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Manuel Bellido Mora | Cultura a todo gas (I)

En Punta Umbría, Minas de Riotinto y Moguer (ay, del pino paternal abatido bajo el que descansaba Platero) confluyen la llamada al turismo, pero también la honda resonancia literaria. Y ambas cosas no son antagónicas, siempre que no sean desmesura. Conviven bien el endecasílabo y el marisco. El epigrama y la marisma. El soneto y el gin tonic. Y más si es de noche, después del poniente en La Flecha del Rompido, ese paraíso de cangrejos y esteros. La cosa es armonizar. Y tomar conciencia, ya que estamos, que no hay métrica como la del jamón ibérico. Esto ocurre en todas partes, lo sé, pero es machaconamente más cierto en Huelva. Es cuestión de catarlo.

Busto del Inca Garcilaso en la Casa Colón de Huelva.
[FOTO: JUAN PABLO BELLIDO]

Son sabrosas razones para viajar hasta allí. Luego, aparte, está el Festival de Cine, que ha sido, para mí, la senda más fiable. Las películas nunca son un atajo, sino un camino; tortuoso a veces, casi siempre placentero. La amistad, a todo esto, es un factor insuperable con el que se arregla todo.

Yo, cuando estoy allí, la encuentro en Paco Bellido Soria y Asunción Leiva. Es difícil sentir más afecto cuando paseas a su vera. Paco, el nieto de Pepe el carbonero, es juez magistrado. Asunción, en cuya familia hay madera de artistas, es una excelente pintora. Hace, e ilustra, unos delicados abanicos que se los quitan de las manos.

A su lado he descubierto, encantado, un lugar que presume de descubridor. Y que, en efecto, lo es. Por lo de Colón y las carabelas, ya saben. En una de ellas, se enroló entre aquella seminal travesía el marinero Pedro Sánchez, que era de Montilla, según un panel existente en el Muelle de Palos de la Frontera, donde se indica el lugar de procedencia de la tripulación.

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Lo normal es que quedemos en la Casa Colón, sede del festival iberoamericano. Es un conjunto de bellos edificios que nada tiene que ver con el navegante genovés, sino que fue la central en Andalucía de la compañía británica que explotaba la riqueza mineral de la provincia. En los jardines, en una esquina, hay un busto del Inca Garcilaso. Ese es el pasado que compartimos.

Para disfrutar del mestizaje cultural del momento actual no hay que andar mucho más. Está a unos cuantos metros, en el 1900, un bar nocturno que lleva cuarenta años con la puerta abierta a la creatividad artística, venga de donde viniere. Un paisano nuestro es el que administra este negocio poético de versos y letraheridos.

Antonio García Jiménez no se molesta ni incomoda cuando alguien lo llama por su sobrenombre: Mandichi. “No, al contrario. Ayuda a identificarme y tiene un no sé qué, como italiano. Igual venimos de Italia”. Y lo deja, así, en el aire, como si fuera una interrogación cosmopolita. Pero algo de viajero sí que tiene este barman atento y risueño con la noche a cuestas. Y un buen día, él apareció por Huelva, sin un plan preconcebido.

Antonio García Jiménez, en el interior del 1900 de Huelva.
[FOTO: MANUEL BELLIDO]

“La primera noche que yo dormí aquí fue la madrugada que murió Franco. Ese día me despierto yo aquí. Y llegué a Huelva porque mi padre, con una familia numerosa de nueve chiquillos, tenía que buscar un sitio con garantías de futuro para toda esa prole”.

“Entonces, ¿qué hizo? Pues estuvo viendo posibilidades en Málaga, en Valencia y en alguna otra ciudad. Pero, al final, caímos aquí. Así que en Huelva se asentó mi familia, para que los hijos pudieran estudiar y trabajar. Cada uno nos fuimos buscando la vida como fuera, aunque al final de todos, solo hemos quedado aquí tres. El resto está fuera”.

Sin embargo, todas sus raíces familiares siguen bien asentadas y profundas en Montilla. “Mi madre, Aurora Jiménez Velasco, era de El Telar de la calle Enfermería, donde yo me crie. Allí vivíamos, en una casa muy grande que era la fábrica de mi abuelo, con viviendas en la parte alta. Éramos muchos primos; yo tengo más de cuarenta primos, porque pertenezco a una familia muy prolífica. Tengo primos de más de ochenta años”.

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Yo lo conozco desde niño. Lo veía por el barrio de las Casas Nuevas, donde su padre era practicante, es decir, que era la persona que ponía inyecciones en una pequeña consulta frente al Paseo. También las aplicaba fuera de casa, cuando el paciente no podía desplazarse. Acudía con su instrumental a domicilio.

Al verlo, yo sentía una extraña mezcla de miedo, repelús y de fascinación. El practicante tenía una cajita de metal, con la jeringa de cristal, unas tijeras, la correspondiente aguja y alcohol, que se prendía tal que una efímera y minúscula candela como medida de garantía sanitaria.

“Era un pisito en el que trabajaban por horas mi abuelo, Manuel García, que también era practicante, y mi padre”, recuerda Antonio. “Pero aquello era tan pequeño que nunca se usó como vivienda. En La Toba teníamos una casilla en la que pasábamos los veranos y algunos fines de semana. Era un refugio maravilloso donde mi padre, al que le gustaban mucho los árboles, plantó unos pinos gigantes. Se vendió pero como se segregaron algunas parcelas, algunos de mis hermanos siguen allí.

Club Balompédico Alvear, en la temporada 1966/1967.
[FOTO: RÚQUEL]

Pero este de poner infiltraciones con alcohol y agujas no era su único oficio: también, durante cada jornada, ejercía de maestro. Se dedicaba a la enseñanza en una de aquellas microescuelas rurales. O sea, que trabajaba en la casa de socorro, en el ambulatorio, además de en su propia consulta; y después, por las tardes, daba clases en una de estas escuelas. Tenía una familia muy numerosa y había que sacarla adelante. La mudanza a Huelva puso a prueba a todos.

“Lo que pasa es que cuando sales de Montilla y te encuentras con una edad, en mi caso adolescente, te ves obligado a cambiar de aires y de amigos de colegio. Llegas a una ciudad donde no conoces a nadie, cuando todo tu mundo se queda atrás. Resultado: me llevé muchos años desorientado, porque, claro, Montilla, para mí, era lo más importante”.

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“Era donde había estudiado, en la Asunción, en los Salesianos. Encima, con doce años, pasé unos cursos como alumno interno en la Universidad Laboral de Cheste, cerca de Valencia. Tenía en mi habitación, junto a mi litera, un montón de postales de Montilla, y también tenía fotos del equipo de fútbol del Alvear, porque, entonces, aquello era lo más importante”.

“Estuve mucho tiempo fuera, ya que también estudié en la Universidad Laboral de Córdoba, donde hice un curso de formación profesional acelerada. Y cuando desembarcas en Huelva ves que no conoces a nadie, que tus amigos se han quedado en el pueblo. Y de hecho, nunca me olvido de Montilla. A veces pienso que me gustaría volver allí. Lo que pasa es que ya no estoy acostumbrado a aquellos calores”.

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES

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