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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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15 de octubre de 2020

  • 15.10.20
Lo clásico es lo constante, lo que permanece en el tiempo. Tanto, que ni la oscuridad medieval fue tal, entre otras razones, gracias a la leve, pero suficiente pervivencia del Mundo Clásico. Sin embargo, cabe plantearse cuál es la cualidad de una obra literaria, escultórica, arquitectónica, etc., para que pueda ser considerada clásica y, por tanto, constante en el tiempo. Si tuviera la respuesta, ya habría escrito varios libros dignos de ser considerados clásicos. Por tanto, hemos de entender que es una cualidad discutible e imposible de identificar.


En mi opinión, en el ámbito literario, quizá lo que hace más constante y permanente a una obra es su capacidad para irradiar humanidad. Los grandes clásicos de todos los tiempos no han hecho sino actualizar el intento de griegos y romanos –en especial, los primeros–, de reflejar los grandes dilemas del alma humana.

El ser humano, por naturaleza, busca una Ítaca a la que regresar, y a unos Penélopes y Telémacos por los que luchar. La Posmodernidad ha complicado algo más las cosas. Antes había una deidad y una vida posterior a las que aferrarse en último término. Ahora, como señalaba el psicoterapeuta Viktor Frankl, superviviente de los campos de exterminio nazi, nosotros hemos de buscar ese sentido, preguntándole a la vida qué espera de nosotros, y no al revés.

El ser humano se encuentra solo y desnudo en un mundo lleno de horrores. Ni la ayuda de Palas Atenea fue suficiente para evitar al sufrido Odiseo decenas de vicisitudes con las que, todavía hoy, cualquier persona puede identificarse. Es la confianza en sí mismo, y no tanto en los dioses, lo que permite a Odiseo cumplir su objetivo. Los dioses benefician al que sufre la adversidad.

Hoy en día, no todos tienen una Ítaca a la que dirigirse, ni la confianza en sí mismos como para superar las pruebas que nos impone la vida, ni la capacidad de mirar al abismo y preguntarle a la vida qué espera de nosotros. No se les puede culpar. Sin embargo, más que nunca, los clásicos son una ventana en la que verse reflejados.

Pocas cosas son más humanas que verse en un dilema imposible, de vivir una situación en la que, haga lo que se haga y decida lo que se decida, la persona está destinada a perder. En la rueda de la fortuna, ¿quién no ha estado alguna vez en una buena situación, como le ocurrió con al desgraciado Edipo, y no ha caído estrepitosamente por situaciones que no ha podido controlar?

El ser humano es juguete del destino, o quizá del azar, pero también es esclavo de sus pasiones, como comprobamos en la ira del eterno Aquiles, en los amores de Paris y Helena, quizá la primera femme fatale de la Historia, o en el conflicto fratricida entre Polinices y Eteocles, hijos de Edipo.

Pocos han reflejado la pasión de la rebeldía como Esquilo en su Prometeo encadenado, ni han sido tantos los capaces de reflejar la situación de la mujer caída en desgracia como Eurípides en Las Troyanas. Grandes y grandilocuentes mitos reflejados en el arte, que también tienen su equilibrio en la faceta humana del humor. 

Es divertido imaginarse que, en el actual contexto de bloqueo e irresponsabilidad institucional en el que nos encontramos, las respectivas parejas de los líderes de los diferentes partidos políticos españoles se pusieran de acuerdo en no mantener con ellos relaciones sexuales hasta que no hubiera acuerdo.

Aristófanes ya lo pensó en su Lisístrata, en el contexto de la Guerra del Peloponeso, el principio del fin de la cultura griega. Del mismo modo que, en el mundo romano, Plauto ridiculizaba a los Cristianos Ronaldos de la época en su Miles gloriosus, entre otras parodias dignas de Los Morancos. Por otro lado, es imposible no encontrar símiles modernos en las mordaces sátiras de Marcial.

Todos estos personajes y estas historias rezuman una humanidad con la que es fácil identificarse, lo que les garantiza su permanencia en el tiempo. Sus reinterpretaciones son constantes y necesarias como testimonio de permanencia.

Recientemente he leído La versión de Penélope, de Margaret Atwood, feminista conocida por ser autora de El cuento de la criada, que es una reinterpretación de la Odisea. Atwood da voz a una Penélope decepcionada al conocer, ya en el Hades, los devaneos de su marido de camino a Ítaca. Y es sólo un ejemplo de un número infinito de reinterpretaciones de clásicos, que esperemos que nunca tenga fin.

Mientras que el ser humano sea lo que es, mantendrá los clásicos. No por puro sentido de la conservación, sino por necesidad. Aunque no se lean los originales, las personas seguirán necesitando de los relatos, los ejemplos y los arquetipos ofrecidos por la Antigüedad Clásica como forma de verse a sí mismas.

En un momento en el que nos sentimos asediados por una realidad mucho más grave que la simple pandemia, recuperar los clásicos grecolatinos, aunque no sea a través de los textos originales, puede ser una manera de ofrecer inspiración, tan necesaria para superar estos días grises.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

1 de octubre de 2020

  • 1.10.20
Todo el mundo habla de muertos y yo pienso que hay que tomárselo con humor. Ahora, el trifachito afirma que quiere aplicar la Ley de Memoria Histórica para quitarle honores a Largo Caballero e Indalecio Prieto en la Corte. Dan la impresión de querer competir con el Kennedy español en ver quién comete más incoherencias en esta legislatura. Hilarante.



Pero esto no va de coherencia, ¿no es así? La comunicación política actual va de calentar a la ciudadanía y hacerla caer en falsos debates. Y se dice lo que toca, lo que quede mejor ante las masas aborregadas. ¡Si Ortega y Gasset levantara la cabeza!

¿Merecen Indalecio Prieto y Largo Caballero calles en Madrid? ¿Lo merecen los cabecillas del Gobierno que, de manera deshonrosa, dejó tirado al general Miaja en la defensa de la capital frente al fascismo para, después, atacarlo sin piedad por su éxito?

El Kennedy español –por no decir Iván Redondo, que cualquier día le asesora hasta en qué horas debería ir de vientre–, ha entrado con gusto en el falso debate, y afirma que a estos personajillos que dejaron a su suerte a la población de Madrid se les recordará por su “lucha por la libertad”. Me gustaría decir que ha hilado fino, pero lo dice en serio. El pobre no da para más.

En otro orden de cosas. ¿Sabéis? He votado a la Monarquía… ¡Y no lo sabía! Sí, bueno, es verdad que indirectamente se le votó en el referéndum de la Constitución, pero… ¡No sé! Quizá padezca de alguna suerte de amnesia.

Tal vez sea esa amnesia la que me hace olvidar este punto, pero tenía entendido que el Partido Socialista era republicano. Lo era, ¿no? Es que me parece recordar que el Rey Emérito se fue del país con el conocimiento del presidente del Gobierno. Es más, según Carmen Calvo, este amante de las barbacoas y de la caza de especies exóticas no huía de nada. Habría que preguntarle a Indalecio Prieto su opinión al respecto.

Eso sí, me suenan algunos desplantes por parte de Pedro Sánchez. El último, la prohibición a Felipe VI de llevar a cabo sus funciones ante del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en Barcelona. No entiendo la incoherencia. Puede que haya interpretado mal las señales o, quién sabe, quizá he ‘presupuesto’ demasiadas cosas…

Por cierto, hablando del CGPJ, según Unidas Podemos era una vergüenza que todavía no se hubiese renovado. Por eso me sorprende tanto que sus socios del Partido Socialista le hayan puesto tantos impedimentos.

Y es que Pedro y Pablo, o Pablo y Pedro, friends forever and ever, no siempre se cuentan las cosas. Como la mencionada huida del Rey Emérito que, al parecer, Pablito no conocía. Quizá Pedrito no pueda dormir bien por las noches y, con el sueño, se le olvida contar muchas cosas a su carísimo socio.

Pero bueno, estábamos hablando del trifachito y sus vicisitudes. El lobo de la corrupción les ha destrozado las casitas de madera y paja, y ahora tienen que sufrir la de ladrillo, que no está bien climatizada. Pablo Casado, sucesor del creador de grandes éxitos como “eso fue hace mucho tiempo” o “Luis, sé fuerte”, lo lleva como mejor puede.

Es más, el líder del Partido Popular se ha erigido como monárquico apostólico abudabí. Y Pedro Sánchez, supuesto republicano y buen samaritano, le responde que vaya “con cuidado”, no vaya a hacer más daño que bien a la Corona. Pobrecito, muerto de frío en ese edificio de ladrillo y sin poder votar ni a Iglesias, ni a Garzón, ¡con Franco esto no pasaba!

Aunque la verdad es que quedo sorprendido con el hecho de que Casado tenga tanta preocupación por el bienestar de la Monarquía Histórica, cuando la presidenta Isabel Díaz Ayuso sigue jugando con Sánchez a ver a quién le toca confinarse en Madrid. Se pasan la pelota de manera constante. No hay nada que hacer. ¡Esta derecha ya no es lo que era! ¡Que vuelva Fraga!

El PP está muy necesitado de sesiones de espiritismo, no cabe duda. Por otro lado, me dan ganas de decir algo de Ciudadanos, pero me da respeto. No sé. Está feo hablar mal de los muertos. Pero bueno, hay que tomarse la vida con humor, y sus coletazos no dejan de ser tragicómicos. Las voces de ultratumba de Rivera y su libro Un ciudadano libre son para despacharse a gusto.

Y hablando de Rivera, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que Iglesias le dedicó en su día: “Usted es de lo que haga falta”. Lo aplicable que es a la Política española ahora mismo…

Todos los partidos, sin excepción, hablan de muertos, próximos y lejanos en el Congreso de los Diputados y la Cámara de los Zombis, que los sabios llaman Senado. Yo lo veo claro: ¡Partida presupuestaria para sesiones de espiritismo en el Congreso ya! Sería memorable ver al experto espiritista en la tribuna y escuchar, de repente, la voz del Caudillo en dolby surround: “Ciutadans de Catalunya, ja soc aquí!”. ¡A Santi le daría algo!

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

17 de septiembre de 2020

  • 17.9.20
El borreguismo pseudoprogresista español está siendo cebado por un marketing político zafio, heredero del agitprop, o propaganda de movimiento continuo, consistente en la agitación continua para obtener réditos políticos. En su favor, tengo que decir que la derecha más rancia le está sabiendo copiar la estrategia. Sin embargo, lo que duele es ver lo engañados que están los que comparten trinchera contigo.



Siguiendo el símil de la trinchera, duele comprobar cómo tus compañeros se dedican a adorar a las mismas ratas que, en la oscuridad de la noche, nos atormentan y nos quitan años de vida. Es incomprensible la manera en que el supuesto progresismo español aplaude el supremacismo catalán.

