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Manuel Bellido Mora | Tendilleras: Carmela Tejada Aguilar

Era asomar el invierno con su barba blanca y, de inmediato, en la Canda y el Padornal se iniciaban las acostumbradas restricciones en noviembre. Tornavacas era otro que echaba el cierre cuando el frío arreciaba, con temperaturas capaces de entumecer el aire.


Por encima de los mil metros, la calzada adquiría el aspecto de una pista de patinaje. Durante días, el tráfico se resentía en estos altos de montaña invadidos por el hielo y la nevada. Hace poco, al pasar por allí camino de Galicia, he recordado todo esto.

Lo sabía de memoria no porque yo tuviera que transitar por estos legendarios puertos, cuyos nombres se me quedaron grabados por su cansina reiteración (sonsonete temido por camioneros y toda clase de conductores), sino de oírlo cada día en Radio Nacional de España. Tal parecía, al arreciar el temporal, que la escarcha y la ventisca salían por el altavoz del transistor, que se ponía junto a la boca del horno.

En una ronda de conexiones con emisoras regionales, el locutor hablaba del estado de las comunicaciones por carretera, ya que, entonces, resultaba complicado explicar el estado real del país, sometido como estaba a la agonía de Franco.

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Cuando, antes de amanecer, mis hermanos y yo salíamos a repartir el pan, tortas y hojaldres a las tiendas, también sabía por la información radiofónica que, por lo general, los trenes resultaban rigurosamente impuntuales. Era lo corriente en un país que, entonces, estaba en vías de desarrollo, como le gustaba repetir a las autoridades en sus declaraciones oficiales.

Casi todos, en su desesperante lentitud, circulaban fuera de su hora. Venía a ser, esto del proverbial retraso de nuestros ferrocarriles, un reflejo de la realidad española, tan distante de la europea en 1975. Aún de madrugada, resonaba como un eco insomne el pitido del expreso nocturno a Madrid al atravesar la campiña. Poco después, la bocina de Bodegas Alvear (bueno, la sirena, que suena más agradable) y el resuello metálico de una persiana terminaba de despertar una parte del barrio, como los machadianos gallos de la aurora.

Del Café-Bar Gran Capitán llegaba el inconfundible olor a aguardiente y café exprés. Lo gobernaba Manuel de la Torre León, desde su alta barra, tal vez la más elevada de las que había en Montilla, lo que aumentaba la autoridad del tabernero, como si estuviera en un púlpito. Disponía de un gran ventanal que se abría en verano para que entrara el aire, con el nombre del bar en letras de molde de sabor medieval.

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Ella la levantaba de un tirón, arrancándole un quejido seco y prolongado, tal era su firmeza. Empezaba la jornada. Mejor que yo lo cantaba Lole Montoya y Manuel Molina que, por entonces, acababan de grabar Nuevo día, su primer disco: "El aire huele a pan nuevo, el pueblo de despereza, ha llegado la mañana".

Carmela Tejada Aguilar poseía una energía antigua, y una rara y valiosa intuición para los negocios. Era también una costurera primorosa que satisfacía con su arte en el bordado los encargos más exigentes. Las tijeras, abiertas baten la esgrima forzosa de sus alas, escribió Miguel Hernández que sentía predilección por las sastras (Josefina Manresa, su mujer, lo era): la aguja avanza por la tela en su mano, asomándose y encendiéndose, huyendo de su huella delgada.

Carmela, cuya figura recia era a la vez delgada como alfiler, pertenecía a los que viven por sus manos, no a los ricos, como bien diferenciaba Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre. Eran unos versos lapidarios que el mío, Manuel Bellido Bellido, aprendió en el Colegio Salesiano para nunca jamás dejar de repetirlos.

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Su finura con el bastidor llegó al cabo de la calle. Realizó con inmejorables resultados todo el ajuar de la familia Garnelo. La fama con el dedal y la aguja, hizo que nunca le faltara tarea. Tenía unas manos maravillosas de las que salían mantelerías, juegos de sábanas y toallas de la mejor calidad.

Lo fue dejando poco a poco cuando su vida tomó otro rumbo al casarse con Francisco Urbano. Su marido tenía una serie de hornos para hacer carbón, el combustible con el que se calentaba la gente, a falta de estufas eléctricas, que apenas había y además, costaban más caras.

Llegó a las Casas Nuevas con su familia dejando atrás un trauma que nunca olvidó: el asedio de unas llamas devoradoras e imprevistas. Ocurrió en la casa que tenía en la calle La Cruz, frente al Llanete. Tantos años después, su hija, Antoñi Urbano Tejada, lo recuerda con toda nitidez, también con cierto espanto, como todas esas cosas que se quedan grabadas a fuego.


