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Manuel Bellido Mora | Hidalgo Trillo: las Hermanas del Comercio

“La familia Hidalgo Trillo vivía en la calle San Fernando, en la fábrica de las pellizas, porque mi abuela, Dolores Trillo, era allí la maestra. Cuando la fábrica cerró, se marcharon a la calle Zarzuela Alta, donde montaron una tienda que la llevaban mi madre, Aurora, y mi tía Lucía”, me apunta, para empezar, Maricarmen Raya Hidalgo.

Fábrica de las pellizas en la calle San Fernando.
FOTOGRAFÍA: EL RINCÓN DE MONTILLA

Aquí está la raíz, el principio que lo explica todo. Dolores equivalía a fuerza, a instinto organizativo y a bondad. Parió ocho veces (seis mujeres y dos varones), gobernó con templanza su casa y la ajena. Enseñaba y corregía sin aspavientos.

Era como una madre superiora en un coro de hacendosas y aplicadas pupilas. Sabía mandar sin herir. Instruyó a una plantilla mayoritariamente femenina. Ahí está, en el centro, dando equilibrio a una escena que tiene algo de conventual. La suave luz lateral le da un aire de cuadro clásico, como de Johannes Vermeer.

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La imagen, con delicada serenidad, deja filtrar una especie de callada laboriosidad, entre máquinas de coser, mandiles y alguna mirada tímida de niña medio escondida, acaso adolescente. Ella explica y deja, casi imperceptible, que cale su magisterio. Y, lo más crucial, sembró en su misma prole la semilla atareada del comercio. Por eso, cuando daba a luz, en cierto modo también encendía esos minúsculos ojos iluminados que vienen a ser las pequeñas tiendas en los pueblos.

Cuatro de sus hijas —Luci, Sole, Aurora y Conchi— pasaron media vida detrás —o delante, según se mire— de un mostrador. Solo Loli y Mari no siguieron este mismo camino. Pero, al remontarnos, el origen estuvo en aquella legendaria factoría, un gineceo que quitaba el frío.

Allí se confeccionaban chaquetones, gabardinas y otras prendas de abrigo, todo de la mejor categoría “e insuperable presentación, hasta el extremo de haber tenido que registrar su marca para evitar imitaciones de otras localidades de España que diciendo eran pellizas de Montilla las enviaba al mercado”.

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De esta manera, se consignaba tan excelente calidad en un reportaje periodístico publicado con motivo de la Feria de El Santo en el diario republicano cordobés La Voz. En la información, en la que se efectuaba un somero repaso a la actividad económica de Montilla, se aducía que esta firma daba empleo a casi dos centenares de personas entre oficinas y talleres.

En su Callejero y Memoria íntima de Montilla, Enrique Garramiola Prieto sitúa esta industria textil en una casa situada frente a La Andaluza. Fue una empresa afamada con ventas a toda España que estuvo ubicada allí hasta la década de los años sesenta, según especifica el cronista en el detallado estudio titulado Fábrica y comercio de pellizas de Miguel Moreno García (antiguo dependiente del comercio de José María Naranjo en la calle Herradores).

Cuando la fábrica de las pellizas fue declinando al proliferar la competencia a costes de facturación más bajos, la familia Hidalgo Trillo puso la vista en la tienda de Zarzuela Alta. De algo había que vivir. Por aquel entonces, Aurora Hidalgo tendría unos 19 años y su hermana Lucía, unos 13.

Aurora Hidalgo Trillo, en su supermercado de la calle Ortega.
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: MARICARMEN RAYA HIDALGO

En pocos meses, el negocio empezó a marchar bien. Era el momento, pues, de dar un nuevo paso con la adquisición y apertura de La Sucursal (uno de los pioneros, si no el primero, de los supermercados locales). Concebido como autoservicio, vino a introducir las nuevas formas de consumo en Montilla.