El último acto ha sido la regulación del mercado del alquiler. Nosotros mismos defendimos en este espacio la necesidad de que el Gobierno regulara este mercado. Sin embargo, lo que ha supuesto esta medida no ha sido un beneficio social, puesto que no ha sido puesta en contexto. Y, sin embargo, está siendo aplaudida por la ignorancia o el fanatismo.

Muchos desconocen que la Generalidad de Cataluña aprovechó el inicio de las vacaciones de agosto para adoptar una medida que fue de todo menos progresista: el Decreto 75/2020, de 4 de agosto, de turismo de Cataluña. La medida tiene numerosas implicaciones. Cataluña y, en concreto, la provincia de Barcelona, ya cuentan con importantes dificultades para el acceso al alquiler por parte de los ciudadanos, así como un creciente descontento con el alquiler turístico. El citado decreto desarrolla, entre otras ocurrencias, el concepto de “hogar compartido”.

El “hogar compartido” es definido por el decreto como “la vivienda principal y residencia efectiva de la persona titular y que se comparte como servicio de alojamiento con terceras personas a cambio de contraprestación económica y para una estancia de temporada. La persona titular debe residir en la vivienda mientras dura la estancia”. Esta estancia debe ser igual o inferior a 31 días.

Esto implica que cualquier persona que cumpla con unos requisitos mínimos –resalto lo de ‘mínimos’–, puede usar los 365 días al año, con un máximo de 31 días por inquilino, cualquier habitación de su casa para el alquiler turístico. No un alquiler privado, sino turístico. El sueño húmedo de los dueños de Airbnb y otras empresas del mismo ramo, que no tardaron en aplaudir la medida.

El propio Sindicato del Alquiler de Barcelona, de manifiestas tendencias independentistas, denunció la medida por sus evidentes efectos: “En lugar de limitar los alquileres turísticos en el centro de la ciudad, tal y como hizo Ámsterdam recientemente, JxCat promueve justamente lo contrario: ampliar las garantías para que los especuladores hagan su negocio y conviertan la ciudad en un parque temático de apartamentos turísticos”.

En la práctica, el decreto supone de por sí una seria reducción de la oferta en Cataluña, con el consiguiente aumento de los precios. El Ayuntamiento de Barcelona, liderado por esa adalid de la hipócrita equidistancia, Ada Colau, reaccionó prohibiendo el alquiler turístico en Barcelona. Para ello, se apoyó en una supuesta ambigüedad del decreto, que acababa dejando su desarrollo en manos de los ayuntamientos.

La regulación del alquiler aprobada ahora, en septiembre, no es otra cosa que una compensación para impedir que la escasa oferta de alquiler no turístico de Cataluña no alcance precios aún más desorbitantes. Por tanto, apoyo y celebro la regulación del precio del alquiler en Cataluña, por supuesto, pero que nadie lo venda como un avance social, porque lo que ha hecho ha sido compensar el enorme daño que se le había hecho a la ciudadanía. ¡Y encima los borregos pseudoprogresistas lo aplauden! ¿Qué hay que aplaudir?

Por cierto, hasta donde sé, a diferencia de las medidas de septiembre, ningún partido ha puesto en duda la legitimidad de la Generalidad para aprobar el decreto de agosto. Aunque se ha hecho desde el prisma del sector turístico, no dejaba de afectar al alquiler. ¡Ay! ¿Cuándo nos enteraremos de que el Capital no tiene patria? ¿Por qué los trabajadores nos la imponemos? ¡Cataluña lo ha vuelto a hacer!

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

3 de septiembre de 2020

  • 3.9.20
La Transición fue un éxito, pero no fue perfecta. O eso dice José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno. Una afirmación llevada a cabo en el contexto de la polémica por su apoyo a Rodolfo Martín Villa, político tardofranquista que jugó un papel relevante durante la Transición y que alcanzaría la presidencia de diferentes empresas clave del país, como Endesa. Y al leer esto, yo me pregunto: ¿Un éxito para quién?



Sí, es cierto. Tal y como nos ha vendido la propaganda del Régimen del 78, la Transición nos trajo la paz social y una relativa prosperidad, que no hace más que menguar en los últimos años. A cambio, los poderes públicos han alimentado y retroalimentado a los grandes empresarios catalanes, vascos y castellano-madrileños que sostienen a la Corona y, de manera paradójica, en el caso de los primeros, a los grandes nacionalismos norteños. Una contradicción que se justifica en la necesidad de ordeñar hasta la extenuación a una vaca, que es el Estado, sin rematarla.

Mientras, la población más nutrida, Andalucía, ha visto perpetuada su marginación de los centros de poder. El andalucismo ha sido atacado por doquier y, sus partido han sido reducidos –en no pocas ocasiones, por cuenta propia–, en meras copias del egoísta nacionalismo norteño.

Andalucía y Extremadura han quedado en manos de vasallos que nunca han sabido reivindicar las necesidades de su tierra. Con un atraso endémico y una migración creciente, el gran Sur ha sido marginado por el Régimen del 78 desde sus inicios, hasta el punto de que Extremadura lleve décadas mendigando por un tren digno.

Sí, tenemos paz y más prosperidad, a cambio de mantener a una Corona parasitaria, de alimentar nacionalismos y de hacer oídos sordos a los crecientes abusos del poder económico.

Los casos de la retirada póstuma de sus reconocimientos a Billy el Niño, la huida del Rey Emérito con el visto bueno del actual jefe del Estado o el caso abierto de Rodolfo Martín Villa demuestran un creciente interés por el Tardofranquismo y la Transición. Si bien, la Memoria Histórica se entendía en un sentido amplio, muchos no diferencian bien los hechos de la Guerra Civil y la Posguerra con una Transición que hasta hace poco parecía intocable.

Sin embargo, no hay cambio posible, ni redención para la Transición, mientras que se mantenga como sistema de gobierno la monarquía parlamentaria. El rey es el garante de ese empresariado ya mencionado, así como de un sistema político podrido que ha vivido la vergüenza de tener a todos sus partidos mayoritarios envueltos en casos de corrupción.

El Régimen del 78 se sustenta tanto desde el punto de vista simbólico como práctico en la Corona. ¿Es pertinente tratar esta cuestión en plena pandemia? Más que nunca, porque se están evidenciando los problemas estructurales del país. Y porque en plena crisis, con toda desfachatez, hemos vivido la supuesta huida –recordemos que, según Carmen Calvo, el Emérito no huye de nada porque no tiene causas abiertas–, de un ex jefe de Estado.

Tratar la cuestión de la República es legítimo. Ahora bien, una república no es más que un sistema de gobierno. Los políticos son los que lo llenan de contenido. Aquel que prometa un cambio de sistema debe ofrecer además un proyecto de país claro, definido, que ilusione, o caeremos en los errores del pasado.

Ya en 1866, los antisabelinos acordaron el derrocamiento de Isabel II en el Pacto de Ostende. Acuerdo que no alcanzó cierta madurez hasta la incorporación, muerto Leopoldo O’Donnell, de la Unión Liberal. Sin embargo, el pacto tenía un defecto: se pusieron de acuerdo en apartar violentamente a la reina del trono, pero no en qué harían después.

Lo que ocurrió después de La Gloriosa en 1868 es bien sabido. Un momento de anarquía fue seguido por el ascenso de un rey extranjero que, a su vez, dio paso a otro momento de anarquía, para concluir en la moribunda I República. Un fracaso previsible y previsto que reforzó a los sectores más conservadores de la población y derivó en el refuerzo de los grandes industriales catalanes y terratenientes andaluces.

Mejor pensado estuvo el Pacto de San Sebastián de 1930, pero no mucho más. Al menos se pusieron de acuerdo en el sistema de gobierno, que no era poca cosa. Al igual que ocurriera en Ostende, la participación de un partido más centrado, y en este caso incluso conservador, como la Derecha Liberal Republicana, permitió un acuerdo amplio que favorecería el exilio de Alfonso XIII. Y por una vía pacífica, ni más ni menos.

Sin embargo, que hubiera más acuerdo no significa que tuvieran un proyecto común o, al menos, de mínimos. Y eso produjo que, ante la reacción de la utraconservadora CEDA y los corruptos del Partido Radical, los diferentes movimientos republicanos acabaran luchando cada uno por su cuenta, con los funestos resultados que todos conocemos. Tanto grandes industriales catalanes como Francesc Cambó, nacionalista catalán que prefería una España fascista a una Cataluña comunista, como los terratenientes latifundistas andaluces apoyaron al Movimiento Nacional para mantener sus posiciones de poder.

En la actualidad, la mayor parte de los partidos republicanos se contentan con gritar sus proclamas y enseñar banderas que, a muchos, se nos antojan tan rancias como las del águila de San Juan. Por no hablar de los partidos separatistas, cada día más descerebrados, egoístas y pirómanos, que atacan a la monarquía como símbolo del Estado, olvidando que sustenta a los mismos que los financian.

Los republicanos no cuentan ni con la unidad, ni con las ideas, ni con las ganas de entendimiento necesarios para promover el cambio. Hasta el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se atreve a llamarse republicano en este contexto, mientras que sus miembros justifican la necesidad de la monarquía.

La única manera pacífica de expulsar a la monarquía a día de hoy es a través de los mecanismos de reforma constitucional previstos en su Título X. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que ello requiere la aprobación por dos tercios de cada cámara, la disolución de las Cortes, una nueva votación en las que se formasen y, finalmente, un referéndum. No hace falta señalar que pocos estarían dispuestos a meterse en tales faenas si no hay algo más que un cambio de sistema político.

Andalucía y, con ella, España necesitan un proyecto amplio de país, que ilusione a su población, y pasa por acabar con el Régimen del 78. Un régimen que ha beneficiado a los empresarios catalanes, vascos y castellano-madrileños, a unos vividores cuyos excesos ya no nos escandalizan, a los nacionalismos y a una monarquía parasitaria cuya presencia es injustificable en una sociedad moderna y democrática.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

20 de agosto de 2020

  • 20.8.20
Hace unos días se produjo una manifestación negacionista en Madrid, donde se incumplieron las medidas higiénicas mínimas con plena consciencia de ello. Por otro lado, Pablo Iglesias e Irene Montero se han quejado de los escraches y el acoso que sufren –y, con ellos, sus hijos, todavía de muy corta edad–. Dos hechos que parecen no tener nada que ver, pero que tienen un nexo ético fundamental.



Antes que nada, conviene aclarar que hay que condenar tanto el incumplimiento de las medidas higiénicas por parte de los negacionistas –que no la manifestación en sí–, como el acoso de cualquier personaje público –cualquiera, sea cual sea su ideología o los cargos en su contra–. A partir de aquí, conviene matizar y llamar a la coherencia.

