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Manuel Bellido Mora | Coleccionista de vidas a cieno abierto (III)

Antonio Bellido Márquez, como buen romano que es, no se rinde. Ha vivido muchas experiencias. Hasta creó una empresa de maderas junto a un socio, Pepe Romero, junto a la vía del tren, cerca de la Fuente del Pez. La montó en El Molinillo y con ella ganó mucho dinero, aunque también tuvo que hacer frente a costosas deudas. A trampas sin fondo por una deficiente administración en la gestión de aquella efímera sociedad mercantil.


“Yo estaba con mis albañiles, lo que me impedía estar pendiente de todo. Pero cuando fuimos a ajustar cuentas, nos enfrentamos a una ruina tremenda, sobre todo para mí, porque en los préstamos para la adquisición de leña de olivo era yo el que los firmaba. Como estaba todo a mi nombre, la trampa también estaba a mi nombre”.

Es un coleccionista de vidas. En él está el albañil; el hostelero; el niño que sacrificó su infancia y su juventud en duros y penosos trabajos; el emprendedor de los contenedores de escombros; el primero que trajo estas cubetas a Montilla...

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Pero también quien, en parte, ha sabido recuperar el tiempo fugado, cultivando toda clase de aficiones, principalmente álbumes de propaganda de cine. Conserva miles de estos pequeños prospectos cinematográficos. Cromos fantásticos de las estrellas de Hollywood. “A los cinco años empecé a guardar estos programas de cine. Desde niño me gustaba mucho. Ver películas era mi gran entretenimiento. Me hice amiguete del que colocaba las carteleras y siempre que podía me iba con él”.

“Yo entraba al cine todas las noches sin pagar entrada, de balde. Y los domingos, también gracias al operador que era Montiel. Vivía en la calle Lorenzo Venegas y tenía una hija que se llamaba Sarita. Sarita Montiel, imagínate qué casualidad”.

A la hora de repartir tan fabulosos prospectos a multicolor, Antonio no le temía a nada. Ni siquiera al consabido recelo del clero, que siempre miraba de reojo la cartelera por ver si en ella habitaba el pecado. “Me daba un manojo de programas y con ellas me iba a la puerta de la Parroquia de Santiago a repartirla entre los feligreses cuando salían de misa de doce. Pero no las entregaba todas. Siempre me quedaba con unas poquitas, de modo que las iba guardando y así fue creciendo mi colección. Y como tenía tantas repetidas, lo que hacía era intercambiarlas con otros amigos”.

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Hace unos años vendió seis mil a un muchacho de Sevilla, pero a pesar de haberse desprendido de tal cantidad, sigue teniendo más de treinta mil. Todo un tesoro cinéfilo. Testigos en papel policromado de la Edad de Oro del cinematógrafo. Algunas de estas carteleras en miniatura, junto a una serie de estrellas del séptimo arte, decoran una pequeña bodega del hotel. Es un museo de añoranzas, con recortes de prensa, carteles y fotografías.

Entre tantos objetos que, para él, son sagrados llama la atención un precioso y antiguo cartel de Polonio, bodega de vinos finos de Montilla. Es un tentador calendario de 1963 en el que reina Gina Lollobrigida que no pasa desapercibido, sino que luce, pese al tiempo transcurrido, esplendoroso, casi intacto.

Es, cómo no, una estampa de la película Notre-Dame (Nuestra Señora de París, 1956). Un fotograma delicioso a todo color en el que Esmeralda, pura carnalidad, comparte escena con una cabra, verdadera representación del diablo para el cristianismo. Es comprensible, al verla, que la censura eclesiástica se pusiera en guardia.

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En este recinto, con permiso de tantas celebridades de la pantalla, también se venera el vino, dando ejemplo e incitando a su consumo como placer mundano que es. Durante algunos años, Antonio llegó a hacer vendimia con una prensa manual. Aquel chavea que pisó el barro en Santa María, se descalzaba en septiembre para exprimir racimos escenificando, en privado, el ritual antiguo de la pisa de la uva.

Esta ha sido su explícita manera de defender la cultura del vino como esencial seña de identidad, aunque también lo ha hecho sirviéndolo en largas sobremesas, cuando decidió poner una taberna como complemento de la hostelería. En las vitrinas, junto a la recepción, un cristal protege tal tesoro, botellas de fabulosos finos y vinagres obtenidos de su propia cosecha.

“La taberna funcionó con una buena clientela diaria. Pero, lo que pasa, yo me estaba poniendo mayor y para llevar una barra hay que disponer de energía, porque hay que estar aguantando hasta bien entrada la tarde, hasta las cinco o las seis, a lo que a veces se juntaba la noche; además de coger una jumera todos los días. Llega un momento en que eso no es plan. No puede ser”.


En su familia no hay sucesión posible, una vez que su hijo, Jesús Bellido, ha sacado por oposición la plaza de inspector de trabajo. Rafa Bellido completa su descendencia. Pero, cuando mira atrás, lo que más le duele es la pérdida por enfermedad de su hijo mayor, Juan Antonio Bellido Martínez. Ese fue un golpe muy duro, muy difícil de superar, la peor cicatriz que te pueda quedar, la que te destroza por dentro.

“Eso no se olvida, te acuerdas todos los días de tu vida. Era muy capaz. Él llevaba todo esto al día cuando yo estaba pendiente de los albañiles”. Es el único momento en que Antonio se entristece y parece apagarse, él tan echado para adelante y tan entusiasta. El hotel es su obra mayor. Cuando decidió ponerlo en marcha, cuidó personalmente hasta el último detalle.

En estas cosas que él mima también aflora su temperamento de artista. El edificio, de corte clásico, tiene impronta de palacio. De casa solariega distinguida, con el característico color de la fachada, que lo hace, de inmediato, reconocible.

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Es ese rojo siena que él llama rojo Ceregumil, porque decidió darle ese tono imitando la pintura del antiguo Registro de la Propiedad, sito en un edificio que, antaño, perteneció a la familia Fernández Canivell en la calle Escuelas.

“El arquitecto Carlos Cobos, que hizo el proyecto del hotel, me presentó un muestrario de cuatro colores, pero eran muy suavitos. Yo quería algo con más carácter, aunque el primer año tuvo otro color más plano. Para mí, el modelo ideal era el de la pared del Ceregumil: eso es como un rojo sangre de toro. Es la forma como yo lo llamo, porque la fachada de aquella empresa estaba pintada así”.

Es curiosa la afinidad de Antonio Bellido con este color en todas sus variantes. Algo que también sucede con la Centuria Romana Munda, de la que es fundador como integrante del cuerpo de lanceros. Estuvo ocho años como capitán de esta sección. Es, nunca mejor dicho, una pasión de la que nunca reniega.


“Esto es algo muy bonito y entrañable. Es una Centuria seria y formal, con un reglamento muy preciso. Hemos ido a desfilar a un montón de pueblos, donde siempre hemos sido muy bien recibidos. Eso se aprecia en la calle cada vez que desfilamos. La gente vibra con nosotros”.

Antonio desprende bonhomía. A su lado, la conversación es grata. Es inagotable como los libros que se renuevan en cada lectura. Con la edad se ha ido recogiendo, pero esto, en su caso, no significa para nada quedarse anclado en la casa. Tiene claro, desde que era un renacuajo, que no es plan quedarse cruzado de brazos.

—¿A qué piensas dedicar el resto de tu vida?

—Todas las mañanas me voy al campo, en la casilla que tengo con unos olivillos. En esto me entretengo, que no es mal plan.

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Coleccionista de vidas a cieno abierto (I)
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MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA

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