Paisaje inmóvil. Este es el título que ha escogido Paco Salido Mendoza para presentar su nueva exposición individual en Córdoba. El color, aunque también hay algunos dibujos de pasmosa sencillez, es el absoluto protagonista. Distribuidas en tres salas de Casa Góngora, un precioso inmueble de la histórica calle Cabezas, a tres pasos del Museo Arqueológico, las obras aquí agrupadas constituyen una invitación al goce estético, pero principalmente a la emoción.
Dice Antonio Luque Duque que la pintura de Paco Salido “tiene algo de las cualidades del agua: transparencia o densidad, reflejo de superficies y sombras del entorno, fluidez y cambio constante de lo percibido”. Para Francisco Gómez Díaz son cuadros que “representan el itinerario vital de su autor”. Y, contemplándolos, añade que “uno es capaz de captar en sus cuadros cómo la luz va cambiando a lo largo del día: de los azules y los verdes a los rojos y morados, como si quisieran transmitirnos la hora en que fueron pintados, el momento preciso en que Paco Salido fijó la mirada en sus libros, en sus objetos cotidianos, en los paisajes que contempla, o que recuerda”.
Por su parte, Ángel Luis Pérez Villén la describe como “una pintura culta y salaz, inmediata y profunda y que invita al deleite de su fenomenología”. Es más, anota a continuación: “Una pintura, no ceso de decirlo, que no posee caducidad, que mantiene vivo el interés y la ilusión por desentrañar lo que sustenta ese celaje formal, esa resonancia cromática tan singular”.
Hasta mediados de octubre puede disfrutarse de esta colección que representa una década de laboriosa fidelidad explorando posibilidades expresivas. Pero el estudio de un artista no es un espacio cerrado donde aislarse. No. Está traspasado de viajes y canciones. De resonancias marinas, un poner, de la bahía de Nápoles, a la que él se asoma como a una melodía profunda y evocadora. Sin fin.
Tu sei un attimo senza fine
Non hai ieri
Non hai domani
Tutto è ormai
Nelle tue mani, mani grandi
Mani senza fine
Gino Paoli
Cuando Paco Salido Mendoza se pone ante el lienzo, en él condensa lo vivido. Pero, a la vez, está representando todo aquello que forma parte de las ficciones que han llenado su memoria de películas. En un fotograma es capaz de calibrar la vida. Igual, con idéntica intensidad, que en una lectura, su otro alimento.
Hay libros con letras ocultas en sus páginas cerradas donde las historias pugnan por salir a la luz. Él, cual tentadora sugerencia, nos propone que los abramos. En su obra no son simples objetos de adorno. Dicen más, mucho más, de lo que se pueda presuponer.
Paco, al decidir esto, ejerce, a su modo, de provocador. Como hace Jean-Luc Godard cuando sitúa ante la cámara a Brigitte Bardot con un libro en el culo al aire. Es la ilustre y única prenda que cubre su desnudez, la piel insinuante de estatua clásica, de asombrosa y carnal perfección.
La imitación no tardaría en llegar. Algunos años después, en pleno auge de la novela hispanoamericana, la reportera gráfica Colita retrató a Gabriel García Márquez con un ejemplar de la primera edición de Cien años de soledad cubriéndole la cabeza, a modo de tejado a dos aguas.
A cubierto de las torrenciales lluvias del Caribe, de sus ciénagas retadoras, de las cuales los dioses extraen el barro para moldear lo humano. El éxito por sombrero, tituló un avispado periodista. Pero retornemos a los brazos de Brigitte. Et Dieu… créa la femme.
Le Mépris (El desprecio, 1963) es la despiadada síntesis de un desencuentro bajo la infatigable luminosidad del Mediterráneo, cuna de héroes que discuten las decisiones de los dioses, que los desobedecen. He ahí su grandeza, tan descomunal como su castigo.
