pregunta a Dios: “¿Por qué lloran las mujeres con tanta facilidad?”, a lo que Nuestro Señor respondió: “Cuando hice a la mujer, debía de ser muy especial. La hice con unas espaldas suficientemente fuertes para soportar el peso del mundo pero, a la vez, tiernas y confortables”.

“Le concedí el poder de dar vida y de aceptar el rechazo de los hijos. Le di poder para continuar luchando cuando todos abandonan. Y de cuidar a su familia a pesar del cansancio o la enfermedad. Le di la sensibilidad para amar a sus hijos con un amor incondicional, aun cuando éstos la hayan herido duramente”.

“Le di fuerza para soportar a su marido a pesar de sus defectos, que no son pocos, finalmente le di lágrimas para llorar cuando ella sintiera esa necesidad. Como puedes ver, hijo, la belleza de una mujer no está en su manera de vestir, ni tampoco de cómo se maquilla su cara, ni de cómo se arregla su cabello: la belleza de la mujer reside en sus ojos, los cuales son la puerta de entrada a su corazón; la puerta donde reside el amor”.

“Es por ese motivo que, a menudo, y a través de esas lágrimas, podamos ver su corazón y, de paso, aumentar su autoestima. Has de saber, hijo, que todas las mujeres son bellas, son las que te han hecho sonreír cuando tú más lo necesitabas; las que te han hecho ver el lado bueno de las cosas cuando tú solamente veías lo peor”.

Dios hizo para el hombre un trono y para la mujer, un altar. El trono exalta; el altar, santifica. El hombre es un templo; la mujer, un sagrario. Ante el templo nos descubrimos y ante el sagrario, nos arrodillamos.

JUAN NAVARRO COMINO

14 de diciembre de 2017

  • 14.12.17
Las Navidades suelen ser unas fiestas muy familiares y muy acogedoras. Pero ¿es así para todo el mundo? Si nos paramos a pensarlo con algo de calma, nos daremos cuenta de que no. Hay muchas personas, familias enteras a veces, que lo pasan muy mal, con muchas necesidades durante todo el año, tantas que casi ni les llega para poder comer tres veces al día.



Pero ¿a quién le importa eso? Mucha gente se preocupa, es verdad, pero no así otros a los que ni siquiera se les estremece el corazón cuando ven por televisión los anuncios de algunas ONG, donde aparecen escenas de niños mal nutridos y pasando hambre verdaderamente. Calamidades que a cualquier persona con algo de corazón le ponen la piel de gallina pero que, sin embargo, en otros individuos despiertan comentarios del tipo: “vaya hombre, siempre tienen que poner esto a la hora de la comida”.

A estos sujetos así yo les preguntaría si les gustaría ver a sus hijos o a sus nietos en esa situación. Creo que no serían capaces ni de contestar. Por eso pido desde esta columna que ayudemos de alguna manera a esta pobre gente. Seguro que, de esta forma, más de uno tendrá algo que echarse a la boca en estos días. Feliz Navidad.

JUAN NAVARRO COMINO
FOTOGRAFÍA: UNICEF

30 de noviembre de 2017

  • 30.11.17
Desde hace varias semanas tenemos una calma rara en Cataluña, aunque aún se vive algún que otro altibajo. Ahora los partidos se afanan en componer sus listas electorales. Una situación muy distinta a la de hace unos meses, esperemos que para bien, y que de esta forma se acabe con tanta inquietud que nos han causado algunos con toda la mala uva que se pueda permitir.



Ahora hay quienes se retractan de lo dicho para poder salir de la cárcel. Algo que, aunque no sea de nuestro agrado, es posible. Así funciona la política. Lo que hoy es blanco inmaculado, mañana, por conveniencias, será negro como el carbón.

¿Y qué tenemos que hacer ahora la mayoría silenciosa? Pues nada más, y nada menos, que salir a votar en masa el día 21 de diciembre, cada uno al partido que más le guste, pero votar para que cambie esta situación.

Soy de la opinión de que si la mayoría silenciosa salimos a votar esto cambiará y comenzará una nueva Legislatura que, esperemos, sea para bien y que Cataluña, aunque al principio cueste, vuelva a ser la envidia de Europa como en años anteriores.

