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Manuel Bellido Mora | Carta a José Mari Luque

Querido José Mari. Dos puntos. Espacio y abro comillas. Primera plana, en la versión de Billy Wilder, nos enseñó las tripas de la redacción de un periódico ¿lo recuerdas? Con acidez, pero también con compasión, esta enorme película iba desmontando a los plumillas, más buscavidas que héroes. Era mordaz y entraba a saco en esa despiadada lucha por la exclusiva; eso de llegar antes que nadie para enterarte y darlo en primicia. Nada duele tanto como que te pisen la novedad de última hora. Eso es norma innegociable entre gacetilleros.


Tú, que eres maestro perspicaz y observador (por algo has vivido tantos años en la calle Escuelas), seguro que, viéndola, tomaste nota de lo que conviene hacer, o no, cuando te encuentras cara a cara con una noticia. No hay más que dar un somero repaso a cualquiera de las muchas que has escrito para saberlo.

Tu método siempre ha sido la limpieza y el detalle: comprobar lo que pasa y contarlo sin especular. Podríamos decir que leerte es garantía y crédito, si esta frase no sonara a eslogan bancario, a trola financiera, cosa que a ti no te va. Lo sé bien.

Cuando, dentro de varias generaciones, vengan investigadores y estudiosos afanados en reconstruir la historia de Montilla en estos años que nos ha tocado vivir, resultará imprescindible consultar las crónicas periodísticas de José María Luque Moreno. En reportajes, artículos y retratos de la vecindad, el paisanaje y el paisaje, se condensa la honra del redactor.

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En esto, permíteme que lo deje bien sentado, tu trabajo como corresponsal del Diario Córdoba, tarea a la que has dedicado casi tres décadas, ha alcanzado la condición de material informativo de primer orden, por estar rebosante de calidad literaria y de rigor profesional.

Con un estilo claro, conciso y depurado, que rehuye el artificio y lo superfluo, tú, José María Luque (lo digo, así, con tu nombre por delante como mejor aval), has reflejado pormenorizadamente la actualidad local en incontables artículos y reportajes.

Pero no sólo Montilla ha encontrado en tu prosa del día a día a un preciso testigo de lo cotidiano. José Mari —como te nombramos los amigos y colegas con familiaridad— también ha estado atento a lo que ha ocurrido en los pueblos de alrededor.

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El suceso luctuoso, la visita de la fortuna en premios y sorteos, las diligencias judiciales, el suceso espeluznante, la vida política, las celebraciones y festejos han tenido cabida en tu amplia y fructífera labor informativa. Nada, por irrelevante que parezca, ha escapado a una curiosidad periodística, la tuya, abierta las 24 horas del día, incluso festivos y jornadas de consuetudinaria holganza.

¿Y qué decir del vino? Montilla-Moriles se ha beneficiado de su constante dedicación a un sector que él conoce como pocos. En esta carta, ya ves, te hablo indistintamente en segunda o tercera persona del singular, tal es nuestra cercanía. No importan los tiempos verbales cuando alguien prosigue representado en su escritura, como sucede contigo.

José Mari ama y protege el vino. Está comprometido con su defensa y promoción de forma ilimitada. Tiene una relación casi conyugal con él en la que no caben infidelidades, dudas ni desalientos. Solo le aventaja en roce Mercedes Jurado, su esposa. Las bodegas, las cooperativas, los cosecheros y el Consejo Regulador han tenido una presencia continuada en la prensa provincial gracias a tu trabajo. Y esto más vale no olvidarlo.

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Has mirado con lupa por el bien de un sector que pasa por un momento crucial. En las mesas donde se decide su futuro y el de la tradicional identidad vinícola de la zona, has estado como testigo fiel. Déjame que lo diga claramente. Eres la conciencia y el corazón de un cultivo milenario amenazado.

Suscitas confianza. No hay más que verte. Llevado de tu mano experta, Montilla-Moriles ha pasado de ser cosa insignificante y estar relegado a las páginas de Agricultura, a encabezar titulares a toda plana, en grandes caracteres a varias columnas. En el Córdoba, José Mari ha hecho un pregón diario de nuestros vinos, cosa que nunca se le podrá agradecer bastante.

Esta apresurada nota de tantas y diversas cualidades, no puede pasar por alto su etapa como redactor de Nuestro Ambiente y de Montilla Televisión, la tele local, la tele de Amadeo como la conocemos desde un principio. Son medios de comunicación modestos a los que dotaste de un estilo informativo veraz y competitivo.

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Hay hechos, querido amigo, que parecen no tener importancia, que lo damos por corrientes, pero que, pese a ello, necesitan un subrayado de vez en cuando. Lo digo por tu labor docente siempre ligada al Colegio de los Padres Salesianos, donde incluso José Mari llegó a dar clases nocturnas para ayudar a sacar el graduado escolar a quienes, por diversos motivos, no lo obtuvieron en su momento. Realmente, sus alumnos encontraron en él la mejor y más oportuna academia. Un magisterio que has ejercido como educador y como periodista, tus dos grandes vocaciones.

Ambas las lleva en la sangre como una herencia genética, como un mandato ineludible que provenía de tu padre, Manuel Luque Velasco, maestro de escuela como tú, impulsor de Radio Montilla para las campañas de Navidad y (esto me parece muy ilustrativo) comerciante de tejidos. De selectos paños y telas en las que arropó la gran calidad humana de José Mari.