Es un filme, ya que bordeamos lo afrancesado, que está repleto de guiños cinéfilos que el iconoclasta Godard deposita ahí para ser paladeados. El monóculo de Fritz Lang, la alargada sombra de Hitchcock, el toque a la pasión desbordada de Viaggio in Italia (Te querré siempre, 1954) en una cartelera en la marquesina de un cine, invitándonos a entrar.
Paco Salido, al que imagino deleitándose con los sofás bermellones y azules del atrezo de Le Mépris, sucumbe como Ingrid Bergman frente al paisaje de la bahía de Nápoles entre cráteres adormecidos, pero que hierven como las cuitas del desamor.
En Viaggio in Italia la frágil y atormentada protagonista de esta cinta logra que la ceniza arda de nuevo. Es en un escenario de la vida y de la muerte, en medio del cotidiano trajín del sur de Italia, donde va a renacer su astillado matrimonio con un arisco y veleidoso George Sanders.
En su casa, en el hogar que comparte con Carmen y con Marco, el hijo de ambos, reina Roberto Rossellini como una deidad antigua. Cabría pensarse que el blanco y negro, con el que está concebida esta obra de arte, es la negación del color. Técnicamente, sí.
Y sin embargo, tal austeridad cromática ve suavizados los graves contornos de una época pobre en la Italia de posguerra, con la extrema sensibilidad de los versos que ella invoca, tal si fuera un coloso diezmado como remedio a su mortecino y herido romance: “Templo de espíritu, ya no hay cuerpos, sino puras y ascéticas imágenes”.
He aquí lo conmovedor, de donde Paco, en ocasiones, extrae la médula, la sustancia primigenia de sus cuadros. Es, creo, un estímulo esencial para él, que se deja subyugar, serenamente, por la huidiza belleza de las películas.
De esta manera, a solas en su estudio, esa superficie en la que se expresa en silencio adquiere no pocas veces el sentido cinematográfico de una pantalla. En las imágenes en la sala oscura ha encontrado el complemento de la realidad, tal vez más diverso, completo y exacto.
Afloran, pues, en este espacio idílico los colores vivos de Le bonheur (1965), de Agnès Varda. Los primaverales antojos de una pradera, la frondosidad de los árboles apiñados en risueño coloquio forestal, en el lenguaje estricto de las hojas. Estallan ahí, en pleno campo de junio, el verde agave, el púrpura arzobispal. El pigmento es su discurso. Siempre lo ha sido desde que era un niño, cuando de la mano de su padre, Solano Salido el Tallista, fue descifrando los sucesivos enigmas del arte.
Pero también, ya en una escenografía urbana, el almagre furioso de una puerta, el añil robusto de una pared, los amarillos reconcentrados en las chapas de los vehículos. Todo esto se asienta apaciblemente en sus cuadros. Hay en ellos calma. Y sin embargo, también se agita en ellos, imperceptible, un cierto poso de vértigo entre la aparente tranquilidad.
Es el envés del sosiego lo que se abre paso. Y lo hace, por qué no, a velocidad de deportivo en esos años de la nouvelle vague. Era, entonces, la concepción rupturista de las formas en el tiempo de las flores. La rebelión frente a un canon estético trasnochado que aquella tropa altiva hizo trizas. Lo viejo ya no servía. Carecía de utilidad.
Esa generación de cineastas arrogantes estaba desguazando el lenguaje cinematográfico tradicional. Pero, aunque suene a contrasentido, también sin disimulo, reparaban en lo viejo. Eran coherentes en sus contradicciones. Algo así sucede en la obra de Paco en la que, sin que esto rechine, subyace el latido antiguo de su casa artesana.
Paco, en ese instante, dialoga con toda clase de tonalidades. El cromatismo sosegado, tenue o poseído de inusual viveza nos traslada, en comunicación íntima, lo que no todo el mundo sabe captar: estados de ánimo. Es el color (los colores) lo que organiza el cuadro. Y esto, tan sutil arquitectura, fue reemplazando de modo natural casi todo el rastro de pretéritas figuraciones. De ellas, las que aún había en sus obras en una primera etapa, solo quedan leves formas, lejanas sombras, casi diluidas.