Si en el pasado fuimos capaces de levantar esta tierra entre todos, ahora hay que hacer lo mismo para recuperar todo lo perdido por culpa de cuatro antisistemas que no han trabajado en su vida por Cataluña y que no sienten por ella el cariño que le tenemos la gran mayoría de residentes en esta bendita tierra.

JUAN NAVARRO

16 de noviembre de 2017

  • 16.11.17
Los hombres, individualmente o en grupo, desean relacionarse con sus semejantes, entrar en contacto con distintas personas o ambientes. Esa es una de sus principales ambiciones. Algunos creen que es una necesidad y otros, un deber. Yo, por mi parte, creo que las dos cosas a la vez.



Es una necesidad, tal vez, porque el hombre no puede vivir aislado. El hombre siente necesidad de hablar, de contarse cosas, de que le compadezcan, de que a la vez le animen y le conduzcan. Con simples gestos como estrechar la mano, dar un golpecito en la espalda, tomar unas copas, hablar y discutir con el resto, hay quien piensa que está enormemente relacionado y que, como conoce a muchísimas personas, tiene cientos de amigos. Se equivocan.

El hombre está solo entre la multitud de esas relaciones, a menos que tenga los ojos y el corazón abiertos de par en par para ver y acoger a sus semejantes. De esta forma, yo conocí a mi amigo, un hombre fuerte y sociable, que se distingue en cualquier grupo y que es un ejemplo perfecto de caballerosidad y bondad.

Sin embargo, todo su ser reacciona con severidad ante la injusticia, la hipocresía o la irreverencia. Parece entender a la gente y es particularmente considerado con los pobres, los solitarios, los enfermos, los abandonados e, incluso, con los de mala reputación. A decir verdad, parece ver algo de bueno en cada persona.

Realmente es amigo de muchas personas, cuyos sentimientos hacia él son como los míos, porque sus vidas han sido transformadas por su amistad. Esta es la explicación de cuantas cosas buenas hay en mi vida.

Este amigo es tan amado como odiado: millones de personas rehúsan su amistad. ¿Podrá ser que en verdad no comprendan quién es? Seguramente por eso, los hombres le mataron. Él no había hecho ningún mal: su única ofensa fue ser la verdad, la pureza y el amor encarnados.

Cuando pienso en este amigo surge en mí el deseo de que cada persona sobre la faz de la tierra lo conozca. Él no te impondrá su amistad, pero si tú lo aceptas como el más caro de tus amigos, te acompañará hasta el fin de tus días. Él hará que tu vida sea una aventura espiritual gracias a su compañerismo transformador. Te hará feliz, valiente, y victorioso; cambiará tu vacío por satisfacción; el temor por valor; la debilidad por poder; el dolor por gozo; el tumulto por paz y la muerte por vida. Yo quisiera que conocieras a mi amigo, que no es otro que Jesucristo.

JUAN NAVARRO COMINO

2 de noviembre de 2017

  • 2.11.17
Estoy un poco deprimido. La mesa donde yo me pongo a escribir está situada delante de una ventana que da a mi tejado y a todos los tejados de la calle, y a un horizonte perdido lleno de arboleda. Por ese horizonte, en cuanto llega la primavera, se acercan las golondrinas a cuidar de los muchos nidos que tienen en las cornisas de las casas vecinas y en la mía, generando una algarabía muy bonita que amaina cuando aprieta el sol y vuelve con el atardecer.



Sin embargo, ahora no escucho a las golondrinas y sus crías desde mi ventana. Se han marchado en su viaje a África y no volverán hasta la próxima primavera. Desde hace dos semanas se siente en los tejados algún gorrión o alguna tórtola llamando la atención del macho, pero cuando comience el frio, que aquí aprieta bien, se acabó el chirriar de los pajarillos.

La verdad es que eso me pone triste, por eso procuro ponerme música para distraerme mientras escribo, pero no es lo mismo. Más aún ante la impotencia y el dolor que muchos sentimos por todo lo que está ocurriendo en Cataluña en los últimos tiempos. Se tendría que haber actuado antes y ahora no sabemos cómo va a terminar todo.

