Juan Luque es un hombre de tierra adentro que dibuja faros. Son, por esto mismo, lámparas en tierra calma. Está atado por voluntad a la campiña, pero el mar es, para él, como un anhelo, un deseo constante. Y de hecho, cada vez más siente un impulso, sin previo aviso, que es irresistible y que le acerca hasta la orilla del Mediterráneo, en Fuengirola.
Juan Luque observa una de sus obras, junto a otros amigos, en la Galería Ansorena.
[FOTO: GALERÍA ANSORENA]
“Sí, el mar es una fuerza poderosa, que me motiva”, nos confiesa. No lo niega. Y precisamente ahora participa en un proyecto colectivo de diez pintores para reinterpretar el mar. Es una iniciativa de la Galería Ansorena, de Madrid, con la que Juan viene trabajando desde hace tiempo.
Le fascina su poderosa lámina cambiante, plana o alterada. Le entusiasma su energía incansable. Es un desafío hasta conseguir atraparlo en el lienzo. “No se puede pintar una ola”, nos dice. “Es algo un poco ridículo el tratar de quererla captar con un pincel. Pero el entrar y crear esa atmósfera con la textura adecuada, puede llevarte a plasmar el mar en circunstancias muy distintas”.
Son múltiples los enfoques posibles en el paisajismo marino. Juan huye de lo evidente, de lo manido. Le interesa más la libre interpretación. En este sentido, se aproxima mucho más el concepto de la marina que tenía Turner. Lo difuso, lo desenfocado. Pero, ¿cómo actúa el artista ante algo tan inmenso, ingobernable y salvaje, en ocasiones? ¿De qué modo se lleva todo esto, que excede lo físico y concreto, a la tela?
La clave está en el color, en el ambiente, en el tono anímico con el que respira la obra. Hay un orden, una caligrafía propia en la manera de pintar de Juan Luque. Todo esto forma parte de su familia, de la que él y sus hermanas reciben no solo cualidades artísticas, sino una forma de estar en el mundo, con apostura y honestidad.
Después de toda una vida trabajando, la crisis de las bodegas a principio de los ochenta golpeó a su padre, pero no lo derribó. Se mantuvo en pie cuando arreciaban los expedientes de ruina y se multiplicaban los despidos laborales como una maldita epidemia. Luchó lo indecible por los derechos de compañeros y patrones. Su padre, que tanto provecho le sacó a los lapiceros, nunca fue un dibujo roto.
Juan Luque Urbano, junto a su esposa, Rafaela Muñoz Lucena.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JUAN LUQUE MUÑOZ]
En momentos tan complicados para las bodegas, cuando los problemas de Montialbero abocaron al abismo al sector en una cadena interminable de suspensiones de pagos, el ahogo económico puso cerco a decenas de trabajadores de Cruz Conde y Cobos, e incluso abatió a los propios empresarios.
“Él los defendió a todos. Yo he visto en casa desfilar a los compañeros y a los jefes, y mi padre con su máquina de escribir, incansable, contaba con todo detalle aquella extrema situación a los políticos de entonces, entre ellos, al senador cordobés Joaquín Martínez Bjorkman. Se trataba de que tomaran conciencia de la gravedad del problema, sin demoras ni aplazamientos. Estuvo hasta el último momento defendiendo cada puesto de trabajo, cada indemnización”.
Carta de José Cobos Ruiz a Juan Luque Urbano, muy estimado por la familia del bodeguero.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JUAN LUQUE MUÑOZ]
Y todo esto lo hacía Juan Luque desde su altura física y moral con una letra preciosa, sin tachaduras ni manchas, pues era una persona pulcra en todo, en el vestir y en el hablar. Era alguien que hizo norma de la entereza y el compromiso, que además sabía dibujar.
Y esto, sus dotes artísticas, su talante solidario, entraban a diario bajo el techo de su domicilio. “Yo encontré ya un camino hecho, porque mi padre y mi hermana María Dolores tenían familiaridad con el arte. En nuestra casa teníamos la Enciclopedia Salvat de la Historia del Arte”.
“A mi padre, Juan Luque Urbano, le encantaba coleccionarla y consultarla. Verlo con un lápiz en la mano cuando quería dibujar era fabuloso. Me acuerdo que hacía un dibujo que era un río y un puente. Y para proporcionarle perspectiva a aquello, lo dotaba del efecto de las tres dimensiones. Para mí era magia”.