Este proceso evolutivo ya era patente al poco de licenciarse en la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, en Sevilla. Lorenzo Marqués, joven como él, lo advirtió con toda claridad en una serie de reportajes que se publicaron en 1983 en el periódico La Voz de Córdoba, dentro de su sección Diario de Montilla. Qué duda cabe que aquel era un fino e intuitivo análisis, del que ahora escojo algunos fragmentos sueltos como de un pozo callado durante décadas.
“El hecho de que Francisco Salido tenga una formación artesanal desde los doce años, en que aprendió a tallar la madera con su padre, determina, en parte, su situación actual de artista”. “Pero a Paco no le bastaba con la materia, también tenía capacidad crítica y se exigía ir madurando conceptos. Poco tiempo necesitó para pasar de ser un artesano a un artista. No obstante, se ve una actitud de cuidado y mimo en sus obras y una disciplina de trabajo diario y de orden en su labor que me recuerdan más a la postura de un artesano que a la de un artista, al que se suele confundir equivocadamente con un bohemio”.
Ya entonces (estamos hablando de casi medio siglo), Paco presentía la dirección de su estilo: “Tiendo a una simplificación de planos y de color. Me planteo la pintura como un ejercicio, como una observación constante de las cosas, sin pretensiones de otros tipos. Pienso como Cézanne, que decía, a los sesenta años, que él no sabía pintar y que había que copiar la naturaleza, en el sentido de aprender a observar y representarla subjetivamente de una forma elaborada e inteligente. Hay que aprender a observar”, concluía como un vaticinio insoslayable.
Y en esa actitud permanece como eterno contemplador, sereno, juicioso, consciente de que el tiempo se detiene en la obra que das por finalizada. Es, entonces, un supremo acto de amor y de sabiduría, tal como ocurre en las canciones de su adorado Gino Paoli.
Para soñar
Para poder recordar
Lo que ya hemos vivido
Sin fin
Eres un instante sin fin
No tienes ayer
No tienes mañana
Toda está ya
En tus manos, manos grandes
Manos sin fin
Dice Antonio Luque Duque que la pintura de Paco Salido “tiene algo de las cualidades del agua: transparencia o densidad, reflejo de superficies y sombras del entorno, fluidez y cambio constante de lo percibido”. Para Francisco Gómez Díaz son cuadros que “representan el itinerario vital de su autor”. Y, contemplándolos, añade que “uno es capaz de captar en sus cuadros cómo la luz va cambiando a lo largo del día: de los azules y los verdes a los rojos y morados, como si quisieran transmitirnos la hora en que fueron pintados, el momento preciso en que Paco Salido fijó la mirada en sus libros, en sus objetos cotidianos, en los paisajes que contempla, o que recuerda”.
Por su parte, Ángel Luis Pérez Villén la describe como “una pintura culta y salaz, inmediata y profunda y que invita al deleite de su fenomenología”. Es más, anota a continuación: “Una pintura, no ceso de decirlo, que no posee caducidad, que mantiene vivo el interés y la ilusión por desentrañar lo que sustenta ese celaje formal, esa resonancia cromática tan singular”.
Hasta mediados de octubre puede disfrutarse de esta colección que representa una década de laboriosa fidelidad explorando posibilidades expresivas. Pero el estudio de un artista no es un espacio cerrado donde aislarse. No. Está traspasado de viajes y canciones. De resonancias marinas, un poner, de la bahía de Nápoles, a la que él se asoma como a una melodía profunda y evocadora. Sin fin.
Tu sei un attimo senza fine
Non hai ieri
Non hai domani
Tutto è ormai
Nelle tue mani, mani grandi
Mani senza fine
Gino Paoli
Cuando Paco Salido Mendoza se pone ante el lienzo, en él condensa lo vivido. Pero, a la vez, está representando todo aquello que forma parte de las ficciones que han llenado su memoria de películas. En un fotograma es capaz de calibrar la vida. Igual, con idéntica intensidad, que en una lectura, su otro alimento.