Por el bien de todos los catalanes, y por aquellos que llevamos toda la vida que viviendo en Cataluña –y quiera Dios que por muchos años más–, esperemos que los antisistema no se carguen esta bendita tierra, que nos lo ha dado todo, por no querer razonar.

Por eso solo me queda esperar que Dios reparta suerte y pase lo mejor posible para todos, incluidos los antisistema, para que el problema tan grave que vivimos en Cataluña se solucione. Mientras tanto, seguiré esperando que vuelvan las golondrinas la próxima primavera con su alegría pura y sana.

JUAN NAVARRO COMINO

22 de septiembre de 2017

  • 22.9.17
Algunos hombres son capaces de llevar a cabo en una hora el trabajo para el que otros, por falta de concentración, necesitan cuatro. Algunos resuelven un problema y lo superan en algunos minutos; otros, sin embargo, tropiezan durante días y días. Algunos exponen con claridad un tema, lo escriben pormenorizadamente y lo explican en pocos minutos; otros apenas consiguen salir airosos.



Todo ello se debe, entre otras razones, a que hay quien sabe concentrarse y entregarse de lleno a la tarea, y quienes son unos distraídos crónicos, incapaces de ordenar y de dirigir sus potencias indisciplinadas. El hombre solo es eficaz cuando se sabe concentrar.

La lupa es capaz de causar un incendio porque sabe recoger la luz y el calor del sol, y los hace converger en un solo punto. Si sabes aunar tus fuerzas y emplearlas a fondo en el momento preciso, no necesitarás mucho para conseguir tu propósito: te bastará concentración para conseguirlo.

Aquel que tiene fe, encuentra el éxito en el sitio donde muchos fracasan. Sé paciente con todo el mundo pero, sobre todo, contigo mismo. En esta vida todo da vueltas: no hagas lo que no quieras que te hagan a ti y recuerda que más vale sonrisa triste que la tristeza de no verte sonreír.

Eres una persona y el ser humano es el único animal que puede hablar para calmar al airado y animar al abatido; estimular al cobarde y decirle "te amo". Te puedes mover, no eres un árbol amarrado a una pequeña porción de tierra. Puedes pasear correr, bailar y hacer deporte. Tienes en tu cuerpo 500 músculos, 200 huesos y 7.000 nervios sincronizados para obedecerte y llevarte donde tú quieras.

El árbol vive absorbiendo elementos minerales, los asimila siguiendo un plan natural y los eleva a un estado superior: la vida vegetativa. El animal vive utilizando elementos minerales, integrando la vida vegetativa, coordinando las energías inferiores según el plan ordenador y las eleva a un nivel superior: la vida animal. El hombre vive utilizando las propiedades de la vida vegetativa animal, pero las subordina y las trasforma, a través de la razón y la libertad, en vida humana.

Si quieres ser hombre has de dominar y ordenar tus instintos y sensaciones para ayudar a tu espíritu. Escoge entre humanizarte con la primacía del espíritu y la conciencia o animalizarte con las primicias del instinto.

JUAN NAVARRO COMINO

31 de agosto de 2017

  • 31.8.17
¡Qué buena es la siesta en verano! De pequeño, cuando todavía vivía en Montilla, mi padre madrugaba mucho en esta época del año y el pobre sudaba la gota gorda en el trabajo. Cuando llegaba a casa, almorzaba y se echaba la siesta. Muchas veces hacía que me acostara con él para así no darle la lata a mi madre.



Por aquel entonces mi padre –al que apodaban cariñosamente El Coca– aún tenía la tienda a la que acudían todos los zapateros de Montilla y la zapatería en la que hacía calzado a medida: botas enterizas, buchacos para el campo y botas altas de mujer para ir a coger aceituna. También hacía sandalias, zapatos de señora y toda clase de calzado. Tenía a siete hombres trabajando en la zapatería.