Juan Luque y trabajadores de Montialbero explican el aplazamiento del embargo.
[FOTO: RÚQUEL (RESTAURADA CON IA)]
“Tenía una letra primorosa. Aún guardamos sus cosas. Escribía con un estilo caligráfico maravilloso. Le encantaba dibujar. Era de largo el que mejor dibujaba en casa, el que más dotes tenía. Pero luego era una persona tan humilde y tan dedicado a su familia y a su trabajo, con ese esmero y el sentimiento antiguo de la honradez, que apenas tenía tiempo para él”.
“Cuando ya estaba jubilado, le decíamos: «Papá, ¿por qué no dibujas? ¿Por qué no te pones a hacerlo?», pero él siempre le quitaba importancia a lo que hacía, estando como estaba tan provisto para el arte”. De joven, siendo apenas un muchacho, Juan Luque Urbano trabajó en una farmacia. Y de allí ya entró en el mundo de las bodegas como arrumbador. Hay un reportaje del NO-DO dedicado a los vinos de Montilla-Moriles en el que se le puede ver en plena tarea, con la ropa característica de este oficio, la faja y la camisa, empujando un bocoy.
“Aquella imagen cinematográfica se me quedó grabada. Era como mágica, con ese extraño poder que te devuelve el pasado. Él, entonces, tendría unos treinta años. Y allí estaba durante unos segundos empujando unos barriles. Estuvo de arrumbador, pero también se preocupó de aprender, porque era una persona despierta, muy lista y con inquietudes. Lo que le llevó por su propia dinámica y curiosidad a tocar otros menesteres, siempre con apreciables resultados”. Así, aprendió de cuentas, a escribir a máquina y todo lo relacionado con el trabajo de administración y oficina. De modo que de arrumbador pasó a ser uno de los escribientes de la Bodega José Cobos Ruiz.
No paraba. Apenas conocía el descanso porque, tal y como era lo habitual en aquella época, sacaba horas extras del día para completar un mejor salario. Realizaba, como complemento, trabajos de contabilidad para la empresa de transportes Comercial Victoria y también en Bodegas Luque Ruz, que estaba en la calle Palomar (actual edificio Solera, anejo al Ayuntamiento).
Faros en tierra adentro (I)
Faros en tierra adentro (II)
[FOTO: GALERÍA ANSORENA]
“Sí, el mar es una fuerza poderosa, que me motiva”, nos confiesa. No lo niega. Y precisamente ahora participa en un proyecto colectivo de diez pintores para reinterpretar el mar. Es una iniciativa de la Galería Ansorena, de Madrid, con la que Juan viene trabajando desde hace tiempo.
Le fascina su poderosa lámina cambiante, plana o alterada. Le entusiasma su energía incansable. Es un desafío hasta conseguir atraparlo en el lienzo. “No se puede pintar una ola”, nos dice. “Es algo un poco ridículo el tratar de quererla captar con un pincel. Pero el entrar y crear esa atmósfera con la textura adecuada, puede llevarte a plasmar el mar en circunstancias muy distintas”.
Son múltiples los enfoques posibles en el paisajismo marino. Juan huye de lo evidente, de lo manido. Le interesa más la libre interpretación. En este sentido, se aproxima mucho más el concepto de la marina que tenía Turner. Lo difuso, lo desenfocado. Pero, ¿cómo actúa el artista ante algo tan inmenso, ingobernable y salvaje, en ocasiones? ¿De qué modo se lleva todo esto, que excede lo físico y concreto, a la tela?
La clave está en el color, en el ambiente, en el tono anímico con el que respira la obra. Hay un orden, una caligrafía propia en la manera de pintar de Juan Luque. Todo esto forma parte de su familia, de la que él y sus hermanas reciben no solo cualidades artísticas, sino una forma de estar en el mundo, con apostura y honestidad.
