Eladia Durán construye barriles como quien levanta navíos en el astillero. Desde muy pequeña, comprendió que la madera se doblega ante el fuego. Que su entereza vegetal claudica ante el vigor de la lumbre. Eladia, cuyo nombre está asociado a la antigua Grecia de la mitología, es como una diosa en la fragua de Vulcano. Con sus manos acostumbradas a la dureza de este oficio, ella ha manejado duelas y flejes hasta dar con la simetría perfecta de la barrica.
Eladia Durán brinda con una copa de vino de tinaja de la Sierra de Montilla.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
Hay una exacta similitud entre las embarcaciones y la ciencia tonelera: ambas requieren el calor ardiente de la llama para que la madera ceda a lo que quieres hacer. Así, las tablas se curvan lo necesario para alcanzar el prodigio de la navegación. Y de esta manera, sometido a la fuerza calórica, también se domeña el recio roble americano al contacto con la candela.
Eladia Durán nos da noticia de todo esto en un libro de memorias personales, en el que ha condensado toda su experiencia. Entre la tonelería y el vino es el título con el que ha bautizado esta publicación, que es breve y sucinta, pero esencial.
“Es una idea surgida del deseo de dejar a mis nietos el testimonio de cómo y cuál fue mi trabajo en la época que me ha tocado vivir. No fue una imposición, no. Me gustaba lo que hacía, porque mi padre nunca me obligó a hacerlo. No era lógico en esa época hacer los trabajos que yo hice”.
Portada del libro Entre la tonelería y el vino, obra de Eladia Durán.
[FOTO: ANDALUCÍA DIGITAL]
“En las bodegas y en los bares, las mujeres estaban para fregar y para limpiar, pero no para otras tareas, que siempre se reservaban a los hombres. El embotellado, como mucho, era lo más femenino que podías encontrar. Yo era una extraña, algo raro en un mundo totalmente masculinizado”.
Sin embargo, Eladia rompió moldes. Como ella suele decir, ha ido siempre río arriba, a contracorriente; atravesada, como le gusta autodefinirse, con una sonrisa. Y haciéndolo, no se sentía extraña. Contaba con la complicidad de su familia. “Mi padre veía que me gustaba y nunca me puso inconveniente alguno: al contrario, favoreció mi contacto con la tonelería y todo lo concerniente al mundo del vino”.
Luis Durán, el fundador de esta dinastía con su sempiterno habano en los labios, siempre fue muy respetado en su gremio. El tabaco era para él como el lápiz para el carpintero: algo humeante que le daba personalidad. Tenía iniciativa propia, y aunque comenzó ligado a la Bodega de José Cobos, pronto se abrió su propio camino.
Luis Durán, padre de Eladia, con su característico puro.
[FOTO: ANDALUCÍA DIGITAL]
En sus viajes profesionales al marco de Jerez y a otras zonas vinícolas, le acompañaba Eladia, que no se perdía detalle. “Mi padre, como casi todos los hombres de su tiempo, tenía una mentalidad machista, pero esto, en mi caso particular, no fue un impedimento, con lo que, desde muy temprana edad, yo me fui familiarizando con todo esto”.
A veces, para ayudar a su progenitor, se veía en una situación un tanto cómica. “Como él estaba bastante gordito, cuando quería ver unas botas y comprobar el estado de los vinos que contenían, recurría a mí. Me cogía del pie y me subía a la primera, segunda y tercera con órdenes muy precisas: «Niña, saca de aquella». Y ahí, en este menester, me enseñó mi padre a meter la venencia para no romper la flor, ni estropearla”.
“En otras ocasiones, cuando se trataba de adquirir algunas barricas, me daba una linternilla. Y con esta lámpara, yo iba mirando cada una de las botas, revisándolas, por si había polilla o comején, es decir, que aprendí este oficio de una forma natural. Yo estaba a gusto haciendo lo que hacía”.
En cierto modo, estaba predestinada, porque Eladia Durán nació en una tonelería en la calle La Parra, en una cuna de madera. El olor de la resina y el tacto de las virutas fue, para ella, un ecosistema en el que orientó su vida. Todo le llamaba la atención.
Veía cómo recogían los pedazos de la maderita, restos de duelas rotas que, aunque inservibles, se guardaban. No servían para una vasija grande, pero sí que se podían reaprovechar para realizar una algo más pequeña. Allí, esto tan aconsejable del reciclado era una práctica habitual.
“Yo alucinaba, me asombraba con que materiales aparentemente inútiles y desechados sirvieran para hacer algo nuevo. Era mágico, sin untura ni pegamento alguno, aquello no se salía. Y todo este proceso era puramente artesanal, con herramientas e instrumental cuyos nombres se están perdiendo a causa del desuso”.
“Todo se hacía a mano. Ten en cuenta que cuando aquí entró la primera máquina, yo tenía casi quince años. Era una aserradora con la que yo preparaba las duelas, para no estropear los utensilios de mano. Lavaba las duelas y las cortaba al largo con las medidas necesarias para la barrica”.
