Antonio Bellido Márquez se hizo empresario cuando regresó de Barcelona. Decidió ponerse por su cuenta, y no le fue mal. Aquella desgracia que vivió en en Cornellà de Llobregat lo fortaleció como persona y como albañil. Aplicó sus conocimientos en múltiples obras en edificios. Muchos de ellos en la Corredera. En el templo de los jesuitas, por ejemplo, reparó importantes daños en la cúpula, que había sufrido algunos desperfectos a causa de un brusco movimiento en una grúa.
En realidad, la creación del hotel, que es el proyecto de su vida, es una consecuencia más de su querencia por la albañilería. “Surgió porque hice un trato muy bueno. Un trato que, desde luego, no se va a volver a repetir, eso lo tengo bien claro. Compré un terreno por trescientas mil pesetas y al poco tiempo me ofrecieron mucho más por él, exactamente cuatro millones y medio. Era un solar en Santa María. Fue un negocio redondo, porque encima le hice seis casas a aquel promotor. Todo se ultimó sin intermediarios, no hubo corredores en la operación de compraventa”.
Tan enorme diferencia de precios en pocos meses con su correspondiente ganancia, tiene fácil explicación, según recuerda Antonio, que le alquiló una oficina a aquella empresa constructora cuando se instaló en Montilla. Ese fue el punto de contacto.
“Como yo hice el Yucay, que estaba recién abierto, nos veíamos allí muchas tardes y noches. Yucay era la cafetería más moderna que había en Montilla. Pulsabas un botón que había debajo de las mesas y acudía el camarero. Villatoro, dueño de aquel negocio, tenía allí su propio despacho particular”.
El Yucay, al igual que sucedía en los dos casinos, el Montillano y el Círculo de Artesanos, era un estratégico punto de encuentro para cerrar acuerdos mercantiles. Estuvo de moda y, lo más importante, facilitaba reuniones en un ambiente discreto que favorecía la privacidad, a pesar de ser un lugar abierto al público.
“Empezamos a hablar y cuando me planteó la necesidad de la oficina, le ofrecí una solución. Le propuse hacer un arriendo. Le pareció bien y se la alquilé. Era una muy buena renta en aquel tiempo. Y a partir de esto se concretó la compra del terreno en Santa María”.
“Así que fuimos y, sin pensarlo demasiado, se quedó por una cantidad muy superior una propiedad que yo había comprado quince días antes bastante más barata. «¿Tú te apañas con cuatro millones y medio?», me preguntó. Y yo, cuando puso tal oferta sobre la mesa, me quedé realmente impresionado”.
“No le di conformidad al instante, claro, porque quería hablarlo con mi mujer; no era cosa de decir sí al momento. Si se lo acepto allí de golpe, empieza a rebajar. Lo hablo con mi mujer, no vaya a ser que ella no quiera”.
“Al día siguiente, con mi esposa delante, Rafaela Martínez Carmona, lo cerramos todo durante una comida en Las Camachas. Hicimos el trato sin inconvenientes. Allí mismo me dieron dos millones al contado, más unas letras bancarias por el importe restante, otros dos millones y medio”.
Encontrarse de pronto con tanta liquidez, lo abocó a tantear modos diferentes de invertir el dinero. Aunque, en principio, no concebía más horizontes que adquirir tierras, al final terminó convertido en hotelero, algo que nunca había entrado en sus planes empresariales.
“Yo nunca tuve esa intención, nunca valoré meterme en comprar esta casa; lo que pasa es que mi pariente Miguel, que era corredor, me dijo: «Primo, me he enterado del pelotazo que has dado; así que, ya sabes, tengo una buena casa para ti». «¿Dónde?», le pregunté. «Es esta, en la calle Enfermería», me indicó. «Vamos a ir a verla. Pero no te lo pienses. Quédate con ella. Cómprala». Pero yo no quería darme ese bombo. Yo le decía que cómo iba a adquirirla si yo soy un albañil de poca monta. «Déjate, cómo voy yo a meterme en este lío. ¡Coño, que aquí el Músico [se refiere al promotor y constructor Francisco Castellano Córdoba] es capitán general con los albañiles! ¿Cómo voy a dar este paso si yo soy de Santo Domingo? ¿Qué voy a hacer yo aquí?».