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P.S.: Al releer estas líneas, veo lo mucho que ha quedado por apuntar: el tiempo que le dedicas a la Centuria Romana Munda, también a la Cofradía de la Viña y el Vino, dos puntales de tu infatigable faceta de creador y animador. El teatro y la música tampoco se quedan atrás. Pero esto no es todo.

Cabe reseñar con mayúsculas el esfuerzo sin tasa ni recompensa que haces para mantener vivas las tradiciones locales, y la ilusión que le echas a la conservación y recuperación de tabernas, ventas y ventorrillos, como la mítica de El Perro Andaluz, a la que acudías prácticamente a diario, casi en peregrinación. Y a todo esto es imprescindible añadir una vertiente tuya especialmente reseñable: la de entregado amante de la Sierra de Montilla.

Resulta que eres un fino cronista de viajes. La lectura de los informes, libros y reseñas que le dedicas a estos parajes, no sólo invitan a visitarlos sino que crean en el viajero la necesidad imperiosa de hacerlo. Es tan sensual y emotiva la descripción que haces, tan visual el paseo por lagares, haciendas y viñedos, que no hay mejor mapa ni guía que tus atinados y comprometidos renglones.

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Son tan abundantes que no tendría espacio aquí para glosarlos como es debido. Me consta que en cualquiera de ellos sale favorecido como una verdadera maravilla este lugar geográfico tan entrañable. Y no te equivocas. Pero no hay en ellos ni atisbo de repetición, ni cansina reiteración. Como tampoco hay rutina, ni palabrería vana, en las veraniegas noticias sobre el concurso de racimos del Llano del Espinar.

José Marí, lo único que encuentro en tus escritos es un indeclinable amor a la tierra en la que naciste: un vivo sentimiento que es más fuerte que cualquier afección. Le quitaste el moho a los viejos desdenes por lo rural, esa mentalidad urbana que se cree superior a la cultura campesina. Por eso, a su debido tiempo, es decir, cuando llega el oscuro invierno, avivaste las candelas de la memoria.

Aguinaldos de jornaleros, con sus primitivas letras en las que se entremezcla lo social, jocoso y sentimental; el rito amoroso, en definitiva, fue renaciendo cada Nochebuena en tu mochila de informador atento al folclore, que es lo que nos precede, tú lo sabes bien.

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En esas coplillas de medianoche, en su métrica atávica, anida el humor, como lo hace en ti mismo. La risa, la complicidad, el equívoco simpático, los juegos verbales, incluso el engorro gracioso e inesperado de las erratas tipográficas, te han servido de inspiración.

La ironía suave siempre ha estado entre sus especialidades. Es de lo más lógico que, por esto, y por tu querencia hacia el vino, quisieras llamar Los Medios al gremio de los periodistas. Nada más fino. Y atinado. De tina, claro está.

José Mari, en estos días al cabo de tus dolencias, he revivido tu imagen primera, cuando empezamos a compartir el oficio de estar al cabo de la calle; tú, en Montilla, y yo en la emisora de Radiocadena Española, en Cabra. Nada más apropiado que un dibujo, una viñeta (qué mejor para ti) para evocar aquellos tiempos incipientes. Lorenzo Marqués, con su ingenio gráfico, lo captó perfectamente. Ahí os veo como inseparable pareja, en plan vieja escuela de reporteros, de aquí para allá a la caza de lo inédito.


Rafa Aguilar, con su cámara, y tú, José Marí, con el magnetofón y el bolígrafo a punto, marcasteis toda una época. No se os escapaba nada. Lo hermoso, pero también lo chungo. Disteis cuenta de todo. Puntualmente. Ni la pareja de la Guardia Civil, ni la patrulla de los municipales se os anticipaba.

Esta clase de dúos es una estampa clásica del periodismo. No hay noticia sin su correspondiente foto. De este modo, formáis parte de una misma estirpe: la de Campúa con El Caballero Audaz; la de Pepe Ponferrada al lado de Manolo González; la de Antonio López Hidalgo junto a Miguel Ángel León; la de Paco Moreno y Rafalín Ruquel; la de José Antonio Aguilar y Juan Pablo Bellido. O la tuya misma con Francis Salas, con el que también compartiste años de oficio y confidencias.

Entre todos, estimado compañero, habéis ido dejando constancia de las cosas. Nada ha quedado atrás. Ni las muertes siempre inoportunas. Nunca leves, pese al dicho latino. Últimamente, se nos amontonan los difuntos: Manolín Rúquel, Rafalín Cerezo, Juan de la Torre, Paco Bellido Bellido, Soledad Ruz Salas, Mariano Fernández, Arturo de Miguel... Demasiadas pérdidas en tan escaso tiempo, lo que lo hace aún más insoportable. Ay, incansable guadaña. Y, sin embargo, al calor de la crónica, el latido de todos ellos persistirá. Esa es nuestra ilusión. Efímera o eterna. ¿Quién sabe?

Un abrazo desde Torremolinos, y perdona la tardanza en enviarte estas amistosas notas.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: JUAN PABLO BELLIDO
ILUSTRACIÓN: LORENZO MARQUÉS

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