Los negacionistas se han saltado sus deberes con respecto a la Salud Pública, y el derecho de los demás a la salud. Sin embargo, como buenos negacionistas, ellos no consideran que hayan hecho tal cosa. Se sentían legitimados por su ‘sentido común’ y un ‘bien superior’. Por otro lado, tienen el derecho a pensar lo que quieran y a manifestarse como quieran, siempre y cuando cumplan la Ley.

Por su parte, los dos líderes podemitas se quejan del mismo acoso que ellos aplaudieron y arengaron cuando no formaban parte del Gobierno. Recordamos este vídeo de Fort Apache, donde Pablo Iglesias defiende que los escraches son “jarabe democrático” y que “si no hay justicia, hay escrache”. Por tanto, parece que la legitimidad para pasarse la ley por la piedra depende del ‘sentido común’ de cada uno y del ‘bien superior’ que se defienda.



Es inevitable hacer referencia a uno de los pensadores más influyentes de la izquierda europea, Slavoj Žižek, y a su obra En defensa de la intolerancia. Si aceptamos la hipótesis de partida del filósofo esloveno, el multiculturalismo es la ideología del actual capitalismo global.

Esta idea se opone, como él mismo reconoce, a la defensa tradicional de la izquierda del multiculturalismo como antídoto del fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista…). Por ello, promueve “una buena dosis de intolerancia, aunque solo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia”. Esta “intolerancia” no solo afectaría a la multiculturalidad, sino que justifica la lucha contra las ideas que, en un momento dado, pudiéramos entender que son contrarias a las nuestras.

La lógica de Žižek es impecable: la politización de la economía política requiere de una actitud crítica, que rechace lo establecido. En efecto, existen unas normas de convivencia que, es obvio, han sido pactadas por las élites económicas y políticas (cuando no impuestas por las primeras), sin tener en cuenta las necesidades y las opiniones de la ciudadanía.

Sin embargo, también es cierto que esas mismas normas crean un status quo, débilmente legitimado por las urnas, que solo puede mutar en beneficio de la ciudadanía si se hace desde dentro o a través de una ruptura. Ahora bien, si legitimas la ruptura, estás legitimando que todos rompan.

El propio Žižek se da cuenta de que sus propias ideas entran en una paradoja a la que dedica un capítulo entero: Por una suspensión de izquierdas de la ley. “Tanto la izquierda como la derecha tienen su propia idea de suspensión de la ley en nombre de algún interés superior o fundamental”, afirma. “Para el centro liberal, ambas suspensiones de la ley […] son en definitiva una misma cosa: una amenaza totalitaria contra el imperio de la ley. Toda la consistencia de la izquierda depende de su capacidad de poder demostrar que las lógicas detrás de cada una de las dos suspensiones son distintas”.

Ahora bien, ¿qué es lo que da esa legitimidad a la ruptura de izquierdas? La necesidad de “tomar partido”. La argumentación de Žižek, amplia y razonada, siempre me ha parecido insuficiente. Al final, la suspensión de la ley depende de lo que cada uno considera un bien superior.

Por tanto, entiendo que nos encontramos en una paradoja imposible, en la que resulta inevitable tomar partido, pero en el que hay que ser coherente y, sobre todo, evitar moralizar. Si no, acabas en contradicciones, como ocurre ahora con Pablo Iglesias y su “jarabe democrático”.

En lo que respecta a los negacionistas, éstos no planteaban un cambio concreto, sino que aspiraban a la crítica por la crítica, y a llamar la atención. Incluso intentaron tomar el Paseo de la Castellana en Madrid. Ahora bien, si nos atenemos a las ideas de Žižek, ¿lo que han hecho los negacionistas no es plenamente coherente? ¿No es análogo a la actitud de la pseudoizquierda podemita?

Es cierto que algunas consignas fueron infantiles y estúpidas. Sin embargo, varios de sus mensajes iban dirigidos a la politización de la economía y a una reflexión sobre el sistema, como reflejan mensajes como: “Libertad. No al confinamiento. No a las mascarillas. No a las vacunas asesinas. No al nuevo orden mundial. España dice basta ya”; “Investiga. Reflexiona. Existe otra realidad que nos ha sido ocultada” o “Una nueva normalidad es …desconfiar de tus vecinos? …que el 70% de los españoles pasen hambre? …que dejen a toda España sin trabajo?” (todas las cursivas añadidas). ¿No recuerdan a las consignas que realizábamos muchos en el 15M?

Han negado una realidad, se oponen a ella y, con la misma, al sistema. Han violado la Ley, saltándose en este caso las normas establecidas, y han sido intolerantes con quienes no han pensado como ellos. Han “tomado partido”.

El argumento principal contra los negacionistas es que se han saltado la Ley y que han puesto en riesgo a todos. Es cierto, y por ello deben ser castigados. No seré yo el que defienda a estos “seres de luz”. Sin embargo, volvemos a la misma idea del principio: ¿cuándo es legítimo romper el status quo?

Los negacionistas niegan que pongan en riesgo a nadie, del mismo modo que otros afirmaron que los escraches eran “jarabe democrático”, otros negaron que estuvieran rompiendo el país o que estuvieran haciendo cualquier otro mal. No deja de ser una valoración subjetiva.

Que nadie se equivoque. Esto no es una apología del status quo. Trato de llamar a la coherencia. Si te saltas la ley porque consideras que es de sentido común, o por un bien superior, estás legitimando a que otros lo hagan. Paradojas de la rebeldía sobre las que deberíamos reflexionar.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

6 de agosto de 2020

  • 6.8.20
Alfonso XIII fue un rey que sí que tuvo que exiliarse para evitar el derramamiento de sangre –y porque estaba solo, las cosas como son–. En su despedida, ofreció lo más parecido a una disculpa que España había oído hasta entonces de un Borbón, y que no sería superado hasta la pillada de Juan Carlos I en Botsuana: "Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez, pero sé bien que nuestra patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia".



La malicia de las culpas es una realidad en la que no vamos a entrar. Desde luego, culpas tuvo él, tuvo su hijo y, ahora, su nieto. En cualquier caso, quisiera rememorar la abdicación de 1977. Este hecho es irrelevante desde el punto de vista del flujo de los acontecimientos, pero lleva aparejado una intrahistoria familiar interesante.

Juan Carlos I fue reconocido rey, conforme a la Tradición, el 14 de mayo de 1977, más de año y medio después de su coronación oficial, en noviembre de 1975. Para los monárquicos más recalcitrantes y los puristas, daba igual que Juan Carlos hubiese sido proclamado en Cortes. Era su padre, Don Juan, el que tenía todos los derechos dinásticos. Es más, hasta esa fecha, Don Juan no había reconocido a su hijo como rey, ni había cedido la jefatura de la Casa Real.

En junio de 1975, a pesar de que Juan Carlos había sido nombrado sucesor por la legitimidad del Régimen, no dudó en recordar su existencia en un polémico manifiesto: "Como depositario que soy del tesoro político secular que es la Monarquía española, no me he sometido a ese poder personal, dilatada e inconmoviblemente ejercido por quien fue encumbrado por sus compañeros de armas para la realización de una misión mucho más concreta y circunstancial".

Esta declaración incluía dos verdades incómodas para el sucesor de Francisco Franco. La primera, que conforme la voluntad que expresó Alfonso XIII en 1941, él era el legítimo rey de España. No heredero, sino rey, con el nombre de Juan III. Un hecho que el relato épico y deliberadamente exagerado de la Transición no ha dejado de rememorar como una de las complicaciones del joven heredero.

Un relato en el que Don Juan también tiene un rol de redención monárquica. Su padre, Alfonso XIII, no hizo nada por impedir que los monárquicos se unieran a las fuerzas más ultraconservadoras del país tras el Golpe de Estado que encumbró la dictadura. Él mismo apoyó al Golpe en sus inicios.

En 1941, por puro tacticismo –su ideología personal solo la conocían él y los suyos–, el padre del Rey Emérito apoya públicamente a los aliados en la II Guerra Mundial y comienza a separarse de la figura del dictador. En 1945, exige en el Manifiesto de Lausana su salida del poder. Sin embargo, España no es atacada, por lo que el rey exiliado queda aislado y busca, a lo largo de su trayectoria política, el apoyo y la simpatía de unos derrotados que tampoco lo respetaban.

Por tanto, la abdicación de “Ioannes III, comes Barcinonae”, tal y como refleja su tumba en el Panteón Real en San Lorenzo de El Escorial, fue más que una reconciliación familiar o una anécdota histórica. Fue el último acto de legitimación del reinado de Juan Carlos I. Un acto que, sin duda, estuvo presente en la abdicación del propio Rey Emérito en junio de 2014. En el discurso del conde de Barcelona, éste expuso:

"El respeto a la voluntad popular, la defensa de los derechos personales, la custodia de la tradición, el deseo del mayor bienestar posible promoviendo los avances sociales justos, han sido y serán la preocupación constante de nuestra familia, que nunca regateó esfuerzos y admitió todos los sacrificios, por duros que fueran, si se trataba de servir a España. En suma, el Rey tiene que serlo de todos los españoles".

Es difícil evitar una sonrisa sarcástica sobre la declaración de los intereses políticos de la “familia” Borbón. El conde de Barcelona falleció en 1993, dejando este último título a su heredero. Un título que, siempre pensé, debería de haber mantenido, en vez del peculiar ‘Rey Emérito’.

Hoy, Carmen Calvo se muestra osada cuando afirma que el ex jefe del Estado “no huye de nada porque no está inmerso en ninguna causa”. Lo segundo es cierto, sin duda. O, al menos, en el momento en que se están escribiendo estas líneas. Si bien, no olvidamos las disculpas que tuvo que expresar por otros actos. En cambio, la afirmación de que el Emérito no ha huido supone una falsedad que roza la obscenidad.

Casi tanta, como la calificación de ‘exiliado’ que diferentes medios de comunicación le han otorgado. Por otro lado, no son pocos los editoriales de prensa escrita que han alabado su huida para evitar que sus “asuntos personales” salpiquen al actual monarca. ¿Asuntos personales?

Juan Carlos I fue jefe de Estado y no ha huido por sus affaires amorosos, sino por sus supuestos business financiados con dinero público. Precisamente él, al que la tradición y el deber constitucional exigían ejemplaridad. Y su sucesor ha avalado su decisión, demostrando con ello, también, poca ejemplaridad.

