Antes de ser hostelero, Antonio Bellido Márquez fue albañil y mil cosas más. A los 13 años tuvo, digamos, su primer contacto profesional con este oficio por medio de su tío Manuel Hidalgo Hidalguito, que lo contrató. Pero antes, delgado como un alfeñique, conoció el barro, como elemento primordial, mucho antes que el cemento.
Antonio Bellido Márquez, junto a su esposa, Rafaela Martínez Carmona.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
El campo está en su raíz (su familia llevaba la Huerta de Luis Pérez), aunque —signo de los tiempos— la construcción y sus derivados terminarían por definirlo. Dos de sus hermanos, Pepe y Solano, también fueron albañiles. Pueden llamarlos alarifes, que queda más fino. Además, el hierro abunda en su sangre, ya que sus hermanos Miguel y Tomás se forjaron en yunques. Están hechos de metal resistente.
Y, aunque en tan larga vida no faltan episodios amargos, lo dulce y amable sobresale en su compacta biografía, plena de experiencias como las de los héroes antiguos. Estuvo una época, lo menos dos años, en Los Felipes haciendo pasteles. Aún no había cumplido los siete cuando ya estaba trabajando; infancia arrebatada por urgencias y necesidades. En una alfarería de Santa María pisando barro con los pies. ¡Lo que él no haya hecho!
“Como no existían máquinas, había que pisarlo con los pies para ablandarlo y darle consistencia”. Apenas levantaba un palmo y ya ganaba una peseta, escueto caudal por hundirse en aquel cieno, embadurnada la piel tal ídolo de légamo. También, así, él, tan niño desprotegido, tenía el cielo ganado.
El fangal aquel estaba frente a la esquina del Niño Ríos, en la acera donde estaba el bar del Guerra. Todo aquel confín eran alfarerías donde prosperaba el barro cocido. Industrias en las afueras a las que se acudía buscando las primeras monedas.
“Allí nos juntábamos un montón de chiquillos para pisar el barro. Lo dejábamos preparado para hacer cántaros, vasijas, tejas, macetas… Era la alfarería de Gallegos. Después pasé a Santo Domingo, porque los hermanos separaron el negocio y el mayor de ellos tiró de mí cuando abrió su propia empresa”.
“Aquella nueva alfarería la inauguré yo con el dueño. Permanecí allí casi un año, mientras que, a la vez, estaba en el colegio. Y luego en las vacaciones, me iba también”. Era la ley de la calle en un tiempo de carencias. Tenían más juegos que juguetes. Libros y cuadernos de incipientes letras que se quedaron a medias, con demasiadas lecciones pendientes.
“Estuve muy poco tiempo en la escuela, en la del 'Pescao'. Entré con cinco años en los párvulos de la calle Escuelas, junto con mi primo Miguel Bellido, el panadero, y mi hermana Angelita. Pero por separado. Entonces estábamos divididos: en una parte los chiquillos y las niñas, en otro lado. En total, asistí a clase hasta los nueve años, no más”.
Antonio no se podía estar quieto. Cualquier dinero venía bien en su casa. Cobró facturas al servicio del electricista López Quiñonero y ayudó en un estudio fotográfico cuyo dueño vivía en La Escuchuela. Pintaba las fotos dándole color a los originales en blanco y negro.
Imagen retrospectiva de la calle Escuchuela de Montilla.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
Estaba especializado en ese tipo de imágenes de personas mayores que aún se ven en algunas casas como testimonios varados de otro tiempo, como un eco severo del pasado que él alegraba con un pincel, de modo artesanal. Estaba al servicio de un retratista ambulante. “Iba casa por casa para atender encargos de este tipo. Se casó con una mujer montillana, aunque, creo, que él no era de aquí”.
Antonio, en aquellos primeros años, era un recadero que no rehuía nada, porque, me dice, “entonces los chiquillos hacían de todo. De esa manera, entre unas cosas y otras, yo era capaz de reunir diez duros al mes, cincuenta pesetas, todo un jornal. Estaba para todo. También para cortar uva en la vendimia. Aprovechaba todo lo que iba saliendo. He estado trabajando toda mi vida, desde que nací”.