“Cuando nos fuimos allí a vivir, también estaba Manolita Bujalance y su esposo, que trabajaba en Bodegas Navarro. Como aquella vivienda era muy grande, le pidió a mi padre quedarse allí mientras le preparaban un nuevo hogar. Al ser la casa tan espaciosa, había sitio de sobra y mi padre trajo una carga de carbón de canuto. Lo metió allí, y Manolita tenía un horno de petróleo, con una garrafa”.

“Claro, el carbón y el petróleo resultó una mezcla peligrosa. Y todo salió ardiendo. Esa noche, yo dormí fuera con mi abuela. Fue un tremendo incendio, que incluso afectó al tejado, que se hundió. Y a partir de ahí, mi madre no quería casa ni bendita. La vendió y nos fuimos de alquiler a la calle San José. Y de allí a un piso en las Casas Nuevas, por encima de la farmacia de Puig. Fue ahí donde surgió la idea de abrir una tienda de comestibles”.

Un día, sentada en la salita mientras cosía, cuando ya estaba instalada en el barrio, Carmela Tejada, al mirar por la ventana, se dio cuenta de un detalle. Muy cerca, en la calle El Pulsista, estaban ultimando un local, tipo cochera, en una propiedad de Berral, el guarnicionero.

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A ella, tan decidida y valiente como era, le pareció ideal para abrir una tienda. Un pequeño comercio de comestibles. A Antoñi, que era una chiquilla, le entusiasmó el proyecto. Bajaron juntas, preguntó condiciones y enseguida convinieron un precio. A las pocas semanas, ambas ya estaban de tendilleras, con la ayuda del padre que se encargaba de llevar suministros (frutas y otros productos) cada mañana.

Francisco Urbano era un hombre de fuerte carácter. Le gustaba la formalidad. Imponía respeto. Pero, a la vez, se atemperaba y resultaba de lo más cordial. Dejaba hacer a Carmela. Portaba un sobrenombre que hablaba por él, que lo definía: El Duende. Él se limitaba a ir por la fruta y la hortaliza. Iba a Córdoba a comprar, pero nunca reconvino a su mujer, ni impuso nada en el funcionamiento de la tienda. Eso lo dejaba en manos de Carmela.

Entendía que aquel negocio lo había puesto su esposa y que ella sabía perfectamente cómo gestionarlo. Y sin embargo, pese a que era ella la que lo regentaba y estaba pendiente de todo, el vale del pan, las facturas, no iban a su nombre, sino al del esposo. Era lo normal aquellos años cuando todo giraba alrededor de la figura masculina, casi por ley.

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Al poco de la apertura ya contaban con una clientela fija que allí se abastecía de toda clase de alimentos, muchos de ellos despachados al peso, como legumbres, azúcar, leguminosas... Incluso el aceite se servía de esta guisa. “Era todo a granel, es lo que había en aquellos años. ¿Tú no te acuerdas de esto? Pocas cosas había envasadas. Teníamos una máquina que mediante una manivela permitía suministrar el aceite de oliva en pequeñas cantidades”.

Era maravilloso el ruidito que hacía ese tipo de dispensador acristalado, las burbujitas que removían el líquido dorado, y el olor inolvidable. Daban ganas de ponerse en el mostrador para poner en marcha aquel mágico mecanismo. Era una sensación estupenda. Y mucho más cuando se derramaba en el pan. Una gloria.

En todo el Barrio de El Gran Capitán abundaban este tipo de establecimientos. Disponían de un espacio reducido donde se amontonaban los víveres, aprovechando hasta el último rincón, pero tenían lo básico y necesario. En pocos metros cabía todo: el mostrador, una balanza, sacos de yute, estanterías, conservas, longanizas y embutidos al corte. Ponme un cuarto de mortadela y también cien gramos de salchichón, aquel soniquete que estimulaba el apetito.

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Carmela Tejada Aguilar que, como otras personas de su familia, parecía haber nacido con un don para la compraventa, tuvo a pocos metros otros dos notables negocios (eran más amigos, que competencia): la tienda de Paco Padillo y la de Márquez Valls, ambas en la avenida María Auxiliadora. Y las dos, además, establecidas a modo de sucursales de sendos almacenes de coloniales que administraban estas familias.

Antonia compaginaba el horario escolar con la tienda. Echaba una mano antes de ir al colegio y seguía cuando dejaba aparcadas libretas, cuadernos y apuntes. Sin ella saberlo, también estaba creciendo algo más: el instinto comercial. De hecho, siempre ha tenido negocios, aunque no de alimentación. La agudeza la aprendió en casa, sin separarse de su familia.