Entereza y honradez
Después de toda una vida trabajando, la crisis de las bodegas a principio de los ochenta golpeó a su padre, pero no lo derribó. Se mantuvo en pie cuando arreciaban los expedientes de ruina y se multiplicaban los despidos laborales como una maldita epidemia. Luchó lo indecible por los derechos de compañeros y patrones. Su padre, que tanto provecho le sacó a los lapiceros, nunca fue un dibujo roto.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JUAN LUQUE MUÑOZ]
En momentos tan complicados para las bodegas, cuando los problemas de Montialbero abocaron al abismo al sector en una cadena interminable de suspensiones de pagos, el ahogo económico puso cerco a decenas de trabajadores de Cruz Conde y Cobos, e incluso abatió a los propios empresarios.
“Él los defendió a todos. Yo he visto en casa desfilar a los compañeros y a los jefes, y mi padre con su máquina de escribir, incansable, contaba con todo detalle aquella extrema situación a los políticos de entonces, entre ellos, al senador cordobés Joaquín Martínez Bjorkman. Se trataba de que tomaran conciencia de la gravedad del problema, sin demoras ni aplazamientos. Estuvo hasta el último momento defendiendo cada puesto de trabajo, cada indemnización”.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JUAN LUQUE MUÑOZ]
Y todo esto lo hacía Juan Luque desde su altura física y moral con una letra preciosa, sin tachaduras ni manchas, pues era una persona pulcra en todo, en el vestir y en el hablar. Era alguien que hizo norma de la entereza y el compromiso, que además sabía dibujar.
Y esto, sus dotes artísticas, su talante solidario, entraban a diario bajo el techo de su domicilio. “Yo encontré ya un camino hecho, porque mi padre y mi hermana María Dolores tenían familiaridad con el arte. En nuestra casa teníamos la Enciclopedia Salvat de la Historia del Arte”.
“A mi padre, Juan Luque Urbano, le encantaba coleccionarla y consultarla. Verlo con un lápiz en la mano cuando quería dibujar era fabuloso. Me acuerdo que hacía un dibujo que era un río y un puente. Y para proporcionarle perspectiva a aquello, lo dotaba del efecto de las tres dimensiones. Para mí era magia”.
[FOTO: RÚQUEL (RESTAURADA CON IA)]
“Tenía una letra primorosa. Aún guardamos sus cosas. Escribía con un estilo caligráfico maravilloso. Le encantaba dibujar. Era de largo el que mejor dibujaba en casa, el que más dotes tenía. Pero luego era una persona tan humilde y tan dedicado a su familia y a su trabajo, con ese esmero y el sentimiento antiguo de la honradez, que apenas tenía tiempo para él”.
“Cuando ya estaba jubilado, le decíamos: «Papá, ¿por qué no dibujas? ¿Por qué no te pones a hacerlo?», pero él siempre le quitaba importancia a lo que hacía, estando como estaba tan provisto para el arte”. De joven, siendo apenas un muchacho, Juan Luque Urbano trabajó en una farmacia. Y de allí ya entró en el mundo de las bodegas como arrumbador. Hay un reportaje del NO-DO dedicado a los vinos de Montilla-Moriles en el que se le puede ver en plena tarea, con la ropa característica de este oficio, la faja y la camisa, empujando un bocoy.
“Aquella imagen cinematográfica se me quedó grabada. Era como mágica, con ese extraño poder que te devuelve el pasado. Él, entonces, tendría unos treinta años. Y allí estaba durante unos segundos empujando unos barriles. Estuvo de arrumbador, pero también se preocupó de aprender, porque era una persona despierta, muy lista y con inquietudes. Lo que le llevó por su propia dinámica y curiosidad a tocar otros menesteres, siempre con apreciables resultados”. Así, aprendió de cuentas, a escribir a máquina y todo lo relacionado con el trabajo de administración y oficina. De modo que de arrumbador pasó a ser uno de los escribientes de la Bodega José Cobos Ruiz.
No paraba. Apenas conocía el descanso porque, tal y como era lo habitual en aquella época, sacaba horas extras del día para completar un mejor salario. Realizaba, como complemento, trabajos de contabilidad para la empresa de transportes Comercial Victoria y también en Bodegas Luque Ruz, que estaba en la calle Palomar (actual edificio Solera, anejo al Ayuntamiento).
Entregas anteriores
Faros en tierra adentro (I)
Faros en tierra adentro (II)
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES





















































