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19 de abril de 2014

  • 19.4.14
El enigma brota al analizar la frase póstuma de Verne: “Me siento el más desconocido de los hombres”. Resulta paradójico que dijera eso uno de los escritores más leídos de la historia universal de la Literatura. Que alguien que defendió la naturaleza hueca de la Tierra, pionero de los ovnis y uno de los primeros ecologistas conocidos, creyera ser víctima de una lectura superficial de su obra.

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En Julio Verne, ese desconocido, Miguel Salabert la explica argumentando que en los relatos de Verne “el continente ha ocultado el contenido”. Tal vez, esta obsesión por ocultar se deba a una sobreprotección de su editor Pierre-Jules Hetzel, exhaustivo controlador de las ideas ocultas de Verne, que le permitiera seguir editando para supuestos lectores juveniles.

Al analizar su obra desde otra perspectiva, observaremos que Verne no escribe sólo aventuras para este público adolescente, sino que maliciosamente ha querido trasmitir "secretos" que, unas veces están relacionados con su dramática vida, y en otras revela conocimientos ocultados por sociedades iniciáticas de su época.

¿Quién era Julio Verne? ¿Qué vida llevó este genial bretón, nacido en Nantes un 8 de febrero de 1828, y bautizado como Jules Gabriel Verne Allott? ¿Fue un "iluminado", en el sentido esotérico del término, o un profeta que se adelantó a su tiempo con descubrimientos como el ascensor, las armas de destrucción masiva, el helicóptero, las naves espaciales, la red de comunicación terrestre (internet), los motores de explosión y eléctricos, los trasatlánticos y las plataformas marinas (portaviones), así como la navegación subpolar a bordo de un submarino?

¿Qué fatalidad le persiguió a raíz del rechazo de su prima Carolina Tronon que convirtió su juventud en un infierno, agravada a raíz del casamiento de esta con un "presumido de Nantes"?

¿Qué extraña novela escribía cuando en 1886, con 58 años e instalado en Nantes, Gaston, su sobrino –hijo de su hermano Paul-, le dispara dos tiros de revólver que lo deja cojo para el resto de su vida?

Tal vez se trataba de la novela titulada París en el siglo XX, donde un joven vive en una ciudad con rascacielos de cristal, trenes de alta velocidad, automóviles propulsados con gas, calculadoras, red mundial de comunicaciones, pero que le resulta imposible lograr la felicidad y acaba trágicamente.

Esta novela pesimista habría deprimido al sobrino, enloqueciéndolo y acabando internado en un manicomio. Su editor la juzgó como peligrosa y decidió esperar veinte años para publicarla, guardándola en una caja fuerte, y viendo finalmente la luz en 1994.

Como cualquier autor, en Verne no todo fueron triunfos, glorias y parabienes. El manuscrito de su primera novela, Cinco semanas en globo, recorrió los despachos de quince editoriales –"quince necios", como escribiría más tarde-, antes de convertirse en éxito.

La suerte fue seguir los consejos de su amigo Nadar que le recomendó al editor Julio Hetzel. Al acabar de leer el manuscrito, Hetzel le sugirió que convirtiera aquel libro polémico sobre la aerostática en una "auténtica novela", porque "usted tiene talento".

Desde su publicación en 1863, se convierte en un apabullante éxito de ventas. Ese mismo año, Hetzel le ofrece un contrato por veinte años, a razón de 20.000 francos por año, y con la obligación de escribir dos novelas anuales.

Y no todas sus novelas son creaciones propias y misteriosas anticipaciones. Aunque nunca dispuso de “negros” –de escritores anónimos que trabajaban para él-, en su novela La vuelta al mundo en ochenta días, toma los datos de un folleto turístico de la Agencia de Viajes Cook; el título, de un cuento de Edgar Allan Poe Tres domingos en una semana; y el itinerario, de un artículo de Le Magasin Pittoresque (1870).

El anuncio aseguraba que "gracias a la excavación del istmo de Suez, es posible ahora, partiendo de París, dar la vuelta al mundo en menos de tres meses. El servicio para este viaje circular no ha de tardar en ser organizado (…) en total, ochenta días”.

Julio Verne fue siempre un desgraciado. Sus padres pertenecían a familias burguesas, ascéticas, católicas a ultranza y maníacas del orden y la puntualidad, que le negaron seguir su auténtica vocación, la de marino.

Por esta razón, a los once años, se fuga de casa y embarca clandestinamente en La Coralle que se dirigía a la India. Descubierto en Paimboueuf, fue devuelto a Nantes, donde fue azotado sin piedad, rompiéndose de este cruento modo las frágiles relaciones paterno-filiales.

En París estudia para abogado, aunque escribe piezas teatrales, óperas cómicas y sainetes. Alejandro VI, escrita en 1848, le sirvió para conocer a los Dumas, padre e hijo, y entrar en los círculos literarios parisinos.

Enterado el padre, suspende el envío de la pensión de 100 francos semanales y Julio malvive como secretario del Teatro Lírico. En 1856 se traslada a Amiens donde conoce a Honorine, viuda con dos hijas pequeñas, con la que se casa al año siguiente.

Pronto descubrirá que su matrimonio es un fracaso porque Honorine vive más pendiente de los fastos sociales que de su hogar. La muerte de su madre y los problemas de rebeldía de su único hijo, Michel, recluido en un manicomio a petición de Julio, le produjo drásticos cambios en su personalidad, que la muerte de su editor Julio Hetzel, hombre trabajador y dedicado a supervisar la obra de Verne, vino a acentuar.

El hijo de Hetzel, que continuó la empresa de su padre, no era tan riguroso en las correcciones como lo había sido aquel. Esta circunstancia obligó a Verne a dedicarle muchas horas a la corrección, lo que le ocasionó una parálisis facial.

Sin embargo, sus biógrafos afirman que el deterioro de la salud de Verne se debió a los tremendos desarreglos intestinales que sufría desde que estudiaba Derecho en París, donde gastó todos sus ahorros en libros y los esporádicos trabajos apenas alcanzaban para comer, lo que le ocasionó desarreglos estomacales e incontinencia fecal, que acabarían por desfigurarle la cara.

En una carta a su madre revelará el infierno de su vida: "Una vida que limita al norte con el estreñimiento, al sur con la descomposición, al este con las lavativas exageradas, al oeste con las lavativas astringentes (...) Es probable que estés enterada, mi querida madre, de que existe un hiato que separa a ambas posaderas y no es sino el remate del intestino.

Ahora bien, en mi caso el recto, presa de una impaciencia muy natural, tiene tendencia a salirse y, por consiguiente, a no retener tan herméticamente como sería deseable su gratísimo contenido (...) acarrea graves inconvenientes para un joven cuya intención es alternar en sociedad y no en suciedad".

En 1888, Verne fue elegido concejal de Amiens formando parte de una lista de republicanos progresistas. Sus motivos para tal "locura" no fueron por vanagloria del poder, sino para servir a la sociedad, mejorar la ciudad, impulsar la instrucción y las Bellas Artes.

En los doce años que estuvo de concejal –en tres mandatos: 1892, 1896 y 1900- potenció el teatro, consiguió becas para la Escuela de Medicina, mejoró el trazado de Amiens y construyó un espléndido circo.

El 26 de julio de 1905 escribe que tiene el "estómago deshecho, piernas enfermas, reumatismo por todas partes. Y a mi edad, uno no se recupera". El 24 de marzo de 1905, viernes, a las ocho de la mañana, moría a causa de una diabetes. Antes de perder el conocimiento exclama "sed buenos".

Fue enterrado en el cementerio de La Madeleine, al noroeste de Amiens. Le colocaron los brazos a lo largo del cuerpo y no sobre el plexo solar, pues decía que esta postura "obstaculizaba la salida del astral".

La tumba es obra del escultor Albert Roze, íntimo amigo de Verne, que podría contener la clave de sus conocimientos, sus sueños y su obra. Siguiendo instrucciones de Verne, capaz de plantear en sus escritos más de cuarenta mil criptogramas, sobre el sepulcro, erigido en 1907, mandó esculpir una serie de objetos, como una rama de palmera, símbolo de la inmortalidad o del “ave phoenix” que resurge de sus cenizas; una palmera, Arbol de la vida, o “etz hajaim” de los cabalistas (etz, árbol; jaim, vida eterna).

Sobre la palmera, una estrella de seis puntas, la superposición de dos triángulos equiláteros antagónicos, el que simboliza a la tierra (vértice apuntando al suelo) y al aire (vértice apuntando al cielo).

También hay una cruz inscrita en un círculo, que simboliza las cuatro direcciones del templo, o la realización de la obra alquímica; y una rama de olivo, símbolo de “la paz del justo”. La losa tiene forma de pentágono pitagórico. De él irrumpe, como brotando del suelo, un Julio Verne con la mano derecha alzada y orientada hacia el oeste, donde se destaca la posición de los dedos (1-3-1).

Según los biógrafos, Verne elaboró un epitafio que debía presidir el muro del mausoleo: Vers l'immortalité et l'eternelle jeunesse (hacia la inmortalidad y la eterna juventud), pero no existe tal epitafio.

En su lugar, Roze lo cambió por un acróstico incluido en el nombre Jules Verne, en donde destaca las letras J, L, V, R y E; es decir la la primera, tercera, sexta, octava y última E resaltan sobre el conjunto con un dorado especial.

Para J.J. Benítez, en su libro Yo, Julio Verne, sugiere que el acróstico podría significar, con las pertinentes correcciones en el orden: «Albert decide été, jour magique note, sepulture vers west (ouest)». Que se traduciría como "Verano, nace sepultura hacia Oeste"; es decir que, supuestamente, el sol del solsticio de verano, 21 de junio, por el camino del oeste, en el ocaso, «ennegrece» u «oscurece» el sepulcro.