Pero, a medida que se hacía un hombre como se decía entonces, Antonio Bellido siempre encontraba huecos para divertirse, para ir con amigos y adentrarse en el mundo del coleccionismo, que es algo que le ha motivado por encima de otras aficiones.
“Conseguimos un tocadiscos entre cinco amigos y de esta manera montábamos guateques y bailes. Nos hacíamos llamar 'El alegre quinteto', pero no es que fuéramos una rondalla, ni nada parecido, sino que los cinco éramos a partes iguales los dueños del fonógrafo. Lo compramos en La Llave y lo fuimos pagando a plazos, un poco cada mes. Esto era ya en la década de los sesenta, cuando yo, que nací en 1944, tenía poco más de 18 años”.
Sin embargo, el horizonte laboral no era demasiado esperanzador. En la albañilería no había tajo suficiente y los sueldos, por lo general escasos, tampoco acompañaban. Así que puso rumbo a Barcelona, junto a dos compañeros más. La experiencia todavía le deja un regusto agridulce, aunque aprendió a base de dificultades y desprecios. En Cataluña, me confiesa, se sintió maltratado.
“Estuvimos allí un año, pero a mí me gustaba aquello. El progreso se estaba abriendo paso allí con una mentalidad moderna. Hicimos una torre de viviendas en la barriada de San Ildefonso, en Cornellà. Pero aquella construcción presentó un grave problema, ya que se hundieron todos los entresuelos. Sacaron a los muertos en un camión como si fueran bultos. Los echaron allí en el volquete como cochinos, sin camisas y sin nada”.
Cada vez que rememora esta escena dramática se le revuelve el estómago. Presenció una tragedia que le dejó una profunda huella. “Fue un desastre. Murieron muchos trabajadores por un defecto en la obra. Yo me di cuenta y avisé a tiempo al encargado, pero no me hicieron caso, no me echaron cuentas, a pesar de la gravedad de la denuncia”.
Fue un grave accidente laboral silenciado. Una negligencia que costó muy cara. A Antonio le escuece el siniestro como si lo estuviera viviendo de nuevo. Es una herida sin cerrar. “Es que depositaron una excesiva carga que no pudo soportar la estructura”.
Barriada de San Ildefonso, en Cornellà de Llobregat.
[FOTO: AJUNTAMENT DE CORNELLÀ DE LLOBREGAT]
“Se veía venir que no iba a aguantar tanto peso, pero la respuesta del encargado fue menospreciarme: «Tú qué sabrás, si tú eres de Andalucía. Ustedes como vivís en chozas, qué sabréis. Como estáis habituados a esta forma de vivienda, no te acostumbras a la altura», me soltó con un gesto ofensivo. «Haz lo que quieras —le dije— pero yo de la junta de dilatación no voy a pasar. Yo no piso ahí». Y estando hablando, mientras uno estaba poniendo bloques, se produjo el hundimiento”.
Diez o doce plantas se vinieron abajo con gran estruendo, arrastrando a un montón de obreros que estaban poniendo cemento, ajustando azulejos. Hubo innumerables víctimas. Aquel estremecedor suceso le empujó a volver a su tierra. De hecho, coincidió con una visita de su madre que fue a por él hasta Cataluña para que le ayudara en las tareas del campo, en concreto en la recolección de la uva.
Pero ahí no terminó tan desagradable experiencia, porque el juez lo llamó a resultas de la investigación abierta. Alguien le dijo: “El nano este sabía que se iba a caer, lo advirtió”. La instrucción judicial de este caso alargó el sufrimiento. Se tuvo que enfrentar a trámites en los tribunales particularmente enojosos.