“No quería, pero me convenció. «Que la compres, que la compres», me apretó. «Que te vas a meter en otros gastos y al final te vas a quedar sin dinero». «Bueno, venga, vamos a comprarla». Me costó cuatro millones doscientas mil pesetas. Lo pagué todo al contado. Ni firmé hipotecas ni nada”.
Sin embargo, para reconvertir aquel inmueble en hotel tuvo que hacer una importante obra de adaptación, que le llevó mucho tiempo. Nueve años en la primera fase, que correspondía a la primera casa. Después, Antonio, amplió con una vivienda contigua. En total, sobre setecientos metros cuadrados entre las dos. El hotel abrió con 15 habitaciones que, posteriormente, aumentaron hasta el doble de cuartos, más un espacio grande para cocheras.
Abrió sus puertas el día 31 de diciembre de 1995, en plena Nochevieja, con la idea de empezar a facturar a partir del uno de enero de 1996, por lo que ahora está de aniversario, al cumplirse tres décadas de servicio.
El Hostal Bellido nació bienaventurado, pues en el ceremonial no faltó ni agua bendita. Todo estaba dispuesto y preparado desde el 22 de diciembre, el día del sorteo extraordinario de la lotería de Navidad, aunque sin clientes. A Antonio, una vez más, le sonrió la suerte. El negocio vino de cara.
“En realidad, lo inauguramos en esta fecha. Vino el cura, le echó el agua bendita e hicimos un banquete bueno de verdad. Estuvimos comiendo con mis hermanos y demás familia, claro. Pero, para ahorrar problemas fiscales, no era cosa de abrirlo para siete u ocho días, que es lo quedaba del año. Iba a ser una cuenta como un demonio para declararlo a Hacienda, así que lo mejor era esperar un poco. Era cosa de esperar unos días, nada más”.
Antonio Bellido Márquez se metió a empresario hotelero sin tener la más mínima noción de estos asuntos. No tenía experiencia propia, pero intuía que estaba ante algo muy rentable, como así ha sido.
“Yo no sabía qué hacer con tanta casa, a qué dedicarla. ¡Me cago en diez! ¿Para qué quiero ya una casa tan grande? Había un montón de habitaciones vacías. Y yo no hacía más que contar los cuartos, uno detrás de otro, sin saber qué hacer. Así que un buen día le dije a mi mujer: vamos a hacer un hotel aquí. «¡Anda ya!», me contestó. «Estás loco»”.
Pero algo le decía que no estaba equivocado. Y ahora, al cabo del tiempo, ahí está como un hotel de referencia en Montilla. Al hacer recuento de lo logrado, el saldo es muy favorable. Le ha dado mucho trabajo. Se ha hecho viejo tras el mostrador de la recepción, recibiendo a toda clase de clientes. Pero, por encima de todo, valora tantas cosas positivas que le ha traído.
“Me ha dado muchas satisfacciones, porque este negocio es muy bonito para el que le guste. Exige mucho, un sacrificio completo. Pero charlas con mucha gente. Conoces a todo tipo de personas, famosos o no, personas de lo más variado, de todo tipo de clases sociales. Te diviertes al ir con ellos. Es gente agradable por lo general, aparte de que alguna vez te caiga algún borrachín que no sepa comportarse. Procuro librarme de indeseables. Cuando llega alguien que no me gusta, le digo que está completo. Y no me complico la vida con nadie”.