“Mi madre, para eso de trabajar, siempre ha sido una leona”, nos dice. “Igual que mi padre, que no paraba de dar portes con el camión. Pero él, en todo lo que tenía que ver con la tienda, le daba plena libertad. Ella decidía lo que se compraba y se vendía. Ella llevaba el peso. Por eso, cuando mi madre se puso mala y se operó, mi padre decía: «esto hay que quitarlo». Porque él no se veía detrás del mostrador”.


Más que clientes, Carmela tenía amigas. Las conocía a todas por su nombre; era gente del alrededor, cercana y familiar. Eran vecinos entrañables, muy buenos, de confianza. Al cabo del tiempo cuando sale a pasear, Antoñi comprueba que se sigue recordando con cariño a su madre. Socorrió a quienes urgía hacerlo. Y eso queda en la memoria.

Una vez, cuando tuvo a su hija Antonia, recibió un regalo inesperado, frágil y delicado, casi evanescente. Tierno en esencia. Apenas tenía dinero. Era una mujer muy pobre que le envió una caja de polvos de talco. Una alegría leve para recompensar la bondad y el afecto. Suave como el tacto de la solidaridad.

“Abríamos cuando aún faltaba para que rayara el día, alrededor de las siete de la mañana, algunas veces antes, y estábamos hasta bien entrada la noche, en particular los sábados que es cuando había más bulla, porque era el día de cobro, cuando pagaban en el campo y en las empresas el sueldo semanal”.

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“Ese día atendíamos al público hasta casi medianoche. Había que esperar a quienes no podían ir hasta última hora. Era muy diferente de lo actual. Ahora, los supermercados y las pocas tiendas que van quedando tienen su horario fijo de apertura y cierre”.

Poco tiempo después, aquella tienda inicial, que medía poco más que una plaza de aparcamiento, se mudó a otro local, más amplio, en una casa cercana situada en la avenida de María Auxiliadora, a escasos metros. Era domicilio y negocio, todo unido, con espacio para almacén, lo que evitaba tener que acarrear las cosas de un lado a otro. “Para mí fueron años decisivos. Aprendí a hablar con mucha gente, me fui soltando, porque yo era muy tímida. Y sin embargo, yo creo que el contacto con la clientela, el trato directo con el público me ayudó bastante”.

Poco a poco se fueron produciendo cambios. Ya no era preciso abrir tan temprano, pero, a la vez, la salud de Carmela se fue resintiendo (no su ánimo, que nunca decayó). La tienda ataba mucho. Exigía plena atención, lo que termina agotando al más pintado.

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Carmela decidió parar con 56 años. Le fallaban las piernas, tal vez como secuela tardía de aquel fuego, del que escapó dando un salto que le fastidió los pies. La tuvieron que operar, lo que le restó algo de movilidad. No podía estar en planta tantas horas. El incendio la marcó. Pero no la descompuso. Hasta el final de sus días, con los noventa años más que cumplidos, salía a la calle arreglada y elegante.

Por eso, ella se fue apartando y durante un periodo, la cogió Miguel, el hermano de Antoñi que, más tarde, montó con unos socios la Distribuidora Regional, una empresa especializada en productos de limpieza, perfumería y droguería que sigue activa, con una posición de liderazgo en este sector.

Al final, cuando también los hábitos de consumo fueron modificándose y empezaron a implantarse los primeros supermercados, la tienda de Carmela La Mazantini, como cariñosamente se le conocía, terminó desapareciendo. Ella también era valiente como aquel famoso torero.

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Sin embargo, es difícil esconder la pulsión comercial cuando te has criado entre expositores y vitrinas. Wawa (que significa niño en la lengua indígena del Cuzco, en Perú) y Tania fueron los siguientes pasos de Antoñi Urbano Tejada, que decidió instalarse por su cuenta dedicada a artículos y ropa para la infancia; primero, en las Casas Nuevas, y más tarde, en la Corredera. Compaginó estos dos comercios unos años.

No iba con ella quedarse quieta en su piso, con la enorme actividad que había tenido hasta entonces. Aprovechó, para empezar en esta nueva etapa, el local que había pertenecido a la tienda de comestibles. En teoría, iba a ser un trabajo más relajado, pero a la postre le exigía tanto como en la otra, o más. En total, ha estado 56 años en el mostrador, desde que empezó con diez años. Toda una vida atendiendo al público.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: ARCHIVO CARMELI TEJADA AGUILAR

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