“Vaya, que querían implicarme. Llamaron también a un arquitecto, analizaron las vigas y después de hacer todas estas comprobaciones, y se revisó todo, no tuvieron más remedio que darme la razón. Se sabe que cuando se echa el revoltón (término que indica una mezcla de áridos), hay que dejar apuntalada la obra durante 21 días, cosa que sin embargo no se hizo. El arquitecto me dio la razón ante el juez”.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
El campo está en su raíz (su familia llevaba la Huerta de Luis Pérez), aunque —signo de los tiempos— la construcción y sus derivados terminarían por definirlo. Dos de sus hermanos, Pepe y Solano, también fueron albañiles. Pueden llamarlos alarifes, que queda más fino. Además, el hierro abunda en su sangre, ya que sus hermanos Miguel y Tomás se forjaron en yunques. Están hechos de metal resistente.
Y, aunque en tan larga vida no faltan episodios amargos, lo dulce y amable sobresale en su compacta biografía, plena de experiencias como las de los héroes antiguos. Estuvo una época, lo menos dos años, en Los Felipes haciendo pasteles. Aún no había cumplido los siete cuando ya estaba trabajando; infancia arrebatada por urgencias y necesidades. En una alfarería de Santa María pisando barro con los pies. ¡Lo que él no haya hecho!
“Como no existían máquinas, había que pisarlo con los pies para ablandarlo y darle consistencia”. Apenas levantaba un palmo y ya ganaba una peseta, escueto caudal por hundirse en aquel cieno, embadurnada la piel tal ídolo de légamo. También, así, él, tan niño desprotegido, tenía el cielo ganado.
El fangal aquel estaba frente a la esquina del Niño Ríos, en la acera donde estaba el bar del Guerra. Todo aquel confín eran alfarerías donde prosperaba el barro cocido. Industrias en las afueras a las que se acudía buscando las primeras monedas.
“Allí nos juntábamos un montón de chiquillos para pisar el barro. Lo dejábamos preparado para hacer cántaros, vasijas, tejas, macetas… Era la alfarería de Gallegos. Después pasé a Santo Domingo, porque los hermanos separaron el negocio y el mayor de ellos tiró de mí cuando abrió su propia empresa”.
“Aquella nueva alfarería la inauguré yo con el dueño. Permanecí allí casi un año, mientras que, a la vez, estaba en el colegio. Y luego en las vacaciones, me iba también”. Era la ley de la calle en un tiempo de carencias. Tenían más juegos que juguetes. Libros y cuadernos de incipientes letras que se quedaron a medias, con demasiadas lecciones pendientes.
“Estuve muy poco tiempo en la escuela, en la del 'Pescao'. Entré con cinco años en los párvulos de la calle Escuelas, junto con mi primo Miguel Bellido, el panadero, y mi hermana Angelita. Pero por separado. Entonces estábamos divididos: en una parte los chiquillos y las niñas, en otro lado. En total, asistí a clase hasta los nueve años, no más”.
Antonio no se podía estar quieto. Cualquier dinero venía bien en su casa. Cobró facturas al servicio del electricista López Quiñonero y ayudó en un estudio fotográfico cuyo dueño vivía en La Escuchuela. Pintaba las fotos dándole color a los originales en blanco y negro.
[FOTO: MANUEL GONZÁLEZ CANDELAS]
Estaba especializado en ese tipo de imágenes de personas mayores que aún se ven en algunas casas como testimonios varados de otro tiempo, como un eco severo del pasado que él alegraba con un pincel, de modo artesanal. Estaba al servicio de un retratista ambulante. “Iba casa por casa para atender encargos de este tipo. Se casó con una mujer montillana, aunque, creo, que él no era de aquí”.
Antonio, en aquellos primeros años, era un recadero que no rehuía nada, porque, me dice, “entonces los chiquillos hacían de todo. De esa manera, entre unas cosas y otras, yo era capaz de reunir diez duros al mes, cincuenta pesetas, todo un jornal. Estaba para todo. También para cortar uva en la vendimia. Aprovechaba todo lo que iba saliendo. He estado trabajando toda mi vida, desde que nací”.