En aquellos años cincuenta es lo que había. Mi padre madrugaba en verano porque cuando se ponía a aplantillar el calzado sudaba la gota gorda y, por la tarde, después de su siesta, ese trago era más llevadero.

A toro pasado, creo que si mi padre hubiese sido catalán hubiera triunfado en su empresa. Él era un artesano de los que en aquellos tiempos no había; sin embargo, le faltó la picardía que tienen los catalanes para las empresas. También el hecho de que un comercial le engañara en la liberación de los curtidos influyó, al igual que la revolución de las máquinas en el campo. Todo tuvo que ver.

De aquellos pocos años de mi niñez en Montilla tengo muy buenos recuerdos. Fue una infancia muy feliz. Después se vio truncada con la emigración a Cataluña, pero esa es otra historia. Una cosa que no se me olvida es cómo corría por la calle Costal –entonces de adoquines– a las seis de la mañana, cuando mi padre se levantaba, para coger grillos. Después los metía en una caja de cartón y les ponía lechuga. La mayoría de ellos se morían, pero aquello me divertía. Es lo que había entonces: no teníamos videoconsolas ni PlayStation para jugar al fútbol.

Y por las tardes era el momento de los partidos de fútbol interminables, hasta la noche, en la calle de La Paz donde, una vez le quitaron el empedrado y la asfaltaron, se jugaba de maravilla. Eso ya pasó, pero aún lo recuerdo con mucha nostalgia.

JUAN NAVARRO COMINO

24 de agosto de 2017

  • 24.8.17
Reposa, come, bebe y diviértete: esta consigna del hombre rico de la popular parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no poca gente a lo largo de la historia, pero hoy es vivida a gran escala y sobre una presión social tan fuerte que es difícil crear un estilo de vida más sobrio y más sano.



Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo: casi seguro todo se orienta a disfrutar de productos, de servicios y de experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: “diviértete”.

Eso que nos ofrecen a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, poder, bienestar, felicidad… La vida la tenemos que alimentar en el consumo.

Otro factor decisivo en el funcionamiento de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos corrientes de gustos fluctuantes, de modo que el que se mueve en el imperio de la moda se ha convertido en guía principal de la sociedad moderna.

Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan el comportamiento de la mayoría: la publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, la familia y la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir, a satisfacer las “necesidades artificiales” del momento.

Otra cosa que marca el estilo de vida moderna es la seducción de los sentidos y el hecho de mirar por nuestro cuerpo: la línea, el peso, el gimnasio y las revisiones; se tienen que aprender terapias y remedios nuevos, se han de seguir de cerca los consejos de los médicos y los consejos culinarios.

Tenemos que aprender a sentirnos bien con nosotros mismos y también con los demás; hemos de aprender a movernos de manera hábil en el campo del sexo; conocer todas las maneras de pasarlo bien y de acumular experiencias nuevas.

Sería un error “satanizar” esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desenvolver una vida integral e integradora.

Pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a un puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que se puede esconder en este planteamiento de la vida.

Para acertar en la vida no basta con pasárselo bien, ya que el ser humano no es nada más que un animal afanado en el placer y el bienestar. Ha estado también trabajando el espíritu para conocer la amistad, para experimentar el misterio trascendente, para agradecer la vida, para vivir la solidaridad…

Es inútil quejarnos de la sociedad actual: Lo importante es actuar de manera inteligente. El hombre no podrá jamás perfeccionarse ni lograr el éxito del mundo si no encuentra a Jesucristo.

JUAN NAVARRO COMINO

17 de agosto de 2017

  • 17.8.17
Con nostalgia recuerdo aquellos años cincuenta cuando en Montilla había muy pocas casas que contaran con suministro de agua. Por eso, la gran mayoría teníamos que recurrir a las fuentes públicas y, en verano, me levantaban a las seis de la mañana para ponerme en la cola donde mis hermanos dejaban los cántaros para que yo los vigilase. Luego, una vez abrían el caudal, ellos venían y se encargaban de llenarlos.



