La civilización de Elam (o Elán) es una de las más antiguas conocidas y duró más de 2000 años. Se ubicaba en el suroeste del actual Irán, tenía a Susa como ciudad principal y hay quien identifica sus montañas como escenario de parte de las aventuras de Gilgamesh, primer relato escrito conocido.
El Génesis hace a Elam hijo de Sem y nieto de Noé, ubicándolo dentro de las culturas semíticas. Sin embargo, aunque tuvo mucha relación —y conflicto— con estos pueblos (sumerios, acadios, babilonios…), su lengua era autóctona y no parece estar emparentada con estos. De hecho, hay quien ha aventurado una vinculación entre la lengua elamita y las indias lenguas dravídicas.
Testimonio de la enemistad de Elam con los pueblos semíticos y, en este caso, con Israel, lo encontramos en el libro de Jeremías. El temible Dios del Antiguo Testamento era bastante dado a fomentar la aniquilación de toda “criatura viviente” que se opusiera a su pueblo elegido y Elam no se escapaba de la ira divina:
Al principio del reinado de Sedecías, rey de Judá [597 a. C. - 587 a. C.], el profeta Jeremías recibió esta palabra del Señor contra Elán: Esto dice el Señor del universo: «Voy a hacer trizas el arco de Elán, la flor y nata de todo su ejército. Traeré cuatro vientos contra Elán de los cuatro extremos del cielo; los dispersaré a esos cuatro vientos, y no habrá una sola nación donde no se refugien elamitas. Desataré el pánico por Elán cuando sienta la amenaza del enemigo, de aquellos que quieren aniquilarla. Traeré sobre ellos la desgracia, con todo el ardor de mi cólera —oráculo del Señor—. Haré que los persiga la espada, hasta que haya acabado con ellos. Instalaré mi trono en Elán, acabaré con su rey y sus príncipes —oráculo del Señor—. Después, allá en el futuro, cambiaré la suerte de Elán» —oráculo del Señor—.
Por lo menos los reubica al final… Es curioso. Con leves modificaciones, se ha ofrecido la versión bíblica de la Conferencia Episcopal [insertar hipervínculo: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/jeremias/], que usa el término “Señor del universo”. La versión de la Biblia que manejo, un ejemplar heredado de mi familia del año 1975 y prologada por el cardenal José María Bueno Monreal, utiliza el término “Dios de los ejércitos”.
Curiosidades aparte, el fragmento menciona a los elamitas en plena decadencia, ocupados e integrados en otros pueblos vecinos. En efecto, Elam como civilización entró en un período de decadencia que, tras un breve resurgir, concluyó con su conquista por parte del Imperio Aqueménida.
La historia del pueblo elamita resulta fascinante y, en buena medida, desconocida. Una historia que no resulta más que una capa sedimentaria de una cultura antiquísima y rica que hoy se encuentra entre Irán e Irak. Quizás, por saber todo esto, me entra un escalofrío cuando recuerdo el farol —¿fue un farol?— de Donald Trump: “A whole civilization will die tonight, never to be brought back again”. Hemos normalizado las amenazas apocalípticas. Un síntoma más de la decadencia de nuestra propia civilización.
Haereticus dixit
El Génesis hace a Elam hijo de Sem y nieto de Noé, ubicándolo dentro de las culturas semíticas. Sin embargo, aunque tuvo mucha relación —y conflicto— con estos pueblos (sumerios, acadios, babilonios…), su lengua era autóctona y no parece estar emparentada con estos. De hecho, hay quien ha aventurado una vinculación entre la lengua elamita y las indias lenguas dravídicas.
Testimonio de la enemistad de Elam con los pueblos semíticos y, en este caso, con Israel, lo encontramos en el libro de Jeremías. El temible Dios del Antiguo Testamento era bastante dado a fomentar la aniquilación de toda “criatura viviente” que se opusiera a su pueblo elegido y Elam no se escapaba de la ira divina:
Al principio del reinado de Sedecías, rey de Judá [597 a. C. - 587 a. C.], el profeta Jeremías recibió esta palabra del Señor contra Elán: Esto dice el Señor del universo: «Voy a hacer trizas el arco de Elán, la flor y nata de todo su ejército. Traeré cuatro vientos contra Elán de los cuatro extremos del cielo; los dispersaré a esos cuatro vientos, y no habrá una sola nación donde no se refugien elamitas. Desataré el pánico por Elán cuando sienta la amenaza del enemigo, de aquellos que quieren aniquilarla. Traeré sobre ellos la desgracia, con todo el ardor de mi cólera —oráculo del Señor—. Haré que los persiga la espada, hasta que haya acabado con ellos. Instalaré mi trono en Elán, acabaré con su rey y sus príncipes —oráculo del Señor—. Después, allá en el futuro, cambiaré la suerte de Elán» —oráculo del Señor—.
Por lo menos los reubica al final… Es curioso. Con leves modificaciones, se ha ofrecido la versión bíblica de la Conferencia Episcopal [insertar hipervínculo: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/jeremias/], que usa el término “Señor del universo”. La versión de la Biblia que manejo, un ejemplar heredado de mi familia del año 1975 y prologada por el cardenal José María Bueno Monreal, utiliza el término “Dios de los ejércitos”.
Curiosidades aparte, el fragmento menciona a los elamitas en plena decadencia, ocupados e integrados en otros pueblos vecinos. En efecto, Elam como civilización entró en un período de decadencia que, tras un breve resurgir, concluyó con su conquista por parte del Imperio Aqueménida.
La historia del pueblo elamita resulta fascinante y, en buena medida, desconocida. Una historia que no resulta más que una capa sedimentaria de una cultura antiquísima y rica que hoy se encuentra entre Irán e Irak. Quizás, por saber todo esto, me entra un escalofrío cuando recuerdo el farol —¿fue un farol?— de Donald Trump: “A whole civilization will die tonight, never to be brought back again”. Hemos normalizado las amenazas apocalípticas. Un síntoma más de la decadencia de nuestra propia civilización.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL















