Pero, a medida que se hacía un hombre como se decía entonces, Antonio Bellido siempre encontraba huecos para divertirse, para ir con amigos y adentrarse en el mundo del coleccionismo, que es algo que le ha motivado por encima de otras aficiones.
“Conseguimos un tocadiscos entre cinco amigos y de esta manera montábamos guateques y bailes. Nos hacíamos llamar 'El alegre quinteto', pero no es que fuéramos una rondalla, ni nada parecido, sino que los cinco éramos a partes iguales los dueños del fonógrafo. Lo compramos en La Llave y lo fuimos pagando a plazos, un poco cada mes. Esto era ya en la década de los sesenta, cuando yo, que nací en 1944, tenía poco más de 18 años”.
Sin embargo, el horizonte laboral no era demasiado esperanzador. En la albañilería no había tajo suficiente y los sueldos, por lo general escasos, tampoco acompañaban. Así que puso rumbo a Barcelona, junto a dos compañeros más. La experiencia todavía le deja un regusto agridulce, aunque aprendió a base de dificultades y desprecios. En Cataluña, me confiesa, se sintió maltratado.
“Estuvimos allí un año, pero a mí me gustaba aquello. El progreso se estaba abriendo paso allí con una mentalidad moderna. Hicimos una torre de viviendas en la barriada de San Ildefonso, en Cornellà. Pero aquella construcción presentó un grave problema, ya que se hundieron todos los entresuelos. Sacaron a los muertos en un camión como si fueran bultos. Los echaron allí en el volquete como cochinos, sin camisas y sin nada”.
Cada vez que rememora esta escena dramática se le revuelve el estómago. Presenció una tragedia que le dejó una profunda huella. “Fue un desastre. Murieron muchos trabajadores por un defecto en la obra. Yo me di cuenta y avisé a tiempo al encargado, pero no me hicieron caso, no me echaron cuentas, a pesar de la gravedad de la denuncia”.
Fue un grave accidente laboral silenciado. Una negligencia que costó muy cara. A Antonio le escuece el siniestro como si lo estuviera viviendo de nuevo. Es una herida sin cerrar. “Es que depositaron una excesiva carga que no pudo soportar la estructura”.
[FOTO: AJUNTAMENT DE CORNELLÀ DE LLOBREGAT]
“Se veía venir que no iba a aguantar tanto peso, pero la respuesta del encargado fue menospreciarme: «Tú qué sabrás, si tú eres de Andalucía. Ustedes como vivís en chozas, qué sabréis. Como estáis habituados a esta forma de vivienda, no te acostumbras a la altura», me soltó con un gesto ofensivo. «Haz lo que quieras —le dije— pero yo de la junta de dilatación no voy a pasar. Yo no piso ahí». Y estando hablando, mientras uno estaba poniendo bloques, se produjo el hundimiento”.
Diez o doce plantas se vinieron abajo con gran estruendo, arrastrando a un montón de obreros que estaban poniendo cemento, ajustando azulejos. Hubo innumerables víctimas. Aquel estremecedor suceso le empujó a volver a su tierra. De hecho, coincidió con una visita de su madre que fue a por él hasta Cataluña para que le ayudara en las tareas del campo, en concreto en la recolección de la uva.
Pero ahí no terminó tan desagradable experiencia, porque el juez lo llamó a resultas de la investigación abierta. Alguien le dijo: “El nano este sabía que se iba a caer, lo advirtió”. La instrucción judicial de este caso alargó el sufrimiento. Se tuvo que enfrentar a trámites en los tribunales particularmente enojosos.
“Vaya, que querían implicarme. Llamaron también a un arquitecto, analizaron las vigas y después de hacer todas estas comprobaciones, y se revisó todo, no tuvieron más remedio que darme la razón. Se sabe que cuando se echa el revoltón (término que indica una mezcla de áridos), hay que dejar apuntalada la obra durante 21 días, cosa que sin embargo no se hizo. El arquitecto me dio la razón ante el juez”.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES




















