Con este libro, y de la mano de Eladia Durán, viajamos a un tiempo casi remoto, por la cantidad de cambios producidos en una imparable evolución, a pesar de que, en realidad, no han pasado demasiados años. Lo manual en aquellos lugares iluminados por la fogata fue encontrando un considerable apoyo en una progresiva e inaplazable modernización, que terminó arrinconando el viejo utillaje, relegadas a ser piezas de museo, asuntos de antropología. Es un preciado tesoro lingüístico, una riqueza del idioma que Eladia Durán está empeñada en preservar. Es el vocabulario, la terminología de una rama de la industria bodeguera que le da una inconfundible identidad.
“Es el nombre preciso de las cosas, y no otro; una riqueza verbal que lleva camino del cementerio de las palabras olvidadas”, nos dice ella, apesadumbrada. Lo ha escrito antes de que se incapaz de recordarlo. Es su manera de dejar constancia, de levantar acta de su compromiso con la tonelería. “Pero, si se me olvida, corro y voy en busca del libro”.
Ahí están contenidas las curiosas denominaciones de todas estas herramientas. Pero, ojo, no solo están en el papel: también permanecen expuestas como venerables piezas adornando las paredes de su casa, recordándole de dónde viene Eladia cada vez que pasa por allí.
Ella siempre ha tenido la sensación de ser una pieza suelta, un verso libre que se ha guiado por un principio: defender su derecho a ser lo que ha querido, sin cortapisas, ni imposiciones. “Algunas mujeres, en general casi todas, se extrañaban de mi dedicación a la tonelería”.
“Les parecía raro que una mujer estuviera metida en un mundo de hombres. Les chocaba. Y los hombres, pues, a veces soltaban palabrotas, y otras se callaban. Pero, como nunca me ha importado, me daba igual lo que pudieran pensar. «Lo que tienes que hacer es ponerte a coser en vez de estar aquí», me soltaban. Y mi madre sufría mucho con este tipo de comentarios que intentaban menospreciarme”.
“De ahí que mi propio hermano Pepe, tan recordado y añorado, me dijera que era una fresca. No me afectaba. No lo tenía en cuenta. Nunca me sentí marginada, ni mal mirada, porque yo estaba en mi casa, no en una empresa exterior. Cuando era chica, mi padre me dejaba que cogiera las herramientas, pero no las máquinas, que podían ser más peligrosas. Poco a poco fui avanzando y en el segundo taller que abrió mi padre, ya fui capaz de hacer dos barrilillos. Hacerlo a mano es todo un arte. Arte puro”.
Eladia Durán es el último eslabón de una cadena de artesanos que sabían calibrar el alma de los vinos como el más experto enólogo. Aprendió a ensamblar barriles, a descifrar el misterio de las cabezas de las botas, a darle el punto justo y preciso para mantener el equilibrio a su frágil contenido.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
Hay una exacta similitud entre las embarcaciones y la ciencia tonelera: ambas requieren el calor ardiente de la llama para que la madera ceda a lo que quieres hacer. Así, las tablas se curvan lo necesario para alcanzar el prodigio de la navegación. Y de esta manera, sometido a la fuerza calórica, también se domeña el recio roble americano al contacto con la candela.
Eladia Durán nos da noticia de todo esto en un libro de memorias personales, en el que ha condensado toda su experiencia. Entre la tonelería y el vino es el título con el que ha bautizado esta publicación, que es breve y sucinta, pero esencial.
“Es una idea surgida del deseo de dejar a mis nietos el testimonio de cómo y cuál fue mi trabajo en la época que me ha tocado vivir. No fue una imposición, no. Me gustaba lo que hacía, porque mi padre nunca me obligó a hacerlo. No era lógico en esa época hacer los trabajos que yo hice”.
[FOTO: ANDALUCÍA DIGITAL]
“En las bodegas y en los bares, las mujeres estaban para fregar y para limpiar, pero no para otras tareas, que siempre se reservaban a los hombres. El embotellado, como mucho, era lo más femenino que podías encontrar. Yo era una extraña, algo raro en un mundo totalmente masculinizado”.
Sin embargo, Eladia rompió moldes. Como ella suele decir, ha ido siempre río arriba, a contracorriente; atravesada, como le gusta autodefinirse, con una sonrisa. Y haciéndolo, no se sentía extraña. Contaba con la complicidad de su familia. “Mi padre veía que me gustaba y nunca me puso inconveniente alguno: al contrario, favoreció mi contacto con la tonelería y todo lo concerniente al mundo del vino”.
Forjador de barriles y amante de los puros
Luis Durán, el fundador de esta dinastía con su sempiterno habano en los labios, siempre fue muy respetado en su gremio. El tabaco era para él como el lápiz para el carpintero: algo humeante que le daba personalidad. Tenía iniciativa propia, y aunque comenzó ligado a la Bodega de José Cobos, pronto se abrió su propio camino.
[FOTO: ANDALUCÍA DIGITAL]
En sus viajes profesionales al marco de Jerez y a otras zonas vinícolas, le acompañaba Eladia, que no se perdía detalle. “Mi padre, como casi todos los hombres de su tiempo, tenía una mentalidad machista, pero esto, en mi caso particular, no fue un impedimento, con lo que, desde muy temprana edad, yo me fui familiarizando con todo esto”.