La sombra de la mano abierta de «Verne» oscurece las fechas 1828 y 1905, de nacimiento y fallecimiento. Tras muchas reducciones numéricas y conjeturas, los números señalarían a la novela El testamento de un excéntrico, como el lugar donde Verne "escondió" las claves de su enigmático conocimiento.

De todo lo anterior, muchos estudiosos apuntan a que Verne pudo tener acceso a otras “fuentes” del conocimiento, mucho más depuradas y secretas, sugiriendo una lectura iniciática de la obra de Verne.

El Viaje al centro de la Tierra, El castillo de los Cárpatos, etc., pudieran contener una simbología alquímica, ocultas doctrinas de masones y rosacruces; o revelarnos su pertenencia a hermandades tan secretas y esotéricas como los “Iluminados de Baviera”, la “Sociedad angélica” o la peligrosísima “Golden Dawn” (“Hermanos del alba dorada”) que, según Samuel Lidelí Mathers, estaba organizada en torno a once grados iniciáticos, bajo la protección y dirección de los llamados “Superiores desconocidos”.

¿Quiénes eran esos “Superiores desconocidos”? ¿Tal vez, conciencias cósmicas, seres astrales o demonios? En Verne nada debería sorprendernos y, quizás ahora, la lectura de sus apasionantes relatos nos revele lo que ha permanecido oculto durante más de un siglo.

ÁLVARO RENDÓN

5 de abril de 2014

  • 5.4.14
Las construcciones sagradas, desde la más remota antigüedad, estaban destinadas a alojar al dios imperante. Respondían a una estructura también sagrada, derivada de formas geométricas consideradas secretas, basadas en el círculo, triángulo equilátero, cuadrado y rectángulos irracionales.

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Durante muchos milenios, este conocimiento geométrico estuvo regido por las castas sacerdotales, reticentes a su divulgación, y tuvo su origen, según se cree, en los templos egipcios. De Egipto pasó a la civilización de Occidente por dos vías: el Génesis de Moisés, y por los escritos de los más grandes iniciados, que demostraron su habilidad para mantener el secreto una vez que tuvieron acceso a este conocimiento. Pitágoras, Herón de Alejandría, Platón, Apolonio de Perga, etc.

Los egipcios conocían las unidades físicas, como nuestro metro, pero jamás las aplicaron. Preferían medidas más casuales, como el codo. Comprendieron, como los pitagóricos después, que las medidas reales son sólo unidades abstractas.

A nosotros nos ha costado cientos de años llegar a comprender el mundo de las ideas de Platón, donde tienen existencia la abstracción geométrica de la realidad, como la línea recta real imposible en un Universo en continua expansión.

Sólo desde la abstracción es posible concebir la existencia de ejes de rotación, diámetros imaginarios de circunferencias, diagonales y mediatrices. Esta imposibilidad nos lleva a creer que realmente es imposible adoptar una base comparativa inmutable que sirva de aplicación para todo, puesto que el universo se mueve. Incluso, si la medida es el propio ser humano o cualquier otra referencia tomada como canon.

En estos casos, sería una solución paliativa, no definitiva. De ahí que los egipcios aplicaran a sus templos medidas casuales –posiblemente por imitación a los sumerios y acadios, que la aprendieron de las civilizaciones antediluvianas, muy anteriores a la egipcia-, conscientes de que los muros y cubiertas de un edificio son planos que, al reunirse, delimitan un espacio interior que debía ajustarse al ser humano para hacerse habitable.

La misión del geómetra arquitecto era fundamental. Nada menos que ajustar las medidas del Templo para ser habitado por la divinidad. En el origen de la humanidad, cuando las divinidades eran femeninas e identificadas con la Madre Tierra, el ser humano las localizaba en grutas y cuevas –de las que hemos citado algunas de las más espectaculares-.

Más tarde, cuando la humanidad prefirió adorar a dioses masculinos, levantó piedras puntiagudas de enormes proporciones, denominadas menhires –individuales, alineaciones de diferentes ordenaciones, círculos concéntricos, o como pilares de sustentación de otras piedras adinteladas-. Para volver a las navetas, talayots, taulas y construcciones más complejas, cada vez más parecidas a las pirámides mesopotámicas.

Pero, si Dios se manifiesta en los cielos, en el aire, en el agua y habita en la tierra, es el dueño de la vida y de la muerte, ¿cómo acotar un espacio material, en mi pueblo, junto a la casa del párroco, y pretender que duerma allí el Creador del Mundo? Si esto fuera posible, ¿cómo construir un espacio así?

Resulta evidente que debió ser una tarea imposible y los grandes iniciados optaron por recurrir a los símbolos para representar en medidas humanas la infinitud de Dios. Un claro ejemplo de este simbolismo es la figura tetraédrica de la pirámide egipcia, síntesis abstracta de un montículo de arena del desierto, siempre cambiante y vencedor de las más terribles tormentas.

Al ser escalonada y acabada en forma puntiaguda, representa al sol –el vértice superior de la pirámide cuadrada de base cuadrangular regular-, siendo las aristas laterales, los rayos benéficos del mismo, que se hunden en la Tierra fecundándola.

Este conocimiento sagrado pasó al pueblo de Israel a través del Libro del Génesis, escrito por Moisés que, como se recordará, fue educado por los egipcios para convertirse en sumo sacerdote. No hay otro pueblo sobre la faz de la Tierra que haya inventado tantos mitos como el hebreo, experto en asimilar las costumbres de las naciones que han ocupado o bajo las que ha vivido esclavizado.

De todos ellos ha sabido extraer, sintetizar y divulgar primitivas creencias, ancestrales ritos y saberes de iniciación con los que ha conformado una religión ecléctica y sincrética con la que, a lo largo de su larga y obligada trashumancia, ha inoculado también a muchas otras.

Durante mucho tiempo, la geometría sagrada se transmitió encubierta en una disciplina cabalística denominada Gematría que, indirectamente, formaba parte de las enseñanzas esotéricas que el maestro de obra iba mostrando al aprendiz.

En Gematría, al triángulo qquilátero se le asigna la letra Alef (a); al Cuadrado, Mem (m), y al Pentágono, Shin (c). Alef, Mem y Shin son letras-Madre porque originan las restantes letras. Efectivamente, si tomamos los polígonos regulares simples como punto de partida y tratamos de generar polígonos de número de lados múltiplo de los anteriores:
  • Triángulo Equilátero (3 lados) –> Hexágono regular (6 lados = 3 x 2) –> Dodecágono regular (12 lados = 6 x 2 = 3 x 4) –> Polígono de veinticuatro lados (24 lados = 12 x 2 = 6 x 4 = 8 x 3); es decir, todos ellos múltiplos de tres y obtenidos por el duplicado del anterior.
  • Cuadrado (4 lados) –> Octógono regular (8 lados = 4 x 2), consecuencia de duplicar el número de lados del Cuadrado.
  • Pentágono regular (5 lados) –> Decágono regular (10 lados = 5 x 2) –> Polígono regular de veinte lados (20 lados = 10 x 2 = 4 x 5) –> Polígono regular de cuarenta lados (40 lados = 20 x 2 = 10 x 4 = 8 x 5); es decir, todos ellos múltiplos de cinco y obtenidos por duplicado del anterior. 
Durante la Edad Media, en la época de las catedrales, románicas y góticas, el maestro de obra, "qui messoribus prærat", y el "magister muri" optaron por la majestuosidad, por espacios interiores grandiosos, por estructuras parecidas a una nave invertida –la nave de Pedro capaz de surcar el firmamento-, por el primitivo método de poner una piedra sobre otra. En realidad, un pilar sobre otro, que no es lo mismo.

Lo más apasionante de estas construcciones sagradas que podemos disfrutar de ellas, porque en la arquitectura española hay un itinerario de edificios sagrados con marcados significados esotéricos, labrados por una geometría vital y trascendente, y cuya lectura queda reservada a unos pocos escogidos. Sólo les falta indicar con un cartel, a la entrada, la famosa frase de Platón: «No entre quien no sepa geometría».

ÁLVARO RENDÓN

22 de marzo de 2014

  • 22.3.14
¿Alguna vez nos hemos parado a pensar sobre el origen y finalidad de muchos de los juegos que entretuvieron nuestra niñez? Aventuras tan extrañas como el Juego de la Oca, que nos obligaba a saltar de una casilla a otra porque aplicábamos la regla del pareado “de oca a oca y tiro porque me toca”; los castigos que sobrevenían al caer a un pozo; pasar varias manos inactivos por estar en la cárcel; o dejarse llevar por la corriente al caer en el casillero de un puente.

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Muchos creemos que este juego es esotérico, con mensajes que escapan de nuestra habitual comprensión; siendo el preferido de los maestros canteros, constructores de catedrales, que se veían obligados a viajar de una obra a otra bien porque el cabildo de la catedral se hubiera quedado sin recursos o porque sobrevenía el invierno.

Algún día, hablaremos del Juego de la Oca, así como del Tres en raya, la Gallinita ciega, el Dominó, las Damas, o la Rayuela, cuyos orígenes se pierden, como decía el poeta, en la nebulosa del tiempo.

Hoy nos ocuparemos de saber un poco más sobre el Ajedrez, ese maravilloso juego de estrategia creado, según conocemos por la narración de Al-Sefadi referida al rey de Persia que estuvo tan encantado por el juego que prometió regalar al inventor lo que deseara y él se limitó a señalar que "sólo" deseaba un grano de arroz en el primer casillero; dos, en es segundo; cuatro (22), en el tercero; dieciséis (42), en la cuarta; y doblando en las siguientes. De manera que llegado al casillero séptimo, la cifra iba por 4.294.967.296 granos.