Se llevaban unos pocos y yo me quedaba al cuidado de los que quedaban llenos hasta que regresaban. Eso era así casi cada día en verano. En casa vaciaban los cántaros en una tinaja muy grande que había en la cocina y, el resto, en el cuarto de pila donde mi madre lavaba la ropa, pues en la mayoría de las casas no había lavadora ni secadora. De hecho, las prendas se colgaban para que les diera el aire y el sol y así dejaran de estar húmedas.

También recuerdo que en la calle Capitán había una carbonería al frente de la cual estaba Eugenio, un señor rudo pero muy simpático que siempre tenía la cara negra de la tizne del carbón. Recuerdo que aquellos años de mi infancia en Montilla –antes de que mis padres decidieran emigrar a Cataluña– fueron muy felices, aunque no tuviésemos las comodidades de hoy en día.

Entonces, las frutas y las hortalizas venían con el tiempo, no como ahora, que encuentras en las fruterías productos de toda clase durante todo el año. Cuando llegaba el verano y venían al mercado de abastos los hortelanos con los pimientos morrones, yo iba con mi madre a comprar y, después, mi madre me los ponía en un canasto con una olla y me iba a la calle Alta y Baja, a la panadería del señor Mora, para que me los asaran en el horno del pan. Ya de vuelta a casa, mi madre los cocinaba.

Son vivencias que recuerdo con mucha nostalgia, sobre todo al ver en estos tiempos las comodidades que tenemos en nuestros hogares, en los que disponemos de todos los complementos en la cocina o en los baños, con esas duchas y bañeras con hidromasaje. ¡Igual que entonces, que nos lavábamos una vez a la semana en un lebrillo!

También me viene a la memoria cuando vendían los zorzales de temporada por docenas en el mercado de abastos y mi madre los compraba. Y como buena cocinera, los guisaba deliciosos. No sé si en la actualidad venderán zorzales, supongo que no. En fin, qué le vamos a hacer: el tiempo pasa y las costumbres se van quedando antiguas para todos.

JUAN NAVARRO COMINO

11 de agosto de 2017

  • 11.8.17
Soy andaluz pero me he criado en Cataluña, esa bendita tierra a la que emigramos allá por los años cincuenta. Aquí lo hemos hecho todo: estudiamos, trabajamos, conocimos a nuestras esposas, nos casamos, tuvimos hijos... y ahora nos han venido los nietos. ¿Qué más tenemos que demostrar a estos radicales? Queremos seguir siendo españoles y catalanes. Que no nos hagan comulgar con ruedas de molino.



Cuando viajo a mi tierra, la localidad cordobesa de Montilla, me siento montillano por los cuatro costados. No me siento extraño. Eso sí, echo en falta una parte de mi corazón que está en esta tierra, la catalana, que me ha tratado tan bien y que no la quiero perder.

Yo les preguntaría a estos radicales qué han hecho ellos verdaderamente por esta tierra. ¡La levantamos y la llevamos a todo su esplendor con nuestro esfuerzo y con el esfuerzo de los catalanes de aquella época! ¿Dónde estaban ellos cuando en nuestra juventud corríamos por la calles de Manresa con los grises detrás por defender el Estatuto de Autonomía? ¿Dónde estaban entonces los antisistema?

Que lo digan ahora, que dejen de saltarse las leyes como les da la gana, y que nos dejen tranquilos. Que se vayan con su sistema a otro sitio porque a Cataluña la están hundiendo. No entiendo cómo el Gobierno central no ha metido mano en un tema que se ha enquistado. ¡Y de qué manera! Esta gente no puede hacer lo que le venga en gana aunque tengan mayoría en el Parlamento catalán: eso no les da pie a saltarse las leyes.

Por la juventud y por el paro no hacen nada, todo les da igual. Hacer un conservatorio de música en la catedral de Barcelona y derribar el monumento Colon, eso sí que lo han propuesto; y quererse cargar el turismo, reventando las ruedas de las bicicletas de alquiler. Con eso se sienten realizados.

Lo que tendrían que hacer es sentarse y recuperar el Estatuto de Autonomía que entre todos se cargaron y arreglar las deficiencias que actualmente hay en Cataluña. Y, desde mi modesta opinión, les digo que mi familia y yo queremos seguir siendo españoles y catalanes.