La “familia” a la que hacía referencia el conde de Barcelona ya ha demostrado sobradamente su escaso interés en “servir a España”. Ojalá unas elecciones sirvieran a Felipe VI, igual que ocurrió con su bisabuelo, para que a éste le quedara claro que no tiene “el amor de su pueblo”, y marchara, este sí, a un exilio que nos trajera la III República. Sin embargo, la posición del Partido Socialista deja esta opción bastante lejos. Progresismo lo llaman…

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

23 de julio de 2020

  • 23.7.20
Pocas cosas son tan pueriles y peligrosas como una interpretación egoísta y descontextualizada de la libertad y de la rebeldía. Tenemos numerosos ejemplos, como el pseudoprogresismo, el supremacismo catalán o, desde un punto de vista más doméstico, la rebeldía juvenil. Ahora nos toca hablar de los que empiezan a ser denominados maskholes.



¿Para qué negarlo? En la sociedad del postureo, todo suena mejor en inglés. Te hace parecer guay, culto, progresista y, sobre todo, estar al día. Participas del mainstream, aunque tu lema sea be yourself. Eres la caña, la antítesis de ese rancio de Arturo Pérez-Reverte, que no tiene ni idea de nada. Y el neologismo que nos toca asimilar ahora es maskhole.

Para los rancios y los perdidos que no conocen las últimas tendencias, o sea, que no participan del mainstream, maskhole es una adaptación de la palabra asshole, un término muy guay en el mundo hispano, pero castizo como pocos en el ámbito anglosajón. En concreto, de acuerdo con el Cambridge dictionary, asshole o arsehole significa “una persona desagradable o estúpida”. Y es que el sentido de la palabra ‘gilipollas’ es universal.

Por tanto, maskhole sería una forma despectiva de denominar a una persona que no lleva mascarilla sin razones debidamente justificadas en el actual contexto de pandemia. ¿Qué lleva a una persona a cometer tal acto de irresponsabilidad?

Quizá, los casos más inquietantes son aquellos que no llevan mascarilla por el simple placer de no hacerlo. O lo que es peor, los que la mal llevan en el brazo, la papada o en otras partes del cuerpo, con la idea de ‘cumplir’. Estas personas creen que realizan un ejercicio de libertad. Se exponen a su cuenta y riesgo. Consideran estar en su derecho de hacer con su salud lo que les parezca conveniente y marchan por el mundo como si la pandemia entendiera de caracteres.

Cuando no llevar mascarilla se convierte en un acto de rebeldía y libertad, deja de ser solo un problema de salud pública. Es una tendencia ética, en la que los rebeldes se mueven en una doble vertiente extrema: o no llevan mascarilla o, por el contrario, se disponen a criticar a todos aquellos que salen de sus casas para algo más que trabajar o hacer la compra.

Los maskhole son un peligro para la Salud Pública, pero también son un síntoma de una sociedad pueril e incapaz de estar a la altura de los retos que la vida y sus propios errores les han puesto.

Dicho esto, y pasando otro tema, se cumplen nueve años de la muerte de Amy Winehouse. Un personaje considerado por muchos como la última gran diva de la música, o al menos por ahora. Un personaje decadente, pueril y autodestructivo. Y una diosa de la música para el humilde escritor de estas líneas. No quería acabar esta columna sin recordarla. ¿Sería una maskhole si viviera? Back to black.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

9 de julio de 2020

  • 9.7.20
El pasado lunes se publicó en el BOE el Real Decreto-ley 25/2020, de 3 de julio, de medidas urgentes para apoyar la reactivación económica y el empleo. Una medida fundamental, dentro de un programa más amplio. Una medida conservadora, pero a la que es difícil criticar con justicia.



El real-decreto garantiza un apoyo económico para el sector turístico, automovilístico y, por supuesto, a las empresas estratégicas, entre otras medidas de calado. También supone la continuación de medidas sociales populares, como la moratoria de la ejecución de desahucios y cortes de suministros a personas en situación vulnerable.

En cualquier caso, el texto parece estar más preocupado de garantizar la sostenibilidad del modelo económico actual y de renovar los sectores que dan más empleo –en especial, el turístico y el automovilístico–, que en plantear una transformación de la economía española. Y es que es reflejo de una política económica más amplia que parece no estar interesada en cambios de calado.

No vamos a defender a estas alturas a este Gobierno pseudoprogresista. Sin embargo, en este punto hay que ser justo: hiciera lo que hiciera, iba a ser criticado. Apoyando a los sectores que dan más empleo en este país, y fomentando su renovación, lo podemos criticar de conservador. Si no los apoyara y promoviera una transformación más profunda, fomentando nuevos sectores para renovar el modelo económico del país, lo estaríamos acusando de hacer experimentos con gaseosa. Fastidiado queda, haga lo que haga.

Por lo demás, tampoco se le puede acusar de una carencia de imaginación que comparten los países de nuestro entorno. La Gran Recesión fue una oportunidad perdida por Europa para implantar un cambio del modelo económico dentro de la Economía de Mercado –nos guste más o menos, es el único que tenemos en este momento–.

Volvemos a caer en los mismos errores. Ahora, en la era del covid-19, volvemos a tener una oportunidad, casi mejor que la anterior, para cambiar el mundo. ¿Y qué se va a hacer? Nada. No hay ideas. Hay tiros en el aire. Pinceladas en un cuadro. El ecologismo, en lo que respecta a su defensa de la sostenibilidad, es una perspectiva o, quizá, una meta. Sin embargo, no es una ideología, ni un modelo económico en sí. Asimismo, la economía social es un concepto interesante, potente incluso, pero que necesita integrarse en un modelo más amplio.

Por otro lado, medidas aisladas como la renta básica, la tasa Tobin y otras medidas de hondo calado social –y que han sido apoyadas por eminentes académicos, entre los que destaca el carismático Thomas Piketty–, son insuficientes e, incluso, contraproducentes si no se enmarcan dentro de un programa de medidas más amplio.

En Europa nos está faltando imaginación para buscar un modelo económico que sea más sostenible y aproveche la creciente sobrecualificación de la población. Cabe preguntarse qué está haciendo la Academia, y si se la está ignorando, en la necesaria reinvención del Estado Social.

No podemos pedirles innovación a esos apolillados gurús del siglo XX, que no quisieron ver la Gran Recesión y cuya única receta válida ha sido una austeridad que ha ampliado la brecha social. Europa necesita ideas, y España con ella, y sólo pueden venir del mundo académico.

Si hay algo que debemos tener claro es que el salto social y económico que necesitan España y Europa no vendrán por incluir en discursos las palabras ‘ecologismo’, ‘sostenibilidad’ o ‘economía social’. Ese salto que tanto necesitamos vendrá de una revisión amplia del modelo económico y social, donde se siembren las semillas de un auténtico Estado Social. Un progreso al que es inherente la sostenibilidad del nuevo modelo, la centralización de la gestión de los recursos del Estado, si es que no hay que cederlo a entidades supranacionales, y la reducción de la brecha social.

El actual Gobierno puede ser criticado por muchas cosas. Sin embargo, el citado real-decreto no puede ser una de ellas. Europa necesita de la Academia, y la Academia debe ser escuchada por políticos capaces y valientes, que sepan comprender la necesidad de un auténtico salto cualitativo en materia económica y social.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

25 de junio de 2020

  • 25.6.20
En los momentos que estamos viviendo, creo que es necesario defender la herejía como una cualidad tan necesaria como escasa. No hablamos de esa herejía pueril propia de la rebeldía adolescente y del pensamiento político infantil. Hablamos de ir contracorriente, de manera razonada y con espíritu tan crítico como constructivo.



En los tiempos de la postmodernidad, la herejía es una cualidad que se asemeja al gusto por la lectura o el ejercicio. Muchos afirman que huyen del rebaño, que disfrutan de la lectura o que van con frecuencia al gimnasio.

Sin embargo, casi todos se esfuerzan en demostrar que se encuentran en el lugar correcto de una ficticia trinchera que otros han creado para ellos; en hacerse fotografías en la Feria del Libro, donde compran el único trozo de papel que van a leer durante el resto año; o bien, se esfuerzan en pagar su cuota en esos templos dedicados al culto al cuerpo como si fueran una ONG, porque o no van, o lo hacen para poner una fotografía en la red social de turno.

Y eso no es lo peor. Lo peor es que, en ocasiones, estos mismos autodenominados ‘herejes’ se atreven a ejercer de censores. ‘Postcensura’ lo denominan, aunque no es más que la vieja costumbre de linchar, antorcha en mano, al que no comparte tus ideas. Eso sí, en redes, que es mucho más civilizado. Dónde va a parar…

La herejía es un atentado contra la corrección política, que no es otra cosa que neopuritanismo disfrazado; un acto de traición a la pureza, que permite al sistema evolucionar; una obligación ética en tiempos de postureo ideológico. Pero no todos tienen el temple, ni de serlo ni de defenderlo sin caer en una suerte de iluminación personalista, cuando no mesiánica.

Un buen ejemplo de lo que estamos hablando es el abolicionismo. El feminismo radical y descerebrado que ahora mismo prevalece pretende imponer la idea de que solo existe un feminismo, y que debe ser abolicionista. Por tanto, de acuerdo con esta lógica, todo aquel que defienda la regulación del trabajo sexual no solo no es feminista, sino que es un machista.

Así lo aceptan los ‘rebeldes’ militantes en redes sociales. Se niega el debate. Y mientras, se ignora y discrimina a asociaciones feministas como Hetaira o Aprosex. ¿Eso no era cosa del heteropatriarcado?

Admito que el abolicionismo siempre me ha parecido una posición más propia de un vecino del barrio de Salamanca que uno de barrio obrero por las razones que ya expliqué aquí. Es fácil tener sólidos principios utópicos desde la comodidad de tu salón y, desde luego, pongo en duda que Irene Montero o Carmen Calvo sean más feministas que Amarna Miller.

En cualquier caso, y a pesar de lo señalado, sí que considero que es necesario un debate público, y jamás lo negaría. De hecho, se perdió una oportunidad excelente cuando el actual Gobierno negó a la Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS) convertirse en sindicato. La herejía nunca puede ser intransigente, so pena de aspirar a dogma.

Sirva este ejemplo para entender lo necesario que es el pensamiento crítico, y cómo debe actuar. Máxime, en unos tiempos de cambio, donde jamás ha habido tanto borrego creyéndose librepensador. Es momento de ser valientes, aceptar lo que caiga, proponer nuevos debates y, sobre todo, derribar las trincheras ficticias que los populistas de turno tratan de imponernos –otra vez–.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

11 de junio de 2020

  • 11.6.20
Estamos acostumbrados a que solo se trate sobre la tercera edad en la prensa para hablar de sus pensiones. Un debate importante, por supuesto, pero que obvia otro igual de relevante: qué hacer con los que no se valen por sí mismos.



El pasado 5 de junio se actualizó el apartado “Salud” de la publicación del Instituto Nacional de Estadística (INE) Mujeres y hombres en España. De acuerdo con este documento oficial: “entre 1999 y 2019 (datos provisionales), la esperanza de vida al nacimiento de los hombres ha pasado de 75,4 a 80,9 años y la de las mujeres de 82,3 a 86,2 años”. Por otro lado, la proyección parece más prometedora, si cabe: “la esperanza de vida al nacimiento alcanzaría los 82,9 años en los hombres y los 87,7 en las mujeres en el año 2033”.