No hubo arroz ni en toda Persia, ni en todo Asia para pagar al inventor del ajedrez. ¿Sabéis cuál fue la cifra final: 18.446.744.073.709.551.615 granos de arroz. Es decir, el equivalente a la producción mundial de toda la superficie de la Tierra durante ocho años.

Todo en el Ajedrez es prodigioso y misterioso. Algunos maestros orientales empleaban el juego de ajedrez para desvelar la Sabiduría secreta encerrada en sus reglas y en su estructura. En los Puranas, todos los juegos de azar estaban absolutamente prohibidos por Manu.

Sólo el ajedrez era enseñado por los brahmanes. Porque, para los kshatriyas, la guerra es una actividad sagrada, una manera de combatir los errores y afirmar las virtudes del Ser. Es también un ritual que permite dominar la realización en el plano presente de manifestación.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que el Ajedrez es una variante de otro juego de estrategia muchísimo más antiguo, el chaturanga (que significa, "cuatro miembros"), que sirvió para desarrollar el xiangqi, el shōgi o el markuk, y originario de la India septentrional como juego para cuatro jugadores que situaban sus fichas alineadas con las cuatro esquinas del tablero.

Tras la conquista del imperio sasánida por el Islam, entre los años 632 y 651, el juego se introdujo en otros continentes. El que conocemos en nuestros días, se desarrolla sobre un tablero cuadrado, o damero, dividido en 64 cuadrados (8 x 8) del tipo mercurial (Mercurio-Hermes es el iniciador en los misterios) que se relaciona con Hod, la sefirah número ocho del Árbol de la Vida, en la Cabalá judía.

Su número mágico es 1, por reducción esotérica [8 x 8 = 64; 64 = 6 + 4 = 10; 10 = 1 + 0 = 1], que se asocia con la vuelta al origen, y en el Tarot con el arcano de La Rueda de la Fortuna, la Rueda de Sâmsara para los budistas, anunciador de un nuevo ciclo, representado por dos animales girando sobre la rueda, uno asciende y otro desciende.

El uno es símbolo de la unidad. Para Lao Tsé, "el Tao origina lo Uno, lo Uno original, del que deriva el Yin y el Yang, del que parten todas las cosas". El I Ching va más lejos añadiendo que ambas energías (positiva y negativa) engendraron las cuatro figuras (szu-hsiang) y estas engendraron los ocho signos. En La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky el ocho es la ogloada, el movimiento eterno y su espiral de los ciclos, simbolizado por el caduceo (que corresponde a Mercurio).

Las piezas se dividen en dos bandos, o ejércitos: los de la luz o devas, las piezas blancas, y los de las tinieblas, o asuras. Para René Guénon, lo blanco es símbolo de lo manifestado o fuente original de toda la gama cromática y corresponde a la tierra; lo negro, es lo no-manifestado, o ausencia de luz, y corresponde al cielo.

Ambos contendientes parten con el mismo armamento: infantería, o peones; caballería, o caballos; carros de combate o torres; alfiles o elefantes); y los mandos o autoridades, el rey y la reina.

Hablar de los peones, la infantería de vanguardia, es hablar de piezas susceptibles de sacrificarse (de sacrificio, o sacro oficio), y sus movimientos son limitados. Dentro de la mística del juego, la finalidad del peón es liberarse de la rueda de encarnaciones, o sámsara, y alcanzar el terreno enemigo, al otro lado del tablero, adoptando allí una nueva forma o categoría para regresar a la contienda purificado. El sacrificio del peón es ritual, es como el bodhisattva, o acto de renunciar al nirvana hasta que todos sus semejantes sean liberados.

Los árabes tradujeron por alfil la pieza que representaba al elefante que, en Europa, pasó a llamarse flor, o bufón (Francia); slom, o elefante (Rusia); bishop, u obispo (Inglaterra). Alfonso X El Sabio, en su Libro del Ajedrez, representaba a estas figuras como elefantes que sostenían sobre sus lomos una torre con arquero.

El elefante es el dios Ganesha de la sabiduría, o Krishna en China, y, como hemos visto antes, Hermes o Mercurio en Grecia. Entre los amonios (antiguo pueblo que habitaban en la zona del oasis de Siwa, en el oeste de Egipto) denominaban a un oráculo Alpha, o Alphi, palabra de dios, referido al buey Apis, que pasaron a ser los toros sagrados de Memphis y Heliópolis. Plutarco deriva la palabra buey, por la letra alpha de los fenicios, o el aleph del alefato judio, o la primera letra del abecedario islámico; el elaph, raíz de nuestro actual alfil.

El movimiento en L del caballo (dos casilleros en cualquiera de las cuatro direcciones del tablero, y uno a la derecha o izquierda) representa la unidad entre la dualidad de los opuestos, el principio hermético del ritmo. Musicalmente hablando, es un compás de métrica binaria, o de dos tiempos, donde se alternan pulsos fuertes o acentuados y pulsos débiles o átonos, en la cual uno de cada dos pulsos es fuerte.

Se relaciona con el dios Poseidón, dios de los caballos, y simboliza el paso de las aguas, el paso de un estado a otro. En los rituales griegos, derivados de los hindúes, el sacrificio de un caballo era habitual, y los iniciados se recubrían con piel de caballo.

La función de la torre es delimitar diversos espacios del tablero puesto que su movimiento ocupa los cuatro vértices del casillero (90º x 4 = 360º). Desde el inicial, ocupando los cuatro vértices del tablero, afianzándolo como cuatro sólidos pilares, como los cuatro límites del mundo.

Es el castillo interior del ser, fortaleza mágica capaz de proteger al Rey mediante enroques, o estados de ánimos que lo salvaguarden de los embates externos. Visto de cada lado del tablero, las torres son las dos columnas del templo masónico, representación de las dos columnas del Templo de Salomón, o las dos columnas de Hércules.

Simbolizan las dos columnas del Árbol de la Vida Sefirótico, el Rigor y la Gracia, constitutivos de la Creación. Son las puertas de paso en el camino del conocimiento, auténticos pilares de Sabiduría, las construidas por Henoch que sobrevivió al diluvio.

Las torres recuerdan al guerrero de la vida la obligación de cultivar las virtudes de la perseverancia, altruismo, moderación, meditación, concentración y compasión, para vencer en su lucha contra el mal.

Primitivamente, la función de la reina era la del consejero, o firzan, por la gran capacidad de movimiento que el asesor poseía. En el siglo XV, se cambia por el único elemento femenino del tablero, como Rey desdoblado en mujer. Si el Rey es la energía de la creación, la fuente de agua pura, desbordante e imperecedera, como Júpiter, progenitor de todos los dioses, amante de la vida y misericordioso Señor del mundo, la reina es la única con capacidad para expandir y transformar ese torrente de fuerza.

El rey es la figura principal, el alma del jugador, que trata de aprender a eludir los peligros de la vida, a enfrentarse a ellos con lealtad, coraje y hasta las últimas consecuencias. Sus cualidades más notables son la paciencia, la experiencia, la soledad y la sabiduría, que le permitirá huir del laberinto de los sentidos que acaba con el jaque-mate a la ilusión; es decir, con el acorralamiento y captura del rey.

La corona que ostenta sobre su cabeza es la de Adam Kadmon, el hombre primordial, y tiene forma circular, como el cielo. Simboliza la posesión de la realeza interior que le permite gobernar con orden la voluntad Divina. La raíz simbólica de corona (k-r-n), es la misma que Kronos, cráneo, cuerno o Karn, palabra griega que significa "cima" o "cúspide". Corresponde a Kether, la Unidad, la sefirah más elevada del Arbol Sefirótico.

ÁLVARO RENDÓN

8 de marzo de 2014

  • 8.3.14
Aunque pasó su juventud en Tudela (Navarra), este cabalista sefardí nació en Zaragoza, en el año 1240, y junto a Moisés de León, Giratill y Najmánides, promovieron la edad de oro de la Cábala. Su padre le enseñó la Biblia y sus comentarios, el Mishná y el Talmud.

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Viajó a Oriente Próximo y Palestina. Buscaba el mítico río Sambation, donde se decía residir las diez tribus perdidas de Israel. De regreso a Europa, vivió en Grecia, Italia y Barcelona, donde estudió la Cábala con Baruj Togarmi, autor de Las claves para la Cábala.

En la capital catalana tuvo una experiencia mística y profética acerca de Dios. Por esta razón, viajó a Roma para entrevistarse con el papa Nicolás III, que Dante situó en el infierno de los simoníacos, en su Divina Comedia.

Las profecías de san Malaquías se refieren a este papa como Rosa Composita (rosa compuesta), porque le llamabn el compuesto y por la rosa que aparece en su escudo de armas. Abulafia pretendía presentarse ante el papa como el esperado Mesías y esperaba convertirlo al judaísmo. Sin embargo, el intento fracasó porque el papa murió la noche antes de la llegada de Abulafia. Por este motivo fue apresado y retenido durante veintiocho días en el Colegio de los Franciscanos.

La filosofía de Abulafia coincide con la de Maimónides en que el cocimiento metafísico es necesario para asegurar la supervivencia tras la muerte, de acuerdo con las gnosis tradicionales y la Cábala (Guía de los perplejos).

Para Abulafia, estamos sellados, anudados o trabados, y propone tres procedimientos para deshacer las trabas: Gematría, Notaricon y Temurah. A partir de la Gematría, o el arte de hallar correspondencias entre palabras cuyos valores numéricos (la suma de sus letras hebreas constitutivas) sean idénticos, Abulafia desarrolla un método nuevo, Tseruf, a fin de deshacer cada nudo (kesher).

El objetivo del Tseruf es liberar al alma de las imágenes mentales que la mantienen sometida al mundo inferior, impidiéndole retornar a su origen, que es uno, sin ninguna dualidad y que comprende la multiplicidad.