Hay libros con letras ocultas en sus páginas cerradas donde las historias pugnan por salir a la luz. Él, cual tentadora sugerencia, nos propone que los abramos. En su obra no son simples objetos de adorno. Dicen más, mucho más, de lo que se pueda presuponer.
Paco, al decidir esto, ejerce, a su modo, de provocador. Como hace Jean-Luc Godard cuando sitúa ante la cámara a Brigitte Bardot con un libro en el culo al aire. Es la ilustre y única prenda que cubre su desnudez, la piel insinuante de estatua clásica, de asombrosa y carnal perfección.
La imitación no tardaría en llegar. Algunos años después, en pleno auge de la novela hispanoamericana, la reportera gráfica Colita retrató a Gabriel García Márquez con un ejemplar de la primera edición de Cien años de soledad cubriéndole la cabeza, a modo de tejado a dos aguas.
A cubierto de las torrenciales lluvias del Caribe, de sus ciénagas retadoras, de las cuales los dioses extraen el barro para moldear lo humano. El éxito por sombrero, tituló un avispado periodista. Pero retornemos a los brazos de Brigitte. Et Dieu… créa la femme.
Le Mépris (El desprecio, 1963) es la despiadada síntesis de un desencuentro bajo la infatigable luminosidad del Mediterráneo, cuna de héroes que discuten las decisiones de los dioses, que los desobedecen. He ahí su grandeza, tan descomunal como su castigo.
Es un filme, ya que bordeamos lo afrancesado, que está repleto de guiños cinéfilos que el iconoclasta Godard deposita ahí para ser paladeados. El monóculo de Fritz Lang, la alargada sombra de Hitchcock, el toque a la pasión desbordada de Viaggio in Italia (Te querré siempre, 1954) en una cartelera en la marquesina de un cine, invitándonos a entrar.
Paco Salido, al que imagino deleitándose con los sofás bermellones y azules del atrezo de Le Mépris, sucumbe como Ingrid Bergman frente al paisaje de la bahía de Nápoles entre cráteres adormecidos, pero que hierven como las cuitas del desamor.
En Viaggio in Italia la frágil y atormentada protagonista de esta cinta logra que la ceniza arda de nuevo. Es en un escenario de la vida y de la muerte, en medio del cotidiano trajín del sur de Italia, donde va a renacer su astillado matrimonio con un arisco y veleidoso George Sanders.
En su casa, en el hogar que comparte con Carmen y con Marco, el hijo de ambos, reina Roberto Rossellini como una deidad antigua. Cabría pensarse que el blanco y negro, con el que está concebida esta obra de arte, es la negación del color. Técnicamente, sí.
Y sin embargo, tal austeridad cromática ve suavizados los graves contornos de una época pobre en la Italia de posguerra, con la extrema sensibilidad de los versos que ella invoca, tal si fuera un coloso diezmado como remedio a su mortecino y herido romance: “Templo de espíritu, ya no hay cuerpos, sino puras y ascéticas imágenes”.
He aquí lo conmovedor, de donde Paco, en ocasiones, extrae la médula, la sustancia primigenia de sus cuadros. Es, creo, un estímulo esencial para él, que se deja subyugar, serenamente, por la huidiza belleza de las películas.
De esta manera, a solas en su estudio, esa superficie en la que se expresa en silencio adquiere no pocas veces el sentido cinematográfico de una pantalla. En las imágenes en la sala oscura ha encontrado el complemento de la realidad, tal vez más diverso, completo y exacto.
Afloran, pues, en este espacio idílico los colores vivos de Le bonheur (1965), de Agnès Varda. Los primaverales antojos de una pradera, la frondosidad de los árboles apiñados en risueño coloquio forestal, en el lenguaje estricto de las hojas. Estallan ahí, en pleno campo de junio, el verde agave, el púrpura arzobispal. El pigmento es su discurso. Siempre lo ha sido desde que era un niño, cuando de la mano de su padre, Solano Salido el Tallista, fue descifrando los sucesivos enigmas del arte.