Entre el entorno del Cerrillo de San José y la Corredera se estaba forjando una estirpe de mujeres dispuestas a ganarse la vida por su propia cuenta, vendiendo y comprando. Es casi insólito dar con una casa en la que cuatro de las seis hijas fundan tiendas como quien funda monasterios. Ellas –y no hay irreverencia en esto– son las Hermanas del Comercio. Y en esta misión, enseguida encontraron ayuda en su misma familia.

Arturo Hidalgo Trillo, siempre muy activo en diversos ámbitos, estaba enrolado en una bodega como conductor, y más tarde entró a formar parte de la administración y oficinas en Bodegas Navarro. Arturo aprovechaba los viajes que realizaba con el camión para acarrear mercancía a la tienda.

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Aurora Hidalgo Trillo se casó con 23 años y se mantuvo en La Sucursal hasta que se decidió a abrir, junto a su marido Miguel Raya, su propio establecimiento en la calle Ortega, en la misma casa en la que vivía. Era una tienda pequeñita, hasta que en 1986 montó un supermercado en la acera de enfrente de su vivienda. Lo cerró en 1992, al llegarle la edad de jubilación.

“La tienda de mi madre ha tenido una importancia enorme en nuestras vidas, ya que al estar integrada en la casa como una estancia más, ha hecho que nuestro mundo en la infancia y la juventud gravitara alrededor de ella”, me explica Maricarmen Raya.

“Apenas había secretos con los vecinos y clientes. Y la convivencia era muy estrecha para lo bueno y para lo malo. Tan solo en el último periodo de la vida laboral de mi madre, la tienda se trasladó a un local diferente e independiente para adaptarse a los nuevos tiempos”.

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Quien se haya criado en negocios de este tipo reconoce de inmediato la escena. Sabe que existe una ley no escrita mediante la cual una puerta que está cerrada, en realidad, nunca lo está. Es mera apariencia. Aquello a deshoras venía a ser un anticipo de la compraventa online. Activa todo el tiempo.

“El hecho de tener la tienda en nuestra propia casa suponía que las puertas siempre estuvieran abiertas, por lo que todos los niños de la calle y amigos entraban y salían sin impedimento alguno. Mi madre siempre estaba dispuesta a ofrecernos todo lo que tenía y disfrutaba más que todos nosotros viéndonos jugar”.

“Incluso cuando la tienda estaba cerrada, los vecinos sabían que podían llamar. Y ser atendidos de los olvidos e imprevistos. Es más. Puede decirse que el teléfono del comercio también era de uso comunal. Estaba disponible a todas horas para conferencias y llamadas cuando el servicio telefónico aún escaseaba o era un bien bastante limitado y caro”.

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Podía parecer un pasatiempo infantil, pero no lo era. Desde fuera, algunos chiquillos veían aquello como una especie de cuerno de la abundancia. Estanterías y repisas repletas de tentadoras viandas. ¿Quién no ha sentido la tentación de ser tendillero a ratos para disponer libremente de todas las delicias que allí se exponen?

“A mi madre le encantaba, cuando éramos pequeños, que estuviéramos con ella en la tienda para ayudar a despachar. Y a los vecinos les hacía mucha gracia. Luego, ya de mayores, había que aportar algo más que entretenimiento. Y así, de vez en cuando, ayudábamos de verdad”.

Es mucho lo que se agolpa en la memoria casi a borbotones cuando la niñez ha ido aparejada al día a día de una tienda, al sabroso olor de las especias, al ruido de la calle mientras entraba —o no— la clientela... “Tengo muy buenos recuerdos cuando mi madre y yo nos sentábamos en la escalera junto a la tienda, cuando no había clientes, claro, charlando y haciendo croché, mientras desde allí vigilábamos la tienda por si llegaba alguien”.

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“De aquel negocio estaban siempre pendientes nuestros padres y, a pesar de todas las horas dedicadas al trabajo, que eran muchas, nunca sufrimos ningún tipo de ausencia o de falta de atención. Muy al contrario, mis padres siempre estaban allí, dándonos todo lo que necesitábamos y en el momento oportuno”.