La percepción del mundo, por el contrario, llena e impregna el espíritu del ser humano en una multiplicidad de formas y de imágenes perceptibles. Como el espíritu percibe toda clase de objetos naturales groseros y hace entrar esas imágenes en la conciencia, él crea, en razón de su función natural, un cierto modo de existencia que lleva la marca de su finitud. En este estado, el alma encuentra extremadamente difícil percibir la existencia de las formas espirituales y de las cosas divinas.

Es como decir que quien está lleno de sí mismo no tiene ningún lugar para Dios, que coincide con el pensamiento de otros místicos cristianos, como santa Teresa de Jesús, cuando dice: Muero porque no muero. Santa Teresa de Lisieux lo dice de otro modo: Sólo Jesús es, todo lo demás no es. Coincidente con el Evangelio de Marcos (8:34): Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y cargue con su cruz, y sígame.

Abulafia aplica una combinatoria de letras para transformar las palabras que luego estudia, medita y practica. Por ejemplo, en las palabras Unidad (Ehad, de valor numérico 13) y Amor (Ahabah, también de valor numérico, también 13), llega a la conclusión de que la Unidad de Dios es idéntica a su Amor. Es decir, que el Amor está implícito en la afirmación de la Unidad divina.

Otro ejemplo de análisis mediante Tseruf sería comparar las palabras Nada y Yo. La palabra Nada (ayin), formada por las letras hebreas alef, yod y nun, están contenidas también en la palabra Yo (ani), alef, nun, yod. La nada y el yo es el mismo concepto.

Para llegar al yo íntimo, hay que alcanzar la nada. La lengua sagrada, y no sólo la hebrea, es un vehículo del Conocimiento, que lo manifiesta y lo simboliza. Por eso, centra el objetivo de su estudio y meditación en el alfabeto sagrado, a fin de desarrollar el proceso interior. Esta doctrina que se encuentra implícita en la Torá se explica mediante el método de permutación de letras descrito por Abulafia.

A semejanza con los siete sellos del libro de la vida cristiano, Abulafia describe siete etapas o grados de conocimiento de la Torah, desde la investigación acerca del sentido literal de la palabra hasta la fase de la profecía.

En cuanto a la séptima vía, escribe en su obra Las siete vías de la Torah, es única en su género y contiene todas las demás: ella es el lugar por excelencia de lo sagrado y engloba las otras; aquél que la penetra percibe el Logos divino (la Palabra) que, surgido del Intelecto Agente, viene a afectar la facultad racional del hombre. Este Logos, en efecto, es una sobreabundancia del Nombre (bendito sea) que, pasando por el intermediario del Intelecto Agente, llega a la facultad racional (…) No es posible transmitir el conocimiento del Nombre de 42 letras y del Nombre de 72 letras a aquél que desea adquirirlo si no es de viva voz, ni de comunicar ninguna tradición de otro modo al respecto, cuando no se tratara más que de principios de base.

En su residencia definitiva en Grecia e Italia, Abulafia dirigió numerosos grupos cabalistas que, como Ramón Llull, influyeron en la gestación de la Cábala Cristiana promovida por Pico de la Mirándola y Juan Reuchlin a finales del siglo XV.

En el número 5 de la revista Letra y espíritu, aparece un fragmento traducido de Las siete vías de la Torá. Para quienes deseen profundizar sobre la filosofía de Abulafia deberían leer a Gershom Scholem que lo cita en varias de sus obras. Lo hace en Desarrollo histórico e ideas básicas de la Cábala, Ed. Riopiedras, Barcelona, 1994; Las grandes tendencias de la mística judía, Ed. Fondo de cultura económica, México, 1996; o Conceptos básicos del judaísmo, Ed. Trotta, Madrid, 1998.

ÁLVARO RENDÓN

22 de febrero de 2014

  • 22.2.14
La Iglesia ha tenido la habilidad histórica de mostrarnos un rostro de Jesús, el Hijo del Hombre, el Rey de Reyes, que distorsiona la realidad histórica. Las escasas fuentes que refieren la vida de Jesús no lo describen físicamente. El Jesús maduro que murió en Jerusalén brutalmente torturado por los romanos no era alto, rubio y con ojos azules. Ni siquiera era atlético y de anchas espaldas, como nos lo muestran las estampas, cuadros y, últimamente, las películas sagradas.

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La idea distorsionada que tenemos de él, alto, guapo, de mirada serena, con barba partida, se copió del Sagrado Corazón de esculpido por el danés Thorvaldsen para la iglesia de Nuestra Señora de Copenhague, pero no es creíble que este Jesús nórdico reproduzca el aspecto de nuestro humilde carpintero galileo del siglo I.

Según un estudio antropométrico realizado por un equipo de la BBC y Discovery Channel, tras analizar calaveras de judíos compatriotas y coetáneos del Salvador, con la ayuda del forense Richard Neave (Universidad de Manchester), reputado especialista en reconstrucciones faciales, Jesucristo no sería muy alto, de tez morena, ojos melados, pelo corto y rizado, barba recortada y bigote.

A esta descripción responden la media de los habitantes del medio oriente del siglo I, originarios de la misma zona en la que debemos suponer que vivió el Mesías (y estamos suponiendo que que Jesucristo lo fuera).

Si acudimos al socorrido Antiguo Testamento en busca de testimonios de los profetas sobre el físico del futuro Mesías no aclaran nada. Más bien, se contradicen. Es el viejo truco bíblico de cubrir todas las posibles alternativas para acertar siempre.

Por una parte nos lo describen guapo: Eres la más hermosa de las personas, (Sal 44, 3). Por otra, más feo que Picio. No tenía apariencia ni presencia, y no tenía aspecto que pudiésemos estimar, (Is 53, 2).

Insistiendo en lo mismo, el mártir Justino describe a Jesús como deforme y de aspecto penoso (aeidouz). Clemente Alejandrino asegura que era feo (oyin aiscron). Tertuliano que no era siquiera de forma verdaderamente humana (nec humanae honestatis corpus fuit). San Irineo lo describe como informus, inglorius, indecorus.

Orígenes, simplemente lo describe como pequeño y desgarbado. Opinión que coincide con la de san Teodoro, san Cipriano, san Cirilo de Alejandría y san Basilio. Todos afirman que no excedía los 1,35 metros de altura, o sea un redrojo en las lindes de la enanez, un desperdicio humano que, además, de acuerdo con san Agustín, sería hasta deforme: La deformidad de Cristo os forma. Su deformidad es nuestra belleza. Algunos aseveran, incluso que padecía, o sufría una cierta variedad de lepra.

Estas son referencias de autores cristianos. Si recurriéramos a los paganos, enemigos del cristianismo, constataríamos que el juicio difiere poco. Ninguno le dedica lindezas ni lo tiene por guapo. El más influyente de ellos, Celso, filósofo griego del siglo II, lo describe como bajito, feo e innoble.

Esta tradición del Jesús feo y deforme se suaviza en siglos sucesivos a medida que crece la certeza dogmática en que era Dios encarnado. En el año 710, el cretense Andrés, describe un supuesto retrato fidedigno de Jesús pintado por el evangelista Lucas en términos no tan desfavorables: aunque es cejijunto (sunojrun) tiene los ojos bonitos, el rostro alargado y es alto aunque algo chepudo (epicujon).

Poco a poco van haciéndolo guapo, pero en la estatura hay menos acuerdo. El monje de Constantinopla Epifanio (hacia el año 800) indica que Jesús medía seis pies de altura (unos 175 cm), pero la Carta Sinodal de los Obispos de Oriente (839) afirma que no excedía los tres codos (unos 135 cm).

El aspecto físico de Jesús no le hacían diferente a sus discípulos. Con probabilidad, Dios-Padre hubiera enviado a Dios-Hijo y le hubiera obligado a adoptar un aspecto diferente al del resto de coetáneos. No existen testimonios que lo avalen.

Todo lo contrario, porque si hubiera sido sencillo diferenciarlo, la guardia del Sanedrín, encargada de arrestarlo, no hubiera necesitado de la ayuda de Judas para señalarlo con un beso. Mateo 26, 47-56 / Lucas 22, 47-53 / Juan 18, 2-11. Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado esta señal: Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado. Apenas llegó, se le acercó y le dijo: Rabí, y lo besó.

El mito de Jesús con melena es falso. No tiene melena, sino el cabello recortado. Si hubiera alguna posibilidad de que llevara el cabello largo, san Pablo no hubiera escrito lo siguiente: ¿No os enseña la misma naturaleza que es una afrenta para el hombre la caballera, mientras es una gloria para la mujer la caballera? (Corintios 11, 14-15).

Otros investigadores afirman que Jesucristo, conocido como Yeshúa HaNotzri, Jesús el Nazareno o Nazarita, y no porque fuera de Nazaret, cuya población no existía en la fecha de su venida, sino porque había tomado los votos de la secta de los nazarenos, o nazaritas, a la que pertenecía su primo Juan el Bautista.

Sus seguidores no bebían vino y jamás se cortaban los cabellos (como Sansón). En Mateo XI, 18-19, sin embargo, se dice: Porque vino Juan (el Bautista), que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Lo que demuestra que no era nazarita y, por tanto, podía cortarse el cabello.

Lo que parece del todo irrelevante son las polémicas vacuas que lanzan los llamados sindonólogos que, basándonos en una reliquia en la que se ha demostrado no ser de la época, afirman conocer la verdadera apariencia de Jesús. El resultado: la impronta no deformada sino grotesca de un cuerpo de casi dos metros de altura, con melena y larga barba (cada vez que lo miro más se me parece a Leonardo da Vinci, ustedes perdonen).