JUAN NAVARRO COMINO

21 de julio de 2017

  • 21.7.17
A mi edad solo me queda vivir del recuerdo de mis años joviales. Para nada nos sentíamos cohibidos, ni cortados: íbamos de aventura en aventura, no como ahora, que todo son contratiempos. Cuando no te duele la espalda, te duele la cabeza y con el problema de que, cada día que pasa, notamos que nos faltan más fuerzas. Pero no tenemos que tirar la tolla ni reunirnos para quejarnos de nuestros males.



Yo tengo un amigo, Manolo, que me comenta muy a menudo lo mismo: "Juan, cuando yo era joven me meaba en la corbata y ahora me meo en los zapatos. Y eso me pone triste: no lo sé admitir". Yo le digo que los años no pasan en balde y ahora nos toca esta edad pero, eso sí, hay que vivirla con espíritu joven.

Tenemos que ser fuertes e intentar ser como antes, al menos de espíritu, no hundirnos, tener fe y valor en querer sentirnos jóvenes, aunque no los seamos. Hay que recordar aquellos años que fueron extraordinarios en todos los aspectos: podíamos con todo, no nos rendíamos ante nada, luchábamos por todo como, por ejemplo, un trabajo digno. Entonces había donde escoger trabajo y si no te encontrabas a gusto en una empresa, te buscabas otro y a seguir luchando.

Intentábamos ponernos al día en todos los adelantos de la tecnología y, a base de estudiar por las noches, salíamos adelante. Nos sentíamos orgullosos al ponerlo en práctica después. Recuerdo con nostalgia cuando me puse por primera vez delante de un torno de control numérico. Por aquel entonces, los programas se hacían a mano y empleábamos trigonometría. A trancas y barrancas, se conseguía.

Desde entonces ha llovido mucho y han pasado 32 años o más. La cosa, según mis noticias, ha avanzado mucho, pero no dejo de añorar aquello y de ser, tal vez en Manresa, uno de los pioneros de los controles numéricos. En fin, esto me anima a mantener ese espíritu joven, como en aquellos años.

JUAN NAVARRO COMINO

3 de marzo de 2017

  • 3.3.17
Esta mañana, mientras paseaba por el puerto, me encontré con un señor, ya mayor, que estaba observando el horizonte. Al verlo algo triste, me dirigí a él y al mirarlo tan de cerca, me preguntó si quería algo. En ese momento me di cuenta de que tenía ganas de hablar: pude notarlo en la expresión de su cara. Por eso no dudé en preguntarle si deseaba que hablásemos.



–Como quieras, hablemos –apuntó el señor.

–¿Cuántos años tiene usted?

–Pues unos pocos, ya no me acuerdo. Tal vez te triplique la edad. He tenido una vida muy ajetreada y la he vivido intensamente en todos los frentes.

–¿Por qué no me la explica? –me atreví a preguntarle.

–Si no tiene mucha importancia, pero te la voy a contar un poco. Yo de niño, con catorce años, me quedé huérfano y sin hermanos. Los vecinos, buena gente, me querían ingresar en un internado pero yo, en cuanto me di cuenta, me fui. Yo vivía aquí en Barcelona y me dirigí una mañana al puerto. Había muchos barcos cargando mercancías, llenando sus bodegas, y se me ocurrió una idea.

Así que, después de observar uno muy grande, le pregunté a un marino hacia dónde se dirigía  y me aseguró que daría la vuelta al mundo cargando y descargando durante dos años, viajando por Canarias, Puerto Rico... Yo pensé que pondría esconderme hasta que el barco zarpase de Canarias y, una vez estuviera en aguas internacionales, me presentaría al capitán.

El señor me explicó que esperó a la mañana siguiente para, con un poco de suerte, entrar en el barco como polizón.

–Esperé a que oscureciese y tuve suerte. Se quedó una noche cerrada y oscura y, a las dos de la mañana, cuando todo el mundo dormía, con una bolsa me colgué en las escalerillas y ascendí hasta la popa. Una vez allí, me introduje en un bote salvavidas y esperé.