Que te sacaran de la escuela antes de tiempo era una rutina, y mucho más si eras mujer. A Lucía Hidalgo Trillo solo le dio tiempo a cursar estudios primarios. Me encontraba con ella cada mañana cuando le llevaba una banasta con panes.

El signo de los tiempos, entonces, era empezar a llamar a lo de siempre de otra forma. Las dependientas pasaban a ser "detallistas". Y esta corriente artificial, como de laboratorio, es algo que, lejos de aminorarse, tiende a aumentar. Ahora, a la sombra la denominan "zona de confort climático".

Lucía Hidalgo Trillo, primera por la derecha, junto a sus hermanas.
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: MARICARMEN RAYA HIDALGO

Con el desarrollo de este sector y la introducción del marketing en la gestión llegó también una terminología diferente, al estilo tecnócrata. El tradicional ultramarino, aquello tan exótico de coloniales y comestibles, fue reemplazado sin contemplaciones por el "súper" y el "híper". Era el anuncio de la incipiente implantación de las grandes superficies, también en los pueblos. Luci lo vio venir.

Fue abandonar el colegio y empezar a trabajar cuando todavía andaba entre la niñez y la adolescencia. Ella terminó sustituyendo a su hermana Sole, algo mayor en edad, en aquel modesto colmado. Allí, tras el escueto mostrador, pasó media vida. Le gustaba despachar y tratar con la clientela, pero pronto se dio cuenta de que aquello iba en serio.

La pequeña tienda de Zarzuela Alta estaba casi haciendo esquina con la calle Altillos, en una zona donde abundaban lagaretas y bodegas, casi todas ellas medianas o más pequeñas. “Mi hermana Sole fue la primera que estuvo allí. Y después, cuando ella se casó en 1960 y se mudó al barrio de las Casas Nuevas, fui yo la que pasó a hacerse cargo de aquel negocio. Luego, mi hermana, junto con su marido, Miguel de la Torre, abrió su tienda particular en las Casas Nuevas”, me cuenta Luci en una agradable charla.

Sole Hidalgo Trillo.
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: MARICARMEN RAYA HIDALGO

Cada día camina un rato. Sale ella a pasear, ayudada de un andador, y también se airean los recuerdos, aunque estos afloran espontáneos, sin ayuda. Cuenta y no para. Y yo con ella, al escucharla con atención, revivo mi propia historia.

“Mi hermana Conchi estuvo en la Corredera, con Dolores Córdoba (lo que luego fue La Sucursal), pero como Dolores tenía una hija en Sevilla, terminó dejando su puesto, ya que, además, sufrió un grave accidente de tráfico que lo complicó todo. Con lo cual, Conchi, con el apoyo de mi hermano Arturo, se hizo cargo de aquella tienda que posteriormente transformó en el primer supermercado de Montilla”.

La de Luci Hidalgo era una de aquellas tiendas de barrio ("comercio de proximidad", se diría ahora) que abrían al rayar el día, y mucho antes aún, alrededor de las seis de la mañana, para atender a quienes, con la oscuridad encima, se aprestaban para ir al campo a echar el jornal.

Anuncio publicitario de La Sucursal.
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ANTONIO MERINO MENOR

“Iban los maridos a ver si les salía trabajo para la semana o para alguna jornada suelta, y si había suerte, sus mujeres acudían a la tienda para preparar el fardelillo, como se solía decir. Cuando esto sucedía, había una cierta bulla a primera hora, pero después la cosa se relajaba bastante y se iba funcionando todo el día atendiendo a todo el que llegaba”.

“Yo tenía una buena clientela. Echaba el día entero en la tienda y apenas podías disfrutar del descanso a mediodía, porque la gente, si veía que estaba cerrado, tocaba en la puerta de la casa”, recuerda. Con el paso del tiempo, el personal se fue volviendo más respetuoso y entendió que no era cosa de ir a deshoras a molestar para remediar algún desavío. Que me falta pan, que necesito arroz, mira, que he mirado y no tengo sal. Esto ya desapareció. Menos mal. Aquellos horarios intempestivos se fueron suprimiendo y empezó a abrirse a las ocho de la mañana, como muy pronto.