Ahora bien, por la propia naturaleza de la vejez, y por mucho que haya avanzado la ciencia, el aumento de la esperanza de vida de las personas es proporcional al descenso de su calidad de vida. Los problemas físicos y, peor, psíquicos, llevan a muchas familias a situaciones límite que rara vez abren los informativos.

En el modelo familiar tradicional, la mujer se encargaba del cuidado de niños y ancianos que, en todo caso, tampoco solían ser un problema por mucho tiempo. Sin embargo, incluso aceptando un modelo de familia ya obsoleto, el hecho es que la mujer se ha incorporado al mercado laboral, comparte los cuidados familiares con su pareja, y se encuentra con el hecho de que pueden pasar diez o veinte años cuidando de sus mayores.

Menos tiempo y más exigencias. Incluso compartiendo las obligaciones familiares entre todos los miembros de la unidad familiar, la conciliación es un reto. Y casi un imposible si hay niños o si el anciano padece severos problemas de salud mental.

Soluciones habituales suelen ser acudir a cuidadores profesionales, a cuidadores no profesionales o, de manera más radical, pagar una residencia de ancianos. De hecho, he conocido casos absurdos, como una señora que cuidaba de un anciano para poder pagarle la cuidadora a sus padres. Y no entremos ya en la espinosa cuestión de la remuneración de los cuidadores…

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, rememorado hace poco por el compañero Daniel Guerrero, fue tan fecundo en buenas ideas como incompetente para llevarlas a cabo. Dentro de sus políticas sociales, aprobó en 2006 la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia, más conocida como Ley de Dependencia.

La idea que subyacía en la ley era apoyar a las familias con personas dependientes, ya lo fueran por complicaciones físicas o psicológicas. Quizá, fue una de las medidas más interesantes y directas de cara al cuidado de nuestros mayores. Sin embargo, ese problema crónico de nuestro país que es el de las competencias y, sobre todo, los recortes del Gobierno de Mariano Rajoy, dieron lugar a que la medida no tuviera todo el alcance deseado.

Ahora, en plena crisis del covid-19, existe un debate sobre el número de muertos en residencias de mayores y, sobre todo, con respecto a los procedimientos llevados a cabo para proteger a los ancianos que se encontraban en estos espacios.

Yo echo de menos un debate serio sobre qué hacer con nuestros mayores, y cómo conciliar la vida laboral y familiar, que parece más enfocada que nunca al cuidado de los pequeños de la casa.

El hecho es que ha habido un número limitado de residencias de ancianos con casos de covid-19, mientras que otras muchas adoptaron medidas tajantes desde el principio para proteger a sus usuarios. Sin embargo, ¿qué hijo que ame a sus padres los metería ahora, sin un nudo en la garganta, en una de estas residencias?

Partimos de la base de que un número importante de ellos lo hacen porque no tienen más opciones. Y aún así, es un gasto difícil de asumir ante la falta de plazas en las residencias públicas.

Los ancianos son cada vez más longevos, el culto a la productividad nos exige más sacrificios en tiempo y sentimientos, los cuidados son más caros, y el coste público del mantenimiento de nuestros mayores está al alza. Y no podemos abandonarlos: sería una ignominia.

En el Decálogo de preguntas y respuestas sobre el impacto previsional del COVID-19, publicado el pasado mes de abril por el Foro de Expertos del Instituto BBVA de Pensiones, se lleva a cabo una loa del teletrabajo, panacea de todos los males. Aumento de la productividad, facilidades para la conciliación y aumento de la vida laboral… Un chollo para el empresario que esté dispuesto en invertir en los medios.

Desde luego, soy defensor del teletrabajo para los oficios que lo permitan. En efecto, el principal argumento es la relativa facilitación de la conciliación entre la vida familiar y la laboral. Sin embargo, no podemos obviar las trampas que lleva detrás. El empresario sin escrúpulos, que los hay, sabe que estás en tu casa. No puedes escapar del trabajo. Por eso debe ser regulado, y evitar abusos.

Retomando la cuestión de nuestros mayores, todo parece apuntar a que el teletrabajo facilitará la ampliación de la vida laboral, al igual que la conciliación. Sin embargo, está lejos de ser una medida suficiente. Ni siquiera está cerca de ser una medida.

Si hablamos con propiedad, el problema de la tercera edad no es una complicación española en exclusiva. Sin embargo, es dentro de los límites del Estado y del cachondeo autonómico actual donde debemos abordarlo.

La era postcovid-19 debe estar basado en un modelo social más sostenible en un sentido amplio del término. Sostenibilidad ambiental, sostenibilidad económica, sostenibilidad del nuevo modelo de familia… Y el debate sobre el cuidado de la tercera edad es obligatorio. A ver si entre tanta bronca chabacana en el Congreso, le podemos sacar algún hueco…

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

28 de mayo de 2020

  • 28.5.20
El cese del coronel Diego Pérez de los Cobos como jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid es uno de esos hechos políticos que te hacen sentir arcadas de la política española. Desconozco en profundidad la carrera de Pérez de los Cobos. Con el corazón en la mano, no conozco su ideología, su personalidad, ni su trayectoria, de la que diferentes medios destacan lo que les interesa. Unos, su intervención durante el 1 de octubre en Cataluña; otros, su lucha contra ETA. Y lo cierto es que me da igual.



La causa de su cese, así como la caída en desgracia de varios de sus subordinados, ha sido la entrega de un informe a la autoridad judicial, requerido por la misma en el marco de la investigación Operación Sanitario, que viene motivada por una acusación de supuestos delitos de prevaricación administrativa y de lesiones por imprudencia, al permitir las autoridades tanto las manifestaciones como las reuniones en lugares de tránsito público en los días previos al 15 de marzo.

Como es lógico, el foco político se encuentra en la manifestación por el Día de la Mujer, durante el pasado 8 de marzo. Recordemos que, en menos de 24 horas tras su celebración, comenzaron las primeras medidas restrictivas. Sin embargo, el informe tiene un alcance mucho más amplio, pues afecta a otras manifestaciones en la Comunidad de Madrid y otros eventos en el territorio nacional hasta el 14 de marzo, incluyendo ciertos partidos de fútbol internacionales.

La pertinencia judicial del informe solo puede ser confirmado por un juez y debatido en profundidad por juristas. De hecho, el reconocido catedrático Javier Pérez Royo ha sido muy crítico con los conceptos utilizados en el proceso, al considerar que para que haya prevaricación administrativa, primero tiene que haber acto administrativo. En cambio, las implicaciones políticas del documento son demoledoras, pues desmonta, por lo menos, tres argumentos del Gobierno.

El primero es que siempre se ha dejado guiar por la recomendación de los científicos y, en especial, de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El segundo, que no fue consciente de la amenaza hasta el 9 de marzo, fecha en que se producen las primeras medidas restrictivas serias. En tercer lugar, que se permitió la celebración de manifestaciones y reuniones en lugares de tránsito público, sabiendo que podían ser una amenaza para la salud pública.

Existen algunas imprecisiones o errores en el informe, en especial en lo referido a la interpretación de las recomendaciones de la OMS. De poco calado, en cualquier caso, por ser de fácil corrección. En cambio, queda demostrado en este documento aportado en el informe que la OMS recomendó el pasado 29 de enero “evitar las aglomeraciones y no permanecer con frecuencia en espacios cerrados y abarrotados”. Esto incluiría, no solo las manifestaciones, que se siguieron permitiendo, sino que también los eventos deportivos y los de cualquier naturaleza.

Sin embargo, como confirma la propia Delegación del Gobierno en Madrid, estos eventos se siguieron celebrando. Y aquí viene uno de los puntos más inquietantes del documento: varios de sus promotores declararon como testigos, ante la Guardia Civil, que desde la Delegación se pusieron en contacto con ellos por teléfono.

El objetivo de estas llamadas habría sido que desconvocaran los actos previstos por propia iniciativa, poniendo como excusa la amenaza del Covid-19. Estos hechos ya se estaban produciendo antes del 8-M, como reflejan los folios 68 y 69 del informe.

Por tanto, si esto es cierto, desde el pasado 5 de marzo hubo manifestaciones y reuniones en lugares de tránsito público que contaron con todas las bendiciones de la Delegación del Gobierno en Madrid, mientras que otras fueron desaconsejadas verbalmente a causa del Covid-19.

Tampoco se deja en buen lugar a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Son varias la referencias a declaraciones y decisiones personales y/o profesionales que evidencian su conciencia de la amenaza. Hecho que no impidió al Gobierno mantener los diferentes eventos mencionados.

Otro hecho que deja en muy mal lugar al que ha sido el rostro de la acción del Gobierno contra el Covid-19 es que, en el momento de redactarse el informe, su centro no hubiera aportado la información requerida por la Guardia Civil. Y ello, a pesar de haberlo solicitado en repetidas ocasiones desde el pasado 8 de abril.

No caben aquí todas las pruebas que se dan en contra del Gobierno, si bien, lo expuesto evidencia la miga política del documento. Insistimos en que no estamos en posición de evaluar su carácter jurídico, pero sí el político. Y el hecho es que la destitución de Pérez de los Cobos ha sido un acto miserable, en el que se ha purgado a un cargo por cumplir con su trabajo.

Un acto miserable, y también mediocre, porque lo que ha hecho es evidenciar aún más las tendencias autoritarias de un Gobierno que se cree que vive en un House of Cards permanente. Si viviéramos en un país serio y, de paso, tuviéramos una oposición al Gobierno seria, ya le habría costado la cabeza del Kennedy español. Desde luego, si hubiera estado el Partido Popular en el Gobierno, ya estaría medio país en la calle. Y con razón.

No me cabe la menor duda de que la España de mañana será mucho más autoritaria y pobre, tanto desde una perspectiva económica como intelectual. Y lo peor es que el postureo político de muchas personas de a pie les impide reconocerlo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

14 de mayo de 2020

  • 14.5.20
La crisis del Covid-19 ha roto las costuras del orden económico y político mundial. Si hacemos caso a Slavoj Žižek, esto supone el principio del fin del sistema imperante. En cambio, si escuchamos las advertencias de Byung-Chul Han, ante el peligro, el sistema tenderá a reivindicarse y a ser más autoritario. Creo más a este último, como buen optimista bien informado.



No es una nueva crisis. El que quiera vender este engaño, tened claro que lo hace para tapar sus vergüenzas del pasado. Es la misma crisis que llevamos atravesando desde hace más de una década. Una crisis que nunca superamos, pero que ya llevábamos mejor.