La mancha, además, no es el resultado de envolver un cuerpo ensangrentado, sino frontal y lisa, como una fotografía. Además, la penúltima prueba realizada en los laboratorios del radiocarbono que analizaron el tejido, concluyeron que se trata de un lienzo del siglo XIV, o sea que es falso como un euro de corcho.

No obstante este veredicto de la ciencia, inapelable, los sindonólogos siguen afirmando, erre que erre, en la autenticidad del objeto. Pero, podría esperarse que Dios, en su omnipotencia, pudiera permitir que un cadáver del siglo I, el de su Segunda Persona, fuera envuelto en una sábana del siglo XIV. Por qué no…

Ese minúsculo lapso de tiempo, catorce siglos, apenas un milenio y pico, comparado con el abismo de la eternidad, es apenas una milésima de segundo. Nada para Dios. Por lo tanto aceptemos, como hacen los sindonólogos, que en el siglo I envolvieron un cadáver con un lienzo del siglo XIV y que, a partir de esa marca, reconozcamos el verdadero rostro de Cristo.

¿Cómo armonizar ese Jesús nada agraciado con su condición de Hijo de Dios? San Isidoro nos brinda una justificación teológica de la fealdad de Jesús. Era feo, escribe, porque ocultó la condición de maestro para revestir la del esclavo. Según parece, para el arzobispo santo, copatrono de Sevilla, los ricos son guapos y los pobres feos. Quizá no vaya del todo descaminado.

ÁLVARO RENDÓN

8 de febrero de 2014

  • 8.2.14
Escribir sobre las vimanas es hacerlo de uno de los grandes misterios de la antigua civilización India, donde parecen haber existido fantásticas naves espaciales que ni la gran tecnología moderna puede explicar. Vimana es el nombre mítico de un vehículo volador con métodos de propulsión inimaginables para la época en que fueron descritos.

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El descubrimiento de los textos en hindi que hablan de estas máquinas antigravitatorias es reciente, de 1908, localizado en la Biblioteca Rajakiya de sánscrito, en Baroda, con el título de Brihad Vimana Shastra, la gran escritura de las naves.

El texto es de G.R. Josyer, que lo transcribió al dictado del místico Subbaraya Shastry, que viajaba por la India escribiendo versos en sánscritos. En la traducción al inglés se agregaron ilustraciones de un dibujante técnico, T.K. Ellappa, en 1959.

Durante una conferencia de prensa, el propio Josyer mostró manuscritos de miles de años de antigüedad que hacían referencia a lo que había oído del profeta algunos años antes. Estos manuscritos antiguos eran tan increíbles que describían los secretos para construir aeroplanos irrompibles e ignífugos; cómo inmovilizar aeroplanos enemigos; cómo volverlos invisibles; cómo oír conversaciones y otros sonidos; los procedimientos para tomar fotografías (sí, fotografías) del interior de otras aeronaves; cómo descubrir la dirección desde donde proceden las aeronaves enemigas; provocar desmayos en los pilotos; o cómo destruir aeroplanos enemigos.

Dividido en capítulos, en el primero se menciona al piloto, sus conocimientos y entrenamiento para vocalizar correctamente determinados mantras o sonidos de poder. En el segundo y tercero se mencionan metales, espejos parabólicos para concentrar radiaciones solares y lentes para neutralizar tres clases de fuerzas destructivas.

En el cuarto capítulo se habla de las siete fuentes de energía que utilizan: fuego, tierra, aire, Sol, Luna, agua y cielo. En el quinto, se habla de motores o yantras de vórtice de mercurio. Estos motores utilizan vapores de mercurio en ebullición que describen una trayectoria helicoidal, lo que materializa un vórtice o remolino de configuración muy especial. Estos vapores se condensan y recuperan en circuito cerrado.

El funcionamiento, por tanto, es muy parecido al caduceo con dos serpientes enrolladas alrededor de una vara y una esfera con alas en su parte superior que, por cierto, se asemeja mucho al símbolo alquímico del mercurio.

Las antiguas máquinas voladoras han sido por mucho tiempo una tradición de varias culturas en todo el mundo. Entre los jeroglíficos sobre la pared de un templo egipcio de 3.000 años de antigüedad, en Abydos, hay representaciones de lo que parecen ser aviones modernos y helicópteros.

Discos de piedra acanalados encontrados en cuevas en la frontera chino-tibetana, dan cuenta de una raza extraterrestre llamada los Dropas, cuya nave espacial dicen que llegó a la Tierra hace 12.000 años. Los indios Hopi, que han habitado tres grandes colinas del norte de Arizona durante más de mil años, afirman que sus antepasados fueron visitados por seres venidos quizás de Orión que se desplazaban en escudos volantes, paatuwvota, y dominaban el arte de cortar y transportar enormes bloques de piedra. Estos extraterrestres le enseñaron a construir túneles e instalaciones subterráneas.

En una alocución ante las Naciones Unidas, Thomas Banyacya, del clan Hopi Coyot, dijo que el pueblo indio inventó muchas máquinas y comodidades de alta tecnología, algunas de las cuales no se han visto todavía en esta era.

No es la primera vez que hallamos civilizaciones que juzgamos como atrasadas o prehistóricas, que hablan de mundos anteriores al nuestro. Estos indios hopi afirman que, anterior al nuestro, hubo tres. El primero, sucumbió por el fuego, el segundo por el hielo y el tercero por el agua. Actualmente vivimos en el cuarto.

ÁLVARO RENDÓN

18 de enero de 2014

  • 18.1.14
El arte de la Brujería, o Ars Goetia, como se dice en latín, se denomina a la primera sección del grimonio Lemegeton Clavicula Salomonis, o la Llave Menor de Salomón, aparecido en el siglo XVII, o anterior. Contiene las descripciones de los 72 demonios que el Rey Salomón era capaz de evocar y confinar en un recipiente de bronce que sellaba mediante símbolos mágicos, y los obligaba a trabajar para él.

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En el Ars Goetia se muestran las instrucciones para construir este contenedor de demonios, y a utilizar las fórmulas mágicas apropiadas para llamar seguramente a esos demonios. La operación dada es compleja, e incluye muchos detalles. Es desaconsejable la lectura a personas ajenas al arte de la Magia.

Se cree que el rimbombante título se refiere a los conjuros hechos por el mago extrovertido, o que realiza sus encantamientos hacia afuera. El Ars Goetia difiere de otros textos goéticos en que las entidades convocadas deben ser forzadas a obedecer, antes de pedir sus favores; incluso de una copia a otra, los nombres de los demonios difieren y reciben diferentes grafías o firmas por las que tienen que pagar lealtad.

A estas grafías se le llaman sellos, y existen tantos como libros goéticos hay en el mundo. Algunos, muy reputados, como Steganographia de Trithemius, editado hacia el año 1500, el Pseudomonarchia Daemonum de Johann Weyer, o De Praestigiis Daemonum, de 1563.

Los Magos introspectivos no necesitan recurrir a estos aliados infernales que, de existir ciertamente, tendrán que viajar a través del universo conocido o desconocido. Según ellos, los demonios más peligrosos se encuentran en el interior de los seres humanos.

Estos demonios interiores son capaces de torturar tanto a los Arquitectos de la Voluntad como a los más hábiles Magos, porque poseen la capacidad de jugar con la mente y la ilusión. Los Magos introspectivos se vuelven más poderosos al luchar contra sus debilidades y defectos.

Estos análisis introspectivos no están exentos de ciertos riesgos y no son fáciles ni placenteros. Se alimentan de las depresiones, de las esquizofrenias y paranoias. Celos irracionales, venganzas ciegas, deseos incumplidos, emociones reprimidas, deseos de hacer el mal, odios y, sobre todo, de afanes desmedidos de egoísmo y egolatría. El Mago introspectivo pierde control de esas fuerzas negativas a medida que se convierte en un enfermo depresivo y paranoico, muy peligroso.

Pero, ¿existen realmente estos demonios interiores? Los expertos en ciencias ocultas creen que sí, que poseen dos espacios vitales de influencias: el temenos, o inconsciencia colectiva, y el oneiros, o espacio onírico del Mago, donde adoptan el aspecto físico del mago, como si fuera su doble que ha recogido su lado más oscuro y desequilibrante, autodestructivo y salvaje.

Los psiquiatras, en cambio, tratan a diario en sus consultas a estos falsos Magos, tantos los extravertidos como los introvertidos. No difieren mucho de un enfermo con fuertes ataques esquizoides.

ÁLVARO RENDÓN


28 de diciembre de 2013

  • 28.12.13
Los pueblos primitivos eran depredadores que cazaban y consumían en el mismo lugar. Con el tiempo, cuando la caza disminuyó, tuvieron que viajar siguiendo rastros. En las rudimentarias chozas quedaban las mujeres, recolectando frutos y especializándose en distinguir la planta que mataba de la que curaba, el fruto maduro del verde y lo que ocurría cuando las semillas caían a tierra.

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No tardaron en hallar relación entre los fenómenos atmosféricos y las cosechas, y pronto controlaron la siembra y recolección; aunque seguían sin entender las fuerzas naturales que, a veces, estaban a su favor y otras en su contra.

La siembra y recogida de grano trajo parejo un cierto sedentarismo, aceptado a duras penas por los cazadores, que, a la postre, terminaron reconociendo las ventajas de este trabajo organizado por las mujeres. Porque, por un lado, salvaba a la tribu de morir por las hambrunas del invierno cuando la caza y los frutos escaseaban; por otro, evitaba recorrer grandes distancias, viajar a lugares remotos donde cabía el peligro de ser atacados por depredadores o ser víctimas de otras tribus.

Además, las mujeres se convirtieron en matriarcas, poseedoras del conocimiento experimental en la crianza de animales, como el jabalí, la gacela, el perro y el caballo; la reserva de grano para pasar el invierno y sembrar; y, sobre todo, el dominio del entorno extendiendo los ciclos de fertilidad de la tierra a ciertas prácticas que ayudaban a que la cosecha fuera próspera.

