Antonio García añora El Telar, del que tiene recuerdos maravillosos. Era un espacio ilimitado que daba a dos calles, dada su enorme superficie, lo que le permitía moverse a sus anchas, con un patio de palmeras que parecía no tener fin. “Imagínate, la fábrica era nuestro sitio de recreo. Jugábamos más dentro que en el exterior. Entrabas por la calle Enfermería y salías por San Sebastián, frente a la iglesia, que era la de nuestra familia”.
Fábrica de impermeables de Manuel Jiménez León.
[FOTO: RÚQUEL]
La vida, ya en Huelva, lo llevó en diferentes direcciones, hasta que decidió entrar en el mundo nocturno de la hostelería. Antes, estuvo en empresas del Polo Químico, en distribución de farmacia e, incluso, tuvo una etapa como pintor. Además, en plan hippie, se fue a vivir una época a una aldea de la sierra de Aracena dedicado a la artesanía.
“Desde allí me vine a Huelva para montar una tienda de lo que yo sabía hacer: piezas de cuero y abalorios hechos a mano. Un amigo me animó a arrendar un local para este fin. Pero cambié de idea y puse en marcha un bar, aunque, para mí, era un tipo de negocio desconocido por completo. Pedí la licencia municipal correspondiente y con la ayuda de unos cuantos amigos levantamos la barra, los servicios y todo lo necesario”.
Los primeros meses no fueron fáciles y enseguida tuvo que hacer frente a una serie de dificultades administrativas. Una inspección le obligó a realizar unas cuantas correcciones, hasta que pudo obtener el permiso definitivo para operar como bar. El hecho de que la Casa de la Cultura estuviera muy cerca habría de condicionar la orientación de este local que estaba predestinado a ser el mayor foco de creación alternativa e independiente.
“Empezaron a venir por aquí, hacían reuniones y se encontraban muy a gusto con el ambiente relajado y acogedor”. Al principio, Antonio no lo terminaba de ver claro. Creía que este tipo de clientela, claramente de izquierdas, podría traerle problemas con la policía.
“En realidad, el ambiente inicial era de moteros, que aparcaban sus vehículos en la puerta. De hecho, el diseño y la decoración eran alusiva al mundo de las dos ruedas, con connotaciones vaqueras. Era un club motero, con música rockabilly y del rocanrol más genuino y visceral”.
“El paso definitivo que llevaría al 1900 a convertirse en un núcleo cultural indispensable lo dimos de la mano de un escritor valenciano que vino a trabajar a la Fundación Juan Ramón Jiménez. Él, que también tenía una librería-bar, fue el que me propuso hacer una serie de tertulias literarias”.
“Él era motero también; así que había que encajar la estética y los gustos de los motoristas con la cultura. Lo primero que hicimos fue una especie de fanzine en fotocopias en el que la gente escribía sus cosas y se desahogaba. Poco a poco, logramos integrar las tendencias de unos clientes y otros”.
La literatura de los motoristas hablaba de cadenas, gasolina, gomas, humos... Eran poemas y escritos inspirados por la mecánica de las motos. Era, sin duda, un buen combustible cultural. A todo gas, a la vez, fue cambiando la decoración del bar, dando cabida a exposiciones temporales de diversos artistas plásticos. De esta manera, pintores, fotógrafos y toda clase de creadores fueron cediendo sus obras para que se quedaran expuestas de forma permanente. “Aparte —nos explica Antonio— tenemos una pared reservada a muestras que van renovándose cada quince días”.
Cubiertas de Las mil y una noches del 1900.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
Pero ¿cómo se convierte el 1900 en una referencia insoslayable de la vida cultural de Huelva, con un sentido alternativo, nada oficialista? La peatonalización del centro histórico fue decisivo en este sentido. La prohibición al tráfico rodado hizo que las motos y conductores tomasen otra dirección.
“Los moteros se empezaron a ir, lo que me dio la oportunidad de modificar el enfoque del bar. Así, junto a las tertulias literarias, empecé a programar lecturas de poesía cada semana. Y, unido a esto, se comenzó a editar unos cuadernillos de los participantes, con un cierto apoyo institucional”. Este fue el inicio de una colección poética muy conocida con el nombre de Las noches del 1900.
“A raíz de esto comenzó una onda expansiva, que ya resultó imparable. Nos prestaron atención periódicos, radios y demás medios de comunicación. Y se hizo con todo rigor y cumpliendo toda clase de formalidades: horarios, programaciones, publicaciones periódicas...”.
Pero, a pesar de la buena marcha, surgen las diferencias entre los integrantes de la tertulia, con lo que todo se deshace. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Es entonces cuando Antonio asume toda la responsabilidad, dándole un nuevo impulso al proyecto con su marchamo personal.