Habla con entera libertad, con una claridad y sinceridad infrecuente. No mide sus palabras. Las expresa sin miedo, sin red. Eso lo hace mucho más interesante, porque no tiene doble fondo. Es trasparente. Y así siempre ha ido por la vida. Ahora, los achaques físicos le aconsejan una retirada a tiempo para evitar que sus problemas de salud se agraven. Pero, aunque el hotel lo ata, porque incluso su propio hogar lo tiene allí dentro como si fuera un huésped más, está pensando en cerrarlo. En ponerlo a la venta.
“Ya me viene largo. Esto está acabando. El día uno de enero el hotel se queda cerrado, se venda o no se venda. Pero no lo voy a poner en traspaso. Es vendido total, no hay otra opción. Nada de alquiler, ni de ponerlo en manos de otro. No, no. Vendido. No hay más vuelta. Esto no se puede arrendar, hombre, porque hay que pasar por mi piso, por el comedor y la sala de estar, para cualquier cosa. Para subir a este sitio, para coger las llaves. Quedarme aquí es igual que si no lo hubiera vendido. Aún no lo he comentado en público, ni lo he puesto en las redes sociales, pero es esto lo que pienso hacer”.
La va a doler dar este paso, porque Antonio, sin él esperarlo, se ha sentido muy a gusto en este trabajo. Ha disfrutado con una clientela muy diversa y entretenida de la que ha aprendido mucho.
“Aquí ha venido personal muy destacado de la judicatura gracias a la Sentencia Romana. Gente de postín: intelectuales, fiscales, jueces, abogados... Y también he tenido alojado a periodistas ilustres como el inolvidable Tico Medina. Incluso, una vez, se quedó el ministro Moratinos cuando le tocó hacer la Sentencia. El primer año vino solo con su mujer. Y al segundo año se vino acompañado de buena parte de su familia: abuelos, nietos y demás parentela. Y esto por no hablarte de tantos artistas flamencos que han venido a la Cata y a la Peña El Lucero”.
Rememora todo esto y puede presumir. Está orgulloso, pero también está cansado. “Es que ya no puedo más”, me dice sin perder la sonrisa, con aplomo. “Ya con la edad que tengo hay que parar. Ya está bien la cosa. No puedes estar pendiente de la clientela hasta la madrugada. Ya hay que dejarlo”.
Coleccionista de vidas a cieno abierto (I)
En realidad, la creación del hotel, que es el proyecto de su vida, es una consecuencia más de su querencia por la albañilería. “Surgió porque hice un trato muy bueno. Un trato que, desde luego, no se va a volver a repetir, eso lo tengo bien claro. Compré un terreno por trescientas mil pesetas y al poco tiempo me ofrecieron mucho más por él, exactamente cuatro millones y medio. Era un solar en Santa María. Fue un negocio redondo, porque encima le hice seis casas a aquel promotor. Todo se ultimó sin intermediarios, no hubo corredores en la operación de compraventa”.
Tan enorme diferencia de precios en pocos meses con su correspondiente ganancia, tiene fácil explicación, según recuerda Antonio, que le alquiló una oficina a aquella empresa constructora cuando se instaló en Montilla. Ese fue el punto de contacto.
“Como yo hice el Yucay, que estaba recién abierto, nos veíamos allí muchas tardes y noches. Yucay era la cafetería más moderna que había en Montilla. Pulsabas un botón que había debajo de las mesas y acudía el camarero. Villatoro, dueño de aquel negocio, tenía allí su propio despacho particular”.
El Yucay, al igual que sucedía en los dos casinos, el Montillano y el Círculo de Artesanos, era un estratégico punto de encuentro para cerrar acuerdos mercantiles. Estuvo de moda y, lo más importante, facilitaba reuniones en un ambiente discreto que favorecía la privacidad, a pesar de ser un lugar abierto al público.
“Empezamos a hablar y cuando me planteó la necesidad de la oficina, le ofrecí una solución. Le propuse hacer un arriendo. Le pareció bien y se la alquilé. Era una muy buena renta en aquel tiempo. Y a partir de esto se concretó la compra del terreno en Santa María”.