Los cazadores, por su lado, ociosos por la inactividad, se trasformaron en guerreros. Su nueva misión consistía en proteger las cosechas frente a los predadores naturales y los codiciosos de su propia tribu, y atacar a los clanes vecinos para robarles la cosecha.

Así, los rituales de agradecimiento a la Diosa-Tierra por los frutos se tornaron en ceremonias de exaltación de los valores de un Dios sangriento que premiaba la crueldad y la injusticia, el exterminio y el botín. Si los ritos femeninos eran pre-primaverales, para despertar a la diosa, dormida durante el invierno, y aprovechar la siembra; los masculinos se desarrollaban al comienzo del verano, tras las primeras cosechas.

Estos ritos son muy similares en todas las regiones. Las Tesmoforias se celebraban en Grecia antes de la primavera y del otoño. En Asia Menor, las sacerdotisas organizaban danzas obscenas en honor de la Diosa Artemisa.

En Brasil, la alta sacerdotisa bailaba mambos y babalorischas, y dirigía la danza de fertilidad para propiciar la intervención de la Diosa Madre del maíz. En Guinea Ecuatorial y en Gabón, las mujeres cabriolaban con el ivanga mientras tocaban las campanas bi-leebo para honrar a Bisila, Diosa de las Cosechas. En Oceanía, las mujeres rendían culto a la Diosa Tarabanga, “La Sabia Madre”, bailando el corroboree y tocando el tambor.

En Nueva Guinea, se honraba a la Madre Ancestral y en Nueva Caledonia a la Diosa Kabo Mandalat. En Costa de Marfil, las sacerdotisas participaban en danzas, ataviadas con grandes esculturas sobre la cabeza, mientras otras mujeres tocaban el tambor.

En Perú y Bolivia, las mujeres tocaban la música que las bailarinas, con el cabello suelto en honor de la Diosa del maíz, la de los cabellos largos, danzaban para propiciar el crecimiento del grano.

ÁLVARO RENDÓN

14 de diciembre de 2013

  • 14.12.13
En 1854, Pío IX hizo una declaración tan trascendental que alteraría para siempre el rumbo de la historia de la Humanidad: proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. El Santo Padre, en su bula Ineffabilis Deus definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen.

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«La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

Desde Roma, cantidad de palomas mensajeras volaron en todas las direcciones llevando la buena nueva urbi et orbe. En los 400.000 templos católicos del mundo se celebraron grandes fiestas con toques de campanas, luminarias nocturnas, y misas; en los cientos de miles de conventos de clausura repartidos por la faz de la tierra las monjitas se regocijaron y recibieron la noticia con albricias y arrobos místicos.

La proclamación de la Inmaculada Concepción de María zanjaba una enconada disputa teológica entre franciscanos (inmaculistas) y dominicos (maculistas) que se remontaba a varios siglos y había sembrado la cizaña entre dos órdenes prestigiosas que quizá anduvieron tan obnubiladas en la defensa de sus respectivas posturas que descuidaron parcialmente el amor fraterno que como hombres de Dios se debían y deben.

Una piadosa leyenda franciscana asegura que, mientras el rifirrafe clerical arreciaba, las imágenes de la Virgen cobraban vida milagrosamente para asentir con la cabeza ante las peticiones de auxilio de los inmaculistas, como animándolos a proseguir la lucha en defensa de su pureza.

Pero, ¿por qué se decidió Pío IX a dar este importante paso de definir un dogma, amenazada la Iglesia, espiritual y territorialmente, por el modernismo y la independencia de Italia, confiándole la resolución de la discusión entre franciscanos y dominicos al Cardenal Lambruschini?

“No le encuentro solución humana a esta situación”, confesó abatido el papa. Y el cardenal le respondió: “Pues busquemos una solución divina. Defina Su Santidad el dogma de la Inmaculada Concepción”. ”¡Mecachis, pues es verdad!”, exclamó el Pontífice. Fue un momento de intensa iluminación, el hito mariológico más importante desde la Anunciación; aunque no acabó con la controversia.

España, como nación consagrada a la Inmaculada Concepción, detenta un privilegio que nos envidia el resto de las naciones de la Cristiandad: nuestros sacerdotes visten una casulla azul en día tan señalado.

Los monarcas juraban defender dicha creencia al acceder al trono. En muchas universidades, los alumnos juraban defender la Inmaculada Concepción con la espada si fuera necesario; Murillo y otros pintores pintaban Inmaculadas por encargo de reyes o conventos franciscanos…

Entre todas las ciudades, Sevilla (muy leal y mariana) destacó por sus entusiasmos inmaculistas: los poetastros componían versos defendiendo la limpieza de la Virgen, los ciegos cantaban en plazas y mercados; los niños jugaban a la Inmaculada…. Y en ella se divulgó el saludo “Ave María Purísima”, con su respuesta automática de “sin pecado concebida”, con el que aun hoy se saluda a la monjita que nos vende las yemas y la mermelada de tomate en el torno del convento.

Una defensa tan apasionada mereció que, en 1864, la Santa Sede recompensara a los católicos españoles nombrando a la Inmaculada Patrona de España, sin demérito de Santiago, Santa Teresa y los otros patrones que esta bendita tierra ha merecido.

ÁLVARO RENDÓN

30 de noviembre de 2013

  • 30.11.13
La Masonería es una institución iniciática. Lo fue en su primera etapa operativa y lo sigue siendo en su actual momento especulativo. Durante el trabajo de la Obra, en cada iniciación el masón recibe los conocimientos y herramientas necesarios para superar los retos y avatares de su naturaleza cambiante; ilustrando los diferentes cambios en su estado y viviendo lo oculto que se esconde en el interior de cada individuo.

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Este proceso de búsqueda evolutiva no culmina al alcanzar el grado de Maestro. En la atalaya que ese estado de gracia le permite, observa desde otra óptica el sendero que ha de seguir. Como ser imperfecto ha alcanzado un punto sin retorno, sabe utilizar con propiedad las herramientas del libre albedrío, conoce dónde está el bien y cuando se convierte en mal, y puede elegir entre la virtud y el vicio, entre avanzar o retroceder, entre mostrarse tal cual es o seguir con la máscara que disfraza su verdadero yo interno.

Cada masón pule su piedra bruta, su personalidad, mediante el estudio de los símbolos masónicos; en una disciplina hermética donde misterio y ritual son claves para acercarse a la verdad. Una verdad, por otro lado, vivencial y revelada a cada individuo durante la soledad introspectiva, al alcanzar el momento dramático y trascendente donde la cera que ciega los ojos de su interior, se funde y cae.

Durante la iniciación el neófito ve la luz al final del túnel, comprende la arista que ha de tallar, la forma final que adoptará la piedra; consciente de que la Perfección está en el oriente, de que la luz cegadora únicamente la posee el Gran Arquitecto del Universo (G.A.D.U.).

Números y conocimiento

El significado profundo del uno se reserva a estadios superiores del aprendizaje esotérico. Entraña tal trascedencia que su transmisión oral se reserva a los iniciados superiores, a los que han logrado desarrollar ciertas habilidades introspectivas. Para muchos masones, el uno es la letra "G", y su amplia gama de significados.

En griego, significa engendradora, madre. Es la primera letra de Geometría, Generación, Genio, Gnosis, Gravitación o Gracia. Palabras, todas ellas, que recogen los símbolos más secretos de la Masonería, omnipresentes en el G.A.D.U.

Será a través del estudio de la Geometría, de las medidas de la naturaleza y de sus principios, como se manifiesta la creación. La Geometría actuaría, así, como el orden en que la Mater Genitrix, la Diva-Mater, equivalentes a Demeter (de-mater), genera y conserva la vida.

La dualidad 

El dos es la suma de lo uno consigo mismo y encierra el germen de la Creación. Todo procede del Uno a través del Dos. No es su antítesis, su contrario dual. El dos tiene entidad propia, es uno y uno, en idénticos valores. Es Géminis, los Gemelos, las identidades que no se suman pero interactúan: Dios y el Verbo, durante la Creación del Universo. El Verbo es Dios, y la creación es la Tríada, creada mediante un acto de interacción introspectiva.

«Él formó del Tohu (vacío) algo e hizo de lo que no existía algo que sí existe. Talló grandes columnas del éter inaprehensible. Él reflexionó, y la Palabra (Memra) produjo todo objeto y todas las cosas por su Nombre uno». (Sepher Yetsiráh, IV, 5)

Tres ventanas

En el grado de Compañero, el aprendiz dispone de tres ventanas abiertas a oriente, occidente y mediodía; y su aprendizaje dependerá de sí mismo. La luz de la ventana de oriente representa el conocimiento metafísico, necesario para comprender y asimilar los principios y leyes que lo gobiernan, cuyo fundamento geométrico debe dominar.

La luz de la ventana de oriente simbolizaría a la ciencia adquirida por la experiencia y el conocimiento de lo externo de los seres y objetos de la Naturaleza. Finalmente, la luz de la ventana de mediodía, simbolizaría la luz que emana del interior imprescindible para diferenciar los conocimientos que entran por cualquiera de las dos ventanas anteriores.