Luci Hidalgo Trillo siempre fue muy capaz; se desdoblaba si era necesario, pero también tenía que estar pendiente de sus hijos. Debido a esto, contrató a una persona de confianza para echarle una mano, mientras ella preparaba todo lo necesario para que los críos llegaran a tiempo al colegio.

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“Siempre necesité una ayuda porque la tienda exigía mucho. Y yo tenía de todo. Lo mismo se vendía charcutería, por supuesto, que disponía de una especie de pequeña sección de mercería, con carretes de hilos, botones, dedales, agujas y todo lo preciso para desenvolverse bien en el hogar”.

Pero, a pesar de que todo marchaba bien, no todo fueron alegrías. También hubo malos ratos, me confiesa Luci: “para qué lo voy a negar”. Lo peor, lo que le dejó un duradero mal sabor de boca que aún le duele, es sentirse traicionada por alguna de las personas en las que confió como auxiliares.

“Hubo una que metió la mano en el cajón. Las había con buena voluntad y no tocaron nada, pero, en cambio, tuve algún que otro desengaño, porque una vez noté que faltaba parte del dinero que yo había reservado para abonar la mercancía que cada lunes nos servía el almacén de José Padillo Delgado”. “Llegó un momento en que, de pronto, me encontré con que no tenía lo suficiente para pagar la factura. Al final, la descubrimos. Fue muy desagradable. Pidió perdón, pero el dinero no lo devolvió”.

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Luci ha sacado adelante a tres hijos. Le queda la pena de una niña que falleció prematuramente, siendo muy pequeña. La tienda era su día a día, mientras que su marido, Agustín Trapero, estaba dedicado en exclusiva a sus negocios en la construcción.

“Él se levantaba muy temprano para ir a por la fruta hasta el almacén de Carpio. Cuando yo abría, eso ya estaba aquí. Me la dejaba colocada y bien puesta, cada cosa en su sitio, para facilitar la compra a la clientela. En esto me ayudó bastante”.

Pero, aunque el peso del negocio lo llevaba ella, era habitual que los proveedores extendiesen las facturas a nombre del marido, Agustín Trapero, aunque en la práctica todo dependiese de la mujer. Para Luci Hidalgo, esta anomalía, este hecho chocante que no se ajustaba a la realidad cotidiana, hay que entenderlo como una forma de respeto al marido. Entonces, a efectos formales y de trámites administrativos, era imposible dar un paso sin el consentimiento del consorte.

Anuncio publicitario de La Sucursal.
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: ANTONIO MERINO MENOR

En este sentido, las leyes eran inflexibles, tal y como subraya el abogado Antonio Salido Mendoza. “En aquella época, obviamente, se necesitaba el consentimiento marital. Es decir, la facultad de contratar en cualquier ámbito, en el mercantil o en civil, para la mujer no existía. Hacía falta la autorización del cónyuge para abrir una cuenta bancaria, desarrollar un negocio o bien hacer cualquier acto de administración patrimonial o ganancial, que es una reminiscencia del código civil napoleónico”.

Antonio Salido explica que hasta 1981, en que se modifica la normativa y se establece el divorcio, se necesitaba el consentimiento del esposo para cualquier actividad empresarial, aunque ya no de una forma tan férrea. Y no importaba que fueran negocios muy pequeños. La mujer podía estar al frente, pero siempre bajo supervisión del marido.

Había excepciones para casos de viudedad, pero también es verdad que, en estos supuestos, se necesitaba un certificado de buen comportamiento, cuya expedición estaba supeditada a las autoridades locales. Era una desventaja absoluta que se modificó con la entrada de la democracia.

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En vista de la buena aceptación, Luci y Agustín decidieron ensanchar la superficie de la tienda, aprovechando un comedor contiguo. Con esto, ella se movió más a sus anchas, pudo aumentar los artículos disponibles y la clientela lo agradeció. Vino bien aquella obra de ampliación. Decidió finiquitar todo cuando los hijos estudiaron y fijaron su futuro laboral fuera de Montilla, en Madrid. Y allí siguen. La edad, naturalmente, después de tantos esfuerzos, también aconsejó parar.