“Así que fuimos y, sin pensarlo demasiado, se quedó por una cantidad muy superior una propiedad que yo había comprado quince días antes bastante más barata. «¿Tú te apañas con cuatro millones y medio?», me preguntó. Y yo, cuando puso tal oferta sobre la mesa, me quedé realmente impresionado”.
“No le di conformidad al instante, claro, porque quería hablarlo con mi mujer; no era cosa de decir sí al momento. Si se lo acepto allí de golpe, empieza a rebajar. Lo hablo con mi mujer, no vaya a ser que ella no quiera”.
“Al día siguiente, con mi esposa delante, Rafaela Martínez Carmona, lo cerramos todo durante una comida en Las Camachas. Hicimos el trato sin inconvenientes. Allí mismo me dieron dos millones al contado, más unas letras bancarias por el importe restante, otros dos millones y medio”.
Encontrarse de pronto con tanta liquidez, lo abocó a tantear modos diferentes de invertir el dinero. Aunque, en principio, no concebía más horizontes que adquirir tierras, al final terminó convertido en hotelero, algo que nunca había entrado en sus planes empresariales.
“Yo nunca tuve esa intención, nunca valoré meterme en comprar esta casa; lo que pasa es que mi pariente Miguel, que era corredor, me dijo: «Primo, me he enterado del pelotazo que has dado; así que, ya sabes, tengo una buena casa para ti». «¿Dónde?», le pregunté. «Es esta, en la calle Enfermería», me indicó. «Vamos a ir a verla. Pero no te lo pienses. Quédate con ella. Cómprala». Pero yo no quería darme ese bombo. Yo le decía que cómo iba a adquirirla si yo soy un albañil de poca monta. «Déjate, cómo voy yo a meterme en este lío. ¡Coño, que aquí el Músico [se refiere al promotor y constructor Francisco Castellano Córdoba] es capitán general con los albañiles! ¿Cómo voy a dar este paso si yo soy de Santo Domingo? ¿Qué voy a hacer yo aquí?».
“No quería, pero me convenció. «Que la compres, que la compres», me apretó. «Que te vas a meter en otros gastos y al final te vas a quedar sin dinero». «Bueno, venga, vamos a comprarla». Me costó cuatro millones doscientas mil pesetas. Lo pagué todo al contado. Ni firmé hipotecas ni nada”.
Sin embargo, para reconvertir aquel inmueble en hotel tuvo que hacer una importante obra de adaptación, que le llevó mucho tiempo. Nueve años en la primera fase, que correspondía a la primera casa. Después, Antonio, amplió con una vivienda contigua. En total, sobre setecientos metros cuadrados entre las dos. El hotel abrió con 15 habitaciones que, posteriormente, aumentaron hasta el doble de cuartos, más un espacio grande para cocheras.
Abrió sus puertas el día 31 de diciembre de 1995, en plena Nochevieja, con la idea de empezar a facturar a partir del uno de enero de 1996, por lo que ahora está de aniversario, al cumplirse tres décadas de servicio.
El Hostal Bellido nació bienaventurado, pues en el ceremonial no faltó ni agua bendita. Todo estaba dispuesto y preparado desde el 22 de diciembre, el día del sorteo extraordinario de la lotería de Navidad, aunque sin clientes. A Antonio, una vez más, le sonrió la suerte. El negocio vino de cara.
“En realidad, lo inauguramos en esta fecha. Vino el cura, le echó el agua bendita e hicimos un banquete bueno de verdad. Estuvimos comiendo con mis hermanos y demás familia, claro. Pero, para ahorrar problemas fiscales, no era cosa de abrirlo para siete u ocho días, que es lo quedaba del año. Iba a ser una cuenta como un demonio para declararlo a Hacienda, así que lo mejor era esperar un poco. Era cosa de esperar unos días, nada más”.