Cuatro velos

Durante la primera iniciación, el neófito atraviesa cuatro velos disponiendo de tan sólo tres modos de conciencia: Conocer; Sentir; Obrar. El color del primer velo es azul, que exotéricamente es el color de la amistad. Esotéricamente es el color espiritual. Es el color de la verdad eterna, el símbolo de inmortalidad. En hebreo es "teklet" derivado de la raíz que significa "perfección". El emblema es el águila, el que se desarrolló del escorpión del Egipto, uno de los signos fijos del zodíaco, un signo acuoso. La tribu de Israel que corresponde al primer velo es Dan, de la que Jacob dijo:

«Dan juzgará a su pueblo, como una de las tribus de Israel. Dan será una serpiente en el camino, una culebra en el sendero, que muerde el talón del caballo, de tal manera que su jinete se caerá de él». (Génesis 49: 16)

El color del segundo velo es púrpura, combinación de azul y rojo, y color de la realeza. En la antigüedad, la púrpura se reservaba para las vestiduras de los reyes. Durante el ritual del Arco Real se denomina el color de la unión1. El emblema es Acuarius y la tribu de Israel, Rubén, de quién Jacob dijo: «Tú eres mi hijo primogénito, mi autoridad y el inicio de mi fuerza, la excelencia de la dignidad y 1a excelencia del poder: "Inestable como el agua", tú no te distinguirás». (Génesis 49: 3)

El color del tercer velo es escarlata, emblemático para las emociones. Hace referencia al cuerpo emocional o del deseo, el tercero en la escala ascendente de los cuatro cuerpos del hombre. La simbología se refiere tanto a lo mental como a lo emocional del ser humano. El emblema es el Toro2, y el signo astrológico Taurus. La tribu de Israel que le corresponde es la de Efraim, de la que Jacob dijo: «Mira, yo haré que seas fecundo y que te multipliques; haré de ti una asamblea de pueblos, y daré esta tierra a tu posteridad en propiedad eterna». (Génesis 48: 4)

El color del cuarto velo es blanco, símbolo de pureza e inocencia. El emblema es el león, uno de los signos fijos del zodíaco. Leo es un signo del sol; de modo que, en muchas representaciones, el sol se asemeja a un león con las melenas extendidas a alrededor de la circunferencia, como si fueran irradiadas.

La tribu de Israel que le corresponde es la de Judah, de quién Jacob dijo: «A ti, Judah, te alabarán tus hermanos, pondrás tu mano en la cerviz de tus enemigos, se inclinarán ante ti los hijos de tu padre. Como cachorro de león, Judah, te has levantado, hijo mío, de la presa. Se ha agachado, se ha agazapado como un león y como una leona, ¿quién lo hará levantar? No se retirará de Judah el cetro, ni la bengala de entre sus pies, hasta que venga Aquél cuyo es el mando y a quién deben obediencia los pueblos. A la vid ata su jumentillo y a la cepa el pollino de su asna; lava en vino su vestido y en sangre de uvas su manto». (Génesis 49: 18)

Cinco viajes

Antiguamente, cuando el aspirante a ingresar en la Hermandad era aceptado, se le asignaba un Maestro Instructor que le enseñaba las reglas del oficio, y los deberes y derechos que adquiría al convertirse en compañero de la Camaradería. A cambio, se comprometía a servirle por cierto número de años. Después, cuando se convertía en compañero y adquiría las habilidades del oficio, viajaba por diversas obras a fin de perfeccionar el arte. Cuando creía hallarse preparado para adquirir el grado de maestro, se sometía a un examen teórico-práctico que, generalmente, acababa en una iniciación.

Actualmente, la instrucción se realiza en la Cámara del Aprendiz para que todos los hermanos se percaten de sus progresos. Una vez superada la prueba de grado se le someterá a cinco viajes simbólicos; consistentes en un paseo que se inicia en el norte y continúa en el oeste, para acabar en el este.

Como ocurría en la antigüedad para probar al mysto, recién convertido en epopto o vidente, que está capacitado para seguir el resto de la instrucción por sus propios esfuerzos y bajo la guía de su propia luz Interior, en cada uno de esos puntos se le hará entrega de un instrumento. Así, el primer viaje, iniciado en occidente y acabado en el norte, el aprendiz lleva el mallete y el cincel, con los que ollar y pulir la piedra irregular.

En el segundo viaje, con la finalidad de que actúe en armonía y equilibrio, se le entrega la escuadra y el compás; imprescindibles para medir y trazar círculos. Durante el tercer viaje, se le muestran la regla de 24 pulgadas y la palanca. Utilizará la primera para medir y ordenar las actividades. La segunda le servirá para desarrollar fuerza con un mínimo de esfuerzo; para ello, deberá emplearla con ambas manos a la vez, coordinando y equilibrando lo activo y lo pasivo que hay en él, añadiendo voluntad y pensamiento.

Es decir, armonizando las capacidades de potencia, resistencia y punto de apoyo. El viaje comienza en el este y acaba en las proximidades del Segundo vigilante. En el cuarto viaje, provisto de regla de 24 pulgadas y escuadra, que simboliza la Tau egipcia, la empleará para verificar la rectitud de los ángulos triédricos de la piedra y así adaptarla al trabajo del edifico en conjunto.

Inicia su viaje en el norte, próximo al Segundo vigilante, y acaba en el sur, próximo al Primer vigilante que le pedirá el signo y la palabra de pase. Si supera la prueba, iniciará el quinto y último viaje, denominado de retrogradación, consistente en una revisión, o reflexión en voz alta, de todas las actividades realizadas en los viajes anteriores, para que los examinadores tasen los esfuerzos y currículos del candidato.

Este repaso se realiza en este quinto viaje porque el cinco simboliza la caída del hombre, la involución del espíritu, la caída del yo en los lazos de la espiritualidad. Se inicia en la columna del norte y acaba en la del sur; es decir, siguiendo la altura de la escuadra que configuran los recorridos de los anteriores viajes.

Seis caras del Cubo

Es la auténtica piedra filosofal del masón, la representación de la Gran Obra masónica es el hexaedro regular o cubo, una figura geométrica compuesta por seis caras regulares, cuadrados, y ocho ángulos triédricos. En contraste con la tosca piedra vulgar, amorfa y sin tallar, el pilar cúbico representa al Maestro masón y, como él, está preparado para cumplir la función que el edificio social le demande.

Ideal de la perfección humana, el cubo representa las tres dimensiones físicas del espacio: Longitud, Anchura y Profundidad; que el masón interpreta como deberes que ordenan y rigen sus quehaceres, tanto mundanos como espirituales; que mide y organiza empleando la regla de 24 pulgadas, dedicando ocho horas para cada una de estas dimensiones espirituales, que cumplirá con rigor y justicia equitativa.

Llenará de trabajo y obligaciones las ocho horas de la longitud; de descanso y elevación individual e intima la dimensión de anchura; y, por último, empleará las ocho horas de la dimensión de profundidad para alimentar el cuerpo y el espíritu.

No es una casualidad que el desarrollo plano del hexaedro regular resulte una cruz latina compuesta por seis cuadrados que señalan dos direcciones planas (dirección vertical, con los sentidos norte-sur; y dirección horizontal con los sentidos este-oeste); las verticales vienen indicadas por cuatro cuadrados, y las dos horizontales, por tres.

De modo que, el cuadrado que sirve de unión a la verticalidad y a la horizontalidad, es común y superpuesto a ambas direcciones bipolares, correspondiendo al plexo solar, los pulmones y el corazón, cuando simboliza al microcosmos humano.

Siete dimensiones del espacio constructivo

El Santo Palacio o el Palacio Interior, en el Sepher Yetsirah, es el Centro del Mundo y está en el centro de las seis direcciones espaciales; es decir, las que establecen los cuatro puntos cardinales más los dos sentidos de la verticalidad, el arriba y el abajo.

Estas siete dimensiones componen el Septenario, insertado en el nombre divino, Jehová, representado por las cuatro letras iod [iey], hé [h], vau [a], hé [h], hyha; de las cuales, tres son distintas y una se repite, la hé [h]. Esta letra repetida sería el séptimo elemento, el centro alrededor del que giran las otras seis; y simbolizaría la inmanencia de Dios en el Mundo, la manifestación del Verbo Creador, el punto primordial del cual las extensiones indefinidas no son más que la expansión o el desarrollo.

ÁLVARO RENDÓN

16 de noviembre de 2013

  • 16.11.13
Huyendo de metonimias y metáforas que, por otro lado, ayudan a expresar conceptos abstractos que de otro modo resultaría difícil, el mito puede entenderse como el sustrato de ciertos hechos pretéritos que, convertidos en universales, pertenecen a la conciencia de la Humanidad. El mito es una conclusión común a todos los planos de realidad. De modo que cualquiera de ellos posee la capacidad para narrarlos. Aunque hay mucho más, dejemos las profundizaciones para otra ocasión.

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El ciclo, en cambio, es orden, secuencia repetitiva en la que suceden ciertos acontecimientos que tienen en común un determinado espacio-tiempo. Pertenecer a un ciclo es participar de ciertos rasgos comunes y diferentes respecto de los del ciclo anterior o del posterior. El ser humano es capaz de hallar diferencias aplicando contrastes, opuestos y contrarios, como flujo y reflujo, calor o frío, día y noche, quietud-movimiento, positivo-negativo, lleno-vacío, etc.

A partir de “hechos diferenciales”, analizados en función de esta bipolaridad, los estudiosos de todas las épocas de la Humanidad han podido especular hasta el infinito, integrando en ciclos de distintas duraciones, la hegemonía de un dios, la duración de una cultura o la vigencia de un modo de vida. Es como observar los años de vida de la Humanidad, desde sus inciertos orígenes hasta el presente, de modo global.

En esta visión genérica descubrimos que podemos establecer ciclos, de diferentes periodos de tiempo. Así, lo que entendemos por día es el ciclo-unidad que depende del período de exposición de la Tierra a la luz del Sol. Noche, es su ciclo contrario. Ambos dependen de la rotación del planeta alrededor de un eje imaginario y comprende aproximadamente doce horas de luz y doce horas de sombra.