Tampoco nos engañemos a nosotros mismos. Sería exagerado afirmar que lo que viene será el Apocalipsis, en especial tras los meses de septiembre y octubre, pero tampoco será bonito. Pedro Sánchez hará pasar a Mariano Rajoy por hermanita de la caridad. Y, al igual que él, lo hará en nombre del mismo pueblo al que desvalija. Hablamos de recortes presupuestarios, por supuesto, pero también de la vulneración de derechos que ya estamos sufriendo y de un aumento, otra vez, de la polarización política.

Ante tanta acción, la reacción será inevitable. Ahora bien, ¿qué reacción? La rebeldía es un sentimiento, no una acción. Es un decir no, a la vez que se dice sí, tal y como señala Albert Camus. Las acciones emanan de las ideas y de las emociones. Y aquí es donde yo encuentro el error de Žižek.

Pongo un ejemplo claro. El movimiento independentista catalán actual, consecuencia indudable del movimiento 15M como continuación de la misma en la región catalana, se caracteriza por su carácter rebelde. Dice “no” a España, símbolo de todos los males, y “sí” a una República Catalana que es vista como la nueva Arcadia.

Ahora bien, si tomamos la masa social del independentismo catalán y la segmentamos, podemos comprobar que buena parte de la misma no tiene un carácter comprometido. Se trata de una rebeldía pueril, que se retroalimenta por el sentimiento de pertenencia a un colectivo. Además, el independentismo fomenta un objetivo claro, tangible, que la sociedad europea actual no puede proporcionar. Es la opción fácil.

Si a estos mismos los ponemos ante un análisis racional, no pueden aceptar el carácter supremacista y contraproducente de su movimiento. Y, en cualquier caso, son incapaces de sacrificios reales por su causa. Como mucho, pueden aspirar a la rebeldía estética de los dandies. “Vivir o morir delante del espejo”, como diría Charles Baudelaire. Hoy diríamos “vivir o morir en las redes”.

En cambio, existe una minoría abultada de rebeldes comprometidos, dispuestos a sacrificar, incluso, la vida por obtener la tierra prometida: una Cataluña libre y perfecta. Sin embargo, son fanáticos que no solo no aguantan el análisis racional, sino que están dispuestos a reventarla sin mala conciencia.

Si pretendiéramos encerrarlos en una habitación, como de hecho ha pasado con sus representantes políticos, solo habría división. El independentismo no es una ideología. La independencia es un fin cuestionable. No hay unidad para un proyecto común más elaborado. Y eso solo consigue cortocircuitar el movimiento. Los posconvergentes son los herederos de la burguesía catalana más reaccionaria. ¿Cómo pueden ponerse de acuerdo con los antisistema?

Volviendo a Žižek, este cuenta con una rebeldía comprometida y un sistema insostenible. Sin embargo, la ausencia de un proyecto realista y esperanzador hace, y seguirá haciendo, que esa rebeldía comprometida se materialice en fanatismo, como ha ocurrido en España con un buen sector de Unidas Podemos, Bildu, Candidatura d'Unitat Popular (CUP) o Vox –movimiento reaccionario, pero no por ello menos rebelde–. Y el fanatismo justifica la represión.

Ante tanta opresión y caos como se nos viene, la reacción mayoritaria será una rebeldía pueril, cuando no estética, y una rebeldía comprometida minoritaria y fanática, repulsiva para los moderados, que será incapaz de hacer cumplir las expectativas de Žižek. De hecho, en España es un hecho que ya hemos vivido.

Queda cierto resquicio de esperanza en cierta minoría crítica y moderada que, con toda probabilidad, será aplastada por los fanáticos, tal y como ocurrió en España con el partido Podemos. El movimiento 15M y el partido Podemos esperanzaron a muchos y todos sabemos cómo han acabado: siendo un conjunto de movimientos de fanáticos de extrema izquierda, muy lejos del espíritu integrador del 15M.

Vienen malos tiempos para las personas. También para el pensamiento crítico.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

30 de abril de 2020

  • 30.4.20
En tiempos del Covid-19, no paro de darle vueltas a una publicación que leí hace unos meses, en el contexto de una investigación. El texto en cuestión salió a la calle en 1607, de la mano de Antonia Ramírez. Fue la viuda de un impresor, que se hizo cargo del taller de su marido en Salamanca y que, según el Diccionario de impresores españoles (siglos XV-XVII) de Juan Delgado Casado, estuvo al cargo de su imprenta entre 1603 y 1646.



Este hecho no era extraño, pues conocemos varias esposas de impresores que se ponían al mando de imprentas cuando enviudaban. Si bien, llama la atención su longevidad como regente del negocio. En la misma ciudad, compitió con diversos impresores, entre los que hubo otras mujeres, como Susana Muñoz (1610-1621) o “La viuda de Diego de Cosío” (1931).

En concreto, la publicación a la que hago referencia se denomina de la siguiente manera: Coplas del año mil y quinientos y nouenta y nueue las quales contienen las notables cosas que acontecieron en estos dos años esteriles, compuestas por Sebastian de Granadilla pintor y vezino de Salamanca en este Año presente de 99.

Uno de los tipos de publicación informativa más habituales fue el verso, que conectaba con los gustos del momento y que ayudaba a los ciegos a memorizar los textos con más facilidad. En este caso, como indica el título, el texto es una copla, una variedad habitual.

Sin embargo, como ya indico, lo extraordinario del texto no es ni el género de la persona que lo editó, ni tampoco el género textual. Lo que lo hace especial, o al menos para mí, es su tono.

Estamos haciendo referencia a una obra de finales del siglo XVI que, como todas, tenía que pasar por una censura previa. Si bien, la censura no fue tan exhaustiva en los reinos hispánicos como en otros países europeos –pese a lo que ha transmitido la Leyenda Negra–, lo cierto es que la autocensura y la censura previa fueron dos elementos decisivos para comprender hoy el tono y contenido de los textos.

Por ello, la mayoría de los textos informativos u opinativos del período eran bastante dóciles con respecto a los poderes fácticos del momento. Un hecho que hace que esta pieza sea tan extraordinaria. Y es evidente que no soy el único que lo ha pensado, puesto que los estudiosos Víctor Infantes y Jacobo Sanz Hermida ya le dedicaron un buen estudio.

De cara a la censura, llama la atención que el texto fue compuesto en el año 1599 y que narra hechos acaecidos en ese año en Salamanca. Felipe II muere en septiembre de 1598, dejando los reinos hispánicos en una situación económica mejorable. Sebastián de Granadilla ofrece un testimonio de los estragos que vivió su ciudad, Salamanca, en este momento.

Empieza con el año 1598. Tras mencionar la muerte del rey, afirma lastimeramente: “Año fragoso y esquivo / triste miserable y fuerte / no se para que te escrivo / puesto ya el pie en el estrivo / con las ansias de la muerte” (grafía modernizada, así como los siguientes).

Tras esto, hace referencia al hambre y a la mortandad que se vivió aquel año, así como a las guerras y a las malas cosechas: “Tampoco nos faltan guerras / porque esta el mundo perdido, / y al tiempo venido / que se cansan ya las tierras / de dar el fructo devido”. Inmediatamente después, ofreciendo una imagen aún más oscura si cabía, señala el hecho de que debieron ponerse de luto por la muerte del rey.

A partir de aquí, Granadilla ofrece unos hechos aislados, que denomina “niñerías”, que reflejan la miseria y oscuridad de aquellos días. En especial, hace énfasis en la crueldad de los panaderos por la subida del precio del pan: “que nos roban los dineros. // Y tienen con este fuero / a Salamanca assolada, / despoblada, y sin dinero”.

En especial, resulta interesante el relato, que no sé si calificar de costumbrista, de un soldado que roba a una panadera. Cuando la mujer pide auxilio, los presentes, en vez de perseguir al ladrón, hacen la vista gorda, “y comiençan de decir / ojos que le vieron ya / no le veran mas en Francia”. El desempleo es otra lacra, consecuencia de la falta de consumo y, a su vez, causa de la misma.

Sigue con el año 1599, donde se muestran los mismos males: “Mira que gran desconsuelo / los muertos llevan sin luz, / sin ataud, y sin duelo, los arrrojan por el suelo / sin clerigos y sin cruz”. Más adelante, indica que incluso los más nobles se encuentran con dificultades porque alguien, asumimos que la autoridad municipal, no daba licencia para enterrar.

Ante tanta necesidad, señala la única salida posible para mucha gente: enrolarse en el ejército o dejar su “patria”, “desesperados”, asumimos que a las Indias u otros lugares por el estilo. Sin embargo, es curioso que denuncia la emigración a Salamanca de otros pobres de zonas aún más pobres, de Portugal y Galicia, “que el año de la langosta / no nos hizo tanto mal”. Concluye el año criticando a los mercaderes de cereales.

Finalmente, incluye una glosa y un villancico. En este último, cambia el tono, haciendo un elogio al nuevo rey y al fin de los conflictos. No descartamos que fuera un añadido posterior para hacer el texto más digerible a la censura, aunque no deja de ser una hipótesis.

El texto fue publicado en 1607, si bien la licencia señala que fue aprobado en abril de 1599. Por tanto, aunque se hiciera referencia a dos años, lo más probable es que se ocupe de menos de un año natural. Asimismo, con casi toda seguridad fue una reedición, y que haya por ahí perdido un original de 1599 o 1600.

Como ya he indicado, su tono es excepcional. No es extraño que un texto de la época hiciera alusiones a las malas condiciones de vida de la gente. Sin embargo, en su género, este es uno de los textos más oscuros y críticos que he leído.

Si recopilamos la información, este testigo de los hechos hace referencia al hambre, a la enfermedad, a las guerras, a la inflación, a la emigración y la inmigración –culpándola de empeorar su situación–, al desempleo, a malas cosechas y otras realidades.

Insisto, en los últimos tiempos pienso mucho en este texto y me fascino del hecho de que los tiempos no hayan cambiado tanto. La realidad humana sigue siendo la misma. Sí, hay más bienestar, por ahora y por suerte. O al menos en nuestro país.

Sin embargo, los males que asolan al mundo siguen siendo los mismos. Sebastián de Granadilla fue pintor y es probable que sufriera en gran medida los avatares de aquella época. A falta de redes sociales, quizá necesitara de la imprenta para expresar su relato de ese momento tan oscuro que vivió.

Su texto no tiene calidad informativa en términos modernos, y tampoco puede considerarse un texto historiográfico. Sin embargo, expresa lo mejor que puede una realidad que padeció y de la que, por tanto, fue testigo.