Por una razón u otra, esto mismo iba a repetirse con su hermana Sole, tan valerosa y resuelta. Cuando se mudó al barrio de El Gran Capitán, Sole Hidalgo Trillo se apañaba con poco. Arrendó una pieza, un cubículo en la calle Inca Garcilaso, cerca de Alvear.

Era parte de un portal de la familia Folia. Dentro, ella gobernaba con determinación tan escueto espacio. Echaba allí, de pie, más horas que un reloj; si acaso lo abandonaba cuando iba un rato a comer a mediodía. Y a descansar, o por lo menos tratar de hacerlo, por la noche.

Calle del Inca Garcilaso.
FOTOGRAFÍA: JUAN PABLO BELLIDO

Marisol de la Torre Hidalgo, que también lleva en su ADN el amor al comercio, recuerda que, por las tardes, se tenía que quedar en casa de unos vecinos, porque su madre no daba más de sí. No paraba un momento. Cuando terminaba en la tienda, le esperaban las tareas domésticas en la casa con seis hijos que tenía. Estaba al pie del cañón todo el día.

“Recuerdo que, cuando estaba con el embarazo muy avanzado y a punto de parir, le decía a la clientela: este fin de semana tengo a mi hijo, pero el lunes ya estoy aquí con mi niño. Y esto era radicalmente cierto porque, en efecto, cuatro de sus seis partos los tuvo en fin de semana. Y estaba lista para ya seguir trabajando enseguida, sin tiempo de recuperación”.

Sole se las arreglaba sin ayuda, aunque al principio del matrimonio, durante algún tiempo, tuvo a su lado a Miguel de la Torre, su marido, si bien esta situación no se prolongó demasiado, ya que él se tuvo que ausentar para entregarse por completo a su labor de transportista en los Picos Panadero.

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Era capaz, independiente y desenvuelta. Consiguió la licencia para conducir cuando esto todavía era infrecuente entre las mujeres. Lo necesitaba para no depender de nadie cuando se trasladó, con la tienda, a la calle Doctor Raúl Porras, donde tenía el piso familiar. Tuvo que sacrificar una parte de él, en concreto los dormitorios, para que el comercio fuera un poco mayor, aunque lo compensó quedándose la vivienda de arriba.

Abajo, a nivel de calle, estaba la tienda junto al salón comedor, la cocina, un aseo y un patio que servía de minúsculo almacén. Y en la otra planta estaba el cuarto de baño, los dormitorios y algo de desahogo. Se aprovechaba hasta el último centímetro.

“Cogía su coche y se alargaba hasta donde hiciera falta para abastecerse de mercancías que no le había servido el camión de reparto. Ella iba directamente, no necesitaba de nadie. Pero el carnet de conducir también se lo sacó para atender mejor a sus seis hijos cuando había que llevarlos para acá o para allá, porque estábamos apuntados en diferentes colegios, en San Luis y en los Salesianos”.

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Se notaba que Sole pertenecía a una saga de mujeres valientes y esforzadas, decididas y con empuje como su abuela Dolores, que nunca se achicó a la hora de tirar para adelante en la empresa de las pellizas. Eran los abrigos que se hicieron para después de la guerra. Ropa modesta, pero resistente para una época tan precaria. De esa herencia, de este coraje inacabable, puede presumir Marisol.

“Ellas, mi madre y sus hermanas y hermanos, crecieron viendo trabajar a mi abuela. Y esto resultó decisivo, porque ella era la que llevaba la carga familiar. No le quedaba otra, ya que que mi abuelo sufría depresiones. Todo esto marca mucho, claro está”.

“Por eso, todas mis tías y, por supuesto, mi madre, siempre quisieron ser mujeres autosuficientes y libres. Querían disponer de su propia autonomía para ser dueñas de su propio negocio. En las reuniones familiares se hablaba del día a día, pero asimismo siempre estaba presente en las conversaciones la marcha de los negocios. Era inevitable”.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES

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