Hacía ya un par de rondas que había dejado de tener sentido mirar el reloj. Hay momentos para, por desgracia, caer presa del tiempo; aquel no era uno de ellos. Estaba cómodo en aquel bar, la música no sonaba del todo mal y no quería que las distracciones ni los problemas del día a día lo asaltaran al llegar a casa solo por empeñarse en ser prudente. Además, estaba muy bien acompañado. Y ese es un motivo de peso para, si hace falta, tirar el reloj a la basura.
Podían esperar los informes, los horarios, las entregas, las protestas de los jefes, los cafés bebidos y no saboreados. Lo único importante en ese momento era la conversación que estaba teniendo lugar en ese preciso instante. No ocuparía la portada de ningún telediario, no se haría viral en ninguna red social ni tampoco sería mejorada por ninguna inteligencia artificial. Los datos que aportaba aquella perfecta desconocida, en un local cualquiera de una ciudad cualquiera, eran toda la tecnología que necesitaba.
Aquella interacción le hizo reflexionar sobre el panorama de unos y ceros tan fríos en que se habían transformado las relaciones humanas. Antes, la calle era el escenario perfecto. Actualmente, todo empieza con una revisión del perfil y una extraña danza digital: qué significa si mira mis stories, cuánto tiempo hay que tardar en responder, etcétera.
Muchos han hecho fortuna ejerciendo de supuestos gurús capaces de descifrar los movimientos precisos para conquistar a alguien en esas esferas no analógicas. A él le había bastado una cerveza fría y descubrir que estaban leyendo el mismo libro en su club de lectura. Decidió dar un trago largo a la salud de los supuestos expertos en relaciones humanas y responder a la pregunta de qué le estaba pareciendo la novela.
No sabía qué decir. No quería sonar pretencioso ni, sabiendo que su interlocutora era una admiradora acérrima de la autora, arruinarle la experiencia lectora. Optó por la cortesía, aunque sin caer en la mentira ni en esa forma de paternalismo literario que resulta casi más ofensiva que la franqueza.
Se limitó a comentar aquellas páginas que había devorado con más ahínco. Y era cierto: los cinco primeros capítulos eran una maravilla. Después, por desgracia, el libro se transformaba en una sucesión de vivencias supuestamente personales de la autora. La literatura es mágica, pero no todopoderosa. Aquel conjunto de experiencias volcadas en las páginas delataba más bien un catálogo de sueños por cumplir que una auténtica experiencia vital. No era un mal libro, ni mucho menos, pero perdía veracidad al empeñarse en hacer pasar por real lo que no era más que una ilusión.
El debate siguió su camino natural hacia bien entrada la madrugada. Las cervezas dieron paso a los chupitos. Estos, a su vez, cedieron el turno a las copas de balón. Siendo generoso, podría decirse que la conversación seguía siendo fluida. La coherencia hacía horas que se había ido a dormir, pero poco les importaba.
La cuestión era estar juntos hablando de lo que fuera, en una ciudad que ya no hablaba de nada. El éxito quedó patente cuando llegaron las siete de la mañana y no se habían preocupado ni un minuto del teléfono móvil. Igual estaban ya sin batería, pero daba lo mismo.
El maratón de palabras continuó en una cafetería cercana. El café disimulaba en parte los excesos del alcohol. No era mala manera de cerrar la velada y estrenar el nuevo día al mismo tiempo. Por desgracia, fue entonces cuando cobró conciencia de lo efímero del tiempo: al despedirse para ir a trabajar, el mundo digital lanzó su último bombardeo sin piedad. No hubo número de teléfono, ni visita a ningún apartamento, ni ropa tirada sobre el suelo. Ella pidió el Instagram. Jaque mate algorítmico.
Podían esperar los informes, los horarios, las entregas, las protestas de los jefes, los cafés bebidos y no saboreados. Lo único importante en ese momento era la conversación que estaba teniendo lugar en ese preciso instante. No ocuparía la portada de ningún telediario, no se haría viral en ninguna red social ni tampoco sería mejorada por ninguna inteligencia artificial. Los datos que aportaba aquella perfecta desconocida, en un local cualquiera de una ciudad cualquiera, eran toda la tecnología que necesitaba.
Aquella interacción le hizo reflexionar sobre el panorama de unos y ceros tan fríos en que se habían transformado las relaciones humanas. Antes, la calle era el escenario perfecto. Actualmente, todo empieza con una revisión del perfil y una extraña danza digital: qué significa si mira mis stories, cuánto tiempo hay que tardar en responder, etcétera.
Muchos han hecho fortuna ejerciendo de supuestos gurús capaces de descifrar los movimientos precisos para conquistar a alguien en esas esferas no analógicas. A él le había bastado una cerveza fría y descubrir que estaban leyendo el mismo libro en su club de lectura. Decidió dar un trago largo a la salud de los supuestos expertos en relaciones humanas y responder a la pregunta de qué le estaba pareciendo la novela.
No sabía qué decir. No quería sonar pretencioso ni, sabiendo que su interlocutora era una admiradora acérrima de la autora, arruinarle la experiencia lectora. Optó por la cortesía, aunque sin caer en la mentira ni en esa forma de paternalismo literario que resulta casi más ofensiva que la franqueza.
Se limitó a comentar aquellas páginas que había devorado con más ahínco. Y era cierto: los cinco primeros capítulos eran una maravilla. Después, por desgracia, el libro se transformaba en una sucesión de vivencias supuestamente personales de la autora. La literatura es mágica, pero no todopoderosa. Aquel conjunto de experiencias volcadas en las páginas delataba más bien un catálogo de sueños por cumplir que una auténtica experiencia vital. No era un mal libro, ni mucho menos, pero perdía veracidad al empeñarse en hacer pasar por real lo que no era más que una ilusión.
El debate siguió su camino natural hacia bien entrada la madrugada. Las cervezas dieron paso a los chupitos. Estos, a su vez, cedieron el turno a las copas de balón. Siendo generoso, podría decirse que la conversación seguía siendo fluida. La coherencia hacía horas que se había ido a dormir, pero poco les importaba.
La cuestión era estar juntos hablando de lo que fuera, en una ciudad que ya no hablaba de nada. El éxito quedó patente cuando llegaron las siete de la mañana y no se habían preocupado ni un minuto del teléfono móvil. Igual estaban ya sin batería, pero daba lo mismo.
El maratón de palabras continuó en una cafetería cercana. El café disimulaba en parte los excesos del alcohol. No era mala manera de cerrar la velada y estrenar el nuevo día al mismo tiempo. Por desgracia, fue entonces cuando cobró conciencia de lo efímero del tiempo: al despedirse para ir a trabajar, el mundo digital lanzó su último bombardeo sin piedad. No hubo número de teléfono, ni visita a ningún apartamento, ni ropa tirada sobre el suelo. Ella pidió el Instagram. Jaque mate algorítmico.
CARLOS SERRANO MARTÍN
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL















