“Empiezo a montar tertulias, debates y presentaciones, además de conciertos. El espectro era muy amplio, desde política y libros a conversaciones sobre Semana Santa. Encontré una receptividad total en el público que me ofreció su creatividad en muchos campos”.
Cultura a todo gas (I)
[FOTO: RÚQUEL]
La vida, ya en Huelva, lo llevó en diferentes direcciones, hasta que decidió entrar en el mundo nocturno de la hostelería. Antes, estuvo en empresas del Polo Químico, en distribución de farmacia e, incluso, tuvo una etapa como pintor. Además, en plan hippie, se fue a vivir una época a una aldea de la sierra de Aracena dedicado a la artesanía.
“Desde allí me vine a Huelva para montar una tienda de lo que yo sabía hacer: piezas de cuero y abalorios hechos a mano. Un amigo me animó a arrendar un local para este fin. Pero cambié de idea y puse en marcha un bar, aunque, para mí, era un tipo de negocio desconocido por completo. Pedí la licencia municipal correspondiente y con la ayuda de unos cuantos amigos levantamos la barra, los servicios y todo lo necesario”.
Los primeros meses no fueron fáciles y enseguida tuvo que hacer frente a una serie de dificultades administrativas. Una inspección le obligó a realizar unas cuantas correcciones, hasta que pudo obtener el permiso definitivo para operar como bar. El hecho de que la Casa de la Cultura estuviera muy cerca habría de condicionar la orientación de este local que estaba predestinado a ser el mayor foco de creación alternativa e independiente.
“Empezaron a venir por aquí, hacían reuniones y se encontraban muy a gusto con el ambiente relajado y acogedor”. Al principio, Antonio no lo terminaba de ver claro. Creía que este tipo de clientela, claramente de izquierdas, podría traerle problemas con la policía.
“En realidad, el ambiente inicial era de moteros, que aparcaban sus vehículos en la puerta. De hecho, el diseño y la decoración eran alusiva al mundo de las dos ruedas, con connotaciones vaqueras. Era un club motero, con música rockabilly y del rocanrol más genuino y visceral”.
“El paso definitivo que llevaría al 1900 a convertirse en un núcleo cultural indispensable lo dimos de la mano de un escritor valenciano que vino a trabajar a la Fundación Juan Ramón Jiménez. Él, que también tenía una librería-bar, fue el que me propuso hacer una serie de tertulias literarias”.
“Él era motero también; así que había que encajar la estética y los gustos de los motoristas con la cultura. Lo primero que hicimos fue una especie de fanzine en fotocopias en el que la gente escribía sus cosas y se desahogaba. Poco a poco, logramos integrar las tendencias de unos clientes y otros”.
Veloz combustible literario
La literatura de los motoristas hablaba de cadenas, gasolina, gomas, humos... Eran poemas y escritos inspirados por la mecánica de las motos. Era, sin duda, un buen combustible cultural. A todo gas, a la vez, fue cambiando la decoración del bar, dando cabida a exposiciones temporales de diversos artistas plásticos. De esta manera, pintores, fotógrafos y toda clase de creadores fueron cediendo sus obras para que se quedaran expuestas de forma permanente. “Aparte —nos explica Antonio— tenemos una pared reservada a muestras que van renovándose cada quince días”.
[FOTO: MANUEL BELLIDO MORA]
Pero ¿cómo se convierte el 1900 en una referencia insoslayable de la vida cultural de Huelva, con un sentido alternativo, nada oficialista? La peatonalización del centro histórico fue decisivo en este sentido. La prohibición al tráfico rodado hizo que las motos y conductores tomasen otra dirección.
“Los moteros se empezaron a ir, lo que me dio la oportunidad de modificar el enfoque del bar. Así, junto a las tertulias literarias, empecé a programar lecturas de poesía cada semana. Y, unido a esto, se comenzó a editar unos cuadernillos de los participantes, con un cierto apoyo institucional”. Este fue el inicio de una colección poética muy conocida con el nombre de Las noches del 1900.
“A raíz de esto comenzó una onda expansiva, que ya resultó imparable. Nos prestaron atención periódicos, radios y demás medios de comunicación. Y se hizo con todo rigor y cumpliendo toda clase de formalidades: horarios, programaciones, publicaciones periódicas...”.
Pero, a pesar de la buena marcha, surgen las diferencias entre los integrantes de la tertulia, con lo que todo se deshace. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Es entonces cuando Antonio asume toda la responsabilidad, dándole un nuevo impulso al proyecto con su marchamo personal.
“Empiezo a montar tertulias, debates y presentaciones, además de conciertos. El espectro era muy amplio, desde política y libros a conversaciones sobre Semana Santa. Encontré una receptividad total en el público que me ofreció su creatividad en muchos campos”.
Entregas anteriores
Cultura a todo gas (I)
MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES
















