Por suerte, insisto, en España vivimos con cierto bienestar, o al menos por ahora. Sin embargo, salvando las distancias, ¿cuántos Sebastianes de Granadilla saldrán en los próximos años? Dos meses de encierro, familias enteras viviendo los horrores de la amenaza invisible, el recuerdo de la locura e insensatez de ciertas personas, el miedo al paro o la desazón del desempleo, sin tener la posibilidad de despejarse…

Granadilla no guardó nada bueno de aquello. O, al menos, no nos lo transmitió. Quizá nosotros sí podamos. Ahora comienza la desescalada. Esperemos que todo quede en un mal sueño. Vivimos los relatos del ahora a través de la prensa. Observemos lo que el Periodismo, la Literatura y el Arte nos ofrecerán en los próximos años. Algo diferente habrá.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

16 de abril de 2020

  • 16.4.20
Una creencia común es que las palabras no son inocentes. No me atrevo a añadir que “nunca” lo son. Sin embargo, considero que no es necesario explicar que la palabra puede matar, del mismo modo que puede dar vida. Esa fuerza maravillosa de la palabra nace de su anatomía. Toda palabra tiene un contenido, que es universal, y un continente, que es único en cada idioma. La idea del canalla, con sus variantes, es un concepto universal. La forma de denominar al canalla varía de un idioma a otro. Y es con los conceptos con los que construimos nuestra realidad.



De hecho, las palabras pueden crear mundos, incluso los del más allá, lo que explica que los sacerdotes de cualquier religión y los escritores de ficción sean sus especialistas. Hasta el destructor de valores, Friedrich Nietzsche, reivindicó a los poetas por su faceta creadora, a pesar de que “mentían demasiado” para su gusto, e incluso identificó a su Zarathustra con uno.

Y es ese peligro potencial de las palabras el que impone el imperativo moral de la claridad, so pena de parecer deshonesto. “¡Cuán viciosa será la oración, cuya principal virtud es la claridad, si necesita de intérprete!”, afirmaba Quintiliano en su De institutione oratoria, para criticar a los torticeros del lenguaje.

Hay quien confunde el pícaro arte de la retórica con la manipulación de la lengua. La retórica es un donjuán que puede llegar a jugar con las palabras y llevarlas al límite para persuadir, convencer y conmover. Busca salirse con la suya, y eso no gusta a los débiles de espíritu.

Sin embargo, la retórica respeta el concepto si bien, en ocasiones, juegue con él para crear belleza o convencer. La manipulación de la lengua es la profanación del concepto. Cuando la retórica hace uso de ella, ese simpático canalla que es el donjuán pasa a ser un violador sin escrúpulos. El respeto al concepto es un deber ético que no podemos saltarnos a la ligera.

George Orwell lo sabía bien. Por eso, en su distopía 1984, tenía tanta importancia la manipulación de las palabras. En su obra, el concepto de ‘guerra’ se asociaba con la palabra ‘paz’; la esclavitud con la libertad; y la fuerza con la ignorancia. Así se difuminaban los conceptos. ¿Quién no querría la paz? Había que ir a la guerra.

En España vivimos esa distopía. La guerra se identificaba con cruzada; la libertad, con aislamiento; y la ignorancia, con fe ciega. El buen español defendía la santa cruzada, su libertad en el aislamiento de los enemigos de la Patria, y la fe ciega en un señor bajito que iba bajo palio y sus representantes en provincias. Y funcionó, que es lo peor de todo.

Por desgracia, empezamos a revivir la distopía. Ya no es una retórica fastidiosa. A la violación de derechos la llamamos seguridad; a la imposición, libertad; a saltarse el Estado de Derecho, adaptarse a los tiempos; al culto a la personalidad, progresismo, y un largo etcétera.

Ahora se empieza a hablar de “pacto”. Muchos aplauden. Otros, como yo, nos sobrecogemos. De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua, árbitra en la unión de contenidos y continentes en la lengua castellana, un pacto es un “concierto o tratado entre dos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado”.

Es cierto, la palabra ‘pacto’ evoca a una señora necesaria y esencial en democracia. Una bendición que da pan, trabajo y estabilidad. A fin de cuentas, la verdadera política consiste en poner a la gente de acuerdo, aunque sea alrededor de una mentira.

Sin embargo, me temo que tan virtuosa dama será próximo objeto de violación por los vividores del país, que no entienden de colores. Difuminado el concepto, quizá ‘pacto’ pase a confundirse con ‘arma arrojadiza’ o, quizá, ‘carta blanca para el saqueo’. ¿Quién sabe?

El Kennedy español no exagera: es necesario un pacto para la reconstrucción nacional. Ahora bien, que de verdad esté dispuesto a pactar con sinceridad con alguien que no sea su propio reflejo sonriente en el espejo, es como pedirle moderación a Santiago Abascal. Impensable. Iván Redondo es el auténtico Ejecutivo en un Gobierno más preocupado por aparentar que gobierna que en hacerlo.

Y seamos sinceros: tampoco los apoyos potenciales del Gobierno son más responsables. Al trifachito le importa un ardite el Estado, que solo defiende cada vez que hay que sacar la bandera; a la pseudoizquierda otro tanto, más preocupada por demostrar su supuesto progresismo que ejerciéndolo; y a los partidos supremacistas de Euskadi y Cataluña… mejor los dejamos para otro día.

Observemos el uso que se hace de las palabras estos días. Democracia, progresismo, pacto, responsabilidad y otros conceptos importantes serán manipulados. De hecho, lo están siendo ya. Hasta cierto punto, siempre lo han sido. Pero habría que volver a la Dictadura para recordar algo así. No caigamos en la profanación del concepto, so pena de permitir la profanación de nuestro pensamiento.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

2 de abril de 2020

  • 2.4.20
Es imposible no recordar una de las mejores sátiras sobre la Guerra Fría, ¿Teléfono rojo: volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Ante la inevitable catástrofe nuclear, al Gobierno de Estados Unidos no se le ocurre otra cosa que preparar la vida después de la catástrofe en los mismos términos que lo habían llevado al desastre. Mientras, el embajador soviético aprovecha para espiar a los americanos, con el mismo fin de retomar las hostilidades en mejor situación.



La lección de la película es que el ser humano, aparte de ser estúpido, no aprende de sus errores. Lo que estamos viviendo no es, ni de lejos, una catástrofe nuclear. Pero sí es una catástrofe económica y sanitaria de la que tardaremos tiempo en salir. Y estoy convencido de que, por desgracia, no aprenderemos tampoco la lección.

En lo que respecta al caso español, los mismos que hasta hace poco bramaban contra el “Estado totalitario” ahora reclaman que este les salve. Y, en efecto, esa es la obligación del Estado. Esté en el gobierno quien esté y con independencia de lo que dijera el imbécil de turno. Y precisamente por eso, muchos lo hemos defendido siempre frente a los feudos autonómicos, que están demostrando ser una traba en la gestión de esta crisis.

A decir verdad, echo de menos los imprescindibles debates sobre la violación de las gallinas por parte de los gallos, el derecho de autodeterminación de los cruzados amarillos, del buen dormir del Kennedy español y, añadimos, las tan necesarias ayudas a la tauromaquia, el gravísimo problema de la inmigración ilegal y la imperiosa necesidad de poner banderas en los balcones. La estupidez no entiende de colores políticos.

La vida ha puesto a muchos en su sitio. Ahora, los mismos que han destrozado el Estado, ya fuera concediendo lo esencial a los feudos autonómicos, o metiendo mano a la caja, por no hablar de sus defensores, reclaman al Estado recursos y decisiones. ¿Qué recursos, si entre unos y otros han dejado la caja vacía?

Ahora no es momento de criticar, sino de arrimar el hombro. O eso dicen los que han apoyado al tumor sanchista. Y obvian que en mitad de una declaración unilateral de independencia, no pocos fueron los que criticaron a Mariano Rajoy por aplicar un artículo constitucional que, por lo demás, solo fue criticable por su suavidad. Y ahora ha quedado patente.

Un país serio ya hubiera quitado de en medio a Quim Torra desde hace mucho. Es más, los posconvergentes deberían haber sido ilegalizados hace mucho por su apoyo a los Comitès de Defensa de la República (CDR). Cuando hablábamos del problema catalán, era a situaciones como la que estamos viviendo a las que nos referíamos.

Siempre he defendido que la Educación, la Sanidad, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, por supuesto, todas las decisiones de carácter económico, deben estar en manos del Estado para su gestión centralizada. Y ello no atenta contra la identidad de nadie. Que el Estado tenga que estar consultando si puede llevar a personas ubicadas en las Unidades de Cuidados Intensivos de una comunidad a las de otra es una vergüenza.

El cachondeo autonómico ha dado lugar a una organización ineficiente en un momento de crisis como la que vivimos. Y como empecemos a hablar de la incompetencia del propio Gobierno desde que se desató esta crisis, les dejo material de lectura para todo el confinamiento.

En cualquier caso, no hagamos más sangre. Ya habrá tiempo para ello. Me conformo con que algunos sectarios empiecen a entender que un trabajador no tiene más patria que, como mucho, la sentimental. Y lo dice un defensor de la Patria Andaluza.

Sería estupendo que algunos tomaran conciencia de que el Estado es una herramienta para el bien público que depende del que lo use, y lo estamos desmantelando para que unos pocos puedan rascar más de la tarta. Que el debate debe centrarse siempre en cómo organizar mejor los servicios públicos, y no en quién tiene el derecho medieval de hacerlo.

Cuando esto acabe, sea como sea, habrá que reconstruir la economía del país. Y aunque a todos nos tocará participar en ello, no seremos nosotros los que decidamos qué hacer. Serán los miembros del Gobierno pseudoprogresista, el trifachito y los nacionalistas pirómanos. Desalentador, cuando menos.

Lo único que nos queda es, con los años, defender y revisar nuestra concepción del Estado. Defenderlo en las urnas y en las calles, del mismo modo que hemos defendido la igualdad, la protección del medio ambiente, y otros derechos y deberes que hace quince años no estaban en la agenda política.

Sin Estado solo existen dos opciones coherentes: la utopía anarquista o el caos. No se puede ser de izquierdas y atacar el Estado. Es la Derecha la que, de siempre, ha fomentado los feudos y los nacionalismos. No termino de entender cómo en España hemos podido retorcer tanto la ecuación.

Sea de la naturaleza que sea, ninguna crisis tiene sentido si no se sale fortalecido de la misma. Y si queremos fortalecer España, hay que defender al Estado, con independencia del color político del inquilino de La Moncloa. Porque llegan momentos como el que vivimos, y encontramos al Estado famélico y debilitado. No es patriotismo de bandera: es la necesidad de la gente.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

19 de marzo de 2020

  • 19.3.20
Albert Camus empezó El extranjero con unas palabras contundentes que, además, reflejan el estado mental de Meursault, protagonista del relato: “Mamá ha muerto hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé”. Por suerte, yo puedo empezar esta columna con menos urgencia y más precisión. Mi padre falleció hace tres semanas. Un infarto sin antecedentes cardiovasculares. Fue el mismo día en que me dieron otra noticia impactante, que tendré el buen gusto de no desvelar. Porque los males suelen venir juntos, y deben saborearse en soledad.