Pero también, ya en una escenografía urbana, el almagre furioso de una puerta, el añil robusto de una pared, los amarillos reconcentrados en las chapas de los vehículos. Todo esto se asienta apaciblemente en sus cuadros. Hay en ellos calma. Y sin embargo, también se agita en ellos, imperceptible, un cierto poso de vértigo entre la aparente tranquilidad.
Es el envés del sosiego lo que se abre paso. Y lo hace, por qué no, a velocidad de deportivo en esos años de la nouvelle vague. Era, entonces, la concepción rupturista de las formas en el tiempo de las flores. La rebelión frente a un canon estético trasnochado que aquella tropa altiva hizo trizas. Lo viejo ya no servía. Carecía de utilidad.
Esa generación de cineastas arrogantes estaba desguazando el lenguaje cinematográfico tradicional. Pero, aunque suene a contrasentido, también sin disimulo, reparaban en lo viejo. Eran coherentes en sus contradicciones. Algo así sucede en la obra de Paco en la que, sin que esto rechine, subyace el latido antiguo de su casa artesana.
Paco, en ese instante, dialoga con toda clase de tonalidades. El cromatismo sosegado, tenue o poseído de inusual viveza nos traslada, en comunicación íntima, lo que no todo el mundo sabe captar: estados de ánimo. Es el color (los colores) lo que organiza el cuadro. Y esto, tan sutil arquitectura, fue reemplazando de modo natural casi todo el rastro de pretéritas figuraciones. De ellas, las que aún había en sus obras en una primera etapa, solo quedan leves formas, lejanas sombras, casi diluidas.
Este proceso evolutivo ya era patente al poco de licenciarse en la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, en Sevilla. Lorenzo Marqués, joven como él, lo advirtió con toda claridad en una serie de reportajes que se publicaron en 1983 en el periódico La Voz de Córdoba, dentro de su sección Diario de Montilla. Qué duda cabe que aquel era un fino e intuitivo análisis, del que ahora escojo algunos fragmentos sueltos como de un pozo callado durante décadas.
“El hecho de que Francisco Salido tenga una formación artesanal desde los doce años, en que aprendió a tallar la madera con su padre, determina, en parte, su situación actual de artista”. “Pero a Paco no le bastaba con la materia, también tenía capacidad crítica y se exigía ir madurando conceptos. Poco tiempo necesitó para pasar de ser un artesano a un artista. No obstante, se ve una actitud de cuidado y mimo en sus obras y una disciplina de trabajo diario y de orden en su labor que me recuerdan más a la postura de un artesano que a la de un artista, al que se suele confundir equivocadamente con un bohemio”.
Ya entonces (estamos hablando de casi medio siglo), Paco presentía la dirección de su estilo: “Tiendo a una simplificación de planos y de color. Me planteo la pintura como un ejercicio, como una observación constante de las cosas, sin pretensiones de otros tipos. Pienso como Cézanne, que decía, a los sesenta años, que él no sabía pintar y que había que copiar la naturaleza, en el sentido de aprender a observar y representarla subjetivamente de una forma elaborada e inteligente. Hay que aprender a observar”, concluía como un vaticinio insoslayable.
Y en esa actitud permanece como eterno contemplador, sereno, juicioso, consciente de que el tiempo se detiene en la obra que das por finalizada. Es, entonces, un supremo acto de amor y de sabiduría, tal como ocurre en las canciones de su adorado Gino Paoli.
Para soñar
Para poder recordar
Lo que ya hemos vivido
Sin fin
Eres un instante sin fin
No tienes ayer
No tienes mañana
Toda está ya
En tus manos, manos grandes
Manos sin fin
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA

















