Mediante la observación y el cálculo matemático aplicado a las estaciones, la Humanidad también puede constatar la existencia de ciclos en casi todo, incluso imaginar otros muy anteriores. Y, al compararlos entre ellos, llegar a la conclusión de la existencia de sólo cinco tipos de ciclos vitales:

1. Ciclos de instantes de duración. Son los relacionados con la vida a nivel celular y aplican los contrastes basados en lleno-vacío o inspiración-expiración, etc.

2. Ciclos naturales. Día-noche, de veinticuatro horas; pleamar-bajamar...

3. Ciclo anual, de 365 días, divisible en cuatro estaciones o en dos pares de estaciones agrupadas en frío-calor: otoño/invierno, primavera/verano. Este ciclo está ligado a movimientos de rotación elíptica en torno al sol.

4. Ciclo precesional, llamado de Hiparco (190-130 a.JC.) y confirmado por Kepler (1571-1670) de una duración aproximada de 2.215 años, tiempo que tardaría la tierra en girar en torno a la Estrella Polar. Los primeros cálculos fueron aproximados. Los sumerios (2.000 a.JC.) lo calcularon en 3.600 años, el resultado de dividir 43.200 años entre doce.

Los egipcios llamaron a este ciclo la era Sotana, de unos 1.460 años, a la que le añadían los 500 años de la vida del Fénix (o tiempo del Reino), completando los 1.960 años. Los vedas, lo estimaron en 2.000 años. Para Platón es un periodo de 2.159 años y, finalmente, Kepler lo ajustó a 2.150 años, idéntico al número que lleva su nombre.

Este ciclo zodiacal ha sido especialmente importante para comprender las grandes eras de la Humanidad y la venida de los avátares, o líderes mundiales. Si pudiéramos mentalmente remontarnos a miles de años de antigüedad, contemplaríamos los siguientes periodos zodiacales vividos por la Humanidad:

Era de Leo, marcada por la Esfinge de Gizeh, anterior a los orígenes de la civilización egipcia, en 10.900 a.JC; por lo que los que edificaron la esfinge tuvieron que proceder de un continente desaparecido o a punto de desaparecer. Es muy probable que este continente sea la Atlántida o Lemuria.

• Era de Tauro, el Buey Apis, en la constelación de Mentoe, iniciada en el 4.600 s.JC.

• Era de Aries, del carnero o o Amon-Ra, iniciada en el 2.300 a.JC. Este fue el carnero que Moisés mandó construir durante el Éxodo, una vez destruido el becerro de oro, símbolo de lo que dejaron en Egipto. Probablemente ocurrió así porque Moisés enunciaba con la Ley escrita a piedra y fuego el inicio de la nueva era, la de Aries.

• Era de Piscis, iniciada el 21 de diciembre de 120 a.JC, el avátara de esta era es probable que sea Jesucristo y la del Cristianismo.

• Y era de Acuario, que su entrada terminó el pasado 21 de diciembre de 2012. Viene representado la la figura del aguador, el joven Ganímedes raptado por Zeus para que escanciara licores en los banquetes.

Si le sumamos los 2.150 años que durará su influencia, durará hasta el 21 de diciembre de 4.172 d.JC.

Jesucristo anuncia su llegada con estas palabras recogidas por el apóstol san Mateo: “El que quiera ser grande entre ustedes, sea servidor de los demás; el que quiera ser el primero, hágase servidor de todos, igual que yo. No he venido a que me sirvan, sino para servir” (Mateo, 10:16). Por tanto, los seres de Acuario serán integradores, eclécticos y poseedores de conocimiento superior.

Amarán y desarrollarán mucha capacidad de servicio a los demás, de asistir a sus semejantes y controlar sus emociones. Serán como el agua que fluye y se adapta al recipiente que los contiene, así será el espíritu del ser Acuario.

Para el Yogi Bajan (La Mente, p.13), la era Acuario «será testigo de un cambio radical en la conciencia, la sensibilidad humana y la tecnología. El cambio central de esta nueva era enfatiza una sensibilidad incrementada, una evolución de nuestro poder de conciencia, y una nueva relación con nuestra mente».

Pero hemos hablado de cinco tipos de ciclos. El quinto es zodiacal, de 25.800 años (resultado de multiplicar los doce signos zodiacales por la duración de cada ciclo precesional). Astronómicamente, consistirá en un recorrido de la Tierra por todas las casas zodiacales.

Exactamente cuando el punto vernal (o punto donde se encuentra el sol en el equinoccio de primavera; es decir, el 21-22 de marzo de cada año) cruza por todas las constelaciones del Zodíaco. De ahí que predecir este punto vernal, o inicio del tiempo de siembra, fuera tan importante para todas las culturas sedentarias de la Tierra.

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2 de noviembre de 2013

  • 2.11.13
Con los escasos datos históricos que han llegado hasta nuestros días, todo parece indicar que el ser divino que resucitó y subió a los cielos (¿?) en cuerpo y alma, no existió. Sólo conocemos lo que la Iglesia ha conservado: los cuatro evangelios. En ellos, se afirma que nació en una casa en ruinas a las afueras de Belén, bajo la atenta mirada de una mula, que cargaba con los poquísimos enseres que portaban en su precipitado viaje a Egipto, y un buey, que no se sabe bien qué hacía en aquel establo.

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Nació durante la madrugada del 24 de diciembre, de una muchacha que era virgen antes, durante y después del parto –según el dogma de la Inmaculada Concepción-. En los evangelios también se dice que su padre era Dios-Padre, creador del universo (de lo visible e invisible, como afirma el Credo); y que san José sólo desempeñó el cargo de padre putativo, es decir, de padre administrativo.

Según san Agustín, «hay muchas verdades dentro del Cristianismo que no es bueno que el vulgo conozca, y hay otras que son falsas pero que es bueno que el vulgo crea». ¿Estamos, entonces, ante verdades falsas que el vulgo debe creer, o realmente existió un ser celestial, concebido de modo divino, y nació de modo casi mágico?

Parece raro, en todo caso, que un acontecimiento así pase desapercibido para sus contemporáneos, que nadie haya escrito nada, ni siquiera los “reyes magos” que le regalaron oro, incienso y mirra, pero que se abstuvieron de dejar constancia por escrito.

Parece ser que las únicas referencias de su existencia son de autores considerados cristianos, recopiladas a partir del Edicto de Milán, cuando la Iglesia se hizo fuerte. Son escasas las referencias escritas por personas ajenas al movimiento cristiano.

La primera cita es de Flavio Josefo, historiador judeo-romano que escribió las Antigüedades judías y La Guerra de los judíos. En el primero, se lee: «Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, el hermano de Jesús (llamado Cristo) y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados». (20.9.1)

Curiosa cita porque nos informa de dos cosas que la Iglesia sigue negando: que ese Jesús llamado Cristo tenía un hermano, Santiago, y que fue condenado a morir apedreado. Puesto que el Jesús que buscamos no tuvo hermanos, ¿podemos afirmar que se trata del personaje que buscamos o es un error cometido por este cronista judeo-romano?

Si el Jesús del que escribe Flavio Josefo es el Jesús-evangélico, hermano de Santiago, ¿también éste fue de Dios-Padre, de origen divino?, ¿la madre continuó siendo virgen después de este segundo parto? No nos cabe duda de que las mentes sesudas de la Iglesia deberán explicarnos estos misterios.

La segunda cita es del historiador Gayo Suetonio Tranquilo, conocido como Suetonio a secas, historiador y biógrafo romano durante los emperadores Trajano y Adriano. En su obra cumbre, La vida de los doce Césares (Vit. Caes., Claud., 25), escribió: «A los judíos, instigados por Crestus, (Claudio) los expulsó de Roma por sus continuas revueltas». Este Crestus no debió ser el Jesús-evangélico que dijo “dad al César lo que es del César”, sino que instigó a los romanos y organizó revueltas. ¿Quién fue realmente este Crestus?

La tercera, de Plinio el Joven, párrafos 5, 6 y 7, de su epístola al emperador Trajano: «(…) y que además maldijeran a Cristo (…) Éstos todos veneraron tu imagen y las efigies de los dioses, y maldijeron a Cristo (dijeron) que acostumbran reunirse al amanecer y cantan un himno a Cristo, casi como a un dios. Destacó que éste no presidió ningún proceso a los "cristianos" porque desconocía de qué se les acusaba, y que se limitaban a cantar himnos a Cristus como si fuera un dios (Cristus quasi Deo)».

Una cita más, de Tácito, Anales, 15.44.2 y 3: «Por lo tanto, aboliendo los rumores, Nerón subyugó a los reos y los sometió a penas e investigaciones; por sus ofensas, el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato; reprimida por el momento, la fatal superstición irrumpió de nuevo, no sólo en Judea, de donde proviene el mal, sino también en la metrópoli (Roma), donde todas las atrocidades y vergüenzas del mundo confluyen y se celebran». Y no hay más.

Ninguna referencia de contemporáneos tan prolijos como Séneca (muerto en el 66); Petronio o Lucano (muertos en el 65); Filón de Alejandría (muerto en el 54); Plutarco, Quintiliano, etc. Lo que sí parece cierto es que el Cristianismo más parece una tosca adaptación de mitos ancestrales que ya existían (y siguen existiendo, porque forman parte de la memoria de la Humanidad), como la escatología egipcia del mito de Horus; Mitra, en Persia; o Krishna, en la India, que además, fue la segunda persona de la Luna-trinidad y, curiosamente, fue perseguido por un tirano que asesinó a miles de niños. Todos ellos coinciden en haber nacido un 25 de diciembre, en rodearse de doce discípulos (zodíaco), resucitar, subir a los cielos y ser llamados hijos de Dios.

Y es que, en palabras de Albert Schweiter, filósofo y Premio Nobel de la paz de 1952, «el cristianismo moderno tiene que contar con la posibilidad de que en cualquier momento haya que rectificar la historia de Jesús».

ÁLVARO RENDÓN
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