Desde ese veinticinco de febrero, vivo en una cuarentena intelectual de la que tardaré tiempo en salir. El teletrabajo se ha vuelto una realidad y la realidad, un trabajo. La familia en el Sur, y tanto mi pareja como yo exiliados laborales en la Meseta. Pero tranquilos, nos queda papel higiénico.

No es el dolor, ni el agobio, ni las ansias de libertad los que me han llevado a esa cuarentena intelectual a la que hacía referencia. Son preguntas personales que, quizá, me habría hecho en vida de mi padre o bien, libre de encierros forzados. Preguntas que se suman a inquietudes políticas y sociales, que me resultan inaplazables. Quizá como a todos, pero de diferente manera.

Desde que observé por primera vez el cadáver de mi padre en el tanatorio hasta el día de hoy, en que observo la fauna de los supermercados tratarse como rivales en potencia, hay una palabra que no deja de rondar en mi cabeza: humanidad.

Si echamos un vistazo al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, ‘humanidad’ es un término polisémico. Cuenta con nueve acepciones. De la que yo hablo es de la cuarta, que hace referencia a la fragilidad o flaqueza propia del ser humano.

Filólogos, escritores y demás especialistas gustan de hablar de los fenómenos humanos universales: el amor, el odio, la envidia, el desprecio, la decepción, la ira, el miedo… Yo los he vivido todos en estas últimas tres semanas. Y puedo decir, con perdón de los especialistas, que todo se puede resumir en la palabra ‘humanidad’, pues todas las pasiones nacen de la fragilidad y la flaqueza.

Desde los relatos homéricos hasta el último premio Planeta, casi todas las obras de ficción, por no decir todas, han tratado sobre la fragilidad del ser humano. Desde la Ilíada hasta la última novela que medio valga la pena que haya salido de una imprenta, ha versado sobre las reacciones de los seres humanos o equivalentes ante un conflicto. Por ello, quizá, los grandes autores y pensadores tienen también algo de psicólogos, en la acepción menos profesional del término.

Albert Camus fue un gran pensador y, por ello, un psicólogo respetable. Así lo reflejó en esa obra que ahora parece haberse puesto de moda, La peste. Una novela que pretendía ser un reflejo de la sociedad francesa durante la ocupación nazi. Sin embargo, nos da lo mismo.

Camus nos ofrece personajes que se encuentran en una situación extrema y retrata las reacciones sin juicios de valor. La humanidad es humanidad. Del primero al último, todos son frágiles. Desde el que se siente feliz en mitad de la epidemia hasta los que sufren el mal físico.

En tiempos como los que hoy vivimos, Camus nos ofrece el ejemplo del sufriente doctor Rieux. Se queda encerrado e incomunicado en la ciudad, lejos de su esposa enferma. El estrés y la presión a los que se ve sometido llegan a su punto álgido cuando, casi al final del camino, ve morir por la enfermedad a su única amistad.

La actitud de Rieux tiene una profunda dimensión ética. En momentos de excepción, Albert Camus no muestra a un personaje que cumple con su deber como médico sin patetismos, ni quejas. No critica a nadie, y tiene claro cuál es el bien superior. La templanza es el deber ético del ciudadano en tiempos de crisis. Una actitud de la que él mismo dio ejemplo durante su participación en la Resistencia Francesa.

En su Mito de Sísifo, Camus reconocía la absurdez de la existencia, que conlleva a tres conclusiones que suponen el sustento de sus personajes literarios: la rebeldía, la pasión y la libertad. Pero como bien señaló en El hombre rebelde, no hace referencia a la pueril rebeldía del adolescente, sino a un estado de levantamiento comprometido con un bien superior. Y en ese sentido, el doctor Rieux fue un rebelde. Aceptó la situación y, desde la aceptación, escogió con libertad y pasión rebelarse contra la epidemia.

Quizá, lo que me es más difícil de aceptar del pensamiento camusiano es la renuncia a la esperanza. A día de hoy, la aceptación sin esperanza me resulta una actitud inhumana, que conduce al nihilismo más pasivo imaginable. La acción, que es elección, solo puede nacer de la esperanza.

Por eso, quizá sin pretenderlo su autor, Rieux no es un personaje irreal. Son su dolor silencioso y su esperanza de vencer a la epidemia lo que lo hace humano, cercano a nosotros. Es un personaje frágil, del que esperamos actos de flaqueza a lo largo del libro. Por eso, pese al propio Camus, y quizá por lo que él no pretendiera, el doctor Rieux es un ejemplo en tiempos de excepción.

Decía Friedrich Nietzsche en Más allá del bien y del mal que hay que despedirse de la vida como Odiseo se despidió de Nausícaa: dándole las gracias, pero sin amarla. No sé si mi padre le dio las gracias a la vida. Dudo que tuviera tiempo.

Mi abuelo fue mi segundo padre o el primero, según se mire, y sí pudo. Y dio gracias. No sé si, a la hora de despedirme de mi vida, tendré ocasión de darle las gracias. Sobre estas cosas se pueden tener muchos posicionamientos y, sin embargo, retractarse frente al verdugo de todos.

Lo único que podemos gestionar en el momento presente es la actitud que adoptamos ante la vida. Y comparto con Camus la idea de la rebeldía comprometida sin sobreactuaciones ni heroicidades trágicas. Lo hago, sin renunciar a la esperanza, sin criticar a los que se aferran a la religión, o al carpe diem. Porque también yo podría haberlos escogido. Porque soy frágil. Porque todos somos frágiles. Somos humanos.

El único límite en tiempos de excepción es el civismo. Y quizá debiéramos actuar siempre como si estuviéramos de excepción. Cierro este capítulo de mi cuarentena intelectual recordando un poema de Roger Wolfe, La condición humana, que hoy interpreto de otra manera. Que cada cual lo haga a la suya:

La vida nos tiene 
tan ocupados
con sus absurdas menudencias 
(como comer mañana, por ejemplo)
que nunca recordamos
lo que verdaderamente es importante. 
Y ahora que lo pienso 
no consigo recordar
lo que me ha impulsado a sentarme a escribir este poema. 
Aunque seguramente carecía 
por completo 
de importancia.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

5 de marzo de 2020

  • 5.3.20
La pasada semana celebramos el Día de Andalucía y, para ser sinceros, me entristece que haya sido con un mediocre Gobierno de derechas en la Junta y un tumor en La Moncloa. ¿Cuándo saldrá el andalucismo de su camarilla ilustrada?



Ninguna de las vertientes del andalucismo actual tiene futuro porque se han alejado de los andaluces. Sus líderes y equipos creen que basta con un proyecto, casi siempre ambiguo, y con preocuparse por cuestiones sociales. Y sí, es cierto, hace falta un proyecto y una preocupación real por los problemas de la gente. Sin embargo, hacerlo desde posiciones que repugnan al andaluz medio no hace sino alejarlos del realismo político.

La mayoría de los andaluces no es nacionalista, o no al menos al estilo de vascos y catalanes. Al revés, al andaluz medio le resulta repugnante el egoísmo norteño y aspira a que, algún día, Andalucía sea cabeza de España, no un Estado separado. Y si fuera Estado, sería dentro de la Patria Común, como tantas veces manifestara Blas Infante.

Es aquí donde encontramos el gran fallo ideológico de Andalucía Por Sí (AxSí) que, a pesar de todo, sigue siendo la opción andalucista más seria. No basta con reunirse con la gente en la calle, ni con tener razón en cuestiones sociales. La política no va de tener razón, sino de poner a la gente de acuerdo. Y la aspiración común de los andaluces es ocupar el sitio que le corresponde.

Andalucía supera los ocho millones de habitantes, siendo la comunidad más poblada. Y aunque siempre somos olvidados, los andaluces que hemos emigrado a la Comunidad de Madrid, Cataluña, Euskadi y a otros territorios nos contamos por millones. Somos la nación más numerosa del país. Y, sin embargo, somos la basura blanca de España.

Tan culpables de esta situación son los andaluces colaboracionistas como los gobiernos títeres de Madrid, siempre dependientes de vascos y catalanes desde los tiempos de Isabel II. Una dependencia que se materializa en votos, medios de comunicación, apoyo empresarial...

No olvidemos el ejemplo de Francesc Cambò, gran empresario y nacionalista catalán. Paladín del independentismo y sanguijuela del Estado, durante la Guerra Civil financió a los sublevados, pues prefería una dictadura en España antes que una Cataluña comunista. A este señor homenajean los que hoy nos acusan a los andaluces de fachas.

Me hacen gracia los progres baratos que afirman ser andalucistas y, a la vez, defienden la independencia catalana. Olvidan que esos mismos que piden la independencia de Cataluña son los que nos llaman "basura blanca", los hijos de los que contrataron a los nuestros en régimen de semiesclavitud, a mayor gloria de la industria catalana, y los que perpetúan los estereotipos que tanto denunciamos.

No entiendo qué lectura de clase hace ahí el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). Nos hemos quedado con la crítica al señorito, y nos olvidamos de quién lo ha puesto ahí. Hoy los señoritos ya no tienen tierras, ahora tienen empresas al norte de Despeñaperros y/o se dedican a la política.

Todo independentista catalán o vasco es supremacista, lo tenga asumido o no. Y sus inferiores somos nosotros. ¿Cómo se puede ser andalucista y, al mismo tiempo, defender lo que ha ocurrido en Cataluña y Euskadi?

Esta es una de las muchas razones por las que hoy Andalucía no tiene representación andalucista. Es la principal razón ideológica por la que a AxSí no convence y por la que Teresa Rodríguez, ahora que se quiere limpiar el olor a gato madrileño, va a seguir sin convencer a la mayoría de los andaluces.

Lo he escrito en este espacio hasta la saciedad. Y lo repetiré cuantas veces sea necesario. Si queremos una Andalucía fuerte debemos unirla bajo un mismo proyecto, que no solo necesita de España, sino que necesita estar incluida en el programa.

Andalucía debe ser la medicina del país, garante de la igualdad real entre españoles y martillo de nacionalistas. El andalucismo debe defender el federalismo simétrico, un empresariado andaluz fuerte que cree empleo sostenible, la gestión de sus propios recursos, sus tradiciones y su dialecto, y una política estatal que impida los despropósitos que estamos viviendo.

Esto sí que lo apoyaría con ganas la mayor parte de la población, sea onubense o almeriense, y el empresariado andaluz le prestaría su altavoz. Esto sí lo temería el tumor sanchista, la carroña de Waterloo y mercader de Ajuria Enea. Pero eso sería un andalucismo serio. Y de eso no tenemos. Seguimos soñando.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO


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