Lo que me ocurrió es que, al tercer día de estar escondido, tenía un hambre de narices. Por la noche me acerqué a la cocina buscando comida y me aprovisioné para unos días. Una vez que el barco partió de Canarias, me presenté al capitán y le expliqué que me había quedado huérfano.

Le rogué que no me denunciara, que trabajaría para él y que no le causaría ningún problema, pero que me permitiese continuar en el barco, pues mis vecinos querían ingresarme en un internado, y por eso había huído.

El anciano me contó que el capitán aceptó acogerlo en el barco con la única condición de que volvería a embarcar después de cada una de las paradas previstas. Además, le haría un contrato, pues ya tenía los catorce años cumplidos. El capitán le acompañó hasta el contramaestre, Antoine, quien sería el encargado de emplearlo en la sala de máquinas como engrasador.

–Me lo pasaba bien –recordó el señor–. Antoine era un tipo extraordinario y me cogió mucho cariño. He conocido muchos países y mujeres extraordinarias. El contramaestre me llevó por primera vez a un prostíbulo en Haití, con unas mujeres bellísimas. Yo tendría unos 16 años. Y así, de puerto en puerto y de club en club, nunca más abandoné el barco: era mi casa y todos me querían.

Yo me encontraba feliz pero llegó la hora de la jubilación y la frustración. Aquí me tienes, me busqué una residencia que me podía pagar, pues ahorré algún dinero y, con la pensión, voy tirando. Eso sí, más solo que un perro vagabundo.

El señor siguió hablando mientras yo le escuchaba atentamente.

–Por las mañanas me vengo al puerto, nostalgia de mi vida de marinero, pero una vez entro en la residencia me encuentro muy solo y encajonado. En los prostíbulos ya no encuentro distracción, ni atracción. Y me está muy bien empleado, porque fui muy egoísta.

Me tendría que haber casado y haber formado una familia, y ahora no estaría tan solo. Pero mi juventud me la pasaba de prostíbulo en prostíbulo. Conozco todos los burdeles de todos los puertos. Con Antoine me lo pasaba de fabula y no pensé ni por un momento en la vejez.

Y aquí me tienes, solo como la una por mi mala cabeza. Pero chico, esto es la vida. Yo la quise así y estas son ahora las consecuencias tristes para mí –me aseguró el señor, que no dudó en darme un consejo–. Ordena tu vida, cásate o bien busca una compañera, pero no quieras ser un lobo solitario como yo, que cuando llegues a la vejez te encontrarás solo y sin nadie que te quiera.

Le agradecí su consejo y decidí que era momento de marcharme. Mientras, él se quedó observando el mar con nostalgia de lobo marino.

JUAN NAVARRO COMINO

23 de diciembre de 2016

  • 23.12.16
"Reposa, come, bebe y diviértete". Esta consigna del hombre rico de la parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no poca gente a lo largo de la historia, pero hoy es vivida a gran escala y con una presión social tan fuerte que es difícil crear un estilo de vida más sobrio y más sano.



Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo; casi todo se orienta a disfrutar de productos, de servicios y de experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: diviértete. Eso que nos ofrecen a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, poder, bienestar y felicidad. La vida la tenemos que alimentar con el consumo.

Otro factor decisivo en el funcionamiento de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos corrientes muchos gustos fluctuantes. Es el que se mueve en el imperio de la moda quien se ha convertido en el guía principal de la sociedad moderna.

Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan el comportamiento de la mayoría. La publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, a la familia y a la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir para satisfacer las necesidades artificiales del momento.

Otra cosa que marca el estilo de vida moderna es la seducción de los sentidos y el hecho de mirar por nuestro cuerpo, la línea, el peso, el gimnasio y las revisiones. Se tienen que aprender terapias y remedios nuevos; se han de seguir de cerca los consejos de los médicos y los consejos culinarios; tenemos que aprender a sentirnos bien con nosotros mismos y también con los demás; hemos de aprender a movernos de manera hábil en el campo del sexo, conocer todas las maneras de pasarlo bien y de acumular experiencias nuevas.