Antonio Bellido Márquez se metió a empresario hotelero sin tener la más mínima noción de estos asuntos. No tenía experiencia propia, pero intuía que estaba ante algo muy rentable, como así ha sido.
“Yo no sabía qué hacer con tanta casa, a qué dedicarla. ¡Me cago en diez! ¿Para qué quiero ya una casa tan grande? Había un montón de habitaciones vacías. Y yo no hacía más que contar los cuartos, uno detrás de otro, sin saber qué hacer. Así que un buen día le dije a mi mujer: vamos a hacer un hotel aquí. «¡Anda ya!», me contestó. «Estás loco»”.
Pero algo le decía que no estaba equivocado. Y ahora, al cabo del tiempo, ahí está como un hotel de referencia en Montilla. Al hacer recuento de lo logrado, el saldo es muy favorable. Le ha dado mucho trabajo. Se ha hecho viejo tras el mostrador de la recepción, recibiendo a toda clase de clientes. Pero, por encima de todo, valora tantas cosas positivas que le ha traído.
“Me ha dado muchas satisfacciones, porque este negocio es muy bonito para el que le guste. Exige mucho, un sacrificio completo. Pero charlas con mucha gente. Conoces a todo tipo de personas, famosos o no, personas de lo más variado, de todo tipo de clases sociales. Te diviertes al ir con ellos. Es gente agradable por lo general, aparte de que alguna vez te caiga algún borrachín que no sepa comportarse. Procuro librarme de indeseables. Cuando llega alguien que no me gusta, le digo que está completo. Y no me complico la vida con nadie”.
Habla con entera libertad, con una claridad y sinceridad infrecuente. No mide sus palabras. Las expresa sin miedo, sin red. Eso lo hace mucho más interesante, porque no tiene doble fondo. Es trasparente. Y así siempre ha ido por la vida. Ahora, los achaques físicos le aconsejan una retirada a tiempo para evitar que sus problemas de salud se agraven. Pero, aunque el hotel lo ata, porque incluso su propio hogar lo tiene allí dentro como si fuera un huésped más, está pensando en cerrarlo. En ponerlo a la venta.
“Ya me viene largo. Esto está acabando. El día uno de enero el hotel se queda cerrado, se venda o no se venda. Pero no lo voy a poner en traspaso. Es vendido total, no hay otra opción. Nada de alquiler, ni de ponerlo en manos de otro. No, no. Vendido. No hay más vuelta. Esto no se puede arrendar, hombre, porque hay que pasar por mi piso, por el comedor y la sala de estar, para cualquier cosa. Para subir a este sitio, para coger las llaves. Quedarme aquí es igual que si no lo hubiera vendido. Aún no lo he comentado en público, ni lo he puesto en las redes sociales, pero es esto lo que pienso hacer”.
La va a doler dar este paso, porque Antonio, sin él esperarlo, se ha sentido muy a gusto en este trabajo. Ha disfrutado con una clientela muy diversa y entretenida de la que ha aprendido mucho.
“Aquí ha venido personal muy destacado de la judicatura gracias a la Sentencia Romana. Gente de postín: intelectuales, fiscales, jueces, abogados... Y también he tenido alojado a periodistas ilustres como el inolvidable Tico Medina. Incluso, una vez, se quedó el ministro Moratinos cuando le tocó hacer la Sentencia. El primer año vino solo con su mujer. Y al segundo año se vino acompañado de buena parte de su familia: abuelos, nietos y demás parentela. Y esto por no hablarte de tantos artistas flamencos que han venido a la Cata y a la Peña El Lucero”.
Rememora todo esto y puede presumir. Está orgulloso, pero también está cansado. “Es que ya no puedo más”, me dice sin perder la sonrisa, con aplomo. “Ya con la edad que tengo hay que parar. Ya está bien la cosa. No puedes estar pendiente de la clientela hasta la madrugada. Ya hay que dejarlo”.
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MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA
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