A veces, para ayudar a su progenitor, se veía en una situación un tanto cómica. “Como él estaba bastante gordito, cuando quería ver unas botas y comprobar el estado de los vinos que contenían, recurría a mí. Me cogía del pie y me subía a la primera, segunda y tercera con órdenes muy precisas: «Niña, saca de aquella». Y ahí, en este menester, me enseñó mi padre a meter la venencia para no romper la flor, ni estropearla”.
“En otras ocasiones, cuando se trataba de adquirir algunas barricas, me daba una linternilla. Y con esta lámpara, yo iba mirando cada una de las botas, revisándolas, por si había polilla o comején, es decir, que aprendí este oficio de una forma natural. Yo estaba a gusto haciendo lo que hacía”.
En cierto modo, estaba predestinada, porque Eladia Durán nació en una tonelería en la calle La Parra, en una cuna de madera. El olor de la resina y el tacto de las virutas fue, para ella, un ecosistema en el que orientó su vida. Todo le llamaba la atención.
Veía cómo recogían los pedazos de la maderita, restos de duelas rotas que, aunque inservibles, se guardaban. No servían para una vasija grande, pero sí que se podían reaprovechar para realizar una algo más pequeña. Allí, esto tan aconsejable del reciclado era una práctica habitual.
“Yo alucinaba, me asombraba con que materiales aparentemente inútiles y desechados sirvieran para hacer algo nuevo. Era mágico, sin untura ni pegamento alguno, aquello no se salía. Y todo este proceso era puramente artesanal, con herramientas e instrumental cuyos nombres se están perdiendo a causa del desuso”.
“Todo se hacía a mano. Ten en cuenta que cuando aquí entró la primera máquina, yo tenía casi quince años. Era una aserradora con la que yo preparaba las duelas, para no estropear los utensilios de mano. Lavaba las duelas y las cortaba al largo con las medidas necesarias para la barrica”.
Un viaje por el tonel del tiempo
Con este libro, y de la mano de Eladia Durán, viajamos a un tiempo casi remoto, por la cantidad de cambios producidos en una imparable evolución, a pesar de que, en realidad, no han pasado demasiados años. Lo manual en aquellos lugares iluminados por la fogata fue encontrando un considerable apoyo en una progresiva e inaplazable modernización, que terminó arrinconando el viejo utillaje, relegadas a ser piezas de museo, asuntos de antropología. Es un preciado tesoro lingüístico, una riqueza del idioma que Eladia Durán está empeñada en preservar. Es el vocabulario, la terminología de una rama de la industria bodeguera que le da una inconfundible identidad.
“Es el nombre preciso de las cosas, y no otro; una riqueza verbal que lleva camino del cementerio de las palabras olvidadas”, nos dice ella, apesadumbrada. Lo ha escrito antes de que se incapaz de recordarlo. Es su manera de dejar constancia, de levantar acta de su compromiso con la tonelería. “Pero, si se me olvida, corro y voy en busca del libro”.
Ahí están contenidas las curiosas denominaciones de todas estas herramientas. Pero, ojo, no solo están en el papel: también permanecen expuestas como venerables piezas adornando las paredes de su casa, recordándole de dónde viene Eladia cada vez que pasa por allí.
Ella siempre ha tenido la sensación de ser una pieza suelta, un verso libre que se ha guiado por un principio: defender su derecho a ser lo que ha querido, sin cortapisas, ni imposiciones. “Algunas mujeres, en general casi todas, se extrañaban de mi dedicación a la tonelería”.
“Les parecía raro que una mujer estuviera metida en un mundo de hombres. Les chocaba. Y los hombres, pues, a veces soltaban palabrotas, y otras se callaban. Pero, como nunca me ha importado, me daba igual lo que pudieran pensar. «Lo que tienes que hacer es ponerte a coser en vez de estar aquí», me soltaban. Y mi madre sufría mucho con este tipo de comentarios que intentaban menospreciarme”.
“De ahí que mi propio hermano Pepe, tan recordado y añorado, me dijera que era una fresca. No me afectaba. No lo tenía en cuenta. Nunca me sentí marginada, ni mal mirada, porque yo estaba en mi casa, no en una empresa exterior. Cuando era chica, mi padre me dejaba que cogiera las herramientas, pero no las máquinas, que podían ser más peligrosas. Poco a poco fui avanzando y en el segundo taller que abrió mi padre, ya fui capaz de hacer dos barrilillos. Hacerlo a mano es todo un arte. Arte puro”.
Eladia Durán es el último eslabón de una cadena de artesanos que sabían calibrar el alma de los vinos como el más experto enólogo. Aprendió a ensamblar barriles, a descifrar el misterio de las cabezas de las botas, a darle el punto justo y preciso para mantener el equilibrio a su frágil contenido.
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR




















































