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Manuel Bellido Mora | Faros en tierra adentro (I)

Un cuadro es una ventana sin reja, diáfana. Es una pantalla abierta de par en par que nos permite redimensionar el mundo. Sostiene el director y guionista José Luis Guerin que, para ser útiles, las películas necesitan de la autenticidad de la periferia. Lo otro, el centro con su ajetreo organizado, es impostado, carece de sustancia, deduce el autor de Historias del buen valle. Es un remedo artificial, parece decirnos. A la pintura le pasa lo mismo.

Juan Luque Muñoz, en su estudio de Montilla.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]

En su aislamiento, un faro reclama atención. Proyecta compañía en la soledad. Y un circo, dentro de su entoldado provisional, brinda efímera acogida. Tienen algo de arquitectura del extrarradio, ya que suelen estar localizados en lugares apartados, ajenos al ruido urbano. De ambos elementos (la solidez y quietud de la torre luminosa frente a lo transitorio de la carpa) se nutre la pintura de Juan Luque. El silencio, tan elocuente, también se percibe en ella.

En el diario ABC de Sevilla, Marta Carrasco le ha dedicado un amplio reportaje. Es una completa pieza periodística en la que Juan, en la Galería Haurie, se autodefine como alguien que vive en la campiña de Córdoba y que pinta faros. No hay contradicción en este hecho.

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En cierto modo, aunque no niegan su origen marítimo, también son faros de tierra adentro que lo iluminan en diferentes direcciones. Focos que irradian espacios, líneas de horizonte y construcciones. Lo que ha habitado él (edificios, suelos, azoteas) se trasluce en su paleta de colores.

Juan Luque Muñoz guarda una relación especial con el barrio de las Casas Nuevas, donde nació. Es un contacto que no puede ser más estrecho. La celebración de su bautismo se hizo en la terraza de su bloque. Allí, entre los tenderetes de la ropa, se improvisó una sala de celebraciones a ras de cielo.

Con unas tablas y unos caballetes, se armaron unas mesas para el modesto convite en el que participaron vecinos y familiares. En verano, se las arreglaban para disfrutar de algo parecido a una minialberca, también en el terrado donde las sábanas lavadas se ponían a secar al viento como las velas de un barco. La costa quedaba lejos, no importaba. El baño era posible. Estaban en Torrepiscina, así la llamaban.

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Que en la cubierta de aquel edificio, paraíso elevado de la infancia, andaban cerca de las estrellas no hay quien lo niegue. Y, por entonces, todo el que aparecía en la pequeña pantalla se convertía al instante en alguien especial. En la estrella del momento.

Lo fue nuestro paisano Rafael Cerezo Morales, que concursó con éxito en Kilómetro Lanzado, programa de Federico Gallo que salió al aire desde Montilla en 1966. Aquello fue una fiesta colectiva. Se celebró por todo lo alto, porque todo el bloque lo pudo ver gracias a que Manolín Feria y Carmeli Carrasco llevaron hasta la azotea su televisor, el único existente en bastantes metros a la redonda.

Idéntica, si no mayor expectación, produjo la carrera espacial. Padres, hijos y toda la parentela de la familia Luque Muñoz vieron alucinados, esta vez ya en casa, cómo Neil Armstrong, que tenía nombre de bombilla, descendía a la luna: “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”, dijo intrépido ante el asombrado mundo. Resulta que, además de excelente explorador celeste, el comandante del Apolo XI, era un sensacional publicista, capaz de resumir la hazaña en una frase breve y redonda.

La llegada del hombre a la Luna generó una gran expectación.
[ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL]

La astronave se posó suavemente en la superficie polvorienta de nuestro satélite. El módulo espacial se llamaba como el dios clásico de la belleza y como un helado cónico. Y aunque hacía calor, Juan, María Dolores y Antonia Luque, igual que todo quisqui, se quedaron pasmados, derretidos, siguiendo las explicaciones de Jesús Hermida.

La suya, como la de los vecinos de su misma generación, es la memoria de los charcos. En las borrascas de su infancia, abundaban. No porque hubiera diluvios continuados, sino porque numerosas calles estaban sin pavimentar. En los hoyos y baches se eternizaba la lluvia, que se helaba en las noches gélidas.

Hubo calles que no se arreglaron por completo, con canalizaciones, saneamiento y tuberías, hasta bien entrada la década de los setenta. Casi todo estaba por hacer. En los solares se acumulaba el forraje y grandes restos de arena. Los llamábamos los montes por su aspecto agreste, a la espera de ser civilizado. Había disputas a pedrada limpia, al igual que partidos de fútbol infinitos.

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Se ha mudado, pero nunca se ha ido del barrio. Aunque su casa está ahora en la otra punta del pueblo, su estudio, situado cerca de la Cuesta de Maldonado, lo mantiene anclado aquí. Lo encontramos trabajando amable, generoso y cordial la tarde de tormenta que fui a visitarlo acompañado de Ángel Márquez, que lo conoce y lo quiere bien. Como yo.

“Mi relación con el barrio es mi vida”, empieza diciéndonos. “No puedo desligar mi vida del barrio. Por cuestiones de trabajo o de estudio he tenido que vivir fuera, pero después siempre he vuelto a Montilla y, cuando esto ha ocurrido, siempre ha regresado al barrio. Y vuelvo en el sentido literal de la frase, pero también en el sentido emocional”.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: MANUEL BELLIDO MORA

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