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14 de diciembre de 2013

  • 14.12.13
En 1854, Pío IX hizo una declaración tan trascendental que alteraría para siempre el rumbo de la historia de la Humanidad: proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. El Santo Padre, en su bula Ineffabilis Deus definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen.

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«La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

Desde Roma, cantidad de palomas mensajeras volaron en todas las direcciones llevando la buena nueva urbi et orbe. En los 400.000 templos católicos del mundo se celebraron grandes fiestas con toques de campanas, luminarias nocturnas, y misas; en los cientos de miles de conventos de clausura repartidos por la faz de la tierra las monjitas se regocijaron y recibieron la noticia con albricias y arrobos místicos.

La proclamación de la Inmaculada Concepción de María zanjaba una enconada disputa teológica entre franciscanos (inmaculistas) y dominicos (maculistas) que se remontaba a varios siglos y había sembrado la cizaña entre dos órdenes prestigiosas que quizá anduvieron tan obnubiladas en la defensa de sus respectivas posturas que descuidaron parcialmente el amor fraterno que como hombres de Dios se debían y deben.

Una piadosa leyenda franciscana asegura que, mientras el rifirrafe clerical arreciaba, las imágenes de la Virgen cobraban vida milagrosamente para asentir con la cabeza ante las peticiones de auxilio de los inmaculistas, como animándolos a proseguir la lucha en defensa de su pureza.

Pero, ¿por qué se decidió Pío IX a dar este importante paso de definir un dogma, amenazada la Iglesia, espiritual y territorialmente, por el modernismo y la independencia de Italia, confiándole la resolución de la discusión entre franciscanos y dominicos al Cardenal Lambruschini?

“No le encuentro solución humana a esta situación”, confesó abatido el papa. Y el cardenal le respondió: “Pues busquemos una solución divina. Defina Su Santidad el dogma de la Inmaculada Concepción”. ”¡Mecachis, pues es verdad!”, exclamó el Pontífice. Fue un momento de intensa iluminación, el hito mariológico más importante desde la Anunciación; aunque no acabó con la controversia.

España, como nación consagrada a la Inmaculada Concepción, detenta un privilegio que nos envidia el resto de las naciones de la Cristiandad: nuestros sacerdotes visten una casulla azul en día tan señalado.

Los monarcas juraban defender dicha creencia al acceder al trono. En muchas universidades, los alumnos juraban defender la Inmaculada Concepción con la espada si fuera necesario; Murillo y otros pintores pintaban Inmaculadas por encargo de reyes o conventos franciscanos…

Entre todas las ciudades, Sevilla (muy leal y mariana) destacó por sus entusiasmos inmaculistas: los poetastros componían versos defendiendo la limpieza de la Virgen, los ciegos cantaban en plazas y mercados; los niños jugaban a la Inmaculada…. Y en ella se divulgó el saludo “Ave María Purísima”, con su respuesta automática de “sin pecado concebida”, con el que aun hoy se saluda a la monjita que nos vende las yemas y la mermelada de tomate en el torno del convento.

Una defensa tan apasionada mereció que, en 1864, la Santa Sede recompensara a los católicos españoles nombrando a la Inmaculada Patrona de España, sin demérito de Santiago, Santa Teresa y los otros patrones que esta bendita tierra ha merecido.

ÁLVARO RENDÓN

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