Sería un error satanizar esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desenvolverse en una vida integral e integradora, pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a un puro bienestar material.

La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que puede esconder este planteamiento de la vida. Para acertar en la vida no es suficiente con pasárselo bien, porque el ser humano es más que un animal afanado en el placer y el bienestar: ha estado también trabajando el espíritu; conociendo la amistad; experimentando el misterio transcendente; agradeciendo la vida; viviendo la solidaridad...

Es inútil quejarnos de la sociedad actual. Lo que es importante es actuar de manera inteligente. El hombre no podrá jamás perfeccionarse, ni lograr el éxito del mundo, si no encuentra a Jesucristo.

JUAN NAVARRO COMINO

25 de noviembre de 2016

  • 25.11.16
La mayoría de las personas a las que nos gusta el futbol sabemos cuántos entresijos y cuánto negocio mueve este deporte. Incluso ahora, en la actualidad, en el fútbol base se les cobra a los padres 35 o 40 euros cada mes por la formación de los pequeños. Después entra el tema de la equipación, pues los niños tiene que ir con el uniforme oficial de la entidad en la que estén, y esto les supone a los padres un desembolso de, por lo menos, 250 euros al año, además del reconocimiento médico que se montan para sacar otro buen pellizco. Un negocio en toda regla.



Para llevar a los críos, a los más pequeñitos, tienen a jóvenes que lo mismo les hacen el entrenamiento que juegan en el equipo juvenil. Esos sí que tratan a los niños con mimo y educación, pero con el conocimiento mínimo de fútbol. Pero con cuatro chavos les pagan.

Yo, cuando era más joven, estuve nueve años en el fútbol base del Centro de Deportes Manresa. Por aquel tiempo, los equipos iban a los colegios y al niño que destacaba lo fichaban; o bien ojeadores que tenían, llevaban a los críos al Manresa.

Era otra política: a los padres no se les cobraba y la equipación la ponía el club; eso sí, las botas hasta la edad juvenil las compraban los padres y en los desplazamientos del equipo los críos no pagaban, pero los padres tenían que colaborar un poco. Eran otros tiempos.

La otra tarde me fui un rato a observar el entrenamiento que le hacen a los críos. Observe un grupo de críos numeroso. En un momento dado, el chico que los entrenaba, sin venir a cuento, paró el entrenamiento y separó a tres chavales del grupo:

—Vosotros, a partir de ahora, ya estáis fuera del equipo. La semana que viene entrenareis con el equipo C.

Los chavales se separaron del grupo y dos de ellos dijeron:

—¿No nos quieren? Pues que se joroben. ¡Nos vamos!

Y se marcharon, mientras que el más pequeño se sentó y empezó a llorar preguntándose por qué a él.

Y seguía llorando. A mí me dio tanta lástima el crío que me acerqué a él:

—No llores, también jugarás en el equipo C.

—Sí, ¡pero yo ya llevaba tres años con mis amigos! –exclamó mientras seguía llorando–. Y ahora se ríen de mí y se mofan.

—¡Es igual, tú no les hagas caso! Ya harás amigos en el equipo C, lo importante es jugar y hacer deporte. Que en el mundo del fútbol hay muchos cambios, te lo digo yo, que he sido entrenador muchos años. No te desanimes. ¿Cómo te llamas, niño?

—Me llamo Adrià.

—Te voy a contar un caso: en un equipo hubo un niño que le ocurrió igual que a ti, que le dejaron en el equipo C. Entonces, este niño comenzó a tomárselo bien, en serio y, debido a esto, destacó en este equipo tanto que se convirtió en el máximo goleador. Cada partido marcaba uno o dos goles, a pesar de que perdían muchos partidos. Pero él, con ahínco y ganas, llegó a lo máximo. Y fíjate lo que te digo, Adrià, a ese niño le llegó un día la posibilidad de jugar en el Real Madrid.

—¿De verdad, señor?

—De verdad, Adrià. Tú no te desanimes y lucha. Entrena fuerte que lo vas a conseguir, campeón. Porque, escúchame bien: tú vas a ser un campeón.

JUAN NAVARRO COMINO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR


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